“Alea iacta est”, parceros - Runrun
Alejandro Armas Jun 03, 2022 | Actualizado hace 1 mes
“Alea iacta est”, parceros
Este artículo es solo un lamento por otro país atrapado entre dos malas opciones, con el deseo sincero de que lo que sea que escoja no resulte ser tan terrible

 

@AAAD25

Me causa estupefacción ver a venezolanos expresando estar estupefactos porque a sus conciudadanos les preocupan bastante las elecciones presidenciales en Colombia. Ven a sus paisanos como metiches sin oficio que opinan sobre algo que no les incumbe. Omiten que la Nueva Granada es el principal destino de los venezolanos que escapan de la perdurable calamidad humanitaria en casa. ¿Cómo estos no se van a interesar por la suerte de la alternativa residencial? Los dizque anonadados también ignoran que Venezuela no puede conseguir el cambio político que tanto le urge, si los impulsores de la causa democrática criolla no cuentan con el apoyo de las democracias del mundo. Sobre todo, de las vecinas, como Colombia. Razón de más para desear que el morador de la Casa de Nariño sea alguien dispuesto a echar una mano.

Espero que nadie se asombre entonces si dedico mi columna esta semana a Colombia y sus comicios presidenciales. Aunque no desdeño mi país, me considero una persona de inquietudes cosmopolitas. Una de ellas es la salud de la democracia a lo largo y ancho del globo. Supongo que no tengo que decirles que los últimos años no han sido los mejores en ese frente, y que Latinoamérica no está exenta de la debacle.

No hemos visto más golpes de Estado clásicos, como el de Pinochet; pero sí el ascenso de populistas autoritarios que llegan al poder en elecciones y luego socavan las instituciones republicanas, como Nayib Bukele. El sistema de dos vueltas electorales a veces evita lo peor. Pero en este vecindario ha pasado ya varias veces que dos malas opciones son las que entran al balotaje. Sucedió con Pedro Castillo y Keiko Fujimori en Perú. Volverá a suceder con Lula da Silva y Jair Bolsonaro en Brasil, si Lula no obtiene suficientes votos para ganar en primera vuelta. Y está sucediendo en este preciso momento con Gustavo Petro y Rodolfo Hernández.

Cuando opino sobre la política de países ajenos, trato de buscar un equilibrio entre lo que a este le conviene y lo que le conviene al mío, lo cual a veces es difícil. Será una opinión impopular, pero creo que no podemos pretender que otras naciones se vayan al demonio si nosotros podemos sacar algún provecho. Es lo que voy a hacer ahora con Colombia. Afortunadamente, esta vez el balance no es tan complicado, porque al parecer no habrá mucha diferencia entre la política hacia Venezuela de una presidencia de Petro y una de Hernández.

Comencemos con Petro

Si hablo menos de él, es porque ya es una figura muy conocida, así que es fácil imaginar lo que haría como mandatario. Sería un giro sin precedentes hacia la izquierda para Colombia, lleno de riesgos que a mi juicio no vale la pena correr. No porque Petro sea de izquierda. No considero que la izquierda en sí misma sea peligrosa (tampoco la derecha). Es por el tipo de izquierda que Petro encarna. Una izquierda posmoderna y marcada por el populismo estilo Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. De esas que, con la excusa de articular las demandas de grupos tradicional e injustamente marginados o excluidos (las masas proletarias empobrecidas, las minorías étnicas, las mujeres, la comunidad Lgbtiq, etc.), se cree con derecho a concentrar poder en detrimento de la deliberación democrática, y a tildar de ilegítima toda oposición a sus ideas.

Como otros líderes contemporáneos de la izquierda latinoamericana, Petro recientemente ha tratado de marcar distancia con el chavismo, habida cuenta de que la calamidad en Venezuela es imposible de omitir. Sin embargo, es razonable sospechar que eso es un mero disimulo para hacerlo más potable a los electores, en vez de un distanciamiento ético e ideológico sincero. Después de todo, Petro fue por años cercano al chavismo y tan tarde como en 2016, cuando la deriva autoritaria y la ruina económica en Venezuela ya eran evidentes, tuvo la desfachatez de poner en duda la crisis, usando como prueba… Una foto de uno de los poquísimos anaqueles de supermercado que al momento de su visita no estaba vacío.

El populismo de Rodolfo Hernández

Rodolfo Hernández es una verdadera caja de sorpresas. Prever cómo sería su gobierno es imposible. Su campaña se ha basado principalmente en llamar la atención con contenido hilarante difundido en redes sociales, y en denunciar con furia la corrupción de toda la clase política tradicional colombiana. Tal vez para evitar que se le asocie con cualquiera de las corrientes políticas que tanto ataca, Hernández ha evitado transmitir una identidad ideológica clara. No es un conservador mojigato, ni un liberal clásico, ni un socialdemócrata ni mucho menos un ñángara. Varias de sus propuestas de hecho suenan bastante razonables.

El problema con Hernández es que, al igual que Petro, es un populista. Se muestra intolerante al disenso y es nocivamente agresivo hacia las alternativas a su candidatura. Tiene la intención de gobernar por decreto tan pronto como llegue al poder. A menos que un país esté atravesando una crisis infernal, como un desastre natural o una agresión extranjera, eso de dar órdenes por plumazo y sin consultar con nadie nunca es bueno. Se salta la separación de poderes, así como la negociación inherente a una democracia plural.

En cuanto a Venezuela, pues tanto Petro como Hernández han dejado claro que reanudarán relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro.

De más está decir que ello implica un duro golpe a la causa democrática venezolana, pues será un gobierno menos presionando por una transición negociada entre el chavismo y la oposición. Petro lo hará porque detesta a la oposición venezolana y por la noción, compartida por buena parte de la izquierda latinoamericana, de que no se puede presionar a un gobierno igualmente de izquierda, aunque no sea democrático. Un ethos que se justifica alegando que los venezolanos podemos dirimir diferencias sin que a Miraflores se le presione, lo cual es demostradamente falso.

La motivación de Hernández es más sencilla: no le interesa lo que pase dentro de Venezuela. Según él eso no afecta a Colombia y es más provechoso para su país restablecer vínculos con quien sea que gobierne. Hay argumentos que fácilmente desmontan esta visión, incluso limitándose a lo que le conviene a Colombia. Pero enumerarlos sería demasiado largo.

Sin embargo, es más probable que Petro vaya más allá que Hernández cumpliendo lo que sea que el chavismo desee de las relaciones con Colombia. Y dado que los dos son populistas, pero además Petro es más ideológicamente peligroso que Hernández, quizás (esto es un grandísimo “quizás”), el polémico exalcalde de Bucaramanga sea el mal menor. Tanto para Colombia como para Venezuela. Digo esto aun consciente de los nauseabundos comentarios xenofóbicos de Hernández para con mis conciudadanos, los cuales se reflejan en puntos de su plan de gobierno para nada favorables a los venezolanos que han huido, y siguen huyendo, al vecino país en busca de las oportunidades que acá no hay.

Yo no voy a exhortar a votar por nadie. No soy de esos desubicados que creen que su mensaje llegará a otro país donde nadie los conoce (ni siquiera en el mío soy muy conocido); ni que, si por milagro ocurriera lo contrario, van a influir en la opinión de los votantes. Aquí, acá y acullá a los electores no les interesa el parecer de los extranjeros. Este artículo es solo un lamento por otro país atrapado entre dos malas opciones, con el deseo sincero de que lo que sea que escoja no resulte ser tan terrible. Los colombianos cruzaron su Rubicón. Los venezolanos solo podemos observar. Alea iacta est, parceros.

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