Sin duda, el presente anno domini es el más políticamente trascendental que ha tenido Venezuela en mucho tiempo. Pero hay otra razón por la que en estas comarcas 2026 es tan fascinante para cualquier persona interesada en política, aunque son razones ajenas. Este año ha sido uno de muchas elecciones en países vinculados con el nuestro por razones geográficas, históricas y culturales. Presidenciales en Brasil, Colombia y Perú. Legislativas en Estados Unidos, con todo lo que ello puede implicar para la nueva influencia norteamericana en Venezuela. Por último, generales en España, algo antes de lo que se esperaba por las tribulaciones que agobian al señor Pedro Sánchez.
Precisamente porque con estos países guardamos los referidos vínculos, han sido todos ellos destinos frecuentes de millones de venezolanos que decidieron rehacer sus vidas en el extranjero por la terrible debacle política, económica y social que Venezuela experimentó en las últimas casi tres décadas. Por primera vez en nuestra historia nacional, tenemos una diáspora voluminosa, con todo lo que ello implica.
Los inmigrantes en un país cualquiera no siempre se interesan por la política local. Pero otros sí se interesan. Procuran participar. Si no son ciudadanos con derecho al voto en el país de acogida, como suele ser el caso con la inmensa mayoría de los recién llegados, siempre pueden manifestarse de otras maneras: en la calle, en conversaciones de sobremesa, en las redes sociales, etc.
Ya que la diáspora venezolana es un fenómeno sin precedentes, estos émigrés políticamente activos son a su vez un fenómeno de interés, tanto para sus compatriotas (en la patria misma o regados por el mundo) como para la población nativa de los países de acogida. No siempre para bien. Muy a menudo a los nativos les choca que un extranjero pretenda que puede hablarles de la política local en condiciones de igualdad o incluso superioridad de conocimientos. Esto no aplica solamente a los inmigrantes venezolanos. Pero, tal vez debido al hecho de que de Venezuela salió tanta gente en un lapso de relativamente pocos años (en comparación con otros flujos migratorios de esa magnitud), hay ahora en el mundo hispanoparlante una fijación especial con el inmigrante venezolano politizado.
Surge así el estereotipo del venezolano soberbio y atorrante que pontifica sobre la política del país de acogida sin conocerla bien, importando forzosamente nociones de la política venezolana, por lo general en tono de rechazo a la izquierda nativa, que asocia con el gobierno que destruyó su calidad de vida en Venezuela y lo llevó a migrar, y en respaldo de la derecha nativa. Naturalmente, esta es una caricatura difundida sobre todo por la izquierda nativa, pero también con venezolanos que simpatizan con ella.
Para estos venezolanos izquierdistas, sus conciudadanos que hacen campaña por la derecha local son motivo de vergüenza. Pero también de alarma, pues los señalan de hacer propaganda a favor de partidos políticos reaccionarios en materia migratoria que, si llegaran al poder, implementarían medidas xenofóbicas que irían en detrimento directo de toda la comunidad venezolana en el país de acogida. No se explican cómo puede alguien atentar así contra sus propios intereses y por lo tanto los tildan de idiotas.
Sin embargo, incurren en un simplismo muy burdo. Ignoran, con o sin intención, que el inmigrante venezolano, como todo migrante, tiene una identidad dual, no monolítica. Es inmigrante, pero sigue siendo venezolano. Tiene consideraciones con respecto a su país de acogida, pero también con respecto a su país de origen. Schmitt define “lo político” como una distinción entre amigos y enemigos. No comparto del todo tal concepto, pues pienso que “lo político” es más que eso. Pero siempre incluye eso. Así que la identidad dual del inmigrante venezolano, al politizarse, produce dos distinciones distintas (valga la cacofonía) de amigos y enemigos. A saber, aquellos actores políticos que benefician o perjudican al sujeto en tanto venezolano y aquellos que lo benefician o perjudican en tanto inmigrante. Y resulta que estas distinciones no siempre convergen. Un mismo actor puede ser amigo por un lado y enemigo por el otro.
Veamos el caso de los venezolanos en España, que es especialmente elocuente. El Partido Socialista Obrero Español, que gobierna con Sánchez a la cabeza, es mucho más abierto a la inmigración y por lo tanto un inmigrante venezolano cualquiera tenderá a verlo como amigo en tanto inmigrante. Pero al mismo tiempo hablamos de un partido que por años guardó silencio sobre el desmantelamiento de la democracia venezolana y que, cuando finalmente la admitió como realidad, nunca tomó medidas efectivas para presionar por una redemocratización de Venezuela, más allá de uno que otro gesto puramente simbólico (y ni hablar de la extrema izquierda española encarnada en Podemos, Sumar, etc., que hasta el Sol de hoy insiste en guardar silencio o, peor, mantenerse en el negacionismo). Hablamos de un partido con varios capitostes que habrían mantenido negocios turbios con la élite gobernante venezolana, según múltiples denuncias hoy objeto de investigación judicial. Todo esto alentará que el mismo inmigrante venezolano cualquiera, en tanto venezolano, vea al oficialismo español como enemigo.
Inversamente, el Partido Popular y sobre todo Vox, con sus planes de mayores restricciones migratorias, pueden ser vistos por nuestro inmigrante, en tanto inmigrante, como enemigos. Pero su denuncia frontal de la élite gobernante venezolana estimula que el mismo inmigrante, en tanto venezolano, los vea como amigos.
Dentro de cada inmigrante venezolano en España se libra esta batalla de identidades y distinciones schmittianas. Hay quienes se inclinan por el aspecto inmigrante, y por lo tanto se inclinan por el PSOE; y quienes se inclinan por el aspecto venezolano, y por lo tanto se inclinan por el PP o por Vox. Como yo no vivo en España, no soy quién para juzgar la inclinación de cada uno de estos compatriotas. Por cierto, es la misma batalla que se libra dentro de cada venezolano en Estados Unidos y en otros países en los que se presenta el dilema (en el caso norteamericano, las consideraciones ambiguas sobre la política de Washington hacia Venezuela a partir de enero del año en curso solo complican todo esto). Pero cualquier juicio a las preferencias políticas de nuestros conciudadanos en otras latitudes debe tener en cuenta la identidad dual. Omitirla es, insisto, un simplismo tosco.
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