Globos rojos y negros y un Mickey Mouse decoraban ese apartamento en el séptimo piso de Residencias Caribe, en Playa Grande, La Guaira. Dylan corría entre sus primos y vecinos mientras los adultos conversaban y terminaban de recibir a los invitados que iban llegando poco a poco. Cumplía cuatro años, exactamente ese 24 de junio.
En otro conjunto residencial de Playa Grande, una docente regresaba con sus dos hijas después de una jornada de oftalmología a la que acudieron decenas de vecinos, aprovechando el feriado nacional.
A pocos kilómetros de allí, en un Airbnb, en Residencias Oasis Beach, ubicado también en el sector Playa Grande de Catia La Mar, se hospedaba una familia para viajar al día siguiente desde el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar. Yusbeilin Martínez y Luis Sulvarán, junto sus hijos Camilo (13) e Ivanna (8), planeaban llegar a Colombia, donde la niña participaría en una competencia de gimnasia.
Y en muchos otros hogares, solo esperaban disfrutar del partido Brasil-Escocia para cerrar la fase de grupos del Mundial 2026, que durante aquellas semanas concentraba la atención del mundo.
Pero ese día festivo en Venezuela, en el que las comunidades costeras también celebran el Día de San Juan ocurrió lo que tiene al país roto.
A las 6:04 de la tarde, ocurrió el primer terremoto magnitud 7.2 que comenzó a sacudir el centro norte costero del país. Inmediatamente después llegó un segundo movimiento aún más devastador y en apenas segundos, cientos de edificios colapsaron y otros quedaron severamente comprometidos.
Aquella tarde no solo se desplomaron estructuras de concreto. También quedaron interrumpidos cumpleaños infantiles, encuentros familiares, actos escolares, videollamadas, abrazos y proyectos que nunca llegaran a cumplirse. Desde ese entonces, para miles de venezolanos, el tiempo comenzó a medirse de otra manera: antes y después de los terremotos del 24 de junio.
Un mes después de los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, el balance oficial continúa aumentando. La cifra de fallecidos asciende a 5.398 personas, de acuerdo con la última cifra que entregó la administración de Delcy Rodríguez y las personas heridas suman 16.740.
Pero mientras se presentan estas cifras, aún no hay datos que cuenten a las personas que permanecen desaparecidas. Sin embargo, la plataforma ciudadana Desaparecidos Terremoto Venezuela, creada por el venezolano Jorge Bastidas, fue desarrollada para ayudar a localizar sobrevivientes y documentar casos sin resolver. En su data hay más de 29.000 personas cuyo paradero aún no ha podido confirmarse.
La fiesta de los niños
Dylan Vásquez nació el 24 de junio de 2022. Desde entonces, sus padres, Dayana López y Wilfred Vásquez, convirtieron esa fecha en una tradición familiar. Como era día libre para la mayoría, el apartamento del séptimo piso de Residencias Caribe, en Playa Grande, se llenaba de niños, primos, abuelos, vecinos y amigos.
Aquella tarde no fue diferente. Había globos, torta, regalos y niños corriendo de un lado a otro del apartamento. Los invitados seguían llegando. Y las fotografías comenzaron a aparecer en los estados de WhatsApp poco después de las cinco de la tarde.
Precisamente son las últimas imágenes que conserva Alejandro Velásquez, quien las vio desde su teléfono mientras trabajaba en Residencias Mar Azul, a pocas cuadras del edificio donde se celebraba el cumpleaños de su sobrino.
Precisamente son las últimas imágenes que conserva Alejandro Velásquez, quien las vio desde su teléfono mientras trabajaba en Residencias Mar Azul, a pocas cuadras del edificio donde se celebraba el cumpleaños de su sobrino.
En el apartamento estaban su madre, Victoria Zambrano, de 65 años; su hermana Dayana López, de 38; su cuñado Wilfred Vásquez, de 39; sus sobrinos Dylan, que ese día cumplía cuatro años, y Diego, de nueve; su expareja Yerlin Hernández, de 46 años; su nieto Massimo Velásquez, de apenas dos años; su sobrina Eyleen Hernández, de 13; los padres de Wilfred, Aneris y Enrique Tovar, de 64 y 80 años, respectivamente; el hermano de su cuñado, Wilner Vásquez, de 36 años; además de seis niños invitados y varios vecinos.
No todos los familiares alcanzaron a llegar. Algunos desistieron por la lluvia. Otros tenían malestar o permanecían trabajando. «Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte», dice Alejandro.
Su hermana era el centro de aquellas reuniones. «Dayana era la que unía a toda la familia. Siempre hacíamos las fiestas en su apartamento o nos reuníamos donde un tío, en Macuto, para aprovechar las piscinas o la playa”.
La celebración transcurría con normalidad. El cumpleaños apenas comenzaba. Pero a las 6:04 de la tarde, el primer terremoto sacudió La Guaira.
Alejandro cuenta que justo en ese momento su hijo menor, Eduard Velásquez, conversaba por videollamada con su madre, Yerlin Hernández, quien participaba en la celebración.
«Mi hijo hablaba con su mamá por videollamada. Mi nieto estaba brincando en la fiesta… y de repente se cayó la llamada”.
No hubo tiempo para volver a marcar. La señal telefónica desapareció casi de inmediato. Durante varios minutos nadie supo qué había ocurrido.
Las fotografías publicadas horas antes se convirtieron, sin que nadie lo imaginara, en el último recuerdo de una tarde que parecía destinada únicamente a celebrar la vida.
Veinticuatro días entre los escombros
Cuando Alejandro llegó a Residencias Caribe ya no existía el edificio que conocía. Las torres habían colapsado. Lo que durante años fue un conjunto residencial de doce pisos era ahora una montaña de concreto, hierro retorcido y polvo.
No esperó instrucciones. Comenzó a buscar. Durante 24 días permaneció entre los escombros junto a rescatistas, voluntarios, mineros y vecinos que llegaron desde distintas regiones del país.
En ese tiempo dejó de ser únicamente un familiar desesperado. También ayudó a otras personas a encontrar a los suyos.
«Yo ayudé la misma noche del 24 de junio a sacar con vida a tres personas de la torre A.»
Con el paso de los días comprendió que aquella búsqueda sería mucho más larga de lo que cualquiera imaginaba. Solo recuerda haber visto salir con vida a esas tres personas que se encontraban en los pisos superiores del edificio.
Después comenzaron las jornadas para romper placas de concreto. Los equipos especializados eran insuficientes. Muchos de los trabajos se realizaron con herramientas prestadas y el apoyo de grupos de mineros que llegaron para colaborar.
«Recuperamos a todos los que estaban en el apartamento. Después seguimos ayudando a otras familias a sacar a sus seres queridos.»
Hoy todavía permanece vinculado a quienes conoció durante aquellas semanas. «Todos los muchachos y mineros que ayudaron en la búsqueda de nuestros familiares, después de 24 días de sudor, lágrimas, apoyo y hasta risas para darnos fuerza, más que amigos son mis nuevos hermanos. Dios me los puso en el camino».
Aunque logró recuperar a todos los integrantes de su familia que estaban en el apartamento, asegura que la tragedia continúa para muchas otras personas.
En las cuatro torres de Residencias Caribe aún hay familias que esperan respuestas.
«Hay muchas personas que siguen atrapadas. Todavía hay gente buscando”, dice.
Por eso decidió donar las herramientas, guantes, bolsas para cadáveres, alcohol y otros insumos que utilizó durante las labores de rescate para que quienes continúan removiendo escombros puedan seguir trabajando.
«Lo que más necesitan son plantas eléctricas y gasolina para usar los martillos y los esmeriles.»
La búsqueda entre cuatro torres en Luisa Cáceres de Arismendi
Un mes después de los terremotos, Robinson Hernández sigue sin poder responder una pregunta que parece sencilla: ¿dónde estaban exactamente su hija y su expareja cuando la tierra comenzó a temblar?
No hay una respuesta definitiva. Solo versiones y cuatro torres de concreto convertidas en una montaña de escombros.
El conjunto residencial Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande, estaba conformado por las torres A, B, C y D. Cada una sufrió daños distintos aquella tarde del 24.
La torre A se hundió desde la planta baja y el primer piso. Las placas de concreto quedaron comprimidas unas sobre otras. En la torre B cedieron dos niveles. La torre C sufrió el colapso más severo. En su planta baja se desarrollaba una jornada gratuita de oftalmología que había reunido a decenas de vecinos de la urbanización.
Fue precisamente allí donde comenzó la incertidumbre. Algunos residentes aseguran que Dayana Desiree Golindano Puchete, de 48 años, acudió aquella tarde para revisarse la vista. Otros sostienen que ya había regresado al apartamento 05 del quinto piso de la torre A, junto a sus hijas, Alejandra del Carmen Hernández Golindano, de 11 años, y Shantall Vargas, de 7.
Hasta hoy nadie ha podido establecer con certeza dónde las sorprendieron los terremotos.
«Desde hacía tiempo ella quería revisarse porque se quejaba de dolores de cabeza. Yo le decía que saliera de dudas y se examinara la vista. Por casualidad, esa jornada se hizo precisamente ese día», cuenta Robinson.
Una madre que nunca dejaba solas a sus hijas
Dayana era docente de Educación Inicial en un plantel cercano a su edificio en Playa Grande. Su rutina giraba alrededor de sus dos hijas.
«A donde iba, ellas iban con ella», recuerda Robinson. Solo Alejandra, por ser hija de ambos, podía quedarse ocasionalmente con él, pero la mayor parte del tiempo las tres estaban juntas.
Quienes las conocían las recuerdan caminando de la mano, entrando y saliendo del colegio, haciendo compras o asistiendo a actividades escolares. Eran inseparables.
Alejandra estaba a pocos días de cerrar una etapa importante de su vida. El primero de agosto cumpliría 12 años y también se graduaría de sexto grado.
Su padre ya había comprado la ropa para el acto de promoción, y habían pagado su paquete de grado.
«Ya teníamos todo listo para su promoción. Ella estaba muy emocionada porque iba a pasar a primer año”, la recuerda y dice que Alejandra era una estudiante destacada. «Era la más pequeñita de su salón, pero tenía una inteligencia impresionante”.
Esa semana habían acordado que Alejandra usaría menos el teléfono porque estaba presentando sus exámenes finales. Después vendrían las vacaciones y un paseo con sus compañeros.
«Le habían prometido salir a comer hamburguesas para celebrar que todos habían pasado de grado”. Ese plan no pudo cumplirse.
«Parecía que hubiera caído una bomba»
Cuando comenzaron los terremotos Robinson estaba en su residencia en Los Teques, Miranda, lejos de Playa Grande.
Al principio pensó que había sido un movimiento fuerte, como tantos otros. Solo una hora después comprendió la dimensión de lo ocurrido, y empezó a llamar una y otra vez al teléfono de Alejandra, pero nunca respondió. La red telefónica había colapsado.
En la madrugada llegó a La Guaira. Lo que encontró aún le cuesta describirlo. «Parecía que hubiera habido una guerra. Como si hubiera caído una bomba que acabó con todo.»
Desde el día siguiente regresó una y otra vez al conjunto residencial. Durante más de quince días recorrió el lugar con la esperanza de obtener una respuesta. Un mes después continúa haciéndolo.
Mientras una máquina remueve escombros en la torre B, él espera que las labores puedan avanzar hacia las otras estructuras.
«Todos queremos recuperar a nuestros seres queridos”. La frase no habla únicamente de su familia. Habla también de decenas de personas que siguen llegando cada mañana al perímetro del edificio. Algunos llevan fotografías, otros permanecen en silencio, pero todos esperan. Es un duelo suspendido.
A diferencia de otras familias que pudieron despedirse de sus seres queridos, Robinson aún vive en un duelo detenido por la incertidumbre. No se sabe si Dayana y las niñas lograron regresar al apartamento.
Imágenes que acompañarán para siempre
Un mes después, las máquinas continúan removiendo concreto en algunos sectores mientras decenas de familias esperan noticias de quienes nunca regresaron a casa. En otras zonas ya no quedan equipos de rescate. Solo hay escombros, recuerdos y familiares y vecinos que, al pasar frente a lo que antes fueron edificios, bajan la voz casi por instinto.
Para muchos, el duelo comenzó con una despedida. Para otros, sigue suspendido en la incertidumbre.
Durante semanas, voluntarios y rescatistas han caminado sobre montañas de concreto buscando señales de vida. Muchos dicen que aprendieron a reconocer el silencio de los edificios colapsados. También aseguran que hay imágenes que los acompañarán para siempre.
Uno de los integrantes de la misión argentina recuerda que del apartamento de la fiesta de Dylan, encontraron a dos hermanitas abrazadas bajo los escombros. Para quienes participaron en las labores de rescate, aquella escena no solo reflejaba la violencia del colapso, sino también el vínculo que las unía. Entre toneladas de concreto, aquel abrazo permanecía intacto.
Historias como esa comenzaron a repetirse entre quienes trabajaron durante días y noches sin descanso. Familias enteras encontradas juntas. Padres junto a sus hijos. Vecinos que intentaron ayudar a otros antes del derrumbe. Personas que habían decidido quedarse en casa porque era feriado. Otras que estaban de visita. Y otras que simplemente esperaban que terminara el día para continuar al siguiente con su rutina, en las labores de casa, en los trabajos o en las escuelas. Pero ese día, 24 de junio, hace exactamente un mes, todo terminó en tragedia.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.




