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#CrónicasDeMilitares | El golpe mortal contra el caudillismo, por Elías Pino Iturrieta
En su mensaje de 1903 ante el Congreso, resuena una frase del general Castro que cambia la historia de Venezuela: “He vencido al caudillaje, muerto por mi propia mano”

 

@eliaspino

En 1902, cuando Cipriano Castro se impone ante la denominada “Revolución Libertadora”, ocurre un fenómeno trascendental de nuestra historia: el caudillismo que ha reinado desde los tiempos de la Guerra Federal recibe un mandoble que lo conduce al cementerio. Culmina una etapa política en Venezuela, de disgregación e indisciplina, para que comience un proceso de uniformidad y coherencia que se necesitaba para la modificación de los asuntos públicos. De seguidas se describirán los aspectos principales del suceso.

Los hechos encuentran origen en el extranjero y no llegan a buen puerto, a pesar de la influencia y del dinero de quienes los promueven. En 1883 la nación concede a un estadounidense llamado Horace Hamilton los derechos de explotación de asfalto y betún en el lago de Guanoco. De inmediato Hamilton traspasa sus derechos a la empresa New York and Bermúdez Company, que no cumple las obligaciones a las que se compromete para que unos modestos empresarios venezolanos pidan que se les conceda legalmente el emprendimiento.

El secretario de Estado de los Estados Unidos, animado por el empresario Nelson Rockefeller, presiona por un fallo favorable a sus connacionales. Llega a sobornar a dos magistrados de la causa para que el presidente Castro reaccione con gran énfasis. Ordena que se salten los frenos y los lapsos del proceso y que se llegue a una sentencia favorable para los reclamantes venezolanos, como en efecto sucede.

Sin asfalto ni betún, los yanquis encabezados por Rockefeller ofrecen 1.000.000 de dólares, un barco y armas de última generación al banquero Manuel Antonio Matos, concuñado de Guzmán y político conocido desde los tiempos de El Septenio, para que se deshaga del estorbo castrista. No solo le entregan los mencionados recursos antes de que comience los movimientos armados, sino que también garantizan la cooperación del Gran Ferrocarril de Venezuela, empresa de capital alemán que reclama pagos vencidos al gobierno, y de los capitalistas franceses, también descontentos, que manejan el Cable Interoceánico. De tales tratos sale la “Revolución Libertadora”, que parece invencible antes de que estalle la pólvora.

El movimiento se muestra insuperable debido al enjambre de caudillos de todos los rincones del país que acuden al llamado de Matos y de sus opulentos promotores. En el estandarte “libertador”¨ se cobija lo más granado del caudillismo de la época. Se unen al alzamiento los hombres de presa más temibles, entre quienes destacan espadones como Domingo Monagas, Ramón Guerra, Luciano Mendoza, Gregorio Riera, Antonio Fernández, Juan Pablo Peñaloza, Pedro Ducharne, Zoilo Vidal, Luis Loreto Lima, Rafael Montilla y Nicolás Rolando. Llegan a formar un ejército de 14.000 hombres que parece imbatible por el prestigio y por la experiencia de quienes lo comandan. Pero también debido a que unos acorazados procedentes de Estados Unidos, Francia y Alemania, pernoctan en las bocas del Orinoco para ayudarles en lo que se pueda. Castro está sentenciado a muerte, según los observadores de la situación.

En especial por los pocos apoyos que al principio puede mostrar. La mayoría de los caudillos quiere desplazarlo, y el dinero que falta en sus arcas sobra en las del enemigo. Sin embargo, lo que parece mengua se vuelve ventaja y da fundamento a cálculos alentadores.

Mientras el ejército rival es un enjambre de contradicciones frente a las cuales no se impone una autoridad indiscutible, las tropas gobierneras solo obedecen a una sola cabeza que todos acatan de manera automática. Mientras un banquero sin prestigio militar trata de ordenar sin suerte los intereses y los caprichos de sus comandantes, el gallo montañés que viene triunfando desde 1899 se beneficia de la férrea lealtad de oficiales y tropa.

Cuenta, en especial, con la diligencia y con la laboriosidad del jefe de su ejército, un tachirense llamado Juan Vicente Gómez, poco conocido por el público, quien envía tres contingentes frescos de los Andes para dar batalla en el lugar que escoja su caudillo. Como no hay discusiones, sino solo movimientos obedientes, don Cipriano prepara con la debida anticipación el campo de batalla.

Selecciona la población de La Victoria y sus alrededores, después de un estudio concienzudo de la topografía. Pasea repetidas veces por el escogido teatro, levanta fortificaciones, abre trincheras, establece las posiciones de sus hombres, explica los planes a los oficiales y se pone a esperar a unas montoneras desordenadas y carentes de liderazgo. Durante el mes de octubre de 1902 hace lo que le parece en el lugar, generalmente con acierto, y logra un triunfo contundente que continuará Gómez, a quien encarga la persecución de los enemigos en desbandada.

En su mensaje de 1903 ante el Congreso, resuena una frase del general Castro que no es un recurso retórico, sino una verdad susceptible de cambiar la historia de Venezuela. Dice ante los diputados que lo aclaman: “He vencido al caudillaje, muerto por mi propia mano”.