El informe del panel de expertos de Naciones Unidas cuestionando la opacidad de las recién concluidas elecciones presidenciales del pasado 28 de julio, parece haber cristalizado un estado de opinión que ya luce estático en torno a lo que pudo haber sucedido aquel día.
Tal como lo informa Enrique Márquez en recientes declaraciones, los contenidos de aquel estudio de seguimiento electoral de las elecciones venezolanas se han hecho públicos -contraviniendo el pacto de consignar las observaciones en privado- solo al constatar la gravedad de lo que se ha podido recoger en la actividad presencial. Es el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, de acuerdo a lo que informa Márquez, el único que podría autorizar una decisión de esa naturaleza.
Lo afirmado por los funcionarios de Naciones Unidas coincide en lo fundamental con las impresiones del Centro Carter, que también ha cuestionado la legitimidad del resultado anunciado, y tampoco considera convincentes los argumentos del oficialismo. La consabida negativa de los mandos revolucionarios a asumir lo que ha sucedido adentra a la nación a una nueva tormenta política con aires de desembocadura, con sabor a desenlace, de consecuencias más o menos imprevisibles.
Ningún vocero del Consejo Nacional Electoral, o bien del oficialismo, ha podido explicar cómo ha sido posible que se haya declarado a un candidato ganador si es que en el proceso se produjo un ataque cibernético. De hecho, la orden de la directiva del CNE desde el 28 de julio sigue siendo el silencio. Un “hackeo” que ahora, se supone, impide el desglose de los votos y la muestra de las actas mesa por mesa.
Se reniega de la existencia de las actas que la dirigencia opositora ha colgado en una página web, a la vista de todo el mundo, siendo este el soporte que les permite afirmar que Edmundo González Urrutia ha obtenido una clara victoria electoral.
Se criminaliza a quien argumente. Se niega la existencia de las encuestas, de las estadísticas, de las matemáticas, de las actas, de los testigos electorales y de la realidad. Se afirma tener las actas, pero no se cotejan. El Consejo Nacional se inhibe y se diluye en sus obligaciones.
La nación se adentra en un peligroso vacío: el Estado venezolano, cooptado por el chavismo, quiere una cosa. La sociedad venezolana, luego de 25 años, ya anhela otra. Esa disonancia produce heridos y muertos: de pronto, el voto como herramienta ciudadana, como sagrada cláusula republicana, ingresa en un entredicho muy grave en materia de credibilidad.
Una circunstancia que, de perpetuarse, quebrará aun más los hilos de la confianza ciudadana; agravará el caos institucional; profundizará la diáspora ciudadana y puede afectar gravemente la gobernabilidad del país.
Las gestiones que adelantan Lula Da Silva y Gustavo Petro para salvar el resultado electoral -todo aquel que ha querido verlo se ha dado cuenta de la cómoda victoria obtenida por Edmundo González Urrutia-, tienen su significado en materia de percepciones, y quizás algunas cosas concretas podrían lograr en virtud de las cercanías personales e ideológicas que tienen ambos con Nicolás Maduro.
El líder bolivariano siempre tendrá, sin embargo, ranuras para escabullirse y argumentos en descargo. Así le replicó a Petro: “Yo nunca voy a decir: ‘Colombia y su gobierno debe hacer esto o esto o esto’ y sacar en mis redes sociales un consejo”, ha afirmado Maduro al ser consultado sobre las propuestas de Gustavo Petro. “Cada presidente sabe, cada Estado, cada país, sabe qué debe hacer con sus asuntos internos y seguiremos ayudando a Colombia en su proceso de paz”. Las maniobras diplomáticas, lo hemos aprendido con los años, pueden coadyuvar a buscar matices y aproximar posiciones, pero no van a resolver el problema.
La propuesta hecha en torno a la factibilidad de repetir las elecciones, o de coaligar un gobierno conjunto, nos pueden ofrecer un barómetro de cómo van las cosas vistas desde afuera: son ideas sin dolientes internos, desgajadas de contexto, sin arraigo entre la población. No han podido encontrar eco -y difícilmente lo hagan- las proposiciones salomónicas.
Más allá de Maduro, es el chavismo, como movimiento, el que ha decidido cruzar la línea de la credibilidad para imponer sus tesis por la fuerza.
Hay zonas de la militancia revolucionaria donde está en desarrollo una especie de deshielo, un desencanto que se va expandiendo en la medida en que los argumentos de la victoria no lucen muy concluyentes. Pero en el epicentro dirigentes y su extrarradio, en las zonas más comprometidas del ejercicio del poder, por el contrario, se activa un instinto de supervivencia, una peligrosa furia defensiva. Se ha decidido, de manera consciente, habitar permanentemente en el campo de la posverdad. Amurallar la realidad con consignas propias. Esta es una tendencia apreciable en todos estos meses.
El alto gobierno ni siquiera parece muy empeñado en celebrar su victoria, y ofrendarla a Hugo Chávez en su cumpleaños en concentraciones multitudinarias. El tono de los mandos revolucionarios y los representantes del Estado consiste en amenazar y judicializar a sus adversarios.



