Amarrarnos como Ulises, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Amarrarnos como Ulises, por Julio Castillo Sagarzazu
Como Ulises, deberemos amarrarnos al mástil del sentido común, para no sucumbir a los cantos de las sirenas de las presidenciales

 

@juliocasagar

Vamos a ver: el debate sobre cómo deben afrontar las fuerzas democráticas el tema de una posible elección presidencial debería ser abierto, sin exclusiones y admitiendo todos los criterios por más excéntricos o enrevesados que estos nos parezcan.

Deberíamos igualmente estar es disposición de admitir que es legítimo que alguien quiera decir, en el curso de dicho debate, que antes de unas primarias, se debería hablar de una propuesta de país, de un programa etc., etc. También deberíamos aceptar que se hagan propuestas sobre modalidades, sobre métodos, sobre segundas vueltas, consensos y encuestas.

Todo esto está bien. Pero convendría también advertir que este debate debe tener un fin. Que sería absurdo que cayéramos en el vicio del debate interminable y que el resfriado de un proceso electoral nos agarre sin el pañuelo de un acuerdo mínimo.

Si algo deberían hacer las fuerzas democráticas desde ahora es dotarse de una agenda y un cronograma. Como primero debe ser lo primero, lo más importante sería que diseñáramos una estrategia común de presión para que las elecciones, aun hipotéticas, puedan efectivamente realizarse.

Sería un error suponer que esta batalla está ganada. Aún estamos en una encrucijada peligrosa que puede llevarnos o a unas elecciones con estándares aceptables o a la vía que ha llevado a Daniel Ortega a hacer desaparecer todo vestigio de democracia en Nicaragua. Managua está más cerca de Caracas de lo que podamos imaginar.

Hay hoy en día una rendija geopolítica interesante que se ha abierto y se debería aprovechar: todo parece indicar que Rusia se empantanará en Ucrania. El Donbás y el este de ese martirizado país va a ser el escenario de un conflicto de largo aliento. Cuando Putin logre ocupar militarmente la región es cuando de verdad empezarán sus problemas. Una fuerza de ocupación tiene que ser ejército y policía a la vez; los generales tienen que ser alcaldes y resolver problemas a sus soldados y a los pocos habitantes que queden. Los rusos tendrán que enfrentarse, como los nazis en Francia y Yugoeslavia, los franceses en Argelia y los norteamericanos en Vietnam, al asedio de una resistencia moralizada y fácil de avituallar desde el oeste.

Si Putin sigue desgastándose, si los republicanos ganan las elecciones de medio término, la presión sobre Maduro puede aumentar. Esta presión, dependiendo de cómo la oposición y las democracias aliadas lo manejen, pueden hacer que Maduro acepte regresar a México y negociar un acuerdo decente; o puede, en su desesperación, tratar de imitar a Ortega. Como dijimos antes, las dos vías están abiertas. Y sería un error creer que ya el mandado electoral está hecho y que contáramos esos pollos antes de nacer.

De manera que la oposición venezolana debe aprender a lidiar con esta realidad y paralelamente diseñar una estrategia que apunte hacia un acuerdo que desemboque en una propuesta unitaria.

Esta propuesta unitaria no será nunca, digámoslo claro, una candidatura única. No hay condiciones en el país para que una alternativa única se enfrente a Maduro. La razón de esta realidad no tiene nada que ver con las inefables diferencias entre los lideres opositores (aun cuando esas rivalidades cuentan e influyen). En realidad, no habrá opción única porque el régimen ya tiene decidido que sus agentes en la oposición siembren la matriz de opinión de que no hay unidad, independientemente de la fórmula que la oposición use para lograrla.

Si hay un consenso, ya está preparado el discurso de que se pusieron de acuerdo los cogollos. Si se hacen unas primarias, ya está masticado el argumento de que primero hay que ponerse de acuerdo en un proyecto de país; de que los partidos que se pongan de acuerdo para hacerlas no representan a nadie, etc. etc. Todos argumentos fastidiosamente recurridos, pero que serán presentados para hacerlos digeribles entre el votante opositor promedio.

¡Ojo con esto! Como suele ocurrir, habrá mucha gente que de buena fe compre este discurso. Los tópicos y los lugares comunes, sobre todo cuando tienen algún sustento (y en este caso, obviamente tiene mucho) son argumentos atrayentes. Ojalá consigamos la sabiduría suficiente para poder diferenciar la sinceridad de la impostura. Como Ulises, deberemos amarrarnos al mástil del sentido común para no sucumbir a los cantos de las sirenas.

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