“Magnifica humanitas” (III)

La encíclica Rerum novarum, situada en el vértice de los siglos XIX y XX, es el punto de partida de la doctrina social de la Iglesia. Relanzada por la Quadragesimo anno ejerció una importante influencia promotora como astrolabio de los sindicatos católicos y los partidos demócrata cristianos que cubrieran la experiencia del siglo XX hasta sus declinaciones por obra del «quiebre epocal».

El cristianismo, lo explica el político e intelectual Rodolfo J. Cárdenas, autor de El humanismo cristiano (1992), “concibe un humanismo histórico” también integral, pues “ni la historia deviene sin el hombre ni el hombre sin la historia” a la vez que “concibe y defiende al hombre total, corpóreo y moral, material y espiritual, real tanto en lo físico como en lo intelectual. Por cuanto concibe a todos los hombres sin excepción”. Es decir, es integral el humanismo por cuanto es “abierto, penetrable hacia lo absoluto trascendente”, según Cárdenas. O, como bien lo explica su prologuista, el demócrata cristiano y expresidente venezolano Luis Herrera Campíns, “el cristianismo es una realización humanista y el humanismo, en su más recta concreción, es una realización cristiana. El hombre está en el centro. Su trascendencia lo hace superior en todo sentido a las demás criaturas, pero no para despreciarlas ni menguarlas en su significación, sino para asignarles su puesto, su nivel ontológico, su categoría”.

León XIV, sin perjuicio de lo anterior como criterio, al tratar sobre los fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia en su encíclica Magnifica humanitas y pedir, otra vez, “encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia”, en el tiempo de la IA, alienta a las academias y las universidades a revitalizar tales principios, los del humanismo integral, “reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital”.

Se trata, en suma, de una tarea que, en el siglo XXI, trasvasa las fronteras sindicales y partidarias para que el diálogo con la historia –con las ciencias y la cultura– sobre ese “núcleo de verdad que no declina” y desde ese marco de sabiduría que representa la doctrina social de la Iglesia, oriente a todos los creyentes, en lo personal y en lo social, en el esfuerzo colectivo de “hacer más justa y fraterna la vida de nuestras sociedades”, como lo propone el Obispo de Roma.

Los tiempos son otros, no solo son nuevos. Comprometen y desafían a la ontología, bajo la cultura del relativismo, la pulverización de lo social, el desarraigo nacional y su más peligrosa deriva, la vida al detal e instantánea, negada al compromiso con las viejas y las subsiguientes generaciones. De donde las formas de la experiencia social y política acaso deban ser otras sin que se renuncie a la esencia de lo humano y lo personal.

Una revisión al vuelo de la elipse que media entre el papado de León XIII y León XIV, vista desde la plaza pública y de la inserción en esta de los partidos de raíz cristiana, nos muestra que ellos mismos respondían a realidades temporales propias. Pues si cierto es que ya en el siglo XIX y su segunda mitad se cuenta con partidos de tradición liberal –liberales, radicales, conservadores, moderados– inspirados en la revolución industrial burguesa como en la ilustración francesa (empirismo inglés, racionalismo, iluminismo), y en el otro ángulo se sitúan los de inspiración comunista o socialistas marxistas, excluyéndose a los del radicalismo de derecha o fascistas, los de inspiración cristiana emergen en un punto x distante de éstos y de aquellos, con peso especial los de orientación católica.

Tanto como la base social de actuación de los partidos liberales lo fueron, entonces, la burguesía urbana, clases medias, las propiedades del campo y todo aquello que transforme los bienes en capital para el desarrollo –se erró, por cierto, al culpárseles de las desviaciones del capitalismo–, en el caso de los partidos demócrata cristianos estos pusieron su énfasis en la componente popular, en los estratos menos privilegiados de la población ante la dramática explosión de la revolución industrial; que, como lo hemos dicho y lo recuerda ahora la encíclica de León XIV, es el contexto de las cosas nuevas que dan pie a la doctrina social de la Iglesia.

El momento histórico de cada partido de inspiración cristiana, dominantemente católica, fue asimismo variable, incluso conscientes de la especificidad que a todos les aproximaba, a saber, ofrecer una visión distinta, la del ser, por oposición al punto en el que convergen los liberales y los marxistas, el materialismo y/o la experiencia del tener.

El embrión del partido católico alemán –el Zentrum– se adelantó a los tiempos al observar la emergencia de un socialismo de dependencia marxista, incluso criticado por Marx al advertirlo como un sincretismo entre la asociación de trabajadores alemanes (ADAV) de estirpe lassalleana y el partido socialdemócrata obrero (SDAP) durante el Congreso de Gotta en 1875. Sus fundadores, los del Zentrum –perspicaces en cuanto a las enseñanzas en cierne de la Doctrina social de la Iglesia y las del ala evangélica (Reichensperger, Von Mallinckrodt y el Obispo Wilhelm Emmanuel Ketteler), fijan como sus líneas: “cristianismo ante la indiferencia religiosa, empeño religioso y de derecho natural frente al maquiavelismo de Estado, responsabilidad social ante el manchesterismo invasor, y derechos históricos de los estados singulares frente a la expansión imperial prusiana”. El Zentrum, así, logró forjarse bajo distintos nombres sucesivos, como uno de los partidos fundamentales de Alemania hasta el presente.

En Italia, donde gobernó la democracia cristiana desde 1945, finales de la Segunda Gran Guerra hasta 1981, en una primera etapa, tanto como ocurre en Francia, los católicos se muestran adherentes a la monarquía y no reconocen al Estado italiano unitario que surge en 1861 bajo la monarquía de los Savoia. La Iglesia de Roma, entretanto, hasta cuando inicia el siglo XX se opone a la presencia de los católicos en la política, por vía de partidos o movimientos que se identificasen como demócratas y católicos. Así lo fue hasta que, en 1919, el sacerdote siciliano don Luigi Sturzo, un eclesiástico de Caltagirone, funda el Partido Popular, el primero de tesitura demócrata cristiana animado por la idea de reivindicar el principio electoral de la extensión del voto a todos los estratos y de representación democrática proporcional, lo que le permitió hacerle frente a la onda socialista que emergiese al apenas concluir la Primera Guerra Mundial. Eran otros tiempos.

Lo distinto y novedoso en el hoy es la severa perturbación de la democracia, sobre todo de la libertad natural de la persona humana, en cuya defensa y para cuya defensa se aproximan de conjunto las diversas tendencias separadas antes por las ideas y las ideologías. Redescubren, ante la emergencia de los autoritarismos iliberales, la importancia de salvaguardar y renovar como principio ordenador transversal –nominalmente declarado en 1945 y sucesivamente ahogado por el Estado y por los Estados– al de la dignidad eminente de la persona humana, centro de la historia y del cambio epocal.

Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede”, observa el pontífice al presentarnos el primer elemento en el que se funda, con vistas al mundo de lo digital y de la IA, la doctrina social, a saber, la de la dignidad del ser humano, imagen de la Trinidad. Es este el “camino primero y fundamental de la Iglesia y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral”, escribe en su Magnifica humanitas.

Los principios cardinales del humanismo cristiano  

La dignidad y la igual dignidad de la persona y de todas las personas destaca por su valor ontológico –más allá de la dignidad moral, social, o existencial– y se sobrepone más allá del pecado, del fracaso y “ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana”, según la encíclica in comento. Es la adquisición positiva de la cultura moderna, dice Juan Pablo II, y no puede ser ofuscada por ideologías o intereses de poder. Es unicidad y respeto al camino de la conciencia, por lo que le asigna valor a los derechos y deberes universales e inviolables de toda persona. Y “es infinita” esa dignidad, ya que “aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla”.

Los derechos humanos que de ella se desprenden, por ende, “no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca; por lo que, siendo inviolables, inherentes, universales e inalienables, comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos. El primero de todos, lo proclama Magnifica humanitases el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho”. A aquéllos los amenaza su “declaración puramente formal” y “el progreso tecnológico”, observa León XIV.

Lo que es más grave, al estarse perdiendo o renunciarse a sus fundamentos, se deja de reconocerlos o tutelarlos bajo el consenso de poblaciones que viven aterrorizadas, por lo mismo sujetas a manipulación desde las redes y por los traficantes de ilusiones. “No basta con exaltar a la libertad… si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales”, es la prédica del papa.

Cinco principios que se derivan de la igual dignidad de la persona y de todas las personas reclaman, pues, ser relanzados y analizados, mediante sus relecturas, al objeto de conjurar las amenazas y atender a los desafíos de las cosas nuevas. Es lo que propone la encíclica. Ellos son el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, y la justicia social. Todos, interactuando y siendo interdependientes, han de configurar la base de actuación en la historia de quienes adhieren a la tradición judeocristiana de Occidente.

El bien común es un valor no negociable –recuerda a su vez Benedicto XIV– como tampoco es una suma de intereses. Es un plus o bien mayor referido al conjunto de condiciones sociales que hacen posible que los cuerpos intermedios y cada persona alcance su propia perfección. Es fruto de la interdependencia, de la cultura del encuentro, en suma. Es el proceso que favorece el consenso que le da vida al pueblo, o es, diríamos, el que hace posible la existencia y la conciencia de una nación. Es el odre en el que se cuece la legitimidad de los valores y proyectos compartidos, obra del reconocerse los unos a los otros volviéndose todos corresponsables de la res publica, de la sociedad política.

En cuanto al destino universal de los bienes, significa este no la abrogación de la propiedad privada, que además de tener sentido es un medio para la custodia y administración de bienes “de manera que puedan servir mejor al bien común, en otras palabras, que no sea un obstáculo para burlar la correspondencia universal de los bienes materiales e inmateriales, pues “Dios ha dado la tierra a todo el género humano”, precisa la encíclica.

Esta se apoya en san Juan Pablo II para señalar que se trata –la propiedad– del “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”. Sin embargo, actualmente se apunta a lo que resulta más complejo y preocupa a la doctrina social de la Iglesia, a saber, las nuevas formas de propiedad derivadas de la revolución digital y de la IA, como los algoritmos y las plataformas o infraestructuras tecnológicas, concentradas en manos de unos pocos “sin adecuadas formas de intercambio y de acceso”.

La subsidiariedad, como siguiente principio recordado por Magnifica humanitas y ya precisado por el magisterio inaugural de León XIII, en cuanto a que “ni la persona ni la familia deben ser absorbidas por el Estado”, viene a significar, mejor aun, que “la organización social” debe respetarla para asegurar que toda persona sea “la protagonista de su propia vida” y de su participación “en la construcción de la sociedad”. Implica, de suyo, el rechazo de las formas paternalistas y asistencialistas de la vida social, y la promoción de la corresponsabilidad. León XIV apunta, así, a lo novedoso, a saber, que ya no es el Estado el que busca ahogar al individuo y a sus formas de asociación intermedias, sino el “gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico en las condiciones de la vida común”.   

Seguidamente hace interactuar al principio de la solidaridad con los de subsidiariedad y de bien común, que, a su vez, san Pablo VI, radica en la fraternidad humana; cuestión que aborda Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2020), de la cual derivan “las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad”. Nace dicho principio – lo expresa Magnifica Humanitas – “de la visión de persona concebida por la fe”, a saber, que “todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación”.

Su enseñanza con vistas a la cuestión digital y de la IA, concluyendo, es que existe una “solidaridad de hecho” al unir las redes, en tiempo real, a personas y comunidades de todas partes del mundo”. Mas advierte León XIV que esa forma no significa solidaridad plena, mientras no se convierta en “una decisión consciente”. En efecto, la experiencia corriente indica que la interacción humana imperante parte de la incidencia directa de las grandes plataformas digitales sobre el mundo de los sentidos, apagando a la razón y haciéndola declinar.

Finalmente, en lo relativo al principio de la justicia social, que reclama de mucha atención pues expresa “una forma concreta de seguimiento” de las enseñanzas evangélicas en el plano de la historia, cabe decir con León XIV que se reconoce “por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos –en particular ‘a los más frágiles’ dentro de la sociedad– vivir de manera realmente humana”. Trasvasa, pues, el comportamiento individual y apunta de modo directo a la forma en la “que son concebidas y organizadas las estructuras de la convivencia”, no solo las políticas. Más allá de las buenas o malas decisiones, pueden producir desigualdades automáticas, una “cultura del descarte” como la llamara Francisco. Y si bien san Juan Pablo II apuntaba a la “opción preferencial por los pobres”, al hacerla presente Magnifica humanitas abre su vértice a las cosas nuevas.

La justicia social debe cumplir como función, afirma, “recomponer los vínculos rotos”, no solo corregir las injusticias presentes, sino avanzar hacia su “dimensión reparadora”. Se trata de la “sanación de la memoria colectiva” y el sostenimiento de quienes todavía cargan a cuestas “las consecuencias de agravios sufridos en el pasado”. Podríamos sintetizarlo en las ideas de la memoria, la verdad, y la justicia.

La reflexión de la doctrina social de la Iglesia con miras a lo actual, destaca, por una parte, las formas de exclusión de las redes globales –falta de acceso a la tecnología digital, su uso para la vigilancia invasiva, algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones, desinformación o fakenews– que, privilegiando el beneficio atentan contra la dignidad humana. Por la otra, la anuda a la situación de los migrantes –abordándola desde los polos del miedo y la fraternidad– pues en doble vía se les está negando el derecho de “formar parte activa de las sociedades que las reciben” y el “derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad”, resolviéndose sobre las causas profundas que obligan a migrar.

En nuestro prólogo a la obra de Rafael Caldera, Justicia social internacional (Cyngular, 2015), destacamos lo que conceptualmente precisa este al recordar que “no se trata de arremeter contra los que tienen más para quitárselo y dárselo a quienes tienen menos”. Implica, desde su perspectiva, “la actitud de responsabilidad personal en el ejercicio de las libertades frente a los otros”. Destaca igualmente la interrelación del principio bajo examen con el del bien común: “El bien común es la finalidad; la justicia social es la norma, es la regulación de actitudes, de conductas y de situaciones para lograr el bien común”. Es lo que León XIV, justamente, subraya al referirse a la organización de las estructuras para la convivencia.

El conjunto de los principios de la doctrina social de la Iglesia renovados por Magnifica humanitas exige de la ejemplaridad eclesial. Reclama León XIV, así y de cara al mundo que ha de receptar sus enseñanzas “un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos… se vivan sobre todo en su interior”. Y demanda, para concluir se verifique –es la tarea que nos deja– “si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos– dentro del ecosistema global emergente y dominante– favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos”.

correoaustral@gmail.com | @asdrubalaguiar

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La encíclica Rerum novarum, situada en el vértice de los siglos XIX y XX, es el punto de partida de la doctrina social de la Iglesia. Relanzada por la Quadragesimo anno ejerció una importante influencia promotora como astrolabio de los sindicatos católicos y los partidos demócrata cristianos que cubrieran la experiencia del siglo XX hasta sus declinaciones por obra del «quiebre epocal».

El cristianismo, lo explica el político e intelectual Rodolfo J. Cárdenas, autor de El humanismo cristiano (1992), “concibe un humanismo histórico” también integral, pues “ni la historia deviene sin el hombre ni el hombre sin la historia” a la vez que “concibe y defiende al hombre total, corpóreo y moral, material y espiritual, real tanto en lo físico como en lo intelectual. Por cuanto concibe a todos los hombres sin excepción”. Es decir, es integral el humanismo por cuanto es “abierto, penetrable hacia lo absoluto trascendente”, según Cárdenas. O, como bien lo explica su prologuista, el demócrata cristiano y expresidente venezolano Luis Herrera Campíns, “el cristianismo es una realización humanista y el humanismo, en su más recta concreción, es una realización cristiana. El hombre está en el centro. Su trascendencia lo hace superior en todo sentido a las demás criaturas, pero no para despreciarlas ni menguarlas en su significación, sino para asignarles su puesto, su nivel ontológico, su categoría”.

León XIV, sin perjuicio de lo anterior como criterio, al tratar sobre los fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia en su encíclica Magnifica humanitas y pedir, otra vez, “encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia”, en el tiempo de la IA, alienta a las academias y las universidades a revitalizar tales principios, los del humanismo integral, “reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital”.

Se trata, en suma, de una tarea que, en el siglo XXI, trasvasa las fronteras sindicales y partidarias para que el diálogo con la historia –con las ciencias y la cultura– sobre ese “núcleo de verdad que no declina” y desde ese marco de sabiduría que representa la doctrina social de la Iglesia, oriente a todos los creyentes, en lo personal y en lo social, en el esfuerzo colectivo de “hacer más justa y fraterna la vida de nuestras sociedades”, como lo propone el Obispo de Roma.

Los tiempos son otros, no solo son nuevos. Comprometen y desafían a la ontología, bajo la cultura del relativismo, la pulverización de lo social, el desarraigo nacional y su más peligrosa deriva, la vida al detal e instantánea, negada al compromiso con las viejas y las subsiguientes generaciones. De donde las formas de la experiencia social y política acaso deban ser otras sin que se renuncie a la esencia de lo humano y lo personal.

Una revisión al vuelo de la elipse que media entre el papado de León XIII y León XIV, vista desde la plaza pública y de la inserción en esta de los partidos de raíz cristiana, nos muestra que ellos mismos respondían a realidades temporales propias. Pues si cierto es que ya en el siglo XIX y su segunda mitad se cuenta con partidos de tradición liberal –liberales, radicales, conservadores, moderados– inspirados en la revolución industrial burguesa como en la ilustración francesa (empirismo inglés, racionalismo, iluminismo), y en el otro ángulo se sitúan los de inspiración comunista o socialistas marxistas, excluyéndose a los del radicalismo de derecha o fascistas, los de inspiración cristiana emergen en un punto x distante de éstos y de aquellos, con peso especial los de orientación católica.

Tanto como la base social de actuación de los partidos liberales lo fueron, entonces, la burguesía urbana, clases medias, las propiedades del campo y todo aquello que transforme los bienes en capital para el desarrollo –se erró, por cierto, al culpárseles de las desviaciones del capitalismo–, en el caso de los partidos demócrata cristianos estos pusieron su énfasis en la componente popular, en los estratos menos privilegiados de la población ante la dramática explosión de la revolución industrial; que, como lo hemos dicho y lo recuerda ahora la encíclica de León XIV, es el contexto de las cosas nuevas que dan pie a la doctrina social de la Iglesia.

El momento histórico de cada partido de inspiración cristiana, dominantemente católica, fue asimismo variable, incluso conscientes de la especificidad que a todos les aproximaba, a saber, ofrecer una visión distinta, la del ser, por oposición al punto en el que convergen los liberales y los marxistas, el materialismo y/o la experiencia del tener.

El embrión del partido católico alemán –el Zentrum– se adelantó a los tiempos al observar la emergencia de un socialismo de dependencia marxista, incluso criticado por Marx al advertirlo como un sincretismo entre la asociación de trabajadores alemanes (ADAV) de estirpe lassalleana y el partido socialdemócrata obrero (SDAP) durante el Congreso de Gotta en 1875. Sus fundadores, los del Zentrum –perspicaces en cuanto a las enseñanzas en cierne de la Doctrina social de la Iglesia y las del ala evangélica (Reichensperger, Von Mallinckrodt y el Obispo Wilhelm Emmanuel Ketteler), fijan como sus líneas: “cristianismo ante la indiferencia religiosa, empeño religioso y de derecho natural frente al maquiavelismo de Estado, responsabilidad social ante el manchesterismo invasor, y derechos históricos de los estados singulares frente a la expansión imperial prusiana”. El Zentrum, así, logró forjarse bajo distintos nombres sucesivos, como uno de los partidos fundamentales de Alemania hasta el presente.

En Italia, donde gobernó la democracia cristiana desde 1945, finales de la Segunda Gran Guerra hasta 1981, en una primera etapa, tanto como ocurre en Francia, los católicos se muestran adherentes a la monarquía y no reconocen al Estado italiano unitario que surge en 1861 bajo la monarquía de los Savoia. La Iglesia de Roma, entretanto, hasta cuando inicia el siglo XX se opone a la presencia de los católicos en la política, por vía de partidos o movimientos que se identificasen como demócratas y católicos. Así lo fue hasta que, en 1919, el sacerdote siciliano don Luigi Sturzo, un eclesiástico de Caltagirone, funda el Partido Popular, el primero de tesitura demócrata cristiana animado por la idea de reivindicar el principio electoral de la extensión del voto a todos los estratos y de representación democrática proporcional, lo que le permitió hacerle frente a la onda socialista que emergiese al apenas concluir la Primera Guerra Mundial. Eran otros tiempos.

Lo distinto y novedoso en el hoy es la severa perturbación de la democracia, sobre todo de la libertad natural de la persona humana, en cuya defensa y para cuya defensa se aproximan de conjunto las diversas tendencias separadas antes por las ideas y las ideologías. Redescubren, ante la emergencia de los autoritarismos iliberales, la importancia de salvaguardar y renovar como principio ordenador transversal –nominalmente declarado en 1945 y sucesivamente ahogado por el Estado y por los Estados– al de la dignidad eminente de la persona humana, centro de la historia y del cambio epocal.

Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede”, observa el pontífice al presentarnos el primer elemento en el que se funda, con vistas al mundo de lo digital y de la IA, la doctrina social, a saber, la de la dignidad del ser humano, imagen de la Trinidad. Es este el “camino primero y fundamental de la Iglesia y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral”, escribe en su Magnifica humanitas.

Los principios cardinales del humanismo cristiano  

La dignidad y la igual dignidad de la persona y de todas las personas destaca por su valor ontológico –más allá de la dignidad moral, social, o existencial– y se sobrepone más allá del pecado, del fracaso y “ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana”, según la encíclica in comento. Es la adquisición positiva de la cultura moderna, dice Juan Pablo II, y no puede ser ofuscada por ideologías o intereses de poder. Es unicidad y respeto al camino de la conciencia, por lo que le asigna valor a los derechos y deberes universales e inviolables de toda persona. Y “es infinita” esa dignidad, ya que “aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla”.

Los derechos humanos que de ella se desprenden, por ende, “no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca; por lo que, siendo inviolables, inherentes, universales e inalienables, comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos. El primero de todos, lo proclama Magnifica humanitases el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho”. A aquéllos los amenaza su “declaración puramente formal” y “el progreso tecnológico”, observa León XIV.

Lo que es más grave, al estarse perdiendo o renunciarse a sus fundamentos, se deja de reconocerlos o tutelarlos bajo el consenso de poblaciones que viven aterrorizadas, por lo mismo sujetas a manipulación desde las redes y por los traficantes de ilusiones. “No basta con exaltar a la libertad… si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales”, es la prédica del papa.

Cinco principios que se derivan de la igual dignidad de la persona y de todas las personas reclaman, pues, ser relanzados y analizados, mediante sus relecturas, al objeto de conjurar las amenazas y atender a los desafíos de las cosas nuevas. Es lo que propone la encíclica. Ellos son el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, y la justicia social. Todos, interactuando y siendo interdependientes, han de configurar la base de actuación en la historia de quienes adhieren a la tradición judeocristiana de Occidente.

El bien común es un valor no negociable –recuerda a su vez Benedicto XIV– como tampoco es una suma de intereses. Es un plus o bien mayor referido al conjunto de condiciones sociales que hacen posible que los cuerpos intermedios y cada persona alcance su propia perfección. Es fruto de la interdependencia, de la cultura del encuentro, en suma. Es el proceso que favorece el consenso que le da vida al pueblo, o es, diríamos, el que hace posible la existencia y la conciencia de una nación. Es el odre en el que se cuece la legitimidad de los valores y proyectos compartidos, obra del reconocerse los unos a los otros volviéndose todos corresponsables de la res publica, de la sociedad política.

En cuanto al destino universal de los bienes, significa este no la abrogación de la propiedad privada, que además de tener sentido es un medio para la custodia y administración de bienes “de manera que puedan servir mejor al bien común, en otras palabras, que no sea un obstáculo para burlar la correspondencia universal de los bienes materiales e inmateriales, pues “Dios ha dado la tierra a todo el género humano”, precisa la encíclica.

Esta se apoya en san Juan Pablo II para señalar que se trata –la propiedad– del “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”. Sin embargo, actualmente se apunta a lo que resulta más complejo y preocupa a la doctrina social de la Iglesia, a saber, las nuevas formas de propiedad derivadas de la revolución digital y de la IA, como los algoritmos y las plataformas o infraestructuras tecnológicas, concentradas en manos de unos pocos “sin adecuadas formas de intercambio y de acceso”.

La subsidiariedad, como siguiente principio recordado por Magnifica humanitas y ya precisado por el magisterio inaugural de León XIII, en cuanto a que “ni la persona ni la familia deben ser absorbidas por el Estado”, viene a significar, mejor aun, que “la organización social” debe respetarla para asegurar que toda persona sea “la protagonista de su propia vida” y de su participación “en la construcción de la sociedad”. Implica, de suyo, el rechazo de las formas paternalistas y asistencialistas de la vida social, y la promoción de la corresponsabilidad. León XIV apunta, así, a lo novedoso, a saber, que ya no es el Estado el que busca ahogar al individuo y a sus formas de asociación intermedias, sino el “gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico en las condiciones de la vida común”.   

Seguidamente hace interactuar al principio de la solidaridad con los de subsidiariedad y de bien común, que, a su vez, san Pablo VI, radica en la fraternidad humana; cuestión que aborda Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2020), de la cual derivan “las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad”. Nace dicho principio – lo expresa Magnifica Humanitas – “de la visión de persona concebida por la fe”, a saber, que “todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación”.

Su enseñanza con vistas a la cuestión digital y de la IA, concluyendo, es que existe una “solidaridad de hecho” al unir las redes, en tiempo real, a personas y comunidades de todas partes del mundo”. Mas advierte León XIV que esa forma no significa solidaridad plena, mientras no se convierta en “una decisión consciente”. En efecto, la experiencia corriente indica que la interacción humana imperante parte de la incidencia directa de las grandes plataformas digitales sobre el mundo de los sentidos, apagando a la razón y haciéndola declinar.

Finalmente, en lo relativo al principio de la justicia social, que reclama de mucha atención pues expresa “una forma concreta de seguimiento” de las enseñanzas evangélicas en el plano de la historia, cabe decir con León XIV que se reconoce “por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos –en particular ‘a los más frágiles’ dentro de la sociedad– vivir de manera realmente humana”. Trasvasa, pues, el comportamiento individual y apunta de modo directo a la forma en la “que son concebidas y organizadas las estructuras de la convivencia”, no solo las políticas. Más allá de las buenas o malas decisiones, pueden producir desigualdades automáticas, una “cultura del descarte” como la llamara Francisco. Y si bien san Juan Pablo II apuntaba a la “opción preferencial por los pobres”, al hacerla presente Magnifica humanitas abre su vértice a las cosas nuevas.

La justicia social debe cumplir como función, afirma, “recomponer los vínculos rotos”, no solo corregir las injusticias presentes, sino avanzar hacia su “dimensión reparadora”. Se trata de la “sanación de la memoria colectiva” y el sostenimiento de quienes todavía cargan a cuestas “las consecuencias de agravios sufridos en el pasado”. Podríamos sintetizarlo en las ideas de la memoria, la verdad, y la justicia.

La reflexión de la doctrina social de la Iglesia con miras a lo actual, destaca, por una parte, las formas de exclusión de las redes globales –falta de acceso a la tecnología digital, su uso para la vigilancia invasiva, algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones, desinformación o fakenews– que, privilegiando el beneficio atentan contra la dignidad humana. Por la otra, la anuda a la situación de los migrantes –abordándola desde los polos del miedo y la fraternidad– pues en doble vía se les está negando el derecho de “formar parte activa de las sociedades que las reciben” y el “derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad”, resolviéndose sobre las causas profundas que obligan a migrar.

En nuestro prólogo a la obra de Rafael Caldera, Justicia social internacional (Cyngular, 2015), destacamos lo que conceptualmente precisa este al recordar que “no se trata de arremeter contra los que tienen más para quitárselo y dárselo a quienes tienen menos”. Implica, desde su perspectiva, “la actitud de responsabilidad personal en el ejercicio de las libertades frente a los otros”. Destaca igualmente la interrelación del principio bajo examen con el del bien común: “El bien común es la finalidad; la justicia social es la norma, es la regulación de actitudes, de conductas y de situaciones para lograr el bien común”. Es lo que León XIV, justamente, subraya al referirse a la organización de las estructuras para la convivencia.

El conjunto de los principios de la doctrina social de la Iglesia renovados por Magnifica humanitas exige de la ejemplaridad eclesial. Reclama León XIV, así y de cara al mundo que ha de receptar sus enseñanzas “un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos… se vivan sobre todo en su interior”. Y demanda, para concluir se verifique –es la tarea que nos deja– “si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos– dentro del ecosistema global emergente y dominante– favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos”.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

“Ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana”, dice la primera encíclica de León XIV, “Magnifica humanitas”
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La encíclica Rerum novarum, situada en el vértice de los siglos XIX y XX, es el punto de partida de la doctrina social de la Iglesia. Relanzada por la Quadragesimo anno ejerció una importante influencia promotora como astrolabio de los sindicatos católicos y los partidos demócrata cristianos que cubrieran la experiencia del siglo XX hasta sus declinaciones por obra del «quiebre epocal».

El cristianismo, lo explica el político e intelectual Rodolfo J. Cárdenas, autor de El humanismo cristiano (1992), “concibe un humanismo histórico” también integral, pues “ni la historia deviene sin el hombre ni el hombre sin la historia” a la vez que “concibe y defiende al hombre total, corpóreo y moral, material y espiritual, real tanto en lo físico como en lo intelectual. Por cuanto concibe a todos los hombres sin excepción”. Es decir, es integral el humanismo por cuanto es “abierto, penetrable hacia lo absoluto trascendente”, según Cárdenas. O, como bien lo explica su prologuista, el demócrata cristiano y expresidente venezolano Luis Herrera Campíns, “el cristianismo es una realización humanista y el humanismo, en su más recta concreción, es una realización cristiana. El hombre está en el centro. Su trascendencia lo hace superior en todo sentido a las demás criaturas, pero no para despreciarlas ni menguarlas en su significación, sino para asignarles su puesto, su nivel ontológico, su categoría”.

León XIV, sin perjuicio de lo anterior como criterio, al tratar sobre los fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia en su encíclica Magnifica humanitas y pedir, otra vez, “encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia”, en el tiempo de la IA, alienta a las academias y las universidades a revitalizar tales principios, los del humanismo integral, “reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital”.

Se trata, en suma, de una tarea que, en el siglo XXI, trasvasa las fronteras sindicales y partidarias para que el diálogo con la historia –con las ciencias y la cultura– sobre ese “núcleo de verdad que no declina” y desde ese marco de sabiduría que representa la doctrina social de la Iglesia, oriente a todos los creyentes, en lo personal y en lo social, en el esfuerzo colectivo de “hacer más justa y fraterna la vida de nuestras sociedades”, como lo propone el Obispo de Roma.

Los tiempos son otros, no solo son nuevos. Comprometen y desafían a la ontología, bajo la cultura del relativismo, la pulverización de lo social, el desarraigo nacional y su más peligrosa deriva, la vida al detal e instantánea, negada al compromiso con las viejas y las subsiguientes generaciones. De donde las formas de la experiencia social y política acaso deban ser otras sin que se renuncie a la esencia de lo humano y lo personal.

Una revisión al vuelo de la elipse que media entre el papado de León XIII y León XIV, vista desde la plaza pública y de la inserción en esta de los partidos de raíz cristiana, nos muestra que ellos mismos respondían a realidades temporales propias. Pues si cierto es que ya en el siglo XIX y su segunda mitad se cuenta con partidos de tradición liberal –liberales, radicales, conservadores, moderados– inspirados en la revolución industrial burguesa como en la ilustración francesa (empirismo inglés, racionalismo, iluminismo), y en el otro ángulo se sitúan los de inspiración comunista o socialistas marxistas, excluyéndose a los del radicalismo de derecha o fascistas, los de inspiración cristiana emergen en un punto x distante de éstos y de aquellos, con peso especial los de orientación católica.

Tanto como la base social de actuación de los partidos liberales lo fueron, entonces, la burguesía urbana, clases medias, las propiedades del campo y todo aquello que transforme los bienes en capital para el desarrollo –se erró, por cierto, al culpárseles de las desviaciones del capitalismo–, en el caso de los partidos demócrata cristianos estos pusieron su énfasis en la componente popular, en los estratos menos privilegiados de la población ante la dramática explosión de la revolución industrial; que, como lo hemos dicho y lo recuerda ahora la encíclica de León XIV, es el contexto de las cosas nuevas que dan pie a la doctrina social de la Iglesia.

El momento histórico de cada partido de inspiración cristiana, dominantemente católica, fue asimismo variable, incluso conscientes de la especificidad que a todos les aproximaba, a saber, ofrecer una visión distinta, la del ser, por oposición al punto en el que convergen los liberales y los marxistas, el materialismo y/o la experiencia del tener.

El embrión del partido católico alemán –el Zentrum– se adelantó a los tiempos al observar la emergencia de un socialismo de dependencia marxista, incluso criticado por Marx al advertirlo como un sincretismo entre la asociación de trabajadores alemanes (ADAV) de estirpe lassalleana y el partido socialdemócrata obrero (SDAP) durante el Congreso de Gotta en 1875. Sus fundadores, los del Zentrum –perspicaces en cuanto a las enseñanzas en cierne de la Doctrina social de la Iglesia y las del ala evangélica (Reichensperger, Von Mallinckrodt y el Obispo Wilhelm Emmanuel Ketteler), fijan como sus líneas: “cristianismo ante la indiferencia religiosa, empeño religioso y de derecho natural frente al maquiavelismo de Estado, responsabilidad social ante el manchesterismo invasor, y derechos históricos de los estados singulares frente a la expansión imperial prusiana”. El Zentrum, así, logró forjarse bajo distintos nombres sucesivos, como uno de los partidos fundamentales de Alemania hasta el presente.

En Italia, donde gobernó la democracia cristiana desde 1945, finales de la Segunda Gran Guerra hasta 1981, en una primera etapa, tanto como ocurre en Francia, los católicos se muestran adherentes a la monarquía y no reconocen al Estado italiano unitario que surge en 1861 bajo la monarquía de los Savoia. La Iglesia de Roma, entretanto, hasta cuando inicia el siglo XX se opone a la presencia de los católicos en la política, por vía de partidos o movimientos que se identificasen como demócratas y católicos. Así lo fue hasta que, en 1919, el sacerdote siciliano don Luigi Sturzo, un eclesiástico de Caltagirone, funda el Partido Popular, el primero de tesitura demócrata cristiana animado por la idea de reivindicar el principio electoral de la extensión del voto a todos los estratos y de representación democrática proporcional, lo que le permitió hacerle frente a la onda socialista que emergiese al apenas concluir la Primera Guerra Mundial. Eran otros tiempos.

Lo distinto y novedoso en el hoy es la severa perturbación de la democracia, sobre todo de la libertad natural de la persona humana, en cuya defensa y para cuya defensa se aproximan de conjunto las diversas tendencias separadas antes por las ideas y las ideologías. Redescubren, ante la emergencia de los autoritarismos iliberales, la importancia de salvaguardar y renovar como principio ordenador transversal –nominalmente declarado en 1945 y sucesivamente ahogado por el Estado y por los Estados– al de la dignidad eminente de la persona humana, centro de la historia y del cambio epocal.

Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede”, observa el pontífice al presentarnos el primer elemento en el que se funda, con vistas al mundo de lo digital y de la IA, la doctrina social, a saber, la de la dignidad del ser humano, imagen de la Trinidad. Es este el “camino primero y fundamental de la Iglesia y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral”, escribe en su Magnifica humanitas.

Los principios cardinales del humanismo cristiano  

La dignidad y la igual dignidad de la persona y de todas las personas destaca por su valor ontológico –más allá de la dignidad moral, social, o existencial– y se sobrepone más allá del pecado, del fracaso y “ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana”, según la encíclica in comento. Es la adquisición positiva de la cultura moderna, dice Juan Pablo II, y no puede ser ofuscada por ideologías o intereses de poder. Es unicidad y respeto al camino de la conciencia, por lo que le asigna valor a los derechos y deberes universales e inviolables de toda persona. Y “es infinita” esa dignidad, ya que “aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla”.

Los derechos humanos que de ella se desprenden, por ende, “no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca; por lo que, siendo inviolables, inherentes, universales e inalienables, comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos. El primero de todos, lo proclama Magnifica humanitases el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho”. A aquéllos los amenaza su “declaración puramente formal” y “el progreso tecnológico”, observa León XIV.

Lo que es más grave, al estarse perdiendo o renunciarse a sus fundamentos, se deja de reconocerlos o tutelarlos bajo el consenso de poblaciones que viven aterrorizadas, por lo mismo sujetas a manipulación desde las redes y por los traficantes de ilusiones. “No basta con exaltar a la libertad… si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales”, es la prédica del papa.

Cinco principios que se derivan de la igual dignidad de la persona y de todas las personas reclaman, pues, ser relanzados y analizados, mediante sus relecturas, al objeto de conjurar las amenazas y atender a los desafíos de las cosas nuevas. Es lo que propone la encíclica. Ellos son el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, y la justicia social. Todos, interactuando y siendo interdependientes, han de configurar la base de actuación en la historia de quienes adhieren a la tradición judeocristiana de Occidente.

El bien común es un valor no negociable –recuerda a su vez Benedicto XIV– como tampoco es una suma de intereses. Es un plus o bien mayor referido al conjunto de condiciones sociales que hacen posible que los cuerpos intermedios y cada persona alcance su propia perfección. Es fruto de la interdependencia, de la cultura del encuentro, en suma. Es el proceso que favorece el consenso que le da vida al pueblo, o es, diríamos, el que hace posible la existencia y la conciencia de una nación. Es el odre en el que se cuece la legitimidad de los valores y proyectos compartidos, obra del reconocerse los unos a los otros volviéndose todos corresponsables de la res publica, de la sociedad política.

En cuanto al destino universal de los bienes, significa este no la abrogación de la propiedad privada, que además de tener sentido es un medio para la custodia y administración de bienes “de manera que puedan servir mejor al bien común, en otras palabras, que no sea un obstáculo para burlar la correspondencia universal de los bienes materiales e inmateriales, pues “Dios ha dado la tierra a todo el género humano”, precisa la encíclica.

Esta se apoya en san Juan Pablo II para señalar que se trata –la propiedad– del “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”. Sin embargo, actualmente se apunta a lo que resulta más complejo y preocupa a la doctrina social de la Iglesia, a saber, las nuevas formas de propiedad derivadas de la revolución digital y de la IA, como los algoritmos y las plataformas o infraestructuras tecnológicas, concentradas en manos de unos pocos “sin adecuadas formas de intercambio y de acceso”.

La subsidiariedad, como siguiente principio recordado por Magnifica humanitas y ya precisado por el magisterio inaugural de León XIII, en cuanto a que “ni la persona ni la familia deben ser absorbidas por el Estado”, viene a significar, mejor aun, que “la organización social” debe respetarla para asegurar que toda persona sea “la protagonista de su propia vida” y de su participación “en la construcción de la sociedad”. Implica, de suyo, el rechazo de las formas paternalistas y asistencialistas de la vida social, y la promoción de la corresponsabilidad. León XIV apunta, así, a lo novedoso, a saber, que ya no es el Estado el que busca ahogar al individuo y a sus formas de asociación intermedias, sino el “gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico en las condiciones de la vida común”.   

Seguidamente hace interactuar al principio de la solidaridad con los de subsidiariedad y de bien común, que, a su vez, san Pablo VI, radica en la fraternidad humana; cuestión que aborda Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2020), de la cual derivan “las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad”. Nace dicho principio – lo expresa Magnifica Humanitas – “de la visión de persona concebida por la fe”, a saber, que “todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación”.

Su enseñanza con vistas a la cuestión digital y de la IA, concluyendo, es que existe una “solidaridad de hecho” al unir las redes, en tiempo real, a personas y comunidades de todas partes del mundo”. Mas advierte León XIV que esa forma no significa solidaridad plena, mientras no se convierta en “una decisión consciente”. En efecto, la experiencia corriente indica que la interacción humana imperante parte de la incidencia directa de las grandes plataformas digitales sobre el mundo de los sentidos, apagando a la razón y haciéndola declinar.

Finalmente, en lo relativo al principio de la justicia social, que reclama de mucha atención pues expresa “una forma concreta de seguimiento” de las enseñanzas evangélicas en el plano de la historia, cabe decir con León XIV que se reconoce “por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos –en particular ‘a los más frágiles’ dentro de la sociedad– vivir de manera realmente humana”. Trasvasa, pues, el comportamiento individual y apunta de modo directo a la forma en la “que son concebidas y organizadas las estructuras de la convivencia”, no solo las políticas. Más allá de las buenas o malas decisiones, pueden producir desigualdades automáticas, una “cultura del descarte” como la llamara Francisco. Y si bien san Juan Pablo II apuntaba a la “opción preferencial por los pobres”, al hacerla presente Magnifica humanitas abre su vértice a las cosas nuevas.

La justicia social debe cumplir como función, afirma, “recomponer los vínculos rotos”, no solo corregir las injusticias presentes, sino avanzar hacia su “dimensión reparadora”. Se trata de la “sanación de la memoria colectiva” y el sostenimiento de quienes todavía cargan a cuestas “las consecuencias de agravios sufridos en el pasado”. Podríamos sintetizarlo en las ideas de la memoria, la verdad, y la justicia.

La reflexión de la doctrina social de la Iglesia con miras a lo actual, destaca, por una parte, las formas de exclusión de las redes globales –falta de acceso a la tecnología digital, su uso para la vigilancia invasiva, algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones, desinformación o fakenews– que, privilegiando el beneficio atentan contra la dignidad humana. Por la otra, la anuda a la situación de los migrantes –abordándola desde los polos del miedo y la fraternidad– pues en doble vía se les está negando el derecho de “formar parte activa de las sociedades que las reciben” y el “derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad”, resolviéndose sobre las causas profundas que obligan a migrar.

En nuestro prólogo a la obra de Rafael Caldera, Justicia social internacional (Cyngular, 2015), destacamos lo que conceptualmente precisa este al recordar que “no se trata de arremeter contra los que tienen más para quitárselo y dárselo a quienes tienen menos”. Implica, desde su perspectiva, “la actitud de responsabilidad personal en el ejercicio de las libertades frente a los otros”. Destaca igualmente la interrelación del principio bajo examen con el del bien común: “El bien común es la finalidad; la justicia social es la norma, es la regulación de actitudes, de conductas y de situaciones para lograr el bien común”. Es lo que León XIV, justamente, subraya al referirse a la organización de las estructuras para la convivencia.

El conjunto de los principios de la doctrina social de la Iglesia renovados por Magnifica humanitas exige de la ejemplaridad eclesial. Reclama León XIV, así y de cara al mundo que ha de receptar sus enseñanzas “un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos… se vivan sobre todo en su interior”. Y demanda, para concluir se verifique –es la tarea que nos deja– “si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos– dentro del ecosistema global emergente y dominante– favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos”.

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