A las afueras de Puerto Ordaz, en el pasado, una ciudad de empuje industrial, alternativa no petrolera y fuente de más de 50 mil empleos directos, en el estado Bolívar, se encuentra ubicado el vertedero municipal Cañaveral, un terreno lleno de desechos que ocupa más de 6 mil metros cuadrados, donde waraos y no indígenas, sin importar género ni edad, se adentran en la basura donde recolectan plástico, cobre, aluminio y hierro, para ofrecerlos a empresas recicladoras.
El medio regional, Correo del Caroní, explica que a Cañaveral llegan empresas privadas para recoger material apto para ser reciclado. El kilo de plástico se vende a unos 3 bolívares ($ 0,06, según la tasa oficial publicada por el Banco Central de Venezuela) y el kilo de aluminio, a 25 bolívares ($ 0,5); mientras que el cobre, lo más escaso y peligroso por estar calificado como material estratégico, se vende a 200 bolívares ($ 4).
«Ese vertedero es un potencial, solo que no lo saben aprovechar», comenta un trabajador de la empresa privada que diariamente asiste a este lugar para salir cargado de productos reciclables.
Sin embargo, lo que allí se vive es otra cosa: trabajo precarizado, inseguridad alimentaria, nulo acceso a servicios de calidad y una condena a vivir para siempre en la pobreza. Al punto de que, para los que allí recolectan, es difícil imaginarse en otras labores.
Pese a la creencia de que el vertedero tiene un gran potencial y de aquí las mejoras económicas que representa para algunos waraos, la labor es esclavizante, antihigiénica e insegura; dejando en estado de vulnerabilidad a los waraos que allí participan.
Aun cuando para algunos representa un salvavidas económico, la situación allí es grave: los niños que apenas comienzan a caminar ya se adentran en la basura para colaborar con su familia, y la escuela es algo que no está ni en los mejores planes.
Los waraos son considerados una de las etnias más numerosas y la población más antigua de Venezuela, según algunos antropólogos. Hasta el censo de 2011, realizado por el Instituto Nacional de Estadística, había 49 mil miembros.
Estos pasaron de vivir en los caños del Delta medio y bajo a través de la siembra y la pesca, a moverse con el avance del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI a los centros poblados, donde las principales fuentes de ingreso para los waraos pasaron a ser trabajos informales eventuales, la elaboración y venta de artesanía, la recuperación de basura, el servicio doméstico y la mendicidad.
Desde 2014, los waraos empezaron a salir de los caños para llegar a Brasil, Guyana o Trinidad y Tobago. Se estima que solo en Brasil hay más de 7 mil personas de esta etnia.
La escasez de gasolina, carencia de motores para sus embarcaciones, la inseguridad y la Emergencia Humanitaria Compleja los han llevado a movilizarse de sus zonas ancestrales a ciudades más pobladas u otras fronteras.
Felipe, un warao dedicado a la siembra en la comunidad 23 de Febrero de Tucupita, en Delta Amacuro, destaca que desde el gobierno no han desarrollado políticas para que los waraos puedan mantenerse en los caños o dedicarse a la siembra en algunas zonas de Tucupita. “Aquí uno no tiene tierras”, cuenta.
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