#CrónicasDeMilitares | El Taita Crespo y la glorificación de Guzmán Blanco (I)

El deber cumplido, escrito por Diego Bautista Urbaneja a favor de Guzmán Blanco, es un testimonio imprescindible de un tiempo de guerras y caudillos

 

@eliaspino

En enero de 1878, el general Joaquín Crespo publica un documento de respaldo a la primera gestión de Antonio Guzmán Blanco, llamada El Septenio, contra la cual se ha levantado una dura reacción que encabeza el presidente Linares Alcántara. Con el título de El deber cumplido, Crespo distribuye un folleto en el cual hace la apología del “Ilustre Americano”. En el texto se realiza una descripción de la política y se muestran opiniones sobre lo que entonces se podía juzgar como republicanismo, que nos introducen con creces en un entendimiento capaz de dejar huella en su época y quizá también en el futuro.

Pese a que no ha merecido análisis suficiente, es un testimonio imprescindible de un tiempo de guerras y caudillos. Es una fuente extensa de la cual ahora se examinarán apenas unos fragmentos, seguramente suficientes para captar lo medular de sus puntos de vista sobre la actualidad de entonces. Importa por las afirmaciones que expresa sobre los asuntos públicos y porque fue escrito por un político fundamental al servicio del guzmancismo, Diego Bautista Urbaneja.

Los lectores suponen que se empapan entonces de la opinión de un caudillo estelar, de lo que expresa un soldado célebre, pero quien escribe es un funcionario de la cúpula que ha participado durante décadas en los negocios del poder cerca de los hombres de armas. Firma los papeles el Taita de la Guerra, pero los redacta un político veterano de las lides fundamentales de la época. En consecuencia, El deber cumplido se vuelve más elocuente.

El deber cumplido es pródigo en la descripción de las ejecutorias de Guzmán. Sus cuartillas están repletas de datos sobre lo que hizo en materia de obras públicas, mejoras administrativas, modernización de la burocracia, reforma de la educación y búsquedas de coherencia para superar la anarquía de los caudillos.

Estamos ante una memoria detallada de los esfuerzos de El Septenio, que reitera lo expuesto por los documentos de propaganda distribuidos sin freno por el oficialismo. Remacha lo que las exageraciones gubernamentales han divulgado hasta la saciedad antes del bienio alcantarista. No es este el aspecto que interesa ahora, debido a que el folleto llueve sobre mojado, pero las valoraciones sobre asuntos que la oposición sometía a severas críticas, capaces no solo de conducir a levantamientos armados sino también al desprestigio redondo del hombre fuerte de la época, constituyen un tesoro de evidencias sobre lo que algunos círculos influyentes piensan en torno al manejo de la república.

Entre tales asuntos veremos ahora los referidos a las siguientes materias: el personalismo, los procedimientos tiránicos, la vanagloria del mandatario supremo y el peculado.

Como son problemas que no solo florecen entonces, sino que también forman parte de la historia antecedente y de muchos rasgos de la posteridad, los puntos de vista que visitaremos pueden conducir a corolarios útiles. Quizá advierta el lector, al toparlos hoy, que no está ante un breviario de los asuntos de un tiempo limitado y yerto, sino frente a evidencias de una mentalidad más arraigada y extendida.

Como los movimientos reaccionarios insisten en considerar el personalismo de Guzmán Blanco como uno de los peores males de la época, la pluma de Urbaneja lo justifica así en nombre de Crespo:

“Que el Gobierno del General Guzmán Blanco fue una administración personal ni él lo negó jamás ni al partido liberal se le escondió nunca; pero también es hecho indudable, indiscutible, que un Gobierno legalmente constituido, que una Administración absolutamente constitucional, no solamente no hubiera podido jamás hacer los beneficios que ni aun a la pasión más ciega se ocultan hoy, sino que la sangre derramada a torrentes en aquella revolución habría sido estéril, pues no habría logrado arrancarse al país del negro abismo a que lo habían conducido los errores, las pasiones y los crímenes que al fin habrán logrado corroer hasta los últimos resortes políticos, y que amenazaban la sociedad, ya en la anarquía, con la ruina más espantosa y degradante.

Los desarreglos de la sociedad imponen el personalismo, se deduce del párrafo. Una crisis como la que se experimenta debido a los entuertos multiplicados por los conservadores enseñoreados en el poder, desemboca necesariamente en la autoridad personal de Guzmán. Debido a la magnitud de los problemas no hay regulaciones que puedan superar los entuertos, ni siquiera preceptos tan altos como los de la carta magna. Todos son posibilidades inútiles, si se comparan con la influencia que ejerce un solo hombre para remediarlos. La afirmación no se anima a generalizar, debido a que solo busca fundamento en la peculiaridad de las circunstancias, pero después llega hasta la temeridad cuando justifica todos los actos que se originaron en la hegemonía individual. Veamos:

Y así como el capitán de un buque en los momentos de tempestad poseyendo la autoridad absoluta puede y debe ordenar y exigir los esfuerzos de toda la tripulación, sin preocuparse en el modo de hacerlo, con tal de que la orden se cumpla y se salve la nave; del mismo modo, en medio de la horrible tempestad que combatía el país el jefe del partido liberal debía poseer la autoridad absoluta y marchar con intrepidez a su objeto.

Partiendo de una analogía elemental, se justifica la imposición de una autoridad que no debe preocuparse por los modos de su ejercicio, por los frenos que deben imperar frente a una dominación determinada. Las afirmaciones son dignas de memoria como camino para la justificación de un personalismo desenfrenado porque cuentan con el respaldo de una bandería a política, de un colectivo que comparte la idea de que Venezuela se convierta en un país de galeotes porque no hay otra salida. No solo estamos ante un personalismo provocado por una necesidad social, de acuerdo con el folleto, sino también solícitamente acompañado por los liberales amarillos. Si se albergan dudas sobre el punto, un párrafo de más abajo lo confirma.

El partido liberal o el país, mejor dicho, no solo aceptó de buen grado la autoridad personal y enérgica de Guzmán Blanco, sino que juzgándola indispensable para aquellos momentos, la autorizó, la legalizó con el apoyo decidido que jamás le negara; porque ese partido, porque el país que palpaba los benéficos resultados obtenidos comprendió que aquel era el único camino por el cual podían lanzarse, dadas aquellas terribles circunstancias.

Es cierto que, como se ha visto, los autores de El deber cumplido intentan una reflexión cuyo alcance no es o no pretende ser de largo plazo, pero se solidarizan con un autoritarismo que ha provocado repulsas en su momento, como la que lleva a cabo el presidente Linares Alcántara desde la Casa Amarilla con respaldos en el congreso, en las milicias y en la prensa.

Pero la obligación de apoyar a un individuo contra quien se ha levantado una parte del liberalismo, con sustento militar y discursos a granel en los escaños del parlamento y en un conjunto de periódicos que se fundan con la expresa intención de acabar con el guzmancismo, hace que el par de pagadores de su compromiso no pueda eludir dos puntos que provocan ronchas a granel: la egolatría del “Ilustre Americano” y el delictuoso manejo del erario, que le achacan. Tocaremos estos asuntos en el artículo de la semana próxima.

TelegramWhatsAppFacebookX
El deber cumplido, escrito por Diego Bautista Urbaneja a favor de Guzmán Blanco, es un testimonio imprescindible de un tiempo de guerras y caudillos

 

@eliaspino

En enero de 1878, el general Joaquín Crespo publica un documento de respaldo a la primera gestión de Antonio Guzmán Blanco, llamada El Septenio, contra la cual se ha levantado una dura reacción que encabeza el presidente Linares Alcántara. Con el título de El deber cumplido, Crespo distribuye un folleto en el cual hace la apología del “Ilustre Americano”. En el texto se realiza una descripción de la política y se muestran opiniones sobre lo que entonces se podía juzgar como republicanismo, que nos introducen con creces en un entendimiento capaz de dejar huella en su época y quizá también en el futuro.

Pese a que no ha merecido análisis suficiente, es un testimonio imprescindible de un tiempo de guerras y caudillos. Es una fuente extensa de la cual ahora se examinarán apenas unos fragmentos, seguramente suficientes para captar lo medular de sus puntos de vista sobre la actualidad de entonces. Importa por las afirmaciones que expresa sobre los asuntos públicos y porque fue escrito por un político fundamental al servicio del guzmancismo, Diego Bautista Urbaneja.

Los lectores suponen que se empapan entonces de la opinión de un caudillo estelar, de lo que expresa un soldado célebre, pero quien escribe es un funcionario de la cúpula que ha participado durante décadas en los negocios del poder cerca de los hombres de armas. Firma los papeles el Taita de la Guerra, pero los redacta un político veterano de las lides fundamentales de la época. En consecuencia, El deber cumplido se vuelve más elocuente.

El deber cumplido es pródigo en la descripción de las ejecutorias de Guzmán. Sus cuartillas están repletas de datos sobre lo que hizo en materia de obras públicas, mejoras administrativas, modernización de la burocracia, reforma de la educación y búsquedas de coherencia para superar la anarquía de los caudillos.

Estamos ante una memoria detallada de los esfuerzos de El Septenio, que reitera lo expuesto por los documentos de propaganda distribuidos sin freno por el oficialismo. Remacha lo que las exageraciones gubernamentales han divulgado hasta la saciedad antes del bienio alcantarista. No es este el aspecto que interesa ahora, debido a que el folleto llueve sobre mojado, pero las valoraciones sobre asuntos que la oposición sometía a severas críticas, capaces no solo de conducir a levantamientos armados sino también al desprestigio redondo del hombre fuerte de la época, constituyen un tesoro de evidencias sobre lo que algunos círculos influyentes piensan en torno al manejo de la república.

Entre tales asuntos veremos ahora los referidos a las siguientes materias: el personalismo, los procedimientos tiránicos, la vanagloria del mandatario supremo y el peculado.

Como son problemas que no solo florecen entonces, sino que también forman parte de la historia antecedente y de muchos rasgos de la posteridad, los puntos de vista que visitaremos pueden conducir a corolarios útiles. Quizá advierta el lector, al toparlos hoy, que no está ante un breviario de los asuntos de un tiempo limitado y yerto, sino frente a evidencias de una mentalidad más arraigada y extendida.

Como los movimientos reaccionarios insisten en considerar el personalismo de Guzmán Blanco como uno de los peores males de la época, la pluma de Urbaneja lo justifica así en nombre de Crespo:

“Que el Gobierno del General Guzmán Blanco fue una administración personal ni él lo negó jamás ni al partido liberal se le escondió nunca; pero también es hecho indudable, indiscutible, que un Gobierno legalmente constituido, que una Administración absolutamente constitucional, no solamente no hubiera podido jamás hacer los beneficios que ni aun a la pasión más ciega se ocultan hoy, sino que la sangre derramada a torrentes en aquella revolución habría sido estéril, pues no habría logrado arrancarse al país del negro abismo a que lo habían conducido los errores, las pasiones y los crímenes que al fin habrán logrado corroer hasta los últimos resortes políticos, y que amenazaban la sociedad, ya en la anarquía, con la ruina más espantosa y degradante.

Los desarreglos de la sociedad imponen el personalismo, se deduce del párrafo. Una crisis como la que se experimenta debido a los entuertos multiplicados por los conservadores enseñoreados en el poder, desemboca necesariamente en la autoridad personal de Guzmán. Debido a la magnitud de los problemas no hay regulaciones que puedan superar los entuertos, ni siquiera preceptos tan altos como los de la carta magna. Todos son posibilidades inútiles, si se comparan con la influencia que ejerce un solo hombre para remediarlos. La afirmación no se anima a generalizar, debido a que solo busca fundamento en la peculiaridad de las circunstancias, pero después llega hasta la temeridad cuando justifica todos los actos que se originaron en la hegemonía individual. Veamos:

Y así como el capitán de un buque en los momentos de tempestad poseyendo la autoridad absoluta puede y debe ordenar y exigir los esfuerzos de toda la tripulación, sin preocuparse en el modo de hacerlo, con tal de que la orden se cumpla y se salve la nave; del mismo modo, en medio de la horrible tempestad que combatía el país el jefe del partido liberal debía poseer la autoridad absoluta y marchar con intrepidez a su objeto.

Partiendo de una analogía elemental, se justifica la imposición de una autoridad que no debe preocuparse por los modos de su ejercicio, por los frenos que deben imperar frente a una dominación determinada. Las afirmaciones son dignas de memoria como camino para la justificación de un personalismo desenfrenado porque cuentan con el respaldo de una bandería a política, de un colectivo que comparte la idea de que Venezuela se convierta en un país de galeotes porque no hay otra salida. No solo estamos ante un personalismo provocado por una necesidad social, de acuerdo con el folleto, sino también solícitamente acompañado por los liberales amarillos. Si se albergan dudas sobre el punto, un párrafo de más abajo lo confirma.

El partido liberal o el país, mejor dicho, no solo aceptó de buen grado la autoridad personal y enérgica de Guzmán Blanco, sino que juzgándola indispensable para aquellos momentos, la autorizó, la legalizó con el apoyo decidido que jamás le negara; porque ese partido, porque el país que palpaba los benéficos resultados obtenidos comprendió que aquel era el único camino por el cual podían lanzarse, dadas aquellas terribles circunstancias.

Es cierto que, como se ha visto, los autores de El deber cumplido intentan una reflexión cuyo alcance no es o no pretende ser de largo plazo, pero se solidarizan con un autoritarismo que ha provocado repulsas en su momento, como la que lleva a cabo el presidente Linares Alcántara desde la Casa Amarilla con respaldos en el congreso, en las milicias y en la prensa.

Pero la obligación de apoyar a un individuo contra quien se ha levantado una parte del liberalismo, con sustento militar y discursos a granel en los escaños del parlamento y en un conjunto de periódicos que se fundan con la expresa intención de acabar con el guzmancismo, hace que el par de pagadores de su compromiso no pueda eludir dos puntos que provocan ronchas a granel: la egolatría del “Ilustre Americano” y el delictuoso manejo del erario, que le achacan. Tocaremos estos asuntos en el artículo de la semana próxima.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.