La epistemología activista, por Alejandro Armas - Runrun
La epistemología activista, por Alejandro Armas
Venezuela algún día volverá al concierto de las democracias en las que la esfera pública de discusión sí tiene peso en las relaciones de poder

 

@AAAD25

Comencemos con una explicación del titular que usted acaba de leer, dado que puede sonar excesivamente abstracto y ajeno a los problemas muy concretos del país que usualmente atañen a esta columna. A veces, como en Tenemos que hablar de Kevin, sensacional thriller psicológico dirigido por Lynne Ramsay, hay que introducir un tema de conversación de forma abrupta, dada una relevancia de la que el interlocutor al parecer no es consciente. Además, la política venezolana lleva un buen tiempo estabilizada en el foso, por tomar prestada una expresión del apreciado Asdrúbal Oliveros a propósito de nuestra economía. Es decir, se ha paralizado en un muy mal lugar. Así que hablar siempre de ella termina siendo repetitivo y tedioso. Mismos vicios, mismos diagnósticos, mismas propuestas. Vamos, pues, con la materia de hoy.

En la medida en que sociedades de Europa, Norteamérica y algunas latinoamericanas se polarizan entre conservadores y reformistas, queda en evidencia una crisis epistemológica. Ya no solo hay desacuerdo sobre cómo manejar los hechos. Ni siquiera hay acuerdo sobre los mismos hechos. Es como si cada corriente política viviera en una dimensión paralela. En parte se debe a que la información que consumen le muestra a cada grupo una realidad totalmente distinta, que demasiado a menudo le confirma sus respectivos sesgos y prejuicios.

Se borra la frontera, que bien trazó Platón, entre la doxa (opinión) y la episteme (conocimiento fáctico). Esto es problemático porque tiene que haber un consenso mínimo sobre hechos empíricos y preceptos morales indiscutibles. Como apuntó Arendt, si todo se puede relativizar, la esfera pública se contamina por lo absurdo, y su desempeño se empobrece. Los integrantes de una comunidad no pueden cambiar su entorno para bien si ni siquiera están de acuerdo sobre la naturaleza verificable de ese entorno. Además, si la ética también es totalmente relativa, pues todo se vale.

Y cuando en política todo se vale, se abren las puertas a las tendencias autoritarias que desprecian la dignidad del ser humano y no tienen ningún problema en reemplazar la realidad con una fachada ideológica.

Es el relativismo radical de Nietzsche en su terrible escalafón del filósofo contemporáneo Gianni Vattimo, tan dado a la apología del despotismo.

Hecha la advertencia sobre el peligro que corre el mundo hoy, pasemos a examinar una de las causas. Hay dos fuentes principales del conocimiento, digamos, «politizable»: la prensa y la academia (específicamente la que se dedica a las ciencias sociales). Ambas son consideradas «profesiones intelectuales», puesto que no generan bienes físicos, sino pensamiento. Es tarea del intelectual observar el mundo con ojo crítico, indicar problemas que por lo general la sociedad pasa por alto y proponer soluciones. Esa tendencia a criticar el statu quo hace que la prensa y la academia tiendan hacia el campo reformista (aclaro que uso el término “reformismo” para referirme a lo que convencionalmente se llama “@AAAD25”, vocablo que encuentro muy inapropiado, por razones que no explicaré hoy).

No siempre es así, claro. Hay periodistas y académicos conservadores, cuya inclinación no niega su mérito intelectual. Pero la tendencia en ambos oficios es hacia la identificación con las causas de justicia social. Por algo los estereotipan como «progres». Personas que simpatizan con el feminismo y el movimiento Lgbtiq. Que son críticos acérrimos de la discriminación por razones de género, ascendencia étnica, religión, etc. Que son sensibles a las dificultades que pasan los pobres y encuentran ofensivo que mientras tanto haya personas inmensamente ricas y privilegiadas.

Los seres humanos no somos máquinas. Debido a la imperfección en la generación de conocimiento, es natural que tratemos de rellenar los vacíos con opiniones que tratan de acercarse a la verdad, sin serlo. Ese es el surgimiento de las distintas ideologías. El problema es cuando la ideología invade el proceso de generación de conocimiento de entrada. Si eso ocurre, hay un alto riesgo de que el producto final no sea un hecho indiscutible de consecuencias discutibles, sino un todo discutible. De nuevo, el indeseable “todo es opinión, todo es relativo”. Concretamente sucede cuando los periodistas dejan que sus creencias ideológicas orienten el reportaje de los hechos, o cuando los académicos permiten otro tanto con la recopilación de datos en sus investigaciones. No van por lo real, sino por lo que quieren que sea real.

Es por esto que periodistas y académicos deben comprometerse a mantener sus sesgos a raya en la etapa fundamental de su trabajo. El activismo se lo pueden dejar al manejo de los hechos, pero no meterlo en el conocimiento de los hechos. No importa cuán convencidos estemos de la justicia de las causas que favorecemos. No importa cuán evidente sea su acierto moral. Cuando investiguemos los hechos relacionados a esas causas, las opiniones se deben quedar por fuera. Luego les tocará su turno en el debate ideológico de las soluciones, cuyo hábitat natural no está en la prensa informativa ni en los papers académicos, sino en las columnas de opinión de los medios, los foros de debate y las instancias parlamentarias de cada Estado.

La mayoría reformista en la prensa y la academia denuncia con furia ciertas fuentes conservadoras de información, por inescrupulosas y abiertamente sesgadas. Pero si en el campo propio se tolera la epistemología activista, ¿es mejor acaso? Los otros al menos pudieran hallar aprecio por su autenticidad, mientras que unas fuentes de conocimiento que pregonan objetividad, pero no la practican, quedan como hipócritas. Y por favor, espero que nadie se excuse alegando que la objetividad perfecta no existe porque somos sujetos y no objetos, una patraña y lugar común que estoy cansado de escuchar. Que no podamos ser completamente objetivos siempre no significa que no debamos esforzarnos por serlo lo más posible. Nadie es perfecto y a las virtudes absolutas solo podemos tender, sin ocuparlas del todo, como indicó Aristóteles. Es cuestión de hacer el esfuerzo intelectual y ético.

Entiendo que todo lo que aparece en este artículo no es para nada prioritario en un país sin democracia ni Estado de derecho, asolado además por una calamidad socioeconómica. Pero, como ya dije, a aquellos asuntos se les da su justo espacio ampliamente mayoritario en la presente columna. No la pueden ocupar toda porque, insisto, sería reiterar lo mismo mientras poco o nada cambia. Venezuela, espero, algún día saldrá de este desastre y volverá al concierto de las democracias en las que la esfera pública de discusión, diría Habermas, sí tiene peso en las relaciones de poder. Cuando ese momento llegue, deberíamos estar lo mejor preparados para afrontar problemas como la crisis epistemológica.

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