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#CrónicasDeMilitares | Un intento de asesinar a Páez, por Elías Pino Iturrieta
Los realistas contrataron en 1820 a un sicario para asesinar a Páez, pero evidentemente se quedaron con los crespos hechos

 

@eliaspino

Después de la llegada del ejército que dirige el general Morillo, llamado Pacificador, los realistas se detienen en la importancia de Páez como rival de sus movimientos y en la necesidad de derrocarlo en el campo de batalla. Es necesaria su humillación en una acción de guerra para una orientación adecuada de la campaña y para levantar la moral de la tropa, plantea el estado mayor, pero esa posibilidad se vuelve remota debido a la pericia del lancero en las lides de los llanos y al fervor que despierta entre sus soldados. De allí que se plantee entonces la necesidad de sacarlo del camino a través del asesinato. El plan se pone en marcha a mediados de 1820, pero fracasa. De seguidas veremos lo fundamental del suceso, apenas comentado en su época y casi desconocido por la posteridad.

Los realistas localizan a un sujeto con deseos de prosperar, a quien ganan para la macabra empresa. Se trata de un joven teniente coronel llamado Tomás Villasana, quien ha combatido en las fuerzas republicanas y en ocasiones se aleja de las contiendas para acercarse a territorios dominados por las fuerzas del rey. No se relaciona entonces seriamente con los soldados españoles, pero los trata con una naturalidad distanciada de las pasiones bélicas. Entonces lo atraen con sus requiebros y le hacen una oferta tentadora. Le darán el cargo de Juez de Llanos, y tal vez después otros empleos remuneradores, si se compromete a matar a Páez. Villasana acepta.

Pero suelta la lengua ante unos llaneros que militan en las fuerzas de San Carlos y El Baúl. Agustín Farías, un cabo de caballería, asegura ante sus superiores que le ha escuchado expresiones aventuradas sobre el Centauro, y que ha hablado de su futura designación como Juez de Llanos. Un sargento llamado José Bello, de servicio en el cuartel de Achaguas, reitera una versión parecida. Partiendo de esas declaraciones, en noviembre de 1820 Páez ordena que se le abra expediente para averiguar el asunto con detalles. Los trámites no sufren escollos, porque el sospechoso se entrega sin resistencia y confiesa de inmediato sus intenciones. Cuando le exponen las versiones del cabo y del sargento, confirma su designio de llevar a cabo el homicidio, animado por las promesas realistas.

¿Cómo termina la historia del teniente coronel Tomás Villasana, que ahora desenterramos? Veamos cómo la cuenta Páez al general Santander, en oficio de 2 de enero de 1821:

A pesar de lo horroroso del crimen y de haberse comprobado suficientemente, yo lo hubiera sujetado a la decisión de un Consejo, si la oficialidad toda, montada en cólera, no me hubiera pedido con vivas instancias el pronto y público escarmiento, pretendiendo además que muriese ahorcado. Determiné fusilarlo como una medida de seguridad, cuando a los tres días de preso, sin embargo de estar asegurado con grillos, cargó sobre el centinela para quitarle el fusil por lo que recibió varios bayonetazos.

Un final expedito, de acuerdo con la versión de quien iba a ser víctima del asesinato. Seguramente el hecho condujo a las reacciones descritas en el documento, pero sobre el ataque de un delincuente encadenado a un centinela que le quita la vida con su bayoneta, el destinatario de la correspondencia pudo solicitar una averiguación. Sin embargo, como no  dijo nada entonces el general Santander, un oficial meticuloso y apegado a los códigos, nada tenemos que agregar nosotros ahora. Solo recordar cómo los realistas se quedaron con los crespos hechos, debido a que Páez continúa sus proezas hasta obligarlos a abandonar el país cuando toma la fortaleza de Puerto Cabello, en 1823.