El miedo a la noche - Runrun
Elias Pino Iturrieta Abr 14, 2020 | Actualizado hace 1 semana
El miedo a la noche

@eliaspino 

La noche ha llenado de miedo a los hombres desde el principio de las civilizaciones, de una sensación que no desaparece con facilidad. Las prevenciones que produce la caída del sol son objetivas, es decir, susceptibles de entendimiento por causas que se explican mediante el ejercicio de la razón, pero hay otras que provienen de la mente de los seres humanos, arraigadas en el fondo de su sensibilidad, que dominan los comportamientos sin que se pueda localizar el elemento concreto de la realidad que los provoca. Ahora nos aproximaremos a eso resortes subjetivos, con la esperanza de que el lector sienta que no escarbamos en el baúl de las antiguallas.

No hay discusión sobre una infinita cantidad de factores que han obligado a los hombres a preocuparse por la llegada de la noche desde tiempos remotos. Las limitaciones de la vista, en especial, menos dispuesta que la de los animales para la observación de paisajes y ambientes sin iluminación, recortada para la atención de detalles que pueden ser fundamentales para la sobrevivencia. Pero, así como la ausencia de luz reduce la capacidad de movimientos de los vecinos comunes y corrientes, le viene de perlas a quienes quieran atacar sus propiedades y sus vidas. Sustraídos de la vigilancia del perjudicado, o de las autoridades creadas para protegerlo, hacen de las suyas al amparo de las tinieblas. De allí la necesidad de hacer fogatas al principio, y de iniciar proyectos de alumbrado público más tarde. Las primeras para la salvaguarda de comunidades pequeñas o cercanas a los bosques, porque no solo hay que cuidarse entonces de los forasteros solapados sino también de las bestias montaraces; las otras para perseguir el delito en ciudades muy pobladas. Cuando se considera a la nocturnidad como un agravante de los atentados contra el prójimo, caemos en cuenta de las ventajas que favorecen a los malhechores después del crepúsculo. Es una situación experimentada hoy con creces por los habitantes de las ciudades venezolanas, sobre la cual parece suficiente lo dicho. Lo que viene de seguidas tal vez no resulte tan obvio.

Muchos pueblos antiguos fueron adoradores del sol, orientador de la marcha de los recursos materiales, brújula del trabajo de los fieles y guía de los gobernantes que dejan de caminar a tientas debido a su magisterio, pero también lo llevaron a los templos por el pánico que les provocaba la lobreguez permanente. No solo lo celebraban por los beneficios que le atribuían en los procesos de creación y distribución de la riqueza, sino igualmente por ser el enemigo de la noche, el elemento que no la dejaba continuar. Los antiguos mexicanos se reunían cada 65 años en Teotihuacán para implorar el regreso del astro rey. Consideraban que una noche eterna sería catastrófica, y hacían ofrendas sangrientas para que la candela del cielo renovara su contrato con los hombres. Miraban fijamente hacia las alturas para esperar el retorno de la iluminación, que no era otra cosa que el regreso de la vida. Cuando salía el sol los sacerdotes encendían un fuego en el pecho de un sacrificado, para felicitarse porque la vida podía continuar. Estamos ante un temor que se repite en el futuro, y que no consiste en tenerle miedo a la oscuridad sino al hecho de vivir en oscuridad, es decir, en lo más parecido a la negación de la existencia. De noche los cuerpos pierden su voluntad y quedan a merced ajena, en una especie de limbo, de lo cual se deduce que los hombres dejan de cumplir el rol o el castigo del dinamismo que les impuso Dios cuando los creó.

La oscuridad es la muerte, según la Biblia. En los Salmos queda dicho que trae pestes, animales perjudiciales y conductas abominables de los hombres. Isaías y Daniel aseguran que llegará el Mesías para ofrecer la resurrección después de la decrepitud de las capas nocturnales. El evangelio de san Juan afirma que Jesús vino “a chocar contra las montañas de la noche”. Antes de la llegada de Cristo, asegura san Pablo, el hombre se encontraba “en la noche”. Y así sucesivamente. Unas imágenes que remachan las fuentes eclesiásticas hasta nuestros días, capaces de provocar espanto por lo que la noche significa en sí misma y por las criaturas destructivas que se mueven en su seno. Desde finales de la Edad Media, no solo los voceros de las iglesias católica y protestante, sino también intelectuales respetados, buena parte de ellos dedicada a actos de purificación como las cacerías de brujas, los tribunales que conducen a la hoguera, los habituales sermones de las parroquias y la redacción de manuales de rudimentos, entienden que la noche es teatro auspicioso para los aquelarres y para las abominaciones que traman. No hay reflector capaz de disipar los pavores que puede despertar la noche después de una prensa tan sesgada, especialmente cuando asegura, para llegar a su clímax, que Satanás es “el príncipe de las tinieblas”.

En Sueño de una noche de verano, Shakespeare junta los elementos objetivos con las generalizaciones tenebrosas, las creencias y los delirios que se han esbozado sobre los peligros de la noche.  Escribe:

He aquí la hora en que el león ruge,

En que el lobo aúlla a la luna,

Mientras que el pesado labrador ronca,

Abrumado por su penosa tarea.

He aquí la hora en que las antorchas crepitan al apagarse,

Mientras la lechuza, con su grito sonoro,

Recuerda al miserable en su lecho de dolor

El recuerdo del sudario.

He aquí la hora de la noche

En que todas las anchas tumbas abiertas

Dejan escapar su espectro

Para que vague por los caminos de la iglesia.

Así habla de la noche uno de los autores esenciales de los tiempos modernos. ¿Quién se atreve a frecuentarla, después de leer o de escuchar sus letras?