Ellos me explican a mí lo que significa la violencia contra las mujeres, por Dhayana Fernández-Matos - Runrun
Ellos me explican a mí lo que significa la violencia contra las mujeres, por Dhayana Fernández-Matos

@dhayanamatos

En una fiesta, un señor le preguntó a la escritora estadounidense Rebecca Solnit sobre el nuevo libro que esta acababa de publicar (para el momento, había escrito seis o siete). Cuando ella comenzó a explicarle, él la interrumpió para hablarle de un libro que abordaba el mismo tema, pero que era más importante y de mayor impacto que el de Solnit.

Una amiga de la escritora tuvo que repetirle tres o cuatro veces al flamante expositor que la obra de la cual estaba hablando y alabando, era de Rebecca, hasta que este lo aceptó y enmudeció por unos segundos sorprendido de que ella lo escribiera. Pero dicha sorpresa le duró muy poco, siguió pontificando…

Al respecto señaló Rebecca Solnit: “Los hombres me explican cosas, a mí y a otras mujeres, independientemente de que sepan o no de qué están hablando. Algunos hombres”.

Esta experiencia la recogió la autora en un artículo que tituló Men explain things to me (Los hombres me explican cosas), en el cual explicaba ese exceso de confianza de algunos hombres que los lleva a creer que pueden dominar un tema o un área mejor que cualquier mujer y por eso, de forma prepotente, vienen a explicárselo, aunque estén frente a una mujer con conocimientos del tema en profundidad.

Esta publicación tuvo una rápida difusión y sirvió como referente para que se acuñara el término mansplaining, palabra compuesta de man (hombre) y explain (explicar). En el año 2010, fue elegida como palabra del año por el New York Times y el sustantivo, mansplainer, fue definido como: “Un hombre compelido a explicar o a dar su opinión sobre cualquier cosa, especialmente a una mujer. Habla a menudo con condescendencia, incluso aunque no sepa de qué está hablando o no sea asunto suyo”.

A mí también me explican

Traigo a colación el mansplaining, a propósito de los comentarios, recomendaciones y explicaciones que me han estado haciendo algunos hombres acerca de lo que significa las violencias, así en plural, contra las mujeres; lo que es el debido proceso o el valor del testimonio de la víctima, en el contexto de lo que está ocurriendo con el movimiento #MeToo venezolano.

No se trata solo de abogados que se quedaron en el derecho decimonónico o cuando mucho avanzaron hasta el Código napoleónico (que por cierto no consideraba a las mujeres como ciudadanas activas), sino del profesor de matemáticas que me “enseña” que en Venezuela existen protocolos de actuación para estos casos o cualquier hombre que me explica por qué el testimonio de la víctima no es válido.

Hablo de mainsplaining porque resulta que quienes me explican algunos componentes de las violencias contra las mujeres, desconocen que fui fundadora de la primera cátedra de Derecho y Género que se impartió a jueces, juezas y al personal judicial en la Escuela Nacional de la Magistratura; logré que dicho curso fuera transversal y se diera en todos los programas. Fui la primera que capacitó a los tribunales con competencia especial en violencia contra la mujer en temas de derechos humanos de las mujeres, violencia y aproximación al fenómeno legal con perspectiva de género. Soy cofundadora de la Cátedra Libre de Defensa para la Mujer de la Escuela Nacional de Fiscales del Ministerio Público y su primera conferencista. Gané el concurso de oposición de la cátedra Derechos Humanos de las Mujeres de la maestría en Estudios de la Mujer de la UCV y soy docente en esta materia en Argentina, Colombia y Venezuela.

Pero, para algunos hombres, esto no es suficiente para conocer del tema de las violencias contra las mujeres. Por eso, ellos me lo explican con condescendencia para que yo, en mi situación de minusvalía intelectual (según ellos), entienda el problema.

Por supuesto que esto no me sucede solo a mí, sino a las mujeres venezolanas (y de todo el mundo), de distintas profesiones: politólogas, psicólogas, médicas, economistas, internacionalistas, sociólogas, abogadas… que trabajan con profundidad algún tema vinculado con la situación de las mujeres.

Si alguna persona piensa que no hice bien mi trabajo, dada la situación de los tribunales con competencia especial en violencia contra la mujer, debo señalar que estos temas no se aprenden ni se manejan con profundidad en cursos de una o dos semanas. La gente se va sensibilizando, va reflexionando y va incorporando algunas cosas, pero se necesita más.

La inequidad de género como cátedra

Se precisa erradicar los patrones socioculturales y los roles basados en la inferioridad de las mujeres y la superioridad de los hombres. Este es un mecanismo fundamental en el que se debe actuar.

Se requiere un estudio más riguroso, sistemático y serio. Es hora que las facultades de Derecho de las universidades venezolanas incorporen como materia obligatoria el abordaje del fenómeno legal y su vinculación con las desigualdades de género y las violencias contra las mujeres.

También es importante entender que, como en otras áreas, es necesario que haya concursos para el ingreso y permanencia en la carrera judicial. Esto implica que las personas designadas como jueces y juezas en materia de violencia, no necesiten un carnet del PSUV para poder serlo, sino que superen las pruebas de conocimiento que los habilita para juzgar asuntos vinculados con esta problemática.

Son muchas las aristas donde se requiere actuar para hacerle frente a las violencias que sufren las mujeres. Hay que reconocerle al movimiento #MeToo que destapó un tema que, quienes lo trabajamos, sabemos que ocurre desde tiempos inmemoriales (o por lo menos desde 1492 si nos orientamos por las corrientes decoloniales): Venezuela es una sociedad machista, misógina y las violencias contra las mujeres están presentes en todas las áreas del accionar humano.

A continuación, hablaré sobre ciertos aspectos que guardan relación con los testimonios de violencias.

Twitter sirve para denunciar la violación de todos los derechos humanos, menos los de las mujeres.

Ante lo ocurrido los últimos días y la proliferación de testimonios de mujeres sobre distintas manifestaciones de violencia a través de Twitter, como mecanismo para hacer públicas sus experiencias y las violaciones de sus derechos, muchas personas han sentenciado que “no es el lugar”, “que está mal estar ventilando la vida privada”, “que para eso están los tribunales”, “que vayan y denuncien”…

Ante esta última “recomendación”, no sabemos si enfurecernos o reírnos, porque quienes se horrorizan porque las mujeres se expresan por redes sociales, son los mismos que apoyan abiertamente que estas sirvan para hacer la denuncia contra la violación de otros derechos humanos.

De esa manera, está bien que se denuncie por Twitter que las vacunas no llegan y que se viola el derecho a la salud; que está bien que se denuncien las desapariciones forzadas y que se increpe al Estado venezolano… Pero está muy mal que las mujeres se expresen porque lo necesitan y porque el derecho a una vida libre de violencias también es un derecho humano.

El doble rasero

También llama la atención que quienes cuestionan a las que relatan sus experiencias por las redes, son los mismos que las usan para hacer cualquier comentario, para increpar al adversario, mofarse de él o contar anécdotas de su vida diaria. Esto se conoce como doble rasero.

El doble estándar o doble rasero es una categoría que permite describir cómo, ante una misma problemática, se juzga o evalúa diferente si la persona afectada o a quien le compete, es un hombre o una mujer. En ese sentido, el mensaje es “denuncie cualquier violación de derechos humanos por redes sociales, menos si se trata de la violación del derecho humano de las mujeres a una vida libre de violencias”.

Que quede claro, estoy absolutamente de acuerdo con que las víctimas presenten las denuncias antes los órganos receptores; es necesario activar los órganos de administración de justicia (aunque desconfiemos de ello, en virtud de los altos índices de impunidad). Esta debería ser la vía idónea para la obtención de justicia.

Linda Loaiza, un ejemplo para exigir justicia

Hay que seguir el ejemplo de Linda Loaiza López, quien tiene 20 años exigiéndole al Estado venezolano que le asegure su derecho a la justicia y a la reparación, lo que aún no ha logrado, pese a que la Corte Interamericana de Derechos Humanos dictó una sentencia en 2018 en la que estableció su responsabilidad internacional y distintas medidas de reparación que no han sido cumplidas.

Linda es un claro ejemplo de que hay que persistir y seguir exigiendo.

Pero no todas son Linda Loaiza y a muchas mujeres les urge contar su experiencia y por eso lo hacen. Es una necesidad. No importa que hayan pasado dos días o 10 años desde que ocurrieron los hechos.

Además, es importante tener presente que, salvo los casos de figuras públicas, el grueso de mujeres que cuentan sus experiencias de agresiones sexuales y violencias, no dan el nombre del agresor. Cuentan su historia desde la perspectiva de la víctima y un agresor anónimo.

Si algunas dan nombres y las redes sociales juzgan, esto no es culpa de la que habla.

Hay que dejar la hipocresía y reconocer que Twitter es un medio donde prolifera el odio, la violencia verbal, y otras formas de agresiones virtuales, pero eso no es culpa de las mujeres.

Por cierto, dejen de decir que es la “Inquisición”. Acuérdense de que a las que quemaron, con el alegato de que eran brujas, fueron a las mujeres, por atreverse a saber, a conocer y a ir en contra del orden establecido.

Si algún hombre considera que es falso y que lo están calumniando, también puede denunciar y activar la vía judicial para solicitar el resarcimiento del daño causado. Que se manifieste el principio de contradicción y que un juzgado imparcial (que no decida a partir de prejuicios y estereotipos), con las garantías del debido proceso para ambas partes, decida al respecto.

Denuncia y miedo

Cabe destacar que es necesario desmontar la idea sobre la existencia de un alto porcentaje de denuncias falsas. Hablan de estadísticas inexistentes. Hablan de que “el 80 % de las denuncias son falsas”, “que las mujeres usan eso para castigar a los hombres”, “que el porcentaje de los casos ciertos es muy pequeño” (¡cómo se nota que no son mujeres!). Pero cuando se les pregunta de dónde sacaron los datos, qué medio usaron para obtenerlos, cuál metodología aplicaron, cuál es el tamaño de la muestra seleccionada, qué paquete estadístico se usó para procesarla, no hay respuesta.

Y no hay respuesta porque este dato no existe. Hay estudios que se han hecho en algunos países que hablan de los porcentajes de mujeres que retiran las denuncias, pero no necesariamente porque sus testimonios sean falsos sino porque viven inmersas en un ciclo de violencia, por miedo al agresor, porque el sistema de justicia las revictimiza, entre otras consideraciones.

Esto no quiere decir que no haya algunas mujeres que mientan –pero algunas no significan la mayoría como pretenden hacer creer–, que intenten hacerle fraude a la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, ¡por supuesto que las hay! Pero aquí volvemos al doble estándar o doble rasero, ¿en qué área del Derecho no hay personas que intentan hacer fraude a la ley?

A lo mejor esos que se rasgan la vestidura lo han hecho en más de una ocasión, pero aquí lo que molesta de la denuncia es que se trate de una mujer y en un caso que, pese a los avances normativos, se sigue considerando un asunto privado. Sin olvidar que más de uno actúa así porque tiene “rabo de paja”.

El peso del testimonio de la víctima

En relación con el testimonio de la víctima y su validez como prueba en asuntos de violencia contra la mujer, es preciso que se actualicen y lleguen al siglo XXI.

Si de verdad les interesa el tema, revisen los estándares internacionales en esta materia, acudan al derecho comparado y a los estudios feministas del Derecho.

Las particularidades de este delito, que ocurre en la mayoría de los casos en el ámbito de lo íntimo, sin testigos y donde resulta difícil la recolección de otras pruebas, lleva a que el testimonio tenga gran valor, en concordancia con otros factores que quien juzga debe tomar en consideración al decidir. Dejen de hablar de lo que no saben y no se han tomado la molestia de estudiar.

Por último, a las mujeres que quieren contar su historia, quiero decirles que no dejen que las determine un like en las redes sociales, que no las silencien, que no las callen.

¡Vayan y denuncien ante los órganos judiciales! Conozco cuáles son las fallas del sistema de justicia en asuntos de violencia contra las mujeres: la revictimización, el retardo procesal, la impunidad, la falta de un enfoque de derechos humanos, la presunción de que la víctima miente, no hay reparación integral, entre otras. Pero, pese a esto, creo que se debe denunciar. Hay que activar el sistema, exigirle y monitorear sus actuaciones.

Y si quieren apoyo de las mujeres en redes, saben que ahí lo tienen y también tienen a distintas organizaciones de defensa de las mujeres tales como AVESA, el Centro de Estudio de la Mujer de la UCV, Muderes, Mulier, CEPAZ, Éxodo, Tinta Violeta, La Araña Feminista, Voces de Género, Ámbar, Uquira, entre tantas otras, donde pueden obtener apoyo psicológico, información y orientación.

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