Para el continente americano, las elecciones presidenciales de Brasil no deben pasar desapercibidas. Sus resultados son una clara señal para quienes ejercen mandatos en los diferentes países de la región, específicamente para quienes conducen gobiernos en América Latina e incluso para los mandatarios de las dos economías más desarrolladas de Norteamérica: EE. UU. y Canadá.
Esto no es obra de la casualidad. Brasil es la economía más desarrollada de América Latina, con un PIB de 2,6 billones de dólares, secundada por México, con 2,1 billones, y solo es superada por la economía de EE. UU., la primera a escala mundial, con 31,6 billones, ya que el PIB de Canadá es de 2,4 billones. Estos datos resumen la importancia de Brasil a escala global, donde se ubica en el décimo puesto entre las economías.
Por tanto, lo que sucede en Brasil repercute en nuestros países. Se confirmó el sorpresivo triunfo de Lula, descalificado por las diferentes encuestadoras luego del resultado de la primera vuelta del 4 de octubre, cuando el senador derechista Flávio Bolsonaro obtuvo una ventaja de 2,5 millones de votos sobre el candidato del Partido de los Trabajadores. ¿Qué pasó para que en solo tres semanas Lula remontara al 51,7 % de los apoyos frente al 48,2 % de Bolsonaro, según el Tribunal Superior Electoral (TSE)?
Ideología frente a condiciones de vida
En primera instancia, el resultado significa un freno a quienes pronosticaban el triunfo de la ola derechista en América Latina; algo así vociferaban, en la otra cancha, los «profetas del chavismo», cuando se jactaban, en medio de la ola roja, de que «la espada de Bolívar” caminaba “por América Latina».
Ambas apreciaciones parten erróneamente del criterio de que en la decisión de los pueblos prevalece el triunfo de la ideología sobre el ejercicio del poder y las condiciones reales de vida de la población.
Quienes profesan esa visión creen que no importa si un mandatario es autoritario o si no es capaz de lograr una vida digna para sus pueblos, pues solo es relevante su capacidad de imponer su proyecto ideológico de izquierda o de derecha, de modo que queda en un segundo plano si el pueblo sufre las calamidades del hambre o el desempleo. Este ha sido el origen de la demagogia electoral desde ambas visiones: desde la derecha, al señalar de comunista al adversario así no lo sea; o desde la izquierda, al flagelarse rodilla en tierra con aquella frase infame «Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo».
Dos propuestas en disputa
Las propuestas de Flávio Bolsonaro se centraron en menos burocracia, más control del gasto y una respuesta más dura frente al crimen organizado. Su programa planteó reducir el tamaño de la administración pública y un Estado orientado hacia la actividad privada, con el traslado de parte de las decisiones hacia las familias, las empresas y los estados. Asimismo, propuso un ajuste de las cuentas públicas y una mayor digitalización de los servicios. En materia de seguridad, planteó construir cinco cárceles al estilo de Nayib Bukele, bajar la edad penal y aplicar la castración química. En definitiva, el objetivo era superar el comunismo representado por el PT y Lula.
Lula da Silva propuso para su nuevo Gobierno dar continuidad a buena parte de las políticas que han marcado su actual mandato, desde Bolsa Familia hasta el fortalecimiento del Sistema Único de Salud y de la educación. A esa agenda suma planes para impulsar la industria, el empleo, la infraestructura y la transición energética, con una mayor coordinación del Gobierno federal en áreas como seguridad y cuidados.
Su lema es «Más Estado para sostener las políticas sociales y más inversión pública para reducir las desigualdades»; también propone mantener el combate a la deforestación y avanzar hacia la meta de deforestación cero en 2030, además de desarrollar nuevas cadenas productivas vinculadas a la economía verde y reducir la jornada laboral semanal de seis a cinco días.
Soberanía y memoria democrática
Ante las dos propuestas, el pueblo brasileño se manifestó. En su decisión influyeron igualmente las amenazas a la soberanía nacional por los continuos aumentos de los aranceles, de hasta el 50 %, a los productos brasileños impuestos por la Administración Trump, que exigía la libertad de Jair Bolsonaro, hoy en prisión domiciliaria.
En esa dirección, la tendencia al autoritarismo manifestada en la gestión de Jair Bolsonaro y en el asalto al palacio de Planalto en enero de 2023, sede del Ejecutivo en Brasilia. Proclamar un fraude ante el triunfo de Lula en las anteriores elecciones, indicaba para la opinión pública el peligro para la democracia en caso de triunfar el candidato del Partido Liberal, hoy derrotado.
El triunfo de la democracia en Brasil supone duras lecciones para quienes aspiran al poder o lo ejercen en América Latina, que deben tomarse en cuenta ante la decisión de los pueblos de no permitir manipulaciones ideológicas. Por el contrario, exigir calidad y transparencia en el ejercicio del poder. En resumen, gobernar para el pueblo y no para las élites.
@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.
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