La era está pariendo un corazón II, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
La era está pariendo un corazón II, por Julio Castillo Sagarzazu
Esta tragedia de Ucrania, este cambio de era, con todo su sufrimiento deberá parir un nuevo corazón, como ha sido siempre

 

@juliocasagar

Ahora que Silvio Rodríguez pasa por un proceso de revisión de su castrismo incondicional (tarde pio el pajarito) se siente uno con más libertad de citar una de sus canciones para titular una nota. La de hoy está marcada con el numero II, porque hace dos años escribíamos otra con el mismo título.

Aquella pretendía una extrapolación de la irrupción juvenil de los años 60 en el mundo entero, con la que ocurría en nuestro país liderada por los chamos que, en 2017, salieron a la calle por cientos de miles para convertirse en la vanguardia de quienes plantaban cara al régimen.

En esta ocasión, como verá el lector, está referida a tratar de relacionar la cruel y espantosa invasión de Putin a Ucrania, como un elemento que se ha convertido, a nuestro juicio, en un parte aguas del momento histórico que nos está tocando vivir.

Veamos:

El mundo que salió de Yalta y Potsdam fue un mundo complejo. Los victoriosos de la II Guerra Mundial estaban lejos de ser un frente uniforme. Derrotar a Hitler implicó una alianza con Stalin. Una alianza en apariencia “contra natura” pero necesaria.

Ese mundo dejó en manos del dictador ruso a todos los países que habían quedado detrás de las líneas del Ejército Rojo en su camino a Berlín. Un camino que, dicho sea de paso, fue dejado expedito por los mismos aliados para evitar que el general Patton, un hombre “políticamente incorrecto” y que llegó a plantear que había que seguir la guerra contra la URSS para extirpar el comunismo, pudiera llegar antes que los rusos a ocupar la capital alemana. En efecto, Bradley y Eisenhower (su gran amigo y camarada) le cortaron el combustible y los refuerzos para que eso no ocurriera (cosas de la geopolítica y la guerra). El complemento a los acuerdos de Yalta y Potsdam fue el que contenía la Declaración Balfour que, en 1948, planteó el establecimiento del Estado de Israel, en el territorio de Palestina.

Pues bien, este mundo con la cortina de hierro en el corazón de Europa e Israel haciendo de tapón de contención a la influencia comunista en los países árabes, fue el de la Guerra Fría. Este statu quo fue, justamente, el que saltó por los aires con la caída del muro de Berlín y la extinción del poder soviético en Europa del Este. Sin el Pacto de Varsovia, la OTAN quedó como la alianza militar hegemónica y unipolar en la Europa liberada del comunismo.

Mientras tanto, en el Pacífico, crecía el poderío militar y económico de China. Los chinos, por cierto, continuando con su taimado y más eficaz expansionismo. No fundado este en la agresión militar, sino en la sagacidad de sus comerciantes que crearon y han recreado la Ruta de la Seda y que han multiplicado por mil los China Towns en las principales ciudades del mundo.

Sin contrapesos y sin balances, China crecía “a la chita callando”; mientras que en Rusia se desarrollaba, también imperceptiblemente, un proceso de sustitución de la “nomenclatura” soviética por la de una oligarquía comandada por un exagente nostálgico de la KGB. Este inmenso país, sin una sociedad civil desarrollada, sin tradición democrática, sin partidos políticos fuertes, cayó presa fácil de este policía político sin escrúpulos que aprovechó también la debilidad dipsómana de Boris Yeltsin.

Esta “hegemonía” aparente estimuló la dejadez de las democracias occidentales y aflojó los resortes morales de su cultura. Agazapado también avanzó el castrismo en el propio patio trasero de los Estados Unidos y, como un mago de pueblo, metió en una chistera La Tricontinental de La Habana (la que se planteaba crear dos, tres, muchos Vietnam) y sacó de ella al Foro de Sao Paulo como una casta paloma con un ramo de olivo de la paz democrática y electoral de su pico.

Fue en ese ambiente post Guerra Fría que se incubaron lo que ahora son los nuevos elementos de la realidad geopolítica mundial; y que han permitido a Putin invadir a Ucrania sin que el mundo democrático haya podido impedirlo. Una parálisis semejante a la que vivió Europa cuando Hitler violaba el acuerdo de Versalles, militarizando la Renania, anexándose a Austria y obligando a ingleses y franceses a firmar el vergonzoso Pacto de Múnich donde le regalaron los Sudetes checoslovacos.

¿Cuáles fueron esos elementos? Pues, entre otros, la aparición de una nueva realidad. Una nueva “Internacional” que reúne liderazgos populistas tan disimiles en origen, pero tan cercanos en actitudes para gobernar como Trump, Bolsonaro, López Obrador, Bukele y el propio Chávez. También organizaciones tan extrañas como la de los chalecos amarillos en Francia que tiene en su dirección nacional a partidarios de Le Pen y de Mélenchon; o la de los camioneros canadienses que igual exhibían camisetas del Che Guevara, como de Donald Trump.

Mientras no había ocurrido la invasión a Ucrania, estábamos en presencia de una realidad sociológica, una curiosidad antropológica digna de ser estudiada. Ahora, cuando la tragedia del pueblo ucraniano interpela nuestras conciencias, es cuando nos vemos obligados a reflexionar, y sobre todo a actuar, para evitar que este nuevo virus siga fluyendo por el torrente circulatorio del mundo.

En efecto, estamos hoy enfrentando una nueva realidad mundial que requiere nuevas respuestas.

Así, por ejemplo, como la Sociedad de las Naciones murió cuando estalló la segunda guerra mundial, así hay que plantearse una nueva multilateralidad ante el fracaso de la ONU de impedir esta tercera que ya ha comenzado.

También en el plano político es hora ya de darse cuenta de que la estafa de las ideologías debe tocar a su fin; de que la verdadera batalla de las ideas hoy en día es (aunque suene cursi y maniqueo decirlo) entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, entre los valores de la democracia y la libertad y los del populismo autoritario y tiránico.

Nuevas alianzas deben nacer en el mundo. Esta tragedia, este cambio de era, con todo su sufrimiento deberá parir un nuevo corazón, como ha sido siempre.

Ese nuevo corazón debe impulsarnos a derrotar a Putin en Ucrania y, si es posible, eyectarlo del poder en Rusia. Esa es la nueva tarea de los nuevos aliados.

Una Normandía de las ideas. Una campaña de Las Ardenas para impedir que contraataquen son las nuevas prioridades hoy en día, en el mundo y también en Venezuela.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es