Ya quisiéramos tener un Betancourt, por Alejandro Armas - Runrun
Ya quisiéramos tener un Betancourt, por Alejandro Armas

@AAAD25

Debo confesar que ver a Leopoldo López activo es… Raro. Obviamente el líder de Voluntad Popular hizo de las suyas durante su cautiverio doméstico y bajo la protección de la diplomacia española. Pero ahora sus andanzas son mucho más visibles, y el señor no ha perdido su tiempo, como dejó claro la audiencia que sostuvo con el presidente español, Pedro Sánchez. Ah, y no malinterpreten. Celebro que un padre injustamente separado de su familia vuelva con ella, esta vez sin el confinamiento de una casa. Además, francamente creo que López es más útil para la causa democrática venezolana si tiene libertad de movimiento. Digo que es raro porque siento que ha pasado una eternidad desde 2014. Venezuela se ha deteriorado tanto, en todos los sentidos… Y eso que ya entonces estábamos muy mal.

Vean nada más el aspecto político. El chavismo nunca fue democrático, pero por más de década y media mantuvo ciertas apariencias que lo ponían en la zona gris de los regímenes híbridos. De eso ya no queda nada. Autoritarismo inequívoco es lo que hay.

La Asamblea Nacional fue desconocida de facto tan pronto cayó en manos de la oposición, y sus funciones fueron confiscadas.

La protesta ciudadana se volvió el blanco de una represión cruel (mucho más que antes). El acoso a medios y periodistas empeoró, al igual que la persecución de dirigentes y activistas opositores. Hoy muchos de estos se encuentran en el exilio, y la añadidura más reciente a esa lista, Leopoldo López, es la que enarbola un liderazgo más fuerte.

En sus primeras declaraciones a la prensa desde Madrid, López profirió una cita de Rómulo Betancourt que no pasó desapercibida: “we will come back” (“volveremos”). Aunque alguien pudiera pensar que Betancourt dijo esto tras el golpe militar de 1948 y el inicio de su tercer exilio, lo cual lo haría cónsono con la proclama de López, en realidad se le atribuye en circunstancias mucho menos funestas. A saber, la derrota de Acción Democrática ante el copeyano Luis Herrera Campíns en las elecciones presidenciales de 1978, las últimas durante la vida de Betancourt (quien a su vez citó entonces al general Douglas MacArthur, en medio de la evacuación estadounidense de las Filipinas de cara a la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial).

Como sea, no han faltado afirmaciones alusivas a la pertinencia de la cita, ya que, dicen algunos, hay un claro paralelismo entre Rómulo Betancourt y Leopoldo López. Según estas personas, al exalcalde de Chacao, como dirigente opositor de mayor peso fuera del país, le corresponde desempeñar el mismo papel que el del legendario adeco en su destierro de los años 50, con augurios de que el éxito se repita.

Ah, pero lamentablemente estos son deseos infundados, resultado de la necesidad psicológica de encontrar una roca a la cual asirse para no ser arrastrado por la corriente de la resignación. La causa es comprensible, pero el efecto no es sensato.

Quisiéramos nosotros tener un Rómulo Betancourt contemporáneo. Un animal político de semejante genialidad. No lo tenemos. Leopoldo López, ciertamente, no es uno.

Pese al respeto que le tengo por sus sacrificios personales en el esfuerzo para restaurar la democracia venezolana. Eso no significa que vaya a engañarme a mí mismo sobre sus destrezas y limitaciones.

Hay varias cualidades que distinguen a López de Betancourt. La primera a la que me voy a referir, siendo justos, aplica a toda la dirigencia opositora mayor de 40 años. Las carreras políticas de todos han transcurrido exclusivamente durante la hegemonía antidemocrática chavista o, en el caso de los mayores, durante la democracia, primero, y el chavismo, después. Por lo tanto, su experiencia lidiando con regímenes plenamente autoritarios es relativamente poca; y se limita al período que empezó, digamos, en 2016 y sigue desarrollándose. Esto es importante porque explica el hecho de que la coalición opositora haya sido exitosa electoralmente cuando el descontento social contra el chavismo finalmente estalló en 2015, sin haber podido avanzar casi, una vez que el régimen terminó de desmantelar los pocos vestigios de competitividad electoral que aún quedaban. Dicho de otra forma, nuestra dirigencia no ha sido capaz de replicar su victoria comicial en otros terrenos, que son aquellos a los que ha quedado confinada, lo cual se refleja en el estancamiento de la causa opositora.

Betancourt y sus coetáneos, por el contrario, pasaron toda su infancia y toda su adolescencia bajo la dictadura brutal de Juan Vicente Gómez. Fue en ella que comenzaron su activismo, lo cual les permitió familiarizarse con el duro entorno de la clandestinidad desde una edad muy temprana. Ya habían acumulado mucha experiencia en tal sentido cuando les tocó un enfrentamiento final contra Marcos Pérez Jiménez y su eufemísticamente llamado “gobierno de las Fuerzas Armadas”.

La segunda diferencia es más personal. Tan personal que es el personalismo, ni más ni menos. El personalismo de Leopoldo López. Estamos hablando de un político tremendamente ambicioso, con aspiraciones evidentes de llegar a la cúspide del poder en su país. Eso no lo hace especial entre los políticos y por supuesto que no lo distingue del hombre que inauguró 40 años de democracia venezolana con su victoria comicial de 1958. Pero si reparamos en la trayectoria partidista de López, otro gallo canta. Estuvo por muchos años en Primero Justicia, luego pasó brevemente a Un Nuevo Tiempo, y finalmente, fundó su propio partido, Voluntad Popular. La hegemonía que ejerce sobre la tolda anaranjada no es ningún secreto. Es elocuente que López, en vez de competir por el liderazgo de su primera casa, en cuyo caso se las hubiera visto con Julio Borges y Henrique Capriles, hubiera preferido crear otra organización, a su imagen y semejanza.

La relativa vaguedad ideológica de VP no hace sino dar otra indicación de que lo que importa es lo que el fundador piense.

Esa sed de protagonismo permanente, así como las ínfulas de grandeza, pueden ser una debilidad cuando se trata con un régimen como el chavista. No en balde varios de los fiascos de la oposición en la última década han sido atribuidos a imprudencias vinculadas con el ego de López, así como a errores de su parte estimando su margen de maniobra frente al chavismo.

Betancourt no era así. Fue un hombre de un solo partido, el cual atravesó varias  etapas (empezando por el PDN o, si se quiere, ARDI), pero fue siempre el mismo en términos de organización. Acción Democrática no giraba en torno a Betancourt; ni en su ideario ni en su operatividad. Sus fundamentos ideológicos son fáciles de identificar, con orígenes inspirados por el socialismo latinoamericano aprista (que a su vez bebió de las corrientes más radicales de la Revolución Mexicana) y una posterior moderación que desembocó en la socialdemocracia.

Dentro de la jerarquía de AD, Betancourt no fue un líder caudillesco, sino un primus inter pares, al menos en su relación con Raúl Leoni, Gonzalo Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Parte de su talento como zoon politikón radicaba en saber cuándo apartarse y delegar. A mediados de los 60 pudo intentar manejar el gobierno de Leoni desde las sombras. No lo hizo. En los 70 pudo volver a buscar la presidencia. No lo hizo.

Tal vez la audacia de ver en Leopoldo López a un nuevo Rómulo Betancourt sea poco notable cuando a él y a otros dirigentes opositores los han comparado de manera halagüeña con Winston Churchill o Nelson Mandela (¡!). En fin, creo que es hora de dejarse de eso. Los líderes de la causa democrática venezolana han hecho sacrificios que pocos estamos dispuestos a hacer y eso nadie se los puede negar. Pero ni siquiera la más deslumbrante pureza moral va necesariamente de la mano con la eficacia. Cuando hayamos pasado por una transición democrática exitosa, podremos hablar de un nuevo Betancourt (o varios). No antes.

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