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#CrónicasDeMilitares | Zamora arrepentido, por Elías Pino Iturrieta
“Estos sentimientos mal coordinados son la expresión de mi corazón arrepentido que acaba de salir de la sombra oscura del error y del engaño (…) volví a ver la ilustración de jefes y jueces que se acercaban a la presencia de este mismo reo…”, expresa Zamora ni corto ni perezoso ante el temor a la pena de muerte

 

@eliaspino

En 1845, cuando aumenta la beligerancia entre godos y liberales, un pulpero de Villa de Cura, poco conocido, se levanta en armas. Se llama Ezequiel Zamora, apoya la candidatura presidencial de Antonio Leocadio Guzmán, calificada de subversiva por el gobierno, y se hace de un liderazgo capaz de encontrar seguidores en la población que habita y en lugares aledaños. En septiembre de 1846 sale a dar batalla apoyado por capitanes populares que agitan la bandera del reparto de tierras, la igualdad de los hombres y la abolición de la esclavitud. Una fama que pronto se multiplica hace que cuente con un numeroso contingente de campesinos que se baten contra el ejército en cuya cabeza sobresale el general Páez, figura dominante desde 1830. Finalmente es derrotado, pero apenas inicia su carrera.

Todo sucede cuando va a empezar la gestión de un nuevo mandatario, José Tadeo Monagas, convocado por el Centauro para que calme las desatadas pasiones; y mientras don Antonio Leocadio, un político que ha llegado a la cima de la popularidad por sus escritos en el periódico, es condenado al patíbulo por sedicioso. Se espera el mismo destino para el pulpero alzado, quien acapara los comentarios de la prensa y los rumores de los corrillos por el atrevimiento de sus consignas y porque los sectores populares comienzan a describir su épica con entusiasmo. En medio del aprieto, Zamora escribe en El Centinela de la Patria, en la entrega del 3 de mayo, un texto titulado Reflexiones, a través del cual pretende justificar sus actos y del que veremos unos fragmentos a continuación.

Después de dar cuenta de la conmoción que sufre al entrar a su calabozo, no demora en hacer el panegírico de Páez. Afirma, ni corto ni perezoso:

Grande fue para mí la noche que entré al cuarto de mi prisión, veía que se dirigía hacia mí el padre de la patria, S.E. el General en Jefe. Mi corazón lleno de júbilo le contemplaba y le admiraba, yo mismo me decía: si éste fuera el tiempo de la antigüedad, los venezolanos harían un templo y la erigirían una estatua adorándole como el Dios de la clemencia».

El hombre fuerte había pasado por la cárcel, en efecto, pero solo para asegurarse de que el reo estuviera debidamente aprisionado. Que el reo se animara a proponerle laureles se comprende porque podía correr la misma suerte de Guzmán, su líder y candidato. Y porque, según agrega, las circunstancias lo habían llevado de nuevo a la ecuanimidad. Veamos:

Estos sentimientos mal coordinados son la expresión de mi corazón arrepentido que acaba de salir de la sombra oscura del error y del engaño, y entra por segunda vez aunque agobiado por el peso de los grillos, tomando los suaves rayos de la aurora y claro día, esto es, volví al seno de mi pueblo, volví a ver tantos objetos que encantaban mi vista; y, en fin, la ilustración de jefes y jueces que se acercaban a la presencia de este mismo reo».

La cárcel le ha devuelto la claridad, lo ha sacado del extravío, especialmente por las virtudes de quienes se encargarían de contenerlo y juzgarlo.

Pero, ¿estamos ante un buen argumento para recibir benevolencia y obtener la libertad? No, tal vez. De allí que Zamora trate de librarse de culpas buscando en la prensa subversiva los motivos de su alzamiento. Escribe:

No era yo el mismo Zamora que en tiempos pasados me desesperaba por arrojarme entre las líneas de los malhechores que trataban de perturbar el orden público, la moral y la equidad, no era yo el mismo que siempre obediente al gobierno me gloriaba cuando se me ocupaba, el mismo que hoy conoce que se dejó arrebatar por la prensa desmoralizadora».

Cambia el rumbo de su vida por los periódicos liberales que pasaban ante su vista y que comentaba a su manera con los clientes de la pulpería. Una imprenta “desmoralizada” lo había llevado a un entendimiento erróneo de la realidad y a la subversión que debía pagar con la vida. Ahora lo entiende, quizá demasiado tarde, pero no tiene más planteamientos capaces de conmover al juez. No serán suficientes porque es condenado a muerte, pero entonces esos suplicios terminales pueden cesar por orden superior.

Para alejarse de la tutela de Páez, el flamante presidente Monagas perdona a Guzmán a cambio de un destierro perpetuo. Después lleva el caso de Zamora a una sesión del Consejo de Ministros, cuyos miembros  le conceden benevolencia a cambio de diez años de prisión. Todo está descrito con detalle en un libro de Adolfo Rodríguez, La llamada del fuego, que ha servido de guía para lo que están leyendo (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 2005). Pero falta un curioso pormenor: quizá sin el arrepentimiento desembuchado en la víspera, el prisionero escapa antes de que suceda su traslado a otro penal. Apenas está empezando una historia que alcanza su clímax durante la Guerra Federal.