Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

La capitulación mexicana de Occidente, por Asdrúbal Aguiar
Las negociaciones con el régimen de Nicolás trastocan abiertamente las realidades geopolíticas de Occidente y sus valoraciones éticas

 

@asdrubalaguiar

Más allá de la llamada Plataforma Unitaria de Venezuela, enviada por la Asamblea Nacional de Juan Guaidó a México, que tácitamente le omite como cabeza del gobierno interino al suscribir el memorándum que guía las negociaciones con el régimen de Nicolás Maduro, lo relevante son las variables y sus condiciones. Desbalanceadas desde sus inicios, en esencia trastocan abiertamente las realidades geopolíticas de Occidente y sus valoraciones éticas.

Rusia ejerce una influencia abierta, de modo permeable dentro del bloque americano –inadmisible ello durante la Guerra Fría– y es socia principal del régimen dictatorial venezolano. Es observadora de peso estratégico en la mesa de diálogo; sin que su contraparte, la citada plataforma, cuente, al menos visualmente, con un acompañamiento equivalente. A pesar de lo declarado por el mismo Guaidó: “contamos con el respaldo del mundo democrático”.

Sin que reaccione en momento alguno, sin esperarse que lo haga de modo proporcional dada su debilidad, la Plataforma Unitaria acepta negociar –así se lo impone la comunidad internacional– con los responsables de la comisión de crímenes de lesa humanidad denunciados ante la Corte Penal Internacional y ampliamente sustanciados en los informes del Consejo de Derechos Humanos.

¿Cómo explicar la normalización de lo atroz que procura esta trama mexicana?

La cuestión planteada es, a primera vista, rupturista en términos epistemológicos de los cánones jurídicos y ético–políticos que rigen en Occidente desde la Segunda Gran Guerra del siglo XX. Se relajan al punto de hacerle perder todo sentido, incluso, a la proscripción de las leyes de punto final; léase, al castigo ejemplarizante de los crímenes de lesa humanidad que auspician los jueces durante segunda mitad del siglo XX latinoamericano. ¿Se le abren generosas compuertas a otra «justicia transicional» como la implementada en Colombia?     

La inflexión global de la COVID-19 antes que disponer de un tiempo nuevo como se cree, descubre en lo venezolano la compleja realidad que emergiera hace treinta años atrás, en 1989, luego del derrumbe comunista: sus herederos, sobrevivientes, se hacen discípulos de la Escuela de Frankfort y la de Antonio Gramsci, a la vez que forjan yunta con los enemigos culturales de Occidente –en especial China y el integrismo musulmán– a fin de avanzar hacia la destrucción de los sólidos culturales judeocristianos en el mundo. Las Torres Gemelas de Nueva York o las estatuas de Cristóbal Colón, derribadas desde 2001, son apenas meros símbolos o aldabones de lo señalado.

Desde entonces se horadan las nociones imperantes de la tríada que forman la democracia, el Estado de derecho y la especificidad de los derechos humanos, deconstruyéndolas y vaciándolas de todo contenido.

Y en el instante de la pandemia, se arguye para ello, por si fuese poco, la idea de salvar a las poblaciones; se asume que las primeras –la democracia y la fuerza normativa de la ley– son prescindibles y conceptualmente relativas, incluso en las democracias que restan en pie.

Hacen ver y hasta demuestran, además, que a través de la inmediatez digital se logra una gobernanza eficaz sin mediaciones; y en el debate que se transa al respecto, no se detiene el otro asunto que también se acelera a fin de imponer la relativización de los fundamentos morales del poder y de su ejercicio, para transformarlo en un absoluto.

Al pluralismo democrático, esencia de la democracia, en efecto, se le exige ponerse de lado y se le sobrepone un régimen de diversidades unilaterales y al detal; susceptibles de acreditarse, como átomos, unos derechos humanos personalísimos e incluso extenderlos, discrecionalmente, hacia el mundo de lo objetivo: los derechos del Estado, como los de sus gobernantes a conservar el poder; los derechos de la Naturaleza para conservar la vida de las especies, mientras se tolera la disposición personal de la vida humana. Y por vía de consecuencias, hasta se rinden ante el arbitraje imperativo de la gobernanza digital y sus inmunidades, más allá de las leyes y los mismos jueces.

Avanza, pues, la deconstrucción de los valores éticos de Occidente, cuyas tesis encuentran como punto de ignición histórica al Foro de São Paulo en 1990 y a su declaración de México de 1991, apenas tamizadas por su causahabiente, el progresista Grupo de Puebla.

Lo preocupante y a considerar es que tal ensayo de relativismo, negador de la dignidad inmanente de la persona, lo realiza por vez primera el Perú neoliberal y antimarxista de Alberto Fujimori. Es una enfermedad que, por lo visto, hace metástasis –cubre por igual a las izquierdas y las derechas– y se reduce a la proscripción de cualquier forma de discernimiento entre el bien y la maldad a propósito del poder y su conquista. 

No por azar, en 2009, el juez interamericano Sergio García Ramírez, fallecido, declara que “otras formas de autoritarismo, más de esta hora, invocan la seguridad pública, la lucha contra la delincuencia, para imponer restricciones a los derechos y justificar el menoscabo de la libertad. Con un discurso sesgado, atribuyen la inseguridad a las garantías constitucionales y, en suma, al propio Estado de derecho, a la democracia y a la libertad”.

Solo así se entiende que surjan, sin escándalo, gobiernos de la criminalidad organizada trasnacional, apalancados por el mundo de las redes y en alianza entre narcotraficantes y terroristas, agentes de la corrupción y del lavado de dineros de sangre.

Nada que ver con la ingenua preocupación de finales del siglo XX: el choque, luego el diálogo, y al término la alianza de civilizaciones.

Occidente, desde ayer y en paralelo a la experiencia venezolana de México, por ende, se sienta ahora en otra mesa con el terrorismo internacional deslocalizado, en Afganistán, para ayudarle a formar gobierno. Es lo propio del orden naciente, que se avergüenza del orden liberal parteado por el mundo tras el Holocausto, obra este de una igual banalización del mal absoluto.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El cinismo paulista se instala en Paraguay, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

Leo que el Foro de São Paulo animará la protesta social sostenida contra el gobierno del presidente Mario Abdo en Paraguay, hasta hacerlo renunciar. La razón no es distinta de la que han impulsado contra de los gobiernos democráticos de la región – los verdaderos, sin adjetivos que los dividan – al objeto de instalar sobre sus cenizas otra dictadura del siglo XXI; esa que la atildada academia progresista americana denomina populismo autoritario o autoritarismo electivo, siendo que tras el socialismo del siglo XXI se oculta una grosera franquicia de poder maridada con la criminalidad trasnacional organizada.

La razón del Foro es la misma propalada en USA, en Colombia, Ecuador, Chile, entre otras naciones, a saber, la crisis sanitaria debido a la pandemia de covid-19

Nada dice aquel ni su Secretaría Regional de Brasil, desde donde nace el despropósito, sobre el cementerio humano en que se ha transformado la Venezuela de Nicolás Maduro, uno de sus íconos. A la vez, silencia que, bajo el gobierno de Sebastián Piñera en Chile, se lleve a cabo un exitoso proceso de vacunación que impresiona al continente, mientras Maduro prohíbe el ingreso de vacunas de la OMS por no haberlas autorizado.

Beneficiarios como son el Foro y sus gobiernos de los dineros de China, ninguna crítica dirigen contra la responsable de ese daño transfronterizo sin reparación alguna hasta el presente, que deja a 2,5 millones de muertos a la vera. ¿Han pedido a sus autoridades que indemnicen a las poblaciones de África, Asia, Europa, Oceanía, América, devastadas con sus experimentos, por legítimos y necesarios que sean para la ciencia?

El cinismo, por lo visto, es el rostro grotesco del realismo político. Tanto en el Foro como en sus causahabientes, reunidos en el Grupo de Puebla, tal vena la insufla desde 1989, a la caída del Muro de Berlín, Fidel Castro. En yunta con Lula da Silva arma el tinglado de las izquierdas que en los treinta años sucesivos simula practicar la democracia, se asocia con las fuerzas más retrógradas y desreguladas del capitalismo global, para sostener, únicamente, su poder y seguir expandiéndolo.

Marco Aurelio García, recién fallecido de un infarto, intelectual trotskista que sirviera como asesor internacional de Lula y Dilma Rousseff, artesano del mismo Foro y referente intelectual del Grupo poblano, es, al cabo, quien descubre la fórmula de esa alquimia de amoralidad. Reconduce la imposibilidad marxista y la transfigura hasta volverla tráfico engañoso dentro del imaginario colectivo, adormeciendo conciencias con el narcotráfico y la corrupción, en territorios de impunidad, en paraísos succionados al imperio de la ley.

Ortega y Gasset en sus ensayos sobre Pío Baroja precisa que, incluso a aquellos quienes no creen en los valores absolutos ni en las absolutas realidades, deben ¡ser sinceros! Pero es mucho pedírselo al Foro y al Grupo, pues, al cabo, se tocan por las colas con la experiencia del fascismo. La mentira como sistema de dominación les es consustancial.

Derrumbado el socialismo real, el Foro de Sao Paulo se cura en salud y señala que los perseguirían bajo el argumento falaz de encontrarse vinculados al narcotráfico. Así lo repiten entre 1989 y 1991. No pasan dos lustros sin que uno de los ejes dispuestos para el financiamiento de sus proyectos, la Venezuela de Hugo Chávez, cierre su alianza con el tráfico y el comercio internacional de drogas a través las FARC colombianas. Y solo transcurre un lustro del siglo corriente cuando el hoy exjefe del gobierno español, J.L. Rodríguez Zapatero, promueve la Alianza de Civilizaciones para contener el castigo de quienes asesinan a 3.000 personas en 2001, derrumbando las Torres Gemelas de la Gran Manzana.

Exacerbando la falacia adopta otro nombre, el “progresismo”. De regreso el Foro a la pila bautismal como Grupo de Puebla habla de la guerra híbrida o el law-fare imperialista, que intentaría impedir que los líderes del progresismo se mantengan en sus gobiernos de modo perpetuo.

¿Fue un pote de humo, cabe preguntarle, la cuestión de Odebrecht, cuyos dineros descolocaron a mandatarios latinoamericanos, provocaron la criminalización de varios expresidentes, y hasta uno decidió suicidarse? ¿Es guerra jurídica, tarifada, o law-fare la persecución de Cristina Kirchner – investigada por el asesinato del fiscal Nisman o por las groseras sumas millonarias confiscadas a sus inmediatos colaboradores e hijos – o la de los criminales de lesa humanidad venezolanos?

¿Cómo catalogaría la criminalización de la expresidenta Jeanine Añez, por sostener en Bolivia una sucesión constitucional democrática, convalidada por el Tribunal Constitucional y los partidos bolivianos, incluido el MAS, a fin de purgar un golpe militar en curso? ¿Es o no un ejemplo de guerra híbrida la que adelanta contra Marito en La Asunción?

El cinismo, cuentan los antiguos, es el disolvente de la sociedad y las familias. Antístenes, fundador de la escuela en Grecia y quien le sigue, Diógenes de Sínope, como integrantes de un movimiento anticultural, el de los cínicos, predicaban el valor de la acción. Eran autócratas y autosuficientes – en eso se les aproximan las pseudoizquierdas paulistas y poblanas – pero, cuando menos, decían practicar la pobreza y el desprendimiento. Eran mendicantes, podría decirse que monjes franciscanos adelantados, distintos de los paradigmas del caradurismo que son los miembros del Foro y el Grupo, los de ayer y los de ahora.

Eso sí, en lo que encuentran clara parentela los cínicos con los rousseaunianos y los Zapatero o los Correa, o el juez Garzón, o la Kirchner y Lula da Silva, tanto como los Ortega y los Castro-Diaz Canel y Morales, para no mencionar al aquelarre instalado en el Palacio de Miraflores de Caracas, es haber llevado a sus pueblos “al estado y condiciones de la naturaleza pura, rechazando las ventajas y desprestigiando las conveniencias y leyes de la vida social”. Es lo que buscan hacer con los paraguayos, atizando sus angustias y frustraciones.

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El 23 de Enero, un estado de alma, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

“No hay líderes, ni jefes ni oradores; solo la inmensa corriente de hombres y mujeres, que avanza, de los cuatro puntos cardinales hacia el centro de la ciudad. Al principio, empecinada y silenciosa, como una sombra tenaz, sofocada por muchos años, que sale de la sombra”, es el recuerdo que le queda en su memoria al poeta y diplomático neogranadino José Umaña Bernal al declinar el año. Ya se inicia el decurso venezolano hacia el 23 de enero 1958, hacia su libertad.

Describe al celebérrimo barrio La Charneca, a la derecha del río Guaire, ese que después ilustrará no pocos discursos del presidente Rómulo Betancourt quien asume el gobierno a partir de 1959, en el primer tramo de una experiencia democrática que trastabillará en sus inicios: “No es esa la tarea de un momento de fugaz alegría y de momentánea generosidad”, advierte Arturo Uslar Pietri; pero Umaña lo hace para dar cuenta de algo que está allí presente, como un volcán en las vísperas de su erupción y sin que se le pueda mirar para describirlo, pero se le siente. Solo captan sus signos los más perspicaces, como el animal que escucha los mensajes de la naturaleza. Nadie puede apropiarse del hecho, de la gente que se amalgama sin proponérselo, casi por instinto y en la hora agonal.

“Gente de bronce, si las palabras no estuvieran infamadas por el uso; hombres y mujeres de bronce, maliciosos y alegres, duros y tenaces… un pueblo con sentido de clase, que conoce los términos de la libertad” incluso bajo la férrea dictadura de los militares, pues si teme tampoco le disciplinan.

El pueblo venezolano, en efecto, es paciente y silencioso ante sus pesares así los masculle o los grite de tanto en tanto para drenarlos.

“El primero de enero – cuando se alzan los aviadores y sus pájaros metálicos trepidan sobre el cielo de la Caracas que amanece – el pueblo no está en la calle. Y por muchas horas nadie sabe lo que pasa”, relata la crónica.

Comprender la esencia de esa chispa del venezolano común que prende después y casi al azar envuelve a todos, cuando menos lo espera el que la genera, no es, por ende, tarea fácil. Es casi oficio para taumaturgos sociales. Algunas veces lo logran hombres de Estado muy decantados y esquilmados por el ostracismo, no los políticos logreros o de medianía. De tanto en tanto los intelectuales madurados a fuerza de tener como su objeto de observación y para fabularla al alma popular, como en el caso de Rómulo Gallegos, lo logran con finura.

De nada sirven para comprender lo inédito de la «revolución de 1958», cuyos efectos bienhechores cubren a las tres generaciones siguientes, los papeles que describen a la circunstancia; esos del tiempo previo y posterior a los hechos del 23 de enero y sobre un vértice social que se mixtura a lo largo de la historia patria de una manera accidentada, en lucha contra los amagos o artificios de poder que forjan las espadas o el látigo o se montan en las escribanías del oportunismo.

Miguel Otero Silva mira al margen de su cuaderno cuando escribe acerca de los presos y los torturados atribuyéndolos como efecto de las mezquindades partidistas: “en tanto que no arriaron sus divergencias y sus contradicciones para enfrentarse al enemigo común, lograron apenas llenar las cárceles con sus militantes”. Pero lo cierto es que sobre esa colcha de retazos que impone la lucha clandestina contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, al término quien domina es el difuso «espíritu del 23 de enero». Es lo que importa destacar, lejos de los gendarmes y traficantes de ilusiones, sean de charreteras o de levita.

Lo veraz, como lo narra Umaña, es que mientras militares soportes de la dictadura avanzan en sus estrategias – cada uno con su portafolio de intereses en la mano del disimulo, predicando cambios «gattopardianos» o libertades tuteladas – entonces “no baja el pueblo de La Charneca, ni se mueven los trabajadores de Catia”.

El pueblo de Caracas, frívolo y desorganizado, zamarro y calculador como lo es el venezolano, en la circunstancia se hace generoso, decidido y audaz al extremo. Si bien apuesta al éxito de los alzados a la vez que se mantiene reservado, no ajeno a las tensiones interiores que se le vuelven nudo en la garganta y alimentan frustraciones recurrentes. Y el fracaso aparente del 1° de enero, en la hora de los cuarteles alzados, y también de la huelga general del 21 siguiente atizan ese estado de ánimo.

Entretanto la realidad muestra que caen bajo las metrallas la gente del pueblo llano – se dice al término que han fallecido más de 1000 venezolanos durante las refriegas.

¡Y es que las rupturas históricas y las revoluciones que las amamantan – así ocurre de modo inesperado y germinal en los días previos al 23 de enero – durante sus deslaves terminales se vuelven “un estado del alma”! No tienen nombre propio, ni linderos sociales.

“La revuelta – dice Umaña – es el puesto fronterizo a donde, temprano o tarde, llegan todos los desterrados de la libertad y de la justicia. “No es la de los importantes y los oportunistas”, machaca.   

Más allá de los conciliábulos en el Palacio de Miraflores o de la Academia Militar que en el clímax hacen convencer al dictador que perdió el apoyo – “ya está el helado al sol” le dice Luis Felipe Llovera Páez a un secretario que le pide informaciones – y lo llevan a abandonar el país, lo que no se dice es que “Caracas preparó su revolución”. Lo confirma Gabriel García Márquez: “Todo el mundo, desde el industrial en su gerencia hasta el vendedor ambulante en la calle estaba conspirando”. No hubo héroes ni jefes providenciales, ni caudillos victoriosos, “ni minorías que cabalgasen sobre el lomo de la historia”.

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El factor Trump dividirá la historia, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

El mundo, sobre todo los europeos y latinoamericanos e incluidas sus dictaduras de izquierda, como se constata desde los hechos del 6 de enero pasado, aún gira alrededor de Estados Unidos. Este sigue siendo la Roma de la antigüedad en el siglo XXI y todos los caminos conducen a ella. Acaso, como todos los imperios, en algún momento llegará a su final.

El factor Donald Trump es el síntoma que no el origen de la compleja realidad histórica global que vive Occidente desde hace treinta años (1989-2019). Aquél la desnuda. La literatura sigue repitiendo que Hugo Chávez Frías en Venezuela fue un traspiés, es decir, el producto de la negligencia o la miopía política de sus predecesores, quienes debieron frenarlo a tiempo y hasta encarcelarlo de por vida.

Nadie ha querido apreciar que Trump y Chávez, tanto como Berlusconi en Italia, son íconos que dibujan el presente y anuncian el porvenir.

Las masacres del Caracazo y Plaza Tiananmén – en ambos extremos del planeta – fueron las campanadas del derrumbe de la Unión Soviética y el ingreso de la Humanidad a la 3ª revolución industrial; la del dominio digital y la virtualidad, de lo imaginario con su tiempo de vértigo, por sobre las realidades geográficas de las patrias de bandera y sus sólidos culturales.

El tráfico de las ilusiones o la vuelta al anclaje en los nacionalismos históricos fue previsible desde entonces, eran los efectos que no las causas. Preocupaba a los alemanes, en 1989, el resurgir de los fundamentalismos. Yugoslavia luego se disuelve como Estado y se atomiza alrededor de sus culturas primarias, que las llevan a su guerra de genocidios. En Venezuela, en esa hora, no emergen las Fuerzas Armadas – como en los siglos XIX y XX – ante un estamento, el político, que califica de antipatriota, sino que lo hace como logia «bolivariana», anclada en el pretérito una vez como comienzan a disolverse las patrias de bandera después de la caída del Muro de Berlín.

La dispersión social, apagado el denominador común de las ciudadanías, se hace regla y se celebra. Se multiplican las legitimidades reticulares – acaso legítimas – y se les atribuyen derechos particulares, imposibles de ser garantizados por exponenciales desde el Leviatán que sostuviese el orden en todos nuestros países a lo largo de la modernidad.

Allí están como indignados los afrodescendientes, las comunidades originarias, los LGBT, las tribus urbanas, las parejas X, los abortistas, los amigos de la eutanasia, como factores microsociales de integración que se excluyen los unos a los otros. Hasta se bloquean los unos a los otros como internautas y en la plaza pública digital. Sustituyen la anticuada lucha de los “obreros del mundo uníos” del marxismo y hasta la consigna amalgamadora de las revoluciones modernas: «libertad, igualdad, fraternidad». Y ahora aparecen con mayor virulencia otros grupos que se demonizan recíprocamente, Black Lives Matter y el supremacismo blanco. Todos a uno van por sus derechos singulares y arbitrarios. Todos reclaman para sí que se les proteja en la diferencia, en la disolución social y ciudadana que significan.

Entre tanto, los ambientalistas ofrecen a las ovejas dispersas volver a la Madre Tierra o Naturaleza y juntos metabolizarse dentro de ella. Y quienes más poder real adquieren desde 1989, superior al de los Estados y los gobiernos – he allí el factor Trump – nos dicen, en este disparadero deconstructivista, que si aceptamos volvernos dígitos dentro sus plataformas digitales, recobraremos el orden, la cordura; eso sí, bajo sus reglas y cánones. Dentro de ellas todo, fuera de ellas nada. Meses atrás, no lo olvidemos, artistas internautas derrocan al gobernador de Puerto Rico a través de las redes.    

Poco le ha importado al mundo, hasta ayer, que Recep Erdogan incurra en crímenes de lesa humanidad en Turquía o los haya cometido Nicolás Maduro en Venezuela; o que hayan ocurrido suicidios en cadena como tomas del parlamento en Hong Kong por el movimiento que, pidiendo auxilio a Estados Unidos, muestra en sus pancartas: «Si nos quemamos, te quemas con nosotros».

Esos ejemplos, como el de la otra satrapía, la del crimen organizado transnacional del narcotráfico cubano-venezolano, han sido objetos de curiosidad, útiles para la observación por laboratorios académicos. Mantienen ocupada, justificándola, a la burocracia de Naciones Unidas, inútil durante la pandemia. Hablan de la búsqueda de instantes propicios, necesarios hasta que tales represores del siglo XXI decidan sentarse a negociar y emulen la experiencia de Juan Manuel Santos, premio nobel de la paz.

Las quemas de las catedrales católicas, íconos de la cultura occidental judeocristiana – como pasa en Chile durante los meses recientes – son aceptadas como expresión reivindicativa y de revisionismo histórico, hasta que desde Washington se denuncia, y el planeta escucha angustiado, un grito de alarma: “Se ha profanado el templo de la democracia”.

Los dueños del gobierno digital emergente, pasados los hechos, aceptando que ha sido polémica la decisión de Twitter de suspender de manera definitiva la cuenta de su importante usuario, aún ocupante de la Casa Blanca, anuncian la creación de otra plataforma tecnológica. Acopiará ella estándares en su cerebro artificial que logren discernir sobre eventos como los ocurridos durante las elecciones en Estados Unidos y para que en el futuro haya decisiones más acertadas, menos controvertidas.

El Homo Twitter de César Cansino, que toma fuerza durante los últimos 30 años hasta llegada la pandemia de la China digital, le abrirá espacio al Homo Deus de Yuval Harari. A buen seguro nos regirá durante los siguientes 30 años, hasta el 2049. El culto del «dataismo», de la inteligencia artificial, de la robótica se impondrá, en la circunstancia. Dicen sus dueños que será capaz – ante el Homo Sapiens que somos todos, llenos de dudas y preguntas e incapaces de autogobernarnos – de responderle a la Humanidad, incluso, si Dios existe o no.

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La Iglesia del 23 de enero, por Asdrúbal Aguiar

De izq. a der. monseñores Jesús María Pellín, Rafael Arias Blanco y Hortensio Castillo. La torre de San Pedro y gráficas históricas del 23 de enero. Fotos Wikipedia.org, dominio público. Comp. Runrunes.  

@asdrubalaguiar

La política se hace y renace en la plaza pública, su lógica es ciudadana. Bajo los despotismos, medra la resistencia. Es dispersa. Algunos de los suyos ceden en la oscurana presas del miedo, sin luces de libertad, atenazados por el instinto de la sobrevivencia. Es el contexto donde florecen las negaciones, pariente del otro en el que bullen los odios entre los que pierden el poder usufructuado antes en jolgorio de complicidades: Marcos Pérez Jiménez y Pedro Estrada, derrocados, se separan.

Sobre el 23 de enero de 1958 y la predicada unidad de los políticos se vierten cántaros de agua llegado cada aniversario. Ocultan la otra historia, la de su “alma”, que es delta de circunstancias, obra del coraje cural, un deslave de la naturaleza.

Miguel Otero Silva escribe sobre la inmediatez: “Centenares de presos, centenares de torturados, centenares de muertos era, al cabo de nueve años de tiranía, el balance de una oposición heroica pero hondamente dividida”. Ramón Díaz Sánchez recrea el ambiente de conmociones que arranca con el 18 de octubre de 1945, mientras Arturo Uslar Pietri, certero, apunta que “si el 18 de octubre fue el movimiento de un partido y un sector del ejército”, el 24 de noviembre de 1948 un golpe militar seco, el 23 de enero ha sido singular y distinto.

A seis meses del derrocamiento del dictador, sobre el estado del alma venezolana en ebullición, cuando “huye de la oscuridad de la noche”, es cuando la Junta Patriótica, formada por URD y los comunistas, se establece. Luego llaman al COPEI y la clandestina AD; partidos que, una vez superado el puente, se reorganizan y paren sus líderes el Pacto de Puntofijo, para darle salida de largo aliento y estabilidad al huracán incontrolable: “Caracas es una vasta conspiración. Y cada casa de la ciudad una tertulia de conjurados. Se conspira en los barrios residenciales, en los sectores de clase media, y en los bloques obreros”, narra quien será presidente de la Cámara de Representantes neogranadina, el poeta y diplomático José Umaña Bernal.

Frente al despilfarro y el grosero enriquecimiento dentro de la «boutique» caraqueña se disimulan las condiciones infrahumanas en que viven las mayorías. Son los párrocos y el arzobispo Rafael Arias Blanco quienes interpretan esa injusticia y enfrentan la vanidad del dictador.

El Vaticano se activa. Llega a Caracas el cardenal Caggiano y desde el municipio observa que “hay tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que haya miseria y pobreza”. Arias intima a la organización sindical, para que de ella surja una opción “entre el socialismo materialista y estatólatra que considera al individuo como pieza… y el materializado capitalismo liberal, que no ve en el obrero sino un instrumento de producción”. La invita “a completar lo que aun falta a la paz social”. Enciende la mecha.

Pio XII dedica tres veces su palabra al pueblo venezolano sufriente. En 1956, al canciller de la dictadura le dice, sin concesiones, que solo habrá desarrollo armónico cuando entiendan que el progreso son “elementos otorgados no a una persona exclusivamente sino a toda una sociedad que debe sentir sus provechosos efectos”.

Sorprende al régimen, sí, el cese del silencio de los intelectuales, los hombres de negocios y profesionales. Pasado el alzamiento del 1° de enero, cuando trepidaran sobre Caracas los fuselajes aéreos, firman remitidos antes de la huida del sátrapa: “Es necesario, para la recuperación institucional y democrática de Venezuela, que el gobierno garantice el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos”, mascullan cuidadosos.

La crónica de Gabriel García Márquez en ese momento germinal de nuestra democracia –cuando “ya está el helado al sol” según la descripción de Luis Felipe Llovera Páez – muestra el verdadero rostro de la diosa Tique del destino. El clero es el actor principal.

El arzobispo es llamado por el ministro del interior, Laureano Vallenilla –“no iba a misa, pero conocía los sermones”, escribe El Gabo, y lo hace esperar hora y media para darle una lección. El padre Hernández Chapellín, director de La Religión, ante Vallenilla espeta: “Voy a hablarle como sacerdote, que solo teme a Dios… casi todo el pueblo los odia y los detesta”.

El padre Sarratud sabe que lo buscan. Se entrega a manos del segundo de Estrada, Miguel Sanz. A él y al padre Osiglia de La Candelaria y a monseñor Moncada, de Chacao, llevados a la Seguridad Nacional donde se encuentran Hernández Chapellín y el padre Barnola -el semiinterno- se les acusa de haber instigado el levantamiento.

El padre Álvarez de La Pastora se mueve, para que, al llegar los esbirros por haberle impreso volantes a la Junta Patriótica, ello no impida que los huelguistas del 21 de enero suenen las campanas de la Iglesia. El nuncio apostólico protege a Rafael Caldera, quien sucesivamente viaja al exilio, y al joven oficial Roberto Moreán Soto. Y monseñor Jesús María Pellín, hombre de bibliotecas como el actual papa emérito, sermonea sobre el prevaricato imperante.

El 21 de enero, monseñor Hortensio Carrillo – trujillano, de quien fuésemos monaguillos el actual cardenal Baltazar Porras y este simple escribano – protege en la iglesia de Santa Teresa a los médicos manifestantes. El régimen la profana con sus fusiles y ametralladoras. “Una bomba estalló a pocos metros de monseñor… los fragmentos se le incrustaron en las piernas y con la sotana en llamas se arrastró hasta el Altar Mayor”. Las mujeres “mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron la sotana”, reseña quien más tarde será Premio Nobel de Literatura.

“El heroico pueblo de Caracas, con piedras y botellas, descongestionó el sector… el párroco [presa de terribles dolores] experimenta una inmensa sensación de alivio. La misma sensación de alivio que experimenta Venezuela”. La dictadura ha sido derrocada. “El hambre carece de color político, y el dolor y la esclavitud son siempre la tierra de nadie”, precisa Umaña.

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La anormalidad del sentido común, por Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

Concluidos los 30 años de la transición que se inicia en 1989, cuando se cierran los otros 30 inaugurados con los viajes al espacio ultraterrestre y que finalizan con la tercera y cuarta revolución industrial, la digital y la de la inteligencia artificial, el año 2020 ha sido el primero de una contracultura que ya domina. Es globalista, forja una «civilización» omnicomprensiva, totalizante más que universalista. A su término, pasados como sean otros 30 años, si no le sorprende alguna regresión “revolucionaria” el Homo deus ex machina del israelí Yuval Noah Harari verá su amanecer, en el año 2049.  

El Homo Twitter de César Cansino será una antigualla. Última síntesis entre dos piezas de museo, el Homo Sapiens, de sólidos culturales y cultor de catecismos e hijo de la razón ilustrada, y el llamado Homo Videns sartoriano, hijo de la televisión y receptor acrítico de verdades enlatadas, comienza a declinar.  

Lo cierto es que se inaugura la acuñada «nueva normalidad» planetaria tras una pandemia de origen artificial obra del ingenio humano contemporáneo. Es hija de un laboratorio chino situado en la población Wuhan – el Instituto de Virología – del que se desprende ¿por omisión o deliberadamente? la fatal COVID-19. El encierro del género humano y la regla del «distanciamiento social» son sus consecuencias inmediatas. Las sucede una emergencia estructural – proceso de adecuación colectiva a lo «nuevo» – que, si no acaba o es el final de la vida política, la deja en suspenso. La plaza pública, que acaso muta, y el valor normativo de las constituciones de los Estados pierden su sentido.

Los derechos a la vida y la salud se sobreponen como fines y para sus cuidados no se repara en los medios. Son el argumento – ¿inevitable? – que ataja dos siglos de experiencia liberal ordenadora y diluye u oculta al paso las premisas de fondo de tal proceso transformador y existencial que avanza sin obstáculos.

Un largo decurso fundado en la idea de la progresividad – ¿la perfectibilidad de la persona humana? – nos lleva hasta la expansión ilimitada de los derechos consignados bajo la tríada «libertad, igualdad y fraternidad» de 1789.

Desde el Vaticano hoy se pone el énfasis sobre la última variable, «Hermanos todos», quizás en un intento por sostener la atadura de un mundo que se fragmenta o para justificar que las convicciones bíblicas se vuelven líquidas y relativizan.

En el plano de lo nominal, hasta ayer no bastaba con el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales, los civiles y políticos o los económicos y sociales. Se les agregan otros y se les sobreponen, calificándoselos como de tercera e incluso cuarta generación a fin de profundizar las diferencias sociales como se constata. Dan cuenta de las atomizaciones que sobrevienen a raíz de la implosión de las patrias de bandera y el espíritu de lo nacional en el curso de los últimos 30 años.

Antes de la pandemia se añaden, como parte del ecosistema de gobernanza virtual y de religiosidad naturalista o panteísta naciente, los derechos de acceso al ciberespacio, al uso de las redes digitales, a la seguridad de los internautas, y asimismo los derechos de esas otras «cosas» o entes que, distintos del hombre adánico, integran a la Creación: los árboles, los animales, el clima, las piedras, los ríos. El mismo papa Francisco desea -lo afirma el pasado febrero- una Iglesia de rostros amazónicos.

Las constituciones políticas que se adoptan desde inicios del presente siglo, en América Latina, son menús generosos en derechos, expandibles e ilimitados. Copan la mitad de sus textos. Ofrecen opciones para todos los gustos, en proporción a la dispersión o diferenciación social crecientes que estimulan. Unos y otros, de suyo pierden su «fundamentalidad» y la «inherencia» que a lo humano ha sido común en los «derechos del hombre» –varón y mujer- desde las grandes revoluciones de los siglos XVIII y XIX. En la actualidad son meras expectativas, símbolos movilizadores de los ánimos, razones para la indignación colectiva dispersa. Son ríos sin madre, de imposible protección tutelar efectiva. Son los síntomas descriptivos de lo «epocal», obra de una demencial ruptura epistemológica.

Al cabo emerge con fuerza lo paradójico, una contradicción en las esencias.

Esos derechos que se advierten de vitales y casi los únicos o reales durante la pandemia, discriminan y excluyen. A la vida que espera por nacer se le descarta y a la que aún no termina y carece de salud, se le impone como «derecho-deber» su extinción. No median test de balance o criterios de proporcionalidad o razonabilidad entre pretensiones opuestas. Una vida puede negarle la vida a otra cuando le pesa en sus entrañas, y quien la va perdiendo por menguarle la salud y volverse carga, ha de aceptar su muerte. Es lo propio de la «nueva normalidad», del deconstructivismo civilizatorio en boga.

Por lo pronto, apenas cabe lo descriptivo. La posmodernidad refiere las crisis de los grandes sólidos histórico-culturales; la posdemocracia identifica la inmediatez en la relación de los liderazgos con la dispersión social y la prosternación de las mediaciones institucionales; el posliberalismo da cuenta de la pérdida de las condiciones culturales que hicieran posible la promesa de libertad y anuncia el avance hacia un «progresismo neomarxista» y un neoliberalismo salvaje que se juntan en el delta del globalismo; en fin, la posverdad, al cuestionar el peso de las enseñanzas seculares de Occidente por suponérselas faltas de objetividad, opta por la realidad mutante construida a la medida de cada individuo, mediante un metalenguaje de redes en el que se instala como verdad y por segundos lo que parece serla.

Lo raizal es la pérdida contemporánea del sentido común. Me refiero, con Linderberg, al quiebre de los valores compartidos y sostenidos como universales, “que, como sentido común, juegan dentro de un grupo tan importante que desplazan la atención hacia un conjunto de conocimientos esencial para la interacción humana dentro del mismo y a través de sus límites”.

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Payá y el remedio contra el globalismo, por Asdrúbal Aguiar

El activista político cubano Oswaldo Payá (1952 – 2012). Foto Pedro Portal / Archivo El Nuevo Herald.

@asdrubalaguiar 

Pasadas tres décadas desde el final del comunismo franco y sin telones, en medio de una inflexión histórica demencial ganada para la sinuosidad y el relativismo, puedo decir, si llegan a admitirse paralelos, que somos observadores de un tiempo similar al que tuvo como testigos a la primera y segunda grandes guerras del siglo XX.

En la antesala de estos partos cruentos media una carrera competitiva demencial por el predominio político y económico entre distintas naciones. Las potencias, ávidas por hacerse de recursos y nuevos mercados, dan cabida al encono destructivo; mientras otras, más preocupadas por la disminución de sus poderes, le abren las puertas al templo de Jano.

En el primer caso, un “incidente”, el asesinato del archiduque austríaco Francisco Fernando en Sarajevo; y en el segundo, otro, la invasión a Polonia por la Alemania nazi, resucitan el miedo colectivo, el enclaustramiento de las familias o las migraciones forzadas en masa.

La muerte se hace presente sin discriminar – al igual que con el “incidente” de la COVID 19 – y los seres humanos pasan a depender de los imaginarios que se construyen desde sus gobiernos.

Estos imponen la disciplina pública y privada y hasta la regla del «distanciamiento social», extensivo entre amigos y ahora enemigos mutuos –en la hora, los «bioterroristas»– al punto de instaurarse, así ocurre en los espacios del fascismo según Piero Calamandrei, regímenes de la mentira y la maldad absoluta.

Pues bien, transcurridas las dos primeras décadas del siglo XX, a treinta años desde la declaratoria del “final de la historia” y tras la caída del Muro de Berlín, el errado predicado de la desaparición de las ideologías, la simplificación maniquea del agotamiento del socialismo real, el ingreso de la Humanidad a la edad de la Inteligencia Artificial –que muda la realidad geográfica y apaga el valor del tiempo que cuece costumbres y culturas para afirmar la virtualidad e instantaneidad de la experiencia humana– nos han ganado, como ayer, otro Sarajevo.

El conflicto USA-China por el dominio de la tecnología 5.G, favorecedora del gobierno digital y sus plataformas (Twitter, Instagram, Facebook, Snapchat, You Tube, la Qzone de los chinos) y la manida tesis del deterioro de la Naturaleza, que se mostraría incapaz de acoger a todos sus habitantes a menos que se revierta la relación de estos para con ella, se soportan sobre un denominador común, el globalismo integrista.

A saber, la aniquilación de los fundamentos de la civilización judeo-cristiana y el imperio de la “modernidad líquida”, que es la negación de toda forma estable de asociación y de afectos.

Avanzamos, así, hacia la construcción de un Nuevo Orden, de cuyas categorías constitucionales espera la globalización desde 1989 – lo reclama Luigi Ferrajoli desde la escuela florentina – pero que llegan contaminadas por una premisa inédita que es desviación que amenaza la vida en dignidad del género humano; ya no la vida biológica, gravemente comprometida y en cuarentena, sino la vida en dignidad, la del hombre varón y mujer como especie caída perfectible, hija de la razón libertaria, iluminada por la conciencia moral.

Esta vez, en defecto del Homo sapiens, desplazándose al Homo Videns  hijo acrítico de la televisión y sus realidades al detal –y al Homo Twitter en boga– el internauta que une textos telegráficos con imágenes de conveniencia para forjarse su propia y arbitraria verdad narcisista –el Homo Deus et Machina como inteligencia artificial se anuncia altivo, capaz de pensar y decidir por los humanos y de sustituirnos a todos y a conveniencia, asegurándonos protegernos de nosotros mismos. La vivencia de la cuarentena es aleccionadora. Adormece bajo las maravillas del Skype y el Zoom el sentido vital de la «otredad».

Por esto he vuelto a Oswaldo Payá, fallecido hace 8 años a manos de la satrapía cubana y atiendo a su experiencia, que es ajena a lo corriente y es profética. Releo su memorioso libro La noche no será eterna, a pedido de su hija Rosa María. Pocos párrafos me bastan, a la luz de lo anterior.

El pez no puede vivir fuera del agua, dice Oswaldo, pero metido en una pecera, con agua y todo, se le roba su libertad. Y eso es el comunismo, agrega. Al meter a los pueblos en peceras “para adueñarse de sus conciencias” se les irroga “un daño antropológico”, un “daño a escala humana” para someterlos.

“La descrita situación de confinamiento sin perspectivas genera en muchos el síndrome de indefensión incorporada”, pues marca a las personas en todo su quehacer, “en sus análisis y en su conducta, siempre modulados por el miedo y la desesperanza”, explica, casi que recreando nuestros aislamientos y encierros por el coronavirus.

Como cubano, víctima del comunismo hasta el sacrificio total, recuerda Payá que “el ataque, con abierta y manifiesta intención aniquiladora, fue masivamente contra la moral, la cultura y la memoria nacional, que era esencialmente cristiana”.

Hoy vemos desde nuestras pantallas digitales que se queman iglesias y derrumban símbolos de la memoria colectiva, bajo la ira desatada de quienes celebran sus orfandades y celebran como en Zaratustra la muerte de Dios.

Y Oswaldo, cuyo verbo es llama ardiente, hace crónica y siembra esperanzas con el ejemplo: “Si por una parte el intento de descristianización sistemática de parte del régimen cubano fue y es una de las bases necesarias para someter al pueblo totalmente, por esa misma parte el renacer de la fe es, sin duda, [nuestra] principal fuente de liberación”. Ella nos fija con raíces e impide seamos briznas de paja lanzadas al viento.

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El globalismo antioccidental, por Asdrúbal Aguiar

XXV Foro de São Paulo. Foto americanuestra.com

@asdrubalaguiar 

Para la construcción política y el manejo contemporáneo de las relaciones internacionales, la cultura y la religión se muestran otra vez en su relevancia “como factores determinantes”. Ello es posible pues se ha superado el paradigma estado-céntrico. De allí la acusada globalización y también, debo enfatizarlo, su desviación más peligrosa, el globalismo progresista.

Una “mayor riqueza y complejidad” revela la dinámica humana de actualidad, a pesar de la pandemia y el distanciamiento social en curso (Isaac Caro e Isabel Rodríguez, “El enfoque del diálogo civilizacional desde América Latina”, Bogotá, Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad, vol. 11, núm. 1, 2016).

Las ideologías no han muerto como se predicaba. Sin embargo, a las más radicales y probadamente deshumanizadas se las usa como mitos movilizadores e instrumentales, con desembozado criterio utilitario y para el control brutal del poder.

Se las tamiza y reinterpreta arbitrariamente, para sumar adeptos entre los huérfanos de ciudadanía, los disgregados sociales e internautas, para confundir a seguidores reflexivos, o para dividir a quienes se estiman como peligro para las pretensiones expansivas y dictatoriales del globalismo.

De suyo impulsan al ser humano, a la subjetividad autónoma que es el hombre como ente racional y pensante, para hacerlo tributario de las fuerzas integradoras emergentes que los mismos impulsores del “relativismo utilitario” citado ven como propicias para el dominio “político” y de las voluntades en el planeta: la Naturaleza y la Inteligencia Artificial. No por azar se habla de “post-milenarismo” (Eric Gans, 2000). “Nos encontramos en plena crisis” afirman la mayoría de los pensadores (Sergio Pérez Cortés, Itinerarios de la razón en la modernidad, México, Siglo XXI Editores, 2012).

Opto en lo personal por volver, desde la otra acera, a la crucial reflexión de Jacques Maritain, factor de convergencia y promotor del “civilizado” cruce de civilizaciones constante en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, cuyos deberes nadie lee: “La política no se ocupa de entes abstractos”, dice. El bien y el mal de que se ocupa “se hallan encarnados en energías históricas de una intensidad, una duración y una amplitud concreta determinadas”. Por lo que de “frente a las fuerzas que actúan en la escena de la historia, no tiene que apreciarse tan solo la verdad o la falsedad de los valores que representan consideradas en sí mismas y en estado abstracto, en su significación intemporal. Tiene que apreciarse además la energía de realización histórica y el coeficiente de porvenir que aportan; agrega (Ídem, pp. 234-235), sea para confrontarlas, sea para acompañarlas.

Maritain, ante el realismo deshumanizado de quienes cultivan como deidad a la Madre Tierra o, cambiando lo cambiable, juegan a la virtualidad narcisista sobre las autopistas de la información, prefiere conjugar en términos tridimensionales. Asume a la realidad tal y como es, luego la describe y ordena a través de normas efectivas y no de ideales irrealizables.

Mas no se deja atrapar ni por la crudeza de lo cotidiano, la de la especie caída, ni por la técnica matemática de los legistas o el determinismo naturalista; pues al cabo, para él, según mi exégesis y bebiendo en las enseñanzas de Werner Goldschmidt, las dimensiones sociológica y normativa de la realidad tienen como desiderátum uno estrictamente humano, por ende, el verse perfeccionadas conforme a la justicia; léase, con vistas a la mayor libertad del hombre, sujeto y no objeto de la naturaleza y autor tanto como víctima de la ciencia, transformada hoy en andamiajes digitales disgregadores y masificadores de la humanidad.

Un ejemplo resulta pertinente a nuestra consideración inicial. Lo concreta en 2005 el gobierno de España como Alianza de Civilizaciones – contra Occidente – en defecto del Diálogo entre Civilizaciones adoptado por la ONU en 2001. Ya Fidel Castro, el Gran Hermano del Caribe hace de las suyas junto con Lula da Silva, reo de delitos. Desde el Foro de São Paolo construyen sus anclajes de manos del procónsul José Luis Rodríguez Zapatero, para luego volver hasta América y hacer los ensayos y después regresar a la Península, dándole su estocada final al Occidente de la Justicia.

“En Occidente se manifiestan entre diversos sectores crecientes sentimientos de rechazo de los valores árabes e islámicos, percibidos por muchos como intransigentes y como una amenaza para su modo de vida”, reza el galimatías de Zapatero, que es fórmula de impunidad y manipula al mal de la criminalidad agregando lo que sigue: “Más preocupante todavía es la asociación que a veces se realiza por algunos entre dichos valores y las prácticas violentas, o incluso el terrorismo. Paralelamente, en el mundo árabe e islámico se reafirman con vigor los símbolos propios de identidad, a la vez que se difunde una imagen distorsionada de un Occidente agresor (por la frecuente disposición a hacer uso de la superioridad militar), discriminador (en la aplicación de la legalidad internacional), e insensible ante sus justas reivindicaciones políticas (por ejemplo, en el caso de Palestina)”.

El asunto no es baladí. Hugo Chávez, peón del juego global planteado por el Foro como manga de perseguidos por corrupción y presentes en el Grupo de Puebla, plagiando a Antonio Gramsci, confiesa en 2004 que “la vieja idea hay golpearla, golpearla, golpearla, pero golpearla sin clemencia por el hígado, por el mentón, todos los días, en todas partes, las viejas costumbres, si no lo hacemos, si no las demolemos, ellas nos va a demoler tarde o temprano”.

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