La noche del domingo 25 de octubre de 2026, dos hechos sacudieron la agenda de los medios latinoamericanos. Mientras que en Venezuela se seguía el regreso de María Corina Machado al país, a lo largo de un recorrido de más de 10 horas entre las ciudades de Barquisimeto y Caracas, en Brasil se contabilizaban los votos de las elecciones presidenciales que dieron la victoria al actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, sobre Flávio Bolsonaro, cuya familia es la máxima representante de la derecha extrema y un seguidor declarado del jefe de Estado estadounidense Donald Trump.
Lula, quien mantuvo una sólida amistad con Hugo Chávez a lo largo de sus 14 años de gobierno, también fue aliado de Nicolás Maduro y de todo el chavismo. Ese nexo, por cierto, lo recordó Bolsonaro durante el primer debate presidencial cuando dijo que entre sus camaradas estaba el depuesto exgobernante venezolano y así como el expresidente de Irán, el fallecido Mahmud Ahmadineyad.
Esa postura, sin embargo, cambió a partir de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) dio como ganador a Maduro, pese a que la oposición venezolana, liderada por María Corina Machado y el entonces candidato Edmundo González Urrutia, denunció fraude y mostró las actas electorales que nunca publicó el ente comicial.
Aunque muchas declaraciones han ido y venido desde entonces, dos analistas de la política exterior brasileña conversaron con Runrun.es sobre cómo sería la relación entre Caracas y Brasilia cuando Lula asuma, en 2027, su cuarto (y posiblemente último) período como presidente del vecino del sur.

Una relación deteriorada
Las elecciones de 2024 terminaron por erosionar las relaciones entre Lula y el chavismo gobernante. El excanciller Celso Amorim, quien entonces era el asesor de asuntos internacionales del presidente brasileño, fue enviado a Caracas para “acompañar” aquella jornada electoral. Al día siguiente, calificó la situación como “compleja” y dijo que estaba a la espera de que el CNE mostrara las pruebas del triunfo de Maduro. También apuntó que Brasilia debía ser cautelosa sobre el tema.
Lula declaró varias veces sobre este asunto. Dos días después de los comicios, señaló en una televisora que la disputa se resolvía presentando las actas. “El Tribunal Electoral reconoció a Maduro como ganador pero la oposición aún no. Entonces, es un proceso. No veo nada grave. Veo que la prensa brasileña lo trata como si fuera la Tercera Guerra Mundial, pero no hay nada anormal”, dijo el mandatario. Para ese momento, Maduro había ordenado la prisión de más de 2.000 personas que reclamaron el fraude electoral y se había registrado la muerte de 25 personas en las protestas poselectorales.
Sin embargo, en un comunicado, el Ejecutivo brasileño señaló que la divulgación del registro de votos en cada mesa electoral era “indispensable para la transparencia, credibilidad y legitimidad del resultado electoral”.
Con el correr de las semanas, Lula fue cambiando de posición: sugirió la posibilidad de que se hicieran nuevos comicios o que se designara un gobierno de coalición para acabar con la crisis política del país.

A mediados de agosto, el mandatario brasileño afirmó en Radio T (emisora local del estado de Paraná) que todavía no reconocía la victoria de su homólogo venezolano y sentenció: “él (Maduro) sabe que le debe una explicación a la sociedad, al mundo. Él lo sabe”. En esa misma entrevista, admitió: “no es fácil ni bueno para un presidente de un país dar consejos sobre la política de otro país. Tengo una relación desde que asumí y se fue deteriorando porque la situación política ahí se está deteriorando”.
En esos mismos días declaró: “Venezuela vive un régimen muy desagradable“, pero también afirmó que no creía que el país estuviese bajo una dictadura, sino que tenía “un gobierno con sesgo autoritario”.
“Yo pienso que la relación entre Brasil y Venezuela, desde las elecciones de 2024, se ha hecho muy distante porque, en aquel momento, el gobierno brasileño se sintió engañado por Maduro”, indicó Guilherme Casarões, doctor en ciencias políticas e investigador de la política externa brasileña.
Casarões recordó que cuando se firmó el Acuerdo de Barbados –el pacto entre el chavismo gobernante y la oposición de 2023 en el que mediaron varios países del continente americano–, Brasil esperaba que se cumplieran las condiciones de los comicios presidenciales convenidas en las discusiones. “Eso puso no solo puso a Brasil, sino también a México, Colombia y al mismo Estados Unidos, en una situación muy embarazosa, porque había una promesa de que las elecciones serían limpias y libres y hubo muchos indicios de fraude electoral”, afirmó.

Aunque el investigador brasileño residenciado en Estados Unidos admitió que, en el pasado, Lula había tenido “alguna simpatía” por el gobierno de Nicolás Maduro, lo que sucedió en 2024 hizo que el ejecutivo brasileño se diera cuenta de que la relación con Venezuela “no se encaminaría hacia ningún un lado positivo”.
El académico, quien es profesor de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad Internacional de Florida, enfatizó que después de las elecciones de 2024, el gobierno brasileño fue muy criticado por Venezuela, tanto que figuras como el entonces fiscal general de la república, Tarek William Saab, dijo que Lula era uno de los portavoces de la izquierda latinoamericana cooptada por la CIA (la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos).
En octubre de 2024 sucedió otro hecho que continuó el desgaste de las relaciones bilaterales. Lula vetó la petición de Venezuela de sumarse a los BRICS –la asociación de economías emergentes concebida como una alternativa al G7– por considerar que Maduro abusó de su confianza tras incumplir la promesa de presentar las actas con los resultados electorales. En respuesta, el entonces gobernante venezolano dijo que tal acción constituía “una agresión a Venezuela y un gesto hostil” por parte de la cancillería brasileña y evitó señalar mandatario brasileño.
Pero los desencuentros no quedaron allí. Un mes después, Lula continuó el alejamiento con el Ejecutivo venezolano y decidió dejar atrás el tema electoral. “Tenemos que tener mucho cuidado cuando lidiamos con otros países y otros presidentes. Yo creo que Maduro es un problema de Venezuela, no es un problema de Brasil”, declaró en una entrevista con la cadena de televisión RedeTV.
Aunque expresó su deseo de que Venezuela “viva bien” y “con dignidad”, agregó que no podía continuar preocupándose o peleándose con Venezuela o Nicaragua.
“Eso hizo que la relación quedara, realmente, muy mal. Brasil, claro, no dejó el intercambio comercial con Venezuela, no dejó de reconocer al gobierno ni de mantener en funciones a la embajada. Pero fue una relación que, políticamente, quedó mucho más distante que antes de mediados de 2024. Entonces, ahora las relaciones se mantendrán en esa situación: distantes, funcionales, pero sin ningún tipo de proximidad política”, afirmó Casarões.
“Parece que Estados Unidos es el jefe de Delcy”
Tras los bombardeos de Estados Unidos sobre Caracas la madrugada del 3 de enero de 2026, que tuvieron como resultado la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, Lula llamó a Delcy Rodríguez para informarse de primera mano sobre lo ocurrido. Horas más tarde, el Palacio de Itamaraty (sede de la cancillería brasileña) confirmó que Brasil reconocía a Rodríguez como presidenta interina, porque su designación se ajustaba a la Constitución venezolana y al derecho internacional.
Pero esa convalidación no quería decir que las relaciones estuviesen mejor. Tampoco que apoyara la intervención de Washington en Caracas.
En septiembre pasado, en entrevista con la periodista Christiane Amanpour en CNN y en plena campaña por su reelección, Lula reiteró estar en contra de la injerencia de Trump en el país. “Es muy grave lo que Estados Unidos hizo con Venezuela”, expresó y apuntó que la situación significaba el fin de la soberanía de la nación.
“Por cómo Estados Unidos trata a Delcy, parece que Estados Unidos es el jefe de Delcy”, dijo el presidente brasileño, quien tampoco perdió la oportunidad de lanzar su opinión sobre lo que debería hacer el Ejecutivo venezolano: “si fuera Delcy, la presidenta, llamaría a elecciones, elecciones nacionales para que la gente elija quién será el próximo presidente del país”. También acotó que si Maduro había cometido un delito, debía ser investigado y procesado.

Viendo desde la distancia
Rubens Barbosa, quien fue embajador de Brasil en Reino Unido y Estados Unidos entre finales de los 90 y principios de los 2000, aseguró que con Lula, las relaciones seguirían el mismo camino que han recorrido hasta ahora: las de la normalización. Y que continuará aceptando el hecho de que Delcy Rodríguez esté al mando del país pese a su ilegitimidad en el cargo.
“Todos los países están aceptando esta situación. Aquí en la región no hubo nadie que se rebeló en contra, ¿entiendes? Es una situación muy extraña, diferente, nunca sucedió esto. Pero lo que interesa, en el caso de Brasil, es la estabilidad económica en Venezuela y una relación mayor con Brasil”, dijo el otrora diplomático y presidente del Instituto de Relaciones Internacional y Comercio Exterior (Irice), un think tank sobre política externa y comercio en São Paulo.
Desde la perspectiva política, el embajador retirado apuntó que la presencia norteamericana en Venezuela hará que el gobierno de Lula mantenga unos vínculos más alejados con Caracas de los que hubiese tenido Flávio Bolsonaro, quien era el favorito de Trump.
Recalcó que Lula evitará tomar partido en la política interna de Venezuela y descartó que, en un futuro, pueda actuar como mediador.
“No sé si está en consideración. Creo que es muy delicado porque, como hay una influencia americana muy grande en Venezuela, será muy difícil para cualquier país intervenir en estas cuestiones. Creo que ningún país va a querer estar contra el gobierno actual de Venezuela y contra la influencia americana. Aquí en la región, con excepción de Brasil y Uruguay, todos los países ahora están a la derecha, muy cerca de Estados Unidos”, concluyó.






