Isabel II, el triunfo del símbolo - Runrun
Diego Arroyo Gil Sep 19, 2022 | Actualizado hace 3 meses
Isabel II, el triunfo del símbolo
Isabel II fue absorbiendo lo que se proyectaba sobre ella y acabó por transfigurarse en símbolo

Por: @diegoarroyogil

Foto: @RoyalFamily

 

El día que murió la reina una amiga me contó que apenas oyó la noticia en la televisión, en su casa en Caracas, tuvo el gesto de ponerse de pie. Mi amiga vivió en Londres y desde entonces guarda un respeto sincero por Her Majesty, pero tengo otra amiga, también en Caracas, que a pesar de que nunca ha estado ni en Inglaterra ni en Escocia ni en Gales ni en Irlanda del Norte, cuando supo que Isabel II había fallecido le pidió al barman de un restaurante que dirige desde hace tiempo que hiciera sonar una campana. Los comensales prestaron atención y ella informó lo que había ocurrido. Algunos acaban de enterarse a través de Twitter, Instagram o Whatsapp.

Como a veces los venezolanos nos tildamos a nosotros mismos de safriscos, estas anécdotas podrían presentarse como ejemplo, pero aun si lo fueran, sería secundario, y a quienes insisten en descalificar tanto el desconcierto como el sentimiento de pena que ha concitado el cese de la reina, lo mejor es no hacerles caso. Isabel II es una figura de un peso histórico irrefutable, una figura que a lo largo de sus 96 años de vida y sus 70 de reinado logró acumular tal cantidad de valor simbólico que, a la hora de su muerte, era un personaje legendario no solo para el Reino Unido sino también para el resto del mundo.

La escueta pero suficiente notificación pública, más temprano ese día, de que sus médicos estaban “preocupados” por su salud, activó todas las alarmas, y sospecho que no fuimos pocos los que al instante registramos una sensación de asombro y de irrealidad. Yo me mantuve más o menos renuente e incrédulo hasta que los periodistas anclas de la BBC aparecieron todos trajeados de luto. ¡Pero si dos días atrás la reina había recibido, muy sonriente y en su sitio, a Liz Truss, la nueva primera ministra! Todos habíamos visto las fotografías en la prensa y, pese al color violeta de sus manos, sin pensarlo la dábamos por entera. Entera como siempre desde siempre. Entera, invencible, inmortal.

Hay un parlamento en el capítulo final de la tercera temporada de The Crown, la serie de Netflix sobre Isabel II, en el que la princesa Margarita le dice a su hermana: “Nosotros tapamos las grietas. Y si lo que hacemos es potente, grandioso y decisivo, nadie se dará cuenta de que lo demás se desmorona a nuestro alrededor. Esa es nuestra misión. –La princesa hace una pausa y se corrige a sí misma–: Nuestra no. La tuya. Tú no puedes flaquear. Porque si tú muestras una mínima grieta, sabremos que no es una grieta sino un abismo. Y todos caeremos en él. Tú debes mantenerlo todo unido”. Aunque se sabe que estas son frases creadas por los guionistas de la serie, frases de ficción, creo que resumen con acierto el papel que encarnó Isabel Windsor como Isabel Regina. Que sean de ficción no significa que sean frases sin basamento real. Por el contrario, en este caso fue la prueba de la ‘realidad’ la que permitió que fueran escritas con semejante redondez para beneficio de nuestra muy normal necesidad de atribuirle un sentido a la experiencia, aun si se trata de una experiencia de la cual apenas hemos sido espectadores.

Incluso si Isabel Windsor no hubiera cumplido como lo hizo con su rol como reina –y opiniones van y vienen, como es natural–, de todos modos las líneas que he citado suenan lo bastante convincentes como para servir de definición de lo que se espera de una majestad. Esto es: que personifique un ideal y transmita a los hombres su importancia y su vigencia ante lo caedizo que es este mundo. No creo que haya que ser monárquico –ve tú a ver si este es un asunto que de verdad sea un quebradero de cabeza para un ciudadano no británico, no español, no danés, en fin– para reconocer eso. Así como tampoco hay que ser creyente ni católico, apostólico y romano para reconocer la relevancia del Papa, por más que Bergoglio o la propia Iglesia puedan resultar execrables o anacrónicos.

Es justo de anacronismo de lo que, entre otras cosas, se acusa a la monarquía británica no solo por estos días. Con eso se quiere señalar que está fuera de época, que es de otro tiempo, como si eso fuese un defecto per se. ¿No se advierte que esa característica también puede ser una virtud? Por lo menos parece haber sido una de las virtudes de Isabel II, que en el decurso de siete décadas supo incorporar cambios antes inimaginables en la institución de la cual era regente a la vez que su talante confirmaba la inalterabilidad de la Corona. Quince primeros ministros ocuparon el número 10 de Downing Street entre 1952 y 2022, desde Winston Churchill hasta la señora Truss. Quince primeros ministros entre los que hubo tanto conservadores como liberales. Quince maneras de ejercer la jefatura del Gobierno. Y en lo alto: la nada desdeñable confianza en una seguridad. Verdad o ilusión, el caso es que lo “fuera de época” permanecía.

La escritora Allison Pearson lo expresó de este modo en The Telegraph: “Era parte del escenario, un elemento del firmamento, cierta como el sol saliendo por el Este. Nuestra reina. Que cambiaba con los tiempos y era siempre la misma”. Tan pronto como en 1928, el viejo Churchill ya lo había advertido para la posteridad, sin saberlo, luego de conocer a la pequeña Isabel durante una visita al castillo de Balmoral, donde la reina acaba de morir casi un siglo más tarde: “Es un carácter –le comentó el entonces canciller a su esposa–. Tiene un aire de autoridad e introspección asombroso en un infante”.

¿Hay que pertenecer al pueblo británico para ser alcanzado por el influjo de la reina? No hay forma de evadir la presencia de Isabel II. Su vida corrió con el devenir de la última centuria, y entonces un día ella había estado siempre antes. Ella ya estaba antes de la Gran Depresión, ella ya estaba antes de la Guerra Civil Española, ella ya estaba antes de que María Callas apareciera en escena, antes del Holocausto, antes de la Revolución cubana, antes de que mataran a Kennedy, antes de que el hombre llegara a la Luna, antes de la caída del Muro de Berlín, antes de internet, y así hasta el covid, al que también se impuso, invicta. Como las deidades, parecía precedernos en todo y cargar consigo la memoria del mundo. Es comprensible que por ese camino se convirtiera en una suerte de matriarca general, en la anciana venerable de un pueblo metafórico sin fronteras. Que yo sepa, no existe otra persona que suscite hoy, urbi et orbi, un efecto semejante.

Dado que una larga madurez, unida a la principalidad de la cual puede gozar una persona, suele otorgar una índole especialísima, Isabel II fue absorbiendo lo que se proyectaba sobre ella y acabó por transfigurarse en símbolo. Desde luego, no es algo que haya hecho adrede, como tampoco fue adrede que tantos hayamos aliviado con ella parte de nuestro apetito de representación simbólica, un fenómeno bastante mal visto por la sociedad secular, pues, como decía Roberto Calasso, la sociedad secular solo cree en sí misma y desdeña todo lo demás: lo invisible no existe, los rituales sobran y los ídolos a la basura.

Los años dirán si la monarquía británica continúa o se extingue. Por lo pronto, muchos agradecemos que nos haya dado en suerte ver la apoteosis de una reina. Que la palabra apoteosis, que es tan bella, suene hoy tan teatral, la hace más bella todavía. La anterior época isabelina nos dio a Shakespeare. Esta ha concluido con un lamento del gaitero de Isabel II y con una frase de Horacio: “Que bandadas de ángeles canten para tu descanso”.

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