Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

La respuesta del humanismo cristiano, por Asdrúbal Aguiar
Las enseñanzas de la Iglesia católica ofrecían respuestas de obligada reconsideración para el debate que dé cara al globalismo de la deconstrucción

 

@asdrubalaguiar

La agenda de la democracia como experiencia instrumental se hace banal y ha perdido su influencia como variable existencial para las generaciones del presente. Y es que, lamentablemente, solo se la conjuga –por los actores políticos y partidarios– en clave de poder y como correa de transmisión del Estado. Se olvida que el término expresa dimensiones varias del personalismo, del desarrollo integral de la persona humana y de su eminencia frente al mismo poder, ahora global, que la amenaza y cosifica.

Se la ha vuelto dato de los algoritmos digitales o pieza subalterna de la Naturaleza. Su vida vale menos, ante el aborto y la eutanasia erigidos como derecho, que la vida de los animales y los bosques, beneficiarios de protección y nuevos referentes de culto ante la declarada muerte de Dios.

La reflexión reconstructiva frente al deconstructivismo cultural y político en boga, por ende, ha de girar alrededor de las cuestiones que atañen al mismo hombre y a su conciencia, incluida su conciencia de nación, vale decir, alrededor de las raíces que lo fijan en el lugar, como señor de los espacios y como especie racional que adquiere perfectibilidad con el paso del tiempo. El progresismo globalista, que disuelve Estados y pulveriza naciones, lo amenaza en su existencia como ser uno y único, solo realizable en la alteridad con los otros y junto a los otros, todos partes de un mismo género, el humano.

Si es que cabe y es pertinente, necesario le será al Humanismo determinar y fijar una renovada interpretación ética y práctica de las tendencias direccionales del siglo XXI, con vistas a otro período intergeneracional (2019-2049), desde la atalaya inmemorial del pensamiento judeocristiano de Occidente.

Las enseñanzas de la Iglesia católica, mientras apuntaba a los universales y sostenía la tradición ofrecían respuestas que, fuera de lo confesional, han de ser de obligada reconsideración para el debate y el encuentro de una nueva síntesis antropológica que dé cara al globalismo de la deconstrucción.

“Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”, recuerda Juan Pablo II (Evangelium Vitae) en 1995.

A ello ajusta Benedicto XVI, en 2009, que “el desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana”. Luego denuncia un fenómeno muy propio del progresismo globalista de actualidad:

“Los «mesianismos prometedores, pero forjadores de ilusiones» basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona” (Caritas in veritate). 

Ambos pontífices abordan, seguidamente, las dos formas de gobernanza global y de totalización que buscan subordinar al hombre y transformarlo en dato u objeto de sus dictados mientras renuncia a la unidad de su naturaleza.

En lo relativo al mundo digital y de la inteligencia artificial son iluminadoras las palabras de papa Ratzinger, en su citado documento: “El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta solo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad”, afirma.

Juan Pablo II, en su señalada encíclica y apuntando a la cuestión ecológica o de la transición verde, hace una amplia exégesis que parte de una premisa fundamental o básica: “El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo, tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su vida: respecto no solo al presente, sino también a las generaciones futuras”.

Sus matizaciones sobre la cuestión, entonces, han de leerse a la luz de dicho marco conceptual. “Es preciso, pues, estimular y sostener la «conversión ecológica», que en estos últimos decenios ha hecho a la humanidad más sensible respecto a la catástrofe hacia la cual se estaba encaminando. El hombre no es ya «ministro» del Creador. Pero, autónomo déspota, está comprendiendo que debe finalmente detenerse ante el abismo”, dice Papa Wojtyla.

Lapidaria es, y apropiada como epílogo, su afirmación concluyente, de mirada universal, que plantea en 2001 en una de sus Audiencias Generales, juntando la cuestión ecológica con el problema crucial de las identidades y el género que vienen disolviendo a nuestras naciones y sus Estados: “No está en juego sólo una ecología ‘física’, atenta a tutelar el hábitat de los diversos seres vivos, sino también una ecología ‘humana’, que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien radical de la vida en todas sus manifestaciones y preparando a las futuras generaciones un ambiente que se acerque más al proyecto del Creador”, finaliza.  

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La deshumanización de la política (y II), por Asdrúbal Aguiar
La virtualidad y la instantaneidad caracterizan de modo inédito al siglo que corre. Ambas, cabe repetirlo, deconstruyen y fragmentan el sentido de lo material y de lo humano

 

@asdrubalaguiar

La deconstrucción de lo nacional-histórico y cultural que acusan partes importantes de Occidente –Washington se muda a Moscú y Pekín, como ayer se mudara Roma a la antigua Constantinopla– se afinca sobre el espejismo de la disolución de lo humano y su connatural propensión a la libertad.

Podría decirse que es el resultado de una fatalidad inevitable, obra del mismo ingenio humano puesto en acto. O que es la prueba de que el hombre posmoderno –sea varón, sea mujer– cree poder crear y recrearse a sí mismo a su arbitrio, capaz incluso de replicar la «chispa de Dios» hasta darlo por muerto.

Así, piensa que no tendrá más ataduras. Se imagina libre y sin límites, al punto de que genera otros símbolos y códigos lingüísticos perturbadores de la Babel planetaria a fin describir ese nuevo Génesis que dice estar parteando, sin relación alguna con el Libro de los Libros.

La revolución digital, esa que adquiere fuerza durante las últimas tres décadas, desplaza como hito al desmoronamiento de la Cortina de Hierro en 1989 y al señalado final de las ideologías predicado por Fukuyama. Destapa procesos que rompen con el valor de la localidad, odre de la vida humana y de las naciones y asiento de la ciudad o plaza política. Pero asimismo fractura el sentido del tiempo, único que forja afectos a su paso y desde el arraigo, para construir familias, sociedades, hacer historias, amalgamar civilizaciones. 

La virtualidad y la instantaneidad hacen de las suyas en todos los órdenes. Caracterizan de modo inédito al siglo que corre. Ambas, cabe repetirlo, deconstruyen y fragmentan el sentido de lo material y de lo humano. Conjuran lo espiritual-racional en el hombre mientras le ofrecen colmar a plenitud sus sentidos, sobre las redes o autopistas de la información o aislándole en el metaverso.

Y para sosiego temporal de quienes aún memorizan el valor de la existencia que trasciende, les deja allí, a manera de consuelo y en el marco de esa contracultura emergente como desasida de toda raíz antropológica, el credo resurrecto del panteísmo.

La gobernanza digital forma un matrimonio incestuoso con el culto de la Naturaleza o la Pacha Mama: deidad bajada del Olimpo, sujeta a leyes matemáticas infranqueables en las que habrán de metabolizarse hasta las personas que insisten en tener identidad dentro de un único género compartido, el del homo sapiens. Aquella, justamente y en defecto de este tendrá «derecho humano» según la prédica del proyecto constitucional chileno: “La naturaleza es titular de los derechos reconocidos en esta Constitución”, reza el texto.

La fragmentación identitaria a discreción deja atrás lo lugareño y su memoria buscando afirmarse sobre el derecho de cada “individuo-objeto” a verse diferente, más que a ser diferente como se dice. El catecismo progresista del presidente Boric afirma que “las personas forman con ella (con la Naturaleza) un conjunto inseparable”. Al término condena a lo humano y lo purga de libertad. No ve más al hombre como señor o administrador de los ecosistemas que se le han confiado desde tiempo inmemorial, bajo el supuesto de una ecología humana.

La perspectiva en cierne, por ende, no incluye sino que separa a las personas, a unas de otras para solo asegurarles lo que San Agustín describe como liberum arbitrium o libre arbitrio: para que cada uno y cada cual, a sus anchas, pueda sentirse feliz y a su modo. Pero al cabo, tras el totalitarismo digital y el panteísmo, pagan como precio la pérdida de la voluntad de bien (voluntas bene vivendi); esa que le da propósito al poder de decisión del hombre.

El homo Twitter, mientras llega el deus ex máchina, considera que al desasirse de dicha voluntad gana en libertad. Olvida, empero, que la libertad adquiere concreción en la alteridad, en el diálogo y la proximidad entre distintos –seres unos y únicos que se realizan humanamente y como personas junto a los otros, siempre. Y al perderla, cada hombre enajena su inmunización de la servidumbre. Se hace esclavo de una falsa felicidad, como la de hacer de su identidad algo prescindible o mudable, y al detal, mera práctica de narcisismo y concupiscencia.

Ojalá quienes me lean puedan entender la esencia de esta reflexión, sobre todo los oficiantes de la política hijos del siglo XXI.

Se comportan como si la normalidad de la ciudad democrática que los obliga se sostuviese aún o apenas sufriese de traspiés autoritarios o despóticos resolubles tras una negociación partidaria. Es el caso de los venezolanos, y probablemente el de los colombianos, y sería el caso de los chilenos si no enmiendan en su camino constituyente. 

De no entender estos el curso de la deconstrucción que se hace agonal y amenaza arrasar al verdadero activo de Occidente, a saber, la inviolabilidad de la dignidad eminente de toda persona, el huracán de la gobernanza global y panteísta se mostrará como el último eslabón de la genialidad humana.

El liberum arbitrium es el hacedor del gobierno de lo digital y de la inteligencia artificial imperantes. Desde ya toma a sus progenitores como datos de algoritmos. Nada más. La voluntas bene vivendi, repito con el maestro santo de Hipona, desaparece bajo un arbitrio propio que degrada al mismo hombre y le distancia socialmente.

Dejando poco a poco y a la orilla del sendero a la inteligencia natural recibida como don, luego del viaje moderno que llega a su final olvida y excluye a sus congéneres, para mejor asemejarse en su soledad al oso pardo. E intenta emparentarse con los ríos y los árboles sin alcanzarlo. A diferencia de estos, deificados, no es más intocable. Ha decidido por su descarte, al comienzo y al final de la vida.

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La deshumanización de la política, por Asdrúbal Aguiar
Todos a uno hoy adoptan la agenda de la deconstrucción de Occidente y la normalizan, desde la ONU y en Pekín. Es el camino abonado para el totalitarismo y control posmodernos

 

@asdrubalaguiar

Ha sido difícil revertir, salvo en intersticios, el proceso de deconstrucción social y política que avanza raudo en Occidente, en especial en Iberoamérica, desde hace unos 30 años. El mismo se acelera tras la pandemia y el aldabonazo de la guerra, e incluso contando con aquiescencias en USA y hasta en el “gobierno” vaticano.

En espacios críticos como Venezuela, todas las formas de la experiencia política: manifestaciones o deslaves de masas pacíficas sin precedentes numéricos, diálogos con actores externos e internacionales, muertes en las cárceles o en las calles, participación y abstención electorales, intervenciones militares, en suma, agotándose literalmente las alternativas, han sido ensayadas sin éxito desde el paro nacional de 2001. Que se reincida aún hoy y se las limite al ejercicio procesal democrático, responde a un mero efecto reflejo: cuestión exclusiva entre oficiantes de la política doméstica. La nación, hecha jirones, sobrevive.

Brasil, desde donde toma cuerpo el diseño de reconversión marxista cubana tras la caída de la Cortina de Hierro y la búsqueda de otros nichos de conflictividad social, estimula el morbo disolvente de la corrupción con Odebrecht a la cabeza y en yunta con los dineros del petróleo venezolano para desestabilizar gobiernos y hasta provoca el suicidio de un expresidente; pero su responsable, Lula, sale de la cárcel y acaso regrese al poder por vía electoral.

Se trata, pues, de un fenómeno de deconstrucción ética de los cuerpos sociales y culturales tras el que el andamiaje republicano y la organización pública que recubre a los primeros como soportes necesarios, se descoyuntan. Restan como simulación en el teatro de la democracia, para ensayos de narcisismo político.

Tal tendencia hacia la pulverización de lo social y renovando sus contradicciones fue explotada con éxito desde el Foro de Sao Paulo, como entente utilitaria forjada de manos de la dictadura cubana hacia los años 1990-1991, luego tamizada tras tres décadas con el Grupo de Puebla. Y en su decurso, es lo paradójico, arrastra hacia su deslave a partes del centrismo político y también de las derechas, y a no pocas élites del mundo empresarial, financiero y comunicacional.

Todos a uno hoy adoptan la agenda de la deconstrucción y la normalizan, desde la ONU y en Pekín. Es el camino abonado para las formas de totalitarismo y control posmodernos. A sus ítems, como la gobernanza digital, las discriminaciones positivas de raza y de género con sus identidades de exclusión, el culto de lo ambiental y ecológico, la banalización de la vida humana en el comienzo y su final, la ruptura de la memoria intergeneracional, se los muestra como contenidos de un proyecto que, a la vez que prostituir el sentido ético político de la libertad, “inflaciona” los derechos hasta desfigurarlos y mudarlos en productos al detal, extraños al principio de la dignidad inviolable de la persona humana.

Pues bien, solo entendiendo y sujetando a la razón pura y práctica este movimiento de fractura en las capas tectónicas de la cultura en Occidente, junto a sus universales, y no obviándose que desde atrás le viene su impulso –el Memorándum Kissinger 200 de 1974 para el control poblacional y la promoción del aborto con vistas a la seguridad global– será posible la forja de una reacción reconstituyente de las bases antropológicas que aún sostienen a la civilización judeocristiana que nos integra.

No por azar, en 1991 habla el Club de Roma de una olla de presión que despierta fenómenos, devociones nacionalistas y conflictos hasta ahora ocultos por la bipolaridad internacional”. Susceptibles, lo dicen los autores de la Primera Revolución Mundial (A. King y B. Schneider) de “poner en peligro a toda la especie humana”.

Recuerda en 1996, además, que “el mundo está pasando un período de trastornos y fluctuaciones en su evolución hacia una sociedad global, para la cual la población no está mentalmente preparada”. Y agrega que, como “resultado, su reacción es a menudo negativa, inspirada por el miedo a lo desconocido y por la dimensión de los problemas que ya no parecen ser a escala humana. Estos temores, si no se abordan, pueden llevar al público a extremismos peligrosos, un nacionalismo estéril y fuertes confrontaciones sociales”, concluye.

Ahora, si analizamos el “metaverso” venezolano, vemos a unos distraídos en el debate sobre “políticas públicas” mientras otros cuidan de sus precarias cuotas electorales –falacias en naciones que se han deconstruido– o acompañan a la mineralización del mal absoluto, a saber, la anulación de la conciencia de nación. Entre tanto, el cosmos de inseguridad e incertidumbre hace estragos en un Occidente que declina, cae, y nos apresa, trasvasando sus activos intelectuales y materiales, al igual que le ocurriese a Roma en el año 330 d. C., a la Constantinopla del siglo XXI: ¿China, Rusia?

Las preguntas huelgan, sin líderes o visionarios que las respondan.

La persona humana –que, desde su soledad originaria y autoconciencia, a partir de la percepción de sí misma y su autodeterminación le pone nombre a todas las cosas creadas y objetos de la Naturaleza, sin que otro la ayude para identificarse a sí misma– ¿aceptará ser mero dato o usuario o elemento que seguirá nutriendo a los algoritmos de la gobernanza digital en curso; esa que a diario condiciona las sensaciones e hipoteca el discernimiento? ¿Aceptará verse metabolizada y cosificada por las leyes evolutivas y matemáticas de la Naturaleza, dado el reclamo de la conservación o la transición verde, obviando que como criatura racional se encuentra situada en la cima de la misma Creación?

Los lazos de afecto se han roto o se han hecho distantes por efecto de la diáspora hacia afuera y hacia adentro de los venezolanos. De modo que, hasta que las heridas restañen y cesen los odios o enconos entre sus élites, como lo creo, aquellos no dilapidarán horas de supervivencia –transitando por la selva del Darién o esperando la medicina que no llega– para simular farsas republicanas o escuchar a sus cicerones.     

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad.Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La banalización ruso-china de la democracia, por Asdrúbal Aguiar
Los gobiernos progresistas americanos han cultivado la banalización de la democracia, aupada por China y Rusia

 

@asdrubalaguiar

Dos generaciones han trascurrido y quedan marcadas por la experiencia del socialismo del siglo XXI, como suerte de tránsito desde “socialismo real” hasta el progresismo globalista; ese que, al término, como son los casos de Bolivia, Venezuela y ahora Colombia, aceptan la inserción del negocio del narcotráfico en la política y su participación en la experiencia de la democracia, prostituyéndola.

Pero otra reconversión se le ha impuesto a su albacea, el Foro de São Paulo, llegado el 2019 y por sobre los escándalos de corrupción y criminalidad transnacional que contaminaran los espacios políticos que alcanza a controlar en América Latina.

A fin de reflotar y situarse ante los desafíos distintos de la globalización desarrolla alianzas con el Partido de la Izquierda Europea, forja al Grupo de Puebla, se casa con la ONU, y hasta se aproxima al Foro Económico de Davos.

Hace un trazado difuso, el Foro con los europeos, de algunos de los «temas novedosos» de la agenda global (medio ambiente, derecho a la circulación de las personas o migraciones y refugiados, racismo y xenofobia, desencanto con la política, nuevas identidades, control del capital financiero sobre la tecnología que forja consensos de opinión al detal), pero es regresiva en su proclama.

Aún le cuesta abandonar prejuicios mineralizados por la izquierda ortodoxa desde la ruptura de 1989: lucha contra “el avance de las derechas y del fascismo”, “las políticas neocolonialistas”, “la guerra informativa”, “el sistema capitalista neoliberal”.

Mas, a partir de 2019 el Grupo de Puebla, mascarón de proa de la señalada reconversión, deja atrás al Foro y ocupa su liderazgo. Moldea una narrativa o relato actualizado, aun cuando siga sirviendo a la entente neomarxista totalitaria.

Como reunión de intereses que coinciden en el objetivo de destruir a quien intente competirles o hacer menguar el poder que han conquistado, aquél, a la manera de un cartel de conspicuos actores políticos e intelectuales, incluidos expresidentes y presidentes, empuja el relato actualizado luego del final de socialismo real enmendándolo, por sus dislates y en búsqueda de confluir con los postulados del “progresismo internacional”; tal como los recoge el Programa de Desarrollo Sostenible 2030 de la ONU. No solo eso. Coinciden con el proyecto capitalista del Gran Reseteo, bajo un denominador que les común: la banalización de la democracia y el Estado de derecho.

La Venezuela chavista que a lo largo de dos décadas (1999-2019) financiara el movimiento expansivo de la izquierda en Occidente (Foro de Sao Paulo + Partido de la Izquierda Europea) ha perdido su encanto, incluso entre sus seguidores. Ha puesto al desnudo el destino del “pragmatismo” que alegara Castro como respuesta a la perestroika en 1989, asociándose al crimen organizado transnacional para sobrevivir.

Urgía, pues, tras las tres décadas recorridas luego de la caída del comunismo ponerle sordina a esas experiencias que se vuelven lastre, con vistas al porvenir (2019-2049), como la del ocupante actual del Palacio de Miraflores en Caracas, a quien la DEA le fija a su cabeza el precio de 15 millones de dólares, mientras es extraditado desde Cabo Verde a USA el gran testaferro, Alex Saab, o la de la pareja nicaragüense de los Ortega-Murillo.

Odebrecht ha pasado al olvido tras el coronavirus y la fugacidad noticiosa de las redes digitales, a pesar de la pléyade de presidentes y expresidentes que arrastrara consigo, uno de los cuales hasta se suicida. Eso lo saben los integrantes de ese “cartel intelectual” poblano que se activa aceleradamente bajo la pandemia en 2019.

La narrativa que rompe y da un giro estratégico y táctico ofrece como mostrario a los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador en México y Gabriel Boric en Chile, alabados por la prensa de Occidente; de donde el Grupo, causahabiente del Foro, se plantea ahora entre otras cuestiones y como cometidos la vuelta al Estado de Bienestar mientras protesta contra la judicialización de sus prácticas coludidas y “presuntas” con la corrupción y la criminalidad, tildándolas como parte de un Law Fare impulsado por la “derecha”.

Reivindica, asimismo, al mercado con responsabilidad social, aboga por políticas de transición verde y buen vivir en el marco de una “fraternidad global” (migraciones) y, por añadidura, hace pública ruptura con el monopolio de las tecnologías de información y sus interferencias en los procesos electorales. Fortalece la perspectiva de género, acompaña las protestas sociales que avanzan en las Américas y esboza un concepto de ciudadanía, he aquí lo trascendental, ajustado “al sitio donde se nace y se vive”. Proponen, de consiguiente, el fin de los universales morales, en primer orden, del principio de la inalienable dignidad de la persona humana que se concreta en la experiencia de la democracia como derecho de todos.

La pretensión de las izquierdas, más allá del foro fundacional de Sao Paulo creado por Castro y Lula, converge para lo sucesivo en la Internacional Progresista. Nacida durante el escozor de la pandemia, en 2020, asumen su liderazgo global Bernie Sanders y Yanis Varoufakis con sus banderas de ecologismo, feminismo, democracia deliberativa y participativa, poscapitalismo, pacifismo, identidades liberadas, etc. Atrás quedan, como lo creen, los dominios intelectuales del castrismo cubano, tanto como los paradigmas de la democracia occidental conocida, asumiendo como patrimonio definitivo pero instrumental a los postulados de la Escuela de Frankfurt y, en lo estratégico táctico las enseñanzas deconstructivas de la cultura occidental elaboradas por el italiano Antonio Gramsci.

De tal modo que, llegado 2022, en el fragor de la guerra contra Ucrania y en la puerta de entrada y de salida entre el Oriente y el Occidente, China y Rusia le imponen a Occidente, como paraguas, su catecismo. En pocas palabras, le financian su derrota. Desde antes, justamente, los gobiernos progresistas americanos han cultivado la banalización: “La democracia ha de adaptarse al sistema social y político, sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales”, reza el Manifiesto de aquellas suscrito en Beijing con vistas a la Era Nueva.

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

“Quiebre epocal”, por Asdrúbal Aguiar
Al espacio se le sobrepone la virtualidad, mientras que al tiempo se le abroga su sentido para darle paso a la cultura de lo instantáneo. Media un auténtico “quiebre epocal”

 

@asdrubalaguiar

Tras el derrumbe de la Cortina de Hierro emergen en Alemania abiertas y preocupantes manifestaciones de fundamentalismo, acaso por el trasiego de sus compatriotas orientales. Y coinciden en otro polo con el agotamiento del sistema democrático de partidos al término del gobierno del presidente Jaime Lusinchi y la insurgencia del llamado Caracazo en Venezuela, mientras ocurre la Masacre de Tiananmén. Habían transcurrido 30 años desde el triunfo de la revolución cubana, el primer viaje a la Luna y el inicio de nuestra experiencia civil y democrática con el segundo gobierno de Rómulo Betancourt, tras el derrocamiento del régimen militar perezjimenista.

La corriente de deconstrucción cultural y política que emerge entonces encuentra como laboratorio propicio a América Latina. Y han pasado dos generaciones, otros 30 años más hasta que la COVID-19, seguida del aldabonazo de la guerra rusa contra Ucrania, cierra el tiempo que inauguraran a partir de 1989 la tercera y la cuarta revoluciones industriales, la digital y la de la inteligencia artificial.

Los causahabientes del socialismo real se quedan en la tierra. No viajan a Marte, pero tamizan su credo bajo la guía de cubanos. Entienden al sismo histórico que es evidencia actual y palmaria.

El caso es que demostrándose errada la tesis de Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre, 1992,) por predicar otro tiempo sin guerras ni revoluciones y de gentes más ocupadas de su bienestar, ella se hace veraz, pero nominalmente. La historia de las civilizaciones que ancla en el valor del espacio, desde donde el tiempo y en su avance forja tradiciones y modela comportamientos colectivos, llega a su final. Y a esa historia la ilustra como paradigma el caso de Israel, pues al readquirir en 1948 el espacio para la formación de su nuevo Estado declara enfático David Ben Gurión, leyendo el acta de Independencia, que “Eretz Israel ha sido la cuna del pueblo judío. Aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí ha vivido como pueblo libre y soberano; aquí ha creado una cultura con valores nacionales y universales”.

Al espacio, pues, se le sobrepone la virtualidad; mientras que al tiempo se le abroga su sentido para darle paso a la cultura de lo instantáneo. Media, así, un auténtico «quiebre epocal». No presenciamos un cambio de época. Tampoco de Era dentro de la historia humana, sino una ruptura epistemológica. El tiempo es el no tiempo.

Algunas élites académicas y políticas creen que la Venezuela sufriente y la Colombia que, eventualmente, podría repetir sus pasos, son la obra de un traspié, de errores cocinados sobre las hornillas del encono y entre sus dirigentes.

Decía bien José Ortega y Gasset, al efecto, sobre la importancia de no golpearnos con los árboles patentes si es que pretendemos imaginar al bosque y conocerlo, para constatar, eventualmente y en línea contraria a Zaratustra, que Dios no ha muerto.

En 1992 publico dos ensayos, uno de 1991 para la Revista Política Internacional, que intitulo “Memorándum sobre la paz y el Nuevo Orden Mundial” y, el otro, “El Nuevo Orden Internacional y las tendencias direccionales del presente” para el Anuario de ODCA, El reto democrático: América Latina, 1992.

En el primero afirmo que “la tergiversación maniquea que buena parte de la reciente literatura política ha introducido en su interpretación del fin de la bipolaridad internacional, predicando como dogma el final del Estado y de las ideologías y la definitiva mundialización de los valores del mercado, en buena medida es la responsable del impulso creciente de los fanatismos y de esa desintegración que hoy acusan, sin alternativas válidas, las organizaciones públicas contemporáneas”.

En el segundo doy cuenta de datos de la experiencia, sin persuadirme de la prédica del desencanto con la democracia. Lo sostiene así Rodolfo Cerdas Cruz (El desencanto democrático: Crisis de partidos y transición democrática en Centroamérica y Panamá, San José de Costa Rica, 1992), adelantándose al Informe del PNUD de 2004, que busca cerrarle el paso a la Carta Democrática Interamericana de 2001. Refiero en lo particular, que “el 4 de febrero de 1992, luego de la noche precedente y al ritmo de las campanadas anunciando un nuevo día consagrado a San Juan de Britto, mártir de la cristiandad, una forma inédita de neo fundamentalismo hizo su aparición en segmentos importantes de las Fuerzas Armadas” venezolanas. Era lo que importaba destacar, lo del fundamentalismo deconstructivo en ciernes. No se lo hizo, ni aún se lo hace.

Los gestores del golpe, militares, dejaban de lado su identidad dentro de la institución militar, que es el molde histórico de la república desde inicios del siglo XX. El movimiento de los «bolivarianos» –como se autodenomina– borra, sin resistencias de opinión, la historia conocida: “resetea” la conciencia nacional.

Refiero, seguidamente, que “una vez contenida la revuelta, las autoridades civiles sorprendieron con la temprana liberación o el sobreseimiento de la mayoría de los alzados. Medió, apenas, una catarsis de mero contenido pedagógico que permitió la reincorporación de aquéllos, sin reservas de peso, al desempeño de sus funciones militares ordinarias” a partir de 1992.

El primero de mis textos orienta la intervención del presidente Carlos Andrés Pérez ante la Asamblea de la UNESCO, en París. El quid es que al segundo le fijo una introducción, a manera de petición de principio, sobre lo que observo ayer y se mineraliza como tendencia, y apenas se le comprende, con retraso, tras las rupturas de 2019.

“Las generaciones de venezolanos –afirmo– nacidas y amamantadas en la libertad y por ende ajenas a los desvaríos del autoritarismo, hemos ingresado a la corriente de cambios planetarios propulsada por el fin de la guerra fría. Súbitamente, no mediando respiro, descubrimos el significado de las llamadas fuerzas impersonales de la Historia; esas que, según W. E. Gladstone (1904) «empujan las cosas hacia ciertas consecuencias sin ayuda de motivos locales, temporales o accidentales».

Trátase –prosigo- de nuestra incorporación a la «primera revolución mundial» descrita en el Informe del Consejo al Club de Roma (1991) y que, habiendo hecho saltar la tapa de una olla de presión, despierta fenómenos, devociones nacionalistas y conflictos hasta ahora ocultos por la bipolaridad internacional”, susceptibles, lo dicen los autores del documento, de “poner en peligro a toda la especie humana” si media un enfoque inadecuado. Es lo que todavía ocurre y hace inocuas las acciones para restañar la pérdida de la calidad de la democracia durante lo que corre del siglo XXI. 

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Civilización y barbarie, por Asdrúbal Aguiar
Al exalcalde mayor Antonio Ledezma se le condena y busca silenciársele su dolor por la patria perdida bajo la primitiva regla de la responsabilidad tribal

 

@asdrubalaguiar

No me referiré a la obra eximia de Sarmiento sino a La historia de La restauración, escrita por Lamartine, pues advierte lo que fuese su experiencia, similar a la de la Caracas que avanza hacia 1810 al abandonar el poder Fernando VII en querella de ambiciones con su padre y Napoleón: «Sólo el país podía reinar» cuando «sus pretendientes están divididos», dice.

Ausente o ausentes los mandatarios de la soberanía, indigestos de enconos y traiciones, regresa aquella a su perpetuo titular, la nación. Es ella la que justifica y la que condena, la que diera origen, por cierto, a nuestra primera Junta gubernativa como venezolanos. 

Alfonso de Lamartine (1790-1869), historiador y político francés del período romántico, como el que vivimos dada la crisis «epocal» –de desconsuelos por el tiempo que pasa y sensación de soledades ante el arrollamiento de eventos inéditos en cascada– aleccionándonos, agrega que no bastan la fuerza y la unidad para restañar las divisiones en una sociedad desmoronada. Cuando llegan estas y se hacen visibles y se vuelven miserias políticas y humanas, ni siquiera puede contenerlas el despotismo.

La vida ciudadana separada de la humana vida es una falacia. No hay república donde la nación falta o cuando se niegan sus raíces hechas de lo lugareño y el transcurso de sus generaciones. Espacio y tiempo, en fin, son la esencia virtuosa de la política, cuando sirve a la gente y su inalienable dignidad.

Lamartine no lo dice así, expresamente, pero su descripción me basta: “Para la defensa de los fundamentos de la sociedad se necesita algo más”, señala. Luego dirige su mirada a las relaciones entre los estratos de esta, a la religión, a la enseñanza, a “su filosofía y en sus costumbres”, ya que al cabo la república no es mero poder o andamiaje, como lo hace entender, sino “el gobierno de los pueblos levantado en sus grandes experiencias sobre sí mismos”.

Observo y lamento, por ende, que las propias élites que mal supieron reconducir al país para librarlo de sus miasmas y del crimen coludido con la política instalada en Venezuela, vacías de capacidad para mirar con grandeza al conjunto sufriente de la nación, se solazan y celebran en las descalificaciones como hábito del oficio. Hacen del ajuste de cuentas desiderata del quehacer público. Los casos atropellan, en el aquí y el ahora.

Al exalcalde mayor Antonio Ledezma se le pide responder no por sus actos políticos o personales, salido de su encarcelamiento y esta vez en el exilio. Nadie le conminaba ayer y antes bien le aplauden su gestión de gobierno. Ni siquiera sus enconados enemigos, los del régimen depredador que le persigue, le imponen juicio de residencia. ¡Y es que supo dejar cuenta pública de sus menesteres, sin escamotearlos!

Se le condena, en el aquí y en el ahora, y busca silenciársele su dolor por la patria perdida bajo la primitiva regla de la responsabilidad tribal. Todos pagan, justos por pecadores. Y por obra de esa regresión primitiva germinada en el narcisismo político digital de la hora, se le pide a Antonio explicar como propia la causa de un hijo político. Se le impone una pena vicariante, extendida a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Solo falta que el coro repita, como en la Antigua Roma: “Muera todo aquél que llore a un enemigo”.

Al burgomaestre se le decía causahabiente de Alonso Andrea de Ledesma, primer defensor de Caracas durante la conquista y quien, en solitario, apertrechado de coraje y claro sentido de lo moral enfrentaba a Amyas Preston, el pirata que le da muerte el 29 de mayo de 1595. Y obra del mar informe que nos arrastra y nace de una frustración de destino, alguno hasta será capaz de afirmar que por llamarse Ledezma parentela hubo de tener con el monstruo de Mamera, protagonista del filme célebre de Luis Correa.

El absurdo es comidilla para las redes. Atajarlo impone mirar hacia atrás, como quien busca corregir rumbos y entender a su horizonte. Y viene al caso del Marqués del Toro, primer comandante de los Ejércitos de nuestra independencia, quien acusa a don Francisco Miranda de traidor a la Corona. Hasta le pone precio a su cabeza. De modo que se podría decir de Bolívar que era cómplice de tal encono, pues casó con su pariente, María Teresa.

En vísperas del 1810 los Bolívar buscan que Toro sea capitán general y que el celebérrimo Marqués de Casa León, Antonio Fernández, quien persigue a los conjurados Manuel Gual y José María España en 1797, lo sea para manejar los haberes. Casualmente, también acusa este al Precursor de corrupto y moviliza la felonía que se consuma en La Guaira. Y así, el héroe de las revoluciones francesa y americana es entregado al realista Monteverde por un pasaporte y muere en el exilio.

Francisco Xavier Yanes, cubano de origen y presidente de nuestros congresos fundacionales de 1811 y 1830, relata el igual intento del Marqués de Toro y del subteniente de milicias Bolívar para hacerse del poder en los días previos al 19 de abril. Incluso, atribuye al maestro de las letras americanas, don Andrés Bello, traicionarlos y hacerles encallar en su proyecto. De modo que Bello vivirá en Londres y no regresará jamás a su tierra. Será el padre intelectual de un Chile que le honra y se lo apropia.

Los tiempos de disolución, en suma, exigen que miremos a la nación en sus ojos, sin mirar a quienes hacen de ella objeto de lujuria o la transan en el azar de la diplomacia.

La fractura venezolana cesó entre 1810 y 1811, cuando una representación plural se reconoce en su diversidad y conjura al jacobinismo; pero dura hasta 1812. Desde Cartagena de Indias, secuestrada y plagiada la empresa libertadora de Miranda, sus responsables dirigen el dedo acusador contra la civilidad, por empeñada en crear “repúblicas aéreas” presuponiendo la “perfectibilidad del linaje humano”.

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Rusia y China se imponen en Colombia, por Asdrúbal Aguiar
Mientras en Occidente se desmonta a la democracia y se la parcela, desde Rusia y China se estimula y exacerba la deconstrucción cultural

 

@asdrubalaguiar

Tras los resultados electorales colombianos, que de manera determinante muestran la voluntad casi unánime de los votantes neogranadinos para avanzar hacia cambios radicales en su sistema de vida y hasta para aplanar toda memoria –la vicepresidenta electa afirma que, tras dos centurias, por vez primera llega el pueblo llano al poder– la reflexión contextual se impone y es obligante. Urge comprender al ecosistema político global en emergencia, si se quiere trillar contra sus paradigmas o adherir a los mismos o acaso testearlos. Y, si cabe, entenderlos o no como desasidos de alguna perspectiva antropológica.

Entre la reacción antipolítica que representara el candidato que perdió las elecciones, que suma a la otra mitad de los votantes y el vencedor, quien viene de cultivar a la violencia y es aliado abierto del Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, todos a uno de los colombianos, como lo diría el presidente electo Gustavo Petro, decidieron escribir “historia nueva”. Les incomoda el pasado como a las generaciones contemporáneas de internautas, que medran sin paternidad y les avergüenzan sus raíces.

La referencia bicentenaria de Francia Márquez es reveladora. Pues más allá de las traiciones políticas acusadas, de los desencantos ciudadanos, del reclamo de un «bienestar instantáneo» sin alteridades y ajeno al tiempo y al espacio, se da al traste en Colombia con el catecismo político amamantado por las grandes revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX y dominantes en el siglo XX. El paradigma ordenador y universal, que lo fue la inmanente dignidad de la persona humana, renovado sobre la experiencia trágica del Holocausto a partir de 1945, también lo entierran el mundo Occidental e igualmente el Oriente euroasiático.

Las Américas, al apenas iniciarse el siglo XXI, acaso preocupada por aquello que la literatura política opta por predicar tras el “gran desengaño” marxista, a saber, el llamado «desencanto democrático», intenta blindar sus activos culturales demandando fidelidad a la democracia como experiencia de vida. Como «derecho de los pueblos» que han de garantizar los gobiernos, según los términos de la Carta Democrática Interamericana.

Mas en la desangelada Cumbre de Los Ángeles, en medio de esa deconstrucción de historias y de sólidos culturales, el intento de remendar al camisón de la democracia quedó como eco en el vacío. Tanto que el presidente norteamericano, Joe Biden, después de afirmar solemnemente que “la democracia no solo es el rasgo definitorio de la historia de América, sino un ingrediente esencial del futuro de América”, de seguidas se contradice: “está bajo asalto en todo el mundo”. Colombia es la escala más reciente.

“El mundo está pasando por cambios trascendentales, y la humanidad está entrando en una era de rápido desarrollo y profunda transformación”, explica la Declaración Conjunta suscrita el pasado mes de febrero por Xi Jinping y Vladimir Putin a nombre de China y de Rusia y como proemio de la guerra que esta inicia contra Ucrania.

La alerta que hacen desde Oriente y dirigen estos a las Américas y a Europa occidental –“actores que representan la minoría a escala internacional [según ellos y que] siguen abogando por enfoques unilaterales”– es que “la situación de seguridad internacional y regional se complica y el número de desafíos y amenazas mundiales crece día a día”. Y la espoleta disparada, según el criterio chino-ruso, es el querer imponer ahora “«normas democráticas» a otros países”, en intentos que “socavan la estabilidad del orden mundial”. La universalidad de la democracia, así, amenazaría a la paz en el planeta.

De modo que, a manera de inevitable soliloquio pienso que destruir al Sistema Interamericano y los estándares que sobre la democracia constan en la Carta Democrática de 2001, construidos y decantados en el curso de casi 200 años si los tomamos desde la reunión del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, es hoy, en el aquí y en el ahora, la constante de la política exterior que, en adhesión a lo postulado por China y Rusia, han asumido los gobiernos de México, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Cuba, Venezuela, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, y pronto el de Colombia.

“Soy parte de un proceso, de una historia de lucha y resistencia que empezó con mis ancestros traídos en condición de esclavitud”, observa, con propósito revisionista e históricamente regresivo, la compañera de fórmula de Petro.

Entretanto, mientras en Occidente se desmonta a la democracia y se la parcela, para que se adapte a cada realidad o localidad o a la versión discursiva del mandamás correspondiente –ayer socialista, hoy progresista– y al detal, o a la par de que se ocupan los gobiernos señalados de resolver sus enconos bicentenarios y hasta los de más atrás, desde Oriente se estimula y exacerba la tesis.

Debilitar aun más a los occidentales es el cometido.

Ya que, mediando la deconstrucción cultural de estos, los integrantes de la alianza oriental emergen como “repartidores supremos” del orden nuevo; apalancados sobre sus estabilidades y «constructivismos» culturales: “Rusia y China, como potencias mundiales con un rico patrimonio cultural e histórico, afirman tener tradiciones de democracia de larga data, que se basan en miles de años de experiencia en desarrollo, amplio apoyo popular y consideración de las necesidades e intereses de los ciudadanos”.  

El eje sino-ruso, mediando el galimatías para instalar esa narrativa de conveniencia y conjurar críticas, admitiendo que “la democracia es un valor universal” a la vez precisa o aclara que es “un medio”; por lo que declara oponerse “al abuso de los valores democráticos y a la injerencia en los asuntos internos”. Hace “un llamamiento a la comunidad internacional para que respete la diversidad cultural y civilizatoria… para promover una democracia genuina”. Y lo genuino es, para el primero, que “los derechos humanos deben protegerse de acuerdo con la situación específica de cada país y las necesidades de su población”. Eso lo anuncia desde Beijing y como regla para la Era Nueva.

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El final del humanismo y de las cosas, por Asdrúbal Aguiar
En la ruptura «epocal» y de incertidumbres inevitable que conocemos, urgen las certezas y el trazado de caminos de reconstrucción ante la deconstrucción cultural en marcha

 

@asdrubalaguiar

El titular, antes que apelar al pesimismo, es una alerta. En la ruptura «epocal» y de incertidumbres inevitable que conocemos, urgen las certezas y el trazado de caminos de reconstrucción ante la deconstrucción cultural en marcha. Y si algún paradigma –a pesar de su contenido belicista– debería servirnos, es el ucraniano, dada su ejemplaridad.

Las élites globales aplauden, cada vez menos, el arrojo de este pueblo eslavo ante la agresión salvaje que sufre por parte de una Rusia históricamente imperial. Y que, paradójicamente, nace de su mismo seno; a la par que le piden, aquellas a este, cese en su lucha por la vida en libertad y la defensa del valor del arraigo en sus lugares, “para que haya paz”. Que se sometan, en pocas palabras.

La enseñanza perversa es que todo, otra vez, se vuelve transable para el manejo del poder.

Todo sería relativo para su ejercicio, y las certidumbres unos simples imaginarios y más propias de la ética personal. No habría que escandalizarse, por ende, si las víctimas de la violencia del poder no acotado y globalmente desregulado emigran como bancos de sardinas para sobrevivir. Al mundo corresponde, así, antes que atacar a las causas aliviar los padecimientos, como recién lo intenta la Cumbre de las Américas en Los Ángeles.

Henry Kissinger ve de ilusoria la victoria de Ucrania y le sugiere negociar con Moscú, renunciando a parte de sus territorios “para que haya paz”. Nada distinto, por lo visto, es lo que ayer le demandó el gobierno de Barack Obama a los colombianos. Y la Casa Blanca les exige esta vez a los venezolanos, a saber, entenderse, transar con los violentos que los han oprimido. En beneficio de la paz y “para que haya paz”. 

Sin llegar a tanto, desde el Vaticano se dirige el dedo acusador hacia Occidente y no contra el agresor.

Aquél se habría entremetido en las cuestiones domésticas de esa puerta de unión con Oriente que sería la antigua Ruz de Kiev, provocando la trágica reacción de Vladimir Putin.

Desde Roma, al cabo, y así ocurre también en sus relaciones con China, se reivindica el valor de la Ostpolitik: la normalización de los vínculos que con el comunismo hizo en el pasado la Alemania de Willy Brandt. Los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, antes bien, la pusieron en el congelador hasta que llega Francisco. Y es que el primero conoció bien y vivió en carne propia la maldad e inhumanidad del régimen comunista. El segundo, entre tanto, aún hoy no ha perdido su clara memoria del mal absoluto durante el nazismo, causante del Holocausto; que al cabo hizo despertar y volver a sobreponer la razón de Humanidad, el respeto a la dignidad de la persona y su trascendencia, por encima de la voluptuosidad del poder de los Estados y los gobiernos.

“Donde la razón positivista –lo transado entre poderes con independencia de la Justicia– es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades…, esta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad”, recordaba papa Ratzinger en 2011 a los integrantes del parlamento alemán, luego de agregarles que “servir al Derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político”.

En pasada columna, observando lo preocupante del cambio de paradigmas en boga, señalé cómo, tras la inauguración de un museo en Davos que mostraba las atrocidades de la guerra rusa contra Ucrania y sus crímenes de lesa humanidad, los asistentes al Foro Económico Mundial optaron por dirigir su atención, solazados, hacia su invitado especial, el gobernante chino Xi-Jinping.

Y el caso es que, horas antes del aldabonazo de Marte, junto a Putin declaró que los criterios sobre la libertad y los derechos de la persona humana –no digamos los de la democracia– hacen parte del fuero de cada nación. El genocidio que hizo fraguar al orden mundial posterior a 1945 quedó enterrado, borrado en su significación para los anales. Lo mismo piensan la pareja Ortega-Murillo en Nicaragua, Diaz-Canel en Cuba, y el chavo-madurismo de Venezuela.

¿Qué ha pasado o cómo se explica esto?

Entre tantas respuestas posibles, una es más plausible y con ella concuerdo, sin haberla conocido al momento de escribir mi libro El viaje moderno llega a su final (2021). He repetido que en los 30 años recorridos desde 1989 con la caída del Muro de Berlín hasta el 2019, con la pandemia universal y bajo el hecho de la guerra que le sigue, incluida sobre todo la guerra cultural entre el Oriente de las luces y el Occidente de las leyes, lo determinante de lo actual es nuestro ingreso a la tercera y cuartas revoluciones industriales, la digital y la de la inteligencia artificial.

Pues bien, el filósofo alemán de origen surcoreano Byung Chul Han, en su libro No cosas (2021) advierte lapidario que vivimos en un reino de información frenética que se hace pasar por libertad, se coloca delante de las cosas y las desaparece, desmaterializando al mundo. Y sostiene que con la pérdida de las cosas se van nuestros recuerdos, los que nos dan estabilidad como individuos y sociedades, a partir de los que podemos razonar, discernir, elegir en conciencia. Solo almacenamos datos en lo adelante, pues hemos dejado de habitar la tierra y el cielo, para habitar las nubes y sus redes, esgrime.

La verdad, que es duración y constancia, y que le da firmeza al ser, ha dejado de serla al perder su referencia en las cosas. No debería sorprender, de consiguiente, que el régimen de la mentira y el cinismo esté encontrando cómodo habitáculo en un Occidente que, a diferencia de los rusos y los chinos, se avergüenza de sus raíces.

correoaustral@gmail.com

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es