Antes, durante o después… sea que apenas se está iniciando en la organización política, sea que logró ser candidata o que ya fue electa para ocupar un nivel más alto, la gran amenaza y el gran disuasivo para las mujeres en política suele ser, más que ningún otro, los ataques sistemáticos que buscan expulsarlas de los lugares de poder.
¿Quién duda que el poder es esencialmente masculino? Más allá de que la forma tradicional de ejercer el poder masculino sea el dominio y control sobre sus subordinados, su ejercicio también implica una interpretación del mundo, una determinada forma de ver la realidad, excluyente y “polarizante”, que no solo influye en el comportamiento individual, sino que permea la conducta y la organización de las instituciones.
El poder así concebido no es necesariamente violento. Puede utilizar numerosos mecanismos “blandos” de atracción, persuasión o influencia cultural, política o diplomática para lograr imponerse. Pero su fin es imponerse.
No es que todas las mujeres sean “esencialmente pacíficas” pues, como señala Amelia Valcárcel (a quien cito a menudo porque ha desarrollado conceptos esenciales para el feminismo), muchas veces el mismo sistema patriarcal las lleva a usar su capacidad de violencia contra otras más débiles o para defender la violencia de sus varones “propios”. Sin embargo, en términos generales, en una “sociedad imparcial las mujeres nada tienen que ganar con la violencia”.
Cuando una mujer entra en la política, no solo enfrenta debates o diferencias ideológicas: enfrenta un sistema históricamente hostil hacia su presencia. Si se muestra rebelde e insumisa, el costo es el ostracismo y la dificultad para ascender.
Esto hace que muchas mujeres, para evitar ser tachadas de conflictivas, adopten para ellas un estilo de poder masculino al tiempo que se comportan como las supermujeres, atractivas, siempre esforzándose por verse jóvenes, perfectas profesionales, madres excepcionales, siempre radiantes y haciéndole el trabajo a toda la familia. Y, de paso, acatando sin chistar las directrices masculinas en sus organizaciones.
Y la exclusión es mayor si quienes ocupan los puestos de poder político son mujeres afrodescendientes, indígenas, lesbianas o con una discapacidad. Sus voces, muchas veces negociadoras, no encuentran eco en espacios públicos cerrados aun cuando ellas también pueden contribuir a hacer frente a los riesgos y amenazas que enfrentan las democracias contemporáneas.
Antes de entrar a discutir más a fondo este tema, quiero afirmar que las mujeres disponen de al menos tres mecanismos para enfrentar la violencia política.
El primero: defender la democracia y luchar por su restablecimiento o su desarrollo, según sea el caso
Las democracias tradicionalmente han gozado de mayor paz, garantía de los derechos ciudadanos y, por ende, de las mujeres. Y se ocupan más del bienestar colectivo. En democracia las mujeres tenemos mucho que ganar.
Las dictaduras, en cambio, crean un imaginario de amenazas, de violencia, de peligro, en donde la única respuesta son las armas, la confrontación o la persecución. En ese contexto, las mujeres adoptan tres posibles posiciones: la resistencia, que indudablemente lleva consigo un riesgo de mayor violencia hacia ellas a corto plazo; la supervivencia, que consiste en ignorar el contexto y evitar la confrontación y la tercera, la adaptación, que consiste en mimetizarse y hacer suyo el discurso autoritario y ponerse a su servicio. Sin democracia no puede haber avance para los derechos de las mujeres.
El segundo: un mecanismo poderoso para enfrentar la violencia política es el empoderamiento personal
Una lideresa con gran poder personal tiene herramientas que le permiten, si no evitar la violencia, al menos contenerla, ponerle freno, porque su influencia y su imagen pública y mediática son un disuasivo para el poderoso. Tener poder político no es sinónimo de ejercer el poder para imponerse a los demás. Las mujeres tienden a usar el poder para mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía. Hay numerosos casos que muestran lo que ellas han logrado cuando lo ejercen. En Liberia, la presidenta Ellen Johnson Sirleaf pacificó al país después de la guerra civil. En Ruanda, poco más de una década después del genicidio de 1994, una mayoría de mujeres parlamentarias logró convertir al país en el más seguro de África.
El tercero: un fuerte nivel de organización de las mujeres es requisito para que puedan enfrentar juntas cualquier expresión de violencia política
Las mujeres organizadas han demostrado ser increíblemente hábiles para encontrar formas rápidas e ingeniosas de superar las dificultades. En Argentina las coaliciones de feministas de izquierda y de las más progresistas de la centroderecha articularon una campaña común en torno a la despenalización del aborto, que las legisladoras de distintos partidos legalizaron en 2020. En México, la reforma de “paridad en todo” (2019) contó con apoyo desde la izquierda hasta sectores del conservadurismo moderado.
Pero… ¿qué es la violencia política basada en el género?
La violencia política basada en el género ocurre cuando a una mujer se le ataca, limita o silencia por el simple hecho de ser mujer. Este fenómeno ocurre en todo el mundo y bajo diferentes sistemas políticos y a cualquier edad. Las jóvenes políticas también viven la coacción y el acoso. Varias han denunciado abiertamente en sus redes sociales esta problemática.
En Venezuela, la Ley de Reforma Parcial a la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, de 2021, tipifica en su artículo 19 la violencia política, aunque su aplicación efectiva es nula. En México, la Instancia de Igualdad de Género y No Discriminación del Instituto Nacional Electoral tipifica distintos tipos de violencia política hacia las mujeres: simbólica, psicológica, física, digital, institucional, sexual y económica.
Datos de la Unión Interparlamentaria revelan que más del 80 % de las mujeres parlamentarias ha sufrido violencia psicológica, casi el 70 % ha sido insultada públicamente y alrededor del 40 % ha recibido amenazas graves. Esta violencia no es solo un problema individual, sino un ataque directo a la democracia y la igualdad de representación.
Estrategias para enfrentarlo
Las leyes han avanzado en esta materia en América Latina, pero no contamos con mecanismos efectivos para prevenir, sancionar y erradicar estos ataques. Algunas estrategias incluyen reformas legislativas, protocolos de protección en países como Bolivia, Perú, México, Argentina y Ecuador, y regulación en redes sociales para reducir los discursos de odio. Sin embargo, la impunidad sigue siendo un desafío.
Las campañas Ni una menos, en Argentina; y Vivas nos queremos, en México, reúnen a mujeres de todo el espectro político para exigir medidas contra los feminicidios y la violencia de género. A pesar de las diferencias, el consenso mínimo ha sido la urgencia de políticas públicas y leyes más efectivas.
Un documento clave en esta lucha es Violencia contra las mujeres en política: Hoja de ruta para prevenirla, monitorearla, sancionarla y erradicarla, elaborado por ONU Mujeres, el PNUD e IDEA Internacional en el marco de la iniciativa ATENEA. Este informe presenta estrategias nacionales para abordar la violencia política de género.
Si has vivido esta violencia, no estás sola. Si conoces a una mujer que la ha enfrentado, acompáñala y denuncia. Es momento de que las mujeres se movilicen nuevamente para lograr los cambios estructurales que garanticen que ninguna mujer tenga que pagar con su seguridad o su vida el costo de participar en política. No basta con abrir espacios para las mujeres en la política si estos espacios no son seguros.
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