Ese 24 de junio seguía lloviendo. Desde la noche anterior comenzaron a caer gotas y gotas de agua que impactaban fuertemente en el techo de zinc de la casa de Lucia Ramírez, una mujer de 38 años, contadora de profesión, a quien la crisis económica la llevó a ser costurera desde hace siete años. Desde ese tiempo todo su esfuerzo se concentró en tratar la salud de Ariadna, su hija.
El sonido suave de la lluvia que en cada segundo seguía golpeando la superficie del río se mantenía como telón de fondo. La tarde del martes 24 de junio, Lucia todavía se encontraba en su casa, en la segunda planta de un galpón a orillas del río Motatán -que había alquilado desde hace un tiempo- ubicado en la parroquia Timotes, en el municipio Miranda, en la zona del páramo merideño. La acompañaba su hija de 7 años de edad. La constante lluvia no le permitió ir a su trabajo, por lo que tomó el día libre para cumplir con los quehaceres de la casa, preparar el almuerzo y luego ver una película.
Pasadas las 2:00 de la tarde, de repente, irrumpió en su habitación Gabriel, su hermano, para darle un aviso:
– Levántese, que el río se nos metió -le dijo.
– ¿En serio? -contestó Lucia.
Durante la temporada lluviosa en Venezuela -de mayo a noviembre- la Zona de Convergencia Intertropical –una masa de nubes cargadas de agua, que suelen moverse entre los trópicos- se desplaza hacia el norte, acercándose a territorio venezolano y ocasionando aumento de nubosidad, lluvias frecuentes e intensas y tormentas eléctricas. La situación coincidió en esos días en Mérida con el paso de la onda tropical número 9.
El geógrafo y profesor titular de la Universidad de los Andes (ULA), Gustavo Paéz, consultado por El Estímulo, dijo que el 24 de junio se registraron entre 30 y 35 milímetros de lluvia en la zona afectada. En un solo día llovió una cuarta parte de lo que suele llover en junio. Eso produjo la saturación de los suelos y el aumento de los ríos Chama y Motatán.
Mientras que otro informe de la Asociación Civil Ecoazul, publicado el 29 de junio, documentó que en la región de los Andes “cayeron 190 litros de agua por metro cuadrado en un día”. Asimismo, puntualizó que el gran impacto que tuvieron esas lluvias en Mérida se debe a que el bosque del páramo perdió su capacidad de absorción y que sólo la reforestación masiva mitigará las “emergencias climáticas”.
“Yo no escuchaba nada porque entre el ruido de la lluvia y la de los trabajadores -en el galpón-, yo tenía el volumen alto a la película, pensaba que todo estaba normal. Resulta que la bulla era porque los obreros estaban sacando las hortalizas, las cestas y los carros y ellos no se percataron que estaba en la vivienda, pensaban que me había ido a trabajar, por eso no me llamaron”, relata Lucía.
Su primera reacción al saber que el agua entraba en su casa fue asomarse por la ventana del cuarto. Mientras su mirada recorría la superficie del río, percibió que una pared del galpón, en el primer piso, ya no estaba. Esa fue la señal de alarma. En pocos minutos, en medio de la lluvia, Lucia salió de su casa corriendo con su hija y su hermano hacia la carretera.
El olor a tierra mojada y el estruendo del río protagonizan esa recordada tarde. El agua fluía con fuerza. Mientras chocaba con las rocas, Lucia se acercó con cautela a buscar algo, a observar cualquier cosa que capturara su atención. Sus ojos miraban hacía el caudal, que ya había cambiado a un color marrón. De repente, observó que más arriba objetos como una cocina, bombonas y enseres eran arrastrados por el afluente.
En medio de las circunstancias desafiantes, sin luz, Lucia ingresó rápidamente a su casa para buscar ropa, especialmente de su hija. Logró armar un pequeño bolso. Cuando salió rápidamente de su vivienda, desde lejos, observó cómo se cayó parte del techo. Poco a poco el río iba haciendo espacio en la vía. A las 3:15 de la tarde Lucía recuerda que cayó una parte de la casa que habitaba, y seguidamente, la otra.
Dos horas después de ese angustiante momento en el que Lucia y Ariadna veían desvanecer su hogar, la madre se fue en busca de un lugar seguro para pasar la noche. Ese lugar fue un CDI, el de la comunidad. Allí, sentada, Ariadna mirándola a los ojos le dijo:
– Mami, todo va a estar bien. Lo importante es que no nos pasó nada -expresó la niña entre lágrimas.
Solidaridad en medio de la tragedia
El CDI se había convertido esa noche en el refugio para los vecinos que habían sufrido los embates del desastre. A las 11:30 de la noche -recuerda Lucia-, un vecino se acercó hasta el centro asistencial y les ofreció a ambas pasar la noche en su casa.
“En el CDI mi hija me manifestaba que tenía hambre, que tenía frío, sed, y hubo un vecino que nos alojó esa noche, mientras que al día siguiente veíamos qué hacer. Nos dormimos muy tarde porque aún en nuestra mente retumbaba el estruendo de las piedras chocando entre sí, contra los muros, llevándose siembras, carreteras y dejando muy deterioradas casas. Había mucha tristeza en ese CDI”, recuerda Lucia.
Al día siguiente, se fue hasta el lugar donde se encontraba su casa para ver lo que había quedado. En medio del caos surgió la solidaridad entre vecinos, quienes se unieron para remover los escombros, las piedras y el barro de las viviendas que habían sido afectadas.
En su casa, en lo que había quedado de ella, permaneció Lucia durante cuatro días esperando a las instituciones del Estado para ser incluida en los programas de vivienda que estableció el Gobierno nacional para los afectados por las lluvias en la entidad. Sin embargo, no le aseguran que pueda ser una de las beneficiarias.
A pesar de que lo perdió todo, no está incluida en las estadísticas de las familias afectadas por lo ocurrido en la zona del páramo merideño. El argumento que utilizan las autoridades para justificar esa decisión es que la casa no era propia, por lo que le sugieren que debe seguir viviendo alquilada y procurar ella misma adonde mudarse.
Por lo pronto, Lucia vive junto a su tía, quien le permitió habitar su casa mientras logra recuperarse de su difícil situación. Aunque sus ingresos no son los de antes, sigue trabajando para reunir dinero suficiente que le permita mudarse y poder reconstruir su vida, mientras espera la ayuda del Estado.
Entretanto su hija, Ariadna, se fue a vivir con su padre. Con él y junto a su hermano mayor podrá continuar su tratamiento para controlar la pérdida excesiva de proteínas a través de sus riñones por la que requiere atención médica mensual.
“Como la vivienda no era mía no estoy considerada como damnificada a pesar de haber perdido absolutamente todo (…) la respuesta del Gobierno para mí es que siga pagando un alquiler. Es muy triste y muy incierta mi situación. Por ahora, sigo trabajando y ver qué va sucediendo estos días. Gracias a Díos que Cáritas me ha extendido su apoyo, han sido muy solidarios. Todo el apoyo lo he recibido a través de ellos y de la Fundación Regalando Sonrisas”, expresó Lucia.
La organización católica inició en la región afectada la segunda fase de su asistencia humanitaria, que consiste en apoyo, consultas médicas y asesoramiento psicológico, crucial para superar el trauma de la pérdida que miles de familias experimentan.
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