La barbarie populista contra el Congreso, por Alejandro Armas - Runrun
La barbarie populista contra el Congreso, por Alejandro Armas

El asalto al Capitolio estadounidense captado por el fotógrafo Leah Millis, de la agencia Reuters (imagen intervenida por N. Silva / Runrunes).

@AAAD25

Era muy sencillo. No, no era contradictorio. Siempre fue perfectamente posible reconocerle a Donald Trump su política hacia Venezuela y, al mismo tiempo, advertir los peligros que su populismo ultraconservador representa para la democracia más poderosa del mundo. Dicho peligro era obvio. Lo fue desde el día cuando Trump anunció su intención de mudarse a la Casa Blanca, hace casi seis años. No obstante, muchos se negaron rotundamente. Desestimaron las alertas, alegando que, aunque odioso, Trump no representaba ningún peligro para el cuerpo político norteamericano. Porque “las formas no importan”.

Pero resulta que sí. En política las formas sí importan. Muchísimo. Es una verdadera pena que haya sujetos que ignoren algo tan obvio (lo cual no les impide pontificar en la materia, como si fueran eruditos del poder). Si como líder político constantemente denigras de tus adversarios y los criminalizas, y si dices que las instituciones republicanas están podridas hasta la médula cada vez que no te favorecen, ¿no cabe esperar que tus seguidores se sentirán parte de un conflicto existencial, de una situación de vida o muerte en la que todo, hasta la violencia, se vale para prevalecer?

Finalmente, en el ocaso de su presidencia, el jueguito schmittiano de Trump se tradujo en un verdadero drama, en un teatro de la crueldad que le erizaría los pelos hasta a Antonin Artaud.

El miércoles pasado, el mundo entero contempló con horror (bueno, déspotas como Putin más bien debieron orinarse de la risa) cómo una turba compuesta por neofascistas, fanáticos religiosos y demás especímenes de extrema derecha invadieron el Capitolio, sede del Congreso estadounidense, mientras el legislativo realizaba el acto meramente simbólico de certificar el triunfo electoral de Joe Biden, próximo presidente de Estados Unidos.

Este lumpen de diversas clases sociales (había personas con poder adquisitivo alto y bajo) no llegó a las riveras del Potomac accidentalmente. Trump, su líder, los convocó y, una vez congregados, los instruyó para que marcharan hacia el Capitolio, con su característica retórica incendiaria. Entre la muchedumbre alzada destacó un personaje ridículo ataviado con pieles (reales o imitación) y cuernos normandos. Su contraste con las columnas corintias del edificio evocó a Breno, Alarico, Genserico y cuanto bárbaro se paseó por Roma para saquearla.

El saldo, aparte de un sinfín de imágenes humillantes, fue de cinco muertos (incluyendo a un policía golpeado en la cabeza con un extintor de incendios, como en esa escena pesadillesca del filme Irresversible, de Gaspar Noé), así como una atmósfera de miedo, rabia y tristeza a la que los norteamericanos no están acostumbrados. ¿Cómo pudieran estarlo, si esto no tiene precedentes en su tierra?

Mitch McConnell, líder de los republicanos en el Senado, no titubeó al catalogar los hechos como una insurrección. Dado que el propósito de la insurrección fue interrumpir por la fuerza una transmisión pacífica y constitucional del mando ejecutivo, es válido cuanto menos preguntarse si lo ocurrido fue un intento de golpe de Estado. Muchos expertos creen que no, pero sí algo similar. Teniendo en cuenta que hablamos de Estados Unidos, la conclusión sigue siendo aterradora.

Imagino que es innecesario recalcar que Estados Unidos no es como Latinoamérica. No voy a decir que es una nación libre de violencia política; hay que ser muy ignorante para hacer tal cosa. Pero a diferencia de sus vecinos del sur, los ataques directos al corazón de la república son una rareza absoluta. El Congreso no ha pasado por trances como los de las legislaturas latinoamericanas. Pienso en el asalto a la cámara venezolana en 1848 o, mucho más recientemente, la clausura de los parlamentos del Perú y Guatemala.

La violencia solo ha profanado el recinto de Capitol Hill en dos oportunidades. La primera vez fue en los albores de la república norteamericana, cuando, en 1812, Estados Unidos y su exmetrópoli se fueron de nuevo a la guerra debido a disputas navales. Los británicos invadieron Washington, urbe entonces en pañales, e incendiaron varios de sus edificios más importantes, incluyendo la sede del Congreso. El Capitolio apenas tenía unos años en pie. Imaginen semejante prodigio de arquitectura neoclásica ardiendo. Afortunadamente, los diligentes norteamericanos lo restauraron antes de que terminara la década.

En 1954, cuatro nacionalistas puertorriqueños armados se infiltraron en el Congreso. Dispararon a los miembros de la Cámara de Representantes en plena sesión, como parte de una sucesión de hechos violentos para lograr la independencia de borinquen. Hubo heridos, pero todos sobrevivieron.

Si asumimos que los terroristas boricuas no se consideraban a ellos mismos estadounidenses, podemos afirmar que en estos dos incidentes los perpetradores fueron agentes foráneos que veían en el Estado norteamericano un enemigo. En cambio, los sucesos de la semana pasada fueron llevados a cabo por estadounidenses de pura cepa.

Fue un atentado contra los representantes del corpus ciudadano del que son parte. ¡Y quien los azuzó fue el propio presidente! Esa es la diferencia con respecto a 1812 y 1954. Por eso los hechos han sido tan traumáticos.

En el último lustro he leído a los columnistas de The New York Times lamentarse reiteradas veces de que, al hablar con amigos de otras democracias desarrolladas, esas amistades les transmiten cierta lástima por la suerte política de Estados Unidos. Pensaba que exageraban. Ya no. Es más. Al menos un par de naciones latinoamericanas, Uruguay y Costa Rica, hoy puede jactarse de ser más políticamente funcional que el gran vecino del norte. La crisis estadounidense desatada por Trump es aun más abismal que lo que creí posible. Ruego por su pronta recuperación.

En cuanto a los apologistas de Trump, incluyendo a montones de venezolanos, que desestimaron sus bravuconadas o, mucho peor, se las aplaudieron, pero marcaron cierta distancia ante las imágenes tétricas del Capitolio, me gustaría creer que aprendieron la lección. Pero por desgracia parece que eso sería ingenuidad. No he visto a ni uno admitir que celebrar la mala conducta del presidente saliente fue un error grave. Por el contrario, montan en cólera si se les recuerda que se les advirtió que la cosa podía terminar como en efecto terminó.

De hecho, en menos de una semana pasaron la página y ya están ensalzando a Trump nuevamente, como si fuera lo mejor que le pudo pasar a Estados Unidos desde Abraham Lincoln. Más pueden la arrogancia ideológica y el odio paranoico hacia todo lo que no acate los dogmas de la derecha conservadora o liberal. Estas personas pudieran estar condenadas a la hipnosis permanente a manos de un caudillo populista que les ofrezca arrasar con sus enemigos. En una hipotética Venezuela poschavismo, espero que nunca lleguen al poder. Suficiente locura destructora.

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