La economía política de la miseria periodística

Venezuela, hoy más sometida a las presiones de lobistas y lavadores de dinero, está en el ojo del huracán del periodismo miserable. De algo tienen que vivir algunos periodistas, y más si están en Venezuela sufriendo los rigores de una economía con hiperinflación y dolarizada de facto. Se salvan destacadas excepciones que hacen un trabajo digno a pesar de todos los pesares. Otros, sin embargo, tienen que arrastrase cuando se los ordenan sus financistas. No pueden hacer otra cosa. De algo hay que comer. Parafraseando a Marx, asistimos a la miseria del periodismo.

En esta era de algoritmos e inteligencia artificial, una parte del periodismo vive para complacer, no para cuestionar ni para difundir diferentes puntos de vista. Los algoritmos de las redes digitales crean burbujas y cámaras de eco que están encantadas de escucharse a sí mismas. Eso gusta a los anunciantes, pues a partir del comportamiento limitado y casi compulsivo de los usuarios de las redes pueden ofrecerles publicidad a su medida. Y también gusta a los financistas de estos periodistas miserables. Les hacen repetir como loros sus mensajes clave que están alineados con sus negocios. Van modulando los mensajes como vaya lloviendo el dinero. Un día les mandan a decir que Trump ha salvado a Venezuela, otros que los seguidores de María Corina Machado son “brutos” por reclamar elecciones democráticas en un plazo razonable.

A esto se agrega la influencia de los chatbots de inteligencia artificial en la forma en la que la gente busca y consume información. Ya los motores de búsqueda, particularmente Google, el más usado de todos, van pasando a un segundo plano. Dominan las grandes plataformas de modelos generativos de lenguaje como ChatGPT y Claude que, en vez de ofrecer opciones de información, incluyendo las que pagan para salir más arriba, hacen un resumen de varias líneas que el usuario consume rápidamente, sin que necesariamente vaya más allá de la síntesis inicial. Esto potencialmente se traduce en mayor simplificación de su visión del mundo y reforzamiento del efecto cámara de eco.

¿Quién paga?

Estas cámaras de eco se alimentan del dinero que ahora entra de forma turbia a Venezuela de la mano y la protección del gobierno de los Estados Unidos. El primero y más destacado de estos elementos es el cuestionado Alejandro Betancourt. De un día a otro pasó de ser acusado de desbancar al Estado venezolano, a ser el “mal necesario” para reactivar la industria petrolera. Periodistas en decadencia lo argumentan así: qué vamos a hacer, este Betancourt es quien lo puede hacer, y punto. Existen indicios que estos periodistas decadentes cambian de discurso dependiendo de quién ponga la plata. Cambian de opinión como se cambian de interiores. La política, el dinero y los medios vuelven a hacer de las suyas a espaldas de la gente. Ya lo escribió el investigador Oswaldo Capriles Arias en su libro Poder político y comunicación, de 1996, en plena crisis terminal de la república civil: “… figuras y etiquetas sin mayor sentido, eventualmente dotadas de un movimiento de ‘gran guiñol’ manipulado por los factores más poderosos de la sociedad civil”.

Miente que algo queda 

Si alguien vive metido en una cámara de eco, siempre escucha lo mismo. Vive complacido por lo que escucha, aunque le mientan. Lo importante es confirmar sus prejuicios, sin importar si la evidencia empírica dice lo contrario. El principio de Goebbels de mentir mil veces adquiere un nuevo sentido en las redes dominadas por los algoritmos. La gente que consume porquería recibe siempre más porquería. Es un círculo vicioso (alguien dirá que es un “círculo virtuoso”).

Esa máquina digital nunca se detiene. Es el gran sistema que funciona 24/7. Se alimenta de los usuarios de las redes, ensimismados en sus pequeños universos de estereotipos e ideas simplonas. Ven un mundo en blanco y negro sin matices. Algo de eso ya ocurrió en Venezuela cuando los grandes medios de comunicación de la época despotricaron de la clase política, que ya venía desprestigiada por sus propios errores y corruptelas, terminaron creando el ambiente de la antipolítica que le abrió la puerta a Hugo Chávez. Ya sabemos las consecuencias de esa política de demolición política. El país ha pagado un alto precio por ello. Nada menos que su destrucción.

Pero no nos confundamos. Ahora la dinámica mediática en las redes es distinta. Ya no se comunica para el conjunto de la sociedad, sino para grupitos. Los periodistas miserables hablan para sus respectivos club de fans que los aplauden y vuelven todos los días a escuchar sus disquisiciones interesadas. El grupito refuerza lo que termina diciendo su audiencia fiel, que a su vez refuerza el comportamiento miserable del periodista con sus comentarios en los chats. Es una interacción circular, de reforzamiento positivo según la psicología conductista. Mientras más regresan los mismos de la misma burbuja, es un incentivo para que el algoritmo les ofrezca siempre lo mismo. Quieren que les mientan porque disfrutan con la mentira.

Auténticamente falso

Uno de los valores apreciados por los fans de estos periodistas miserables es la “autenticidad” de estos comunicadores. A esos grupitos de fieles les encantan que sus referentes en las redes insulten, digan las “vainas como son”, no tengan “pelos en lengua”, y demás babosadas. Ellos quieren autenticidad, o al menos algo que parezca auténtico. Y si alguien les señala lo obvio, que sus héroes mediáticos son “falsos auténticos” que bailan al son del dinero, entonces se ponen iracundos. No soportan ver la realidad. Están demasiado ciegos en su burbuja cognitiva.

Los periodistas que más gritan, insultan y chismorrean son los que son percibidos por sus audiencias como auténticos. En un mundo digital donde manda la artificialidad, la impresión de autenticidad ramplona, incluso vulgar, es la forma de crear una impresión de “verdad”. El postureo de “auténtico” vende. Lo saben bien los políticos populistas como Trump, y como lo supo en su momento Chávez. Basta salirse del molde de las buenas costumbres para que una parte del público crea que le está hablando como “debe ser”, sin “medias tintas”, sin “mentiras”. El principio de la autenticidad fabricada es hacerle creer a la gente que lo que ve es transparente, cuando en realidad no es otra cosa que una puesta en escena que tiene mucho de representación teatral.

Censura “buena”

Trump ha decidido expulsar a algunos medios de comunicación de la Casa Blanca. El asunto en Estados Unidos es más complicado, pues el poder judicial podría echar para atrás la medida del presidente. A pesar de todo, en ese país todavía hay división de poderes, y la primera enmienda de la constitución tiene peso a la hora de hacer respetar la libertad de expresión y la libertad periodística. Para el periodista miserable, que adora al primer mandatario norteamericano, esta decisión arbitraria le parece que no es otra cosa que “Trump siendo Trump”.  ¿Censura, cortapisas al ejercicio periodístico? Todo se le acepta al “salvador de Venezuela”. Sobre todo, se le acepta a quien trae de la mano a inversionistas cuestionados que le han metido la mano al petróleo, y les meterán la mano a los minerales de Venezuela.

Y si a alguien se le ocurre criticar en vivo y directo a uno de estos periodistas de medio pelo, lo censuran en el chat. Le prohíben expresar su desacuerdo, pues la contradicción vehemente no se admite en el periodismo miserable. Cuando los intereses de los financistas están en juego, es decir, cuando la base de la economía política de esta práctica periodística es criticada, debe prevalecer la censura. La misma lógica que ha aplicado Trump, y la que el chavismo ha seguido en estos últimos 27 años.

La miseria periodística es una condición necesaria para que la “nueva” situación político-económica de Venezuela se vaya consolidando. No es una condición suficiente, pues entran en juego otros factores como los intereses geopolíticos de Estados Unidos, los negocios del entorno de Trump, y el instinto de supervivencia de los hermanos Rodríguez y de Diosdado Cabello. Pero ese periodismo miserable sí hace su papel de amplificador de la ilusión de estabilidad que mantendrá a “Delcy forever” para beneficio de opacos inversionistas que contentos pescan en río revuelto.

Periodista, economía y finanzas | X: @sdeoviedo, IG: @santiagodeoviedo

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Venezuela, hoy más sometida a las presiones de lobistas y lavadores de dinero, está en el ojo del huracán del periodismo miserable. De algo tienen que vivir algunos periodistas, y más si están en Venezuela sufriendo los rigores de una economía con hiperinflación y dolarizada de facto. Se salvan destacadas excepciones que hacen un trabajo digno a pesar de todos los pesares. Otros, sin embargo, tienen que arrastrase cuando se los ordenan sus financistas. No pueden hacer otra cosa. De algo hay que comer. Parafraseando a Marx, asistimos a la miseria del periodismo.

En esta era de algoritmos e inteligencia artificial, una parte del periodismo vive para complacer, no para cuestionar ni para difundir diferentes puntos de vista. Los algoritmos de las redes digitales crean burbujas y cámaras de eco que están encantadas de escucharse a sí mismas. Eso gusta a los anunciantes, pues a partir del comportamiento limitado y casi compulsivo de los usuarios de las redes pueden ofrecerles publicidad a su medida. Y también gusta a los financistas de estos periodistas miserables. Les hacen repetir como loros sus mensajes clave que están alineados con sus negocios. Van modulando los mensajes como vaya lloviendo el dinero. Un día les mandan a decir que Trump ha salvado a Venezuela, otros que los seguidores de María Corina Machado son “brutos” por reclamar elecciones democráticas en un plazo razonable.

A esto se agrega la influencia de los chatbots de inteligencia artificial en la forma en la que la gente busca y consume información. Ya los motores de búsqueda, particularmente Google, el más usado de todos, van pasando a un segundo plano. Dominan las grandes plataformas de modelos generativos de lenguaje como ChatGPT y Claude que, en vez de ofrecer opciones de información, incluyendo las que pagan para salir más arriba, hacen un resumen de varias líneas que el usuario consume rápidamente, sin que necesariamente vaya más allá de la síntesis inicial. Esto potencialmente se traduce en mayor simplificación de su visión del mundo y reforzamiento del efecto cámara de eco.

¿Quién paga?

Estas cámaras de eco se alimentan del dinero que ahora entra de forma turbia a Venezuela de la mano y la protección del gobierno de los Estados Unidos. El primero y más destacado de estos elementos es el cuestionado Alejandro Betancourt. De un día a otro pasó de ser acusado de desbancar al Estado venezolano, a ser el “mal necesario” para reactivar la industria petrolera. Periodistas en decadencia lo argumentan así: qué vamos a hacer, este Betancourt es quien lo puede hacer, y punto. Existen indicios que estos periodistas decadentes cambian de discurso dependiendo de quién ponga la plata. Cambian de opinión como se cambian de interiores. La política, el dinero y los medios vuelven a hacer de las suyas a espaldas de la gente. Ya lo escribió el investigador Oswaldo Capriles Arias en su libro Poder político y comunicación, de 1996, en plena crisis terminal de la república civil: “… figuras y etiquetas sin mayor sentido, eventualmente dotadas de un movimiento de ‘gran guiñol’ manipulado por los factores más poderosos de la sociedad civil”.

Miente que algo queda 

Si alguien vive metido en una cámara de eco, siempre escucha lo mismo. Vive complacido por lo que escucha, aunque le mientan. Lo importante es confirmar sus prejuicios, sin importar si la evidencia empírica dice lo contrario. El principio de Goebbels de mentir mil veces adquiere un nuevo sentido en las redes dominadas por los algoritmos. La gente que consume porquería recibe siempre más porquería. Es un círculo vicioso (alguien dirá que es un “círculo virtuoso”).

Esa máquina digital nunca se detiene. Es el gran sistema que funciona 24/7. Se alimenta de los usuarios de las redes, ensimismados en sus pequeños universos de estereotipos e ideas simplonas. Ven un mundo en blanco y negro sin matices. Algo de eso ya ocurrió en Venezuela cuando los grandes medios de comunicación de la época despotricaron de la clase política, que ya venía desprestigiada por sus propios errores y corruptelas, terminaron creando el ambiente de la antipolítica que le abrió la puerta a Hugo Chávez. Ya sabemos las consecuencias de esa política de demolición política. El país ha pagado un alto precio por ello. Nada menos que su destrucción.

Pero no nos confundamos. Ahora la dinámica mediática en las redes es distinta. Ya no se comunica para el conjunto de la sociedad, sino para grupitos. Los periodistas miserables hablan para sus respectivos club de fans que los aplauden y vuelven todos los días a escuchar sus disquisiciones interesadas. El grupito refuerza lo que termina diciendo su audiencia fiel, que a su vez refuerza el comportamiento miserable del periodista con sus comentarios en los chats. Es una interacción circular, de reforzamiento positivo según la psicología conductista. Mientras más regresan los mismos de la misma burbuja, es un incentivo para que el algoritmo les ofrezca siempre lo mismo. Quieren que les mientan porque disfrutan con la mentira.

Auténticamente falso

Uno de los valores apreciados por los fans de estos periodistas miserables es la “autenticidad” de estos comunicadores. A esos grupitos de fieles les encantan que sus referentes en las redes insulten, digan las “vainas como son”, no tengan “pelos en lengua”, y demás babosadas. Ellos quieren autenticidad, o al menos algo que parezca auténtico. Y si alguien les señala lo obvio, que sus héroes mediáticos son “falsos auténticos” que bailan al son del dinero, entonces se ponen iracundos. No soportan ver la realidad. Están demasiado ciegos en su burbuja cognitiva.

Los periodistas que más gritan, insultan y chismorrean son los que son percibidos por sus audiencias como auténticos. En un mundo digital donde manda la artificialidad, la impresión de autenticidad ramplona, incluso vulgar, es la forma de crear una impresión de “verdad”. El postureo de “auténtico” vende. Lo saben bien los políticos populistas como Trump, y como lo supo en su momento Chávez. Basta salirse del molde de las buenas costumbres para que una parte del público crea que le está hablando como “debe ser”, sin “medias tintas”, sin “mentiras”. El principio de la autenticidad fabricada es hacerle creer a la gente que lo que ve es transparente, cuando en realidad no es otra cosa que una puesta en escena que tiene mucho de representación teatral.

Censura “buena”

Trump ha decidido expulsar a algunos medios de comunicación de la Casa Blanca. El asunto en Estados Unidos es más complicado, pues el poder judicial podría echar para atrás la medida del presidente. A pesar de todo, en ese país todavía hay división de poderes, y la primera enmienda de la constitución tiene peso a la hora de hacer respetar la libertad de expresión y la libertad periodística. Para el periodista miserable, que adora al primer mandatario norteamericano, esta decisión arbitraria le parece que no es otra cosa que “Trump siendo Trump”.  ¿Censura, cortapisas al ejercicio periodístico? Todo se le acepta al “salvador de Venezuela”. Sobre todo, se le acepta a quien trae de la mano a inversionistas cuestionados que le han metido la mano al petróleo, y les meterán la mano a los minerales de Venezuela.

Y si a alguien se le ocurre criticar en vivo y directo a uno de estos periodistas de medio pelo, lo censuran en el chat. Le prohíben expresar su desacuerdo, pues la contradicción vehemente no se admite en el periodismo miserable. Cuando los intereses de los financistas están en juego, es decir, cuando la base de la economía política de esta práctica periodística es criticada, debe prevalecer la censura. La misma lógica que ha aplicado Trump, y la que el chavismo ha seguido en estos últimos 27 años.

La miseria periodística es una condición necesaria para que la “nueva” situación político-económica de Venezuela se vaya consolidando. No es una condición suficiente, pues entran en juego otros factores como los intereses geopolíticos de Estados Unidos, los negocios del entorno de Trump, y el instinto de supervivencia de los hermanos Rodríguez y de Diosdado Cabello. Pero ese periodismo miserable sí hace su papel de amplificador de la ilusión de estabilidad que mantendrá a “Delcy forever” para beneficio de opacos inversionistas que contentos pescan en río revuelto.

Periodista, economía y finanzas | X: @sdeoviedo, IG: @santiagodeoviedo

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La miseria periodística es una condición necesaria para que la “nueva” situación político-económica de Venezuela se vaya consolidando
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Venezuela, hoy más sometida a las presiones de lobistas y lavadores de dinero, está en el ojo del huracán del periodismo miserable. De algo tienen que vivir algunos periodistas, y más si están en Venezuela sufriendo los rigores de una economía con hiperinflación y dolarizada de facto. Se salvan destacadas excepciones que hacen un trabajo digno a pesar de todos los pesares. Otros, sin embargo, tienen que arrastrase cuando se los ordenan sus financistas. No pueden hacer otra cosa. De algo hay que comer. Parafraseando a Marx, asistimos a la miseria del periodismo.

En esta era de algoritmos e inteligencia artificial, una parte del periodismo vive para complacer, no para cuestionar ni para difundir diferentes puntos de vista. Los algoritmos de las redes digitales crean burbujas y cámaras de eco que están encantadas de escucharse a sí mismas. Eso gusta a los anunciantes, pues a partir del comportamiento limitado y casi compulsivo de los usuarios de las redes pueden ofrecerles publicidad a su medida. Y también gusta a los financistas de estos periodistas miserables. Les hacen repetir como loros sus mensajes clave que están alineados con sus negocios. Van modulando los mensajes como vaya lloviendo el dinero. Un día les mandan a decir que Trump ha salvado a Venezuela, otros que los seguidores de María Corina Machado son “brutos” por reclamar elecciones democráticas en un plazo razonable.

A esto se agrega la influencia de los chatbots de inteligencia artificial en la forma en la que la gente busca y consume información. Ya los motores de búsqueda, particularmente Google, el más usado de todos, van pasando a un segundo plano. Dominan las grandes plataformas de modelos generativos de lenguaje como ChatGPT y Claude que, en vez de ofrecer opciones de información, incluyendo las que pagan para salir más arriba, hacen un resumen de varias líneas que el usuario consume rápidamente, sin que necesariamente vaya más allá de la síntesis inicial. Esto potencialmente se traduce en mayor simplificación de su visión del mundo y reforzamiento del efecto cámara de eco.

¿Quién paga?

Estas cámaras de eco se alimentan del dinero que ahora entra de forma turbia a Venezuela de la mano y la protección del gobierno de los Estados Unidos. El primero y más destacado de estos elementos es el cuestionado Alejandro Betancourt. De un día a otro pasó de ser acusado de desbancar al Estado venezolano, a ser el “mal necesario” para reactivar la industria petrolera. Periodistas en decadencia lo argumentan así: qué vamos a hacer, este Betancourt es quien lo puede hacer, y punto. Existen indicios que estos periodistas decadentes cambian de discurso dependiendo de quién ponga la plata. Cambian de opinión como se cambian de interiores. La política, el dinero y los medios vuelven a hacer de las suyas a espaldas de la gente. Ya lo escribió el investigador Oswaldo Capriles Arias en su libro Poder político y comunicación, de 1996, en plena crisis terminal de la república civil: “… figuras y etiquetas sin mayor sentido, eventualmente dotadas de un movimiento de ‘gran guiñol’ manipulado por los factores más poderosos de la sociedad civil”.

Miente que algo queda 

Si alguien vive metido en una cámara de eco, siempre escucha lo mismo. Vive complacido por lo que escucha, aunque le mientan. Lo importante es confirmar sus prejuicios, sin importar si la evidencia empírica dice lo contrario. El principio de Goebbels de mentir mil veces adquiere un nuevo sentido en las redes dominadas por los algoritmos. La gente que consume porquería recibe siempre más porquería. Es un círculo vicioso (alguien dirá que es un “círculo virtuoso”).

Esa máquina digital nunca se detiene. Es el gran sistema que funciona 24/7. Se alimenta de los usuarios de las redes, ensimismados en sus pequeños universos de estereotipos e ideas simplonas. Ven un mundo en blanco y negro sin matices. Algo de eso ya ocurrió en Venezuela cuando los grandes medios de comunicación de la época despotricaron de la clase política, que ya venía desprestigiada por sus propios errores y corruptelas, terminaron creando el ambiente de la antipolítica que le abrió la puerta a Hugo Chávez. Ya sabemos las consecuencias de esa política de demolición política. El país ha pagado un alto precio por ello. Nada menos que su destrucción.

Pero no nos confundamos. Ahora la dinámica mediática en las redes es distinta. Ya no se comunica para el conjunto de la sociedad, sino para grupitos. Los periodistas miserables hablan para sus respectivos club de fans que los aplauden y vuelven todos los días a escuchar sus disquisiciones interesadas. El grupito refuerza lo que termina diciendo su audiencia fiel, que a su vez refuerza el comportamiento miserable del periodista con sus comentarios en los chats. Es una interacción circular, de reforzamiento positivo según la psicología conductista. Mientras más regresan los mismos de la misma burbuja, es un incentivo para que el algoritmo les ofrezca siempre lo mismo. Quieren que les mientan porque disfrutan con la mentira.

Auténticamente falso

Uno de los valores apreciados por los fans de estos periodistas miserables es la “autenticidad” de estos comunicadores. A esos grupitos de fieles les encantan que sus referentes en las redes insulten, digan las “vainas como son”, no tengan “pelos en lengua”, y demás babosadas. Ellos quieren autenticidad, o al menos algo que parezca auténtico. Y si alguien les señala lo obvio, que sus héroes mediáticos son “falsos auténticos” que bailan al son del dinero, entonces se ponen iracundos. No soportan ver la realidad. Están demasiado ciegos en su burbuja cognitiva.

Los periodistas que más gritan, insultan y chismorrean son los que son percibidos por sus audiencias como auténticos. En un mundo digital donde manda la artificialidad, la impresión de autenticidad ramplona, incluso vulgar, es la forma de crear una impresión de “verdad”. El postureo de “auténtico” vende. Lo saben bien los políticos populistas como Trump, y como lo supo en su momento Chávez. Basta salirse del molde de las buenas costumbres para que una parte del público crea que le está hablando como “debe ser”, sin “medias tintas”, sin “mentiras”. El principio de la autenticidad fabricada es hacerle creer a la gente que lo que ve es transparente, cuando en realidad no es otra cosa que una puesta en escena que tiene mucho de representación teatral.

Censura “buena”

Trump ha decidido expulsar a algunos medios de comunicación de la Casa Blanca. El asunto en Estados Unidos es más complicado, pues el poder judicial podría echar para atrás la medida del presidente. A pesar de todo, en ese país todavía hay división de poderes, y la primera enmienda de la constitución tiene peso a la hora de hacer respetar la libertad de expresión y la libertad periodística. Para el periodista miserable, que adora al primer mandatario norteamericano, esta decisión arbitraria le parece que no es otra cosa que “Trump siendo Trump”.  ¿Censura, cortapisas al ejercicio periodístico? Todo se le acepta al “salvador de Venezuela”. Sobre todo, se le acepta a quien trae de la mano a inversionistas cuestionados que le han metido la mano al petróleo, y les meterán la mano a los minerales de Venezuela.

Y si a alguien se le ocurre criticar en vivo y directo a uno de estos periodistas de medio pelo, lo censuran en el chat. Le prohíben expresar su desacuerdo, pues la contradicción vehemente no se admite en el periodismo miserable. Cuando los intereses de los financistas están en juego, es decir, cuando la base de la economía política de esta práctica periodística es criticada, debe prevalecer la censura. La misma lógica que ha aplicado Trump, y la que el chavismo ha seguido en estos últimos 27 años.

La miseria periodística es una condición necesaria para que la “nueva” situación político-económica de Venezuela se vaya consolidando. No es una condición suficiente, pues entran en juego otros factores como los intereses geopolíticos de Estados Unidos, los negocios del entorno de Trump, y el instinto de supervivencia de los hermanos Rodríguez y de Diosdado Cabello. Pero ese periodismo miserable sí hace su papel de amplificador de la ilusión de estabilidad que mantendrá a “Delcy forever” para beneficio de opacos inversionistas que contentos pescan en río revuelto.

Periodista, economía y finanzas | X: @sdeoviedo, IG: @santiagodeoviedo

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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