La tragedia venezolana no es la crisis: es haberse acostumbrado

Durante años, la crisis venezolana fue presentada como un episodio transitorio. Una tormenta pasajera. Un accidente histórico que terminaría “el próximo año”, después de las elecciones decisivas, del diálogo definitivo, del plan económico milagroso, la gran marcha o de alguna nueva epopeya patriótica reciclada en cadena nacional. Pero el tiempo —ese detalle que el poder siempre subestima— hizo su trabajo: la emergencia dejó de ser noticia y terminó convertida en paisaje.

Venezuela aprendió a convivir con los apagones como quien consulta el pronóstico del clima; con la escasez, como un trámite administrativo más; y con la incertidumbre, como parte del mobiliario doméstico. Lo verdaderamente extraordinario ya no es la crisis, sino la capacidad colectiva de haberse acostumbrado a ella sin que el país terminara de derrumbarse por completo. O, peor aún, sin que muchos notaran cuánto se había derrumbado ya.

Hoy millones de venezolanos organizan su vida alrededor de la precariedad. Revisan horarios eléctricos antes de planificar cualquier actividad. Calculan cuándo llegará el agua. Aprendieron a usar varias monedas en una misma conversación y a sostener relaciones familiares atravesadas por fronteras, remesas y videollamadas. La improvisación dejó de ser un recurso ocasional para convertirse en una competencia nacional no declarada. La crisis ya no es únicamente un contexto: se transformó en cultura cotidiana.

Quizá uno de los cambios más profundos de la Venezuela contemporánea no sea exclusivamente económico ni político, sino psicológico y social: el país aprendió a vivir en estado de emergencia permanente.

Las sociedades suelen imaginar las crisis como rupturas visibles, episodios intensos que alteran temporalmente el orden normal de las cosas. Sin embargo, existen deterioros más lentos y silenciosos. Procesos donde la excepcionalidad se prolonga tanto que termina incorporándose a la rutina. Allí aparece uno de los fenómenos más complejos del caso venezolano: la normalización de lo inaceptable. Lo que hace algunos años generaba indignación colectiva hoy apenas provoca resignación fatigada. No porque el malestar haya desaparecido, sino porque sobrevivir exige una adaptación constante. La precariedad prolongada modifica conductas, reduce expectativas y altera la relación de las personas con el futuro. En Venezuela, sobrevivir comenzó a desplazar lentamente la idea misma de planificar. Y eso tiene consecuencias profundas.

Una sociedad que vive durante años bajo incertidumbre aprende a reducir sus horizontes. El ciudadano deja de pensar en proyectos a largo plazo y concentra toda su energía en resolver el presente inmediato: conseguir gasolina, garantizar conexión eléctrica, encontrar efectivo, verificar si habrá transporte o internet al día siguiente. El futuro se convierte en un lujo administrativo. La emergencia modifica incluso la percepción del tiempo.

Las generaciones más jóvenes crecieron en un país donde la estabilidad dejó de existir como experiencia concreta. Muchos adolescentes y adultos jóvenes no tienen recuerdos claros de normalidad institucional, crecimiento económico o movilidad social sostenida. Para ellos, la crisis no representa una interrupción histórica: representa la normalidad. Y probablemente allí reside una de las tragedias más silenciosas del país. Porque las crisis prolongadas no solo destruyen infraestructura o deterioran economías. También transforman culturas políticas, vínculos familiares y maneras de imaginar la vida en sociedad.

La migración masiva, por ejemplo, no solo fragmentó hogares: alteró emocionalmente la idea misma de familia. Padres, hijos y hermanos aprendieron a convivir a distancia. El afecto comenzó a depender de conexiones digitales, remesas y regresos temporales que muchas veces se parecen más a visitas diplomáticas que a encuentros familiares.

La emergencia también transformó el lenguaje social venezolano. Expresiones asociadas al agotamiento, la resignación y la sobrevivencia desplazaron lentamente el vocabulario del progreso. La conversación pública dejó de discutir cómo avanzar y comenzó, simplemente, a administrar carencias. Como si la política hubiese sido sustituida por una gigantesca oficina de contingencia nacional.

En paralelo, surgió una ciudadanía altamente adaptable: ingeniosa, flexible y resistente. Capaz de resolver problemas cotidianos bajo condiciones absurdas que en cualquier país funcional provocarían escándalos institucionales. Pero esa capacidad de adaptación —tan celebrada en discursos motivacionales y campañas de autoayuda tropical— también encierra una paradoja peligrosa: las sociedades que sobreviven demasiado tiempo en precariedad pueden terminar acostumbrándose al deterioro. Y cuando una sociedad normaliza la emergencia, el riesgo deja de ser solamente material. También se vuelve político, cultural y moral.

La indignación pierde fuerza. El deterioro deja de sorprender. La excepcionalidad se convierte en costumbre. Y entonces reconstruir resulta mucho más difícil, porque ya no se trata únicamente de recuperar instituciones, servicios públicos o indicadores económicos. Se trata de reconstruir expectativas individuales y colectivas en una sociedad entrenada durante años para esperar cada vez menos.

Toda crisis prolongada deja marcas visibles e invisibles. Algunas aparecen en hospitales colapsados, carreteras destruidas, escuelas vacías o ciudades deterioradas. Otras quedan instaladas en la manera en que las personas imaginan —o dejan de imaginar— el futuro. Venezuela enfrenta ambas. Quizá por eso una de las preguntas más importantes para los próximos años no sea únicamente cómo recuperar la economía o la institucionalidad democrática, sino cómo reconstruir una sociedad que aprendió durante demasiado tiempo a sobrevivir en emergencia.

Porque los países no solo cambian cuando progresan. También cambian cuando sobreviven demasiado tiempo en la precariedad. Y entender esa transformación será fundamental no solo para comprender la Venezuela que existe hoy, sino también la que algún día intentará reconstruirse mañana.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Durante años, la crisis venezolana fue presentada como un episodio transitorio. Una tormenta pasajera. Un accidente histórico que terminaría “el próximo año”, después de las elecciones decisivas, del diálogo definitivo, del plan económico milagroso, la gran marcha o de alguna nueva epopeya patriótica reciclada en cadena nacional. Pero el tiempo —ese detalle que el poder siempre subestima— hizo su trabajo: la emergencia dejó de ser noticia y terminó convertida en paisaje.

Venezuela aprendió a convivir con los apagones como quien consulta el pronóstico del clima; con la escasez, como un trámite administrativo más; y con la incertidumbre, como parte del mobiliario doméstico. Lo verdaderamente extraordinario ya no es la crisis, sino la capacidad colectiva de haberse acostumbrado a ella sin que el país terminara de derrumbarse por completo. O, peor aún, sin que muchos notaran cuánto se había derrumbado ya.

Hoy millones de venezolanos organizan su vida alrededor de la precariedad. Revisan horarios eléctricos antes de planificar cualquier actividad. Calculan cuándo llegará el agua. Aprendieron a usar varias monedas en una misma conversación y a sostener relaciones familiares atravesadas por fronteras, remesas y videollamadas. La improvisación dejó de ser un recurso ocasional para convertirse en una competencia nacional no declarada. La crisis ya no es únicamente un contexto: se transformó en cultura cotidiana.

Quizá uno de los cambios más profundos de la Venezuela contemporánea no sea exclusivamente económico ni político, sino psicológico y social: el país aprendió a vivir en estado de emergencia permanente.

Las sociedades suelen imaginar las crisis como rupturas visibles, episodios intensos que alteran temporalmente el orden normal de las cosas. Sin embargo, existen deterioros más lentos y silenciosos. Procesos donde la excepcionalidad se prolonga tanto que termina incorporándose a la rutina. Allí aparece uno de los fenómenos más complejos del caso venezolano: la normalización de lo inaceptable. Lo que hace algunos años generaba indignación colectiva hoy apenas provoca resignación fatigada. No porque el malestar haya desaparecido, sino porque sobrevivir exige una adaptación constante. La precariedad prolongada modifica conductas, reduce expectativas y altera la relación de las personas con el futuro. En Venezuela, sobrevivir comenzó a desplazar lentamente la idea misma de planificar. Y eso tiene consecuencias profundas.

Una sociedad que vive durante años bajo incertidumbre aprende a reducir sus horizontes. El ciudadano deja de pensar en proyectos a largo plazo y concentra toda su energía en resolver el presente inmediato: conseguir gasolina, garantizar conexión eléctrica, encontrar efectivo, verificar si habrá transporte o internet al día siguiente. El futuro se convierte en un lujo administrativo. La emergencia modifica incluso la percepción del tiempo.

Las generaciones más jóvenes crecieron en un país donde la estabilidad dejó de existir como experiencia concreta. Muchos adolescentes y adultos jóvenes no tienen recuerdos claros de normalidad institucional, crecimiento económico o movilidad social sostenida. Para ellos, la crisis no representa una interrupción histórica: representa la normalidad. Y probablemente allí reside una de las tragedias más silenciosas del país. Porque las crisis prolongadas no solo destruyen infraestructura o deterioran economías. También transforman culturas políticas, vínculos familiares y maneras de imaginar la vida en sociedad.

La migración masiva, por ejemplo, no solo fragmentó hogares: alteró emocionalmente la idea misma de familia. Padres, hijos y hermanos aprendieron a convivir a distancia. El afecto comenzó a depender de conexiones digitales, remesas y regresos temporales que muchas veces se parecen más a visitas diplomáticas que a encuentros familiares.

La emergencia también transformó el lenguaje social venezolano. Expresiones asociadas al agotamiento, la resignación y la sobrevivencia desplazaron lentamente el vocabulario del progreso. La conversación pública dejó de discutir cómo avanzar y comenzó, simplemente, a administrar carencias. Como si la política hubiese sido sustituida por una gigantesca oficina de contingencia nacional.

En paralelo, surgió una ciudadanía altamente adaptable: ingeniosa, flexible y resistente. Capaz de resolver problemas cotidianos bajo condiciones absurdas que en cualquier país funcional provocarían escándalos institucionales. Pero esa capacidad de adaptación —tan celebrada en discursos motivacionales y campañas de autoayuda tropical— también encierra una paradoja peligrosa: las sociedades que sobreviven demasiado tiempo en precariedad pueden terminar acostumbrándose al deterioro. Y cuando una sociedad normaliza la emergencia, el riesgo deja de ser solamente material. También se vuelve político, cultural y moral.

La indignación pierde fuerza. El deterioro deja de sorprender. La excepcionalidad se convierte en costumbre. Y entonces reconstruir resulta mucho más difícil, porque ya no se trata únicamente de recuperar instituciones, servicios públicos o indicadores económicos. Se trata de reconstruir expectativas individuales y colectivas en una sociedad entrenada durante años para esperar cada vez menos.

Toda crisis prolongada deja marcas visibles e invisibles. Algunas aparecen en hospitales colapsados, carreteras destruidas, escuelas vacías o ciudades deterioradas. Otras quedan instaladas en la manera en que las personas imaginan —o dejan de imaginar— el futuro. Venezuela enfrenta ambas. Quizá por eso una de las preguntas más importantes para los próximos años no sea únicamente cómo recuperar la economía o la institucionalidad democrática, sino cómo reconstruir una sociedad que aprendió durante demasiado tiempo a sobrevivir en emergencia.

Porque los países no solo cambian cuando progresan. También cambian cuando sobreviven demasiado tiempo en la precariedad. Y entender esa transformación será fundamental no solo para comprender la Venezuela que existe hoy, sino también la que algún día intentará reconstruirse mañana.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Existen procesos donde la excepcionalidad se prolonga tanto que termina incorporándose a la rutina. Allí aparece uno de los fenómenos más complejos del caso venezolano: la normalización de lo inaceptable
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Durante años, la crisis venezolana fue presentada como un episodio transitorio. Una tormenta pasajera. Un accidente histórico que terminaría “el próximo año”, después de las elecciones decisivas, del diálogo definitivo, del plan económico milagroso, la gran marcha o de alguna nueva epopeya patriótica reciclada en cadena nacional. Pero el tiempo —ese detalle que el poder siempre subestima— hizo su trabajo: la emergencia dejó de ser noticia y terminó convertida en paisaje.

Venezuela aprendió a convivir con los apagones como quien consulta el pronóstico del clima; con la escasez, como un trámite administrativo más; y con la incertidumbre, como parte del mobiliario doméstico. Lo verdaderamente extraordinario ya no es la crisis, sino la capacidad colectiva de haberse acostumbrado a ella sin que el país terminara de derrumbarse por completo. O, peor aún, sin que muchos notaran cuánto se había derrumbado ya.

Hoy millones de venezolanos organizan su vida alrededor de la precariedad. Revisan horarios eléctricos antes de planificar cualquier actividad. Calculan cuándo llegará el agua. Aprendieron a usar varias monedas en una misma conversación y a sostener relaciones familiares atravesadas por fronteras, remesas y videollamadas. La improvisación dejó de ser un recurso ocasional para convertirse en una competencia nacional no declarada. La crisis ya no es únicamente un contexto: se transformó en cultura cotidiana.

Quizá uno de los cambios más profundos de la Venezuela contemporánea no sea exclusivamente económico ni político, sino psicológico y social: el país aprendió a vivir en estado de emergencia permanente.

Las sociedades suelen imaginar las crisis como rupturas visibles, episodios intensos que alteran temporalmente el orden normal de las cosas. Sin embargo, existen deterioros más lentos y silenciosos. Procesos donde la excepcionalidad se prolonga tanto que termina incorporándose a la rutina. Allí aparece uno de los fenómenos más complejos del caso venezolano: la normalización de lo inaceptable. Lo que hace algunos años generaba indignación colectiva hoy apenas provoca resignación fatigada. No porque el malestar haya desaparecido, sino porque sobrevivir exige una adaptación constante. La precariedad prolongada modifica conductas, reduce expectativas y altera la relación de las personas con el futuro. En Venezuela, sobrevivir comenzó a desplazar lentamente la idea misma de planificar. Y eso tiene consecuencias profundas.

Una sociedad que vive durante años bajo incertidumbre aprende a reducir sus horizontes. El ciudadano deja de pensar en proyectos a largo plazo y concentra toda su energía en resolver el presente inmediato: conseguir gasolina, garantizar conexión eléctrica, encontrar efectivo, verificar si habrá transporte o internet al día siguiente. El futuro se convierte en un lujo administrativo. La emergencia modifica incluso la percepción del tiempo.

Las generaciones más jóvenes crecieron en un país donde la estabilidad dejó de existir como experiencia concreta. Muchos adolescentes y adultos jóvenes no tienen recuerdos claros de normalidad institucional, crecimiento económico o movilidad social sostenida. Para ellos, la crisis no representa una interrupción histórica: representa la normalidad. Y probablemente allí reside una de las tragedias más silenciosas del país. Porque las crisis prolongadas no solo destruyen infraestructura o deterioran economías. También transforman culturas políticas, vínculos familiares y maneras de imaginar la vida en sociedad.

La migración masiva, por ejemplo, no solo fragmentó hogares: alteró emocionalmente la idea misma de familia. Padres, hijos y hermanos aprendieron a convivir a distancia. El afecto comenzó a depender de conexiones digitales, remesas y regresos temporales que muchas veces se parecen más a visitas diplomáticas que a encuentros familiares.

La emergencia también transformó el lenguaje social venezolano. Expresiones asociadas al agotamiento, la resignación y la sobrevivencia desplazaron lentamente el vocabulario del progreso. La conversación pública dejó de discutir cómo avanzar y comenzó, simplemente, a administrar carencias. Como si la política hubiese sido sustituida por una gigantesca oficina de contingencia nacional.

En paralelo, surgió una ciudadanía altamente adaptable: ingeniosa, flexible y resistente. Capaz de resolver problemas cotidianos bajo condiciones absurdas que en cualquier país funcional provocarían escándalos institucionales. Pero esa capacidad de adaptación —tan celebrada en discursos motivacionales y campañas de autoayuda tropical— también encierra una paradoja peligrosa: las sociedades que sobreviven demasiado tiempo en precariedad pueden terminar acostumbrándose al deterioro. Y cuando una sociedad normaliza la emergencia, el riesgo deja de ser solamente material. También se vuelve político, cultural y moral.

La indignación pierde fuerza. El deterioro deja de sorprender. La excepcionalidad se convierte en costumbre. Y entonces reconstruir resulta mucho más difícil, porque ya no se trata únicamente de recuperar instituciones, servicios públicos o indicadores económicos. Se trata de reconstruir expectativas individuales y colectivas en una sociedad entrenada durante años para esperar cada vez menos.

Toda crisis prolongada deja marcas visibles e invisibles. Algunas aparecen en hospitales colapsados, carreteras destruidas, escuelas vacías o ciudades deterioradas. Otras quedan instaladas en la manera en que las personas imaginan —o dejan de imaginar— el futuro. Venezuela enfrenta ambas. Quizá por eso una de las preguntas más importantes para los próximos años no sea únicamente cómo recuperar la economía o la institucionalidad democrática, sino cómo reconstruir una sociedad que aprendió durante demasiado tiempo a sobrevivir en emergencia.

Porque los países no solo cambian cuando progresan. También cambian cuando sobreviven demasiado tiempo en la precariedad. Y entender esa transformación será fundamental no solo para comprender la Venezuela que existe hoy, sino también la que algún día intentará reconstruirse mañana.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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