Titular este artículo “Crónica de un fracaso anunciado” hubiera sido recurrir a uno de los lugares comunes más abusados de la escritura en castellano. Pero eso fue exactamente lo que sucedió el domingo con la oposición prosistema venezolana y su llamado a “votar” sin un plan para defender el voto ni una explicación de cómo ese voto se va a traducir en el cambio político que a la inmensa mayoría de la población tanto le urge. Hasta los convocantes lo intuyeron pocos días antes de la jornada “comicial”. Ya estaban adelantándose al desenlace, advirtiendo entre lloriqueos lastimeros y victimistas que la abstención que tanto temían sería bastante grande.
No sé por qué demonios no fueron capaces de darse cuenta desde un principio que semejante iniciativa estaba condenada. Por mi parte, si mal no recuerdo fue en septiembre del año pasado la primera vez que señalé que quien se fuera por ese callejón sin salida se iba a estrellar durísimo contra el muro al final. El muro de rechazo de las masas. No digo esto en son de panegírico a mí mismo. ¿Cómo podría, si no hay absolutamente nada extraordinario en mi augurio? Quizá sea hasta sea pedante el mero uso del posesivo. No es realmente “mi” augurio. Es el de casi toda la ciudadanía venezolana.
Ciudadanía que lleva años viendo cómo el voto opositor mayoritario, solo por sí mismo, tiene cada vez menos capacidad de traducirse en la obtención de poder. Si a pesar de eso decidió votar en masa el pasado 28 de julio, fue porque le dio a María Corina Machado, quien nunca antes había dirigido a la oposición, el beneficio de la duda de que tal vez tendría un plan para garantizar que tal voto sería respetado. Como no ha sido así, las secuelas del 28 de julio terminaron de convencer al grueso de la población sobre la clausura de la “vía electoral”. Solo un nuevo plan convincente de defensa del voto podría cambiar eso. Lo demás es ignorar que el voto es un medio y no un fin. El medio ideal y más civilizado de resolver diferencias políticas, pero que puede no servir en entornos no democráticos. No es un imperativo categórico kantiano, como cree el fetichismo electoral que, ahora sí, está muerto para efectos de las masas en Venezuela, sin que haya Jesucristo que resucite a ese Lázaro.
La misma ciudadanía lleva esos mismos años viendo cómo gobernadores y alcaldes ajenos a la elite chavista tienen terminantemente prohibido hacer activismo opositor si quieren permanecer en sus cargos. Regla tácita cuyos individuos objeto han acatado con cabalidad. Esa misma ciudadanía vio en 2016 que a una Asamblea Nacional en manos opositoras se le podía despojar de todas sus competencias para entregar estas a un parlamento paralelo, sin que la dirigencia disidente pueda hacer algo efectivo para revertirlo. Le perdí el respeto a más de una persona que ha sido tenida por intelectualmente eminente, pero se puso a fingir que nada de eso ya ocurrió y a traficar ilusiones de una Asamblea Nacional que sí legislaría en pro de la República y haría contraloría a un gobierno acostumbrado a hacer lo que le viene en gana y sin rendir cuentas a nadie.
Tome todo esto y agréguele la referida ausencia de un plan para defender el voto. El resultado fue un intento paupérrimo de epopeya por parte de los que llamaron a “votar”. Hicieron de “No nos rendimos” un eslogan que nadie se creyó. En el fondo sí habían claudicado ya. Era evidente que no tenían ninguna disposición a resistir cualquier abuso o ultraje que viniera desde el poder; que en las gobernaciones se iban a adherir a la proscripción tácita de actividades opositoras y solo podrían realizar tareas mundanas como recoger la basura; que en la AN serían un grupito quizá contestatario, pero ignorado por el poder (o humillado y silenciado cada vez que al poder le viniera en gana) y sin voluntad para ir más allá de lo retórico y simbólico. Quisieron que los vieran como héroes épicos, como Odiseo o Eneas. Terminaron viéndose ridículos y farsescos, como el padre Ubú. No, ¿qué digo? Ahora me debo excusar con la creación de Alfred Jarry. Ubú por lo menos sí llegó a rey.
Muchos tal vez se preguntan, ¿por qué? ¿Qué sentido tiene tanta pantomima de oposición si no va a haber ningún efecto que se traduzca en una mejora sustancial de la calidad de la vida de la gente? Creo que, en el mejor de los casos (no ahondaré sobre el peor), todo se reduce a un deseo egoísta de figuración. Un autoengaño de que se sigue “en la lucha” sin tener que afrontar los riesgos que implica incomodar al poder en Venezuela. La gente lo notó sin mayor dificultad.
Y así como fracasaron los políticos involucrados, también fracasó una caterva de politólogos y demás supuestos expertos en política que le hace la corte a aquellos. Sujetos que en algunos casos tuvieron labor académica meritoria en el pasado, pero que no han sabido asimilar la actual y muy dura realidad política venezolana. Por arrogancia y empeño en que se les mantenga en un pedestal del intelecto, se niegan a reconocer que los paradigmas que antes tuvieron sentido en Venezuela y cuyo estudio les valió su prestigio, ya no.
Si así reaccionan los cortesanos, no debe sorprendernos la reacción de los políticos. Casi ninguna admisión de que resultó ser cierto que su mensaje no puede tener buena acogida entre el público (con una que otra honorable excepción, la más conspicua de las cuales es la de Juan Requesens). ¡Qué va! Más bien un berrinche patético que culpa a terceros de lavarle el cerebro a las masas para que se abstuvieran, lo cual implica tratar a esas mismas masas como si fueran borregos y no personas con criterio propio.
En esta oportunidad, la señalada es María Corina Machado, quien ciertamente pidió a los ciudadanos que no votaran. Pero estoy seguro de que la mayoría de la gente hubiera actuado igual si Machado hubiera solicitado lo contrario. Los fetichistas electorales pudieron recorrer el país sin problema. Tuvieron un acceso a radios y televisoras que muy pocos, en este país radicalmente censurado, tienen. ¿Y aun así los derrotó por paliza una señora que lleva meses escondida y que solo puede aparecer cada cierto tiempo en la pantalla de un teléfono hablando? ¿No se dan cuenta de lo mediocre que es esa excusa? En fin, nihil novum sub sole. En 2018, hicieron exactamente lo mismo con la quijotesca candidatura presidencial de Henri Falcón.
Me gustaría pensar que todos estos señores van a aprender. Que se den cuenta de que ellos solitos se metieron en un callejón sin salida. Así podrían empezar a contribuir a la nada fácil búsqueda de nuevas ideas que sí puedan producir un cambio político. Pero por los vientos que soplan, se van a quedar encerrados en su torre de conformismo y soberbia. Ojalá me equivoque. Cualquier paso en la dirección correcta será bienvenido, por tardío que sea. Pero hasta entonces, mejor dejarlos refunfuñando solos en su amarga intrascendencia.
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