Yajaira Fuenmayor tiene 77 días que no duerme bien. Apenas si descansa cuatro o cinco horas. Al cerrar sus ojos le vienen a sus pensamientos la imagen de su hijo menor arrodillado, con las manos encadenadas y la cabeza agachada mientras oficiales le rapan el cabello.
Hace 77 días que Alirio Guillermo Belloso Fuenmayor, un zuliano de 30 años, fue deportado a una cárcel de máxima seguridad en El Salvador, sin visitas, sin llamadas telefónicas, sin defensa.
“La vida nos cambió radicalmente”, suelta Yajaira, una ama de casa de 65 años, mientras mira fijamente hacia la puerta de salida de su pequeña vivienda aún en construcción, que le compró en 2023 su hijo al llegar de Perú, su primer intento de migración.
“No le dio chance de terminar de arreglar la casa, que era lo que él quería: pintarla, agrandarla, arreglar la cocina”, suelta mientras mira las paredes amarillas desteñidas y remendadas con parches de cemento, el techo de latas de zinc y un mesón en la cocina aún en construcción.
Desde que Guillermo, como le dice su familia, fue detenido el 17 de enero por agentes de migración en Texas, Estados Unidos, nada es igual en la casa de Yajaira. La detención y deportación trajo como efecto colateral la supervivencia de su familia en Venezuela, un país con alta inflación, devaluación y caída del poder adquisitivo.
La comida ya no abunda en la nevera, las medicinas no abundan para Yajaira, las meriendas no abundan para Alicia Valentina, la hija de Guillermo que está al cuidado de su abuela desde que tenía 2 años; y ni siquiera las risas abundan como antes.
Lo que sí crece es la tristeza y las preocupaciones por conseguir el pago semanal de la escuelita de Alicia Valentina; cubrir las meriendas de la niña, lograr la defensa de Guillermo, cuidar la salud de Yajaira, que es hipertensa y diabética; sostener la manutención de una familia que ya no recibe las remesas para sobrevivir.
Justo para evitar las carencias económicas, Guillermo salió de su natal Maracaibo en octubre de 2023 con destino a Estados Unidos. Apenas tenía seis meses de haber llegado de Perú, pero querían ofrecerle una mejor calidad de vida a su familia. Viajó vía terrestre por seis países. La ruta incluyó cruzar la temida e inhóspita Selva del Darién, frontera entre Colombia y Panamá.
Llegó a la frontera de México con EE. UU. los primeros días de noviembre y se entregó a las autoridades migratorias. Estuvo cuatro días detenido y luego comenzó su vida en el estado de Utah donde residió hasta su detención en una redada de ICE mientras surtía de combustible su vehículo en una gasolinera.
Su estatus migratorio estaba en trámite, pues había solicitado el Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés). De nada le sirvió, porque fue deportado.
Mientras, las finanzas de su familia en Maracaibo se fueron al suelo. Ya no cuentan con el aporte semanal de Guillermo: $60 para su madre, $20 para su hija y $60 para su pareja, Noemí Briceño, quien vive con Yajaira y Alicia.
“La niña me pide que le haga panquecas y no he podido desde que mi hijo está preso”, lamenta Yajaira. Ella, su nieta y su nuera desayunan, almuerzan y cenan por la ayuda de su hijo que vive en frente de su casa. “A mí me da pena con él, sobrecargarlo de cosas”, agrega.
Estuvo cinco días sin tomar su pastilla para la hipertensión y el medicamento para regular los niveles de azúcar. Sus niveles de tensión se dispararon y prefirió quedarse callada que pedir ayuda a su familia, hasta que el malestar empeoró. Antes, solía tener medicinas de reserva.
“Nuestra situación se puso muy dura, porque Guillermo era el que nos daba todo en esta casa”, comenta con los ojos llenos de lágrimas mientras abre el congelador de su nevera lleno de botellas con hielo y agua.
Yajaira tiene otros seis hijos, cinco de ellos viven en Maracaibo, capital del estado Zulia, al occidente de Venezuela. Todos son vecinos en una invasión en el sector Cañada Honda, una zona popular de clase baja con calles de tierra. La mayoría tienen una situación económica difícil, a excepción del que ayuda con las comidas y de su hijo mayor, Antonio Fuenmayor, que emigró antes que Guillermo a Estados Unidos.
Pero, Antonio es el que acarrea con los gastos de defensa de Guillermo en EE. UU. Contrató un abogado para defender a su hermano y exigir que se cumpla con la orden de deportación hacia Venezuela que le emitió en febrero una corte de Washington. También ayuda a Yajaira y a Noemí en sus gastos de traslado hasta Caracas para reunirse con los abogados designados por el Gobierno nacional para defender a los venezolanos deportados.
A Guillermo lo acusa la administración de Donald Trump de pertenecer a la banda criminal Tren de Aragua. “Eso es falso”, asegura su familia. No tiene antecedentes penales en Venezuela, en Perú, ni en EE. UU., donde llegó en octubre de 2023 para justo evitar las carencias que hoy tienen su hija, su mamá y su pareja.
“Lo acusan sólo por tener tres tatuajes: mi nombre, el de su hija y el de mi nieta mayor que murió cuando tenía 5 años de leucemia. Él no merece eso”, dice Yajaira con lamento mientras busca en su celular una foto de su hijo.
“Miralo, estaba gordo cuando lo detuvieron. Ahora está flaco”, asegura. Yajaira reconoció a Guillermo en un video que publicó el 13 de mayo la televisora estadounidense One America News Network, en el programa del excongresista federal republicano Matt Gaetz, quien entró al Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) en El Salvador.
“Él gritaba: Venezuela, libertad”, recuerda con voz pausada. “Es duro verlo así”.
Yajaira sólo sueña con que su hijo esté de vuelta para que le de “amor” a su nieta y que no sufra la “injusta” detención que le mantiene el corazón arrugado por no saber si come, si duerme, si se enferma o si lo volverá a abrazar.
Sólo tiene un deseo: “No importa si tenemos que comer arroz con huevo todos los días. Yo lo único que le pido a Dios, a Trump y al presidente de El Salvador es que me devuelvan a mi hijo”.
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