Cuentos de cuarentena, autor en Runrun

Cuentos de cuarentena

Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró VIII

Una herida en la cara, un semáforo, un morrocoy y un café dulcito son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrunes, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el octavo lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

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Herida en la cara

Hago la cola en la farmacia con la separación reglamentaria a la que obliga este tiempo del temor. Somos una fila de personas alejadas con los rostros encubiertos. Puros ojos que observan el mundo desde un mínimo balcón de tela, igualados en la inquietud que, hasta hace poco, era apenas una certidumbre: todos vamos a morir. La pandemia no ha hecho sino acentuar esa conciencia arquetípica, dotarla de una angustia recurrente. Pero, además, le ha añadido otra aprensión, ya menos habitual, a nuestra vida: el riesgo de causar la muerte a otros. Pensarse como víctima y victimario en potencia encuentra su correlato visual en esa figura enmascarada, entre profiláctica y delictiva, que adquirimos al usar el barbijo. La mascarilla es, a un tiempo, signo de protección y advertencia: no te me acerques porque me puedo morir o te puedo matar. Un cautiverio portátil que llevamos atado al rostro como señal de que nos preocupa nuestra vida y la ajena, ambas susceptibles de hospedar al fatal inquilino. La imagen paradójica de este accesorio, donde se entretejen la enfermedad y la salud, la muerte y la salvación, queda incluso patente en la tercera acepción que la RAE le asigna a la palabra barbijo: herida en la cara. Más que una definición, un símbolo de estos días inciertos en que dar la cara resulta una temeridad de doble filo. Hoy que la libertad del cuerpo se halla aún bajo sospecha, no queda sino seguir contemplando, pacientes y recelosos, la cara herida del mundo, mientras llegue la hora de mostrar las cicatrices.

 

Luis Yslas Prado

 

El semáforo

 

Tenía como 7años. Vivíamos transitoriamente en el oeste de la ciudad de Barquisimeto, en Pueblo Nuevo. La casa arropaba a mi madre, mi padre, mi hermano Saúl y a ratos a Luis Guillermo –Memo-, mi hermano mayor.

Para trasladarnos contábamos con un Volkswagen escarabajo color amarillo (la primera vida del Fénix) comprado en Maracaibo cuando yo tenía alrededor de cuatro años de edad. Recuerdo claramente cuando el carro llego a casa: yo estaba en el segundo piso, en el cuarto que compartía con Saúl, asomado por la ventana; parecía un globo y además amarillo ¡Qué bello automóvil!

Como a todo niño, me gustaba salir en el carro. Mi papá me llevaba a la escuela Casa del arte infantil Julio T. Arze y visitábamos a los amigos, en especial a la siempre recordada familia Gouverneur Viggiani, en la calle 14 entre 19 y 20, al otro lado de la ciudad.

En ese correr de aquí para allá viví y aprendí muchas cosas. Montado en un carro capté la relación entre ciertos objetos y la mente humana. Por ejemplo, los semáforos. La relación que mi papá tuvo con esos aparatos fue muy estrecha. Decía que el carro tenía un chip que interactuaba con ellos, pero yo supe que era él: el vínculo parecía de odio, de una absoluta resistencia. Mi papá no aceptaba que una caja con luces lo parara cuando no venían otros carros o, peor aún, lo retrasara siempre que él necesitaba llegar rápido a un lugar.

Ustedes que leen lo tomarán a chiste, pero yo, que anduve allí codo a codo con mi papá, lo viví. A veces el “toma y dame” era estresante y otras me daba risa (claro me reía pa’dentro porque ustedes imaginarán). La cosa funcionaba así: veníamos por una avenida y papá decía “mira, mira, está en verde, ya vas a ver como cambia a rojo justo cuando nos toca a nosotros pasar”. Era maravilloso: ¡El bicho se ponía en rojo! Y así uno tras otro, rojo siempre. Así me di cuenta de que esa relación era fuerte, casi podía sentir al semáforo riéndose de mi papá, quien intentó de todo para vencerlo. A veces trataba de hacerse el loco para que el semáforo no lo viera pero qué va….¡rojo! Golpes al volante de frustración.

La relación fue tan profunda que un día recibimos la noticia de que mi papá estaba preso. ¿Qué pasó? ¿Cuál era la razón? A esa edad no me cuadraba porque siempre había pensado que estar preso era algo que solo le pasaba a la gente mala, pero cuando supe la razón entendí: en el juego de vencer al fulano semáforo se lo comió sin percatarse de que un fiscal lo había pillado. El aparato había vuelto a vencerlo.

 

Luis A. Laya H

 

El morrocoy

 

Voy caminando hacia la cocina y veo a un morrocoy entrando a la casa por la puerta trasera. En mi cabeza se forman rápidamente dos hipótesis:

Una: viene desde la casa de mi abuela. Allá hay morrocoyes. Pero, ¿cómo si estamos a casi diez kilómetros de distancia?

Dos: si mi papá no puede verlo, me volví loca.

-¡Papá! ¿Qué es eso?, grito.

Mi papá me reclama por gritar:

-¡Me asustaste, pensé que era una culebra!

Tengo escalofríos. El morrocoy entrando a la casa me parece más grave que una culebra. Una culebra tendría sentido.

El morrocoy camina más rápido de lo normal para ser un morrocoy, cosa que es desconcertante. Llega a la cocina.

El gato lo sigue. Mi papá no sabe qué hacer.

-No lo toques, le advierto como si se tratara de una bomba.

Pero él lo agarra porque también le digo que el gato se lo va a comer. No quiero ver cómo un gato ataca a un morrocoy. Entonces, papá lo pone en el patio.

-Te dije que el gato estaba cazando algo, me dice. Sí, me lo dijo, pero creí que era una lagartija.

Veo una mancha negra en el piso de la cocina. El morrocoy se hizo. Huele horrible. Mi mamá aparece y pone una de sus manos en la cintura.

-¿Y ese morrocoy?, nos pregunta.

-No sé, me lo llevaré a casa de mi mamá, responde mi papá.

-¡Noooooo!, dramatizo yo.

Mamá nos da la espalda y corre hacia la calle. Solo en ese momento me parece que tiene sentido que sea de algún vecino, pero aun si lo fuera podrían negar que es de ellos. Yo lo negaría si fuera mío. No podría ser mío. En fin.

Mi mamá regresa:

-Es del señor Eduardo, dice. No me convence. Más atrás viene el señor.

-¿Llegó hasta acá?, nos pregunta sorprendido. Carga al morrocoy y se va.

Suman 105 días con sus noches en cuarentena.

 

Anónimo.

 

Un café dulcito

 

Me acosté deseando como nunca que amaneciera pronto. Apenas abrí los ojos salté de la cama. Solo tomaría café, pues mi hermana había llamado la tarde anterior y me dijo: “¡Mañana no cocinas, yo llevaré el desayuno!”. Eso fue música para mis oídos y me pregunté: “Empanaditas de Tila no son porque la crisis acabó con el kiosko de esa señora y, en esta cuarentena, ¿qué podrá traerme?”.

Ese algo me inquietaba porque mi hermana aclaró: “Me guardas café dulcito”. ¡Ya sé! Pescado frito con tajada o aguacate, porque siempre los acompañamos con café dulcito. Pero ya va, tampoco, porque a ella no le gusta freír pescado en su casa por el olor. Le daba vueltas al “desayuno” en mi cabeza cuando el olor a café impregnó mis sentidos. Al mismo tiempo escuché al guardián de mi casa elevarse en dos patas: había llegado alguien.

Solté la taza de café y corrí al escuchar gritos de espanto y terror. Traté de abrir la puerta pero me temblaba el pulso imaginando un ataque atroz de mi perro a mi hermana y sus dos hijos pequeños. ¡Dios mío, qué angustia! Los gritos se hacían más intensos: “¡No, no, no! ¡Suéltalo!”. Era inminente encontrar un desastre en mi jardín.

Logro abrir la puerta con el corazón y el llanto a punto y lo que encuentro hace desaparecer mi emoción por el desayuno: mi querido perro, mi Molino, mi rescatado, no estaba atacando a nadie sino a algo: la bolsa repleta de pepitonas, un manjar de dioses que nunca llegó a ser guisado para la tan anhelada comida.

Nunca olvidaré la cara de mi hermana al perder todas las pepitonas. Llorando de la risa nos sentamos a tomarnos el café dulcito que jamás acompañó a aquel desayuno.

 

Indira Lárez.

#CuentosdeCuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró VII

Alguien que no sabe limpiar una casa, la memoria también puede salvar vidas, un vecino preso, una mala nota en cuarentena y una visita al oftalmólogo, son algunos de los #CuentosdeCuarentena que leerás en Runrunes, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el séptimo lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

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No sé cómo limpiar una casa

Tengo una idea general de cuál es el principio y el final de un día de limpieza, pero muy poco comprendo del proceso. Sé, por ejemplo, que lo primero es barrer y luego coletear, pero, ¿y aspirar? ¿Se hace aunque ya se barrió el piso? ¿Se complementa aspirando en las esquinas? Mi mamá dice que desde pequeños nos ponía a mí y a mis hermanos a limpiar, pero algo debe haber pasado en mí porque no tengo huella de esa experiencia. 

Lo que es seguro es que la limpieza se hacía los domingos. Sé que es mi día 155 de cuarentena pero no sé exactamente qué día es, así que dejaremos que la escoba sea el calendario. Si hoy se limpia, es porque hoy es domingo.

Me doy cuenta cuando hay más de cuatro manchas en el piso de la cocina o cuando el sapito negro de cerámica que compré en aquella tienda china ya no es negro sino gris. Me gusta ese sapito. Me gustan los sapos en general. Los sapos, no las ranas. Los sapos tienen una majestuosidad particular, una especie de calma imperturbable, algo que va en otro ritmo. Las ranas son más cotidianas, mucho más inquietas, indisciplinadas, como yo. Mientras limpio el sapito con un trapo pienso que quizá eso deba responder cuando me pregunten a qué animal me parezco. Diré: “Parezco una rana, pero quisiera ser un sapo”. 

En busca de esa imperturbabilidad anfibia estaba yo en la tienda china donde conseguí el sapito. Ahí compré dos velas aromáticas: una de lavanda y otra de geranio. Aproveché para comprar un marco de fotografía donde puse la foto de Alejandro, mi padrastro, un tipo genial que me vio crecer. Falleció inesperadamente hace un año en Caracas. Ese marco también está cubierto de polvo y Alejandro también era imperturbable. 

Lo único que quizá lo hubiese perturbado es que me cueste tanto barrer este piso. “No es cualquier cosa” -le diría-”hay decisiones que tomar”. El polvo que vas recogiendo ¿lo dejas en un solo montículo o en varios? ¿Llevas el polvo contigo barrido a barrido hasta estar cerca del bote de basura? ¿O acumulas un poco y vas arrojándolo al recogedor? Con cada barrido llega una revelación y ahí me doy cuenta de que soy de las lleva el mi polvo consigo. A veces hay que barrer para entender.

Ahora el coleto. Aquí en México le dicen “trapeador”. Si barrer es reflexivo, esta parte es completamente teatral. Así que me permito un pequeño performance, algo que probablemente sea un error en la lógica ortodoxa de limpieza de casas: agarro la botella de detergente y como si bendijera a mis fieles, vierto un chorro enorme del líquido fluorescente en el suelo y empiezo a coletear, perdón, a trapear. Esta tarea es mucho más sencilla que cuando coleteaba en mi casa en Caracas, con aquellos pisos de terracota viejísimos, que absorbían el polvo como si se alimentaran de él. Eran pisos tercos: el piso de mi casa en México es más dócil, más permeable. Debería ser más como este piso y más como un sapo. 

Parece que falta poco para terminar, pero qué se yo. Hoy estoy un poco más triste que la última vez, así que la escoba, el coleto y yo hicimos un trato: pretenderemos que levanté todas las macetas y limpié las esquinas a fondo. Será nuestro secreto. El sapito resplandece, el único testigo de mi método sin método, de mi soliloquio; el único imperturbable en esta cuarentena.

Claudia Lizardo Araujo.  

 

Apuntes

 

Abro la ventana para dejar salir a un pajarito que quedó atrapado en la cocina. Él no necesita estar pendiente de si hay una alcabala para poder entrar o salir. Si la ventana–alcabala se cierra, yo soy su salvoconducto. Es el único ser vivo que entra y sale de mi casa sin mascarilla, sin lavarse las manos y no tiene restricciones de movilidad. ¿Cuatro meses de confinamiento son demasiados o pocos? Esto me lo pregunto yo, él no se pregunta nada. Su misión es volar y comer de los árboles que le sirven de puente hasta mi casa. 

El sol pega a la pared de la cocina, entra un poco de brisa y de repente siento un fuerte olor a mar, a salitre. La memoria también puede ser salvavidas: calor y brisa, mar y salitre. Por unos segundos estoy en la playa, por unos segundos no hay confinamiento, no hay Covid-19, no hay ansiedad, no hay problemas.

Cinzia Procopio.

 

Mi vecino está preso

 

Mi vecino del 5to es un septuagenario solitario que usa el tapabocas como bufanda. Es tan distraído que perdió a su familia sin percatarse. No pudo viajar cuando quiso y casi enloquece. Es por la diáspora, resignado, se dijo. Simpática palabra que identifica al éxodo que empujado por el hambre. La gente huye del monstruo, de un mal sueño, pero la pesadilla no acaba. Así que, los que se van, sufren tanta roncha que pareciera lechina y, a los que se quedan, la piel no les da para una piquiña más. 

El día de fin de año se supo que un virus muy agresivo surgía desde la China. Entonces se armó el despelote. Sin autoridad de respaldo, la OMS perdió el control que no tenía y cada uno resolvió a su manera. La diversidad humana nunca ha sido tan homogénea.  

Dijeron que era “pandemia” y escucharon que era el “pan de Mía”. Ordenaron cuarentena y la gente se fue a la playa. Indicaron restricciones y tomaron vacaciones. Además, prohibieron Ibuprofeno y ahora dicen que es el único freno. Qué loca está la gente: escuchan lo que no es o lo entienden al revés.  

Con la cuarentena mi vecino septuagenario pareció extraviar su saldo de cordura. Decía que los días perdieron su nombre y que el domingo se había hecho igual que otro día cualquiera. Ahora dice que el futuro no existe, porque se ha hecho presente, sin aviso, y de repente. 

Lo último: me enteré de que mi vecino está preso. En busca de remedio para la soledad, le paró una alcabala. Por no llevar guantes y salvoconducto, el oficial que le tocó le puso a escoger: divisas o vas preso. La decisión fue fácil: dinero no tenía nada y, con lo otro, ya estaba habituado al encierro. Al menos, en condición de prisionero, seguro tendrá una compañía que le preste atención.                                          

Luis A Bonilla Parra.

   

Qué mala nota esta cuarentena

 

Durante este encierro eterno me he dedicado a limpiar, arreglar clósets, vaciar la nevera, volverla a llenar: me levanto cada día un poco sin norte, sin planes, sin diligencias, aunque muy pendiente de todas las noticias de esta pandemia ilógica. Pero siempre pasa algo que te mueve el mundo o lo hace girar, literalmente

En la casa vivimos mis dos hijos, mi mama de 83 años de edad y yo. A mi mamá la estoy cuidando con esmero en estos tiempos de contagio.

Un día le digo: “Mamá, cómete esta tortica que encontré”. De forma inesperada, todo empieza a darme vueltas, me agarro de la esquina de la mesa, ¡mierda! Pienso: “Tengo vértigo, seguro que es laberintitis, como el que le da a mi prima. Con dificultad camino a la sala donde mi mamá está sentada. Antes de que pueda contarle sobre mi mareo, me dice que se siente un poco rara, pero bien: solo mareada, pero bien. Me asusto. Creo que ambas tenemos Covid-19.

Las vueltas a todo se intensifican cada vez más, me siento peor. Mi cuñada, viéndome tan incómoda y nerviosa, nos da Viajesan. “Estas pastillas son buenísimas para el vértigo. Métanse dos de un solo golpe”, nos dice. Empezamos a pensar en las causas: ¿Intoxicación? Pero si no hemos comido nada fuera de lo común. No tenemos fiebre, ni tos, solo mareo, siento que vuelo, me voy y regreso. Mi mamá tampoco se siente normal.

Estoy cada vez más nerviosa y decido que mejor nos vamos a la clínica. Busco un suéter y nos llevan. Mi cuñada y mi hijo mayor van preocupados. Yo me quejo y me quejo. Me siento horrible. “¡Emergencia!”.

-¿Qué sienten?, pregunta el médico.

-Es todo muy raro, las cosas se mueven y no enfoco. Por ejemplo, del suéter negro de mi hijo salen puntos negros flotando, respondo.

Mi mamá me contradice:

-No son puntos, son cubos negros en tercera dimensión, se ríe.

Yo, cada vez más nerviosa. La sala perdía dimensiones, todo se veía irreal. Mi mamá más tranquila, incluso relajada. Teníamos algo por la vena, definitivamente nos estaban tratando, pero mis síntomas persistían, tenía alucinaciones.

Mi hijo mayor sale a la calle donde está el menor, a quien no han dejado entrar por las medidas de prevención del Covid-19. Afuera espera ansioso por noticias. El mayor le cuenta las loqueteras que digo, está preocupado, con impotencia porque no hay diagnóstico.

Mi hijo menor hace un silencio sepulcral. Finalmente, hasta con alivio, responde: “Entra y pregúntale a mamá y a la abuela si se comieron unos ‘brownies’ que yo tenía escondidos en el fondo del freezer”.

Después de 4 horas y 1.000 dólares en clínica volvimos a la casa, de nuevo encuarentenadas.

Anónimo.

 

Visión 2020

 

Abrí los ojos y por un momento me sentí desubicado: no lograba saber qué hora era y qué día era hoy. Aún medio dormido me acerqué a la ventana y por el tono grisáceo del cielo, el silencio y la soledad de la calle me dije: “Es muy temprano”. Todavía sin lentes busqué mi celular para ver la hora: las 4:55. Fui al baño y me pregunté por qué había dormido con los pantalones puestos. 

Salí de la habitación rumbo a la cocina y me conseguí a Chichi, mi perro, dormido en el sofá con mi libro Memoria de un feligrés. No quise molestarlo, al final los dos vivimos compartiendo el sofá.

Monté el agua para el café y abrí la puerta que daba a la calle. Quedé paralizado: un hombre armado con el rostro cubierto venía apresurado hacia mí gritando algo que no lograba entender. No sabía qué hacer. Como pude entré y cerré la puerta. Aún escuchaba su voz cuando tocaron. Asustado vi por el ojito: ¡Dios! Era el señor Alsemo, el que corta la grama. Lo había confundido con el hombre armado: Alsemo vestía con un tapaboca negro y portaba un machete. Lo que intentaba decirme era que mañana venía a cortar la grama de la casa.

Lo invité a tomar café y le conté el susto que me hizo pasar. Cuando se marchaba le pregunte: “Alsemo, ¿no le parece a usted que es muy temprano para andar por ahí?. A esta hora la mayoría de los vecinos está durmiendo”. Me miró y sonriendo me contestó: “¿Temprano? Son las 6:15 de la tarde. ¿Ya fue usted a misa?”.

Terminé mi café y me senté en el sofá. Ahora que estaba despierto entendí que era domingo; que la hora del reloj no eran las 4:55 sino las 5:45, que no era de mañana sino de tarde. Que Chichi no sabe leer y no es fanático de los Tiburones de La Guaira y que Alsemo no era un terrorista. Necesito visitar al oftalmólogo: no todo es culpa de la cuarentena.

José Modica.

Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró VI

Una ardilla que fue a visitar y fue espantada por una gata, la estocada del pulpo, trote a paso de cuarentena, un misterio y cuatro días con mí misma, son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrunes, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el sexto lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

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Día 19

La sala de la casa, como supongo que la mayoría de las salas de todas las casas, se ha vuelto el centro de actividades de la familia. Sobre la mesa del comedor está la PC, en donde me siento generalmente a escribir y a procrastinar (más de lo segundo, lamentablemente). Al otro lado de la estancia, Marianella montó su improvisado estudio de grabación, desde el cual transmite sus lecciones gratuitas de dibujo y pintura, para una audiencia en pleno crecimiento. Hoy estábamos en eso, cuando constatamos en vivo el fenómeno de la naturaleza retomando sus espacios. O algo similar. Una ardillita se paseaba tranquilamente por el salón, curioseando. No demostraba ninguna intranquilidad; parecía estar de visita. Pero dentro de la casa vive uno de sus depredadores naturales, nuestra gata, que, a pesar de su edad y peso, sigue siendo una gran cazadora. No quería que la sala se volviera el escenario de una cruenta cacería, así que, para prevenir males mayores, la busqué y la mantuve cargada mientras la graciosa intrusa buscaba su salida. Parece que ella notó el movimiento, y actuó en consecuencia: trató de encaramarse por la puerta que permite la salida al jardín, que tiene una especie de respiradero por la parte superior, pero no halló el modo. Mientras tanto, la gata forcejeaba conmigo para que la soltara. Luego de varios intentos fallidos, la ardilla cambió de estrategia y buscó salir por una de las ventanas. Tras unos minutos angustiosos, por fin logró su cometido, y corrió, o mejor dicho saltó, hacia el espacio abierto. Cuando todo pasó, deposité a la gata en el piso; me echó una mirada de reproche, me dio la espalda, y se abalanzó hacia la misma ventana por la cual logró el escape la ardilla, pero ya era demasiado tarde. El animalito ya se había encaramado en la mata de mango de la vecina, y desapareció de nuestra vista.

Mirco Ferri.

 

La estocada del pulpo

 

 

Sabía que podía ser posible y, por eso, el día cero coordinó la búsqueda. La confianza en el resto del depósito le alentaba.

“Fondos insuficientes”.

El llamado de atención hizo tambalear la fe. Las gotas de sudor comenzaron a viajar de un lado a otro de su frente. Miró alrededor y sólo vio ojos inexpresivos sobre mascarillas pulcras, presuntamente antivirales. 

Buscó respuestas y las halló. La aplicación móvil reveló la deshumanización de quienes dijeron proteger a clientes vulnerables.

El pulpo cobró el seguro médico, el impuesto por el uso de tarjetas y hasta la chequera. También se aseguró, por anticipado, del pago de la tasa mensual por el crédito emitido.

Alzó la vista del teléfono, giró hacia la puerta de salida y avanzó, empujando la carreta.

La compra estaba ahí, y con ella, los sentimientos encontrados.

Isabel Soto Mayedo.

Guatemala. 

 

Trote a paso de cuarentena

 

 

La cuarentena y la ciudad tienen sus niveles y sus desniveles. Con mis zapatos deportivos y mi ropa de correr tomo la ruta que va de la entrada del Parque del Este hacia Ciudad Banesco en Colinas de Bello Monte. Entonces mis piernas me van hablando de planos y falsos planos, de subidas y bajadas, mientras mi mirada ausculta un paisaje citadino de controles y transgresiones, distribuido entre calles y esquinas, peatones y automóviles. 

Asumo mi condición de corredor en el asfalto, ésa es mi consideración ante el otro ciudadano que va por la acera. Hay tantos tapabocas en la ciudad y tantas maneras de usarlos, cual desfile de pasarela. En la medida que corro se me antoja que los semáforos, los kioscos, los automóviles y hasta la entrada del Metro tienen tapabocas. Pero yo voy por el camino que, en mi mente, abren el cielo y el sol, por donde transita el viento.

Corro y mis pasos van acompañados del estribillo: dos metros de distancia, nada de aglomeraciones y nada de espacios cerrados.

Corro y el espacio deja de ser una dimensión para convertirse en un pensamiento.

Acá, una alcabala desvía el tráfico, pero más allá los automóviles evaden los controles, un juego de gatos y ratones. Voy pasando una fila de carros que están esperando surtirse de gasolina y a un joven que empuja su carro accidentado, mientras otro avieso chofer ve la oportunidad de adelantarse en la cola. A mi memoria vienen nuestros antepasados milenarios que corrían para cazar a sus presas.

Atrás he dejado a dos hombres maduros que, asegurando los tapabocas a sus rostros, hurgaban en una bolsa de basura.

Ya me encuentro corriendo por la avenida principal de Bello Monte, en sentido contrario a como corre el rio Guaire, ese receptor de las aguas residuales de la ciudad. Allí diviso, a la altura de los puentes, un grupo de hombres sumergidos en sus aguas hasta la cintura y con sus torsos desnudos. Tratan de pescar algo que les traiga la fortuna en esas aguas contaminadas.

De retorno al punto de partida, mis piernas me siguen hablando de planos y falsos planos, de subidas y bajadas, mientras mi memoria se ha cargado de paisajes de cuarentena. 

La cuarentena y la ciudad tienen sus niveles y sus desniveles.

Carlos Alberto Monsalve.

 

Cuatro días con Mí misma 

 

Día 3:

(Recuerden leer con voz de narrador tipo Porfirio Torres. Indispensable) 

Mañana del lunes, me cuesta comprender que no es domingo en la extraña tranquilidad de esta hora.

Preparo café, el aroma mañanero capitalino me inspira. “¿Hago arepa o sánduche?” ¡Arepa! No hay pan. Mientras el café cae despacio por el filtro del colador, decido evaluar daños: todos los vasos sucios, cotufas regadas y cajas de cereal vacías son evidencia de que mis hijos hicieron desguace toda la noche. Veo el reguero, suspiro, tomo café, me siento en el sofá a reunir fuerzas mientras leo en Twitter los mismos temas ladilla; paso a WhatsApp y mientras leo una cadena de “afinación diaria” larguísima de algún entusiasta de grupo de chat, el sueño me vence. 

La tranquilidad es demasiado abrumadora, mi brazo se desploma, el celular cae al suelo. La babeada que me eché me despertó. Mientras tocaba mi rostro húmedo un pensamiento irrumpió súbitamente: “Verga, dormí sabroso”.

De pronto, la paranoia me invade, siento que extrañas criaturas me persiguen por todas partes, el lamento incesante de esas almas en pena es abrumadoramente angustiante: “Maaaa, tengo hambre”; “Maaaa, ¿qué vamos a desayunar?”; “Maaaa,…¿otra vez areeepa???”; “¡Maaaaaa, maaaaa!!!!!”. 

Sus quejidos retumban como un eco que tortura mi mente. No debo flaquear, debo mantener la cordura.

Una vez saciado de manera momentánea el apetito voraz de las criaturas, en un intento de fortalecer mi moral, me tomo del hombro y me doy fuerzas; me digo: “Vamos, Mí misma, las hemos visto peores”. De inmediato me respondo: “¿Tú eres pendeja, Mí misma? Estamos en una pandemia. Apocalipsis. Aterriza, mijita”. Recojo mi pisoteado optimismo y continúo, aún queda un largo día por delante, son muchos los días que quedan por recorrer.

Libreto y musicalización: 

Yo misma.

Narración en sus mentes: 

Porfirio Torres. 

 

Día 5: 

8:00 am: Inicio plan de dieta

8:15 am: Cambio de planes, tenía un dulce de ciruela en la nevera y alguien tiene que comérselo. Fin de la dieta

10:00 am: Mis hijos despiertan peleando por no sé qué vaina y cada vez me parece más seductora la idea de 40 días aislada en un hospital: es un riesgo atractivo cuando estás encerrada en una casa y tu marido jode más que tus 4 hijos juntos. Mí misma aparece de inmediato interrumpiendo mi placentera fantasía y me cachetea.

Intento convencer a Mí misma de las maravillas de mi plan y las ventajas de estar todo el día en cama y con permiso de no hacer nada. Mí misma lo piensa un segundo y me cachetea de nuevo: “¿Por qué no se te ocurrió antes, cuando el Dengue o la Chikungunya? Ahorita sí podemos cruzar el Páramo”. Ella tiene razón, a veces soy lenta. 

Luego de mi autocoñaza moral, tomo una ducha y me dispongo a planchar un ropero que tengo acumulado. Miro la plancha, la plancha me ve a mí, ella me odia, yo le temo: decidimos dejarlo para más tarde, estamos en pandemia no es momento de andar complicándonos la vida.

Transcurre el día con un maratón de series en Netflix. En los primeros capítulos de El Patrón nos pareció hasta bonita la carrera del narco, capítulos después no opinábamos igual. 

Me voy a dormir. Trataré de soñar con un aislamiento en cuarentena tipo película de Hollywood en la que hay flores en la habitación, pantalla gigante y el mayordomo (que convenientemente es Thor o Aquaman) trae la comida con su esmoquin antivirus que deja ver sutilmente sus pectorales. 

Días 7 y 8 (pegaos):

(Como me siento elevada y bendecida hoy leeremos este aleccionador post con la voz de Tomás Henríquez. O sea, Dios) 

Ayer fue un día relajado, estuve en contacto con mi fe y recé por la salud de todos los contagiados en el planeta y sobre todo para que los sanos dejen de ser tan cabezas de #€*$&!! y se queden en sus casas en vez de estar faranduleando por las calles (Dios me entiende y sabe que tengo razón).

¡Listo! Olvídense de la voz de Tomas Henríquez, que voy con mi lado oscuro. Métanle la de Darth Vader.

Ahora sí, a lo que vinimos 

Hoy decidí que el sacrificable para asuntos de mandados, conflictos bélicos, apagones y pandemias es mi esposo. Bueno, lo decidí hace años pero hoy lo materialicé. Fue una votación unánime (solo mi voto) y él se resistió, usó sus mañas para zafarse del compromiso, pero no en vano llevo 15 años cuidando muchachos: lidiar a diario con dos adolescentes y dos preadolescentes ha desarrollado en mí una despiadada capacidad para devolver la pelota. 

Saqué de la manga mi arma secreta y la usé con pulso quirúrgico:  

Gordo, ¿si me enfermo te vas a quedar tú solito con los chamos?

Su rostro palideció de inmediato, vi el leve temblor en sus fríos labios, el miedo ante semejante escenario congeló sus venas. Y exclamó raudo y veloz: 

-Ya vengo, gorda, que llegó cigarro al kiosco.

Quedé perpleja con la rapidez con la que actuó, ¡sobre todo porque él no fuma! 

Mi vecina me escribió por el chat que lo que más extrañaba de la cuarentena era a la señora de servicio. Le presumí que yo tenía la mía en casa, 24 horas disponible, incondicional, que esta mañana había preparado tostadas francesas y que en este momento estaba planchando y ya había lavado; que, aunque a veces ella intentaba escaparse, sabía que este era su lugar y aquí estaría hasta el fin de sus días. Sentí la envidia en el teclear de sus palabras, jamás le revelaré que la mujer de servicio soy yo.

Por ahora los dejo, todavía me queda un ropero por planchar y voy a aprovechar el frescor de la noche porque en el día hace calor.

Ya saben, quédense en sus casas.

Isabel González.

 

Misterio

 

Nunca los jardines de las casas dieron flores más hermosas que las de hoy. Gigantescas, hay múltiples capullos por venir. Pero hoy también la vecina ha muerto de peste. Nadie pudo acudir a su entierro. Encerrados, miramos por la ventana la furgoneta que se la lleva y a sus hijas llorando en el segundo piso. Las flores no sienten tristeza, siguen hermosas e indolentes. Y nadie se indigna, la función de las flores es estar bellas. La vida sigue, el dolor humano nunca la detiene.

Andrea Leal González.

Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró V

Una rumba sin distanciamiento social, una carta para alguien que jamás la leerá, un pedido por Amazon que pasó por demasiadas manos: estos son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrun.es, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el quinto lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

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Querida F:

 

Escribo esta carta sin pretender que la recibas o que la llegues a leer de algún modo. Esto de la cuarentena me afecta las fibras, la calle se ha vuelto un universo paralelo, pareciera que el asfalto se torna personal y con las mascarillas parecemos sospechosos. 

En este encierro “voluntario” me he leído a Ossott, Cadenas y Rojas Guardia en pro de afectar mi lenguaje: te doy las gracias por haberme acercado a la poesía, con tu voz.

Los labios se han vuelto tabú, la policía molesta en mi cuadra a los comerciantes, cobran vacuna, cierran temprano, ya es cotidiano todo esto: Venezuela es casi un guion de Mad Max.

Quedé esperando la respuesta de la vacante como fotógrafo en esa ONG que te había comentado. Me hicieron la entrevista unas semanas antes de caer en cuarentena; ahora me quedan las dudas acerca de cuándo terminará este exilio y de si habré obtenido el trabajo.

He ayudado más a mi mamá, que no ha podido dormir y tampoco trabajar como antes en su consultorio. Abren el edificio como si fuera por selección natural. Ella ha podido entrar, atender a uno que otro paciente y de ahí se va a trabajar a un bodegón de una de sus amigas. He estado cuidando a Juan, mi hermano, ¿te acuerdas de él? Toma el sol por la ventana y la luz que atraviesa los barrotes forma una especie de prisión de sol en la casa.

Ha llegado el Día de las madres, feliz día a tu mamá. ¿Sigue yendo a tu casa a darle comida a Clara? ¿Cómo está ella? ¿Has dormido mejor? Mi mamá ha estado haciendo arreglos para este día, la he acompañado hacer entregas, una locura total: nos hemos ido en moto hasta Caurimare y con todo ese perolero luchando contra el viento. Esa mañana me queme las manos con el agua del colado, así que fue una odisea mantener el arreglo en toda la carrera.

Christian Mijares.

 

Desayuno, almuerzo y rumba

Cuentos de cuarentena

 

Día 45, sábado: me despierto a las 7:20 am, no por gusto sino porque me llegó el mensaje del pago móvil de alguien que quería comprar cinco cigarros. Me visto rápido, abro la puerta y hago la entrega. Prendo el televisor para ver qué hay (todavía no me familiarizo con la programación de la Televisión Digital Abierta). Desayuno, almuerzo, ceno. Otro pago móvil, otra venta en efectivo y el correspondiente “fiao” que no puede faltar. El café de la tarde, revisar el Twitter, el Facebook y el Instagram. Conversar con el nuevo cliente acerca de los beneficios de una marca de cigarrillo o del otro. 9:30 pm, sacar el colchón a la sala por  que se dañaron el aire acondicionado y el ventilador. Tener todo listo para dormir y escuchar a la vecina prender su equipo de sonido que suena como si estuviese en mi sala. Abortar la misión, cambiar la sala por el patio en vista de que la rumba será hasta el domingo en la noche. La fiesta incluye 15 invitados, sin distanciamiento social ni tapabocas. 

Repetir todo este procedimiento de lunes a domingo, hasta el infinito y más allá. 

Birmania Rondón

 

Amazon

 

Dos cajas que llegan de China, con cuatro clics previos, descansan en Miami, mientras Trump revuelve el discurso de la higiene. Ocho manos cansadas se rotan el empaque de un pedido en espera. Doce horas en un buzón, encerrado, como gran parte del mundo, separado por paredes oscuras. “Nuestro servicio garantiza manos limpias” y sin embargo, qué miedo. 

El señor alto y negro acaba de dejar a su mujer obesa y triste, cansada en un sofá malherido; mientras ella escucha el discurso de Trump, él recorre varios kilómetros con la caja a cuestas y abraza la baranda con una angustia ancestral. 

El paquete vuela a Bogotá. En la oficina de recepción cuatro personas miran las noticias sobre el aislamiento, mientras empujan sin ganas el pedido casi cerca a su destino; esta noche los cuatro empleados llegarán sin fuerzas a sus casas, se sentarán en otros sofás malheridos y pensarán en un salario mermado, con virus o sin él. Un puente aéreo, dos oficinas más, otras diez manos cansadas y cinco tapabocas cuestionados. 

El señor del piso 2 no recuerda si necesita aquello que solicitó desde su computador; la incertidumbre llegó más rápido, sin régimen fiscal. De pronto se imagina la llegada de un virus advertido, anunciado. Suena el timbre. Llega el paquete. Qué miedo.

Ysabel Briceño

 

De kaijus y gotículas

 

Podría decir que gran parte de mi infancia la pasé en cuarentena: pocas veces me dejaban jugar en la calle así que lo del distanciamiento social fue casi que una regla para mí. Ahora entiendo que, como todo aislamiento, era para mantenerme al margen, protegerme de algo, cuidarme; sin embargo, no crean que eso evitó que sorteara ciertos peligros, que me enfrentara al miedo, que sintiera la cercanía de presencias malignas en mi reducido entorno.

Cada tarde, al alejarme del televisor, iba con cuidado, revisando al extremo cada rincón, oteando el ambiente, poco a poco, atento. Sentía miedo de ser tomado por sorpresa desde la retaguardia por Gomora, flanqueado por Zetton y Keronia, o encontrarme de frente con el mismísimo King Galtan.

Claro que esperaba que pudiera, luego de ciertos gestos, convertirme en un ser del espacio, alcanzar gran tamaño y arremeter con un poder letal contra cualquiera de esos kaijus. Y si no podía, pues que apareciera el propio Ultraman y me salvara.

Hoy día me veo nuevamente encerrado, limitado. La sentencia “¡Quédate en casa!” ha vuelto a ser parte de mi cotidianidad, de mi rutina. Son tantas las advertencias e informaciones que llegan a través de cualquier pantalla que han regresado los temores, el peligro.

Vuelvo a andar con cuidado, y no solo en casa. La extrema precaución la llevo también a la calle. Las pocas veces que salgo recurro a una vestimenta seudo espacial para enfrentar cualquier malignidad: gorra, lentes, máscara, guantes y pistola que arroja líquido anti kaijus.

Sí, esta cuarentena impuesta otra vez para cuidarme, para protegerme de algo, me ha transportado a mi infancia. Acá estoy, resguardándome, porque a la ciudad han llegado la temible Gotícula y la cruel Covid-19, cuyos poderes infernales podrían ocasionar la muerte. Y al parecer todavía no llega un Ultraman para enfrentarlos, quizás aún no sale de Nebula un ser capaz de derrotarlos.

Juan Carlos Zamora

 

La aventura del optimista

 

En la acostumbrada tertulia mañanera mi vecino me decía: “No tenemos DirecTV, no tenemos trabajo, no tenemos nada qué hacer y, si nos quedamos en la casa, vamos acabar con el poquito de comida que queda en la nevera”.

Esos eran los argumentos que esgrimía para luego invitarme cordialmente a que lo acompañara hacer la cola para la gasolina. De verdad no estaba muy convencido, pero al final accedí. Me dijo entonces: “Nos vamos esta noche como las 8”. Y así fue. Nos preparamos con un termo de café, unos pancitos y un potecito con agua.

Al llegar a la cola entendimos que muchos habían pensado como nosotros y que la noche seria larga.

Hicimos muchos amigos. Hablamos de política y de mujeres, tomamos café, nos comimos los panes, dormimos por turnos, empujamos carros, hasta llegamos acordar lo primero que haríamos cuando esta tormenta terminara.

Regresamos a la casa al día siguiente como las 4 de la tarde sin haber logrado echar gasolina. En el camino no cruzamos palabra. Al llegar, el siempre optimista de mi vecino alcanzó a decirme, en voz baja, que no todo se había perdido: por lo menos lo menos nos ahorramos la comida de la nevera.

José Modica

 

Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró IV

Una pareja que sabe que la cuarentena los unió y los separó para siempre, unos marcianos que visitan La Tierra en pleno confinamiento; mudarse, cambiar la tierra y volver a dar frutos en medio de una paranoia generalizada: estos son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrunes, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el cuarto lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

¿Quieres formar parte de este recuerdo colectivo? Echa tu cuento. Haz click aquí 

 

Saludos from Caracas, señores marcianos

Señores marcianos:

No sé si vieron un letrero en la atmósfera de la Tierra que dice: “Cerrada por pandemia”.

Si pueden dar vuelta en U, buenísimo. Es que no estamos preparados para recibir visitas.  En caso de que quieran llegar ustedes antes que los marines, pasen adelante. Si vienen para la fiesta democrática, llegaron a freír tequeños.

Sálvense, que están a tiempo de estrellarse en Caracas, porque aquí no viene mucha gente desde que Olga Tañón se fue. 

La cosa está fea en este planeta, señores marcianos. Ayer leí un título en prensa, muy mal redactado: “Italia deja pasear a niños acompañados con más de 800 muertos diarios”. Interpreté que los zombies ahora se rebuscan de niñeros. Pero no. Todavía no somos muertos vivientes. 

Señores marcianos, hubieran avisado que venían y al menos pasábamos un coleto. 

¿No se pueden devolver? ¿Hay protestas en la Autopista Interestelar del Centro? Bueno, nada. Cualquier cosa terminen de llegar por la Cota Mil.  

Si su nave nodriza no tiene DirecTV, mejor siéntense a abanicarse con esta Estampas, la revista que mejor echa aire con este calor de pandemia. 

Me imagino que no han encontrado señales de vida inteligente. Nos hemos embrutecido en el encierro. Nos prometieron un meteorito antes de su llegada. Fue un consuelo para los fatalistas, pero aquí seguimos, vivos, por desgracia. 

Por ahí ruedan las fake news. Hay quienes afirman que ustedes vienen a buscar a Shirley Varnagy, la primera periodista alienígena que infiltraron en la radio, aunque yo soy de los que cree que Shirley es un robot que modifica su algoritmo entrevistando gente. Me parece mucha mejor trama que la última película de Terminator.

Pónganse cómodos. No tenemos valet parking para naves nodrizas, pero les damos la bienvenida en español latino o en su idioma original. Están a punto de entrar a la ciudad de Caracas, la más peligrosa de todo el planeta, así que no saquen la mano por la ventana. Guarden bien sus joyas del infinito y sus anillos de Saturno.

No hay agua, así que van a ver mucha melena en las calles. En este momento deberíamos usar esos sombreros de papel aluminio de Mel Gibson en “Signs”: evita que los aliens te lean la mente y mantiene la cabellera controlada [Publicidad].

Disculpen si no encuentran dónde cargar sus celulares, es que la luz va y viene a casa, como padre irresponsable. Para 2020 pensábamos viajar de La California a Chacao en un Twingo con alas, pero nos agarró la cuarentena y ahora este año es una mezcla entre Los Supersónicos con Los Picapiedra: hay pedazos de todos los tiempos regados por acá.  La nostalgia se mezcla con la ansiedad y se va el internet. 

Actualización: Los extraterrestres se asomaron por el balcón, pero yo estaba dormido. Me habían venido a buscar para darle una vuelta a la Luna. Se antojaron de una torta de piña que tenía en la nevera y, sin hacer esfuerzo por despertarme, se fueron sin mí. Se llevaron mi torta y me dejaron en la Tierra. Doblemente crueles.

Iván Zambrano

Venezuela.

 

“¿Me vas a dejar, verdad?”

 

Lo miró a los ojos y notó más arrugas. La sequedad de su piel delataba años de descuido y de trabajo duro, pero las manos seguían suaves y perfectas como en su adolescencia. Meses antes ella estaba dispuesta a dejarlo: ya sus hijos estaban grandes y lejos para entender y sospechaba que, al menos la mayor, estaría de acuerdo porque en una ocasión se atrevió a juzgar su dinámica de pareja. Pero como siempre la vida le volteó los planes, la encerró en cuatro paredes con quien debía ser ya su pasado y tocó guardar su proyecto bajo llave. 

En los primeros 30 días hubo paz. El estrés se fugaba por momentos de la casa y tuvieron tiempo de mirarse nuevamente. Él se sorprendió de lo poco que hacía falta y ella de la tranquilidad que ahora lo acompañaba a todas partes, como si estuviese en constante revisión de sí mismo por primera vez en tantos años, en los que lo único que no sobraba era tiempo. Una noche la invitó a sentarse en el patio, le sirvió una copa y admiraron el silencio. 

-¿Me vas a dejar, verdad?, le preguntó él después de una pausa larga. Un mes fue suficiente para entenderlo todo, para verlo todo, para hacer cuentas, revisar ausencias, evaluar daños. 

-Sí, respondió ella suavemente, con la cabeza alta y mirando al infinito. Y allí permanecieron por largo rato, en silencio, desperdiciando el tiempo por primera vez en años y diluyendo el pasado en vino tinto.

Adriana Pérez Manzano

Venezuela.

 

Mudarse en tiempos de coronavirus

 

Pronto cumpliremos tres años en México, que ya siento mi país. He construido amigos y hogares, rutinas y nuevos paisajes. En particular, en las playas de Tecolutla, Oaxaca y Zihuatanejo, me siento en casa y en esos momentos de alegría, con el olor del mar que trae el viento, puedo olvidar que hubo una escisión, un país que dejé, unas playas que no veré más. Al tiempo, he construido nuevos afectos, y en particular siento por Ciudad de México la contradicción que vive todo migrante: la de pertenecer y a la vez sentir que puedes vivir otra dolorosa pérdida al marchar, por lo que será siempre parte de la añoranza. 

Y así, cuando me pensé estable, con los pies en la tierra y tranquila, vino un nuevo e imprevisible movimiento telúrico: la pandemia por el coronavirus, la cuarentena y sus consecuencias sociales y económicas. Un estado de cosas que nos obligó a definir nuevas metas, prioridades y a tomar decisiones en un terreno que creía superado: el de la sobrevivencia. 

Mudarnos en momentos en que la curva de muertes alcanzaba su máximo fue la loca decisión que tuvimos que tomar, con un listado de requisitos casi imposibles de cumplir: vivienda para seis personas, con mascotas, sin subir más de un piso por mis padres mayores o con ascensor, en un lugar que no sea peligroso y que, preferiblemente, sea iluminado y cálido en invierno. Y el requisito más importante, el motivo de la mudanza: que fuera económico y redujera considerablemente los gastos fijos.

Fue así como recorrimos lugares que nunca pensamos visitar en Ciudad de México y que me vi luego investigando en Google para saber sobre seguridad, distancias, cotidianidades. Tratando de, con conocimiento, ganarle una partida al miedo, a lo desconocido.

Ha sido como migrar de nuevo. Ahora lo veo. Sobre todo porque no fue una decisión tomada por el placer de cambiar, sino obligada por factores externos, como nos pasó con la salida de Venezuela. Más allá de tomar las previsiones para cuidarnos del virus, reviví el trauma de dejar, por obligación, aquello que sentí había construido y era parte de mí: el conocer a mis vecinos, las calles por las que paseaba a mis perros, el balcón en el que tomaba el café, los lugares para comer rico a tres cuadras de mi casa, el cine al que podía ir caminando y una planta de calabaza que sembré y que se trepó frondosa en los barrotes de mi balcón.

Ya tenemos 15 días en la nueva casa, un departamento que desde la altura del piso 14 me permite ver toda la ciudad. Ahora tengo una nueva perspectiva que espero disfrutar y aprovechar porque no solo puedo ver la totalidad del paisaje, y tener una vista macro, global, sino que aprendí que la sensación de seguridad es una quimera. 

La incertidumbre es nuestra compañera eterna, aunque haya momentos en los que creas que todo está bajo control. Hay que ser flexible, en lo posible, sacarle el jugo a la vida, disfrutarlo todo, vivir lo que llaman “el aquí y el ahora” y saber que participas en una aventura en la que no sabemos qué más puede pasar, incluso a la vuelta de la esquina.

La planta del balcón me la traje y, contra todo pronóstico, ella supo adaptarse y sobrevivir. Ahora crece una hermosa calabaza en sus ramas.

Aliana González

Venezolana en México.

 

El asesino puedes ser tú

 

¿Qué sientes al pensar que tu peor enemigo sigue vigilándote, esperando tus sucias manos para abrazarte tan fuerte que solo dejaría un hilo de respiración en tu ser, someterte en la cama y hacerte sentir como nunca nadie lo había hecho jamás? 

Huyes y te escondes entre cuatro paredes para protegerte de aquel que quiere poseer tu cuerpo. ¿Alguna vez imaginaste que serías prisionero de tu propio esfuerzo? ¿cuántas horas trabajaste para encarcelarte? Solo tú puedes salvarte.

Él es capaz de multiplicarse y perturbar la paz efímera de tu hogar; ya no hay brazos que puedan consolar tu dolor. No creo que estés listo para esto. ¿Lo estás?

Hizo de las expresiones de amor el arma más letal y se esconde en quienes amas… ¿o quizá no?. Tal vez se oculta debajo de la suela de tus zapatos, ¿puede ser? Solo sabes que está ahí, aunque no lo veas, aunque no lo escuches. 

Lamentas cada beso inofensivo, los largos abrazos y unos cuantos apretones de mano. ¿Acaso eres tú el promotor de la muerte?, ¿tu peor enemigo podría ocultarse en ti sin que lo supieras? Tal vez sí.

Hoy te pesa la caricia deseada, la visita pendiente, las palabras al oído. Hoy podrías ser tú el verdadero asesino. Hace más de 40 días que no distingues el lunes del domingo y cada mañana tomas un café en compañía de la agonía.

Si regresas al mundo, ¿volverás a ser lo que fuiste?

Danny Pastori R.

 

Planeta sur

 

Nahomi no estaba desesperada por el encierro y menos angustiada por el coronavirus. Ella está desbordada por las 22 tareas que le mandaron del colegio y debía entregar el lunes.

A sus 9 años me dijo, en silencio cómplice, que ya entendía por qué el cole se llamaba Planeta Sur:  las “mae” vivían en otro planeta.

Mientras me preguntaba sobre el coronavirus puso la borra en su boca y sus ojos celestes miraron al cielo. ¿Cómo estará haciendo Sebastián? No tiene internet; o Camila, sus padres la dejaron con la abuela y se fueron. La abuela ni WhatsApp tiene. Saldrán raspaos.

Nahomi se llenó de ansiedad no por incumplir la tarea, sino por la culpa de no tener la nota.

Y si lo logra, ¿a costa de qué será ese éxito académico? 

Su mami termina el desayuno y empieza el almuerzo, el agua llegó; su papá descifra la mejor gasolinera. Ninguno recuerda el diptongo, menos el hiato.

La presión de la cuarentena y la escuela hacen que Nahomi esté distraída, es su forma de defenderse en estas horas que, según muchos, serán de aprendizaje.

Su deseo de aprender lo deja para después de las 4:00pm. Debe enviar el capture de la tarea. Su concentración no le permite darle rienda suelta a su creatividad, debe responder preguntas que jamás se haría.

En el fondo Nahomi desea ir a la escuela, estar dentro de la escuela, pero más desea que la escuela estuviera dentro de ella.

Fritz Manuel Márquez Álvarez

 

Aprendiendo a convivir con ojitos

 

Mi primera salida fue después de cuatro semanas en cuarentena. Acompañé a mi esposo al mercado para comprar más rápido y poder regresar lo antes posible a casa. Tuve un agotamiento increíble ese día, me sentí golpeada visualmente al ver la ciudad tan sucia (o bueno, debería decir más sucia), la calima, el ambiente triste de una población que se escondió por miedo a la crisis de salud y de una ciudad desolada que siempre había sido enérgica y disparatada. 

Cuando solo pude ver los ojos de los que estaban en la calle, sin poder observar sus gestos por el tapabocas, sentí un nudo en la garganta. Mi primer pensamiento fue “¿pero por qué otra vez los ojos? ¡Estoy harta de las miraditas estampadas que se asoman por toda la ciudad! Ya ni siquiera podemos cantar ‘se ven las caras, pero nunca el corazón’”. Pero como siempre existe un alma pura que transforma tu visión, una amiga me dijo: “Los ojos son el espejo del alma”. Y tal como los memes, se me pasó.

Dayana Díaz

 

 

Cuentos de Cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró III

Un maleteado en cuarentena, una muerte sin gasolina, una epidemia de talleres online, una cotidianidad con más ciclos que una lavadora: estos son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrun.es, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el tercer lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo. ¿Quieres formar parte de este recuerdo colectivo? Echa tu cuento. Haz click aquí.

 

Necrosis 

El paraíso, eso parecía aquel país. En unos pocos años trabajando duro y con un mínimo de conciencia que escaseaba en la mayoría de los locales, podías tener lo que quisieras y más. La inseguridad siempre fue un problema, pero para quien huye de guerrillas, carros bomba y la violencia desmedida de carteles, cuidarte las espaldas es un hábito y los atracos no asustan. 

En 40 años había logrado su meta económica: una empresa textil tan grande como para viajar a la casa materna cuando quisiera y alinearse a la absurda obsesión caribeña por el buen escocés, pero tan pequeña como para tener tiempo de hacerlo. Sin embargo, las cosas habían cambiado y este paraíso que lo recibió se convirtió en el nuevo gueto de Varsovia con él adentro, un Pablo Escobar dando órdenes y una costosísima moneda extrajera circulando. 

Desde hace años su esposa tenía cáncer y, a pesar de la necrosis social incontenible, visitaban regularmente el oncólogo a 300 kilómetros de casa. Se había agarrado con uñas y dientes a la vida; “es una arrecha”, solía decir, más por la necesidad de alimentar la esperanza que el orgullo. Pero como todo lo que no tiene mucho sentido en el territorio de lo absurdo, la gasolina escaseó y ya no pudo viajar a tratarse su mal. 

La tarde más negra de su vida, después de decirle adiós a su mujer, se sentó en la mesa sin ella y por primera vez tuvo la respuesta exacta a la pregunta que se repitió durante 20 años: “¿Y qué es lo peor que puede pasar?”.

Adriana Pérez Manzano

Venezuela

 

El exilio de Zapato 

 

 

La decisión de exiliar a Zapato no fue tomada de un plumazo. Horas antes estuve reunida con Aspiradora buscando la solución que le permitiese vivir dentro de casa. Ambas discutimos sobre la posibilidad de limpiar su suela con cloro cada vez que regresara del mercado, pero concluimos que era una tarea muy laboriosa. Otra propuesta que pusimos sobre el tapete fue la de permitirle quedarse en el vestíbulo, pero Aspiradora alegó que Zapato era muy confianzudo: sin darnos cuenta lo encontraríamos instalado en el dormitorio. Al final, estuvimos de acuerdo en que lo más sensato era enviar a Zapato a vivir al pasillo de afuera. Desde el closet, Calcetín Blanco aplaudió nuestro veredicto. Día 18.

Isabel Elena Manrique

Venezuela

 

Adiós, Miami / Hola, Miami 

 

Durante la cuarentena, una furia de aprendizaje se apoderó de la gente. Innovaciones tecnológicas, arte culinario y “coaching”. Una misteriosa compulsión nos lanzó a inscribirnos en una gran variedad de cursos. “Busca y encontrarás”, dice la Biblia, ¿o es @LaDivinaDiva? 

Busqué y encontré un grupo: Escritura Terapéutica. Sonaba bien y me uní a ellos para participar. La moderadora propuso como ejercicio contar qué haríamos al terminar la cuarentena. Y esto es lo que yo dije: “Cuando termine la cuarentena iré a Miami a ver a los amigos y a ese amor por el que, como cantaba Gardel, ‘guardo escondida una esperanza humilde / que es toda la fortuna de mi corazón’”. 

Vivo en Atlanta y hace un tiempo pensé que, para romper la rutina del trabajo, recordar viejos tiempos y examinar opciones de futuro, me convenía viajar a Miami. Completé los preparativos del viaje y esperé a que llegara el día. Pero dice la sabiduría popular que “el hombre (y la mujer, por aquello del lenguaje inclusivo) propone y Dios dispone”. Y dispuso que un huracán, monstruo climático, se acercara a la ciudad de Miami. Planes cancelados. Otra vez sería. 

Nueva oportunidad, ya acercándose la primavera: búsqueda de vuelos, pasaje y, de repente, #Quédateencasa. Un virus peligroso se contagia por secreciones, se sospecha que se mantiene vivo en los metales, se transmite si te miran feo y si te abrazan mucho. Y, como aquella película del cine venezolano de los ochenta, Adiós, Miami. 

Para el tercer intento prepararé todo en absoluto secreto, no vaya a ser que el destino o Bill Gates, o el cambio climático, Greta Thunberg, el gobierno chino o Donald Trump den al traste con mis planes haciendo aparecer extraterrestres criaturas precedidas por la voz de Orson Wells, como en La Guerra de los Mundos, o al estilo de un episodio de Perdidos en el espacio, serie que acostumbraba ver en el querido televisor a blanco y negro tomando un gran vaso de Toddy.

Lucienne Beaujon

Venezolana en Estados Unidos.

 

Maleteado en cuarentena 

 

 

El lunes pidió delivery de carne, pollo, frutas, vegetales, cerveza, artículos de limpieza, medicinas, etc, etc.
Pidió todo a casa de su novia: para él y para la novia.
El martes salió de su casa a las 8:00 am
Estuvo en casa de la novia hasta la 1:00 pm.
Volvió a su casa con abundante mercado y muchas historias de fruterías, farmacias panaderías y estación de gasolina.
Llegó directo a bañarse, por seguridad. Dijo que, además, estaba cansado del ajetreo en la calle.
Al quitarse las medias, conocidas de su esposa -de esa de ligas poderosas que marcan la piel en la pierna- no tenía ni una pequeña línea de presión después de pasar toda la mañana en la calle.

Pedro Álvarez. 

 

Hacer de todo y de nada

 

 

En estos días me han preguntado: “Y ¿qué más? Cuéntame qué has hecho”. Al responder me he sorprendido de todo lo que he hecho. Todo depende de si tengo agua, Internet o luz. Trabajo, arreglo y disfruto mi casa. Salgo una vez por semana al supermercado, practico la distancia social. Veo películas y series. Pido cuando puedo un delivery de comida preparada. Tomo sol y ya tengo color. No he ido a trotar y engordé unos kilos. He “ido” a misa en línea o por la tele. Me reúno con mi familia y amigos por WhatsApp o Zoom; nos enteramos de todo, nos reímos y disfrutamos a distancia. Resiembro plantas y cambio otras de sitio. He hojeado en el celular varias revistas gratuitas. Leí un muy buen libro y ahora disfruto por tercera vez Cien años de soledad del gran Gabriel García Márquez. No he ido a una coronarumba. Pongo música y bebemos lo que tenemos. En línea veo conciertos, obras de teatro, paseo por museos y, en Semana Santa, hasta visité los siete templos. 

Aprendí a lavarme bien las manos, quitarme los zapatos cuando entro a casa, limpiar el volante y las manillas del carro con alcohol, a lavar bien las frutas y dejarlas como si fueran de plástico. Me cubro bien la boca cuando estornudo o toso, me quito bien guantes y tapabocas sin tocar la piel ni la cara. He visto y borrado sin ver una pila de empalagosos videos de autoayuda, los buenos días con florecitas y tazas de café (que no sé de dónde sacan tantos), las ocurrencias de la gente desde sus balcones y los memes de los negros funerarios de Ghana. 

Si estás aburrido u obstinado de estar en casa, recuerda todo lo que has hecho desde el día uno. Necesito poco para sentirme bien. Después de que esto pase nos echaremos los cuentos y nos preguntaremos: “¿Cómo pasaste la COVID-19?

Alfredo Graffe. 

Venezuela.

 

Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró

Una gallina satánica, unos zapatos que miran, una despedida que no sabe decir adiós, el tuqueque Juancho que visita de madrugada o una relación que quedó confinada en un hogar muerto: estos son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrun.es, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todas ilustradas por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Estos son los primeros 5 de 40 relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

¿Quieres formar parte de este recuerdo colectivo? Echa tu cuento haciendo click aquí: https://cutt.ly/Cuarentena 

 

Las amenazas del corazón

Me gusta llegar, no me gusta irme, pero me he ido muchas veces. Me fui del vientre de mi madre, si se puede decir así. Me fui de la niebla de las primeras semanas el día que fijé la vista en algo o en alguien y observé. Me fui de la muerte cuando a los diecisiete meses de nacido me dio meningitis viral, pensaban que me moría y no me morí. Me fui a otro mundo –a la imaginación, a la magia– cuando estaba en el colegio, que en realidad nunca me gustó porque siempre sentí que le faltaba encanto y sueño. Durante la universidad me fui de las clases de Teoría de la comunicación y me dediqué a leer novelas, que son, incluso las malas y las muy malas, mil millones de veces más verdaderas que todas las teorías de la comunicación juntas. Me fui de la casa de mis padres y luego me fui de casa en casa hasta encontrar una casa de donde poder volver a irme. He vivido yéndome. Como todos, como tú. Y sin embargo, cómo cuesta. Cómo cuesta decir adiós y cerrar bien la puerta y no solo ponerse a andar sino en verdad marcharse. Irse lo que se llama irse, entero, con la sobriedad de un roble, sin hacer nada que le haga ver al otro que “hay algo ridículo en las emociones de la gente que uno ha dejado de amar”, como escribió Oscar Wilde, que se fue a morir a París, empobrecido pero franco hasta los huesos, después de haber dado todo a precio de esperanza. También hay cuarentenas para las amenazas del corazón.

Diego Arroyo Gil

Venezuela.

 

 

Hoy desperté temprano 

 

Cuentos de la cuarentena

 

Vivo en un edificio y el temblor de esta mañana se sintió muy fuerte aquí arriba. Hoy desperté temprano porque ayer se dañó la pantalla de mi teléfono y no pude estar hasta tarde viendo memes sin sentido en Instagram, recomendaciones para atacar el coronavirus de todas las personas que se creen médicos expertos en el virus y noticias en Telegram que lo único que hacen es causar terror en la sociedad. Hoy desperté temprano porque ayer, desde las 12 del mediodía hasta que me dormí a las 10:00 de la noche, tuvimos solo una hora de electricidad así que la única opción que me quedó fue ir a dormir. Hoy desperté temprano porque debo cocinar todo lo que pueda en la mañana con cocina eléctrica ya que no tenemos gas desde hace más de un año en el edificio. Ahora me voy porque se me está quemando la arepa que dejé en el budare.

Katherine Madi.

Venezuela.

 

El virus de toda la vida

 


Corrimos. No había nadie en la calle y el hospital estaba lejos. Nadie quería auxiliarnos mientras que, con mascarillas y guantes, transpirábamos y los recuerdos de desgracias llegaban a nuestra mente. En un intervalo, quedé solo y sentí otra vez miedo, un miedo superior a la Covid-19, un miedo que ya conocía, un miedo rutinario, un miedo mío y nuestro, el miedo a morir de una enfermedad conocida, el miedo a la muerte regular antes de la cuarentena.

El hospital es un barullo de desdichas, es un antro de locura. La gente pierde la dignidad desde que ingresa y no la recupera sino muchos meses después de salir, si logra salir, de este infierno lleno de médicos, enfermeras, camilleros y vendedores de esperanzas disfrazados de cigarrillos, caramelos de coco y aguas aromáticas.

Es imposible no llorar. La gente está en los pisos sucios y contaminados. No respetan a nadie. Y yo aún no puedo llegar al tercer piso. La seguridad espera que le entregue algo que no logro descifrar qué es. Me miran con extrañeza, con ojos agresivos, marcados sobre sus mascarillas, se mueven para verme mejor, no entiendo su deseo y opto por lo básico: les doy dinero, al mismo instante que les pregunto por dónde llego al tercer piso.

Salgo del hospital. No sé cómo bajé tres pisos sin darme cuenta. Llego a la calle, compro una esperanza llamada cigarrillo. Me retiro poco a poco y me voy quitando la mascarilla y los guantes de látex. Ya sé que aquí uno se muere de vainas conocidas, no puede existir un virus peor que el que he tenido toda la vida. 

Carlos Alberto Rodríguez Beltrán

Venezuela.

 

¡Mis zapatos me están mirando

 

Cuentos de la cuarentena 3

Estar afuera en tiempos de pandemia es asunto de héroes. Se nota en el dejo de sacrificio que queda en sus ojos después del rocío que les suelto a quemarropa con el spray desinfectante. Con unas suelas tan sucias como manos de obrero y el desvencijo en su frente que es más por modestia que por soberbia. 

Yo adentro y ellos afuera; inmóviles, sin reclamos, esperando mis próximos pasos. Pacientes, como el mismo Dios. Desde mi ventana los miro y sé que ellos me están mirando.

Alexis Freites.

Estados Unidos.

 

La gallina satánica 

En la parte de atrás de mi casa tengo un pequeño solar donde me gusta tener algunas gallinas. Nunca nos hemos comido una (¡je!) pero en estos días de cuarentena me quedé sin dinero y opté por vender una de las gallinas más grandes: según pude saber, a esa especie le dicen sarabicas por ser negras con manchas grises. Una señora mostró interés por comprar la gallina y pidió que se la describiera. Yo, muy inspirado, escribo “sarabica” y el corrector del celular me lo cambia a “satánica”.  Le puse: “la gallina es satánica”. No me di cuenta pero vi que la señora no me escribió más. Cuando le pregunté qué pasó con la gallina, que si la iba a comprar, me respondió que ella no quería gallinas satánicas en su corral, que muchas gracias.

Juan Manuel Rangel

Venezuela.