Sebastián de la Nuez, autor en Runrun

Sebastián de la Nuez

La voz aflautada de El Cuarteto, por Sebastián de la Nuez
Se acerca la Navidad de un año terrible para el mundo, y más terrible aun para un país desmigajado como Venezuela, con casi cinco millones en la diáspora y una pandemia que apenas es otro problema en el menú trágico de su cotidianidad. En una época así, la mejor medicina es revolver hasta el fondo el baúl de las querencias que cada quien lleva por dentro. La música, por ejemplo. El Cuarteto, que ha cumplido cuarenta años en la brega, en democracia y dictadura, es un buen ejemplo de arte sanador, del que inyecta esperanza.

 

@sdelanuez

No se trata del lagrimeo tradicional con el Alma llanera o la angustia existencial y apurada con uvas atragantadas mientras Néstor Zavarce canta con su vozarrón Faltan cinco pa’ las doce… Hay mucho más en la cultura musical de un país acongojado.

Aquí, la síntesis de una conversación por wasap con el alma de El Cuarteto, Miguel Delgado Estévez.

El Cuarteto es un disco de acetato sonando a 33 revoluciones por minuto en un patio colonial con una mata de mango en el centro y los muchachitos de la cuadra patinando allá afuera porque es Navidad y andan alborotados. O una reunión en la explanada de La Estancia —hace años— o un gentío en el Centro Cultural Chacao escuchando a Toñito (flauta), Telésforo (contrabajo), Raúl (cuatro) y Miguel (guitarra) cuando interpretan su propia versión de El diablo suelto.

Video El Cuarteto – Diablo Suelto, en el canal Youtube de arsnovarevolution

El Cuarteto le puso un fino silbido a la tradición musical venezolana, le dio tono a madera en sus graves y color al rasgueo de las cuerdas. Uno los escuchaba y tenía la sensación de hallarse en un salón de la Quinta Anauco o algo parecido, con helechos colgantes en las esquinas, un tinajero como adorno y parejas mantuanas, elegantemente trajeadas, bailando un vals de Evencio Castellanos. Aquellos primeros discos, seguro, huelen todavía a cacao de Chuao o al café Imperial recién colado que seguramente ya ni existe.

Hay dos hechos sin vuelta atrás para El Cuarteto: ha cumplido cuarenta años de vida y ha muerto uno de sus fundadores, Raúl Delgado Estévez, en 2019, en Ciudad de México.

Ahora su hermano mayor, Miguel, se empeña en mantener el proyecto a flote, desde su casa en San Antonio de los Altos, ante una PC y a través de ese artilugio llamado Zoom. Está desarrollando una serie de conferencias por esa vía para trasladarle a la gente por qué un vals zuliano es diferente al de los Andes o al larense. O cómo es que un joropo oriental es diferente al llanero. Lo hará entusiasmado, como es él desde siempre, entre sus compromisos en radio con la exploradora Valentina Quintero («Cuentos de camino») y el periodista Raúl Lozinski (en la emisora FM 99.9).

Tras el fallecimiento de Raúl, está empeñado en que El Cuarteto no desaparezca, y para las próximas presentaciones, cuando quiera que sean, presenciales o por la virtualidad de las redes, cuenta con dos cuatristas invitados: Ángel Fernández, esposo de su hija Claudia, especialista en Pedagogía Musical y excelente ejecutante del instrumento; y Eduardo Ramírez, quien fue vicepresidente de la Orquesta Típica (por cierto que eran compadres, Raúl y Eduardo).

Mantendrá la llama viva de El Cuarteto; es su orgullo y su proyecto de vida.

A Miguel no hay quien lo pare cuando comienza a hablar de las virtudes de José Antonio Toñito Naranjo, el flautista. «La primera vez que dieron en Venezuela el premio al músico en Docencia, se lo dan a Toñito Naranjo», dice. La flauta es la marca fundamental del conjunto, la voz cantante. Toñito puede tocar igual a Debussy que un joropo o merengue, con la misma calidad.

También se explaya sobre Telésforo y aquella vez que le hizo un arreglo para la canción «Un poco de luz», de Efraín Arteaga, basada en un poema de Otilio Galíndez.

—Es la primera canción —dice por wasap— donde el contrabajo es la voz cantante, hasta donde tenemos noticia, al menos (no vaya a ser que salga alguien por ahí…). Telésforo fue el primer contrabajo de la Sinfónica de Venezuela y el primero también de la Orquesta Filarmónica Nacional.

Raúl fue su partner entre una pieza y otra, en cada concierto durante todos estos años, con quien echaba broma y el público se divertía. Sobre todo, cuando salía a flote el tema de quién era el mayor (porque todo el mundo creía que era Raúl, y no era así). Un día, al ser inquirida por sus propio hijos desde el escenario para que dilucidara la situación, se levantó la madre y zanjó el tema: son gemelos, le dijo al auditorio en pleno.

El Cuarteto tiene como veinte discos en su haber y ahora está en las grandes plataformas digitales: Spotify, iTunes y lo que venga. Fue fundado en Caracas por dos parejas de hermanos: Pedro Naranjo (que hace 28 años fue sustituido por su hermano Telésforo, de modo que el esquema de las dos parejas fraternas siguió), Toñito, Miguel en la guitarra y Raúl con el cuatro.

Miguel opina que con El Cuarteto se generó una matriz de opinión y muchos grupos de música instrumental comenzaron a salir gracias a su influencia.

—¿Y antes cómo era?

—Por supuesto que antes de El Cuarteto existían grupos de música instrumental pero en todos esos casos la mandolina era el instrumento cantante, bajo el formato de las estudiantinas o tunas universitarias. Cuando aparece la flauta como instrumento solista en la música venezolana, lo hace por primera vez con El Cuarteto. También hubo agrupaciones con el clarinete…

—Pero, ¿qué sucede tras el éxito de El Cuarteto?

—Con El Cuarteto se destapa la olla: una sonoridad que el país no conocía. Y a los cinco años sale el Ensamble Gurrufío, y después otros grupos fuera de Caracas, inspirados en el formato de El Cuarteto.

—¿Qué sucedió con Raúl?

—Raúl se había ido con su esposa y los hijos para México. Era diabético e hipertenso. El hijo mayor de Raúl, músico también, se había ido a México hacía algún tiempo, de modo que allá tenía adonde llegar. En las condiciones en que está nuestro país no podía garantizarse ni tratamiento ni medicamentos. Creíamos que iba a estar mejor en México, pero duró un año y trece días.

Cuando se enteró de la noticia, Miguel se hallaba de gira con Valentina Quintero por siete ciudades de Estados Unidos, presentando una versión de su programa de radio. No quiso suspenderla. También tenía, por su parte, conciertos pautados en Tampa, Orlando y Miami, acompañado por su esposa Alicia Sergent; en cada presentación, recuerda, de algún modo estaba presente Raúl.

—No quise ir a México, no quise ver a mi hermano vuelto cenizas.

Alicia es licenciada en Letras con postgrado en Literatura Venezolana.

Todo esto de la Covid-19 por supuesto que le ha afectado. Para celebrar los cuarenta años habían preparado un concierto con la Coral Simón Bolívar y otros amigos; estaba ya la escenografía y el guion; se pospuso para el domingo 19 de abril pero la cuarentena lo impidió. Lo reprogramó este 18 de octubre pero, desde luego, fue imposible. ¿Dos mil personas encerradas en el Aula Magna? No.

—¿Y ahora cuál es el plan?

—Toñito y Telésforo siguen conmigo, están en esto. El plan es hacer un gran concierto por las redes, un concierto virtual. Ya tenemos el repertorio. Y estarán Ángel y Eduardo.

_¿Cómo ves el movimiento actual de la música tradicional venezolana hoy?

—Creo que ha habido un repunte. El hecho de que músicos de formación académica hayan tenido éxito con una propuesta que ha calado en el medio cultural venezolano, empujó a los jóvenes a interesarse por la música popular venezolana. Antes, el violinista tocaba como bis un Capricho de Paganini pero ahora no, ahora un violinista criollo prefiere tocar como bis una pieza venezolana. Lo mismo pasa con el pianista: antes se decantaba por uno de esos estudios bien complicados de Federico Chopin o algo de Rachmaninoff, pero ahora puede que toque «El diablo suelto» o un merengue o un vals.

—¿Cuál ha sido la llave del éxito, aparte de la innovación en el instrumento que lleva la voz cantante?

—La pianista Clara Rodríguez, con quien hicimos, durante una gira por Europa, el único concierto en vivo para un disco en la carrera de El Cuarteto, decía algo muy simple y claro: «Me encanta El Cuarteto porque a ellos no les importa más nada sino que la música suene bien».

Miguel es una enciclopedia musical latinoamericana, una Biblia en solfeo con apuntes historicistas, costumbristas. Afirma que en Venezuela la gente se olvidó de la guitarra como instrumento acompañante. Todos los guitarristas querían ser Alirio Díaz. Por eso, quiso contribuir a rescatar la guitarra como instrumento acompañante y difundió todo lo que pudo esto: los boleros de diferentes países y compositores no se tocan igual. Cada cual lleva lo suyo, no se puede tocar igual un bolero cubano de la vieja época, pues es distinto el sonido de la era del fílin de un bolero compuesto por Agustín Lara o por Aldemaro Romero. De hecho, Miguel hizo una serie de conciertos dedicados a enaltecer la guitarra como acompañante en la canción popular latinoamericana. Llegó hasta la Patagonia con esa gira.

Estaba prevista para mayo 2020 una gira, otra vez con Valentina, por España, Francia e Italia, pero llegó la pandemia y mandó a parar. Había concertado con Laureano Márquez, que ahora vive en Tenerife, para hacer también varias presentaciones con él. Quedó pendiente el asunto.

Miguel dice que la gente que ha salido de Venezuela son los heraldos que le informan al mundo qué es lo que está pasando en el país y algún día les tocará regresar, Dios mediante, «…y nada, que podamos reconstruir el país que nos guste, donde nos abracemos sin miedo a puyarnos como si fuéramos un puercoespín».

Los méritos de cada uno de los miembros de El Cuarteto son amplios; se está haciendo un libro sobre su historia. Al Cuarteto los conocen y reconocen en España, Portugal, Dinamarca, Italia, Inglaterra, Francia y Rusia. En todos estos países han tocado. En la Royal Academy of Music (Londres, 2006) dieron una clase magistral y cuando a MDE le tocó, pidió una pizarra y les enseñó a los ingleses que allí se habían reunido cómo es una gaita zuliana y un bambuco playero, o cómo tocar un merengue caraqueño.

—¿Y cómo hiciste eso?

—Son esquemas de los que me he alimentado gracias al roce con los cultores populares. Les mostré [a los ingleses] cómo es que acompaño un merengue, una habanera o una contradanza. O una danza zuliana, que también tengo escritos unos esquemas rítmicos.

En esta Navidad que va a nacer angustiada y triste quedará, el contrapeso de la música de El Cuarteto podrá escucharse  en La Guaira o en Luxemburgo o en China: discos como El Cuarteto en Nochebuena, donde aparecen Simón Díaz, Laureano Márquez y Pedro León Zapata con el retablillo de Aquiles Nazoa (seis décimas que ellos intercalaron); o De Pascuas con El Cuarteto, con María Teresa Chacín, Gualberto Ibarreto y el nativo de Cabimas Neguito Borjas: eso y más se consigue en las plataformas digitales con excelente sonido.

En el segundo disco de los nombrados están incluidos dos aguinaldos originales de Miguel. Por otra parte, el trabajo y los alcances de la obra de Raúl Delgado Estévez al frente del Orfeón Universitario, fundado por su tío Antonio Estévez, ya merecería páginas aparte.

Bailar hasta que llueva, por Sebastián de la Nuez

“La nación no puede ser una manga de veletas criticonas. ‘La danza de la lluvia funciona porque los indios danzan hasta que llueva'”. Ilustración en medium.com

@sdelanuez

En el documental de Carlos Oteyza, El pueblo soy yo: Venezuela en populismo, aparece el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze explicando, desde sus análisis, el desarrollo del fenómeno de Hugo Chávez y sus consecuencias. Casi al final tiene una expresión que ilustra el por qué le sucedió lo que le sucedió al país: dice algo así como «en cierto momento, el pueblo venezolano desesperó de su democracia».

Esa frase, dicha por alguien que, por encima (o por debajo) de sus haberes académicos, habla con el sentido común que dan la distancia y la experiencia de escuchar los latidos históricos de los pueblos latinoamericanos, es aplicable a la actitud del venezolano hacia sus líderes democráticos. El verbo desesperar puede ser perfectamente equivalente, en este caso, al reflexivo exasperarse.

He allí un problema: el pueblo venezolano se exaspera fácilmente en asuntos de los que no debería exasperarse tan precipitadamente, mientras que en otros es como muy laxo y comprensivo. Por ejemplo, en el caso de Chávez debió haberse exasperado mucho antes y no lo hizo. Le tuvo una infinita paciencia y votó por él y por sus secuaces una y otra vez.

De Guaidó, quien gracias al respaldo de la AN y de operadores políticos en el exterior, ha conseguido un respaldo creciente de la comunidad internacional a la causa venezolana (al menos en el hemisferio occidental), de ese sí ha desesperado. Porque no ha logrado el cese de la usurpación como prometió o porque se asoció a una incursión chimba penetrada de madurismo (o algo parecido), razones que pueden ser válidas pero que no deberían ser determinantes.

En las RRSS, la gente vuelve a desesperar de Henrique Capriles Radowsky (ya lo ha hecho varias veces antes, es un ritornello) porque, luego de mantenerse en la penumbra quizá demasiado tiempo, reaparece con una iniciativa que contradice a su propio partido, Primero Justicia, y cuestiona la inercia en que ha caído Guaidó. Le están diciendo «traidor», a HCR.

De María Corina Machado la gente desespera porque es María Corina Machado; o sea, lo que ella quiere es una invasión de marines aun cuando la disfrace de «operación de paz». Seguramente es una radical que actuó de forma poco ética respecto a su encuentro con Guaidó. Pero tiene su itinerario, ha llevado sus golpes, insultos por VTV, vejaciones y amenazas. Lo que no puede hacerse es desechar su fuerza y desestimar sus argumentos. Lo que habría que hacer es sumarla a una hoja de ruta, insistir con ella una y otra vez.

Por las redes le están diciendo, algunos intelectuales desde dentro o desde fuera del país, a Capriles, cursi e hipócrita. A lo mejor es que desean a un tipo que hable con refinamiento académico, usando un lenguaje recio y de altura, pues. Los intelectuales venezolanos, los académicos y escritores y filósofos, han amado a Teodoro Petkoff. Teodoro es, ciertamente, una de las personas más brillantes que yo haya conocido, la más inteligente con quien haya trabajado. Y sin embargo, durante demasiado tiempo podía decir, y lo dijo, «Pancho es un gran tipo». ¿Y quién era Pancho? ¡Arias Cárdenas, carajo!

Los que se meten en política no están exentos de lanzar burradas al aire y equivocarse. Pero el norte lo tiene que tener claro, sobre todo, el pueblo, o los segmentos de pueblo o de país que cada dirigente representa.

La nación no puede ser una manga de veletas criticonas. La gente debería desesperar menos.

Que se desespere por la falta de luz y de democracia, o porque no hay unidad estratégica en la oposición, no que desespere hoy de este y mañana de aquel otro. Los primeros que deben imponerse unidad son los gatillos alegres de la clase media en las RRSS. En Venezuela es más fácil que en España. En el Congreso de los Diputados español hay un montón de escogidos (o sea, están allí por haber sido votados) que lo que desean es abrirle un boquete a España, partir el país en tres pedazos (al menos). Trabajan en eso, todo el tiempo. Con los votos de la gente.

En Venezuela eso es impensable, ¿cierto? A un líder maracucho no se le ocurriría proponer la independencia del Zulia como objetivo tras el cese de la usurpación. Y si lo hiciese es probable que no consiguiera sino los votos de su familia.

Hay unos fundamentos en el liderazgo venezolano, por mucho que unos quieran ir (o no) a las elecciones del 6D y otros sueñen con un improbable apoyo militar internacional para entrar a fuego y sangre en Miraflores. Todos quieren salir de la pesadilla madurista, todos están de acuerdo en que la unidad de la oposición es el camino y en que el único régimen posible es la democracia de libre mercado con garantías de alternabilidad, ¿no?

Como le dijo el recién excarcelado Roberto Marrero a César Miguel Rondón, «este país se liberó con grandes divisiones internas entre Simón Bolívar y los otros próceres. La danza de la lluvia funciona porque los indios danzan hasta que llueva».

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Nostalgia, por Sebastián de la Nuez

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La nostalgia está en la diáspora, vive con ella, sobre todo durante las noches. Es la morriña por una ciudad o un país que ya no existen. Si no se convierte en una fiebre crónica, es energía pura que cataliza y mueve hacia la creación. Muchas novelas, ensayos, cuentos y poemarios en plena ejecución desde Europa, Norteamérica o Suramérica van a dar testimonio, lo están dando ya, del otro país. Uno más consciente de sus errores y menos bolivariano.

Es un país disperso, sufriente, desasosegado. Hay un montón de sus ciudadanos que en diversas partes del mundo hacen periodismo, prospección política, investigación histórica y literatura por y para Venezuela.

El disparador es esa energía vital que necesita una espita de desahogo. Puede que la llama alcance solo a Facebook, puede que pase a Amazon o se asome en alguna otra plataforma digital. Puede que sea tomada en cuenta por alguna editorial o quede, apenas, engavetada junto a la esperanza.

La nostalgia es buena porque es esa energía. Los materiales que pueden producirse a partir de ella construyen un testimonio de la nación de estos últimos veinte años. La memoria colectiva tendrá matices, aristas y modos de tanteo. Al conjunto de esos materiales se le puede llamar, de una manera arbitraria, «literatura de la diáspora». Es la que nace de quienes, habiendo asimilado la tragedia, analizan, reflexionan o simplemente vierten lo que llevan por dentro. Es una manera inteligente de enfrentar la tragedia, ese No-País al que se refiere el amigo Golcar Rojas. Escribir es, sobre todo en este caso, administrar el debe y el haber, repasar las facturas acumuladas, construir una posibilidad colectiva sin que nos lo propongamos (hay cosas que deben ir saliendo sin plan preconcebido que condicione sus resultados).

Los venezolanos están escribiendo desde la periferia, desde el subsuelo, desde la duermevela. Ojo: construir una posibilidad colectiva también pasa por el ejercicio de ordenar la memoria. Escritores como Elías Pino Iturrieta, Inés Quintero, Federico Vegas (sobre todo con Falke y Sumario) y Francisco Suniaga (en especial por El pasajero de Truman) saben de esto, miran por el espejo retrovisor pero, al hacerlo, iluminan la carretera.

La pulsión de la nostalgia adopta formas variadas. Puedo nombrar este caso: la poeta venezolana Ángela Molina, con un entusiasmo capaz de escalar el Everest en esta temporada de incertidumbres, planifica un homenaje para septiembre, en la isla de Gran Canaria, a su referencia del alma Armando Rojas Guardia. Será un acto real, o sea, en vivo y directo, probablemente en un parque al aire libre. Con Ángela he estado en Canarias tomándonos unos vinos. Yo le hablaba de cualquier tema y ella me hablaba de Caracas. Llegados a cierto punto, al menos en una ocasión, ella sacó su móvil y puso a todo volumen a Simón Díaz cantando lo de la vaca mariposa que tuvo un terné. Estábamos en la cafetería del Casino de Gran Canaria. Ella no lloró ni yo tampoco, pero perfectamente hubiera podido suceder. Seguro que ese homenaje a Rojas Guardia será un éxito.

Dicho sea de paso, esta catarata de encuentros por Zoom es un fastidio. Los intercambios de ideas sufren.

No hay nada como ir a un foro de verdad, a una charla o mesa redonda o conferencia en un sitio tangible, asistiendo al antes y al después, a los entretelones que puedan otearse y a las reacciones espontáneas sin la mediación de las redes. Con Zoom no hay matices. Visualmente siempre es una toma impertérrita del participante o entrevistado bajo una luz clínica, sujeto a un enfoque amateur, anodino, gélido. Ves una cara que le habla (generalmente de forma entrecortada) a una pantalla. Esa maquinización debería estudiarse como barrera, ¿no produce un distanciamiento psicológico perverso?

En cualquier caso, tiene mérito lo que está haciendo la Fundación para la Cultura Urbana convocando a unos encuentros virtuales entre creadores sobre narrativas urbanas. Así celebra la fundación los veinte años de premios, ediciones y actividades.

Un dato adicional: la «literatura de la diáspora» comienza a recoger frutos espontáneos por parte de los extraños, los que se asoman a ella desde afuera. El poemario de Carmelo Chillida, «Rojo como la cabeza de un fósforo», es la palabra común hecha herramienta para oponerse ante la barbarie chavista, he allí su mérito y su encanto. He aquí un trozo: «Definitivamente no me gusta el color verde oliva / y menos cuando quiere extenderse sobre todo un país. / Míralos, ahí van. Míralos cómo marchan acompasados / como robots con la cabeza hueca (…)».

Habrá confinamiento, pero la nostalgia con su correspondiente pulsión por decir o narrar algo y que ese algo signifique una parte del todo, una entrega cargada de sentido, es un buen augurio.

Por ahí están la filóloga Laura Cracco a punto de ser editada por Bartleby. Ahí está la talentosa periodista Mirtha Rivero finiquitando su investigación política para su próximo libro, que será tan o más exitoso que La rebelión de los náufragos. También el economista Humberto García Larralde está a punto de ser editado. Hay otros, en España, trabajando cada quien en lo suyo. Seguramente en distintos asentamientos de la migración venezolana en el exterior habrá mucho que contar.

 

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La muerte ronda, por Sebastián de la Nuez

@sdelanuez

El virus que afecta a millones de personas en todo el mundo ha significado depresión, aislamiento, soledad, angustia, martirio, crisis económica, mortandad. En Venezuela, por la tragedia que ya venía padeciendo, la covid-19 alcanza las dimensiones del espanto. Un país castigado por la hambruna, la corrupción del narcoestado y la caída de todos los servicios públicos, ahora lidia con la peste del siglo XXI. Mejor dicho, la segunda peste del siglo XXI. La primera, ya saben cuál fue.

Este mismo portal informa de que Nicolás Maduro bloquea los recursos para que el equipo de Juan Guaidó no pueda recibir, administrar y repartir el bono «Héroes de la salud» (hasta esta hora no se sabe, al menos fuera de Venezuela, si esto ha sido solventado por la gestión de Juan Guaidó o no); la estigmatización feroz de quienes regresan por la frontera del Táchira continúa; la gente se está muriendo frente a los hospitales o centros de salud porque allí no los atienden, no hay con qué, vuelva otro día.

En el mundo la covid-19 es una tragedia; en Venezuela es una tragedia superpuesta a otra que ya estaba.

Murió Pedro Suárez Laguna, de 53 años, por causa del virus. El problema es que murió dentro de su carro frente a un hospital de Punto Fijo donde no quisieron atenderlo. Había estado buscando atención en varios sitios, incluyendo los CDI. Pero esto nunca saldrá por la boquita de Jorge Rodríguez; él dirá que bajan los casos nuevos  y se quedará tan fresco, como si estuviera diciendo la más irrefutable de las verdades.

El cirujano pediatra Freddy Pachano anuncia que el médico Jesús Clavero, intensivista de Maracaibo, contrajo covid-19 y estuvo hospitalizado hasta que falleció. Y con él, contabilizó Pachano, al menos son 28 los profesionales de la salud fallecidos solo en Zulia. Venezuela tiene la tasa más alta, en términos relativos, de muertes de profesionales de la salud durante esta pandemia.

El alcalde de Chacao, Eduardo Duque, acaba de anunciar a la comunidad del municipio el fallecimiento de un vecino de Los Palos Grandes de 44 años de edad. Murió en su residencia, luego de recorrer infructuosamente en ambulancia varios hospitales. Intentaba ingresar en cualquier centro asistencial y no pudo. Duque pide a los vecinos, encarecidamente, extremar las medidas «de bioseguridad» y pide, sobre todo, entender lo grave de esta situación.

Porque parece que el país no ha entendido. Que la gente, en Caracas y en el interior, no ve con nitidez la amenaza de la covid-19. No ve el peligro. Es como si estuvieran bajo las bombas del enemigo que invade un país inerme y siguieran allí, sin moverse, sin correr al refugio.

El gobierno de Nicolás Maduro no va a cuidar del pueblo, no sabe hacerlo ni está en su naturaleza. Actuará, antes bien, a favor del empeoramiento.

Ya se ha visto, ha bloqueado a través de Sudeban el flujo de recursos para el plan de Guaidó y su equipo, el del programa «Héroes de la Salud». No hay escrúpulos ni piedad ni mucho menos empatía con nadie.

La cúpula chavista no ha salido airosa del trance, le ha tocado lo suyo. Ahí está la muerte de Darío Vivas. Los otros capitostes del entorno madurista que han sufrido síntomas más o menos severos también son un indicador de la situación. Pero incluso esa circunstancia individualizada de sujetos con todos los recursos a su disposición para solventarla, de algún modo, es utilizada para la manipulación o para ocultar algo. Siempre hay una piedrita que esconden en la mano, aun en sus lechos de enfermo.

Lo que diga oficialmente Miraflores en cifras no podrá ser creíble. Lo creíble será escuchar a los doctores Julio Castro y Jesús Oletta. Creíble será el vecino que te echa el cuento del familiar que no pudo más y sucumbió. En Venezuela, hoy, la fuente de fake-news es el poder. Aunque las redes sociales arrastren mucha basura, allí habrá más verdad que en Miraflores.

***

Hoy (ayer, en estos días) se ha cometido otro crimen de Estado, dice el periodista Luis Carlos Díaz en su cuenta de Twitter, al cerrarse la frontera del Táchira con el norte de Santander para impedir el acceso de migrantes que pugnan por regresar. Tiene razón LCD.

«El derrumbe es sistémico», me dice otro amigo periodista, Gregorio Salazar, vía wasap. Se refiere al sistema de salud, un campo yermo donde los fallos de electricidad y la falta de agua, comunes en cualquier ámbito venezolano, se convierten aquí en factores letales.

Hasta lo último que hemos visto, van 317 fallecidos… ¿Serán el doble, el triple? ¿Qué le importa eso a Nicolás Maduro? Podrá ponerse a bailar una tarde de estas, como lo hizo luego de varios asesinatos de muchachos que protestaban en las calles en 2014 y 2017.

Quizás esté celebrando el anuncio de una vacuna made in Cuba. En las redes dijeron que podía ser una combinación de malojillo con esencia de Abrecamino, solución intravenosa desarrollada desde la tradición de las siete potencias africanas en unión de la flamante ciencia revolucionaria.

La encuesta Crisis Venezuela 2020 (Asamblea Nacional) que acaba de ser dada a conocer tiene un indicador sobre capacidad de resistir según ingresos / ahorros de los venezolanos, y da como resultado que 87,4 % de los encuestados no tiene ningún tipo de ahorro o ingreso; 10,3 por ciento tiene para cubrir entre una semana y un mes y solo 2,3 % tiene para cubrir más de un mes. Por eso es que resulta muy cuesta arriba exigir a la mayoría de los venezolanos un confinamiento total; cada quien tiene que salir a buscarse su pan de cada día.

Esa misma encuesta determina que, a excepción del abastecimiento de alimentos y el suministro de gas doméstico, todos los servicios públicos reportan más de 90 % de irregularidad. Los niveles de falla de los insumos médicos básicos en los hospitales del país se mantienen elevados. Todos reportaron más de 70 % de escasez.

¿Qué dirá Maduro, que eso es culpa de las medidas de bloqueo impuestas por el imperialismo? Como dijo la revista peruana Caretas cierta vez en su portada, sobre Chávez: «¡Payaso!».

Así lo definió, al padre de todo esto.

«Venezuela enfrenta el coronavirus con la fuerza de sus agentes de seguridad», dice el New York Times en un titular. No, no es cierto. Es cierto solo en el sentido de que el gobierno de Venezuela enfrenta al país, completo, como su enemigo, y utiliza a sus agentes de represión, no de seguridad, también en este caso.

Es una respuesta refleja. Pero la verdad es que el coronavirus no es enfrentado por Maduro. En todo caso, es utilizado como otra herramienta de control social más. Para vigilar, reprimir, encarcelar y, si es el caso, matar. Como noticia distractora mientras la cúpula se reinventa para quedarse un ratico más en el poder, aunque sus propios miembros vayan cayendo, también, como moscas. Como dice el amigo Salazar, no están graves, pero sí encunetados.

 

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Un premio se prostituye, por Sebastián de la Nuez
Ahora hay una gran polémica por el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2020, que el régimen de Nicolás Maduro desea perpetuar poniendo como cebo una jugosa fortuna en dólares. ¿Los inventores de la neolengua para el escarnecimiento, los desarrolladores del eufemismo para ocultar sus crímenes, dan el premio que se han ganado antes Vargas Llosa y García Márquez, en tiempos de democracia? Oh, qué maravilla.

 

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Una vez asistí a una ceremonia de premiación del «Rómulo Gallegos» en la casa que lo honra en Altamira. Había, en el hall del primer piso, un bello mosaico, una serie de figuras en la estética de los petroglifos de Guri, obra del querido Víctor Hugo Irazábal. Uno pasaba jornadas fabulosas en ese edificio, con cualquier excusa: una exposición, una obra de teatro, la presentación de un libro, una película de Buñuel o una conferencia del peruano Bryce Echenique, borracho y lúcido como él solo podía estarlo. En el auditorio de aquel primer piso se bautizó el partido Factor Democrático, fracasado proyecto de 1997. Apoyaban a Irene Sáez y solo Dios podía saberlo en ese momento, porque ni sus mismos promotores, intelectuales venidos de otro fracaso, estaban en capacidad de suponer cuánta razón llevaban, cuán vital era que aquella Barbie sifrina le ganara la partida al golpista de Sabaneta. Pero Factor Democrático, caramba, como parte del país, llevaba marcado el suicidio colectivo en su frente.

Supongo que todavía existe ese sitio en Altamira, que aún está en pie la sede del Celarg. Sobrevivirá llena de ratas. Alguien se habrá robado el cuadro de Víctor Hugo para venderlo por trozos o cambiarlo por un cartón de huevos.

Lo que le haya sucedido al edificio de Altamira, igual ha debido sucederle al premio que lleva el nombre de Gallegos. El símil perfecto.

Todo lo que toca el chavismo se llena de ratas y de cucarachas, quizás es que no conocen el uso del DDT. Si lo que tocan los chavistas huele a civilización, a cultura, a escritura, peor todavía. La cultura va con el enaltecimiento humano, remite a la reflexión, sube una empinada cuesta o baja a las oquedades buscando el alma o los dioses imaginados.

La intensidad del arte, que es policromía y enloquecida pluralidad, asusta y pone en fuga a la especie chavista.

El chavismo, mixtura de arrogancia brutal, kitsch del más burdo, decrepitud cerebral e histérico dogmatismo, es también una cultura… una cultura al revés, necrosada, panza arriba. Los artistas que se pliegan al chavismo, si abrazaron alguna forma de arte alguna vez, se quedan paralíticos, les da una apoplejía: ahí tienen al poeta Luis Alberto Crespo, al novelista Luis Britto García, al cuentista Earle Herrera. Despojos de sí mismos. Deberían ser los jueces del Premio, es lo que les toca.

El chavismo sabe crear destrucción, en eso sí hay destreza (al menos). Si sigue por el camino que va, el madurismo llegará a parecerse a una obra de arte, o al menos a una escena de una gran obra de arte, lo cual no deja de comportar cierto mérito: la escena de los mazazos entre orangutanes que describe Stanley Kubrick en la película 2001, una odisea del espacio.

¿Qué premio que enaltezca el lenguaje pueden dar los maduristas, o sus jueces, inevitablemente amaestrados?

Quizás puedan darlo, pero entonces deberán cambiarle el nombre. Pónganle «Hugo Chávez Frías». Al fin y al cabo, no se puede negar que el golpista era tremendo fabulador, un echador de historias nato.

***

Supe que el chavismo se había adueñado con todas las de la ley de la casa de don Rómulo Gallegos el día en que estaba viendo una película y me cayó lluvia encima. No les importaba que el techo goteara. Lo confirmé cuando el aire acondicionado dejó de funcionar. Eso sí, te lo advertían con un papel colgado en la taquilla, incluyendo errores de acentuación y puntuación.

El símil entre edificio y galardón literario es, de nuevo, perfecto.

El diario Granma, que al parecer todavía sigue saliendo en papel, perpetra una nota firmada por el cagatintas Pedro de la Hoz. Conclusión de la nota: hay una maniobra «orquestada desde medios de comunicación de orientación pronorteamericana» que se cierne, aviesa, malévola, contra el «Rómulo Gallegos» 2020.

El régimen del insigne literato Nicolás Maduro insiste en otorgarlo para gloria de las letras en idioma español, pero el imperialismo, ¡ay, ese imperialismo de las sanciones y sus secuaces…!

Dice el señor De la Hoz que un grupo de escritores, algunos con fama y otros simplemente ávidos de protagonismo, han puesto el grito en el cielo y tratan de desacreditar la convocatoria porque, malditos ellos, les duele que hayan respondido doscientos autores de 17 países de Iberoamérica. Los que están en contra de la premiación, alega, son enemigos de la democracia y se han dedicado a «demonizar éticamente el certamen», enviando misivas a novelistas concursantes y a las casas editoriales para que retiren las obras.

No solo misivas, señor De la Hoz. Incluso artículos en portales de información y opinión como este también son utilizados, fíjese usted, para dirigirse a quienes aún no se han retirado. Esos articulistas les piden encarecidamente a los autores, sobre todo a ellos, que echen marcha atrás. Que todavía están a tiempo. Que lo piensen. Que busquen la película Mephisto. No podrán decir después que nadie les advirtió. Los artistas que han cohonestado regímenes criminales luego han pagado su falta de responsabilidad o de ética. Su  nombre y el de sus hijos han quedado manchados por la vergüenza. Retírense. Están a tiempo. No les sigan el juego a las editoriales. El reino de las editoriales es sucio y tiene como héroes a dos bellacos: la autoayuda y Paulo Coelho, imagínense ustedes.

Por cierto, señor De la Hoz, ¿sabe que el mismo Fidel Castro, el mismísimo Caballo de sus sueños húmedos, decía que Granma es una porquería que nadie en su sano juicio puede leer? Lo dejo, voy a seguir leyendo a Eduardo Sánchez Rugeles, que me tiene atrapado con El síndrome de Lisboa. Supongo que a él no lo han nominado al Rómulo Gallegos de este año. Escribe de maravilla y tiene más futuro que usted, que no puede imaginar una muletilla porque se le echa encima con avidez. Debería colaborar con las letras de Ricardo Arjona.

 

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Rufián y el odio, por Sebastián de la Nuez

@sdelanuez 

Para quien no haya visto nunca a Gabriel Rufián en persona: igualito al chico en la caja del Excélsior Gama, el que te mete los productos en las bolsas y luego en el carrito a cambio de una propina. Solo que en España ese oficio no existe (cada quien se las arregla con su compra como bien puede), así que, en vez de ser el chico de la caja, Gabriel es el vocero en el Congreso de los Diputados por Esquerra Republicana de Catalunya, principal fuerza independentista catalana. Su modo de hacer política es una clave. No sabría decir qué categoría de clave.

Hay una ventaja que tienen los políticos venezolanos (o los que se dedican a la política en Venezuela, aun cuando no se les pueda llamar políticos) sobre los de la misma profesión en España: nunca sabrán odiar como saben odiar los españoles. O sea, con las vísceras y hasta el infinito. Esto da como para un tratado comparativo, y este no es el espacio adecuado para ello. Bastará, por ahora, con lo siguiente: los políticos chavistas o maduristas actúan con el odio aprendido de los cubanos que vinieron a enseñarles eso y las herramientas para canalizarlo y explotarlo; eran, originalmente, acaso resentidos huérfanos de una izquierda trasnochada. Pero el resentimiento no es odio, le falta un buen trecho.

Este Gabriel Rufián, promesa de las nuevas generaciones catalanas, es ya, con su cara de chico de los mandados, un aquilatado exponente del odio catalán contra lo español.

Me hizo recordar la primera vez que llegué al terminal de trenes de Barcelona: decía «salida» primero en catalán, luego en inglés y, por último, en español. Ayer grabé completo a Rufián en su refinada alocución en el Congreso de los Diputados, contestándole al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un pleno sobre el rescate financiero del que ha sido objeto España por parte de la Comunidad Europea. Pues eso es, por mucho que lo maquillen, el conjunto de ayudas directas, una parte de ellas a fondo perdido: parte de un Plan Marshall de nuevo cuño. La CE se paga y se da el vuelto, que para eso fue creada, desde luego, y está muy bien que así sea.

Lo curioso es el pedagógico uso de la palabra en el discurso de Rufián, esa estructura retórica con fuerza persuasiva y sentido de la ilación (sin hache) jalonada de preguntas más o menos retóricas para conducir al abismo inminente: hay unos países malucos y derechistas en la UE que han condicionado el préstamo a España. Son el vecino del primero A, ese que siempre pospone la instalación del ascensor que beneficiará a todos en el edificio. Al cribar el discurso de Rufián, al darle machete al gamelote, quedan la teoría conspirativa, la derecha maquiavélica liderada por Alemania-Francia-Holanda y un plan recesivo en el horizonte. Telón. Con eso en Europa, el PSOE no puede pactar nada con los locales de Ciudadanos. ¿Para qué, para abrir bares y cerrar ambulatorios? 

Rufián tiene músculo cerebral, hace fitness para mantener su odio en buena forma. Es su trabajo.

No es un personaje que odie ciegamente, ni siquiera por ser un mala entraña, no. En verdad no parece ser un tipo mala entraña. Solo que odiar es su oficio, el puesto social que tiene se lo debe al odio. La promesa básica de su producto es hacerle una tronera a España de 32.108 kilómetros cuadrados, la extensión de una comunidad que desde hace tiempo ya es autónoma. Lo más divertido que he visto hasta ahora en la televisión española ha sido el encontronazo entre José María Aznar y Gabriel Rufián en una interpelación en el Congreso para que el expresidente respondiera por la espantosa corrupción que hubo durante su mandato. Era como ver a Godzilla contra Alien frente a frente, sin tocarse, rugiendo, mostrándose colmillos y pezuñas.

Pero el partido Ciudadanos no es Aznar, personaje despreciable. El partido Ciudadanos, con todo y sus equivocaciones, trabaja por la unidad de España y su diputado Edmundo Bal pide dos cosas muy simples: moderación y sensatez. Sencillo, ¿no? ¿Podrá Rufián aprender que no todo lo que viene de la derecha es repugnante y digno de su odio? Seguramente ya lo ha aprendido, pero lo disimula con esmero.

Un detalle adicional sobre el pleno de ayer en la capital del Reino, pues se repite un esquema: ¿por qué el PSOE, siendo un partido tan feminista, utiliza a la señora Adriana Lastra como un perro de presa, una fiera rabiosa con rango de «señoría» para que se le tire a la yugular a Pablo Casado, el del Partido Popular, el principal de oposición? En eso, el PSOE también se parece al chavismo: ponen a las mujeres en los roles más sucios, sin miramientos. Y algunas parecen encantadas de ejercer ese papelón, tristemente.

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Estar afuera, por Sebastián de la Nuez

Bill Viola, Walking on the edge, 2012 @ Bill Viola Studio

@sdelanuez 

Las calles de Alcalá y Gran Vía aparecen en estos días de julio como en jornada de absoluto asueto o puente vacacional, sin actividad cultural ni social ni comercial ni nada. Pero es un día laboral y, al caminar seis o siete cuadras, podrías encontrarte apenas con una pareja de alemanes con su pequeña hija que han llegado de turistas. Eso es todo. Y el turismo, ya se sabe, es para España lo que el petróleo para Venezuela.

El rey emérito se hunde, esta vez ha tropezado de verdad y no está en capacidad de mandar a callar a nadie. La crispación en el Congreso de los Diputados crece con insultos, acusaciones mutuas, un ambiente enrarecido: por mucho que aparezca en TV una ilusión de unidad (aunque sin VOX, parte fundamental de la España de hoy) en una ceremonia en memoria por los caídos debido a la COVID-19, no hay perspectiva alguna de armonía entre izquierdas y derechas. No habrá cuartel. Esta España debe de parecerse a la que dio origen a la Segunda República, y a lo demás.

Tampoco se le va a dar a España, desde la Comunidad Europea, el apoyo financiero requerido para reactivar su economía, que este año caerá en más de 14 puntos porcentuales, si hay rebrote del coronavirus… pero hay tantos brotes aislados de la pandemia, en diferentes puntos, que ya se puede hablar propiamente de rebrote, y falta mucho para otoño, donde se darán las peores condiciones.

La OCDE u Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico ha anunciado, mediante voceros, que esto, el rebrote,  supondría la mayor caída este año para España entre los casi 50 países que analiza el organismo que, además, ha advertido sobre los niveles «extremadamente altos» de la deuda española.

Sucede que en España, bajo el lema de no dejar a nadie atrás, el actual gobierno ha puesto en funcionamiento las ERTE, una figura mediante la cual miles de empleados de la empresa privada siguen cobrando, gracias al Estado, aun sin trabajar, ya que muchas empresas se hallan en un limbo existencial por no haber actividad económica. A finales de 2021, España todavía tendrá un PIB 8,4 % inferior a su nivel precrisis.

Esta es la idea entonces: ¿cuál país está peor actualmente, España o Venezuela? La duda cabe pero al final resulta imposible que ninguna tragedia supere a la de Venezuela.

Uno, que se siente exiliado, revisa lo que ha pasado a ver si encuentra alguna respuesta. En los libros de Historia y en los diarios viejos siempre hay respuestas, pero en su tiempo no fueron leídas como advertencias sino como hechos noticiosos, es decir, inevitables, consumados, irreversibles. Vistos por el espejo retrovisor, uno lamenta que no se les haya enfrentado con rigor, con unidad, con decisión y método por un liderazgo consciente de su compromiso. Uno lamenta muchas cosas al leer las imbecilidades que decía Chávez, o las tropelías que cometía, y que se haya perpetuado su huella por mano y gestos de un individuo capaz de estigmatizar al contingente de venezolanos que pugna, en estos momentos, por retornar a su país. Los convierte en chivos expiatorios, los tilda de «bioterroristas» o cosa semejante.

Gente que se las ha visto peores en el exterior y ahora lo que quiere es regresar a su país. Hay unos cuarenta venezolanos regados por el aeropuerto de Barajas, de Madrid. No son bioterroristas, solo se han quedado varados por culpa del virus: es responsabilidad del gobierno venezolano buscarles una solución, no condenarlos al odio o denigrar de ellos.

España, con todos sus problemas, es un país respaldado por la comunidad de naciones europeas. Los problemas que afronta son los del presente, aunque es asediada por fantasmas del pasado.

No es el mismo caso de Venezuela, donde se suman las equivocaciones del pasado a los errores del presente en una sola orgía del disparate.

Solo basta recordar. El autoproclamado «candidato de la patria» para la gestión 2013-2019 propuso el Plan Patria al momento de postularse. La palabra patria la escupía a cada momento, el golpista. Sería su segunda reelección, quería el punto de no-retorno para su modelo de socialismo. Eso era lo que buscaba, teóricamente. Lo que en verdad se estaba edificando era un Estado paralelo, un país en que todos los intersticios sociales estuvieran supervisados o intervenidos por la burocracia estatal; una plataforma normativa, organizacional y de actores al servicio de la cooptación y diseñada para la dominación. A eso se redujo en la realidad el Plan Patria, nada más y nada menos que una profunda red de vigilancia y chantaje al barrio, a la esquina, al rancho, al pueblo. Hasta el día de hoy. Un entramado partido-gobierno-comuna (o lo que sea que ello signifique en la práctica: un aparato cívico-militar, un colectivo armado, un centro de reparto de drogas) amarrando voluntades, una densidad de intereses cruzados. Al final de todo, una elección cualquiera habría de ser absolutamente cosmética, finta de toreo, pantomima del CNE.

El entramado sigue vigente aun cuando la cúpula no tenga el músculo financiero de antes. Con todo y eso, habrá que ir a las elecciones que salgan, aun cuando, como ha dicho Andrés Caleca, el organismo que organiza las elecciones sea tan solo un descampado sin herramientas para hacer nada en el periodo previsto para las legislativas. En todo caso, que cada votante se convierta en testigo. Debe documentarse la pantomima. Grabarse, anotarse con nombres y fechas. Esta gente algún día será enjuiciada. Habrá un Núremberg para el chavismo y sus secuaces.

Estar afuera, en una gran ciudad europea demudada por la pandemia, ayer risueña y pletórica, conlleva un doble sentimiento para el venezolano extrañado de su país secuestrado: angustia y esperanza al mismo tiempo. La esperanza está, esta vez, reducida a una planta de Fundación Telefónica, en Gran Vía con Fuencarral. Es la propuesta impactante de un  genio de las nuevas tecnologías, Bill Viola, uno de los grandes pioneros del videoarte cuya muestra, en espacios oscuros, conmueve, revela y coloca un espejo frente al visitante. En ese espejo, cristalino, lúcido y nítido, encuentra el exiliado aturdido a sus semejantes. Se puede estar exiliado de muchas maneras, por cierto. Por ejemplo, había un grupo de adolescentes hace dos días mirando esos espejos. Ellos también son exiliados. De su rutina escolar (por suerte para ellos, probablemente).

Algunas de las obras de Viola son como cuadros del Renacimiento en movimiento, cobran vida lentamente mientras el espectador queda subyugado por sus actores o modelos. Cada uno cobra vida. Cada uno contribuye con expresiones y lentos movimientos a hacerle saber al visitante la posibilidad de estar en el mundo o volver a él sin prisas, sin móvil, sin televisión: a otra velocidad.

Viola sintoniza con mucha gente hambrienta de ralentizar sus vidas, aquella a la que aludía Mafalda cuando decía «paren el mundo que me quiero bajar».

Ya basta de tanto apuro, parecen querer decirle al público los retratos animados de Viola. Cálmense, esperen un rato, piensen en lo que pueda estar pasando por la cabeza de su semejante, del varado en Barajas o en Miami, del que se quedó o está por convertirse en prófugo, en perseguido, en víctima. Observen sus manos. Las manos de la gente son muy importantes.

El mundo debe empaparse cotidianamente más de la materia con que están hechas las metáforas de Viola en vídeo. Empaparse de lentitud para ver si deja correr el agua fresca. ¿De qué han servido las velocidades de los megabytes y todo lo demás si el mundo no puede parar a un microbio?

El mundo tiene que ser más arte y menos política. Más espiritualidad y humanismo, menos mediocridad y redes sociales. Más universalidad, menos ombliguismo. Más mundo, menos populismo. Más lentitud, menos equivocaciones al votar. Más parsimonia, o sea, más empatía.

(Para saber más de esta exposición de Viola: Exposicion / Bill Viola. Espejo de lo invisible).

 

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Gobierno criminal, por Sebastián de la Nuez

@sdelanuez 

No hay estudio más completo y confiable en Venezuela sobre los indicadores de pauperización del país que Encovi, la encuesta que lidera la Universidad Católica Andrés Bello a través de uno de sus institutos. Acaba de dar a conocer su último estudio, que podría resumirse en cinco palabras: Venezuela padece un gobierno criminal.

Ya lo han publicado los principales portales, entre ellos, por supuesto, Runrun.es, donde se hizo un excelente resumen de Encovi 2019-2020.

Pero estos datos y lo que significan hay que remacharlos hasta el hartazgo: deben conocerse y reconocerse en el Parlamento Europeo y en cada organismo internacional que tenga relación con Derechos Humanos. Las entidades regionales y hemisféricas deben estudiarlo y discutirlo.

¿No hay responsabilidades compartidas ante el destino trágico de este país?

La Encovi revela, con datos fehacientes, que los pobres nunca han dependido más del Estado que ahora; por lo tanto, el gobierno espurio los tiene acogotados y, mediante ese acogotamiento, chantajeados (con ese chantaje en el bolsillo, el chavismo-madurismo se dirige hacia su próxima pantomima electoral).

Las clases sociales mayormente desposeídas dependen cada vez más de la dádiva gubernamental: los pagos hechos por programas del Estado representan 25,3 % del ingreso familiar total. Según la Encovi, a partir de 2018 se duplicó el peso de ese tipo de aportes respecto del total del ingreso de las familias.

Venezuela no hace más que retroceder, se empobrece a niveles de Haití y de algunos países africanos: 96 % de los hogares encuestados presenta pobreza de ingreso, 54 % califica en el renglón de pobreza reciente y 41 % en pobreza crónica.

La pobreza multidimensional (relacionada con indicadores como educación, estándar de vida, empleo, servicios públicos y vivienda) afecta a 64,8 % de los hogares y creció 13,8 % entre 2018 y 2019. Entre otros datos alarmantes, 166.000 niños menores de cinco años califican como desnutridos. Esos niños están condenados desde ya.

Claro que el estudio tiene sus limitaciones, pero da una idea cabal de lo que sucede. Fue hecho entre noviembre de 2019 y marzo de 2020, con una cobertura ampliada de la muestra a 16.920 hogares a  nivel nacional. No obstante, la consulta sobre trece temas solo pudo completarse en 9932 casos, porque el trabajo de campo debió suspenderse a mediados de marzo a causa de la cuarentena.

Pero allí queda la realidad indiscutible: Venezuela es el país más pobre y el segundo más desigual de América Latina (coeficiente Gini 51,0) detrás de Brasil; y cuando se juntan las variables inestabilidad política, PIB y pobreza extrema, aparece en el segundo lugar de una lista de doce países –que encabeza Nigeria y termina con Irán– seguida de Chad, Congo y Zimbabue.

La Encovi también ha determinado que envejece la población, se reduce el número de habitantes y cae la esperanza de vida. En materia demográfica, los hallazgos principales incluyen el aumento del envejecimiento de la población (pasó de 10 % a 12 % el porcentaje de habitantes mayores de 60 años) y la feminización de la jefatura de los hogares (72,7 %), además de la reducción de casi 4 millones del número total de habitantes del país –un millón de personas menos por año entre 2017 y 2019–, producto de la migración, la disminución de la natalidad y el aumento de la mortalidad en todas las edades.

En el caso de la mortalidad infantil, el INE estimó una tasa para esta fecha de 12 por cada mil habitantes. Sin embargo, la Encovi registró una cifra de 26 por mil, diferencia de 14 puntos que ubica el registro en niveles similares a los de 1985-1990. 

«Los nacidos entre 2015 y 2020 vivirán 3,7 años menos a lo previsto en las proyecciones oficiales», dice el informe.

De modo que el INE miente, porque sus trabajos están desenfocados o porque tienen órdenes expresas de ocultar la tragedia nacional.

En fin, hay sitios web donde se ha consignado el informe muy exhaustivamente. Quiero destacar aquí tres nombres, los que arrean en primer lugar con este estudio, de perseverancia encomiable: el rector de la UCAB, Francisco J. Virtuoso, y los excelentes profesionales Anitza Freitez y Pedro Luis España. Los sigue un equipo digno de reconocimiento, incluyendo a los encuestadores.

Este es un estudio que antes hacía el Estado venezolano, cuando era Estado y no una manga de delincuentes. Lo ha asumido una universidad privada porque allí siguen vigentes unos valores que no son ni adorno ni mera consigna en actos de graduación. Entre ellos se habla de espiritualidad y de fomentar el discernimiento para optar por el bien más universal, el servicio al otro con una actitud positiva, dinámica y abierta.

¿Suena a misa? No. Suena a lo que Venezuela necesita en cada hogar, en cada escuela, en cada barrio. Lo otro, es decir, la alternativa, es un millón de muertos antes de que el madurismo caiga, si es que cae.

Virtuoso, el rector, habla de un plan lógico, factible, abierto, democrático, para hacerle frente a la tragedia. Pero lo que no dice, porque no está en él decirlo en esta ocasión al menos, es que a él mismo, a esa universidad y a otras privadas y públicas, los mueve esa determinación del espíritu que siembra esperanza y que algún día habrá de extenderse por cada rincón.

Muchos venezolanos sabrán, entenderán, asimilarán luego de tanto sufrimiento y desengaño ante la basura militarista, ante la utopía castrista, ante el populismo corrupto, que la razón fundamental de ser y de estar en el mundo es servir al otro, que es tu hermano. ¿Suena a prédica vacía? Bueno, en algún momento se llenará de sentido. Del sentido que le dé cada venezolano escarmentado.

Al presentar el estudio de este año, Virtuoso hizo un llamado concreto a la sociedad venezolana: «Hay que convertir este drama en exigencia de cambio con propuestas serias y realistas; no podemos conformarnos con sobrevivir, con ver partir a nuestros jóvenes».

La Encovi es otro llamado de alerta, el más grave que se haya producido hasta ahora. Y si este gobierno ilegítimo sigue el año próximo, la encuesta Encovi del año próximo será la más grave que se haya producido hasta entonces.

 

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