Asdrúbal Aguiar, autor en Runrun

Asdrúbal Aguiar

«Quiebre epocal» y conciencia de nación, por Asdrúbal Aguiar
El «quiebre epocal» tiene que ver con la «corrección política» o el relativismo existencial, esa dictadura posmoderna que no discierne entre la criminalidad y las leyes de la decencia humana

 

@asdrubalaguiar

¿Cuáles son, en concreto, los signos del «quiebre epocal» que observamos y cuya falta de comprensión vuelve a la cultura política un ejercicio de medianías sin destino?

Uno es la fractura de la memoria colectiva, tras meros saltos al pasado remoto e inmemorial para su revisionismo y desfiguración, como lo hiciese el Foro de São Paulo. Otros son el ecologismo integrista, a cuyas leyes matemáticas habrían de subordinarse los seres humanos –por cierto, en línea contraria a lo que critica Herbert Marcuse desde la escuela neomarxista de Frankfurt, quien rechaza la mecanización como estilo de vida y la pérdida de la conciencia reflexiva con vistas al «control universal» (L’homme unidimensionnel, Paris, 1968).

Asimismo, la negación del personalismo judeocristiano –la cosificación del individuo– y, en fin, como soporte de fondo, la «corrección política» o el relativismo existencial, esa dictadura posmoderna que no discierne –es el problema más grave de nuestro tiempo– ni entre la criminalidad y las leyes de la decencia humana, menos sobre el carácter integrador de las civilizaciones como hijas de los espacios y del transcurso del tiempo.

El debilitamiento de la identidad occidental, acaso por el impulso que le da la gobernanza digital, corre en paralelo a una Rusia y China que sostienen sus tradiciones apelando incluso a la guerra. Entre nosotros van tres décadas de fragmentación del género humano y fragua de miríadas de nichos “de diferentes” excluyentes.

Las plataformas digitales y sus metaversos, siendo inevitables diluyen el sentido de la localidad, lo vuelven virtualidad. Por ende, comprometen a los grandes relatos culturales y con ello apalancan la emergencia de contextos sociales signados por las inseguridades de todo orden, por la negación del valor de los “proyectos de vida” compartidos.

Al Estado y los Estados se los vacía de la idea de la nación y su conciencia práctica. Que sigan allí y tengan gobiernos no cambia la inutilidad que revelan hoy. Lo ha dicho Luigi Ferrajoli desde la escuela italiana: cada uno –incluido USA– se revela incapaz de lidiar solo con los grandes problemas de la globalización, mientras que en lo doméstico es un paquidermo, sin la agilidad que demandan estos tiempos mejor ganados para la instantaneidad.

Habían transcurrido 12 años desde el desmoronamiento del Muro de Berlín cuando el Club de Roma ya advertía que “el mundo está pasando un período de trastornos y fluctuaciones en su evolución hacia una sociedad global, para la cual la población no está mentalmente preparada”. Agregaba que como “resultado su reacción es a menudo negativa, inspirada por el miedo a lo desconocido y por la dimensión de los problemas que ya no parecen ser a escala humana”; por lo que previene aquél acerca de estos temores, que “si no se abordan, pueden llevar al público a extremismos peligrosos, un nacionalismo estéril y fuertes confrontaciones sociales”.

Pues bien, advirtiéndose de inviable sin más, visto que es un oxímoron todo diálogo o sincretismo de laboratorio que se plantee entre quienes impulsan la disolución cultural y el final de los relatos paternalistas y quienes sostienen el valor de principios universales que guían “la conciencia de los pueblos libres” y son comunes a sus varias civilizaciones, cabe como premisa de la acción política y reconstructiva de la democracia alcanzar de modo previo un mínimo común antropológico. Jacques Maritain, uno de los exponentes más reconocidos de la corriente humanista cristiana a finales de la segunda gran guerra del siglo XX, apuesta por una metodología de aproximación fundada en la razón práctica moderna.

Juzga de posible enunciar los predicados “que constituyen grosso modo una especie de residuo compartido, una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más diferentes” (del autor, Le Paysan de la Garonne, París, Desclée de Brouwer, 1966). Y con los pies sobre la tierra Maritain desnuda las tendencias fascistas y totalitarias, que al cabo vuelven a tomar cuerpo en pleno siglo XXI con otra cobertura, como la del progresismo globalista. Cree y está demostrado – lo afirma – que someten “al hombre a un humanismo inhumano, el humanismo ateo de la dictadura del proletariado, el humanismo idolátrico del César o el humanismo zoológico de la sangre y de la raza” (Del autor, Humanisme intégral, Lille, 1936).

Para la comprensión realista del presente y su manejo recomienda este pensador cristiano francés lo permanente, a saber, la necesidad que tiene cada nación o pueblo de contar con raíces sólidas que le salven de las trampas del oportunismo o el tráfico de las ilusiones en las coyunturas. Nos deja, así, una clara enseñanza que cabe revisitar: –»Lo que decimos y esto era ya lo que enseñaba Aristóteles, es que el saber político constituye una rama especial del saber moral, no la que se refiere al individuo, ni la que se refiere a la sociedad doméstica, sino precisamente la que se refiere de un modo específico al bien de los hombres reunidos en ciudad, al bien del todo social; este bien es un bien esencialmente humano y por lo tanto se mide, ante todo, en relación con los fines del ser humano, e interesa a las costumbres del hombre [varón o mujer] en cuanto ser libre que ha de usar de su libertad para sus verdaderos fines», escribe (Humanisme, cit.).

Debo repetir, entonces, que no hay república sin nación, “que es el gobierno de los pueblos levantado en sus grandes experiencias sobre sí mismos”, como lo recuerda Lamartine. De consiguiente, se trata de restablecer entre nosotros –lo repito a mis compatriotas venezolanos– y en esta hora adolorida a esa patria que, como lo dijese el patricio don Miguel J. Sanz, nos permite ser “libres como debe serlo”. Es aquella en donde se encuentran nuestras raíces genuinas y nos hace memoriosos a distancia del tiempo recorrido y en los espacios siderales hacia los que nos hemos atomizado como diásporas, sin una Torá que nos acompañe.

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¿A quién le duelen los venezolanos?, por Asdrúbal Aguiar
La diáspora venezolana, que casi frisa los 8 millones de almas desgajadas de localidad y de afectos, no aparece en el radar de los diálogos parisinos o mexicanos como asunto de primer orden

 

@asdrubalaguiar

Cuando la política exterior de los países de Occidente se sujetaba o simulaba sujetarse a principios morales ordenadores –partiendo del básico que nos lega la Segunda Gran Guerra del siglo XX, el de la primacía de la dignidad de la persona humana por sobre los atropellos de la soberanía nacional y sus gobiernos– todo atentado a las normas que los desarrollan en el campo de la democracia y del Estado de derecho era motivo de preocupación. Cuando menos era una cuestión que ocupaba el interés de la opinión pública.

Tras el ingreso del mismo Occidente al mundo de la No-cosas –copio la expresión de Byung-Chul Han– y al imperio de los metaversos, léase al de la virtualidad que a medida de nuestras arbitrariedades personales nos permite crear mundos propios ajenos al de los otros, pasamos a creer en una libertad ajena al discernimiento entre el bien y el mal. Se trataría de categorías del pasado o antiguallas que mal estaría dispuesto a aceptar el relativismo en boga, que es “el problema más grande de nuestra época” según lo expresara el hoy papa emérito Joseph Ratzinger, siendo cardenal.

Hasta el fijar una verdad tan básica como la del respeto a la dignidad humana, que fija derechos iguales para todas las personas en todo lugar donde se encuentren, se la tacha ahora de fundamentalismo en nombre de la tolerancia. Al cabo, como lo indica el papa alemán y lo muestra otra vez la experiencia corriente –baste con fijarnos en el comportamiento de quienes deciden renunciar a verse como terráqueos y balbucean sonidos que atribuyen a extraterrestres por las redes y los imponen bajo protesta popular, fundados en el privilegio de la diferencia– de consiguiente “el relativismo se ha convertido en la nueva expresión de la intolerancia”. Ayer, no más, el gobierno griego condenó a la prisión al futbolista que osó calificar de “abominable” que a un niño se le cambie el sexo.

De modo que, insisto en que estamos ante un problema de los occidentales, por avergonzados de nuestra cultura e historia milenaria y sus denominadores culturales, sin que se aprecie lo mismo en las otras civilizaciones como la islámica o la china, o la de India o la del África negra. Y al perderse o deteriorarse las certezas intelectuales sobre la misma naturaleza humana, el descarte de la persona sea quien fuere, se hace habitual y se vuelve virtuoso. Es lo que predica el llamado progresismo, que es antiprogresismo en la misma medida en que diluye a lo humano racional para imponer especies-datos recreadas al detal, sujetas como usuarios a la gobernanza digital o meras piezas a las que se les considera partes inferiores ante las leyes y fuerzas evolutivas matemáticas de la Naturaleza, la Pacha Mama.

No escandaliza a los organismos mundiales encargados de proteger al ser humano en sus todos sus derechos, y para todos, al punto que hasta las comisiones de la ONU que conocen de crímenes de lesa humanidad ejecutados por Estados y gobernantes, los relativizan. Los vuelven cuestiones políticas y políticamente transables o resolubles mediante componendas diplomáticas, de suyo relativas.

¿O es que nada indica, al respecto, que el presidente francés Emmanuel Macron llame presidente y reconozca como tal a un ecocida como Nicolás Maduro en el marco de una asamblea mundial de protección del medio ambiente, o que el presidente colombiano Gustavo Petro, en yunta con este y el argentino Alberto Fernández exijan a los venezolanos entenderse con aquél y que al paso olviden toda sanción o anuncio de persecución criminal universal dictada contra este?

Que se saluden el aborto no terapéutico o la eutanasia como logros de una extraña civilización sin reglas de juego y en cierne, mientras se encarcela y lapida al que ha destruido un árbol o maltratado a un animal, revela el grado de apostasía de lo humano y del sentido de humanidad que marca la deriva del siglo en curso.

Todo ello explica, sin más agregados, que la diáspora o los refugiados venezolanos que casi frisa los ocho millones de almas esparcidas por el mundo, desgajadas de localidad y de afectos, migrantes hacia países en los que sobreviven aceptando verse discriminadas y hasta tratadas como «cosas» disponibles, no aparezcan en el radar de los diálogos parisinos o mexicanos como asunto de primer orden.

Se los estigmatiza, se les regatean sus identidades y se les dan reconocimientos provisorios –TPS que ponen en duda o bajo condición el derecho a existir con seguridad que merece todo ser humano.

Hasta les suman como propia la condición criminal del régimen que ha triturado sus dignidades y del que han escapado. Se les mira y se nos mira a los venezolanos como marchantes sospechosos, en cualquier rincón al que nos aproximamos.

Nadie tiene porqué recordar –impera el relativismo ético– que alguna vez fue Venezuela tierra de acogida y de libertad para americanos y europeos de cualquier condición, a quienes se privilegiaba como constructores bienvenidos de un patrimonio considerado común y por hacer.

A los venezolanos de la diáspora se les usa, eso sí, cuando sirven o son útiles como tema de debate electoral en los sitios en donde esperan, cuando menos, el trato respetuoso que como refugiados merecen y les otorgan las leyes de humanidad, no los tratados universales que se ocupan de la cuestión.

Lo insólito es que esa diáspora sin Torá se coaliga para no perder su identidad compartida, lo que es legítimo y muy necesario. Mas se la mueve, apenas, para el ejercicio del voto, que acepta, cuando menos, para saber que aún existe para los “de adentro”. Y los aspirantes a los espacios políticos que se negocian, sacan cuentas y debaten sobre esas «cosas» vueltas número, los venezolanos “de afuera”, para saber si sirven o no como tal agregado de almas que han sido condenadas por el régimen ecocida y genocida cuyo rostro hoy lavan los gobernantes extranjeros.

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Macron, discípulo de Putin y Xi Jinping, por Asdrúbal Aguiar
El tácito reconocimiento de Macron a Maduro durante el encuentro “casual” en la #COP27, significa el desconocimiento del gobierno interino y un grave retroceso de la comunidad internacional

 

@asdrubalaguiar

Reza Machiavelli en su obra Il principe (1550) –capítulo XVIII– que este debe sostener su palabra salvo cuando le cause daño, siempre que las circunstancias por las cuales se ha obligado a la vez subsistan. Pero dado que los hombres de ordinario no cumplen con su palabra, el príncipe no debe ante estos sostener la suya, precisa Nicolo.

Dado el evento de Egipto durante la Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático (COP-27) en el que Emmanuel Macron se cruza de saludos con el ecocida dictador venezolano Nicolás Maduro, ¿cuál de las dos hipótesis de la enseñanza maquiavélica o acaso las dos privó o privaron en el gobernante galo, al punto de omitir y olvidar los acres insultos que aquél le dirigiese con anterioridad? Pero cabe dar respuesta, además, a otro interrogante no menos crucial, a saber: ¿qué pasó desde 2018, cuando el presidente francés recibe en el Palacio del Eliseo a los opositores venezolanos Antonio Ledezma, Julio Andrés Borges y Carlos Vecchio?

Un año después, como se sabe, a partir de enero 2019 asume como encargado de la Presidencia de la República el diputado Juan Guaidó, dirigente del partido de Vecchio. Y el mismo Macron, primero le reconoce en nota informal que hace circular desde la sede de su gobierno, esgrimiendo la legitimidad democrática del presidente de la Asamblea Nacional electa en 2015.

Hasta le expresa su apoyo decidido al Grupo de Contacto creado por la Unión Europea, para que ayudase a este en la implementación de un proceso electoral justo y verificable para que Venezuela se pudiese dar un nuevo gobernante, ante la falta de otro legítimo. Incluso le formula un ultimátum a Maduro, llegado el 26 de enero, señalándole que si en ocho (8) días no anunciaba elecciones quedaría formalmente reconocido Guaidó por los franceses.

La cuestión va a más, pues llegado el año 2020, el canciller de Maduro dirige ataques contra el gobierno francés arguyendo que su embajada en Caracas daba refugio al líder opositor Guaidó y al efecto le corta los servicios de agua y electricidad a la sede diplomática. Y lo cierto es que el 24 de enero del último año, este y Macron se reúnen en Francia y el mandatario interino hasta firma, en su calidad, el Libro de Oro del Senado en el Palacio de Luxemburgo. “Président de transition pour mettre en ouvre un processus electoral au Venezuela”, es la fórmula sacramental que le presentan a Guaidó y que este endosa: ¿Una condición que obligaba a Francia si su destinatario la cumplía, o si faltando a su palabra liberaba a Macron de sostener la suya?

El asunto, por lo visto, no puede despacharse cómodamente ni intentando ver las cosas como uno quisiera verlas. “Todos ven lo que parece ser”, escribe el florentino. Macron, posiblemente, ve lo que quiere ver –la posibilidad de elecciones en Venezuela, así sean de utilería– o actúa según lo que cree mejor le interesa a su gobierno.

Omite, empero, la otra lección que le daría un anti-Maquiavelo como Giovanni Botero (Della ragion di Stato, Venetia, 1589), cuya obra influye en los padres fundadores venezolanos, los de la Emancipación y la Independencia. Decía, justamente, que los Estados se arruinan y desaparecen por excesos, por la corrupción, por la pérdida de reputación del príncipe y por su crueldad con los súbditos; sin dejar de señalar como causas extrínsecas al hierro y al fuego, léase a la violencia como la que anega hoy a la Amazonia venezolana bajo el régimen del “nuevo mejor amigo” de Macron.

Sus huestes hacen de las suyas en la zona sur del Orinoco, pero prefiere este acusar al presidente Jair Bolsonaro de mentir sobre sus compromisos con el clima, mientras celebra la victoria de Lula Da Silva, para que cooperen en “los desafíos contemporáneos de nuestro planeta”. ¿Le pediría lo mismo a Maduro, el ecocida, cabría preguntarle al presidente francés?

El tácito reconocimiento que le ha dado al primero durante el encuentro “casual” tenido en Sharm-el-Sheij, de suyo significa el desconocimiento del gobierno interino de Guaidó y un grave retroceso de la comunidad internacional –Usa y Europa del oeste– sobre la cuestión del reconocimiento o no de los gobiernos.

La vieja doctrina –véase el arbitraje Tinoco (1919)– exigía como fundamento el principio de la efectividad en cuanto al ejercicio del poder de facto por quien aspira a ser reconocido; pero no es el que han hecho propio los gobiernos occidentales por atados a cláusulas democráticas, como las contenidas, en el caso de las Américas, en la Carta Democrática Interamericana de 2001.

Además, deja Francia de lado lo elemental, que hasta parece ser descartable por los “sustitutos” de la oposición venezolana que viajaría a París a propósito del encuentro planteado entre Macron y los presidentes mexicano y colombiano, Andrés Manuel López Obrador y Gustavo Petro, a saber, que Guaidó ocupa su interinato por mandato imperativo de la Constitución de 1999. Que lo hayan secuestrado el G-4 y el régimen parlamentario al que lo sujetaran, es irrelevante.

En Francia y en Occidente, por lo visto, ya domina la tesis perfilada por Rusia y China para la Era Nueva y esbozada como preludio de la guerra que aquella aún despliega sobre Ucrania. Macron y junto a él, entre nosotros, Maduro, la pareja Ortega-Murillo, Díaz Canel, López Obrador, Petro, Fernández, y hasta el gobernante digital salvadoreño Nayib Bukele, la han hecho propia: “Una nación puede elegir las formas y métodos de implementación de la democracia que mejor se adapten a su estado particular, basados en su sistema social y político, sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales únicas. Sólo corresponde al pueblo del país decidir si su Estado es democrático”, puede leerse en el texto firmado en Pekín el pasado 4 de febrero.

La OEA y el Consejo de Europa, en suma, tras los efectos de la guerra quedan como piezas de museo.

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Asdrúbal Aguiar Nov 05, 2022 | Actualizado hace 4 semanas
Los arrepentidos, por Asdrúbal Aguiar
Los arrepentidos de la caída de CAP sabían que Caldera, desde Miraflores, apostaba a la victoria de Henrique Salas Römer…

 

@asdrubalaguiar

Tácito, cónsul e historiador romano nacido entre los años 52 a 55 después de J. C. –partidario del pasado, por nostálgico de la “antigua libertad”– recordaba que, a raíz de la batalla de Accio, cuando se enfrentan la flota de Cesar Octavio comandada por Agripa contra Marco Antonio y su aliada Cleopatra hacia el año 31 de la era precedente, “la verdad fue quebrantada una vez como el poder lo asume “uno solo”.

La gente comenzó a ver al Estado como ajeno y aduló por gusto u odio a quien manda, pero al cabo enemigos o sometidos dejaron de preocuparse “por la posteridad”. La detracción o la envidia hicieron cuerpo y “la malignidad –escribe Cornelius Tacitus– llevó consigo una falsa apariencia de libertad”. Se hizo fácil despreciar la parcialidad de los escritores, señala.

Concuerdo, así, con el colofón del reciente artículo homenaje que, en el marco de las celebraciones del centenario de Carlos Andrés Pérez, escribe su cercana colaboradora, la embajadora y amiga Rosario Orellana: “Motivos para arrepentirse sobran, pero ¿acaso aporta algo a las soluciones (en Venezuela…)?”.

Se refiere a los enconos que dieran al traste con el segundo mandato de CAP y que, por lo visto, tampoco superan y acrecen sus causahabientes a modo de revancha, en especial los adoptados en su hora postrera. Al cabo destruyen la mejor enseñanza que este les dejase: “Yo no tengo enemigos” le repite a Armando Durán, que lo conoce desde niño y en los tiempos de su exilio en Cuba durante el gobierno de Prío Socarrás. Allí también llega mi padre, de quien heredo a temprana edad nuestra amistad con Pérez y que cultivo hasta su muerte.  

Combativo sí era y constante. Fue implacable opositor a Rafael Caldera durante el primer mandato de este, al punto de que le frena sus programas de “promoción popular” diseñados por los Calvani. Tanto como Caldera se le opone, luego de haberlo apoyado para que introdujese reformas económicas a raíz de El Caracazo, que concertaron en el Centro Carter a donde viajaron juntos. Pero eso es peccata minuta.

Uno y otro se conocían, se hablaban, y respetaban –eran hombres de Estado– los límites del ardor democrático, esos a los que se refiere Rómulo Betancourt en su primer mandato civil e inaugurándose el Pacto de Puntofijo: “El «yo acabaré con los godos hasta como núcleo social», de la conocida frase del autócrata, que se exhibía con externo atuendo liberal, es expresión que tipifica esa saña cainita que ha dado fisonomía a las pugnas interpartidarias en Venezuela. La coalición ha significado y significa –afirma– la eliminación de ese canibalismo tradicional en nuestro país en las luchas entre los partidos, realizadas en los limitados intertulios democráticos, paréntesis fugaces entre largas etapas en las que se impuso sobre la nación el imperio autoritario de dictadores y de déspotas”.

La lección del 18 de octubre de 1945 y de la década militar les impuso a todos superar y amagar el torbellino de pasiones del que da cuenta nuestra historia desde la caída de la Primera República. Se rebaja a Bolívar para ensalzar a Miranda, se condena a Páez para reivindicar a Bolívar, mientras los Monagas usan de tales mezquindades para entronizar su dictadura nepotista. Tanto como se vituperaba la decencia del sabio Vargas por los bolivarianos de entonces –a pesar de que se opone este a los perdones que les otorga Páez– y quienes, como el coronel Carujo, intentaron asesinar al propio Libertador. Los Guzmán, padre e hijo, después acabarán con unos y con otros: “Entran a saco en los pueblos y barren el ripio de la exigua propiedad que quedaba”.

El culto de la heroicidad siempre lleva al destrone y a la profanación de los otros héroes, y por ese camino las mentiras o medias verdades perturban el sano juicio del hombre libre.

La historia de los años finales del siglo XX y primeros del presente, por lo visto, habrá de esperar hasta que otro historiador de fuste, como Germán Carrera Damas, logre dejar atrás lo panfletario o lo que es obra de opiniones de medianía, escritas en la trinchera, incluso para ocultar culpas propias.

En suma, para que trascienda a su historia todo hombre que hace historia, como CAP y como Caldera, y como lo dice Carrera a propósito de Rómulo, se le ha de redescubrir en su personalidad histórica, y nada más. Es un oficio exigente, serio, ajeno a los cotilleos.

Pérez y Caldera fueron adversarios, nunca enemigos. Uno y otro, en sus momentos agonales, entendieron al país que se les disolvía y trataron de reconducirlo por encima de sus partidos y circunstancias, a sus modos. Uno y otro tuvieron con estos serios desencuentros. Mas uno y otro, predicaron la paz, respetaron la democracia. Aquel respetó a la Justicia, siéndole injusta y parcial, politizada. Este, reformista, se negó a la aventura de las constituyentes.

CAP, aquí sí, se le anticipa al Caldera II como pacificador, cuando el 2 de abril de 1992, a solo dos meses del golpe del 4F que le tuvo por víctima, mediante decreto 2174 consagra el perdón –los sobreseimientos– de los alzados. Y los candidatos que bregan para llegar a Miraflores después de él –Fermín, Álvarez Paz y Velásquez– prometen al país leyes de amnistía para todos los bolivarianos.

Caldera, en línea con lo establecido por CAP y ofrecido por los candidatos, no por él, libera a los que restan, incluido Chávez; pero a los suyos los expulsa de las Fuerzas Armadas. Tenían dos años encarcelados, sin juicio, para 1994. El rector Vargas los hubiese criticado a todos.

Pérez y Caldera jamás imaginaron que los medios que propiciaran el derrocamiento judicial de este, coaligados con su partido, AD, después se unirían a los actores de la crisis bancaria y a la embajada americana para apoyar a Chávez, vengándose de Caldera. Son los arrepentidos. Sabían que desde Miraflores se apostaba a la victoria de Henrique Salas Römer.

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El Manifiesto del Grupo IDEA por la libertad, por Asdrúbal Aguiar
El Manifiesto del Grupo Idea sobre Democracia y Libertad en la Era Digital y de la Sostenibilidad es un instrumento paradigmático global que requiere nuestra región y el mundo

 

@asdrubalaguiar

Han pasado 30 años y algo más desde la reapertura de la Puerta de Brandemburgo, que comunica a los alemanes del Este con los del Oeste, dije en mi presentación ante los exjefes de Estado y de Gobiernos miembros del Grupo IDEA durante nuestro VII Diálogo Presidencial.

Agotado el comunismo soviético, en medio de dos grandes revoluciones –la digital y la de la inteligencia artificial– que fracturan el sentido de la historia, por huérfanas de lugar y desasidas del tiempo, tras la predica del desencanto con la democracia solo han emergido autoritarismos electivos, “democracias al detal” sin columna que las amalgame. Así lo considero.

Un complejo adánico nutre a Occidente y alimenta a las corrientes deconstructivas de su ethos cultural y político entre 1989 y 2019. Se cierra un ciclo que destrona principios universales éticos, mientras se despide con la universalización de la pandemia china. Le sigue el aldabonazo de otra guerra, sobre Ucrania, por parte de Rusia, acaso apuntando hacia el año 2049, otros treinta años más.

¿Se cerrarán de nuevo –me pregunto– las puertas que nos comunican con el Oriente, esta vez a través de la Ruz de Kiev? O, antes bien, ¿dichas potencias apenas mineralizan, con sus acciones geopolíticas, el propósito en el que han avanzado desde hace 30 años inundándonos con sus dineros a Europa y las Américas, y tras ellos sus condicionamientos políticos?

Entre tanto los occidentales permanecemos distraídos, retraídos y a la defensiva. Destrozamos la estatuaria colombina, quemamos nuestras iglesias, nos avergonzamos de nuestro mestizaje y, al cabo, evaluamos la cuestión ucraniana como si se tratase de un juego de azar digital que no reclama de esfuerzo –salvo el ajeno– ni compromete nuestro destino.

No olvidemos, pues, que tras las invasiones nórdicas durante el siglo V de la Era cristiana, cuyos cimientos crujen en la actualidad, Flavio Odoacro hizo entrega del manto imperial romano a Zenón, emperador bizantino. 

Vladimir Putin y Xi Jinping se dicen orgullosos de las civilizaciones milenarias que representan. Lo han declarado a pocos días de iniciarse la guerra y arguyen que habrá paz solo si aceptamos, desde Occidente –leo el texto concordado– que, “corresponde al pueblo del país (de cada país) decidir si su Estado es democrático” o no.

El caso es que los gobernantes de las Américas, en lo particular quienes intentan ejercer a perpetuidad sus oficios desde hace tres décadas, sin concluir aún la guerra han endosado la tesis de dichos dictadores.

No por azar y dado dicho contexto, al presentar el VII Diálogo, hube de señalar con énfasis ante los expresidentes que “el único antídoto eficaz frente a las tendencias deshumanizadoras de la posverdad, la posdemocracia, la posmodernidad reside en la salvaguarda del principio ordenador de la dignidad de la persona humana. Es la base de la civilización nuestra, que se encuentra comprometida” severamente, en la actualidad.

De modo que, al anunciar que se hacía público, desde este pasado 25 de octubre el manifiesto del mismo Grupo IDEA sobre “La democracia y la libertad en la Era digital y de la sostenibilidad”, endosado por 25 exgobernantes hispanoamericanos, no pude menos que llamar la atención sobre uno de sus párrafos cruciales y decidores:

“10. En medio de las grandes revoluciones del conocimiento que parecen oponer la ciencia o la razón técnica a la razón humana, una libertad mal entendida puede acabar con la misma libertad, al desestimar el valor de la dignidad de la persona. En el ambiente global se aprecia y tiene reflejos claros dentro de nuestras naciones, un fuerte movimiento que considera prescindibles los valores éticos de la democracia y los imperativos del Estado constitucional de Derecho. Al cabo, la comunidad y el orden internacional son la cara de los mismos Estados que la forman y les tiene como sujetos. Por consiguiente, la lucha por la defensa universal de los derechos humanos en el marco inexcusable de las instituciones democráticas y bajo el imperio de un Estado constitucional de Derecho, se hace agonal para el mundo occidental y es la base de la unidad en la diversidad de las culturas”.

El juicio de valor que, en lo inmediato y acerca de dicho manifiesto nos trasladara el eminente jurista y académico venezolano Román Duque Corredor, calza para la adecuada comprensión del desafío que nos espera en esta hora de desencuentros con el Oriente, dominado por la dictadura de Putin y la de China comunista.

“Más que una declaración política, a mi criterio –arguye Duque–, es un manifiesto ético político, puesto que plantea al mundo un paradigma axiológico global de defensa de la libertad, la democracia y de los derechos humanos, y que obliga a pensar en una institucionalidad internacional planetaria efectiva que coincide con los planteamientos del papa Francisco en su Encíclica Laudato Si, con Luigi Ferragioli con su Constitución para la Tierra y con la Carta de la Tierra que se propuso en la Cumbre Mundial de la Tierra de Río Janeiro de 1992. De manera que el Manifiesto sobre Democracia y Libertad en la Era Digital y de la Sostenibilidad de IDEA es un instrumento paradigmático constitucional global que requiere nuestra región y el mundo”.

De allí que los expresidentes que lo endosan sean contestes en cuanto a que: “Para Occidente, en suma, la pandemia y la guerra han de ser y verse como una oportunidad para las enmiendas retrasadas desde 1989 a raíz del derrumbe de la Cortina de Hierro. También y, sobre todo, acicateados por las enseñanzas del pueblo ucraniano víctima de la resurrección de otro mal absoluto, para que reivindiquemos los valores éticos fundamentos de nuestra cultura y el ejercicio responsable de la libertad, relajados a lo largo de las tres décadas que cierran con el COVID-19 y que encuentran sus más trágicos paradigmas en Cuba, El Salvador, Nicaragua y Venezuela.”

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Abajo firmantes, por Asdrúbal Aguiar
Se preguntarán, ustedes, ¿qué han logrado tras esta práctica de los abajo firmantes?, en un contexto de indiferencia democrática y deconstructivo

 

@asdrubalaguiar

Dos paneles conforman el programa del VII Diálogo Presidencial del Grupo IDEA que nos convoca para el 25 de octubre, con el apoyo del Miami Dade College y su cátedra Mezerhane sobre Democracia, Estado de Derecho y Derechos Humanos.

Uno abordará la cuestión de las democracias al detal, esas que se construyen al arbitrio por las dictaduras del siglo XXI, explotando la deconstrucción social y cultural en boga. Las experiencias de la guerra contra Ucrania y la desangelada Cumbre de las Américas son más que ilustrativas al respecto. El segundo panel es su consecuencia, el desafío de Occidente para poder salir de su entuerto, a saber, crecer en libertad, sobre todo saberlo hacer.

El Diálogo presentará al término un manifiesto que suscriben 25 exjefes de Estado sobre la democracia y la libertad en la era digital y de la sostenibilidad. El Grupo IDEA, con este, sitúa su mirada en el porvenir.

Será entregada una síntesis descriptiva del trabajo acometido por Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA) desde el 9 de abril de 2015. Entonces se reunieron en Panamá varios de los expresidentes pioneros –Aznar, Calderón, Hurtado, Pastrana, Quiroga– para elevar la voz de sus colegas que, en número de treinta y tres, alertaban a la Cumbre las Américas sobre la deriva totalitaria y de crisis humanitaria, de pérdida del sentido de la humanidad que avanzaba en Venezuela. No se equivocaron.

Una diáspora superior a la ucraniana y la siria, siete millones de desheredados sin más Torá que el dolor y la explotación utilitaria por coyotes y por traficantes electorales, muestran a una nación vuelta rompecabezas, solo objeto de curiosidad global y de diletantismo diplomático. Tanto que, mientras esto ocurre, sin que Occidente ni el Oriente se escandalicen, la ONU da cuenta de la cadena de mando que ejecuta típicos crímenes de lesa humanidad, de manera sistemática y generalizada entre los venezolanos.

Y cabe decirle y decírselo a quienes observan taimados ese discurrir del mal absoluto, por ende, que no hay república o cosa pública posible sin una nación que la soporte. La nación, que es lo primero, es la sublimación de una patria “que sabe ser libre como debe serlo”.

Un centenar de declaraciones de los expresidentes ha puesto bajo su mira a distintos Estados y gobiernos iberoamericanos: –denunciando las rupturas de la democracia o su ausencia, alertando cuando acusan riesgos, defendiéndola cuando avanza en medio de dificultades y a contrapelo de un ecosistema cultural que se disuelve entre nosotros.

Se preguntarán, ustedes, ¿qué han logrado tras esta práctica de los abajo firmantes?, en un contexto de indiferencia democrática y deconstructivo.

He enseñado durante medio siglo sobre responsabilidad internacional de los Estados por violaciones de derechos humanos y como juez interamericano he podido constatar lo invariable entre las víctimas. Piden justicia, que no siempre les llega. La piden sin retardo, más les llega tras años e incluso después de muertas. Por encima de todo, estas y sus familiares o sobrevivientes luchan, sí, para no ser silenciadas o verse invisibilizadas.

Reclaman memoria y verdad, como lo esencial y por encima de todo. Sin matizaciones, sin concesiones, demandan saber qué y cómo les pasó lo que les pasó. Los expresidentes, entre los tantos que forman al Grupo IDEA, les prestan sus voces para salvarlas del olvido, en medio de una contracultura adánica, que no quiere memoria y a diario se fuga sobre la instantaneidad.

Estos y los actuales exmandatarios de IDEA, al culminar sus mandatos y recoger de sus escribanías sus papeles personales metiéndolos en sus portafolios, yéndose a sus casas al término, nos han dejado ejemplaridad. Sus experiencias valen y muy mucho, por esto, más allá de las inevitables falencias que acusen sus obras humanas y políticas, siempre perfectibles.

Esa consistencia moral e intelectual, en un grupo tan diverso y plural como el de los expresidentes del Grupo IDEA, es un anclaje seguro ante el quiebre epocal y la vocación de perpetuidad que enferma a la clase gobernante actual.

Los expresidentes son contestes en cuanto a salvar la esencia de la cultura a la que pertenecemos, la que le da primacía a la dignidad de la persona humana. Es el antídoto ante las tendencias deshumanizadoras de la posverdad, la posdemocracia, la posmodernidad, que se solazan, como en Hispanoamérica, con la destrucción de íconos y la quema de sus iglesias. Entre tanto, Rusia y China tremolan orgullosas sus culturas y esgrimen estar mejor preparadas para conducir la globalización.

Le han demandado a Occidente cesar en sus empeños universalistas, arguyendo que afectan la paz internacional por predicar el pluralismo dentro del común odre de la democracia y la libertad. El caso es que no pocos de nuestros gobiernos se han montado sobre esa onda de democracias al detal –comenzado por Estados Unidos.

Todos a uno obvian la advertencia de Byun Chul Han, contenida en su texto No-cosas, quiebras del mundo de hoy (Estudios Filosóficos LXXI (2022) 191 ~ 217): “Hoy en día, el mundo se vacía de cosas y se llena de información inquietante como voces sin cuerpo. La digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo. En lugar de guardar recuerdos, almacenamos inmensas cantidades de datos. Los medios digitales sustituyen así a la memoria, cuyo trabajo hacen sin violencia ni demasiado esfuerzo. La información falsea los acontecimientos. Se nutre del estímulo de la sorpresa. Pero este no dura mucho. Rápidamente sentimos la necesidad de nuevos estímulos, y nos acostumbramos a percibir la realidad como una fuente inagotable de estos. Como cazadores de información, nos volvemos ciegos ante las cosas silenciosas y discretas, incluso las habituales, las menudas y las comunes, que no nos estimulan, pero nos anclan en el ser.”

Tras siete años de peregrinar del Grupo IDEA, cabe el homenaje póstumo a quienes se han adelantado en sus regresos a la Casa del Padre: Belisario Betancur, Armando Calderón Sol, Fernando de la Rúa, Sixto Durán Ballén, Luis Alberto Monge, Enrique Bolaños.

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La “libertad” en Occidente, tras la guerra, por Asdrúbal Aguiar
Me preocupa que, al término del aldabonazo de la guerra, incluso perdiéndola Vladimir Putin, sea el anuncio de la declinación de Occidente

 

@asdrubalaguiar

Me repito, una vez más, sobre la cuestión de la guerra en Ucrania. Deseo fervientemente la derrota rusa en este dislate de guerra de segunda generación –tanques, cañones, cohetes, más propios de un filme americano de mediados del siglo XX– con fines territoriales, esencialmente de voracidad geopolítica. No obstante, me preocupa que, al término de tal aldabonazo, incluso perdiéndolo Vladimir Putin, sea el anuncio de la declinación de Occidente.

Lo han dicho Xi Ping y el mismo Putin en los días previos a la invasión, recordándole al mundo que sus naciones representan a civilizaciones estables, con tradiciones milenarias de las que se enorgullecen. Mientras, en el oeste, acabamos con la estatuaria colombina, quemamos nuestras iglesias, condenamos a nuestros colonizadores, les pedimos indemnizaciones que ellos no les reclaman a romanos ni a musulmanes. En fin, nos declaramos huérfanos tremolando, eso sí, un severo complejo adánico e infantil, convencidos de que el futuro de la Humanidad llegará atado al debate sobre la sexualidad; que no más sobre códigos culturales o declaraciones sobre la democracia y los derechos humanos.

Es cierto que la OEA, la ONU, la misma Casa Blanca, han montado sus vagones sobre los rieles de esa reflexión, y por lo mismo, al dejar de ser lo que han sido, se han vuelto remedos de la museística. En sus teatros de utilería solo representan a la caída de la Roma imperial, durante el siglo V de esa era que diera lugar a la otra que hoy borramos de la memoria: “No estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe —especialmente en Europa, … en gran parte de Occidente— ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común”, señaló Francisco en 2019, desde su sede romana.

La mitad oriental de este Imperio, que lo fue, el romano, a raíz de las invasiones nórdicas dirigidas hacia el Oeste fue la única que sobrevivió. Odoacro –a quien el imberbe Romulus Augústalus mal le significaba alguna amenaza, tanto que le destrona sin resistencia– hizo entrega de la diadema y el manto de púrpura imperial a Zenón, cabeza del Imperio bizantino.

Pues bien, la Roma de América ha abandonado Afganistán el 11 de septiembre de 2021, tras dos décadas desde la primera guerra del siglo XXI corriente: el derrumbe por musulmanes de las Torres Gemelas de Nueva York.

Ese mismo día –como sino testamentario– los gobiernos americanos adoptaban la Carta Democrática Interamericana y, seguidamente, sin que pasasen los años, se han encerrado todos a uno en sus metaversos, aquejados, por lo visto, de un explicable síndrome identitario.

La toma de Kabul por el Talibán y la retirada norteamericana del país asiático es la respuesta de un mundo en curso de deconstrucción civilizatoria, a partir de 1989. Las tercera y cuarta revoluciones industriales –la digital y la de la inteligencia artificial– han obligado, incluso, a la revisión de los sólidos vaticanos: “Este es un momento en el que parece evidente que el barro del que estamos modelados está desportillado, agrietado, roto”, agrega el mismo Francisco el 21 de diciembre de 2020 ante la Curia romana. No le faltaba razón. El año anterior y en la misma fecha advertía que nos toca “vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo”.

La pregunta, que no huelga y se hace así vital en esta hora de violencia, es si las señaladas revoluciones, que se dicen globales, ¿acusan tal énfasis deconstructivo también en Oriente? ¿La tarea de cosificación de lo humano –dato digital o pieza de la Naturaleza, como las estima el neomarxismo progresista en boga– avanza por igual en ambos extremos del planeta?

USA se ha retirado del Asia arguyendo políticas de retrenchment y de restraint, de retraimiento y de restricción. El caso es que eso mismo, textualmente, le están demandando a Occidente y a Estados Unidos los gobiernos chino y ruso coaligados: “Una nación puede elegir las formas y métodos de implementar la democracia que mejor se adapten a su estado particular, … sus antecedentes históricos, tradiciones y características culturales únicas. Corresponde únicamente al pueblo del país decidir si su Estado es democrático”, reza la Declaración de Pekín sobre la Relaciones Internacionales en la Era Nueva, adoptada en la víspera de la guerra a los ucranianos.

Tras la guerra de Rusia, así se lo disimule, está China. Aquella es su mascarón de proa, su ensayo para alcanzar la unidad propia y el caso es que ya inunda con sus finanzas a todo el mundo occidental, silenciándolo. Se prepara para conducir la globalización planetaria desde Shanghái y el orbe Pacífico.

La cuestión es que el discernimiento de Occidente al respecto es vago y mediocre, trivial y deshumanizado. Cree ganar en libertades y las pierde, como lo apunta con lucidez admirable Rafael Tomás Caldera, académico de la lengua (“Defensa del límite”, La Gran Aldea). Las gentes de nuestro mundo creen ser libres, exactamente, disolviendo los «límites» de la naturaleza humana, dando a Dios por muerto. Omiten, autodestruyéndose, que sólo la conciencia sobre las fronteras inamovibles de la humano racional es la que nos permite ejercer una libertad responsable, escoger caminos para superar las «limitaciones», que son otra cosa. Las limitaciones resultan de la obra de lo humano y de su quehacer cultural, en el lugar y a través de los tiempos.

En la última Asamblea de la OEA, no por azar se denunciaba desde Lima haber ocupado su tiempo dialogando sobre el sexo variable de nuestra especie. La igualdad y la pobreza quedaron de lado. Mientras, una misión de la ONU concluía que, desde Caracas, aun opera una cadena de mando que ejecuta crímenes de lesa humanidad como política de Estado; sin el ruido, eso sí, de los tanques y cañones rusos.

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Odios bolivarianos, por Asdrúbal Aguiar
Volver al tiempo de los enconos para comprender al presente y sus polaridades es indispensable, hoy más que nunca. No habrá república sin nación y sin cauterizar sus heridas

 

@asdrubalaguiar

Volver al tiempo de los enconos para comprender al presente y sus polaridades es indispensable, hoy más que nunca. Solo así será posible mirar al porvenir y, previamente, sujetar a la parte virtuosa del Ser venezolano que somos –a la nación, o a la patria como su expresión sublimada- más allá de la pulverización política de la república acontecida.

Lo que se dice bajo polaridades pierde objetividad, pero asimismo muestra la nutriente de esas patadas históricas a las que intentaran torcerle la mano estadistas como Rómulo Betancourt.

Mientras el antibolivariano Cristóbal M. González de Soto escribe en la Caracas de 1872 su Noticia histórica de la república de Venezuela, que publica en Barcelona, España, a fin de señalar que Bolívar traicionó a los españoles, una centuria más tarde, en 1964, al concluir su mandato democrático, Betancourt recordaba a sus compatriotas que “el yo acabaré con los godos hasta como núcleo social, de la conocida frase del autócrata, que se exhibía con externo atuendo liberal, es expresión que tipifica esa saña cainita que ha dado fisonomía a las pugnas interpartidarias en Venezuela”.

Desde entonces, hijo de la experiencia, mora inacabado el propósito de este gobernante en su segundo mandato, si contamos a su presidencia dictatorial de 1945: “La coalición ha significado y significa la eliminación de ese canibalismo tradicional en nuestro país en las luchas de partidos, realizadas en los intertulios democráticos, paréntesis fugaces entre largas etapas en las que se impuso sobre la nación el imperio autoritario de dictadores y déspotas”, dijo.

Es eso, exactamente, lo que, con palabras crueles y de encono grafica González de Soto: – “A Bolívar –reseña– lo traicionó y derribó José Antonio Páez; a Páez lo traicionó y tumbó José Tadeo Monagas; a este lo traicionó y echo abajo su teniente y hechura Julián Castro; a Castro lo amarró y prendió el partido de Manuel Felipe de Tovar, por traidor a la causa del orden; a Tovar lo derrocó Páez por inepto, para hacerse Dictador; a Páez lo aplastaron los federales acaudillados por Juan Crisóstomo Falcón, titulado por los paezistas vándalos, asesinos, ladrones, incendiarios y malvados; pero estos en despique titulan a los otros godos, tiranos asesinos y perversos. A Falcón lo echaron a rodar con estrépito Monagas y el partido azul compuesto de godos y liberales; y a estos los traicionaron y vendieron sus mismos defensores, para entregarlos al partido amarillo federal que acaudilla Antonio Guzmán Blanco, que solo se ocupa en exterminar a los godos y azules, repartir sus bienes, asolar los campos, entrar a saco en los pueblos y barrer el ripio de la exigua propiedad que quedaba”.

Nada que agregar, luego, sobre la traición de J. V. Gómez a Cipriano Castro, su compadre, en el año 1908, para hacerse del poder hasta 1935. Le sucederá López Contreras, edecán del primero y al que no soportaba por disoluto, y quien luego se divorcia de su hechura y sucesor Medina Angarita.

A ambos les eyecta del poder Marcos Pérez Jiménez, militar de escuela como el último, quien luego resentirá haber sido traicionado por los adecos a partir del 18 de octubre, su obra. A la sazón, el eximio novelista Arturo Uslar Pietri, delfín de Medina, nunca le perdonaría a los últimos y hasta su muerte haber visto frustrada su carrera hacia el Palacio de Miraflores. 

Es esta la cuestión, entonces, que busco desentrañar.

Releo a José María de Rojas Espaillat, el último marqués venezolano, consagrado por León XIII. Hermano menor del celebérrimo escritor y médico como explorador Arístides Rojas, y ambos hijos de padres dominicanos radicados en Caracas durante el señalado siglo, es, por cierto, quien sostiene ante Gran Bretaña el reclamo por la defensa de los límites orientales de Venezuela hasta el río Esequibo.

Su obra célebre “Simón Bolívar”, que edita en 1883 la Librería de Garnier en París y en la que se le identifica como Correspondiente de la Real Academia Española y Oficial de Instrucción Pública en Francia, acopia inéditos documentos para la época a fin de presentar “la apoteosis del hombre que completó la obra del descubridor del mundo”, con motivo de su centenario, presidido por otro dictador, el general Antonio Guzmán Blanco, titulado Ilustre Americano.

Una cita de Rojas, pues, es aleccionadora.

En vísperas de extinguirse la Gran Colombia, obra de Bolívar –cercado este por la imprudencia de haber permitido el debate sobre el establecimiento de una monarquía como forma de gobierno, al llegar a Bogotá el 15 de enero de 1830– Posada Gutiérrez lo describe así: “Vi en él algunas lágrimas derramarse; sus ojos tan brillantes y expresivos, ya apagados; su voz honda, apenas perceptible; los perfiles de su rostro, todo en fin anunciaba en é, la próxima disolución del cuerpo, y el cercano principio de la vida inmortal”.

“Agotado ya por el sufrimiento –prosigue– y entre desengaños… y temiendo a cada instante que su gloria, su muy legítima gloria, se eclipsara en el tempestuoso cielo de Colombia, no tuvo el valor necesario para retirarse a tiempo y dejar a otros la ingrata tarea de destruir el fruto de la abnegación y el sacrificio”.

El quid del asunto, entonces, es analizar si a la luz de lo actual y deconstruida la nación bajo una imaginaria república ¿es ello el reflejo del torbellino político fratricida que se le sobrepuso durante la segunda mitad de la república civil y democrática?

En mis palabras ante la Academia de Mérida –“La conciencia de Nación: Reconstrucción de las raíces venezolanas”– concluyo, no por azar, que no habrá república sin nación y sin cauterizar sus heridas.

Antes de que la política vuelva y deje de ser, como lo es, simulación y narcisismo, urgirá resolver el entuerto de Tío Tigre con Tío Conejo planteado por Antonio Arráiz, o entre “la rabia heroica de Juan Veguero… y el candoroso idealismo de Juan Parao”, descritos por Rómulo Gallegos. Somos generosos los venezolanos, sí, hasta en los odios, atizados desde 1999.

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