Marlene García tiene 71 años y las manos acostumbradas al trabajo duro, pero hoy su faena no es en el campo. Antes de que amanezca en el sector La Cidra de Naguanagua, en el estado Carabobo, Marlene ya está en la cocina. Hierve agua, prepara la comida del día y congela jugos en envases de plástico. Sabe que el viaje es largo, pero, sobre todo, sabe que en el Centro de Resguardo Femenino de El Valle, en Caracas, esos envases fríos son el único alivio que puede entregarle a su sobrina, Adriana María Ramos Gutiérrez.
Adriana tiene 38 años y es TSU en Educación, pero desde noviembre de 2022 su nombre quedó atrapado en un expediente del Tribunal Especial Primero Nacional con Competencia en Terrorismo. Para su tía, quien la crió como a una hija desde que nació, Adriana es “la niña” -como le llama su familia- que creció entre Valencia y San Felipe Para el Estado, es un alias plasmado en una nota de prensa en la que la vincularon a una organización criminal.
Su caso se dio a conocer en enero de 2026 cuando varias mujeres de su familia participaron en una vigilia realizada en la sede de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) de Boleíta, conocida como “Zona 7”. Estas vigilias se han realizado tras los anuncios de excarcelaciones que hizo el gobierno en la segunda semana de enero.
Del trabajo de la tierra a expedientes de terrorismo
“Nosotros somos dedicados a la tierra, cultivamos caña de azúcar”, relata Marlene con nostalgia. La historia de la familia de Adriana se escribe en los surcos de Yaracuy, una zona donde el trabajo en la tierra marcaba el ritmo de los días. “Ese era el medio de vida de nosotros. Algunos quitaron la caña porque los centrales se echaron a perder, pero mis sobrinos, mi hermano, ellos sí están cultivando otra vez. Nosotros sabemos hacer es eso, cultivar la tierra. Somos campesinos, agricultores”.
La señora Marlene también trabajó muchos años en casas de familia en San Felipe y como personal de mantenimiento en bancos.
Esa vida ligada al esfuerzo honesto se rompió la noche en que una llamada avisó que la policía buscaba a Adriana. Fue el inicio de un calvario que ya suma más de tres años. Los cargos que le imputaron tras su detención por el el Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (Conas) en Carabobo fueron “terrorismo, tráfico de armas y municiones, obstrucción al comercio y asociación para delinquir”. Sin embargo, en el mundo de Marlene, esos términos no existen.
“Esa muchacha nunca se ha visto vinculada a un cuerpo de seguridad ni ha tenido problemas con las autoridades. Desde muy chica su mamá se la llevó a Valencia. Vivió toda su niñez en Valencia. Luego que terminó el bachillerato se fue a Yaracuy. Los niños de ella, la primaria la hicieron en San Felipe y después se fueron a Valencia”, explica, trazando el mapa de vida familiar de Adriana. En su mundo solo hay una sobrina que trabajó en un liceo en la comunidad de Farreal, que se especializó como manicurista y que, ante la crisis económica, pasó cuatro años en Perú trabajando sin descanso
Susan y Abraham: El vacío en el centro de la familia
El impacto de la detención de Adriana se mide en su ausencia cotidiana en la vida de sus hijos, Susan y Abraham. Susan, de 15 años, está en cuarto año de bachillerato y vive en la urbanización Parque Valencia con una sobrina de la señora Marlene. Abraham, de 14, está en tercer año y es una promesa del béisbol en la academia “Prospectos” de La Viña y vive con un familiar que es entrenador.
Para Marlene, lo más difícil es enfrentar la mirada de los dos adolescentes. “Ellos siempre preguntan que cuándo va su mamá a salir de allí, que hasta cuándo lo van a tener allí… uno a veces se queda sin hallar qué decirle porque es una pregunta muy difícil”, confiesa.
El dolor se hace más presente en ella cuando los llevan de visita a El Valle. Cuando van, Susan y Abraham se sientan al mismo tiempo en las piernas de su madre. “Comienzan: ‘que este es el puesto mío, que este es el puesto tuyo’. Ella se siente feliz, pero cuando se vienen… ay, mire, eso parte el alma también”, cuenta Marlene.
El único registro
En el universo digital y público solo existe una nota publicada por el diario Últimas Noticias sobre el caso. En dicho texto se le identifica a la mujer detenida con el alias de “La Adriana” y se le señala de estar presuntamente vinculada a la banda de “Wilmer Bachiller”. La nota menciona la presunta incautación de dólares en efectivo y un vehículo.
Para la familia, leer o escuchar sobre estos vínculos es entrar en un terreno desconocido. “De esas cosas de bandas no sabemos nada. Nosotros somos personas de bien, trabajadoras y nunca hemos sabido que ella andara con bandas”, insiste Marlene, quien asegura haberse enterado de la supuesta vinculación de Adriana con estos grupos durante la entrevista realizada para este artículo.
La Operación Trueno
La detención de Adriana ocurrió tras la llamada Operación Trueno. Este operativo fue una política de seguridad de gran escala ejecutada en 2022. La fase II se concentró precisamente en Yaracuy, con el objetivo de desarticular a la banda de “Wilmer Bachiller”, liderada por Wilmer Gustavo Aponte (con la cual vinculan a Adriana). Bajo el mando del Ministerio del Interior, cuerpos como el Cicpc, la PNB y el Conas se desplegaron en municipios como Veroes y Bruzual.
No obstante, lo que el Estado presentó como un éxito, en su informe de 2023, la Misión de Determinación de Hechos de la ONU lo describió como una continuación de las prácticas de alta letalidad de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) y la Operación Liberación del Pueblo (OLP). El informe de la Misión subraya que estas operaciones masivas a menudo resultan en detenciones arbitrarias de personas que no tienen vínculos reales con las bandas, utilizadas para demostrar “resultados” ante la opinión pública, mientras los verdaderos líderes logran escapar. En Yaracuy, el operativo dejó ocho muertos en supuestos enfrentamientos y decenas de detenidos bajo patrones de ingreso ilegal a viviendas y simulación de evidencias, según denuncias de sus allegados.
Recientemente, los familiares de los detenidos por la Operación Trueno en Yaracuy hicieron una vigilia en las afueras de la iglesia El Nazareno de San Felipe para pedir que sus parientes sean excarcelados. Según la reseña del medio regional Yaracuy al día, la mayoría de los detenidos son juzgados en tribunales con competencia en terrorismo, pero sus familias aseguran que no son delincuentes y que los detuvieron en operativos que se ejecutaron violando los derechos humanos.
Esta operación también se realizó ese mismo año en otros estados, como Guárico, con el objetivo de combatir al Tren del Llano. Allí, específicamente en Altagracia de Orituco, la organización Defiende Venezuela documentó abusos sistemáticos contra los derechos humanos cometidos por las fuerzas de seguridad, entre ellos, allanamientos sin orden judicial, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, violencia sexual, extorsión y sobornos, procesos judiciales viciados, torturas y tratos crueles, entre otros.
70 audiencias sin un solo testigo que declare en contra
El laberinto judicial de Adriana parece no tener salida. “Ya le hicieron todas las audiencias habidas y por haber. Ese proceso terminó. Le han hecho 70 audiencias y no hay ningún testigo que la señale”, denuncia Marlene.
A pesar de que el proceso ha agotado sus etapas y no se han presentado pruebas contundentes que la vinculen orgánicamente con alguna organización criminal de Yaracuy, Adriana sigue presa.
Desde su casa en Naguanagua, Marlene García no pierde la fe. Aunque ya no puede cultivar la tierra, cultiva la esperanza de ver a su sobrina libre. “Estamos pidiendo justicia porque sabemos que no ha hecho nada. Estamos pidiéndole a Dios que ella salga porque ya tiene mucho tiempo allí”.
Mientras el sistema judicial mantiene el hermetismo, Marlene sigue abordando el autobús cada vez que puede visitarla. Cada envase de jugo congelado que le lleva a su sobrina es una promesa de que su familia de agricultores no permitirá que el nombre de Adriana se borre en el olvido de una celda. Ella, la maestra que un día regresó de Perú para celebrar el cumpleaños de su mamá, sigue esperando el día en que Susan y Abraham puedan volver a pelearse por un puesto en sus piernas, pero esta vez, en la libertad de su hogar.
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