De migrantes a peones, por Alejandro Armas - Runrun
De migrantes a peones, por Alejandro Armas
Es muy deprimente que venezolanos trumpistas tengan nula empatía con sus compatriotas empobrecidos y se pongan del lado de los poderosos que abusaron de ellos

 

@AAAD25

No hace mucho, The New York Times hizo un ejercicio muy interesante y pertinente: una serie de artículos, escritos por sus columnistas estrella, reconociendo aquello en lo que se equivocaron en artículos previos. Hoy comenzaré con algo parecido. En 2020, hablando con mis amigos sobre dos éxodos simultáneos, el de centroamericanos rumbo al norte y el de venezolanos rumbo al sur, descarté que mis conciudadanos le siguieran los pasos a guatemaltecos, salvadoreños y hondureños tratando de llegar a Estados Unidos. Lo vi como un trayecto demasiado largo y costoso para los paisanos.

Vaya que me equivoqué. Subestimé lo que ese 90 y tanto por ciento de venezolanos que cayó en la pobreza estaría dispuesto a hacer con tal de huir, en un contexto en el cual los países de más fácil acceso se volverían cada vez más restrictivos. No pensé que tantos decidirían cruzar esa selva infernal llamada Darién. No pensé que tantos se pondrían en manos de los “coyotes” que al primer pitazo abandonan a su suerte a sus desdichados clientes.

Ahora, los venezolanos están llegando en volúmenes sin precedentes hasta el Río Grande. Más de 25.000 entraron a Estados Unidos desde México solo en agosto. Un nuevo récord. Y se están haciendo notar. Lamentablemente no es por su miseria y desesperación en sí mismas, ni por las causas de su travesía indisolublemente ligadas con la ruina política y económica de Venezuela en los últimos 23 años. No, es por la forma en que han sido tratados por las autoridades norteamericanas, con un trasfondo de polarización abismal entre las dos grandes fuerzas políticas de ese país, los republicanos y los demócratas.

La inmigración de personas indocumentadas es uno de los temas que más polarizan. Esta columna no es lugar para un análisis detallado de las posturas de cada partido. Basta tener en cuenta que, en general, los republicanos son más restrictivos a la inmigración y reacios a ver en su país grandes cantidades de extranjeros, mientras que los demócratas son más permisivos y abiertos a la multiculturalidad. Es un tema complejo en el que no hay lugar para posturas maniqueas (si leyeron la última emisión de esta columna, ya sabrán lo que pienso de las posturas maniqueas). Vamos entonces por partes, tratando de describir lo más desapasionadamente posible la situación y sus implicaciones éticas.

El hecho es que Estados Unidos está recibiendo un flujo migratorio inmenso, del cual los venezolanos son parte. Los republicanos acusan al gobierno de Joe Biden de ser demasiado permisivo con los inmigrantes indocumentados, lo cual estimula el ingreso en un volumen tal que los entes encargados de atenderlos a menudo no se dan abasto. En esto hay verdad. Sea cual sea la razón, Biden, al ser presidente, es responsable de recibir a esas personas de la manera más ordenada posible, y no lo está haciendo. Texas, por razones geográficas obvias, es uno de los principales puntos de entrada a Estados Unidos desde México. Se puede entender entonces que su gobernador republicano pretenda que otros estados compartan la responsabilidad de hacerse cargo de los migrantes.

Si la cosa hubiera sido hasta ahí, los republicanos tendrían un buen punto. Pero resulta que la cosa no fue solo hasta ahí. La forma en que los migrantes venezolanos fueron trasplantados a lugares donde, a diferencia de Texas, los votantes suelen favorecer abrumadoramente al Partido Demócrata y por lo tanto se presume que serían más receptivos con los migrantes, niega cualquier tesis de que los traslados estuvieron únicamente motivados por consideraciones logísticas y de preocupación por el bienestar de una población vulnerable.

Para empezar, a un grupo lo mandaron derechito a la entrada de la residencia de la vicepresidente Kamala Harris, en Washington. Biden puso a Harris a cargo de la situación fronteriza, por lo cual se le asocia, con razón, con el fracaso gubernamental en la política migratoria. Pero al llevar a esas personas a un lugar tan políticamente simbólico, queda claro que el propósito fue hacer un show politiquero de pésimo gusto. Se nota a leguas que lo que Gregg Abbott, gobernador de Texas en campaña por la reelección, quiso hacer es enviar un mensaje de cowboy y tipo duro a los votantes más opuestos a la inmigración, para dejarles claro que el problema puede ser usado para burlarse de los demócratas. Los venezolanos que sus agentes abandonaron a su suerte en las calles de la capital norteamericana son solo peones irrelevantes para la trama. Piezas de utilería en ese teatro barato para que Abbott, el protagonista, se luzca ante el público.

Luego tenemos al señor Ron DeSantis, gobernador de Florida y una de las máximas estrellas en ascenso entre las filas republicanas, al punto de ser considerado el único que pudiera disputarle a Donald Trump la postulación partidista para la presidencia en 2024. Lo increíble es que maniobró, no para sacar de su estado, y así aliviar una carga excesiva, a venezolanos en Miami, ¡sino en San Antonio! Es decir, también en Texas. Le echó una mano a Abbott deshaciéndose de ellos. Eso evidencia aun más la intención histriónica, como también, de nuevo, el destino que les deparó: la isla de Martha’s Vineyard, una popular zona de veraneo para estadounidenses acomodados en Massachusetts.

La apuesta era demostrar cómo los habitantes de la isla, que suelen votar por demócratas por amplio margen, reaccionarían con rechazo a lo que Zygmunt Bauman llamó (en tono de denuncia a los que piensan así, entiéndase) los “babosos extraños” y hacerlos quedar como unos hipócritas por cuestionar las actitudes antimigratorias de los republicanos. En realidad, los migrantes tuvieron una acogida cálida en Martha’s Vineyard. Voluntarios les brindaron un techo temporal y servicios para atender sus primeras necesidades. Luego los enviaron a una base militar, lo cual efectivamente usaron los defensores de los ardides republicanos para demostrar su punto. Pero resulta que en aquella base pueden ser mejor atendidos que en refugios improvisados. Además, está en el mismo estado de Massachusetts (que por cierto tiene un gobernador republicano, pero no adicto al populismo conservador de Trump, DeSantis y compañía).

Todo empeora cuando se tiene en cuenta que, según investigaciones periodísticas, a los migrantes se les atrajo con promesas de refugio y empleos. Es decir, jugaron con las expectativas de una gente que acaba de atravesar un verdadero infierno, que estaba agotada y desorientada.

No hay forma de justificarlo, pero aun así algunos venezolanos enamorados del Partido Republicano, dentro y fuera de Estados Unidos, lo intentaron. Su principal pretexto fue la condición de “inmigrantes ilegales” de los afectados. Esto es falso. Al entregarse a las autoridades y solicitar asilo, estos venezolanos perdieron el estatus de ilegalidad. Los tribunales deberán decidir ahora si les conceden el asilo, lo cual puede tardar años. Mientras tanto, pueden permanecer en el país y trabajar. Es increíble, y muy deprimente, que venezolanos con tal de mantenerse plegados a agendas militantes tengan nula empatía con sus compatriotas empobrecidos, se pongan del lado de los poderosos que abusaron de ellos y repitan como loros el vocabulario errado de la derecha norteamericana más intransigente en materia migratoria, con todo el estigma que esas palabras cargan.

Los migrantes venezolanos lo arriesgaron todo para huir de una economía arruinada por el cuasi estalinismo tropical. Sus conciudadanos admiradores del Partido Republicano, que tanto dicen detestar la izquierda, deberían ser los primeros en ser solidarios. Otro tanto puede decirse de Abbott, DeSantis y el grueso de su partido, a quienes les encanta acusar a los demócratas de tener una visión marxistoide que convertirá a Estados Unidos en otra Cuba u otra Venezuela. Ah, pero cuando hay que recibir a personas que sí vivieron aquel trauma y que tanto pudieran advertir al respecto, les salen con una patada.

Por primera vez, la prensa estadounidense ha hecho escándalo con los migrantes específicamente venezolanos. Pero los medios afectos a los demócratas lo han hecho sobre todo para denostar de los gobernadores de Texas y Florida. Los afectos a los republicanos, para defender a aquel par. No parece haber mucho interés en los venezolanos propiamente dichos ni en la causa de su desplazamiento. En general, esa es la mentalidad del planeta. Qué tiempos tan duros nos tocó vivir, dentro y fuera de nuestra nación. Vaya mi mejor deseo para esos migrantes. Que consigan lo que buscan, y que el frío de su cercano primer invierno no los sorprenda en una calle.

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