Cuando designaron a Maduro Vicepresidente la República, no faltó quién pegara el grito en el cielo. Cuando El Universal lo permitía, escribí allí una nota al respecto. La indignación opositora pasaba por el clasismo más básico y el menosprecio por aquel hombre, que entonces, para la vista de muchos, resultaba el más afable dentro del chavismo, cuando se le comparaba con otros, como el teniente picapasitos, hoy dedicado a la persecución de herejes, druidas y otros brujos. Se le menospreciaba, a pesar de haber tenido la capacidad de hacerse con ese puesto, dentro de esa madriguera repleta de lobos.
Nos equivocábamos, y de qué manera. Quizás no nos equivocábamos sobre las habilidades de Maduro para escalar hacia el poder y contenerlo. El tiempo lo dirá, pero después de la violación flagrante a la constitución tras la muerte del jefe, y de una derrota electoral estrepitosa maquillada por un fraude, Maduro sigue maniobrando desde la cúspide del poder. Su incapacidad para hacer un buen gobierno lo sobrepasa, pues es sobradamente evidente su incompetencia, y sin embargo allí está, como nunca había estado otro: un dictador civil, jefe y comandante de la Fuerza Armada, con una silla en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y con toda la oposición política relevante desmantelada o encarcelada. Eso que llaman “el aparato productivo”, destruido. Escasez, servicios públicos insuficientes o inexistentes para muchos, desempleo, y como añadidura, flagrantes violaciones a los derechos humanos que no cesan, desde la censura y la persecución de quien opina, hasta tratos crueles, inhumanos y degradantes a los que se somete a presos políticos. Con toda la barbarie, sigue detentando el poder, porque aquel hombre a quién se le sirvió en bandeja de plata la oportunidad de hacer uso de la diplomacia que se suponía había aprendido en sus sopotocientos días como Canciller, para llevar a la República por senderos más serenos y virtuosos, optó por convertirse en el nuestro primer dictador de traje y corbata.
Determinar el fin o el principio o la rotación que ocurrirá en el poder en Venezuela es imposible. Carecemos de los dones de otros brujos, y visto el acontecer reciente, más vale evitar adentrarnos en cualquier tipo de mancias, no sea que el teniente inquisidor nos procure para su haber de hechiceros en la hoguera. Ciertas son, sin embargo, las dificultades venideras. Ante la adversidad, su esfuerzo por retener el poder será sólo más agresivo y contundente, porque así les gusta defenderse. No puede subestimarse –persistiendo en dicho error-, la capacidad constante del chavismo para sacar partido de lo peor. Porque no se ciñen a ideologías particulares, y porque han hecho del afamado bochinche mirandino, una forma efectiva de contener para ellos todo el ejercicio del poder. Son socialistas, fascistas, liberales, cristianos, budistas, ateos y comunistas. Son todo y no son nada, y así han logrado todo lo que han logrado.
Todo sonará a repeticiones, pero vale recordar que sólo comprendiendo toda la antirepublicanidad que les cubre y que por doquier invisten, la barbarie y el horror del que se alimentan, puede entenderse a lo que se enfrenta. Hablábamos en aquella nota, de cambures verdes y maduros. La realidad apunta a que el cambur y su correspondiente cambureo están más bien, podridos, y bien vale por lo tanto, ser precavido y evitar otras indigestiones.







