¿Dónde queda nuestro niño interior?

Para muchas personas existe el mito de que todos llevamos un niño en nuestro interior y que, de alguna manera, lo cultivamos y nos acompaña a lo largo de la vida. Sin embargo, frente a los últimos acontecimientos que hemos vivido como sociedad, me pregunto si esa idea mantiene el mismo significado.

Vivimos momentos en los que el interés particular parece imponerse con frecuencia sobre el bien común. No cuestiono la importancia de reconocer y vivir cada una de las etapas de nuestra vida, creo que crecer también significa trascender, adquirir conocimientos y construir una mejor versión de nosotros mismos.

A lo largo de mi vida algunas personas me han dicho que pienso de una manera profunda y que quizás soy más maduro de lo normal. Creo que la madurez no la determina únicamente el paso del tiempo. También la construyen las experiencias, el entorno y la manera en que aprendemos a comprender y transitar cada etapa.

Mi llegada a los 40 años ha significado para mí una transformación. He aprendido a darle paso al ser humano, al profesional y al soñador que soy. Ser soñador no significa ser un niño. Para mí, los sueños son el motor que nos impulsa a avanzar y a encontrar nuestro propio camino hacia la felicidad.

También creo que debemos asumir nuestros valores y responsabilidad frente a los demás. Y es allí donde surge una pregunta: si asociamos la niñez con la sensibilidad, la empatía, la solidaridad y la capacidad de asombro, ¿por qué muchas veces perdemos esas cualidades al convertirnos en adultos?

El mundo actual nos invita a reflexionar sobre cuánta humanidad hemos dejado de lado frente a la ambición, la indiferencia y la rapidez con la que vivimos. Entonces, con todas nuestras acciones, ¿dónde queda nuestro niño interior?

No pretendo sentar cátedra sobre este concepto ni juzgar a quienes creen en él. Solo quiero invitarlos a preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida, cuán trascendentes queremos ser y qué queremos dejar en nuestro recorrido.

Mi propio camino no ha sido sencillo. He tenido altos y bajos, pero también experiencias inolvidables que me han permitido crecer y entender que madurar no significa dejar de soñar, sino contar con nuevas herramientas para continuar avanzando.

Quizás no se trata de saber si llevamos o no un niño interior, sino de preguntarnos qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a conservar mientras crecemos.

Porque, al final, lo humano nos identifica y lo distinto nos une.

@eduardofrontado

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Para muchas personas existe el mito de que todos llevamos un niño en nuestro interior y que, de alguna manera, lo cultivamos y nos acompaña a lo largo de la vida. Sin embargo, frente a los últimos acontecimientos que hemos vivido como sociedad, me pregunto si esa idea mantiene el mismo significado.

Vivimos momentos en los que el interés particular parece imponerse con frecuencia sobre el bien común. No cuestiono la importancia de reconocer y vivir cada una de las etapas de nuestra vida, creo que crecer también significa trascender, adquirir conocimientos y construir una mejor versión de nosotros mismos.

A lo largo de mi vida algunas personas me han dicho que pienso de una manera profunda y que quizás soy más maduro de lo normal. Creo que la madurez no la determina únicamente el paso del tiempo. También la construyen las experiencias, el entorno y la manera en que aprendemos a comprender y transitar cada etapa.

Mi llegada a los 40 años ha significado para mí una transformación. He aprendido a darle paso al ser humano, al profesional y al soñador que soy. Ser soñador no significa ser un niño. Para mí, los sueños son el motor que nos impulsa a avanzar y a encontrar nuestro propio camino hacia la felicidad.

También creo que debemos asumir nuestros valores y responsabilidad frente a los demás. Y es allí donde surge una pregunta: si asociamos la niñez con la sensibilidad, la empatía, la solidaridad y la capacidad de asombro, ¿por qué muchas veces perdemos esas cualidades al convertirnos en adultos?

El mundo actual nos invita a reflexionar sobre cuánta humanidad hemos dejado de lado frente a la ambición, la indiferencia y la rapidez con la que vivimos. Entonces, con todas nuestras acciones, ¿dónde queda nuestro niño interior?

No pretendo sentar cátedra sobre este concepto ni juzgar a quienes creen en él. Solo quiero invitarlos a preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida, cuán trascendentes queremos ser y qué queremos dejar en nuestro recorrido.

Mi propio camino no ha sido sencillo. He tenido altos y bajos, pero también experiencias inolvidables que me han permitido crecer y entender que madurar no significa dejar de soñar, sino contar con nuevas herramientas para continuar avanzando.

Quizás no se trata de saber si llevamos o no un niño interior, sino de preguntarnos qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a conservar mientras crecemos.

Porque, al final, lo humano nos identifica y lo distinto nos une.

@eduardofrontado

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El mundo actual nos invita a reflexionar sobre cuánto de humanidad hemos dejado de lado frente a la ambición, la indiferencia y la rapidez con la que vivimos. ¿Dónde queda nuestro niño interior?
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Para muchas personas existe el mito de que todos llevamos un niño en nuestro interior y que, de alguna manera, lo cultivamos y nos acompaña a lo largo de la vida. Sin embargo, frente a los últimos acontecimientos que hemos vivido como sociedad, me pregunto si esa idea mantiene el mismo significado.

Vivimos momentos en los que el interés particular parece imponerse con frecuencia sobre el bien común. No cuestiono la importancia de reconocer y vivir cada una de las etapas de nuestra vida, creo que crecer también significa trascender, adquirir conocimientos y construir una mejor versión de nosotros mismos.

A lo largo de mi vida algunas personas me han dicho que pienso de una manera profunda y que quizás soy más maduro de lo normal. Creo que la madurez no la determina únicamente el paso del tiempo. También la construyen las experiencias, el entorno y la manera en que aprendemos a comprender y transitar cada etapa.

Mi llegada a los 40 años ha significado para mí una transformación. He aprendido a darle paso al ser humano, al profesional y al soñador que soy. Ser soñador no significa ser un niño. Para mí, los sueños son el motor que nos impulsa a avanzar y a encontrar nuestro propio camino hacia la felicidad.

También creo que debemos asumir nuestros valores y responsabilidad frente a los demás. Y es allí donde surge una pregunta: si asociamos la niñez con la sensibilidad, la empatía, la solidaridad y la capacidad de asombro, ¿por qué muchas veces perdemos esas cualidades al convertirnos en adultos?

El mundo actual nos invita a reflexionar sobre cuánta humanidad hemos dejado de lado frente a la ambición, la indiferencia y la rapidez con la que vivimos. Entonces, con todas nuestras acciones, ¿dónde queda nuestro niño interior?

No pretendo sentar cátedra sobre este concepto ni juzgar a quienes creen en él. Solo quiero invitarlos a preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida, cuán trascendentes queremos ser y qué queremos dejar en nuestro recorrido.

Mi propio camino no ha sido sencillo. He tenido altos y bajos, pero también experiencias inolvidables que me han permitido crecer y entender que madurar no significa dejar de soñar, sino contar con nuevas herramientas para continuar avanzando.

Quizás no se trata de saber si llevamos o no un niño interior, sino de preguntarnos qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a conservar mientras crecemos.

Porque, al final, lo humano nos identifica y lo distinto nos une.

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