La juventud suspendida: crecer sin horizontes

En Venezuela, ser joven se ha convertido en una forma de resistencia. Lo que en otros países representa futuro, para la sociedad venezolana –dentro y fuera del territorio nacional– se vive como condena. Una generación entera ha sido moldeada por la escasez, la represión y la huida. Son niños, adolescentes y jóvenes sin aula, estudiantes sin maestros, hijos sin país. Atrapados en una dictadura que desconfía de sus ideas, los criminaliza por pensar y los castiga por protestar.

Las detenciones arbitrarias de jóvenes por motivos políticos se han vuelto rutina. Estudiantes que no alcanzan los veinte años han sido llevados a prisión sin mayor explicación. También periodistas en formación, apenas en sus veinte años, han sido apresados por informar. Son los rostros de una tragedia que no da tregua: muchachos presos, familias rotas, silencios impuestos.

Quienes permanecen en el país lo hacen en condiciones brutales: sin educación funcional, sin acceso estable a internet, sin horizonte profesional. La vida escolar se reduce a jornadas parciales, sin docentes suficientes ni materiales básicos. El hambre y la inseguridad obligan a muchos a abandonar los estudios. Otros se ven forzados a trabajar en la informalidad o a migrar a temprana edad. La desesperanza se filtra por todos los resquicios.

Muchos jóvenes venezolanos que se quedaron en el país han quedado al cuidado de abuelos, tíos o vecinos, mientras sus padres trabajan en el extranjero, enviando remesas para su sustento. Según cálculos de Cecodap, unos 800.000 niños y adolescentes se encuentran hoy en esta situación de “niños dejados atrás”. Especialistas vinculan este fenómeno al migratory mourning: un duelo emocional profundo que configura sentimientos de abandono, baja autoestima y tristeza en los menores.

Una investigación en Chile señala que la claridad de identidad étnica y el apoyo social son factores críticos para el bienestar psicológico de estos migrantes jóvenes, transformando su sentido de pertenencia y conexión con Venezuela. En paralelo, quienes emigran cargan con la responsabilidad de sostener a sus familias: dejan amistades y aulas atrás, enfrentan discriminación y precariedad en el país de acogida, y se ven forzados a crecer con rapidez.

Esta ruptura familiar genera una fractura profunda en el sentido de procedencia y permanencia, creando una juventud sin anclajes geográficos, dividida entre el deber de sobrevivir fuera y el deseo de reintegrarse en un país que apenas conocen o apenas recuerdan. Ni los que se van hallan un futuro seguro ni los que se quedan pueden proyectarlo: viven suspendidos, en la intersección entre un pasado idealizado y un futuro incierto.

Pero no todos los jóvenes viven la misma Venezuela. En medio de la precariedad generalizada, contrasta con violencia la realidad de los hijos y nietos de los jerarcas del régimen. Mientras la mayoría sobrevive en barriadas sin agua ni transporte, estos jóvenes crecen entre lujos, viajes, universidades privadas o extranjeras y marcas importadas.

Algunos exhiben su opulencia sin pudor en redes sociales, en un país donde millones apenas pueden comer dos veces al día. Son los herederos del poder, sostenidos por fortunas construidas en la sombra de la corrupción, el tráfico de influencias o el saqueo de las arcas públicas. Otros, menos ostentosos, también escapan a la crisis gracias a las divisas que les envían padres o madres que emigraron, en un gesto desesperado por evitarles la condena de vivir la Venezuela profunda. Así se ensancha la fractura entre juventudes: una que resiste desde abajo y otra que flota, indiferente o cínica, sobre los escombros.

Este panorama evoca una advertencia histórica. Como lo han señalado diversos historiadores, la Venezuela actual se asemeja a los días del gomecismo, cuando también se reprimió a la juventud, se prohibió el pensamiento libre y se secuestró la vida política. Entonces, como ahora, a una generación se le despojó de su voz. Pero fue también aquella juventud —la Generación del 28— la que, años después, lideró la construcción de la democracia del país. Con sus luces y sus sombras, sí. Pero a diferencia de aquella generación que emergió de la cárcel con ideales, capacidad de organización y proyectos concretos para refundar la República, la juventud que hoy queda en Venezuela enfrenta un espejo distorsionado.

En lugar de líderes políticos formados en la lucha y la deliberación, se ha generado una red de jóvenes influencers que compiten por “seguidores” y “likes”, pero ofrecen muy poco sustento ideológico. El campo digital se ha llenado más de eslóganes vacíos, chistes viralizados o poses estéticas que de análisis críticos o propuestas estructuradas. Estudios sobre comunicación digital indican que estos influencers, aunque llegan a audiencias masivas, raramente son vistos como fuentes confiables de información política —y cuando incursionan en política, su discurso suele ser simplista y emocional más que fundamentado.

En el contexto venezolano, se observa incluso cómo algunos influencers son cooptados tanto por el régimen como por una oposición degradada: participan en programas oficiales o promueven narrativas alineadas sin cuestionarlas, lo que erosiona la posibilidad de un liderazgo auténtico. Esta banalización política, más cercana a una cultura de entretenimiento que a una praxis cívica seria, contrasta dolorosamente con aquella generación del pasado que, tras ser reprimida, construyó partidos, institucionalizó procesos y enfrentó las dictaduras con altura cívica.

Hoy, en lugar de la forja de un proyecto colectivo, se impone una lógica de consumo digital: “quien tiene más seguidores gana”. En ese terreno, el activismo se diluye en memes, el compromiso en clics y la representación en perfiles estéticos, dejando en la juventud un vacío de pensamiento que puede costar mucho más que unos años de dictadura.

La gran diferencia es que, hoy, el daño acumulado es más profundo y más duradero. Han roto el país en múltiples niveles, y se necesitarán décadas para recomponer su tejido social. Se ha deshecho no solo la economía o la institucionalidad, sino también los vínculos de confianza, la educación como plataforma de movilidad, la expectativa de futuro, la moral. Lo que se ha quebrado es la posibilidad misma de imaginar un mañana.

El entorno internacional tampoco ayuda. Vivimos un momento global poco propicio para la democracia. La doble moral de muchos actores del mundo —que condenan dictaduras a conveniencia mientras coquetean con otras— debilita el apoyo a los pueblos que luchan por su libertad. Venezuela no escapa a ese abandono.

Y, sin embargo, hay luces. A pesar del cerco, aún existen jóvenes que –dentro o fuera de Venezuela– desde las sombras, sostienen espacios comunitarios, bibliotecas populares, medios digitales, redes de ayuda y de formación. En medio del apagón educativo y mediático, florece una cultura de supervivencia y creatividad. No están organizados como bloque, ni cuentan con grandes recursos, pero están. Y esa presencia silenciosa puede ser el germen de otra historia.

El problema no es solo el presente, sino lo que vendrá. ¿Qué país heredarán estos jóvenes? ¿Qué capacidades podrán desarrollar? ¿Cómo reconstruirán una nación desde el trauma y la carencia? Salir de esta pesadilla no bastará. Hará falta tiempo, generosidad, y, sobre todo, voluntad política para abrir espacios reales de inclusión y escucha.

Hoy, la juventud venezolana está sitiada. Pero también, como ocurrió en el pasado, puede ser semilla de reconstrucción. Porque incluso en la tierra quemada, hay raíces que esperan florecer. Lo que queda por ver es si tendremos la sabiduría —y la valentía— de sembrar con ellas el país que aún es posible imaginar. Porque si algún día vuelve la democracia, no será gracias a sus promesas, sino a la memoria de los que resistieron cuando no había futuro.

  • Historiador – Universidad de Los Andes | Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. | Twitter: @NixonDominguez | Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

En Venezuela, ser joven se ha convertido en una forma de resistencia. Lo que en otros países representa futuro, para la sociedad venezolana –dentro y fuera del territorio nacional– se vive como condena. Una generación entera ha sido moldeada por la escasez, la represión y la huida. Son niños, adolescentes y jóvenes sin aula, estudiantes sin maestros, hijos sin país. Atrapados en una dictadura que desconfía de sus ideas, los criminaliza por pensar y los castiga por protestar.

Las detenciones arbitrarias de jóvenes por motivos políticos se han vuelto rutina. Estudiantes que no alcanzan los veinte años han sido llevados a prisión sin mayor explicación. También periodistas en formación, apenas en sus veinte años, han sido apresados por informar. Son los rostros de una tragedia que no da tregua: muchachos presos, familias rotas, silencios impuestos.

Quienes permanecen en el país lo hacen en condiciones brutales: sin educación funcional, sin acceso estable a internet, sin horizonte profesional. La vida escolar se reduce a jornadas parciales, sin docentes suficientes ni materiales básicos. El hambre y la inseguridad obligan a muchos a abandonar los estudios. Otros se ven forzados a trabajar en la informalidad o a migrar a temprana edad. La desesperanza se filtra por todos los resquicios.

Muchos jóvenes venezolanos que se quedaron en el país han quedado al cuidado de abuelos, tíos o vecinos, mientras sus padres trabajan en el extranjero, enviando remesas para su sustento. Según cálculos de Cecodap, unos 800.000 niños y adolescentes se encuentran hoy en esta situación de “niños dejados atrás”. Especialistas vinculan este fenómeno al migratory mourning: un duelo emocional profundo que configura sentimientos de abandono, baja autoestima y tristeza en los menores.

Una investigación en Chile señala que la claridad de identidad étnica y el apoyo social son factores críticos para el bienestar psicológico de estos migrantes jóvenes, transformando su sentido de pertenencia y conexión con Venezuela. En paralelo, quienes emigran cargan con la responsabilidad de sostener a sus familias: dejan amistades y aulas atrás, enfrentan discriminación y precariedad en el país de acogida, y se ven forzados a crecer con rapidez.

Esta ruptura familiar genera una fractura profunda en el sentido de procedencia y permanencia, creando una juventud sin anclajes geográficos, dividida entre el deber de sobrevivir fuera y el deseo de reintegrarse en un país que apenas conocen o apenas recuerdan. Ni los que se van hallan un futuro seguro ni los que se quedan pueden proyectarlo: viven suspendidos, en la intersección entre un pasado idealizado y un futuro incierto.

Pero no todos los jóvenes viven la misma Venezuela. En medio de la precariedad generalizada, contrasta con violencia la realidad de los hijos y nietos de los jerarcas del régimen. Mientras la mayoría sobrevive en barriadas sin agua ni transporte, estos jóvenes crecen entre lujos, viajes, universidades privadas o extranjeras y marcas importadas.

Algunos exhiben su opulencia sin pudor en redes sociales, en un país donde millones apenas pueden comer dos veces al día. Son los herederos del poder, sostenidos por fortunas construidas en la sombra de la corrupción, el tráfico de influencias o el saqueo de las arcas públicas. Otros, menos ostentosos, también escapan a la crisis gracias a las divisas que les envían padres o madres que emigraron, en un gesto desesperado por evitarles la condena de vivir la Venezuela profunda. Así se ensancha la fractura entre juventudes: una que resiste desde abajo y otra que flota, indiferente o cínica, sobre los escombros.

Este panorama evoca una advertencia histórica. Como lo han señalado diversos historiadores, la Venezuela actual se asemeja a los días del gomecismo, cuando también se reprimió a la juventud, se prohibió el pensamiento libre y se secuestró la vida política. Entonces, como ahora, a una generación se le despojó de su voz. Pero fue también aquella juventud —la Generación del 28— la que, años después, lideró la construcción de la democracia del país. Con sus luces y sus sombras, sí. Pero a diferencia de aquella generación que emergió de la cárcel con ideales, capacidad de organización y proyectos concretos para refundar la República, la juventud que hoy queda en Venezuela enfrenta un espejo distorsionado.

En lugar de líderes políticos formados en la lucha y la deliberación, se ha generado una red de jóvenes influencers que compiten por “seguidores” y “likes”, pero ofrecen muy poco sustento ideológico. El campo digital se ha llenado más de eslóganes vacíos, chistes viralizados o poses estéticas que de análisis críticos o propuestas estructuradas. Estudios sobre comunicación digital indican que estos influencers, aunque llegan a audiencias masivas, raramente son vistos como fuentes confiables de información política —y cuando incursionan en política, su discurso suele ser simplista y emocional más que fundamentado.

En el contexto venezolano, se observa incluso cómo algunos influencers son cooptados tanto por el régimen como por una oposición degradada: participan en programas oficiales o promueven narrativas alineadas sin cuestionarlas, lo que erosiona la posibilidad de un liderazgo auténtico. Esta banalización política, más cercana a una cultura de entretenimiento que a una praxis cívica seria, contrasta dolorosamente con aquella generación del pasado que, tras ser reprimida, construyó partidos, institucionalizó procesos y enfrentó las dictaduras con altura cívica.

Hoy, en lugar de la forja de un proyecto colectivo, se impone una lógica de consumo digital: “quien tiene más seguidores gana”. En ese terreno, el activismo se diluye en memes, el compromiso en clics y la representación en perfiles estéticos, dejando en la juventud un vacío de pensamiento que puede costar mucho más que unos años de dictadura.

La gran diferencia es que, hoy, el daño acumulado es más profundo y más duradero. Han roto el país en múltiples niveles, y se necesitarán décadas para recomponer su tejido social. Se ha deshecho no solo la economía o la institucionalidad, sino también los vínculos de confianza, la educación como plataforma de movilidad, la expectativa de futuro, la moral. Lo que se ha quebrado es la posibilidad misma de imaginar un mañana.

El entorno internacional tampoco ayuda. Vivimos un momento global poco propicio para la democracia. La doble moral de muchos actores del mundo —que condenan dictaduras a conveniencia mientras coquetean con otras— debilita el apoyo a los pueblos que luchan por su libertad. Venezuela no escapa a ese abandono.

Y, sin embargo, hay luces. A pesar del cerco, aún existen jóvenes que –dentro o fuera de Venezuela– desde las sombras, sostienen espacios comunitarios, bibliotecas populares, medios digitales, redes de ayuda y de formación. En medio del apagón educativo y mediático, florece una cultura de supervivencia y creatividad. No están organizados como bloque, ni cuentan con grandes recursos, pero están. Y esa presencia silenciosa puede ser el germen de otra historia.

El problema no es solo el presente, sino lo que vendrá. ¿Qué país heredarán estos jóvenes? ¿Qué capacidades podrán desarrollar? ¿Cómo reconstruirán una nación desde el trauma y la carencia? Salir de esta pesadilla no bastará. Hará falta tiempo, generosidad, y, sobre todo, voluntad política para abrir espacios reales de inclusión y escucha.

Hoy, la juventud venezolana está sitiada. Pero también, como ocurrió en el pasado, puede ser semilla de reconstrucción. Porque incluso en la tierra quemada, hay raíces que esperan florecer. Lo que queda por ver es si tendremos la sabiduría —y la valentía— de sembrar con ellas el país que aún es posible imaginar. Porque si algún día vuelve la democracia, no será gracias a sus promesas, sino a la memoria de los que resistieron cuando no había futuro.

  • Historiador – Universidad de Los Andes | Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. | Twitter: @NixonDominguez | Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Una generación entera ha sido moldeada por la escasez, la represión y la huida. Son niños, adolescentes y jóvenes sin aula, estudiantes sin maestros, hijos sin país
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En Venezuela, ser joven se ha convertido en una forma de resistencia. Lo que en otros países representa futuro, para la sociedad venezolana –dentro y fuera del territorio nacional– se vive como condena. Una generación entera ha sido moldeada por la escasez, la represión y la huida. Son niños, adolescentes y jóvenes sin aula, estudiantes sin maestros, hijos sin país. Atrapados en una dictadura que desconfía de sus ideas, los criminaliza por pensar y los castiga por protestar.

Las detenciones arbitrarias de jóvenes por motivos políticos se han vuelto rutina. Estudiantes que no alcanzan los veinte años han sido llevados a prisión sin mayor explicación. También periodistas en formación, apenas en sus veinte años, han sido apresados por informar. Son los rostros de una tragedia que no da tregua: muchachos presos, familias rotas, silencios impuestos.

Quienes permanecen en el país lo hacen en condiciones brutales: sin educación funcional, sin acceso estable a internet, sin horizonte profesional. La vida escolar se reduce a jornadas parciales, sin docentes suficientes ni materiales básicos. El hambre y la inseguridad obligan a muchos a abandonar los estudios. Otros se ven forzados a trabajar en la informalidad o a migrar a temprana edad. La desesperanza se filtra por todos los resquicios.

Muchos jóvenes venezolanos que se quedaron en el país han quedado al cuidado de abuelos, tíos o vecinos, mientras sus padres trabajan en el extranjero, enviando remesas para su sustento. Según cálculos de Cecodap, unos 800.000 niños y adolescentes se encuentran hoy en esta situación de “niños dejados atrás”. Especialistas vinculan este fenómeno al migratory mourning: un duelo emocional profundo que configura sentimientos de abandono, baja autoestima y tristeza en los menores.

Una investigación en Chile señala que la claridad de identidad étnica y el apoyo social son factores críticos para el bienestar psicológico de estos migrantes jóvenes, transformando su sentido de pertenencia y conexión con Venezuela. En paralelo, quienes emigran cargan con la responsabilidad de sostener a sus familias: dejan amistades y aulas atrás, enfrentan discriminación y precariedad en el país de acogida, y se ven forzados a crecer con rapidez.

Esta ruptura familiar genera una fractura profunda en el sentido de procedencia y permanencia, creando una juventud sin anclajes geográficos, dividida entre el deber de sobrevivir fuera y el deseo de reintegrarse en un país que apenas conocen o apenas recuerdan. Ni los que se van hallan un futuro seguro ni los que se quedan pueden proyectarlo: viven suspendidos, en la intersección entre un pasado idealizado y un futuro incierto.

Pero no todos los jóvenes viven la misma Venezuela. En medio de la precariedad generalizada, contrasta con violencia la realidad de los hijos y nietos de los jerarcas del régimen. Mientras la mayoría sobrevive en barriadas sin agua ni transporte, estos jóvenes crecen entre lujos, viajes, universidades privadas o extranjeras y marcas importadas.

Algunos exhiben su opulencia sin pudor en redes sociales, en un país donde millones apenas pueden comer dos veces al día. Son los herederos del poder, sostenidos por fortunas construidas en la sombra de la corrupción, el tráfico de influencias o el saqueo de las arcas públicas. Otros, menos ostentosos, también escapan a la crisis gracias a las divisas que les envían padres o madres que emigraron, en un gesto desesperado por evitarles la condena de vivir la Venezuela profunda. Así se ensancha la fractura entre juventudes: una que resiste desde abajo y otra que flota, indiferente o cínica, sobre los escombros.

Este panorama evoca una advertencia histórica. Como lo han señalado diversos historiadores, la Venezuela actual se asemeja a los días del gomecismo, cuando también se reprimió a la juventud, se prohibió el pensamiento libre y se secuestró la vida política. Entonces, como ahora, a una generación se le despojó de su voz. Pero fue también aquella juventud —la Generación del 28— la que, años después, lideró la construcción de la democracia del país. Con sus luces y sus sombras, sí. Pero a diferencia de aquella generación que emergió de la cárcel con ideales, capacidad de organización y proyectos concretos para refundar la República, la juventud que hoy queda en Venezuela enfrenta un espejo distorsionado.

En lugar de líderes políticos formados en la lucha y la deliberación, se ha generado una red de jóvenes influencers que compiten por “seguidores” y “likes”, pero ofrecen muy poco sustento ideológico. El campo digital se ha llenado más de eslóganes vacíos, chistes viralizados o poses estéticas que de análisis críticos o propuestas estructuradas. Estudios sobre comunicación digital indican que estos influencers, aunque llegan a audiencias masivas, raramente son vistos como fuentes confiables de información política —y cuando incursionan en política, su discurso suele ser simplista y emocional más que fundamentado.

En el contexto venezolano, se observa incluso cómo algunos influencers son cooptados tanto por el régimen como por una oposición degradada: participan en programas oficiales o promueven narrativas alineadas sin cuestionarlas, lo que erosiona la posibilidad de un liderazgo auténtico. Esta banalización política, más cercana a una cultura de entretenimiento que a una praxis cívica seria, contrasta dolorosamente con aquella generación del pasado que, tras ser reprimida, construyó partidos, institucionalizó procesos y enfrentó las dictaduras con altura cívica.

Hoy, en lugar de la forja de un proyecto colectivo, se impone una lógica de consumo digital: “quien tiene más seguidores gana”. En ese terreno, el activismo se diluye en memes, el compromiso en clics y la representación en perfiles estéticos, dejando en la juventud un vacío de pensamiento que puede costar mucho más que unos años de dictadura.

La gran diferencia es que, hoy, el daño acumulado es más profundo y más duradero. Han roto el país en múltiples niveles, y se necesitarán décadas para recomponer su tejido social. Se ha deshecho no solo la economía o la institucionalidad, sino también los vínculos de confianza, la educación como plataforma de movilidad, la expectativa de futuro, la moral. Lo que se ha quebrado es la posibilidad misma de imaginar un mañana.

El entorno internacional tampoco ayuda. Vivimos un momento global poco propicio para la democracia. La doble moral de muchos actores del mundo —que condenan dictaduras a conveniencia mientras coquetean con otras— debilita el apoyo a los pueblos que luchan por su libertad. Venezuela no escapa a ese abandono.

Y, sin embargo, hay luces. A pesar del cerco, aún existen jóvenes que –dentro o fuera de Venezuela– desde las sombras, sostienen espacios comunitarios, bibliotecas populares, medios digitales, redes de ayuda y de formación. En medio del apagón educativo y mediático, florece una cultura de supervivencia y creatividad. No están organizados como bloque, ni cuentan con grandes recursos, pero están. Y esa presencia silenciosa puede ser el germen de otra historia.

El problema no es solo el presente, sino lo que vendrá. ¿Qué país heredarán estos jóvenes? ¿Qué capacidades podrán desarrollar? ¿Cómo reconstruirán una nación desde el trauma y la carencia? Salir de esta pesadilla no bastará. Hará falta tiempo, generosidad, y, sobre todo, voluntad política para abrir espacios reales de inclusión y escucha.

Hoy, la juventud venezolana está sitiada. Pero también, como ocurrió en el pasado, puede ser semilla de reconstrucción. Porque incluso en la tierra quemada, hay raíces que esperan florecer. Lo que queda por ver es si tendremos la sabiduría —y la valentía— de sembrar con ellas el país que aún es posible imaginar. Porque si algún día vuelve la democracia, no será gracias a sus promesas, sino a la memoria de los que resistieron cuando no había futuro.

  • Historiador – Universidad de Los Andes | Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. | Twitter: @NixonDominguez | Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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