El miedo a la mujer

@eliaspino 

La idea sobre los peligros de la mujer, que ha movido a la humanidad a través de los tiempos, puede provocar reacciones contradictorias. Las expresiones políticamente correctas aconsejan que expulsemos esos peligros del mapa de nuestros temores. Sin embargo, una cultura expresada a través del sexo masculino ha insistido en mostrarla como un agente capaz de provocar tragedias, perfidias y pecados. ¿Esa sensibilidad ha desaparecido de los motivos que ahora nos atemorizan? Antes de responder, echemos un vistazo a las versiones que la han convertido en atizadora de pavores.

Desde períodos remotos, según se puede observar en textos iniciáticos del judaísmo e igualmente en escritos clásicos de Grecia y Roma, se aconseja el alejamiento de la mujer de los asuntos públicos y de materias que pueden influir en la marcha de las sociedades: así como produce vida a través de la maternidad, su naturaleza misteriosa la relaciona con la muerte y con el menoscabo del prójimo. ¿Por qué? La mujer es, según esas corrientes tan apreciadas, un ser fundamentalmente impuro. Por eso se la apartaba del ejercicio de la actividad sacerdotal. En cambio, ocupaba lugar céntrico en los oficios funerales, un ámbito con el que estaba familiarizada debido a su extraña naturaleza. La mujer da vida, pero el funcionamiento de su organismo aconseja serias cautelas. La mujer sometida a sus reglas es peligrosa porque es o se vuelve sucia, se aseguró durante generaciones, y después del parto debía someterse a cuarentenas que formaban parte de ritos de purificación. No deja de ser curioso tal entendimiento en culturas postradas ante Atenea, y más tarde frente al altar de María, la madre de Dios, pero estamos ante una evidente persistencia. Las letras de Simone de Beauvoir, una autora alejada de toda sospecha de antifeminismo, resumen así el asunto: “Tiene un rostro de tinieblas, es el caos de donde todo ha salido, y al que todo debe un día retornar. Es de noche en las entrañas de la tierra. Esa noche, en la que el hombre se ve amenazado con ser engullido, y que es el envés de la fecundidad, le espanta”.

El título del libro de Beauvoir nos lleva a otro de los motivos que conducen a desconfiar de la mujer: El segundo sexo. La mujer nace como compañera del hombre, como una atención de sus necesidades. No estaba en el propósito original del Creador, quien la hace de una costilla del varón para que su criatura predilecta se encuentre a gusto en el Paraíso terrenal. En la medida en que la encarnación del segundo sexo se aleja de su papel, produce tragedias y máculas infinitas. Debido a que solo entra en escena como compañera de camino, salirse del libreto es un atentado contra los designios celestiales.

En los evangelios se observa una posición revolucionaria de Jesús frente a la sujeción de la mujer, pero uno de los fundadores de su Iglesia ordena su total dominación.

Escribe San Pablo en la Epístola a los Efesios: “Las mujeres sométanse a sus propios maridos como al Señor; pues el varón es cabeza de la mujer, como también Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual él es el salvador. Mas así como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”. Si permanecían las dudas, son disipadas por la autoridad de Santo Tomás de Aquino: “La mujer escuchando en silencio, aprenda con toda sumisión; a la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en su casa”. Es la sentencia del Doctor Angélico, quien jamás pudo concebir, por ejemplo, la posibilidad de que una Ángela Merkel existiera. Las luchas de la mujer por ocupar lugar adecuado, al lado de los hombres o en posiciones directivas, especialmente desde el comienzo de la historia contemporánea, no solo deben elevarse sobre la prédica de su proclamada minusvalía, sobre la exhibición de sus limitaciones intelectuales y de su frivolidad, sino también sobre la desconfianza que produce verlas en el timón de la nave. ¿No está empeñada en perjudicar al hombre a través de oscuros conductos, desde los tiempos de Circe frente a Ulises?

En sociedades como la nuestra, uno de los factores que más miedos ha multiplicado es la versión que la presenta como agente de Satán. Por mandato del demonio, la mujer produce el pecado original de Adán para convertirse después en provocadora de la lujuria de sus descendientes. Es la embajadora de la Antigua Serpiente. Las ideas del conquistador español, los sermones, los catecismos y la iconografía de iglesias y capillas desde el período de la conquista; las rutinas del período colonial, numerosas publicaciones y cátedras de los siglos XIX y XX, pero también  muchos tangos, boleros, baladas, vallenatos y rancheras de la actualidad, consideran que ha llevado carretadas de cristianos al dolor y al infierno después de ponerlos a saborear el fruto prohibido. Con la excepción de madres, hermanas e hijas de compositores y cantantes, claro está, porque el tema admite excepciones entrañables. Pero, en suma, no solo se entromete en espacios y oficios que la tradición le niega, sino que, además, impide que el hombre pueda presentarse en paz frente a sus semejantes y ante la presencia de Dios. ¿No es un motivo suficiente para separarla con pared de cal y canto?

Todo esto sin hablar de dos hechos susceptibles de provocar hoy prevenciones realmente fundadas: movimientos como el Me too, subversión de insospechadas consecuencias, y el hecho de que sea la hembra la única que puede juzgar con propiedad la sexualidad del macho.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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@eliaspino 

La idea sobre los peligros de la mujer, que ha movido a la humanidad a través de los tiempos, puede provocar reacciones contradictorias. Las expresiones políticamente correctas aconsejan que expulsemos esos peligros del mapa de nuestros temores. Sin embargo, una cultura expresada a través del sexo masculino ha insistido en mostrarla como un agente capaz de provocar tragedias, perfidias y pecados. ¿Esa sensibilidad ha desaparecido de los motivos que ahora nos atemorizan? Antes de responder, echemos un vistazo a las versiones que la han convertido en atizadora de pavores.

Desde períodos remotos, según se puede observar en textos iniciáticos del judaísmo e igualmente en escritos clásicos de Grecia y Roma, se aconseja el alejamiento de la mujer de los asuntos públicos y de materias que pueden influir en la marcha de las sociedades: así como produce vida a través de la maternidad, su naturaleza misteriosa la relaciona con la muerte y con el menoscabo del prójimo. ¿Por qué? La mujer es, según esas corrientes tan apreciadas, un ser fundamentalmente impuro. Por eso se la apartaba del ejercicio de la actividad sacerdotal. En cambio, ocupaba lugar céntrico en los oficios funerales, un ámbito con el que estaba familiarizada debido a su extraña naturaleza. La mujer da vida, pero el funcionamiento de su organismo aconseja serias cautelas. La mujer sometida a sus reglas es peligrosa porque es o se vuelve sucia, se aseguró durante generaciones, y después del parto debía someterse a cuarentenas que formaban parte de ritos de purificación. No deja de ser curioso tal entendimiento en culturas postradas ante Atenea, y más tarde frente al altar de María, la madre de Dios, pero estamos ante una evidente persistencia. Las letras de Simone de Beauvoir, una autora alejada de toda sospecha de antifeminismo, resumen así el asunto: “Tiene un rostro de tinieblas, es el caos de donde todo ha salido, y al que todo debe un día retornar. Es de noche en las entrañas de la tierra. Esa noche, en la que el hombre se ve amenazado con ser engullido, y que es el envés de la fecundidad, le espanta”.

El título del libro de Beauvoir nos lleva a otro de los motivos que conducen a desconfiar de la mujer: El segundo sexo. La mujer nace como compañera del hombre, como una atención de sus necesidades. No estaba en el propósito original del Creador, quien la hace de una costilla del varón para que su criatura predilecta se encuentre a gusto en el Paraíso terrenal. En la medida en que la encarnación del segundo sexo se aleja de su papel, produce tragedias y máculas infinitas. Debido a que solo entra en escena como compañera de camino, salirse del libreto es un atentado contra los designios celestiales.

En los evangelios se observa una posición revolucionaria de Jesús frente a la sujeción de la mujer, pero uno de los fundadores de su Iglesia ordena su total dominación.

Escribe San Pablo en la Epístola a los Efesios: “Las mujeres sométanse a sus propios maridos como al Señor; pues el varón es cabeza de la mujer, como también Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual él es el salvador. Mas así como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”. Si permanecían las dudas, son disipadas por la autoridad de Santo Tomás de Aquino: “La mujer escuchando en silencio, aprenda con toda sumisión; a la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en su casa”. Es la sentencia del Doctor Angélico, quien jamás pudo concebir, por ejemplo, la posibilidad de que una Ángela Merkel existiera. Las luchas de la mujer por ocupar lugar adecuado, al lado de los hombres o en posiciones directivas, especialmente desde el comienzo de la historia contemporánea, no solo deben elevarse sobre la prédica de su proclamada minusvalía, sobre la exhibición de sus limitaciones intelectuales y de su frivolidad, sino también sobre la desconfianza que produce verlas en el timón de la nave. ¿No está empeñada en perjudicar al hombre a través de oscuros conductos, desde los tiempos de Circe frente a Ulises?

En sociedades como la nuestra, uno de los factores que más miedos ha multiplicado es la versión que la presenta como agente de Satán. Por mandato del demonio, la mujer produce el pecado original de Adán para convertirse después en provocadora de la lujuria de sus descendientes. Es la embajadora de la Antigua Serpiente. Las ideas del conquistador español, los sermones, los catecismos y la iconografía de iglesias y capillas desde el período de la conquista; las rutinas del período colonial, numerosas publicaciones y cátedras de los siglos XIX y XX, pero también  muchos tangos, boleros, baladas, vallenatos y rancheras de la actualidad, consideran que ha llevado carretadas de cristianos al dolor y al infierno después de ponerlos a saborear el fruto prohibido. Con la excepción de madres, hermanas e hijas de compositores y cantantes, claro está, porque el tema admite excepciones entrañables. Pero, en suma, no solo se entromete en espacios y oficios que la tradición le niega, sino que, además, impide que el hombre pueda presentarse en paz frente a sus semejantes y ante la presencia de Dios. ¿No es un motivo suficiente para separarla con pared de cal y canto?

Todo esto sin hablar de dos hechos susceptibles de provocar hoy prevenciones realmente fundadas: movimientos como el Me too, subversión de insospechadas consecuencias, y el hecho de que sea la hembra la única que puede juzgar con propiedad la sexualidad del macho.

 

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