Comunidades periféricas de La Guaira quedan sin sustento por incomunicación y desabastecimiento

Los terremotos del pasado 24 de junio tendieron un cerco invisible que hoy mantiene en vilo a varias de las comunidades de La Guaira. Sectores alejados de las zonas de desastre sufren un aislamiento forzado por la parálisis de las zonas céntricas de las cuales dependen para comunicarse y subsistir.

En estas comunidades el desastre se traduce en desabastecimiento, falta de servicios y una incomunicación que agrava sus precariedades. En el sector Mamo, una zona vecina a Catia La Mar —una de las más afectadas por los sismos— sus residentes experimentaron la angustia de quedar completamente desconectados. Julián Álvarez, habitante de la localidad, relata que las líneas telefónicas desaparecieron por casi dos semanas. Al silencio tecnológico se sumó la inmovilidad.

En entrevista con Runrun.es, Álvarez explica que el transporte quedó complemente paralizado y el acceso a las zonas comerciales se tornó tan complejo que “la manera de acceder tiene que ser incluso caminando, no se encuentra transporte de forma normal”.

Los habitantes de Mamo también intentan conseguir agua a través de camiones cisterna costosos o resignarse a recibir un suministro intermitente y turbio por las tuberías. En el interior del sector, los pequeños abastos quedaron vacíos después de las colas de los primeros días, y sus dueños aún batallan para reponer la mercancía.

Caraballeda: auxilio comunitario ante la ausencia oficial

Más hacia el este, en la Calle Real de Caraballeda, aunque en la cuadra de Daniela Figuera las viviendas solo sufrieron grietas y pérdida de algunos muros, la falta de electricidad y señal telefónica los mantuvo a ciegas los primeros dos días. Ante la ausencia inicial de las autoridades gubernamentales, la solidaridad civil y comercial activó los primeros auxilios en la zona.

Los propios vecinos que bajaron al sector asumieron la distribución de agua, mientras que los comerciantes informales andinos que venden los fines de semana repartieron verduras a la población y a los niños. A este esfuerzo se sumaron los repartidores de la empresa de delivery Yummy, que se movilizaron intensamente por la Calle Real para entregar enlatados, agua y comida seca.

“Lo único que yo vi fueron a los policías de Goncalves y esa gente que se andaba moviendo por esa zona y viendo quién necesitaba ayuda y quién no. De resto más nada”, relata Figuera.

Figuera recuerda cómo las ráfagas arrastraban la crisis sanitaria y humana de los edificios colapsados a solo dos cuadras: “En la noche se escuchaban los lamentos de la gente que estaba atrapada todavía en los edificios… y cada vez que ha pegado una brisa después del tercer día más o menos, el olor era horrible”.

La residente de Caraballeda añade que los cuerpos policiales locales concentraron sus esfuerzos en el dispensario cercano, adonde constantemente escuchó llegar ambulancias con las personas rescatadas de los escombros en las estructuras caídas.

Las zonas más retiradas necesitan ayuda

La situación en esta franja costera obligó a coordinar esfuerzos civiles de emergencia para romper el bloqueo. Yaraní Acosta logró movilizar un cargamento con insumos de higiene, pañales y tratamientos médicos para tres meses destinados a pacientes crónicos. Asegura que ya realiza enlaces con Caruao y Todasana, pueblos que se encuentran en idéntica situación debido a la falta de combustible, “sin afectación estructural, pero sin capacidad de abastecerse por sus propios medios porque se nutren de La Guaira”.

La ayuda recibida en Osma supuso un alivio temporal para el ambulatorio local y las familias, pero la incertidumbre respecto al futuro inmediato permanece. Carolina Molina, residente del pueblo y tía de Acosta, resumió en días pasados el sentir de una comunidad que agradeció la ayuda pero manifiesta seguir necesitándola por la incomunicación con el resto del estado:

“Necesitamos ayuda ya que nos encontramos incomunicados. no fuimos afectados en su totalidad, pero no tenemos acceso a la vía de La Guaira, donde podemos comprar medicinas, alimentos, pañales”.

La supervivencia de estos pueblos costeros depende ahora de que las rutas de asistencia humanitaria sigan llegando a los rincones más distantes del mapa guaireño.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

La supervivencia de los pueblos costeros más retirados depende ahora de que las rutas de asistencia humanitaria sigan llegando a los rincones más distantes del mapa guaireño.
TelegramWhatsAppFacebookX

Los terremotos del pasado 24 de junio tendieron un cerco invisible que hoy mantiene en vilo a varias de las comunidades de La Guaira. Sectores alejados de las zonas de desastre sufren un aislamiento forzado por la parálisis de las zonas céntricas de las cuales dependen para comunicarse y subsistir.

En estas comunidades el desastre se traduce en desabastecimiento, falta de servicios y una incomunicación que agrava sus precariedades. En el sector Mamo, una zona vecina a Catia La Mar —una de las más afectadas por los sismos— sus residentes experimentaron la angustia de quedar completamente desconectados. Julián Álvarez, habitante de la localidad, relata que las líneas telefónicas desaparecieron por casi dos semanas. Al silencio tecnológico se sumó la inmovilidad.

En entrevista con Runrun.es, Álvarez explica que el transporte quedó complemente paralizado y el acceso a las zonas comerciales se tornó tan complejo que “la manera de acceder tiene que ser incluso caminando, no se encuentra transporte de forma normal”.

Los habitantes de Mamo también intentan conseguir agua a través de camiones cisterna costosos o resignarse a recibir un suministro intermitente y turbio por las tuberías. En el interior del sector, los pequeños abastos quedaron vacíos después de las colas de los primeros días, y sus dueños aún batallan para reponer la mercancía.

Caraballeda: auxilio comunitario ante la ausencia oficial

Más hacia el este, en la Calle Real de Caraballeda, aunque en la cuadra de Daniela Figuera las viviendas solo sufrieron grietas y pérdida de algunos muros, la falta de electricidad y señal telefónica los mantuvo a ciegas los primeros dos días. Ante la ausencia inicial de las autoridades gubernamentales, la solidaridad civil y comercial activó los primeros auxilios en la zona.

Los propios vecinos que bajaron al sector asumieron la distribución de agua, mientras que los comerciantes informales andinos que venden los fines de semana repartieron verduras a la población y a los niños. A este esfuerzo se sumaron los repartidores de la empresa de delivery Yummy, que se movilizaron intensamente por la Calle Real para entregar enlatados, agua y comida seca.

“Lo único que yo vi fueron a los policías de Goncalves y esa gente que se andaba moviendo por esa zona y viendo quién necesitaba ayuda y quién no. De resto más nada”, relata Figuera.

Figuera recuerda cómo las ráfagas arrastraban la crisis sanitaria y humana de los edificios colapsados a solo dos cuadras: “En la noche se escuchaban los lamentos de la gente que estaba atrapada todavía en los edificios… y cada vez que ha pegado una brisa después del tercer día más o menos, el olor era horrible”.

La residente de Caraballeda añade que los cuerpos policiales locales concentraron sus esfuerzos en el dispensario cercano, adonde constantemente escuchó llegar ambulancias con las personas rescatadas de los escombros en las estructuras caídas.

Las zonas más retiradas necesitan ayuda

La situación en esta franja costera obligó a coordinar esfuerzos civiles de emergencia para romper el bloqueo. Yaraní Acosta logró movilizar un cargamento con insumos de higiene, pañales y tratamientos médicos para tres meses destinados a pacientes crónicos. Asegura que ya realiza enlaces con Caruao y Todasana, pueblos que se encuentran en idéntica situación debido a la falta de combustible, “sin afectación estructural, pero sin capacidad de abastecerse por sus propios medios porque se nutren de La Guaira”.

La ayuda recibida en Osma supuso un alivio temporal para el ambulatorio local y las familias, pero la incertidumbre respecto al futuro inmediato permanece. Carolina Molina, residente del pueblo y tía de Acosta, resumió en días pasados el sentir de una comunidad que agradeció la ayuda pero manifiesta seguir necesitándola por la incomunicación con el resto del estado:

“Necesitamos ayuda ya que nos encontramos incomunicados. no fuimos afectados en su totalidad, pero no tenemos acceso a la vía de La Guaira, donde podemos comprar medicinas, alimentos, pañales”.

La supervivencia de estos pueblos costeros depende ahora de que las rutas de asistencia humanitaria sigan llegando a los rincones más distantes del mapa guaireño.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.