Cuando estabilizar es desestabilizar

Algo está latente, se siente en todos lados, algo más sistémico, pero sobre lo que poco se analiza.

Es un mar de fondo que viene desarrollándose en Venezuela desde hace mucho y que podría hacer saltar todo por los aires, al invocar una palabra que pocos quieren escuchar, particularmente en Washington: desestabilización.

No se le está prestando atención a algo que ya acumula demasiado malestar: un agudo deterioro del humor social. Esa energía social y política, que lleva quizás mucho tiempo contenida, podría generar profundas repercusiones para esta nueva etapa política venezolana.

De la epopeya al silencio

Luego de años con derrotas acumuladas, llegó el 28 de julio de 2024. Aquella epopeya —erróneamente llamada campaña—(1), liderada por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, movilizó a toda una sociedad sumida en una peculiar mezcla de esperanza y desesperación para reafirmar su voluntad democrática y, contra todo pronóstico oficial, produjo una extraordinaria liberación de energía cuyos resultados ya todos conocemos.

Esa aplastante victoria electoral fue pisoteada por un obsceno fraude y una masiva operación de terrorismo de Estado que sumió a la República en uno de los periodos más oscuros de nuestra historia contemporánea, con un trágico saldo de muerte, represión, exilio y migración. Los años 24 y 25 ahogaron ese grito de libertad proclamado en las urnas y mientras se hacía un pesado silencio. Un nuevo ciclo de acumulación de energía se inició. El 3 de enero, con la extracción de Maduro y su abrupta salida del poder, tras unos meses previos de tensión y articulación militar norteamericana, pudo haberse liberado. Pero no fue así.

Esa energía no se liberó a modo de júbilo. Hubo silencio y ninguna celebración pública. Muchos aguardaron pacientemente hasta la posterior alocución de Donald Trump en la que confirmó que ellos (los EE. UU.) “ahora estarían a cargo” y que el régimen, esta vez con Delcy Rodríguez como figura visible, seguiría. Se dio inicio así a lo que el mismo Marco Rubio denominó el periodo de la “estabilización”, con las subsiguientes fases de recuperación y transición sin un horizonte definido (2).

Esperanza y frustración

Sin embargo, la deposición de Maduro y la expectativa de que se abrieran finalmente las compuertas al tan ansiado cambio político y económico elevaron los niveles de esperanza a niveles estratosféricos: en febrero, según el estudio de ORC Consultores (3), el 81 % de los venezolanos aseguraron sentirse esperanzados con el futuro del país.

Después de varios meses, la efervescencia —y producto de los hechos o ausencia de los mismos— ha decaído. En otra encuesta de la misma firma realizada en junio (4) y previa a los terremotos, esa esperanza descendió a 65 %. Una cifra todavía alta, hay que decirlo, pero en descenso.

Otro dato que vale la pena sumar es el registrado por More Consulting (5) y preguntado de un modo distinto, pero igualmente interesante y pertinente a este análisis. La firma analiza el sentimiento de los encuestados con respecto a la situación política actual del país, utilizando los siguientes: confianza, satisfacción, tranquilidad, esperanza, miedo, rabia, frustración y preocupación.

En su más reciente estudio, realizado en julio (6), nos encontramos con un panorama turbulento: el sentimiento predominante es la preocupación con un 33 %, seguido de la frustración con un 23 % y la esperanza ubicada en un lejano tercer lugar con un 17 %.

En conjunto, los sentimientos negativos predominan con un 72 % frente a un 24% de los positivos (el resto no opinó). Esto es, la energía “negativa” es mayor que la positiva.

Lo verdaderamente relevante es apreciar cómo se han movido esos sentimientos.

La preocupación se ha mantenido estable entre abril de 2024 y julio de 2026, ocupando un 30 % (bajando levemente a 25 % entre marzo y abril de este año). Mientras tanto, y más importante, conviene observar la tendencia de la esperanza. En enero era de 38 % y alcanzó su cúspide en marzo con un 42 %, pero a partir de ahí el sentimiento no ha hecho más que decaer: de ese 42 % bajó a 32 % en junio y siguió bajando hasta ubicarse en el 17 % de julio anteriormente citado. Viene en caída libre. Como correlato, lo obvio: los niveles de frustración que estaban en 6 % (enero) casi se han cuadriplicado hasta el 23 % en julio. Esto no ha acontecido en el vacío, esta caída no ocurrió a pesar de la estabilización. Ocurrió gracias a ella. Más caldo de cultivo para la desestabilización.

Todo lo anterior, me indica la experiencia de los últimos 25 años, es el abono perfecto para incrementar a niveles dramáticos el malestar que por tanto tiempo se viene acumulando y que el aparente cambio avizorado en enero está defraudando las enormes expectativas generadas.

Hay un mar de fondo que se está removiendo. Mientras tanto arriba, en la superficie, hay un pasto seco que ante cualquier chispa puede encenderse. Venezuela es como un cuero seco, diría Antonio Guzmán Blanco, y en este momento, ese cuero está sumamente reseco. A punto de rasgarse. Y eso importa. Mucho.

El fallo de origen

La nueva etapa de la política venezolana iniciada en enero encierra una gran contradicción: estabilizar el país significó estabilizar el régimen encabezado por los Rodríguez. Y la gente no es tonta. Venezuela es hoy políticamente más inestable que hace unos meses. No haber establecido un horizonte claro para materializar el ansiado cambio y no proporcionar cuando menos una válvula de escape para liberar toda esa presión contenida ha profundizado el malestar y ha incrementado la desestabilización. El plan ha funcionado al revés.

Erróneamente se creyó desde Washington que impulsar un temprano cambio político sería provocar un nuevo Iraq o un nuevo Afganistán. Al parecer la CIA y la inteligencia norteamericana no valoraron adecuadamente las profundas diferencias culturales y religiosas de esas sociedades con la venezolana.

Y ante los temores de provocar una “guerra asimétrica” adelantada por los colectivos, el crimen organizado y grupos irregulares, la mejor demostración fue lo que ocurrió en la madrugada del propio 3 de enero: en apenas minutos se descabezó al liderazgo y no ocurrió mayor cosa. Alguien replicará y argumentará que fue producto de haber dejado a los mismos personajes en el poder. Yo creo que la fanfarronería de milicias y colectivos se reveló como la figura de un espantapájaros.

Estimar que la gente no reaccionará si le siguen cerrando las compuertas puede ser un terrible error de cálculo político e institucional.

Mientras las condiciones de vida desmejoran diariamente a una velocidad dramática, la depauperación avanza y la crisis de servicios públicos se agudiza, ese pasto seco puede incendiarse. Hay que sumarle otro agravante: los terremotos del 24 de junio ahora hacen todo más difícil.

Un blindaje insuficiente

Ante unas inmensas expectativas populares que han sido mal gestionadas, porque lo que se ha intentado privilegiar es el clima de inversiones, se podría decir que quizás se celebren algunos contratos que puedan estar blindados jurídicamente, pero todavía no se conoce una cláusula que los blinde ante reacciones sociales.

¿Ejemplos? Ocurrió en las navidades de 2016 frente a una devaluación y otras veces más en 2014, 2017 y 2019 por razones políticas. En todo ese tiempo, y en repetidas ocasiones, se privilegió a la mesa para desactivar a la calle, pero el conflicto siempre llamó a la puerta.

Esto no es un pronóstico de una explosión social, porque nadie tiene la menor idea sobre cuándo estas ocurren, pero sí es una mirada al pasado reciente y a la lectura de indicadores y de riesgos presentes. Solo basta ver cómo se han incrementado los niveles de conflictividad producto de la terrible situación del sistema eléctrico y los apagones. Y ahora, quizás, con la presencia en el terreno del “tutelaje”, pudiese operar un efecto inesperado: que la población se envalentone más a sabiendas de que el régimen no puede reprimir como lo hizo en el pasado.

Es el momento adecuado para que aquellos que toman las decisiones modifiquen un poco su esquema de análisis y vean que cosas como el retorno de Machado a Venezuela podrían ayudar a encauzar las expectativas y organizar a la mayoría de quienes desean un cambio político, contribuyendo así a la estabilización del país, algo que dista mucho de lo que han sido sus cálculos y acciones realizadas hasta el momento. Eso contribuiría a la liberalización política y a disminuir la frecuencia de las declaraciones llenas de hipocresía que hasta ahora hemos apreciado.

Quizás estas últimas horas desnudan la improvisación con la que desde un comienzo se ha manejado el conflicto venezolano o bien que la decisión de avanzar a marchas aceleradas, ahora sí, con la famosa “fase de transición” se explica, en parte, por todo este humor social. ¿Estamos ante un golpe de timón?

La válvula sigue cerrada

La coyuntura todavía está en desarrollo y conviene analizarla cautelosamente, observando el proceso con prudente escepticismo y dejando la ingenuidad a un lado. Los acuerdos que conocimos hace pocos días entre los actores políticos venezolanos —ambos tutelados— prometen continuar y pueden ser un paso en la dirección correcta hacia una genuina reinstitucionalización. Pero todavía es pronto y está por verse su ejecución y aplicación. La reforma judicial es condición necesaria, pero no suficiente. Mientras, la válvula de presión —la expresión popular a través del voto— sigue sin abrirse.

Y el problema, como siempre ocurre en la política, es el manejo de los tiempos.

Esto no es un llamado al pesimismo, a todos nos interesa y nos conviene que esto salga bien. Pero desatender las señales por ahora latentes que podrían devolvernos a momentos críticos es irresponsable.

Notas:

  • En alguna otra ocasión, más oportuna, me referiré al proceso electoral de 2024 cuyo análisis merece un tratamiento especial.
  • En otro momento me referiré a este “plan”, aunque en este escrito ya dejaré algunas pistas.
  • Estudio Frequency 58 de ORC Consultores, realizado vía telefónica, entre el 4 y el 13 de febrero de 2026 a 1126 personas en todo el país con un +/- 2,5 % de error muestral estimado.
  • Estudio Frequency 58 de ORC Consultores, realizado vía telefónica, entre el 8 y 16 de junio de 2026 a 1142 personas en todo el país con un +/- 2,6 % de error muestral estimado.
  • Agradezco a su director Luis Vidal, por la autorización para divulgar estos resultados.
  • Estudio julio MORE Consulting, realizado vía telefónica entre el 8 y 14 de julio de 2026 a 1000 personas con un +/- 3,5 % de error muestral.

Artículo publicado originalmente en la web del autor, el 18 de agosto de 2026: descifrarelpoder.substack.com

@gedgard | © 2026 Edgard Gutiérrez | Consultor y estratega político

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Algo está latente, se siente en todos lados, algo más sistémico, pero sobre lo que poco se analiza.

Es un mar de fondo que viene desarrollándose en Venezuela desde hace mucho y que podría hacer saltar todo por los aires, al invocar una palabra que pocos quieren escuchar, particularmente en Washington: desestabilización.

No se le está prestando atención a algo que ya acumula demasiado malestar: un agudo deterioro del humor social. Esa energía social y política, que lleva quizás mucho tiempo contenida, podría generar profundas repercusiones para esta nueva etapa política venezolana.

De la epopeya al silencio

Luego de años con derrotas acumuladas, llegó el 28 de julio de 2024. Aquella epopeya —erróneamente llamada campaña—(1), liderada por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, movilizó a toda una sociedad sumida en una peculiar mezcla de esperanza y desesperación para reafirmar su voluntad democrática y, contra todo pronóstico oficial, produjo una extraordinaria liberación de energía cuyos resultados ya todos conocemos.

Esa aplastante victoria electoral fue pisoteada por un obsceno fraude y una masiva operación de terrorismo de Estado que sumió a la República en uno de los periodos más oscuros de nuestra historia contemporánea, con un trágico saldo de muerte, represión, exilio y migración. Los años 24 y 25 ahogaron ese grito de libertad proclamado en las urnas y mientras se hacía un pesado silencio. Un nuevo ciclo de acumulación de energía se inició. El 3 de enero, con la extracción de Maduro y su abrupta salida del poder, tras unos meses previos de tensión y articulación militar norteamericana, pudo haberse liberado. Pero no fue así.

Esa energía no se liberó a modo de júbilo. Hubo silencio y ninguna celebración pública. Muchos aguardaron pacientemente hasta la posterior alocución de Donald Trump en la que confirmó que ellos (los EE. UU.) “ahora estarían a cargo” y que el régimen, esta vez con Delcy Rodríguez como figura visible, seguiría. Se dio inicio así a lo que el mismo Marco Rubio denominó el periodo de la “estabilización”, con las subsiguientes fases de recuperación y transición sin un horizonte definido (2).

Esperanza y frustración

Sin embargo, la deposición de Maduro y la expectativa de que se abrieran finalmente las compuertas al tan ansiado cambio político y económico elevaron los niveles de esperanza a niveles estratosféricos: en febrero, según el estudio de ORC Consultores (3), el 81 % de los venezolanos aseguraron sentirse esperanzados con el futuro del país.

Después de varios meses, la efervescencia —y producto de los hechos o ausencia de los mismos— ha decaído. En otra encuesta de la misma firma realizada en junio (4) y previa a los terremotos, esa esperanza descendió a 65 %. Una cifra todavía alta, hay que decirlo, pero en descenso.

Otro dato que vale la pena sumar es el registrado por More Consulting (5) y preguntado de un modo distinto, pero igualmente interesante y pertinente a este análisis. La firma analiza el sentimiento de los encuestados con respecto a la situación política actual del país, utilizando los siguientes: confianza, satisfacción, tranquilidad, esperanza, miedo, rabia, frustración y preocupación.

En su más reciente estudio, realizado en julio (6), nos encontramos con un panorama turbulento: el sentimiento predominante es la preocupación con un 33 %, seguido de la frustración con un 23 % y la esperanza ubicada en un lejano tercer lugar con un 17 %.

En conjunto, los sentimientos negativos predominan con un 72 % frente a un 24% de los positivos (el resto no opinó). Esto es, la energía “negativa” es mayor que la positiva.

Lo verdaderamente relevante es apreciar cómo se han movido esos sentimientos.

La preocupación se ha mantenido estable entre abril de 2024 y julio de 2026, ocupando un 30 % (bajando levemente a 25 % entre marzo y abril de este año). Mientras tanto, y más importante, conviene observar la tendencia de la esperanza. En enero era de 38 % y alcanzó su cúspide en marzo con un 42 %, pero a partir de ahí el sentimiento no ha hecho más que decaer: de ese 42 % bajó a 32 % en junio y siguió bajando hasta ubicarse en el 17 % de julio anteriormente citado. Viene en caída libre. Como correlato, lo obvio: los niveles de frustración que estaban en 6 % (enero) casi se han cuadriplicado hasta el 23 % en julio. Esto no ha acontecido en el vacío, esta caída no ocurrió a pesar de la estabilización. Ocurrió gracias a ella. Más caldo de cultivo para la desestabilización.

Todo lo anterior, me indica la experiencia de los últimos 25 años, es el abono perfecto para incrementar a niveles dramáticos el malestar que por tanto tiempo se viene acumulando y que el aparente cambio avizorado en enero está defraudando las enormes expectativas generadas.

Hay un mar de fondo que se está removiendo. Mientras tanto arriba, en la superficie, hay un pasto seco que ante cualquier chispa puede encenderse. Venezuela es como un cuero seco, diría Antonio Guzmán Blanco, y en este momento, ese cuero está sumamente reseco. A punto de rasgarse. Y eso importa. Mucho.

El fallo de origen

La nueva etapa de la política venezolana iniciada en enero encierra una gran contradicción: estabilizar el país significó estabilizar el régimen encabezado por los Rodríguez. Y la gente no es tonta. Venezuela es hoy políticamente más inestable que hace unos meses. No haber establecido un horizonte claro para materializar el ansiado cambio y no proporcionar cuando menos una válvula de escape para liberar toda esa presión contenida ha profundizado el malestar y ha incrementado la desestabilización. El plan ha funcionado al revés.

Erróneamente se creyó desde Washington que impulsar un temprano cambio político sería provocar un nuevo Iraq o un nuevo Afganistán. Al parecer la CIA y la inteligencia norteamericana no valoraron adecuadamente las profundas diferencias culturales y religiosas de esas sociedades con la venezolana.

Y ante los temores de provocar una “guerra asimétrica” adelantada por los colectivos, el crimen organizado y grupos irregulares, la mejor demostración fue lo que ocurrió en la madrugada del propio 3 de enero: en apenas minutos se descabezó al liderazgo y no ocurrió mayor cosa. Alguien replicará y argumentará que fue producto de haber dejado a los mismos personajes en el poder. Yo creo que la fanfarronería de milicias y colectivos se reveló como la figura de un espantapájaros.

Estimar que la gente no reaccionará si le siguen cerrando las compuertas puede ser un terrible error de cálculo político e institucional.

Mientras las condiciones de vida desmejoran diariamente a una velocidad dramática, la depauperación avanza y la crisis de servicios públicos se agudiza, ese pasto seco puede incendiarse. Hay que sumarle otro agravante: los terremotos del 24 de junio ahora hacen todo más difícil.

Un blindaje insuficiente

Ante unas inmensas expectativas populares que han sido mal gestionadas, porque lo que se ha intentado privilegiar es el clima de inversiones, se podría decir que quizás se celebren algunos contratos que puedan estar blindados jurídicamente, pero todavía no se conoce una cláusula que los blinde ante reacciones sociales.

¿Ejemplos? Ocurrió en las navidades de 2016 frente a una devaluación y otras veces más en 2014, 2017 y 2019 por razones políticas. En todo ese tiempo, y en repetidas ocasiones, se privilegió a la mesa para desactivar a la calle, pero el conflicto siempre llamó a la puerta.

Esto no es un pronóstico de una explosión social, porque nadie tiene la menor idea sobre cuándo estas ocurren, pero sí es una mirada al pasado reciente y a la lectura de indicadores y de riesgos presentes. Solo basta ver cómo se han incrementado los niveles de conflictividad producto de la terrible situación del sistema eléctrico y los apagones. Y ahora, quizás, con la presencia en el terreno del “tutelaje”, pudiese operar un efecto inesperado: que la población se envalentone más a sabiendas de que el régimen no puede reprimir como lo hizo en el pasado.

Es el momento adecuado para que aquellos que toman las decisiones modifiquen un poco su esquema de análisis y vean que cosas como el retorno de Machado a Venezuela podrían ayudar a encauzar las expectativas y organizar a la mayoría de quienes desean un cambio político, contribuyendo así a la estabilización del país, algo que dista mucho de lo que han sido sus cálculos y acciones realizadas hasta el momento. Eso contribuiría a la liberalización política y a disminuir la frecuencia de las declaraciones llenas de hipocresía que hasta ahora hemos apreciado.

Quizás estas últimas horas desnudan la improvisación con la que desde un comienzo se ha manejado el conflicto venezolano o bien que la decisión de avanzar a marchas aceleradas, ahora sí, con la famosa “fase de transición” se explica, en parte, por todo este humor social. ¿Estamos ante un golpe de timón?

La válvula sigue cerrada

La coyuntura todavía está en desarrollo y conviene analizarla cautelosamente, observando el proceso con prudente escepticismo y dejando la ingenuidad a un lado. Los acuerdos que conocimos hace pocos días entre los actores políticos venezolanos —ambos tutelados— prometen continuar y pueden ser un paso en la dirección correcta hacia una genuina reinstitucionalización. Pero todavía es pronto y está por verse su ejecución y aplicación. La reforma judicial es condición necesaria, pero no suficiente. Mientras, la válvula de presión —la expresión popular a través del voto— sigue sin abrirse.

Y el problema, como siempre ocurre en la política, es el manejo de los tiempos.

Esto no es un llamado al pesimismo, a todos nos interesa y nos conviene que esto salga bien. Pero desatender las señales por ahora latentes que podrían devolvernos a momentos críticos es irresponsable.

Notas:

  • En alguna otra ocasión, más oportuna, me referiré al proceso electoral de 2024 cuyo análisis merece un tratamiento especial.
  • En otro momento me referiré a este “plan”, aunque en este escrito ya dejaré algunas pistas.
  • Estudio Frequency 58 de ORC Consultores, realizado vía telefónica, entre el 4 y el 13 de febrero de 2026 a 1126 personas en todo el país con un +/- 2,5 % de error muestral estimado.
  • Estudio Frequency 58 de ORC Consultores, realizado vía telefónica, entre el 8 y 16 de junio de 2026 a 1142 personas en todo el país con un +/- 2,6 % de error muestral estimado.
  • Agradezco a su director Luis Vidal, por la autorización para divulgar estos resultados.
  • Estudio julio MORE Consulting, realizado vía telefónica entre el 8 y 14 de julio de 2026 a 1000 personas con un +/- 3,5 % de error muestral.

Artículo publicado originalmente en la web del autor, el 18 de agosto de 2026: descifrarelpoder.substack.com

@gedgard | © 2026 Edgard Gutiérrez | Consultor y estratega político

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Lo que el plan de tres fases está causando en Venezuela... No se le está prestando atención a algo que ya acumula demasiado malestar: un agudo deterioro del humor social
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Algo está latente, se siente en todos lados, algo más sistémico, pero sobre lo que poco se analiza.

Es un mar de fondo que viene desarrollándose en Venezuela desde hace mucho y que podría hacer saltar todo por los aires, al invocar una palabra que pocos quieren escuchar, particularmente en Washington: desestabilización.

No se le está prestando atención a algo que ya acumula demasiado malestar: un agudo deterioro del humor social. Esa energía social y política, que lleva quizás mucho tiempo contenida, podría generar profundas repercusiones para esta nueva etapa política venezolana.

De la epopeya al silencio

Luego de años con derrotas acumuladas, llegó el 28 de julio de 2024. Aquella epopeya —erróneamente llamada campaña—(1), liderada por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, movilizó a toda una sociedad sumida en una peculiar mezcla de esperanza y desesperación para reafirmar su voluntad democrática y, contra todo pronóstico oficial, produjo una extraordinaria liberación de energía cuyos resultados ya todos conocemos.

Esa aplastante victoria electoral fue pisoteada por un obsceno fraude y una masiva operación de terrorismo de Estado que sumió a la República en uno de los periodos más oscuros de nuestra historia contemporánea, con un trágico saldo de muerte, represión, exilio y migración. Los años 24 y 25 ahogaron ese grito de libertad proclamado en las urnas y mientras se hacía un pesado silencio. Un nuevo ciclo de acumulación de energía se inició. El 3 de enero, con la extracción de Maduro y su abrupta salida del poder, tras unos meses previos de tensión y articulación militar norteamericana, pudo haberse liberado. Pero no fue así.

Esa energía no se liberó a modo de júbilo. Hubo silencio y ninguna celebración pública. Muchos aguardaron pacientemente hasta la posterior alocución de Donald Trump en la que confirmó que ellos (los EE. UU.) “ahora estarían a cargo” y que el régimen, esta vez con Delcy Rodríguez como figura visible, seguiría. Se dio inicio así a lo que el mismo Marco Rubio denominó el periodo de la “estabilización”, con las subsiguientes fases de recuperación y transición sin un horizonte definido (2).

Esperanza y frustración

Sin embargo, la deposición de Maduro y la expectativa de que se abrieran finalmente las compuertas al tan ansiado cambio político y económico elevaron los niveles de esperanza a niveles estratosféricos: en febrero, según el estudio de ORC Consultores (3), el 81 % de los venezolanos aseguraron sentirse esperanzados con el futuro del país.

Después de varios meses, la efervescencia —y producto de los hechos o ausencia de los mismos— ha decaído. En otra encuesta de la misma firma realizada en junio (4) y previa a los terremotos, esa esperanza descendió a 65 %. Una cifra todavía alta, hay que decirlo, pero en descenso.

Otro dato que vale la pena sumar es el registrado por More Consulting (5) y preguntado de un modo distinto, pero igualmente interesante y pertinente a este análisis. La firma analiza el sentimiento de los encuestados con respecto a la situación política actual del país, utilizando los siguientes: confianza, satisfacción, tranquilidad, esperanza, miedo, rabia, frustración y preocupación.

En su más reciente estudio, realizado en julio (6), nos encontramos con un panorama turbulento: el sentimiento predominante es la preocupación con un 33 %, seguido de la frustración con un 23 % y la esperanza ubicada en un lejano tercer lugar con un 17 %.

En conjunto, los sentimientos negativos predominan con un 72 % frente a un 24% de los positivos (el resto no opinó). Esto es, la energía “negativa” es mayor que la positiva.

Lo verdaderamente relevante es apreciar cómo se han movido esos sentimientos.

La preocupación se ha mantenido estable entre abril de 2024 y julio de 2026, ocupando un 30 % (bajando levemente a 25 % entre marzo y abril de este año). Mientras tanto, y más importante, conviene observar la tendencia de la esperanza. En enero era de 38 % y alcanzó su cúspide en marzo con un 42 %, pero a partir de ahí el sentimiento no ha hecho más que decaer: de ese 42 % bajó a 32 % en junio y siguió bajando hasta ubicarse en el 17 % de julio anteriormente citado. Viene en caída libre. Como correlato, lo obvio: los niveles de frustración que estaban en 6 % (enero) casi se han cuadriplicado hasta el 23 % en julio. Esto no ha acontecido en el vacío, esta caída no ocurrió a pesar de la estabilización. Ocurrió gracias a ella. Más caldo de cultivo para la desestabilización.

Todo lo anterior, me indica la experiencia de los últimos 25 años, es el abono perfecto para incrementar a niveles dramáticos el malestar que por tanto tiempo se viene acumulando y que el aparente cambio avizorado en enero está defraudando las enormes expectativas generadas.

Hay un mar de fondo que se está removiendo. Mientras tanto arriba, en la superficie, hay un pasto seco que ante cualquier chispa puede encenderse. Venezuela es como un cuero seco, diría Antonio Guzmán Blanco, y en este momento, ese cuero está sumamente reseco. A punto de rasgarse. Y eso importa. Mucho.

El fallo de origen

La nueva etapa de la política venezolana iniciada en enero encierra una gran contradicción: estabilizar el país significó estabilizar el régimen encabezado por los Rodríguez. Y la gente no es tonta. Venezuela es hoy políticamente más inestable que hace unos meses. No haber establecido un horizonte claro para materializar el ansiado cambio y no proporcionar cuando menos una válvula de escape para liberar toda esa presión contenida ha profundizado el malestar y ha incrementado la desestabilización. El plan ha funcionado al revés.

Erróneamente se creyó desde Washington que impulsar un temprano cambio político sería provocar un nuevo Iraq o un nuevo Afganistán. Al parecer la CIA y la inteligencia norteamericana no valoraron adecuadamente las profundas diferencias culturales y religiosas de esas sociedades con la venezolana.

Y ante los temores de provocar una “guerra asimétrica” adelantada por los colectivos, el crimen organizado y grupos irregulares, la mejor demostración fue lo que ocurrió en la madrugada del propio 3 de enero: en apenas minutos se descabezó al liderazgo y no ocurrió mayor cosa. Alguien replicará y argumentará que fue producto de haber dejado a los mismos personajes en el poder. Yo creo que la fanfarronería de milicias y colectivos se reveló como la figura de un espantapájaros.

Estimar que la gente no reaccionará si le siguen cerrando las compuertas puede ser un terrible error de cálculo político e institucional.

Mientras las condiciones de vida desmejoran diariamente a una velocidad dramática, la depauperación avanza y la crisis de servicios públicos se agudiza, ese pasto seco puede incendiarse. Hay que sumarle otro agravante: los terremotos del 24 de junio ahora hacen todo más difícil.

Un blindaje insuficiente

Ante unas inmensas expectativas populares que han sido mal gestionadas, porque lo que se ha intentado privilegiar es el clima de inversiones, se podría decir que quizás se celebren algunos contratos que puedan estar blindados jurídicamente, pero todavía no se conoce una cláusula que los blinde ante reacciones sociales.

¿Ejemplos? Ocurrió en las navidades de 2016 frente a una devaluación y otras veces más en 2014, 2017 y 2019 por razones políticas. En todo ese tiempo, y en repetidas ocasiones, se privilegió a la mesa para desactivar a la calle, pero el conflicto siempre llamó a la puerta.

Esto no es un pronóstico de una explosión social, porque nadie tiene la menor idea sobre cuándo estas ocurren, pero sí es una mirada al pasado reciente y a la lectura de indicadores y de riesgos presentes. Solo basta ver cómo se han incrementado los niveles de conflictividad producto de la terrible situación del sistema eléctrico y los apagones. Y ahora, quizás, con la presencia en el terreno del “tutelaje”, pudiese operar un efecto inesperado: que la población se envalentone más a sabiendas de que el régimen no puede reprimir como lo hizo en el pasado.

Es el momento adecuado para que aquellos que toman las decisiones modifiquen un poco su esquema de análisis y vean que cosas como el retorno de Machado a Venezuela podrían ayudar a encauzar las expectativas y organizar a la mayoría de quienes desean un cambio político, contribuyendo así a la estabilización del país, algo que dista mucho de lo que han sido sus cálculos y acciones realizadas hasta el momento. Eso contribuiría a la liberalización política y a disminuir la frecuencia de las declaraciones llenas de hipocresía que hasta ahora hemos apreciado.

Quizás estas últimas horas desnudan la improvisación con la que desde un comienzo se ha manejado el conflicto venezolano o bien que la decisión de avanzar a marchas aceleradas, ahora sí, con la famosa “fase de transición” se explica, en parte, por todo este humor social. ¿Estamos ante un golpe de timón?

La válvula sigue cerrada

La coyuntura todavía está en desarrollo y conviene analizarla cautelosamente, observando el proceso con prudente escepticismo y dejando la ingenuidad a un lado. Los acuerdos que conocimos hace pocos días entre los actores políticos venezolanos —ambos tutelados— prometen continuar y pueden ser un paso en la dirección correcta hacia una genuina reinstitucionalización. Pero todavía es pronto y está por verse su ejecución y aplicación. La reforma judicial es condición necesaria, pero no suficiente. Mientras, la válvula de presión —la expresión popular a través del voto— sigue sin abrirse.

Y el problema, como siempre ocurre en la política, es el manejo de los tiempos.

Esto no es un llamado al pesimismo, a todos nos interesa y nos conviene que esto salga bien. Pero desatender las señales por ahora latentes que podrían devolvernos a momentos críticos es irresponsable.

Notas:

  • En alguna otra ocasión, más oportuna, me referiré al proceso electoral de 2024 cuyo análisis merece un tratamiento especial.
  • En otro momento me referiré a este “plan”, aunque en este escrito ya dejaré algunas pistas.
  • Estudio Frequency 58 de ORC Consultores, realizado vía telefónica, entre el 4 y el 13 de febrero de 2026 a 1126 personas en todo el país con un +/- 2,5 % de error muestral estimado.
  • Estudio Frequency 58 de ORC Consultores, realizado vía telefónica, entre el 8 y 16 de junio de 2026 a 1142 personas en todo el país con un +/- 2,6 % de error muestral estimado.
  • Agradezco a su director Luis Vidal, por la autorización para divulgar estos resultados.
  • Estudio julio MORE Consulting, realizado vía telefónica entre el 8 y 14 de julio de 2026 a 1000 personas con un +/- 3,5 % de error muestral.

Artículo publicado originalmente en la web del autor, el 18 de agosto de 2026: descifrarelpoder.substack.com

@gedgard | © 2026 Edgard Gutiérrez | Consultor y estratega político

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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