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#CrónicasDeMilitares | ¿Por qué la Guerra Federal se prolonga después de la firma de la paz?, por Elías Pino Iturrieta
El clientelismo creado y fomentado por el personalismo de Juan Crisóstomo Falcón lo incapacita para detener la violencia armada que continúa tras la Guerra Federal

 

@eliaspino

Vimos en artículo anterior que, pese a la suscripción del Tratado de Coche, en cuyos folios se decreta la paz entre federales y constitucionales después de cinco años de matanzas, persisten las hostilidades y no existe una alternativa tangible de autoridad que llame a la concordia, o que la imponga mediante el uso de la fuerza.

La guerra se prolonga, ahora entre los federalistas triunfantes, por la falta de una influencia susceptible de imponer respeto o temor entre las facciones.

Los historiadores encuentran como causa fundamental de la situación la manera de gobernar del presidente Juan Crisóstomo Falcón, el más importante caudillo de las huestes vencedoras. Veremos ahora los rasgos fundamentales de esa forma de atender el bien común, o más bien de desatenderlo, que conduce a la sociedad a abismos de inestabilidad que entonces parecen insuperables.

El general José Ignacio Pulido, prócer federal sin mayores luces, pero célebre por la agudeza de su talento, resume la situación en un comentario que ha resistido el paso del tiempo y que hoy vuelve como alternativa de explicación. ¿Por qué no somos capaces de imponer el orden?, le preguntan en un sitio público de Caracas en 1868. Los preguntones tal vez esperan un análisis profundo de la situación, pero el caudillo solo suelta la siguiente frase:

Falcón deja el tambor en la capital, pero se lleva las baquetas, la fuerza y el dinero. Así es imposible hacerlo sonar».

El Estado venezolano, representado en el redoblante al cual acude Pulido para una accesible explicación de la anarquía, carece del ejecutante que lo haga sonar ante la sociedad, que permita su repercusión en las esferas administrativas, pero también ante los oídos de los oficiales que fomentan hostilidades en diferentes regiones.

El comentario encuentra fundamento en la incomodidad que Caracas le produce a don Juan Crisóstomo, quien prefiere manejarse desde su tierra natal sin las amarras burocráticas y protocolares que le imponen en la Casa de Gobierno. De acuerdo con los cálculos del historiador Rondón Márquez, Falcón jamás pasó un mes seguido en la capital. Veamos sus precisos datos:

La ocasión en que mayor tiempo pasó ejerciendo la Presidencia sin substituto, desde el 24 de julio al 3 de octubre de 1865, repartió su tiempo entre Sabana Grande y Maiquetía. En los cinco años de su mandato, uno provisional y cuatro constitucionales, no estuvo en ejercicio en Caracas ni veinte meses en conjunto, y le substituyeron sucesivamente los Generales Guzmán Blanco, González, Trías, Miguel Gil, doctor Arvelo, León Colina y Bruzual».

La ausencia puede superarse si los sustitutos cumplen sus funciones a cabalidad, pero no fue el caso. Del elenco de los siete reemplazantes solo hay constancia de que Antonio Guzmán Blanco tomara sus atribuciones en serio, con medidas susceptibles de remediar la falta de la cabeza. Los otros apenas se dejan sentir en su trabajo, sin ejecutorias dignas de relevancia. Pero hay otra circunstancia que impide la regularidad y la efectividad de una administración coherente: pese a que se ha retirado formalmente para permanecer en sus querencias de Coro, Falcón sigue gobernando como si estuviera en Caracas, o como si no hubiera decidido que otros le hicieran el trabajo.

Saltan a la vista los problemas que puede originar una administración como la que ha salido del capricho del presidente, la imposibilidad de liquidar a un caudillaje levantado en armas, la debilidad de un organismo sin dirección eficaz ni sólida, pero estamos apenas ante una parte del delicado asunto. La situación llega a extremos de gravedad debido a que Falcón envía constantemente desde Coro órdenes sin concierto para que se entreguen recursos materiales a sus amigos y recomendados, procedentes de las aduanas o de las arcas del ministerio de Hacienda; o para que se lleven a cabo ascensos militares en personas de su amistad que no han formado parte de los ejércitos federales, ni han participado en acciones bélicas. De acuerdo con las investigaciones de Rondón Márquez:

Hombre de indudables buenas intenciones y de índole ciertamente bondadosa, era, sin embargo, completamente ayuno en lo que se refiere a normas administrativas, de modo que usaba otro sistema primitivo, que debía ser de consecuencias desastrosas: el de ordenar pagos a las oficinas recaudadoras de fondos nacionales con órdenes tan expeditas como las que se pueden enviar a mayordomos o encargados de bienes propios. En breves cartas o esquelas, muchas veces en una tira de papel, se dirigía al Tesorero Nacional o al Administrador de una Aduana para que entregase una cantidad a un amigo: era esto consecuencia de su natural bondadoso y de su anhelo por dejar complacidos a todos sus adeptos».

Hoy, en lugar de detenernos en la bonhomía de un jefe de Estado, preferimos insistir en la presencia de testimonios contundentes del clientelismo creado y fomentado por un personalismo que no tiene la capacidad de detener la violencia armada que continúa después de la Guerra Federal, hasta el punto de permitir su prolongación pese a la suscripción de los tratados de paz y de la derrota de los enemigos. Por desdicha, no se trata de un fenómeno únicamente capaz de explicar los entuertos de la época, sino también muchos otros de la posteridad. ¿Cuántas veces no han dependido esos entuertos de “una tira de papel”?”.