Luego del 24 de junio, comenzó otra emergencia. En La Guaira, Caracas y Zulia, mujeres cuidadoras tuvieron que encontrar donde dormir, buscar ingresos y contener a quienes quedaron más afectados, al tiempo que lidiaban con pérdidas, miedo y desplazamiento.
Organismos como ONU Mujeres han advertido que los desastres profundizan desigualdades de género preexistentes y que los procesos de respuesta y reconstrucción deben incorporar las necesidades específicas de mujeres y niñas, además de reconocer su papel activo en las comunidades afectadas.
Cuatro mujeres contaron a Runrun.es cómo el doble terremoto las sacó de sus rutinas y las puso a cargo de nuevas responsabilidades. En medio de pérdidas, desplazamientos y cambios familiares, tuvieron que cuidar a otros mientras también intentaban recomponer sus propias vidas.
Cuidar lejos, pero no ausente
Liz Marrero, de 33 años, nacida en Caracas y residente en Los Ángeles, California, llevaba 14 años construyendo una carrera como bailarina. Los sismos del 24 de junio cambió el rumbo de esa vida: perdió a su madre, Noreliz Marrero; a su hermana, Cairo El Piñero Marrero; y a su cuñado, Roberto Brito. Sus sobrinos, Sebastián Brito, de 16 años, y Samuel Brito, de 12, sobrevivieron.
Samuel permaneció 12 horas entre los escombros antes de ser rescatado. Sus padres fueron quienes lo encontraron, pero no sobrevivieron. Sebastián también quedó con vida. Desde Los Ángeles, Liz comenzó a organizar lo que vendría después.
“Asumir una responsabilidad fue de inmediato, fue un instinto, fue una señal y fue como no tener otra cosa que hacer, sino que esa era mi prioridad”, cuenta.
Antes del doblete sísmico, su rutina estaba dividida entre el ejercicio, las clases, el trabajo y su familia. Después, su día comienza atendiendo las necesidades de los niños y continúa con la coordinación de la campaña que busca reunir recursos para ellos.
La responsabilidad también ha implicado gestionar a distancia aquello que los familiares cercanos no pueden resolver solos. Mientras otras personas permanecen junto a Samuel y Sebastián, Liz coordina recursos, moviliza contactos y busca garantizar que tengan atención y condiciones para reconstruir su vida.
“El doble terremoto agravó todo. En medio de una situación de vulnerabilidad, como las que ya tenían antes en su comunidad, podían delegar los cuidados, podían organizarse, pero ahorita la situación es tan precaria que es muy difícil tener la confianza de que puedes confiar en un tercero, incluso si es alguien conocido o alguien de la familia, para asumir todas las tareas que significan la cotidianidad en un alojamiento temporal”, resume la activista de género y directora de Mulier, Estefanía Mendoza.
Mendoza revela que la ruptura de esas redes de cuidado tiene consecuencias directas sobre la recuperación económica de las mujeres. Antes del terremoto, una vecina podía cuidar a los niños mientras otra trabajaba o una familiar podía asumir parte de las tareas del hogar. Al perder la vivienda, cambiar de comunidad o trasladarse a un refugio, esas redes desaparecen y las fuentes de empleo pueden quedar lejos.
Cuidar en un entorno diferente
Birmania González, de 46 años, todavía recuerda el sonido de las paredes moviéndose. Es madre de una joven de 23 años con autismo y, aunque su vivienda no quedó completamente destruida, el terremoto alteró el lugar donde durante años había construido las rutinas que le permitían cuidar a su hija. Parte de la casa se cayó y varias paredes del cuarto quedaron fracturadas, por lo que las autoridades no les permiten permanecer dentro del inmueble mientras se evalúan las condiciones.
Ahora viven en carpas instaladas en el patio de su propia casa, en la urbanización La Atlántida, en Catia La Mar. Están cerca de lo que durante años fue su lugar seguro, pero sin poder habitarlo como antes.
Pero para ella la emergencia no terminó cuando logró sacar a sus hijos de la vivienda. Después del terremoto tuvo que asumir una nueva tarea: acompañar en un entorno completamente distinto mientras intentaba resolver su propia situación habitacional. La joven perdió su habitación, sus espacios habituales y parte de las referencias que durante años le habían brindado seguridad.
Desde la carpa instalada en el patio, intenta mantener cierta normalidad dentro de una rutina que dejó de existir. Su hija quiere entrar nuevamente a la casa, regresar a los lugares que reconoce, pero la familia solo puede ingresar para buscar algunas pertenencias.
“El impacto de una emergencia como esta no es neutro. En las mujeres se activa un rol de cuidado que ha sido construido e internalizado históricamente: proteger a sus familiares, sostener el hogar y garantizar la supervivencia de la familia. Después del terremoto, ese papel se intensifica y muchas terminan relegando su empleo, sus proyectos personales e incluso su propia salud para responder a las necesidades de los demás”, explica la socióloga y profesora de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Carolina Alviarez.
Cuidar lejos del hogar
Alejandra Urrutia, de 20 años, no esperaba que el terremoto cambiara el rumbo de su vida. Antes del 24 de junio vivía en Caracas, trabajaba como barbera y construía una rutina propia. Pero después de que el edificio donde residía su familia en Los Palos Grandes resultara afectado, tuvo que mudarse temporalmente a Cabimas junto a su madre, Digna Perdomo de 49 años, y su hermano menor, Santiago, de 8 años.
La familia encontró refugio en la casa de Lucrecia Altamira, la abuela materna de Alejandra, quien los recibió. Y mientras su madre busca reconstruir una estabilidad económica en otra ciudad, Alejandra asumió una responsabilidad que no estaba contemplada en sus planes: acompañar y cuidar a su hermano.
Santiago es un niño lleno de energía y la ruptura de su rutina también han sido parte del proceso de adaptación. Alejandra explica que ahora debe estar más pendiente de él, acompañarlo en sus actividades y ayudarlo a adaptarse a un lugar distinto al que conocía.
Entre los cuidados de su hermano, las diligencias de la casa y el apoyo a su mamá y su abuela, la joven terminó ocupando un papel central dentro de la dinámica familiar.
Su mamá intenta acompañarla y reconoce el apoyo que representa dentro de la familia. Su abuela se encarga principalmente de la cocina y otros oficios, pero Alejandra siente que la emergencia también le quitó algo difícil de recuperar: la posibilidad de vivir su juventud con mayor libertad.
“Después de un desastre, las mujeres suelen postergar su propio cuidado para atender a sus hijos, a sus padres, a otros familiares o a quien esté enfermo. Esa sobrecarga física y emocional termina pasando factura al cuerpo: aparecen dolores musculares, fatiga, alteraciones cardiovasculares, problemas gastrointestinales y hasta cambios hormonales asociados al estrés. Hay que entender ese dolor y acompañarlas antes de que su cuerpo colapse”, subraya Meikel Andrade, médico cirujano independiente.
Andrade argumenta que el desgaste prolongado también puede manifestarse con señales de alarma que requieren atención inmediata, como dolor torácico, dificultad para respirar, cefaleas intensas por hipertensión, sangrados digestivos o ginecológicos, pérdida acelerada de peso, deshidratación y síntomas de colapso emocional.
Los sismos aumentaron las cargas asociadas al cuidado
Norah Vásquez, de 39 años, no pensó que terminaría asumiendo una responsabilidad tan grande con su sobrino. Antes del terremoto del 24 de junio vivía en Caraballeda, La Guaira, junto a Thiago Núñez, de 15 años, a quien acompaña desde hace años mientras su hermana permanece en Colombia intentando sostener a la familia desde la distancia.
El padre de Thiago nunca estuvo presente en su crianza. Por eso, cuando su madre tuvo que salir del país, Norah se convirtió en la persona que quedó a cargo de él. No es su hijo, pero en la práctica organiza sus días, atiende sus necesidades y ocupa un lugar que muchas veces se parece al de una madre.
El terremoto terminó de cambiar una dinámica que ya era compleja. La familia perdió sus pertenencias en Caraballeda y tuvo que trasladarse hasta La Candelaria, en Caracas, donde fueron recibidos temporalmente en la casa de un colega de Norah. Allí, Thiago tuvo que adaptarse a un nuevo espacio, lejos de su rutina, de sus amigos y de la vida que conocía.
El cambio también tuvo un impacto emocional en el adolescente. Norah cuenta que ha estado más ansioso y que en algunos momentos expresa su deseo de volver a ver a su mamá. Ella entiende esa necesidad, pero también carga con la frustración de estar en medio de una situación que no depende completamente de ella.
Su hermana Tania le pide que continúe cuidándolo porque sabe que Norah es quien puede estar presente, pero ella siente que esa responsabilidad comienza a superar sus posibilidades. Aunque recibe 300 dólares mensuales para cubrir los gastos de Thiago, asegura que el dinero no alcanza y que muchas veces debe aportar de sus propios ingresos.
“Yo lo quiero mucho, pero también hay momentos en los que siento que todo recae sobre mí”, explica, al hablar de una responsabilidad que asumió por amor, pero que también ha limitado su propia vida.
Entre el trabajo, los oficios de la casa y el cuidado de Thiago, Norah siente que no tiene espacio para sí misma. Dice que no ha podido construir una relación de pareja porque llega agotada al final del día y porque siente que siempre hay algo pendiente.
“En tiempos de crisis se intensifica una carga de cuidado que históricamente ha recaído sobre las mujeres. Se espera de ellas contención, sacrificio y que prioricen las necesidades de otros, incluso cuando ellas también están atravesando pérdidas, miedo e incertidumbre. Cuando esa responsabilidad se sostiene sin redes de apoyo, puede afectar su bienestar emocional, su identidad y la forma en que proyectan su propia vida”, expresa la psicóloga y cofundadora del Colectivo de Resilientes e Inquebrantables, Mariangelica Morillo.
Cuidar también implica derechos
Los testimonios de Liz, Birmania, Alejandra y Norah muestran cómo, después del terremoto, distintas mujeres asumieron responsabilidades de cuidado dentro de sus familias mientras enfrentaban pérdidas, desplazamientos y cambios en sus propios proyectos de vida.
Para Roxana Vivas, abogada y especialista en equidad de género y derechos humanos, trabajadora de organizaciones como Women’s Link Worldwide, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y Amnistía Internacional Venezuela, esta situación debe analizarse desde las obligaciones que existen para garantizar igualdad y protección durante una emergencia.
“Las emergencias no suspenden los derechos de las personas. Por el contrario, en estos contextos es cuando el Estado y las instituciones deben reforzar las medidas para evitar que las desigualdades existentes se profundicen. Cuando hablamos de mujeres cuidadoras, no solo estamos hablando de una carga familiar o privada, sino de una realidad atravesada por estereotipos de género que históricamente han asignado a las mujeres la responsabilidad principal del cuidado. La respuesta humanitaria debe reconocer ese trabajo, garantizar condiciones para que puedan ejercer sus derechos y promover una distribución corresponsable de esas tareas entre las familias, las comunidades y las instituciones”, relata.
La especialista señala que la Constitución reconoce principios como la igualdad y la protección integral de la familia, mientras que la normativa sobre niños, niñas y adolescentes establece la corresponsabilidad en su cuidado y ninguna mujer debería tener que sacrificar su autonomía para sostener por sí sola a su familia: el cuidado también debe ser una responsabilidad compartida.
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