#CrónicasDeMilitares | Páez habla con Falcón, o cuando el pasado se quiso abrazar con el futuro

No es posible conciliar posiciones en adelante, para que se llegue a la conclusión de esperar un tiempo para reunirse de nuevo en el futuro cercano

 

@eliaspino

Después de numerosos intentos de conversación para poner fin a la Guerra Federal, los líderes de las fuerzas enfrentadas se reúnen en el campo de Carabobo. Las conferencias comienzan el 8 de diciembre de 1861, en medio de gran expectación. Se ha establecido una tregua nacional para que los generales José Antonio Páez y Juan Crisóstomo Falcón lleguen a un acuerdo de paz, y todas las miradas se concentran en lo que puede ser el fin de un terrible derramamiento de sangre. Ahora se verán los aspectos fundamentales del encuentro.

José María de Rojas, la figura más cercana a Páez y ministro todopoderoso de la dictadura, sobre el inicio del suceso escribe en El Independiente un texto del cual se ha sacado el título del presente artículo. Leamos el comienzo de lo que se anuncia como una prometedora reunión.

Al abrazarse ambos con espontaneidad que a ambos hizo honor, el júbilo de los ciudadanos presentes fue general. Aquel abrazo estrecho de dos hombres que, sin embargo, no se conocían ni se habían visto jamás pareció a todos el símbolo de unión entre los venezolanos. El anciano venerable simbolizaba las antiguas glorias de la República, su honorífico pasado, su nombre, su crédito exterior. Falcón, todavía joven, parecía simbolizar su porvenir. El pasado y el futuro se daban la mano; dos épocas se aliaban, pasando por encima de unos pocos años, para reanudar los rotos hilos de nuestro reposo y de nuestro progreso; dos hombres se daban la mano para borrar desastrosos odios y se unían para salvar a su Patria”.

Las cosas comienzan con buen pie. Después del saludo, Páez y Falcón hablan a solas durante media hora para salir con los rostros regocijados. Al notar el entusiasmo de los personajes, los miembros de las comitivas proponen la continuación de esos tratos privados, que siguieran para concretar los puntos fundamentales de un tratado de paz definitivo, pero don Juan Crisóstomo, con el mejor talante del mundo, dice unas palabras que copian así los amanuenses:

No hay ya necesidad de que nos encierren. El general Páez y yo estamos en perfecto acuerdo y son estos señores −los secretarios− los que tendrán que encerrarse para que fijen y arreglen los detalles del convenio”.

Pero el “perfecto acuerdo” necesita un pulimiento capaz de provocar ronchas, advierten de inmediato los miembros de las comitivas, especialmente el doctor José María de Rojas, portavoz de Páez, y el general Guzmán Blanco, secretario de Falcón. ¿Quién va a aparecer como autoridad en adelante? ¿No debe redactarse de inmediato un documento formal, para conocimiento de los oficiales y los políticos en todo el país? Como la paz no puede depender de la simpatía recíproca que han exhibido ante un grupo dos personas, por encumbradas y respetadas que sean, conviene una sugerencia detallada del camino que conduciría a una concordia estable.

La secretaría de los federales asume entonces la responsabilidad de redactar un documento ajustado a la necesidad, que al día siguiente entrega a sus interlocutores. Dice así:

1. El General Páez, con su carácter de jefe supremo, organizará un Gabinete de modo que las dos revoluciones se vean francamente representadas en la Administración General de los intereses públicos.

2. Este Gabinete procurará equilibrar los intereses de las dos revoluciones, inspirar plena confianza a los hombres de una y otra; y tal luego como lo permitan las circunstancias, procederá a organizar el tren que debe preceder a las elecciones que han de ser tan libres como las reclaman los pueblos.

3. La Asamblea constituyente fijará el sistema de Gobierno que en definitiva quiera la mayoría.

4. El General Falcón, con su carácter de jefe de los Ejércitos federales, dictará todas las providencias que conduzcan a los altos y patrióticos objetos de este convenio, a fin de que se realice cuanto antes el arreglo definitivo que deje a la República en plena paz y en posesión de s sagrada soberanía; para lo cual situará su cuartel general en la ciudad de Coro.

5. El General Páez y el General Falcón tratarán privadamente de aquello que se refiere a designación de hombres, pues son ellos los que pueden juzgar de quienes les inspiran o no su confianza.

La comitiva de Páez no está de acuerdo con el contenido de la propuesta porque menoscaba la autoridad del dictador. Según afirman Rojas y gente de su equipo, una bandería exige mientras humilla al poder establecido. No es posible conciliar posiciones en adelante, para que se llegue a la conclusión de esperar un tiempo para reunirse de nuevo en el futuro cercano. Ese encuentro no sucederá todavía y se reanudan las hostilidades, después de un vehemente documento de Guzmán Blanco llamando a continuarlas. El abrazo entre el pasado y el futuro se queda en gesto inocuo.

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No es posible conciliar posiciones en adelante, para que se llegue a la conclusión de esperar un tiempo para reunirse de nuevo en el futuro cercano

 

@eliaspino

Después de numerosos intentos de conversación para poner fin a la Guerra Federal, los líderes de las fuerzas enfrentadas se reúnen en el campo de Carabobo. Las conferencias comienzan el 8 de diciembre de 1861, en medio de gran expectación. Se ha establecido una tregua nacional para que los generales José Antonio Páez y Juan Crisóstomo Falcón lleguen a un acuerdo de paz, y todas las miradas se concentran en lo que puede ser el fin de un terrible derramamiento de sangre. Ahora se verán los aspectos fundamentales del encuentro.

José María de Rojas, la figura más cercana a Páez y ministro todopoderoso de la dictadura, sobre el inicio del suceso escribe en El Independiente un texto del cual se ha sacado el título del presente artículo. Leamos el comienzo de lo que se anuncia como una prometedora reunión.

Al abrazarse ambos con espontaneidad que a ambos hizo honor, el júbilo de los ciudadanos presentes fue general. Aquel abrazo estrecho de dos hombres que, sin embargo, no se conocían ni se habían visto jamás pareció a todos el símbolo de unión entre los venezolanos. El anciano venerable simbolizaba las antiguas glorias de la República, su honorífico pasado, su nombre, su crédito exterior. Falcón, todavía joven, parecía simbolizar su porvenir. El pasado y el futuro se daban la mano; dos épocas se aliaban, pasando por encima de unos pocos años, para reanudar los rotos hilos de nuestro reposo y de nuestro progreso; dos hombres se daban la mano para borrar desastrosos odios y se unían para salvar a su Patria”.

Las cosas comienzan con buen pie. Después del saludo, Páez y Falcón hablan a solas durante media hora para salir con los rostros regocijados. Al notar el entusiasmo de los personajes, los miembros de las comitivas proponen la continuación de esos tratos privados, que siguieran para concretar los puntos fundamentales de un tratado de paz definitivo, pero don Juan Crisóstomo, con el mejor talante del mundo, dice unas palabras que copian así los amanuenses:

No hay ya necesidad de que nos encierren. El general Páez y yo estamos en perfecto acuerdo y son estos señores −los secretarios− los que tendrán que encerrarse para que fijen y arreglen los detalles del convenio”.

Pero el “perfecto acuerdo” necesita un pulimiento capaz de provocar ronchas, advierten de inmediato los miembros de las comitivas, especialmente el doctor José María de Rojas, portavoz de Páez, y el general Guzmán Blanco, secretario de Falcón. ¿Quién va a aparecer como autoridad en adelante? ¿No debe redactarse de inmediato un documento formal, para conocimiento de los oficiales y los políticos en todo el país? Como la paz no puede depender de la simpatía recíproca que han exhibido ante un grupo dos personas, por encumbradas y respetadas que sean, conviene una sugerencia detallada del camino que conduciría a una concordia estable.

La secretaría de los federales asume entonces la responsabilidad de redactar un documento ajustado a la necesidad, que al día siguiente entrega a sus interlocutores. Dice así:

1. El General Páez, con su carácter de jefe supremo, organizará un Gabinete de modo que las dos revoluciones se vean francamente representadas en la Administración General de los intereses públicos.

2. Este Gabinete procurará equilibrar los intereses de las dos revoluciones, inspirar plena confianza a los hombres de una y otra; y tal luego como lo permitan las circunstancias, procederá a organizar el tren que debe preceder a las elecciones que han de ser tan libres como las reclaman los pueblos.

3. La Asamblea constituyente fijará el sistema de Gobierno que en definitiva quiera la mayoría.

4. El General Falcón, con su carácter de jefe de los Ejércitos federales, dictará todas las providencias que conduzcan a los altos y patrióticos objetos de este convenio, a fin de que se realice cuanto antes el arreglo definitivo que deje a la República en plena paz y en posesión de s sagrada soberanía; para lo cual situará su cuartel general en la ciudad de Coro.

5. El General Páez y el General Falcón tratarán privadamente de aquello que se refiere a designación de hombres, pues son ellos los que pueden juzgar de quienes les inspiran o no su confianza.

La comitiva de Páez no está de acuerdo con el contenido de la propuesta porque menoscaba la autoridad del dictador. Según afirman Rojas y gente de su equipo, una bandería exige mientras humilla al poder establecido. No es posible conciliar posiciones en adelante, para que se llegue a la conclusión de esperar un tiempo para reunirse de nuevo en el futuro cercano. Ese encuentro no sucederá todavía y se reanudan las hostilidades, después de un vehemente documento de Guzmán Blanco llamando a continuarlas. El abrazo entre el pasado y el futuro se queda en gesto inocuo.

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