Hay un cansancio que no se cura con sueño, sino con justicia. Nancy Peñaloza, una madre tachirense que este 5 de marzo se desvaneció frente a la prensa en Caracas, es el rostro de ese agotamiento. Su hijo, el sargento de la Guardia Nacional Bolivariana José Antonio Moreno, tiene casi seis años tras las rejas, vinculado a la Operación Gedeón de mayo de 2020.
La Operación Gedeón fue una incursión marítima ejecutada entre el 3 y 4 de mayo de 2020, que buscaba la captura de Nicolás Maduro y el derrocamiento de su gobierno. El operativo, organizado por la empresa de seguridad estadounidense Silvercorp USA y liderado por el exboina verde Jordan Goudreau junto a militares venezolanos disidentes, desembarcó en las costas de Macuto y Chuao, resultando en un enfrentamiento inmediato con las fuerzas estatales, al menos ocho muertos y decenas de detenidos.
Más allá de los expedientes judiciales, lo que la señora Nancy narra es una historia de supervivencia extrema en el sótano de una jerarquía militar que parece haber olvidado a los suyos, al ser excluidos de la Ley de Amnistía, promulgada por la Asamblea Nacional el pasado 19 de febrero.
El artículo 9 de la ley excluye a quienes estén vinculados a acciones armadas (rebeliones), violaciones graves a los derechos humanos, delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra. En esta exclusiones entran todos los involucrados en la Operación Gedeón.
Los ‘gedeones’ enfrentan condenas que alcanzan los 30 años de prisión, recluidos en condiciones de extrema precariedad en centros como el Fuerte Guaicaipuro, donde las denuncias de desnutrición, falta de luz solar y aislamiento médico pintan el cuadro de un castigo ejemplarizante que se prolonga indefinidamente.
Un traslado al “destino desconocido”
La pesadilla dio un giro oscuro el 31 de julio de 2025. Tras más de cinco años en El Helicoide, José, de 35 años, fue sacado de su celda sin previo aviso. “Lo sacaron con destino desconocido, sin avisar a la familia, a nadie. Abogado no, porque ellos tienen las garantías suspendidas por ser militares”, explica Nancy.
Pasaron varios meses de incertidumbre total hasta que supieron que estaba en el Fuerte Guaicaipuro, en Los Valles del Tuy. Allí, el silencio se prolongó por medio año más. “Esa llamada duró seis meses”, relata.
El primer contacto físico con la realidad de su hijo fue a través de la ropa: “El hijo mío fue el único que envió un uniforme demasiado sucio, con mucho olor a sucio, y eso nos dio a entender de que ellos tenían meses sin cambiarse la ropita… seis meses quizás sin bañarse”.
“Mamá, no me están torturando”: Las palabras bajo posible coacción
El 12 de febrero de 2026, Nancy finalmente pudo ver a José Moreno. Pero no fue el reencuentro que soñaba. Separados por una reja y vigilados de cerca por hombres con el rostro cubierto, el diálogo fue un ejercicio de simulación dolorosa.
“Él lo primero que dijo es: ‘Mamá, no me están torturando, mamá, aquí nos dan comida, mamá, recibimos sol’. O sea, era todo como que ‘diga eso, diga eso’. Pero nosotros nos dimos cuenta de que fue algo que le dijeron que tenían que decir ellos. Por las condiciones como lo vimos, era algo que él estaba mintiendo y que uno de madre se da cuenta. En la mirada, las manitas le temblaban al comer los alimentos”.
La señora Peñaloza denuncia que los detenidos están en “jaulas en un sótano”, deshidratados y sin atención médica, a pesar de las gestiones ante la Cruz Roja Internacional, a quienes —afirma— no les dan acceso para suministrar vitaminas o medicinas básicas.
El precio de la espera: Una familia fracturada
La distancia entre el estado Táchira y Caracas no solo se mide en kilómetros, sino en sacrificios económicos. Nancy, trabajadora del Ministerio de Educación, sobrevive con lo mínimo para mantenerse cerca de su hijo.
“Esperando que me llegue el bono ese de guerra, que cada 15 de mes nos lo dan. Con eso yo me ahorro para el pasaje y para poder ayudar para la comida”, confiesa. Se queda en casas de conocidos, sintiendo el peso de ser una “molestia” ajena, pero impulsada por la promesa de libertad que nunca llega.
José Moreno tenía una esposa, que en palabras de su madre, “lo abandonó”. Actualmente tiene otra pareja, pero según la señora Nancy, no puede estar en Caracas por su trabajo. Pero el militar tiene dos hijos pequeños, una niña de 10 y un varón de 9. Los niños no han podido ver a su papá desde hace más de un año.
Hace apenas 20 días, en un intento por acercarse a su padre, la hija mayor del sargento sufrió un accidente vial en el trayecto cuando regresaban al Táchira: “La niña se abrió la cabecita y se partió el diente delantero por venir a ver si les dejaban ver al papá. Ellos dicen: ‘Mi papá viene dentro de 15 días’ porque pensaban que con la amnistía iba a estar en libertad”.
El clamor por el indulto
Nancy Peñaloza no pide privilegios, pide coherencia histórica. Su hijo entró a prisión con 30 años y hoy, a punto de cumplir 36, su salud se desvanece.
“Nosotros exigimos que así como a Chávez en el 92 le dieron el indulto, que también se lo den a los militares. Que estos muchachos no llevan muerte. Cuando al presidente Chávez le dieron el indulto, hubo muertos en aquella vez aquí en Caracas. Pedimos el indulto para ellos”.
Mientras el panorama político de marzo de 2026 sigue ignorando a los detenidos del caso Gedeón, Nancy Peñaloza permanece en la capital desde hace dos meses. Su descompensación en los alrededores de la Asamblea Nacional es el grito de un cuerpo que ya no puede más, pero de una voluntad que se niega a rendirse hasta que su hijo, el sargento Moreno, pueda volver a abrazar a sus hijos en el Táchira sin rejas de por medio.
Nancy Peñaloza, mamá de José Moreno, uno de los presos políticos de la Operación Gedeón, colapsó mientras contaba que estaba en estado de desnutrición y clamaba a la AN que lo liberaran. Otra mujer la acompañó en su reclamo: "Ya no resistimos" pic.twitter.com/HydyWscPM6
— Runrunes (@RunRunesWeb) March 5, 2026
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