Isaac López, autor en Runrun

Isaac López

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | Agustín Blanco Muñoz, el afán por entender la violencia, por Isaac López*
La contribución de Agustín Blanco Muñoz ha sido clave en la recopilación de testimonios de la lucha armada y en su visión por ubicar aquella guerra en el contexto de la violencia contemporánea del país

 

@YsaacLpez

Una llamada telefónica el domingo 24 de abril me trae la generosa voz de un maestro, alguien que desde hace cincuenta años se ha dedicado al estudio de la violencia en Venezuela, en particular a investigar sobre la lucha armada de los años sesenta y a recopilar testimonios de principales protagonistas a través de la Cátedra Pío Tamayo, adscrita a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela.

Gabriel Moro firma un reportaje aparecido en la revista Momento del 25 de marzo de 1962, el cual da cuenta de «la historia de unos muchachos que no entendieron ni a Mao, ni a al Che».

Creadores de un campamento guerrillero en el páramo de El Tambor, a diez horas del pueblo de La Azulita, en el estado Mérida, los estudiantes universitarios, militantes del Partido Comunista de Venezuela, comenzaron su tarea el 22 de noviembre de 1961, cuando dos campesinos detectaron a dos jóvenes que subían a lomo de mulas y dijeron estar realizando una investigación para la Universidad.

Avisadas por los campesinos cultivadores de café de la zona, las autoridades conformaron una comisión integrada por policías municipales, guardias nacionales y voluntarios civiles para desbandar aquel grupo insurrecto que hacía prácticas de tiro, ejercicios militares y prendían fuego en las noches.

El reportaje exagera una cifra de 90 jóvenes guerrilleros, y 200 efectivos que subieron a atraparlos.

En el asalto al campamento el 30 de febrero de 1962 resultaron dos muchachos heridos. Tenían 20 y 21 años Agustín Blanco Muñoz, de Maracay, y Rafael Simón Pastrano, de Barquisimeto, estudiantes de la Universidad de Los Andes. Tres meses había durado la guerrilla de El Tambor.

Ahora tiene 83 años y aprovecho la gentileza de su llamada para preguntarle por una anécdota según la cual habría sido atendido de esas heridas en las Residencias Stalingrado en la Ciudad Universitaria por un hermano de Alí Primera, luego que al ser trasladado a Caracas sus compañeros lo habrían librado de la custodia del ejército.

Niega la especie y me cuenta que fue trasladado al Hospital Central de Mérida bajo estrictas medidas de seguridad. Al devolverse a buscar unas escopetas fue herido, y lo salvaron los campesinos a quienes había comenzado a instruir en las primeras letras.

De acuerdo a su testimonio, eran 11 estudiantes y 5 campesinos los integrantes de aquella guerrilla que se quedó esperando a un comandante que nunca llegó: Alfredo Maneiro.

De La Azulita el ejército lo trasladó a Mérida. «Era como si aquel muchacho de 20 años fuera un sujeto peligrosísimo, un Che Guevara pues.» Estaba tan mal herido que los médicos que lo recibieron lo dieron por muerto. En los primeros días de abril del mismo año serían detenidos tres jóvenes de entre 19 y 22 años en las montañas de El Encantado en el estado Lara, quienes también recibían entrenamiento guerrillero; respondían a los nombres de Eduardo Liendo, Alfredo Torellas y Antonio Río Bueno.  

En una conversación amena y grata pasamos revista al proceso de la lucha armada; al propio trabajo de investigación sobre el tema; a valoraciones políticas e historiográficas; hechos; personajes; evolución del tema en el espacio público nacional; y apreciación en la perspectiva historiográfica latinoamericana.

Yo que no ando haciendo política ni proselitismo con la lucha armada, trato de pensar más allá de los titulares, e intento que mi trabajo sea responsable, agradezco a Agustín Blanco Muñoz esa atención, ese gesto fraterno del investigador reconocido internacionalmente que ocupa dos horas de su tiempo en llamar a un novato historiador, empeñado en aprender.

Se esté de acuerdo o no con su accionar político, con sus formulaciones públicas, su perspectiva de la guerrilla, la contribución de Blanco Muñoz ha sido fundamental en la recopilación de testimonios de la lucha armada, en sus intentos de comprensión del proceso y en su visión por ubicar aquella guerra en el contexto de la violencia contemporánea del país.

El reportaje de Moro de 1962 cierra con estas palabras: «Puede que el fin lamentable de la guerrilla de ‘El Tambor’ abra por lo menos los ojos a quienes serían las víctimas directas de ese espejismo: los jóvenes liceístas y universitarios que irían −como el mesiánico Reinaldo Solar− a pagar con sus vidas entre frailejones o en algún cardonal falconiano, el pecado de no haber comprendido a Venezuela”.

Vaya esta nota como gesto agradecido a Blanco Muñoz por su nobleza al apoyar nuestro trabajo con el seminario La lucha armada en Venezuela 1960-1970. Diagnóstico de la realidad nacional y proyecto de país, que coordinamos desde 2006. Por su compromiso y el del equipo de la Cátedra Pío Tamayo de la UCV por comprender a Venezuela.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida | 25 de abril de 2022.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | Pompeyo Márquez contra Fidel Castro y el guerrillerismo, 1966-1967, por Isaac López*
Vamos a leer a Pompeyo Márquez, su afán por la necesidad de la organización partidista en momentos de dispersión e incredulidad debe decirnos algo

 

@YsaacLpez

A Soledad Bravo, con un ramo de rosas. Y a un pueblo que necesita encontrar los tonos para cantar en sol mayor.

Hijo de Octavio Márquez Fuenmayor y de Luz María Millán, Pompeyo Ezequiel Márquez Millán (1922-2017) nació en Ciudad Bolívar, sur venezolano y fue detenido por primera vez en 1937, a los 15 años. Repartía un manifiesto en las calles de Caracas protestando por la muerte del estudiante Eutimio Rivas.

Carlos Valencia, Octavio Malpica, Ezequiel Millán, Edgar González, Daniel Chirinos, Octavio Rojas y Oscar Calles, fueron parte de los nombres que adoptó en su larga historia de luchador político en Venezuela. Un personaje a quien bien vale la pena estudiar en su evolución para conocer del pensamiento de la izquierda nacional, lejos de tanta superficialidad e inmediatez.

El historiador Manuel Caballero nos dice: «Pompeyo Márquez es uno de los marxistas venezolanos de más sólida cultura y reflexión. Pero sus incursiones permanentes en el campo teórico no se han reducido a atiborrarse de una erudición por lo demás envidiable, sino a enunciar proposiciones teórico-prácticas que nos permiten seguir las grandes líneas de un pensamiento propio». (Genio y figura de Pompeyo Márquez, en Socialismo en tiempo presente. Caracas, Ediciones Centauro, 1973).

Por su parte, el investigador Agustín Blanco Muñoz expresa en la introducción a una entrevista: «Pompeyo no es solo el Santos Yormes (sic) de la lucha clandestina contra el perezjimenismo, es también uno de los grandes inspiradores y promotores del enfrentamiento violento que llena los años 60. Es uno de los máximos dirigentes (PCV) de ese proceso. La mayor parte de las decisiones pasan por sus manos. Es uno de los dirigentes que tiene sobre sus hombros la responsabilidad de la lucha armada y a la vez es un teórico infatigable…» (La lucha armada. Hablan 5 jefes. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1980, p. 82).

Márquez sostuvo entre 1966 y 1967 en diversos medios «una polémica necesaria» con Fidel Castro, la cual contenía asuntos como: la evaluación de la lucha armada impulsada desde 1961, principalmente por el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR); el debate de las formulaciones en boga o «ideas guía» expresadas en textos como ¿Revolución en la revolución? del francés Regis Debray; la vigencia en América Latina de los partidos comunistas contra los embates de la “Nueva izquierda”; el rechazo a una dirección única de la revolución continental o «Internacional Guerrillera» manejada desde La Habana; el trasplante mecánico de la fórmula cubana elaborada en el poder; la necesidad de lecturas nacionales para emprender los procesos de cambio estructural; la imposición de la guerrilla al partido; y el cuestionamiento a la opción única de los frentes guerrilleros rurales en el combate político.

Ya desde 1965, a través de una carta suscrita junto con Teodoro Petkoff y Freddy Muñoz, planteaba la necesidad de diagnosticar la experiencia guerrillera venezolana por considerar que había aislado a sus proponentes de las masas populares, provocado innumerables desaciertos estratégico-militares, y sumido a las organizaciones en el quiebre político.

Ante la propuesta de Paz Democrática, que sin renunciar al camino violento suponía el emprender acciones para la conformación de un amplio frente de oposición a «la dominación colonial» y al «gorilo-betancourismo», las reacciones en contra fueron contundentes a lo interno y externo.

Fidel Castro, que había incentivado la idea de la gran revolución marxista latinoamericana, diseñada y dirigida a través de propuestas como las reuniones de partidos comunistas, la Conferencia Tricontinental o la Organización Latinoamericana de Solidaridad, acusó al PCV de claudicante, traidor, revisionista y derechista, entre otros calificativos. Los escenarios del escarnio fueron distintos actos celebratorios, y al «gran líder» lo secundaron dirigentes como Osmani Cienfuegos y Armando Hart. Tanto el periódico oficial Granma, como Radio Habana Cuba y la revista Cuba Socialista recogieron las acusaciones.

En lo interno, el sector dirigido por Douglas Bravo manifestó su inconformidad con los nuevos planteamientos y agudizó el sisma en el PCV. Igual ocurrió con el MIR. Señalaron −uniendo sus planteamientos a los de Castro− que la ambivalencia del PCV frente a la lucha armada, así como el dirigir la guerra desde la ciudad y la falta de acciones contundentes eran la causa del declive. Varias veces asistió Pompeyo Márquez a «conferencias guerrilleras» en la Sierra de Coro en el periodo 1963-1964. El periódico Fuego, del Partido de la Revolución Venezolana (PRV), recogió en 1971 la versión de la historia desde la perspectiva del sector más radical.  

Con prólogo de Germán Lairet, se publicó en 1967 el libro Una polémica necesaria (Caracas, Ediciones Documentos Políticos, 305 páginas). Texto que contiene 11 artículos de Pompeyo Márquez dirigidos a argumentar, explicar, analizar, reflexionar, acusar y responder a quienes atacaban al PCV, no solo desde Venezuela y Cuba, sino también desde México a través de cinco reportajes de la revista Sucesos para todos. La revisión de prensa nos muestra las reacciones en torno a esta polémica de movimientos y partidos de Guatemala, Perú, Colombia o Chile. También desde Francia.

Iván Urbina Ortiz, entonces militante del MIR, publicó bajo el seudónimo Ignacio Urdaneta un folleto donde presenta su visión de estas controversias bajo el título Polémica en la revolución (Caracas, CM. Nueva Izquierda, 1969), que valdría la pena revisar para seguir confeccionando el retrato del hombre y su papel en la evolución de la izquierda política.

La lucha armada venezolana fue un proceso complejo que ha pretendido simplificarse desde distintos campos de producción del conocimiento histórico a lo largo de cincuenta años del devenir nacional. Desde las narrativas testimoniales a los intentos orgánicos de comprensión. Salvo contadas excepciones.

Al cumplirse el centenario de Pompeyo Márquez este 28 de abril de 2022, algunas reseñas y valoraciones sobre su vida, marcadas por la fragmentación de esta hora, insisten en borrar de su historial su comprometida y activa participación en las guerrillas venezolanas de los sesenta del siglo XX.

No fue solo eso. Pero su participación en ese capítulo de nuestra historia fue fundamental.

En estos tiempos que nos exigen tantos aprendizajes, debemos enriquecer el debate político con una mayor comprensión de nuestra historia, con una mejor valoración de nuestro liderazgo. Vamos a leer a Pompeyo Márquez, su afán por la necesidad de la organización partidista en momentos de dispersión e incredulidad debe decirnos algo. Ese es el mejor homenaje para descubrir a un hombre entero, un apasionado por el país.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida | 28 de abril de 2022.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | Una revista mexicana en la ofensiva de Fidel Castro contra Venezuela, por Isaac López*
La revista Sucesos para todos fue un documento político y una fuente histórica para la crítica, un elemento de propaganda proselitista

 

@YsaacLpez

¿Dónde se conservan las colecciones de las revistas y periódicos FALN, Ruptura, Fuego, Izquierda, Principios, Joven Guardia o Deslinde? Los órganos de los partidos insurrectos en la década 1960-1970 en Venezuela. Determinar fuentes e historiografía son aspectos fundamentales para el trabajo del historiador.

De Pedro Pablo Linárez a Humberto Vargas Medina en la bibliohemerografía sobre la lucha armada se hace mención o utilización de la revista mexicana Sucesos para todos y sus reportajes sobre la guerrilla venezolana. Poco se nos informa sobre esa publicación y su intencionalidad ante el caso. La denominación de la revista es otra.

La revista Sucesos para todos dedicó cinco reportajes a la subversión venezolana en sus ediciones del 10, 17, 24 y 31 de diciembre de 1966; y 7 de enero de 1967. Los títulos de las entregas son: 1. «En Venezuela. Desembarco de patriotas»; 2. «Venezuela empuña las armas»; 3. «Douglas Bravo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Liberación de Venezuela»; 4. «En Venezuela, única vía: la lucha armada»; y 5. En Venezuela: un comando único en la lucha guerrillera».

Mario Menéndez Rodríguez (Mérida, Yucatán, 1937), director de la publicación y autor de los reportajes es un controversial periodista. Ligado a Fidel Castro, fue participante en una fallida guerrilla en el estado de Chiapas en los sesenta, involucrado en varias empresas editoriales y desde entonces cercano al régimen castrista. Participante de la Conferencia Tricontinental y en la de la OLAS de 1966 en La Habana, donde se esgrimieron ideas de la revolución continental coordinada desde allá, en 1967 fue detenido en Colombia por tener contacto con grupos subversivos. Reportó para la revista Sucesos para todos no solo el caso de las guerrillas venezolanas, sino también las de Colombia y Guatemala.

De acuerdo al testimonio de Alirio Chirinos −quien fungiera como comandante en las guerrillas de la sierra de Coro−, Menéndez y su equipo pernoctarían varias veces con ellos, recogiendo la experiencia de varios combatientes.

Los reportajes contienen entrevistas a Douglas Bravo, Luben Petkoff, Baltazar Ojeda Negretti, Elías Manuit Camero, Francisco Prada, Octavio Acosta Bello, Freddy Carquez, Nery Carrillo, y Anajansin Jiménez que muestran con particular interés político la situación de la lucha, las disputas con el PCV, la vida en las montañas y las perspectivas de su revolución. Unas entrevistas son realizadas en las montañas y otras en la ciudad.

Junto con Menéndez subió a las montañas del occidente venezolano el destacado fotoperiodista y fotodocumentalista colombiano Rodrígo Moya (Medellín, 1931), quien realizó un importante registro de comandantes, escuadras y guerrilleros rasos. En el lente de Moya: Douglas Bravo y Luben Petkoff, Baltazat Ojeda Negretti, Francisco Prada, Julio Chirinos y Octavio Acosta Bello, El Turro y Orozco, entre otros.

Pero en una foto de grupo, junto al exmilitar Nicolás Hurtado Barrios, puede distinguirse también cabizbajo a Arnaldo Ochoa, parte de la hueste de 14 cubanos que había desembarcado con un importante alijo de armas el 24 de julio de 1966 por las costas de Tucacas. Algunas de estas fotografías se reproducirían en The Guardian. «Guerrilleros en la niebla» se titula la fotografía de la serie que le ganaría mayor reconocimiento a Rodrigo Moya.

Las tomas muestran escenas de la cotidianidad guerrillera, hombres ajustando armas, consumiendo la ración o haciendo ejercicios militares. Las zonas son dos: las montañas de Falcón y Yaracuy. La sierra de Iracara y el vértice Lara, Yaracay y Falcón en las montañas de Aroa.

Una guerra también de ideas, contenidos, imágenes, visiones, construcciones político-ideológicas. Era el relanzamiento de la lucha armada venezolana

Fidel Castro, que entre 1966 y 1967 la había enfilado contra la «dirigencia derechista» del PCV a través de discursos publicados en Granma y Cuba Socialista, por plantear el cese de la lucha armada a través de la política de Paz Democrática, apoyaba al sector dirigido por Douglas Bravo no solo con armas y hombres sino también con publicidad, con propaganda. Eso son los reportajes de Sucesos para todos.

Contexto de disputa entre el PCV y el sector disidente encabezado por Douglas Bravo, en el cual se discutía desde la estrategia a seguir hasta la propiedad de las siglas de los órganos guerrilleros. Pompeyo Márquez, a través de la revista Documentos Políticos, respondería a «las infames calumnias» de la revista mexicana contra el PCV, que habían sido reproducidas en Granma y difundidas por Radio Habana Cuba. En enero de 1967 el Buró Político del Partido Comunista se pronunció cuestionando la forma en que Menéndez Rodríguez presentaba a la dirigencia del partido del gallo, así como expresando que muchas de las aseveraciones allí contenidas sobre el avance del proceso revolucionario eran exageraciones.

También en México repercutirían de inmediato aquellos reportajes, pronunciándose críticamente algunos dirigentes comunistas. Incluso el renombrado muralista David Alfaro Siqueiros.

Los reportajes de Rodríguez y Moya de finales de 1966 e inicios de 1967 se suceden en un momento en el cual se encontraban reunidos varios grupos guerrilleros, que junto con los cubanos conformaban una vistosa columna de 100 hombres. Momentos de lo que se llamó la Gran Conferencia Guerrillera de las montañas de Aroa, previa a la marcha hacia los Andes que perseguía hacer contacto con las huestes de las FARC.

Un documento político y una fuente histórica para la crítica, un elemento de propaganda proselitista, un instrumento para la lucha revolucionaria latinoamericana a través de la guerra de guerrillas que tendría su más terrible revés en octubre de aquel mismo año 1967 en las montañas de Bolivia.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida | 26 de abril de 2022.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | Balance. Izquierdas venezolanas en tiempo de fanatismo (y XII), por Isaac López*
Preocupa el neoculto democrático. Su basamento en la idealización de ciertos personajes, la descontextualización de hechos y fenómenos

 

@YsaacLpez

“… Todo es preferible antes que vivir en este país”; “No voy a entristecerte con la acostumbrada plañidera de los que nos quedamos: aquí no se vive, etc.”. Rómulo Gallegos, carta a Salustio González Rincones, 1913.

“‘Venezuela está ‘mejorando’. Bodegones para pocos y miseria para muchos”. Soledad Bravo, Twitter, 2022.

Discusiones y reflexiones sobre el papel de las izquierdas venezolanas en el devenir del país han planteado politólogos, periodistas, sociólogos, críticos literarios, ensayistas e historiadores. Entre otros: Edgardo Lander, Fernando Rodríguez, Gisela Kosav Rovero, Trino Márquez, Guillermo T. Aveledo Coll, Alberto Barrera, Ibsen Martínez, Luis Ricardo Dávila, Erik Del Búfalo, Fernando Mires, Tulio Hernández, Edgardo Mondolfi Gudat y Tomás Straka. Un mosaico diverso que es importante seguir por sus muy significativas contribuciones.

La crisis del proyecto democrático venezolano tiene su momento cumbre a finales de la década de los ochenta del siglo XX, cuando el modelo económico rentista y monoproductor también mostraba signos de agotamiento e insostenibilidad. Un chorro de buena suerte salvaría los escollos de una nueva administración desde temprano ineficiente, para hacer que la sociedad se desentendiera del desmantelamiento de los mecanismos democráticos.

Había bastante dinero entre 2002 y 2013 para estar viendo cómo un proyecto conformado por diversidad de intereses –desde el insomne militarismo salvacionista y bolivariano hasta los restos de las izquierdas democrática y borbónica; desde agazapados aprovechadores de la influencia de los medios hasta miembros de una élite conservadora y anacrónica- hacían de la democracia un remedo para perpetuarse en el poder.

La construcción se reveló débil. Ciudadanía no era solo votar, la Constitución era un libraco sin sentido, una suerte de guion para la actuación en un territorio de analfabetos.  

El empeño de los operadores políticos de esta hora por establecer una memoria corta de la evolución contemporánea del país, que nos trajo a la situación actual, es un truco malsano y siniestro que es preciso denunciar hasta el cansancio. Como lo expresó el viejo fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Domingo Alberto Rangel: “Nadie puede explicarse a Chávez sin la crisis profunda que vivía el sistema democrático venezolano el 4 de febrero de 1992, un régimen de cabaret de lo más inmundo”.

Sin embargo, la mejor opción para el común de los venezolanos es extrañar al chavismo. Rotularlo como producto aparte del país. ¿Venidos de marte o de júpiter? Encapsularlos en la etiqueta “izquierda”: los eternos renegados, los parásitos universitarios, los conspirados desde el tiempo de la guerrilla, los secuestradores y encapuchados.

Mejor no ver en ellos las costumbres comunes de la tribu ahora expandidas y sistematizadas, estandarizadas para emplear un anglicismo de esos que tanto nos gustan: irresponsabilidad, ética sinuosa, flojera, improvisación, ventajismo, personalismo, amiguismo, grosería del habla y del gesto. Eso nos contrastaría con el espejo, y ese es un ejercicio más exigente.

Gentes que asumen el país como negocio, habitantes de un eterno hotel diría Cabrujas, pisatarios más que ciudadanos de deberes y derechos, eso hemos sido. 

Esta hora negra que vivimos nada tiene que ver con el barco regalado a Bolivia; con los procederes de Blanca Ibañez y de Cecilia Matos, con los jeeps de Ciliberto, el negocio de las fragatas, el affaire Jattar-Lamaletto-Dager o el chino de Recadi. ¿Para qué acordarse de eso? Eso no es nada frente al inmenso saqueo de las riquezas del país operado en estos últimos veinte años. Disminuyendo el robo lo sancionamos. Todo se explica en el modelo de expropiaciones propio del socialismo cubano, gran asesor y beneficiario del régimen militar-civil de Venezuela. Esta élite guevarista, imitadora de la burocracia cubana y sus desmanes.

Con tal recubrimiento el mea culpa no es posible. Simplemente me olvido de que hasta ayer alcé banderas rojas y lloré ante la imagen del líder cual si de Ronaldo se tratara. Frivolidad, ignorancia y desfachatez que nos alienta. El chavismo como sustrato y reflejo del venezolano es mucho más complejo que la simplificación que los operadores políticos han pretendido hasta ahora. Más que odio y culpa, justificación y blanqueamiento.

No hay peor contribución al «debate venezolano» que puedan hacer nuestros intelectuales y universitarios que sumarse a visiones, con pretensión de consagración, según las cuales antes de 1999 vivíamos en una democracia perfecta. El grotesco discurso de que “éramos felices y no lo sabíamos.” La estrategia es seguida, a veces sin ningún empeño por ocultar el trasfondo del interés individual, por historiadores pertenecientes a varias generaciones.

Preocupa el neoculto democrático. Su basamento en la idealización de ciertos personajes, la descontextualización de hechos y fenómenos; el ocultamiento de procederes de nuestra clase política; la negación de la banalidad, anquilosamiento y mediocridad perpetuos de nuestros medios de comunicación y de sus oficiantes; el empeño de veneración a un liderazgo empresarial que realmente siempre pareció tener un comportamiento de bodegueros sin arraigo, ni compromiso con el país; una clase media frívola, irresponsable, exhibicionista, sin sentido de pertenencia ni proyecto; la Universidad como inmenso escenario donde se reprodujeron sin mecanismos de control todos los males del sistema tras la falsa fachada de la autonomía.

«El papel de la historia como ideología se eleva como obstáculo formidable para la realización del papel de la historia como ciencia» nos dice el mexicano Carlos Pereyra. Y de una vez el historiador que intento ser reacciona y reescribe: hace veinte años los venezolanos no votaron por un proyecto socialista, porque fue en 2007 cuando el conductor del régimen lo declaró tal: una Revolución Socialista Bolivariana. El candidato Hugo Chávez se presentó en 1998 como alternativa a la corrupción de los partidos tradicionales en un país que iba de escándalo en escándalo. Y por él votaron las masas venezolanas y también muchos universitarios e intelectuales, clase media y de más arriba.

¿Quién fija la conciencia histórica en el espacio público venezolano ayer y hoy? ¿Venevisión? ¿Globovisión? ¿Radio Rumbos? ¿El Circuito Éxitos? ¿Eladio Larez, Isa Dobles o César Miguel Rondón? ¿La señora Imber, Olavarría, Uslar, Cabrujas, Radio Rochela u Osmel Sousa? ¿Qué línea editorial llevaban El Nacional y Radio Caracas Televisión en 1998-1999? ¿Qué pregonaban por aquellos años destacados periodistas de cara al país que éramos?

¿Cuál la responsabilidad de esta hora de El Estímulo, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual, El Pitazo, ArmandoInfo, Efecto Cocuyo, La Patilla, Noticias 24, Eneltapete? ¿Fue el chavismo un buen producto de venta como hoy lo es la oposición al chavismo? ¿Obedecen a esa estrategia de ventas títulos de la Editorial Libros Marcados, los libros de El Nacional o Editorial Alfa? ¿Se prestan a la estrategia lo mismo políticos y periodistas que historiadores? ¿Qué quieres que diga que yo lo digo?

Tratamos la actualidad nacional y el proceso contemporáneo que nos ha traído hasta aquí con la misma superficialidad que ayer muchos preferimos y prefirieron no ahondar en el asunto de los derechos humanos en Cuba, recibir con devota admiración varias veces en el país al comandante en jefe Fidel Castro −tanto en la coronación de CAP como en los juegos de béisbol de Chávez−, desbordar su admiración por el alzado paracaidista de Sabaneta de Barinas, o celebrar la defenestración del ahora beato Carlos Andrés Pérez. El presentismo y la corta memoria parecieron no ser buenos guías ayer, no deberíamos esperar lo sean hoy. Responsables somos todos y, como señala Miguel Ángel Campos, solo de un mea culpa colectivo pudiera esperarse algún propósito creíble de enmienda.

Sentenciaba en 2010 un anciano irascible llamado Domingo Alberto Rangel: “El socialismo oficial venezolano es una pirotecnia demagógica para encubrir las lacras que sobrelleva el país; el burladero detrás del cual se refugia una camarilla que no está con los explotados, pero sí con los explotadores. Chávez llegó al poder porque los capitalistas le franquearon el paso. Vieron que no representaba, ni representa, riesgo alguno. (…) El gobierno de Chávez es lo más deshonesto y lo más desordenado que haya visto Venezuela. ¿Por qué un sector de la izquierda, que fue muy radical, muy combativa y muy llena de virtudes, acompaña a Chávez? Porque es una izquierda corrupta» (El suicidio de la izquierda. Libros marcados, 2010. pp. 106-107 y 152).

Una izquierda que no es la única responsable, pero que como señala el periodista Hugo Prieto ocupa sitio VIP en el reparto de la obra. Como corrupto es también un país que se dejó comprar, opuso frágil resistencia a la destrucción de la frágil democracia, hizo de la oposición una industria, y ahora normaliza la sobrevivencia entre Carnaval y Semana Santa, Ferias del Sol y viajes a Margarita.

Vuelvo a Cabrujas, también sobrevalorado y escasamente leído en esta hora venezolana, reviso sus artículos. El estado del disimulo, Carta al señor Pérez, Dr. Jeckyll and Mr. Pérez, Carta cerrada al señor Betancourt, Memorias de un damnificado de la democracia, La señora Morales y El hombre de la franela rosada. Es decir, de nosotros a la Tribu de David y a la estampa que aterrorizó por vez primera a la clase media venezolana como precursora del nuevo tiempo que venía.

Vuelvo a Cabrujas, solo para intentar comprender a un país desmemoriado donde el inmediatismo, la rabia, la frustración, el hambre y la desazón parecen llevarnos a la veneración del «pensamiento de Carlos Rangel» o a la exaltación del comportamiento democrático de Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez.

Tratar de abrir cauces en la discusión cuando nadie escucha a nadie. Pretender conversar cuando todo el mundo toma posición a partir de la calamidad, el fanatismo y la búsqueda propia por limpiar el pasado de apoyo al régimen con solo leer el titular. Los términos y calidad de la reflexión pública indican el estado de salud de la política venezolana, de la conciencia y sensibilidad nuestras.

Si sobran los espacios de diarios y revistas, portales y plataformas, pareciera que nos hemos cerrado al debate y la discusión de los problemas para solo esgrimir consignas. Signo de los tiempos, marca de la época torva que nos toca vivir. Sí, pero no nos escudemos en las excusas recurrentes. A los que se han ido y a los que quedamos nos sigue una marca país.

De la soberbia de “lo nuestro es lo mejor” pasamos a la vergüenza de que se detecte nuestro acento en los parques o autobuses de Lima, Guayaquil o Bucaramanga. De la arrogancia de vivir en el mejor país del mundo pasamos a la cotidianidad de los resuelves para aguantar una hiperinflación que no amaina. Y aun así a todos nos toca recoger los escombros, forjar cimientos sólidos, plantar nuevos árboles. Crear ciudadanía y organización alternativa donde antes hubo irresponsabilidad. La tarea no es fácil, y muchos no están dispuestos, se comprende, pero la casa hay que levantarla para poder vivir mejor, para volver a tener una esperanza.

Abril 2022

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | Lazos de sangre. Logias militares e izquierda nacional (XI), por Isaac López*
La conspiración liderada por Chávez era ampliamente conocida en las FFAA y en los círculos cercanos al poder político. ¿Por qué no se hizo nada para detenerla?

 

@YsaacLpez

El historiador mexicano Enrique Krauze en su libro El poder y el delirio (Titivillus: 2008) señala: “Los sobrevivientes de la guerrilla de los sesenta que tienen ahora 75 años de edad en promedio y ocupan las posiciones más diversas: son funcionarios clave del régimen –como Alí Rodríguez Araque, actualmente ministro de Finanzas-; críticos desde la izquierda más radical -Douglas Bravo-, o críticos desde la democracia como Teodoro Petkoff, Américo Martín, Pompeyo Márquez, Freddy Muñoz, Héctor Pérez Marcano. Pero todos sin excepción coinciden en algo: estos son polvos de aquellos lodos: ‘El sueño imposible de los sesenta –comenta Pérez Marcano- hecho realidad en los comienzos del siglo’. El régimen de Chávez es tal vez un nuevo libreto del que fueron protagonistas. Es el tenaz libreto de la Revolución cubana, con un nuevo protagonista en el escenario. Hugo Chávez no es un ‘bufón’ como aseguran sus críticos superficiales. Es el continuador del proyecto de Fidel Castro para Venezuela y América Latina. Nada menos. Los chavistas lo consideran vigentes; los críticos, absurdo, anacrónico.” (p. 48).

Ensayista, compilador, articulista, director de periódicos, filosofo, crítico de arte, periodista y politólogo, el argentino Alberto Garrido (Buenos Aires, 1949-Caracas 2007) fue uno de los primeros en tratar de unir hilos de identidad entre la lucha armada y el proyecto cívico-militar liderado por Hugo Chávez. Entre el fracasado intento de la izquierda insurreccional de los años sesenta, y el movimiento que llevó a la presidencia de Venezuela al teniente-coronel en 1998. Teniendo en cuenta que en el primero de los casos tanto militares como civiles jugaron las cartas de alzamientos y guerrillas, y en el segundo las de conspiraciones y vía electoral.

Treinta años median entre las dos, treinta años y situaciones muy distintas para el proyecto democrático venezolano.   

Ese el basamento de su trabajo, el señalar que en ambos procesos hubo la unidad de esfuerzos y coincidencias ideológico-políticas entre sectores civiles y militares por la toma del poder: los activistas del Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria con logias militares comprometidas en alzamientos como los de  Carúpano y Puerto Cabello en 1962; y el acercamiento entre antiguos guerrilleros -nunca amoldados al sistema democrático- y los militares nacionalistas descontentos con la creciente corrupción de los estamentos políticos del país que llevó al alzamiento militar de 1992.

Producto del análisis de ese proceso es un corpus de obras entre las cuales destacan: Guerrilla y conspiración militar en Venezuela. Testimonios de Douglas Bravo, William Izarra y Francisco Prada (1999), La historia secreta de la revolución bolivariana (2000), Chávez y la revolución bolivariana (2001), Documentos de la revolución bolivariana (2002), Testimonios de la Revolución bolivariana (2002), Notas sobre la revolución bolivariana (2003) y Guerrilla y revolución bolivariana (2003), textos cuyas ediciones y reimpresiones se agotaban prontamente ante un público afanoso por conocer la trama de sus nuevos héroes.

En La Revolución bolivariana. De la guerrilla al militarismo (Revelaciones del comandante Arias Cárdenas), Alberto Garrido asume la entrevista a un protagonista principal. Francisco Arias Cárdenas (San Juan de Colón, estado Táchira, 1950), licenciado en Ciencias y Artes militares (1974), con maestría en Ciencias Políticas por la Universidad de Los Andes en Mérida y en Historia Social y Política por la Universidad Javeriana, de Bogotá. Involucrado en movimientos de conspiración militar desde los años iniciales de la década de 1980, en febrero de 1992 tomó Maracaibo, capital del petrolero estado Zulia y retuvo al gobernador. Derrotado el levantamiento cumplió prisión en la Cárcel de Yare, de donde salió en 1994 por sobreseimiento de pena otorgado por el presidente Rafael Caldera. Ese mismo año fue designado por el mismo presidente como responsable del Programa de Alimentación Materno Infantil, y luego obtuvo por votación popular la gobernación del estado Zulia con el apoyo del partido de izquierda Causa Radical.

Para el momento en el cual se publicó la entrevista con Alberto Garrido, año 2000, el que fuera compañero de conspiración se había distanciado y rivalizó con Chávez en una virulenta campaña electoral que incluyó propaganda con gallina en un desafortunado símil de la actuación del paracaidista barinés en Caracas. Sin embargo, en esta entrevista con Garrido es notoria la intención de acercamiento y vuelta al cauce de participación en el proyecto que comenzaba. 

En la introducción de La Revolución bolivariana. De la guerrilla al militarismo, el autor señala que fue en 1984 en un congreso que conspiradores militares y civiles organizaron en San Cristóbal, cuando se logró romper la línea insurreccional del Partido de la Revolución Venezolana (PRV) de Douglas Bravo, para asumir la centralización, organización y desarrollo del movimiento insurgente los miembros de las Fuerzas Armadas.

Según Garrido “la decisión del Congreso de San Cristóbal también representó el fin de la influencia que Douglas Bravo –el legendario jefe guerrillero que diseñara la ‘fusión cívico-militar’ que llevaría a la realización de la Revolución bolivariana- ejercía sobre los jóvenes oficiales del MBR-200. Se cerraba de esta manera el ciclo abierto por el propio Bravo en 1957, cuando el aparato del Partido Comunista de Venezuela, que él integraba, caracterizó que las Fuerzas Armadas Venezolanas eran permeables a una política de inserción, por parte de la izquierda, que las colocaría al servicio de la revolución.” (p. 7).

Al tratar de logias de conspiradores en el Ejército nacional venezolano como el Ejército Bolivariano Revolucionario (EBR), antecedente del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, y de la Alianza Revolucionaria de Militares Activos (ARMA), Arias Cárdenas señala en respuesta al autor que la relación se estableció a través de David López Rivas, cuyo hermano Samuel López era cuadro del PRV de Douglas Bravo en el fronterizo estado Táchira.

Señala Arias Cárdenas: “Esa primera relación con el PRV se daba a través de Harold, el profesor Nelson Sánchez. Con Harold teníamos conversaciones permanentes, discusiones políticas. Otros militares habían desarrollado antes relaciones directas con el PRV. Fueron cuadros que ingresaron a las FAN con la idea de penetrar y tomar espacios dentro del mundo militar. Uno de ellos fue Tito Orozco Romero. Orozco Romero, al final, era tal vez un buen cuadro. Pero no estableció un liderazgo y no sirvió para levantar una plataforma. En la Escuela de Infantería del Ejército me enteré que había un grupo de amigos cercanos al PRV que estaba trabajando para constituir un movimiento político. Yo, desde teniente, cuando formaba parte del grupo de Artillería Vázquez N° 11, había sido contactado políticamente por Ramón Guillermo Santeliz Ruiz, quien ya se encontraba conspirando dentro de ARMA.” (p. 12)

La conversación señala la estrategia de inserción del PRV en las Fuerzas Armadas y su participación en la conspiración militar del MBR-200, coordinando una parte fundamental de la misma, pero también la necesidad que tuvieron los jóvenes efectivos de distanciarse de un proyecto que no les pertenecía. Expone Arias Cárdenas: “Teníamos que diferenciarnos. Sabíamos que para crecer dentro de las Fuerzas Armadas no se podía correr el riesgo de que las propuestas se cimentaran en una visión marxista de la historia, del hombre, de la economía. Eso no podía encajar en las FAN.” (p. 15)

Y más adelante, como para establecer cronológicamente versiones que se han escrito y reescrito sobre una fundamentación marxista de la conspiración militar, expone: “Es cierto que los conceptos esenciales de referencia histórica que nosotros adoptamos venían del PRV. Eso es innegable. Ya yo los había leído en las revistas de Ruptura y las compartía. Estas ideas fundamentales las asumíamos como nuestras, pero la elaboración inicial fue de Douglas y de su equipo de análisis: Argelia Melet, el Flaco Prada y la gente que estaba con ellos en las discusiones.” (Ídem)

Y luego: “Nosotros todos los días arriesgábamos la vida; es decir, sentíamos que, tal vez por un error de apreciación de ellos, se nos manipulaba. Además de eso, había enfoques fundamentalmente distintos. Una era la concepción guerrillera del trabajo en las FAN y otra la concepción bolivariana revolucionaria que podía desarrollarse en el cuerpo militar.” (p. 16) 

La mitología de la lucha armada y la guerrillera venezolana de los años sesenta, que sus propios protagonistas se han encargado de sostener y difundir, estaba presente en la conspiración militar.

Así declara Arias Cárdenas: “La presentación que hizo Chávez (en San Cristóbal en 1984) se apoyaba en el criterio de que para tomar el poder debíamos actuar como si fuéramos una guerrilla metida dentro de las Fuerzas Armadas. (…) Teníamos que realizar acciones calcadas de la lucha guerrillera de los años 60. Es decir, volar torres de electricidad, puentes. Yo me paré en la reunión y dije: “No acompaño frustraciones ni fracasos. Si queremos tomar el poder para producir cambios efectivos tenemos que comprender que no podemos salirnos del papel de las Fuerzas Armadas. Nosotros mismos nos vamos a descalificar si agarran a uno de los nuestros volando un puente o robándose unas armas, cuando lo que necesitamos es ideologizar a nuestra propia gente”. (p. 18).

Además de la relación con la eterna conspiración de Douglas Bravo, el militar señala que: “Existía una relación con gente de la Causa Radical. Había también alguna referencia sobre lo que fue el trabajo de Maneiro. Comenzamos a acercarnos, sobre todo a Pablo Medina, que era el que más agitaba las cosas dentro de la Causa Radical. Lucas Matheus y Andrés Velásquez estaban a la defensiva. En un momento faltó franqueza. Y no fue por parte nuestra. Hubo una reunión en Canoabo (en 1988), con la dirección de la Causa Radical, donde estaban Tello Benítez, Roger Capella, Lucas Matheus, Pablo Medina.” (p. 19). 

Sin embargo, y a pesar de todo lo que ha pretendido revestirse a la conspiración militar del Movimiento Revolucionario 200 −integrado entre otros por Chávez, Arias Cárdenas, Jesús Urdaneta Hernández y Joel Acosta Chirinos− de una relación determinante con algunos sectores de izquierda, se evidencia en el discurso de Arias en el 2000 que tal cercanía no fue de confianza por ambas partes.

Privaban los recelos, la disparidad de enfoques, la primacía en la dirección de la conspiración. Indica el militar que: “De 1988. Lucas (Matheus) me dijo: ‘Nosotros somos un partido que existe para construir el poder con la ruptura del actual sistema y estamos dispuestos a hacerlo’. Pero no había muestras. Es decir, la frase de Lucas quedó allí. La relación con los cuadros civiles era sumamente difícil. La relación con el PRV se hizo muy lejana. De pronto la mantuvo Chávez, más a título personal que como representante nuestro. Harold (Nelson Sánchez) fue perdiéndose en la distancia”. (p. 20).

Y sobre otro personaje destacado en la trama de esa conspiración: “Kleber Ramírez entró al movimiento por su relación con algunos amigos comunes. Samuel López, Víctor Sánchez y otros amigos suyos me hablaban de su aporte a la lucha armada, de su estilo muy respetado. A Kleber fui a buscarlo a Chiguará. Lo conseguí en una casa vieja, una casona blanca, con su mamá, una ancianita que se movía con una andadera. Estaba dedicado a criar vacas. Por bondad de algún familiar había logrado un crédito para comprar unas vacas importadas y entonces, cuando comenzó su relación conmigo, yo no sé si era verdad o fue una excusa para volver a su vida revolucionaria (…). Era como si de pronto viera una cosa con la que soñó muchos años. (…) Vendió las vacas, se vino para Caracas y activó el grupo de las FALN que había estado con él. Incorporó cuadros en Falcón, en Yaracuy, en Barquisimeto y comenzó a relacionarlos directamente conmigo.” (p. 21)

De particular interés esta entrevista de Alberto Garrido a Francisco Arias Cárdenas para conocer y comprender la relación de los sectores militares conspiradores que encabezaban Chávez y el mismo declarante, con los sectores de la izquierda radical y legal como el PRV, Causa Radical o Bandera Roja.

Así señala Arias Cárdenas: “La disciplina dentro del movimiento comenzó a debilitarse y se filtraron informaciones hacia Bandera Roja. Chávez y yo no estábamos de acuerdo en establecer contactos que no fuesen aprobados por el directorio. Pero Rojas Suarez (sic) y Ronald Blanco hicieron contacto con Bandera Roja, con Puerta Aponte. (…) Rojas Suárez y Ronald Blanco establecieron nexos directos con Puerta Aponte. Nosotros no sabíamos hasta dónde se había llegado. Nos pusimos de acuerdo y Chávez quedó con la responsabilidad de tomar la relación con Bandera Roja con el fin de que, nosotros mismos, como jefes del movimiento, la asumiéramos.” (pp. 27-28).

Interesante toda la urdimbre de relaciones que muestra Arias Cárdenas de una conspiración ampliamente conocida no solo en los sectores de izquierda, sino en las fuerzas armadas en general y en los círculos de mando cercanos al poder político. Lo mismo en los partidos tradicionales. Tanto que uno llega a preguntarse por qué no se hizo nada para detenerla.

Alberto Garrido indica que después del 4 de febrero de 1992 se frustró el alzamiento, revelándose por “la documentación que se ha conocido públicamente” que ya en la Cárcel de Yare había una clara división en las líneas de pensamiento y acción de los comprometidos.

Señala el entrevistador que “Chávez primero se separa, con sus compañeros, del grupo que usted (Arias Cárdenas) lidera, y comienza a establecer relaciones con otra gente. Uno de ellos es Domingo Alberto Rangel. Entonces Chávez era abstencionista, políticamente muy beligerante. Posteriormente entran a escena, de manera decisiva, Luis Miquilena y José Vicente Rangel. Ahí comenzó a plantearse para Chávez la posibilidad de llegar al poder por la vía electoral, y surgió el concepto de la “revolución pacífica y democrática”. Primero revolución, y después pacífica y democrática, que yo creo que ha sido el gran espacio formado y tomado por Miquilena y por José Vicente. Y luego, hacia 1994-95 entra en escena Norberto Ceresole, cuyo papel es fundamental para comprender el modelo que hoy comienza a establecerse. Con Ceresole aparece la fórmula “Caudillo-Ejército-Pueblo”, por la vía de un movimiento que basa la expectativa revolucionaria en la Fuerza Armada y sobre todo en el Ejército.” (p. 41)

Sobre esas mismas relaciones expone más adelante Arias Cárdenas: “El primer contacto externo que tuvo Chávez en la cárcel fue con Domingo Alberto Rangel. Jorge Giordani acudió a ayudarlo con una tesis que le hacía falta para terminar sus estudios en la Simón Bolívar. También llegó Miquilena. La primera vez Miquilena fue a verlo con Elías Vallés, quien luego murió. El contacto más sistemático fue con Miquilena, quien antes nos había prestado, a través de Pablo Medina, una oficina que estaba cerca de la avenida Fuerzas Armadas. Allí hacíamos reuniones clandestinas. Pero ni Chávez ni yo conocimos a Miquilena en la época de la conspiración. Cuando Miquilena aparece en el escenario Chávez todavía creía en la abstención y proponía la vía violenta para llegar al poder.” (pp. 50-51).

Queda claro que el movimiento conspirativo de los jóvenes militares del MB-200 se fue nutriendo de experiencias político-ideológicas, que fueron asimilando o desechando de acuerdo a su particular visión de entender el país, el cambio de estructuras y la toma del poder.

Un sentido pragmático parece orientar la acción, la fundamentación teórica del proyecto ni siquiera es un constructo importante al momento de llegar al poder; por lo tanto, no hay un programa claro y definido para la gobernabilidad del país.

Es un grupo de militares críticos, con diversidad de alianzas políticas, que aprovecha el particular estado de debilitamiento de los partidos para tomar el poder. Luego vendrá la necesidad de dotar al movimiento de una definición ideológica, y eso se dará desde el dominio de las instituciones con el acercamiento a Fidel Castro y la experiencia cubana. Las divergencias al interior del grupo parecen evidenciarlo: “Yo pienso que las diferencias se van marcando inicialmente sobre la cuestión de la participación política y tienen un trasfondo: el deseo de protagonismo y de hegemonía que se va estableciendo cada vez más en Chávez, contra una visión de participación y de apertura democrática, que fue nuestra posición desde el principio.” (p. 47)

Como se observa, para el año 2000, apenas transcurridos dos años de presidencia de Hugo Chávez no se había producido el reacercamiento entre los principales líderes de la conjura militar de principios de los noventa, que a partir de 2006 llevaría a Arias Cárdenas a ocupar papeles secundarios ante las cámaras –algunos no olvidan los intentos de burla que Chávez le devolvió– como organizador del Partido Socialista Unido de Venezuela, diputado a la Asamblea Nacional, gobernador del Zulia, o embajador de Venezuela ante la ONU.

Al contrario, en el 2000 Chávez y Arias compitieron en “las megaelecciones”, donde el segundo recibió el apoyo de la Causa R y Bandera Roja. De importancia este trabajo de Garrido como parte del conjunto de obras que pretendieron comprender el movimiento conspirativo de la llamada Revolución bolivariana.

Alberto Garrido. La Revolución Bolivariana. De la guerrilla al militarismo. (Revelaciones del comandante Arias Cárdenas). Mérida, Producciones Karol, 2000. 129 pp.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | La sombra de la revolución cubana en la izquierda venezolana (X), por Isaac López*
Desde mediados de los 60 Fidel Castro determinó lo que era revolucionario y lo que no, como si fuera el supremo papa de la Iglesia socialista

 

@YsaacLpez

 

La “notable fascinación” ejercida por la Revolución cubana en Venezuela, reseñada por el Wall Streell Journal el 28 de abril de 1959, se consolidó con la visita de Fidel Castro a Caracas entre el 23 y el 27 de enero de aquel año. Ocho meses después de actos de agravio al vicepresidente norteamericano Richard Nixon, Castro y su comitiva eran recibidos como héroes en la capital venezolana. “Por todas partes que pasaba, Fidel generaba curiosidad y atraía a la muchedumbre”.

Invitado por la Federación de Centros Universitarios, en su alocución en la plaza de El Silencio el joven líder cubano se dirigió a la multitud reunida para expresar su gratitud: “de Venezuela solo hemos recibido favores… nos alentaron durante la lucha con su simpatía y su cariño; hicieron llegar el bolívar hasta la Sierra Maestra, divulgaron por toda la América las transmisiones de Radio Rebelde, nos abrieron las páginas de sus periódicos y algunas cosas más recibimos de Venezuela.”

Eso de “algunas cosas más”, fueron armas. Armas aportadas por la Junta de Gobierno posdictadura perezjimenista. Así lo corrobora el investigador Gustavo Salcedo Ávila a través de testimonios de protagonistas de primera fila (Venezuela campo de batalla de la Guerra Fría, 2017, pp. 102-105).

 

El 25 de noviembre de 2016 murió la sombra de Fidel Castro. No hay certezas de cuándo murió aquel al que apodaban el Caballo o el Loco. Su fantasma aún ronda por los predios de la isla que gobernó durante 60 años y por el continente que sedujo durante igual periodo de tiempo. La relación de Castro con la izquierda venezolana –como con todo ese espectro político en América Latina– tuvo diversos momentos y matices; pero a partir de mediados de los sesenta él determinó lo que era revolucionario y lo que no, como si fuera el supremo papa de la Iglesia socialista.

Si bien es ya una convención, un hecho establecido, el interés del caudillo caribeño por el rico país petrolero que terminó suministrándole la última bombona de oxígeno para morir con un feudo dominado y en calma, su influencia en la vida política venezolana atravesó medio siglo de cercanías y alejamientos, aunque siendo justos privó más la proximidad al liderazgo nacional, a excepción de figuras principales como Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. Y sin desconocer, por supuesto, el franco enfrentamiento con el Partido Comunista en 1967, ventilado en diversos medios internacionales.

Entre aquella apoteósica visita a Caracas en 1959, con abrazo a Neruda en la Universidad Central, y sus estancias con juego de béisbol, sesiones de asesoría directa al jefe de Estado y recorrido por la hacienda entregada en elecciones libres al militar barinés, se produjeron flujos y reflujos. Del rompimiento de relaciones en 1961 hasta la acusación de injerencia en la política interna ante la Organización de Estados Americanos en 1963; desde los desembarcos de combatientes para apoyar a las guerrillas del PCV y el MIR en 1966 y 1967 hasta la normalización de intercambios durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez; desde el recibimiento triunfal en 1989, convertido en la diva de los medios, para la coronación de Carlos Andrés II, hasta 1994 cuando el jefe golpista venezolano Hugo Chávez fue recibido en la capital de Cuba con honores y distinciones de paladín revolucionario.

 

En medio de esos sucesos, más allá o más acá de los líderes, el sentimiento venezolano por la mítica Revolución cubana. Posicionada en los imaginarios continentales a través de hábiles manejos propagandísticos, también en un amplio ejercicio que va desde las canciones de la Nueva Trova a los premios de Casa de las Américas, los viajes a congresos, el intercambio académico y la importante empresa editorial, la presencia cubana fue también constante en nuestros medios. De la labor de solidaridad de El Nacional y el Ateneo de Caracas al exilio produciendo y laborando en las telenovelas locales.

Quizás, más que en ningún otro espacio, fue en la universidad donde se incubó y propagó el culto a los héroes de la Revolución cubana. Lugar de vida y acción por excelencia de la izquierda nacional, donde fueron a parar como estudiantes, profesores, empleados y obreros muchos de los derrotados de la lucha armada, la universidad fue refugio de armas e ideas tras el escudo de la autonomía. Mundo aparte, crítico y cuestionador del orden democrático, el proceso universitario urge revisión en medio del descalabro general del país. Allí se repitieron todos los vicios, todas las trampas de aquello de lo cual renegaba. Lo cual explica en mucho su situación actual.

 

Pero, ¿cuál es nuestra lectura de la Revolución cubana?; ¿cuál es nuestra sensibilidad y reflexión frente al proceso político, social, económico y cultural desarrollado en la isla a partir de 1959? Fascinación, simpatía, solidaridad, ejemplo, apasionamiento adolescente.

El miércoles 1° de febrero de 1989 se publicó en el diario El Nacional (p. publicidad c/9) una comunicación que daba la bienvenida al jefe de los barbudos de la Sierra Maestra. “En esta hora dramática del Continente –declaraban los firmantes de aquel escrito–, solo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos”. Para concluir: “…afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”.

En la rumba por la segunda toma de posesión presidencial del exministro encargado de la represión guerrillera en el gobierno de Betancourt, que tuvo “concertación musical” en varias ciudades del país con Ray Barreto, Fito Páez, Gilberto Gil y Soledad Bravo, ese manifiesto fue un gesto más de tributo para quien se convirtió en la atracción de la velada. Peleada su entrevista por los principales canales de tv y periódicos, “Castro se alojó en el hotel Caracas Hilton, al lado de Felipe González, y sus salidas supusieron un caos de gritos de «Fi-del, Fi-del» (José Comas, “Llegó el Comandante y todo paró”, en El País, 2 de febrero de 1989). No solo la izquierda, el país quería tocar a Fidel.

El manifiesto, que circula en internet y es utilizado una y otra vez para cuestionar a sus suscriptores en este tiempo de Inquisición y purismos, de necesidad de exhibir la limpieza de convicciones antichavistas, contiene nombres de figuras críticas al proceso que inauguró el último mejor amigo de Fidel Castro. Allí novelistas, filósofos, sociólogos, teatristas, críticos de literatura y arte, historiadores, periodistas… Alfredo Armas Alfonzo, Alberto Arvelo, Fernando Rodríguez, Michelle Ascencio, Alberto Barrera, Marcelino Bisbal, Roberto Briceño León, Elías Pino Iturrieta, Miguel Ángel Campos, Ocarina Castillo, Peran Ermini, Raquel Gamus, Paolo Gasparini, Jesús Gazo, Beatriz González Stephan, Francisco Herrera Luque, Rodolfo Izaguirre, María Elena Ramos, Milagros Socorro, Valentina e Inés Quintero, Laura Cracco, Ednodio Quintero, Edilio Peña y Pedro León Zapata figuran entre los 911 saludadores.

Aun cuando al parecer tanto en su momento, como después, muchos de quienes aparecen firmando negaron haberlo hecho, la nómina no sirve para señalar y acusar, sirve para intentar vernos en lo hondo. Para preguntarnos por qué lo mejor de nuestra inteligencia y sensibilidad tributaba en 1989 con tal entusiasmo y esperanzada euforia al gobernante cubano. ¿Qué había en el fondo de esa creencia, de ese respaldo, de ese apoyo público y notorio? ¿Ingenuidad, resaca de la épica romántica de la revolución latinoamericana, ideas del intelectual comprometido que pregonó Sartre, nostalgia generacional, convicción política, fe? ¿Todo aquello que plantea Iván de la Nuez en su Fantasía roja?

¿No se sabía de fusilamientos, represión, cárceles? ¿De Reinaldo Arenas, de Camarioca y de Mariel? ¿De las canciones de Carlos Varela y Tanya? ¿De un pueblo sumido en la calamidad y una élite disfrutando en Siboney?

Aquello que retrató tiempo después Norberto Fuentes, fugado de aquellas fiestas. ¿Por qué después de tantos viajes a La Habana, aquella figura continuaba siendo 30 años después “una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”?

José Ignacio Cabrujas no firmó y se despidió del Comandante en una carta publicada en el Diario de Caracas en septiembre de 1991, donde muestra la emoción de las gentes ante la entrada de Tuth-Ank-Ammon al Teresa Carreño. Jamás olvidemos que no vino el hombre a la toma de posesión de Teodoro Petkoff, José Vicente Rangel o Américo Martín; desde antes Carlos Andrés disfrutaba del Bacardí con él, junto a Torrijos y García Márquez.

Una carta abierta a Fidel Castro solicitando un plebiscito para Cuba también se publicó en aquella edición de El Nacional. Entre los firmantes, junto a destacados escritores, artistas e intelectuales del mundo, están Juan Liscano, Nelson Rivera, Sofia Imber, Manuel Malaver y Fausto Masó. Otra carta a Castro Ruz era suscrita por senadores y diputados del partido Nueva Generación Democrática, en términos bastante cuestionadores y ofensivos. Varias comunicaciones, unas de bienvenida y otras de repudio se publicaron allí.

Uno de los firmantes de la carta abierta, Ibsen Martínez, vuelve al polémico manifiesto de los 911 en la edición de El País del 5 de junio de 2014, para señalar: “El documento se lee hoy con nostalgia del año en que, con la caída del muro de Berlín, comenzó el colapso de la Unión Soviética. También con desengañada sonrisa al ver el nombre de entrañables, auténticos hombres y mujeres de ideas y de letras, de músicos, cineastas, gente de teatro y artistas plásticos, entreverado con el de los sempiternos logreros y lobbystas del presupuesto cultural del petroestado venezolano; todos saludando a un tiempo la visita de un tirano que en cosa de meses habría de fusilar, tras un juicio farsesco, a quienes se pensaban sus mejores amigos.”

 

Si Ana Teresa Torres ha apuntado en La herencia de la tribu una constante en los venezolanos: la vuelta a buscar en el pasado las claves del futuro, Haroldo Dilla nos advierte y puntualiza: “El acercamiento de Cuba y Venezuela pareció reconciliar pasado y futuro. El socialismo del siglo XXI venía al rescate del del XX para, además, mejorarlo. Pero no fue así y hoy, a veinte años de la Revolución bolivariana, Venezuela se encuentra en una crisis de su modelo de populismo petrolero crecientemente autoritario. Y Cuba transita su propia forma de restauración capitalista. Pero Cuba y Venezuela comparten también una certeza: no hay paraísos adonde regresar. Ni la Cuba pre-59 ni la Venezuela pre-Chávez eran la panacea que hoy algunos creen” (Nueva Sociedad, febrero 2019).

La sombra de Fidel, el único ciudadano de la hermosa isla, sigue presente en Venezuela. El caudillo mesiánico vive dentro de nuestras creencias convertidas en accionar político. No es asunto solo de izquierdas. Escribía Cabrujas en 1991: “Ahora, se terminó Comandante y usted sobra. No hay discurso que lo acomode ni realidad que lo sostenga. Usted nos debe una renuncia. Usted debe evitar la prolongación de su persona”.

Para Cabrujas, Castro ya no era un contemporáneo, era el pasado de un mundo moderno. Paradójicamente, los mejores años de disfrute del viejo caballo vendrían poco después gracias al encanto que ejerció sobre aquel por quien el teatrista y escritor de telenovelas manifestó su simpatía por atreverse a “hacer algo más allá de la habitual rutina de oposición y denuncia”, “prisionero incómodo y héroe triunfante después del episodio de las tanquetas” (El mundo según Cabrujas, 2009, p. 247). Es decir, los venezolanos, Chávez y Fidel se encontraron, ninguno era moderno. Todo era una falsa fachada, como el traje azul del ilustre visitante.

En su destino Cuba y Venezuela parecen recorrer el mismo camino. Mientras más logre sobrevivir el régimen ahora liderado por Díaz Canel en sus malabarismos, aperturas y deslastre de cualquier legado socialista, más fácil será para los gobernantes venezolanos repetir la hazaña y perpetuarse en el poder por algunas décadas más.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | ¿Cuándo los venezolanos nos volvimos socialistas? (IX), por Isaac López*
En el libro Experiencias de un candidato (1978), Héctor Mujica recuenta al país que vio. Un país que sigue siendo y explica mucho del tiempo actual

 

@YsaacLpez

«Cuanto más precisamente describas y comprendas el pasado, menos probable es que malinterpretes, vulgarices y tergiverses el presente. El narcisismo del presente es que quiere que el pasado se ajuste a sus demandas actuales. No puedes aprender las lecciones del pasado si lo reescribes a conveniencia.» Zadie Smith. (Entrevista con Andrés Seoane. El Cultural, 26 de enero 2021)

Históricamente el comunismo no tuvo gran acogida entre los venezolanos. El Partido Comunista fundado en el país en 1931 participó en sus dos primeras elecciones en 1947 y 1958.

Señala Ricardo Robledo Limón que en la primera su candidato Gustavo Machado obtuvo 40.000 votos, siendo derrotado por Rómulo Gallegos. Logró colocar a un senador y dos diputados en el Congreso. Para 1958, apoyando la candidatura no comunista de Wolfgan Larrazábal, llevó a la legislatura a 7 diputados y 2 senadores. El prestigio del exmilitar haría mayor peso que un trabajo destacado en las masas (Ricardo Robledo Limón. El movimiento estudiantil de Venezuela. De su integración a la vida política a la lucha armada, El Colegio de México, 1970).

En un destacado trabajo de investigación reciente, Gustavo Salcedo Ávila señala que el Partido Comunista emergió en 1958 como una de las organizaciones de su signo más fuertes de América Latina, con alrededor de diez a veinte mil afiliados. Sin embargo, su influencia era marginal y no tenía la presencia en los sectores populares de AD, URD o COPEI (Venezuela, campo de batalla de la Guerra Fría, Academia Nacional de la Historia-Fundación Bancaribe, 2017). 

Luego, en 1968 −después de la apuesta por la lucha armada− se daría la fachada de la Unión para Avanzar (UPA), sumando escasos votos a la propuesta del Movimiento Electoral del Pueblo y su candidato, Luis Beltrán Prieto, quien arribó cuarto en los escrutinios de aquel año. Parecería entonces una historia de minorías.

Parto de varias preguntas para entender. ¿Cuándo los venezolanos asumimos, con el mismo fervor de ser adecos y de ser copeyanos, el ser marxistas o socialistas para votar abrumadoramente por su propuesta el 6 de diciembre de 1998? ¿Cuándo se arraigaron en nosotros tales doctrinas como remedio a los males del país y mediante qué mecanismos? ¿La consecuente prédica de la izquierda nacional, el trabajo en las masas de los partidos de esa tendencia, las canciones de Alí Primera?

Para responder reviso dos libros: La izquierda venezolana y las elecciones del 73 (Un análisis político y polémico) (Caracas, Síntesis 2000, 1974), compilación de trabajos de Federico Álvarez, Manuel Caballero, Américo Martín, Demetrio Boersner, Domingo Alberto Rangel y Miguel Acosta Saignes. Un elenco destacado, diría don Elías Pino. Y El país, la izquierda y las elecciones de 1978 (Caracas, Miguel Ángel García e hijo, 1977), de Guillermo García Ponce; el “jefe de la Guerra», «Paladín de la lucha armada», «El comandante» (Agustín Blanco Muñoz, 1980, 311), quien con el tiempo trocaría en exitoso empresario de medios en la Revolución bolivariana.

Constato entonces que todas mis preguntas están erradas, pues parten de un mal supuesto: nunca hubo tal fervor por las propuestas de la izquierda vernácula en los sectores populares del país, en las masas nacionales. Nunca antes del 2002, cuando comenzó «el romance» del nuevo régimen con Cuba. Y desde 2006, cuando la dirigencia chavista se proclama ferviente creyente del socialismo del siglo XXI  .

La propuesta de 1998 de los exmilitares que habían encabezado el golpe de Estado de 1992 no era socialista.

Eso fue un revestimiento posterior. Y el país se enfundó de rojito y comenzó a tenerle cierto aprecio a los afiches del Che Guevara a partir de una hábil estrategia de engaño y autoengaño, de banalización de ideas y símbolos, desarrollada desde el nuevo poder instituido. Todo a través de la «hegemonía comunicacional». 

Así, ante la arrolladora presencia de los nuevos discursos, hasta los que fueron amamantados por sus madres con el himno de AD, o los que crecieron en una casa donde en la sala había una foto del joven Rafael Caldera, de pronto comenzaron a idolatrar a Fidel Castro, entonar las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, en fin, a proclamar el socialismo como la vía para una vida mejor. ¡Vivan las misiones, y abajo las élites!! ¡Viva la revolución, que todos somos iguales!!!

Valga tal introducción para comentar un libro simpático: Experiencias de un candidato, del periodista y narrador Héctor Mujica (Caracas, Industrias Sorocaima, 1980). Testimonio de un político perdedor, de un candidato que ha recorrido el país para patentizar sus problemas y proclamar un cambio. Pero que no fue atendido, que sus formulaciones no llegaron al pueblo elector. Es el cuento de un derrotado de siempre.

Libro de tres presentaciones, firmadas por los otros tres candidatos a las mismas elecciones, los hombres de una izquierda eternamente desunida: José Vicente Rangel, Américo Martín y Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Rangel señala: «Héctor Mujica exalta dos cuestiones esenciales; la actividad en el seno de las masas, el diálogo permanente con los trabajadores, con los campesinos, con las amas de casa, un diálogo sostenido, de promoción del socialismo.»

Américo Martín expresa: «Y es que no es tarea fácil el socialismo. Pero Héctor, buen competidor añade: el socialismo mío es el comunista, la sociedad sin autoridades, sin burocracia, la libertad en el sentido más pleno.» Seguro. Como en la URSS, en China y en Cuba.

Por su parte, el maestro Prieto indica a Mujica: «Tus observaciones sobre los discursos de los candidatos que todo el mundo aplaude, pero no siguen, es acertada, pero conduce a serias reflexiones sobre la oratoria política: mucho programa, cifras, ejemplos que la gente no tiene interés en oír o por el contrario mucha palabra vacía que no mueve interés de nadie. Estamos en una época de eslóganes de 30 segundos en radio y en televisión, pero ni tú ni yo, que creemos en el valor educativo de la palabra, podemos renunciar a ella… Mientras los medios de comunicación sean empleados por la clase dominante para embrutecer y corromper al pueblo, verás a los marginados votando por los responsables de su situación… Por otra parte, aportamos un comportamiento y dejamos un mensaje que debe trabajar en el subconsciente del pueblo. Hay que insistir.»

La siembra del socialismo era entonces un idealismo, tarea de quijotes. 

Nadie me va a convencer de que el régimen que se hace llamar socialismo en Venezuela tiene algo que ver con gente honesta como Héctor Mujica, Gustavo Machado, Jesús Faría, Luis Beltrán Prieto Figueroa… Me dirán de Guillermo García Ponce, José Vicente Rangel, Aristóbulo Istúriz, Alí Rodríguez Araque… También pudiera nombrar yo a muchos adecos y copeyanos que han formado parte del negocio. Lo de socialismo es aquí simple retórica, adorno.  

En este libro, Experiencias de un candidato, Héctor Mujica cuenta su prueba recorriendo el país, postulado por el Partido Comunista de Venezuela a las elecciones presidenciales de 1978. Relación de concentraciones y mítines, conversaciones con gentes disimiles −del campesino del páramo merideño a la muchacha de los barrios de Caracas; de los trabajadores del campo en los llanos a los obreros de Guayana−, encuentro con el hondo pueblo venezolano.

Mujica cuenta los pormenores de su campaña. Él es un intelectual −poeta, articulista, narrador− que sabe debe recorrer el país siguiendo una fórmula consagrada que no comparte, pero que es el mecanismo para captar los votos requeridos. Sabe de antemano que su prédica va hacía un país que no puede escucharla. Mujica es un candidato anormal. Un hombre que puede verse con ironía, pero no con amargura. Aquí no hay un político resentido ante una derrota que siempre supo. Este hombre recuenta al país que vio. Entorno que quiere comprender. Un país que sigue siendo y explica mucho del tiempo actual.

Ese pueblo que en 1978 votaba por AD o COPEI es el mismo que votó en 1998 por Chávez, y lo siguió apoyando mucho más allá. El mismo ahogado en un mar de calamidades en este oscuro hoy, el que se conforma con las menudas dádivas e inventa mil resuelves.

De las muchas anécdotas que componen el libro y que vale la pena leer escojo una.

«Después de un largo recorrido por el barrio José Félix Ribas, en Petare, nos despedíamos de los vecinos en la colina más alta. Se congregaron a la puerta de un rancho de 3 por 4 metros unas treinta personas. Miré hacia el interior de la vivienda. Estaba la madre, 28 años con apariencia de medio siglo, prácticamente sin dentadura. Estaban los hijos, ocho en total, desnudos y descalzos. Y el padre y concubino, impertérrito en la lectura de una revista. Cuando hablábamos del déficit de un millón de viviendas, de 850.000 casas sin agua potable y de las 900.000 sin cloacas, el hombre −padre y concubino− se incorporó sobre el camastro, y me espetó:

–Todo eso que usted propone es muy bonito, pero a mí no me gusta el comunismo.

Y yo: ¿y por qué no te gusta el comunismo?

Y él: porque me quitan lo mío.

Yo: ¿y qué es lo tuyo? ¿Tu mujer? ¿Los muchachos? ¿El rancho y ese camastro?

Y él: bueno, ahora no tengo nada, pero ¿y si le pego a este? Y me mostró el caballo número 2 de la segunda válida del 5 y 6 de la semana siguiente.»

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana | El candidato José Vicente (VIII), por Isaac López*

La imagen de la pegatina del PCV apoyando a José Vicente Rangel es de la campaña electoral de 1978.

Si usted cree que hemos cambiado mucho en medio siglo de historia venezolana, sería bueno repasara los testimonios del devenir reciente del país

 

@YsaacLpez

Eran las elecciones de 1973, las que ganaría el hombre que caminaba y perdería Lorenzo, así prometiera seguir con la alegría y el bienestar por mucho tiempo. Eran las elecciones en las cuales participaba la izquierda luego de diez años de proscripción por su apuesta a la toma del poder por la violencia, luego de la fachada de la Unidad para Avanzar (UPA) y la rehabilitación del MIR.

El sector ofrecía dos postulaciones que despertaban ciertas simpatías ante el bipartidismo: la Nueva Fuerza, que agrupaba al Partido Comunista de Venezuela, al Movimiento Electoral del Pueblo y a Unión Republicana Democrática con Jesús Ángel Paz Galarraga, El Indio Paz, a la cabeza; y el Movimiento al Socialismo, escisión reciente del PCV, con la candidatura de José Vicente Rangel.

El periodista Manuel Felipe Sierra, militante de URD y luego del PRIN, defendía para 1972 la candidatura de Rangel señalando que en torno a la misma se había levantado un cerco de mentiras. Entre los argumentos utilizados estaba el de su carácter sectario y excluyente. Indicaba el articulista que los voceros de la prensa reaccionaria mostraban al candidato como prisionero en las redes del MAS. Sierra Ramírez −parte de una familia coriana de compromiso consecuente con la izquierda− mostraba las divisiones del espectro político en el momento, exponiendo a una “izquierda enferma de odios pequeños.”

Para Sierra algunos eran intransigentes en sus propósitos de implantar el socialismo, negando elementos de atenuación táctica; mientras otros no lograban salir de la querella de los dogmas eternos y la extorsión ideológica. Para el periodista y político falconiano, la candidatura de Rangel era la de “un socialista integral, pero sin compromisos partidarios”.

Manuel Felipe Sierra indicaba que los merecimientos intelectuales y morales, la conducta rectilínea, la honestidad y firmeza de Rangel lo convertían en el candidato ideal para quienes se oponían a la politiquería y las formas envilecidas del pasado. Representaba José Vicente Rangel, a decir de Sierra, entre otros valores, el del “socialismo como alternativa inmediata contra el capitalismo dependiente que niega nuestra condición humana.” [La Mañana, Coro, 12 de septiembre de 1972, p. 4.]

Por su parte, otro político y periodista falconiano, Zénemig Giménez −director de aquella experiencia de debate político de importancia titulada Al oído−, hacía un balance de la situación política nacional, llamando la atención sobre la teorización en su carácter pedagógico, corrector y orientador, de los sectores populares.

Para Zénemig Giménez la unidad debía ser el objetivo fundamental de los partidos de izquierda. Indicaba que ya AD y COPEI tenían sus candidatos, Carlos Andrés Pérez y Lorenzo Fernández; al igual que las izquierdas el MEP y PCV a Paz Galarraga y el MAS a José Vicente Rangel. El MIR no se había decidido y grupos como Organización de Revolucionarios, Bandera Roja, y algunos más no mostraban aceptación del proceso electoral.

Mencionaba Giménez −destacado profesor de la Escuela de Periodismo de la UCV− además a otros grupos que perfilaban a mostrar candidatos propios como OPINA, PSD y el FDP. Para el crítico y exigente investigador que también fue Giménez, algunos partidos de izquierda jugaban a la idea de que si no ganaban ellos tampoco lo hiciera otro de su mismo sector político. [La Mañana, Coro, 21 de septiembre de 1972, p. 4].

La izquierda que apoyaba a Rangel acusaba a la que apoyaba a Paz Galarraga de estar constituida por los que habían gobernado desde 1958; mientras los de la Nueva Fuerza cuestionaban a los que respaldaban al antiguo militante de URD de no creer en la democracia y sus formas, atentando contra ella.

En Coro, Teodoro Petkoff −que una década antes, entre mayo y agosto de 1962, había pertenecido al Frente Guerrillero José Leonardo Chirinos y hecho vida combativa en las montañas de Falcón− expresaba su satisfacción por el desarrollo de la campaña de José Vicente Rangel.

El eco despertado por el planteamiento socialista de Rangel y el MAS, señalaba Petkoff, se traducía en grandes mítines, contactos cara a cara del candidato con la población de los barrios, visitas casa por casa, y un notable impacto que lo presentaba entre las principales opciones electorales.

Indicaba El Catire: “Nosotros proponemos un agrupamiento de fuerzas que no limite su objetivo a un mero cambio de gobierno, sino que echando del poder a AD y COPEI cambie el sistema de tal forma que los gobiernos de esos partidos no puedan nunca más repetirse en el país. No deben repetirse -dijo a una pregunta- porque corresponden al dominio que sobre la vida económica y política ejercen los grandes millonarios venezolanos y norteamericanos y ese dominio es completamente contrario a los intereses de los venezolanos comunes y corrientes.”

Para el Petkoff de entonces −que el que no cambia es estúpido− las necesidades económicas del país y el desarrollo de nuevas instituciones sociales y económicas harían necesarias en el futuro la desaparición de toda forma de empresa privada, asimismo negaba que AD tuviera una propuesta de gobierno donde estuvieran representados de manera dominante los intereses de la clase obrera, clases medias y los pobres, pues en su propuesta aparecía como dominante la presencia de los intereses de los capitalistas. (La Mañana, Coro, 29 de septiembre de 1972, p. última)

“José Vicente llenó la Plaza Falcón”, rezaba en primera página el 21 de octubre de 1972 el mismo diario La Mañana que venimos citando.

El candidato socialista expresó en su intervención en el centro de la capital falconiana que los venezolanos debían proponerse un cambio de sistema económico y criticó severamente el ventajismo oficial.

La noticia contiene además dos fotografías, una del público asistente al acto, y otra que muestra en conversación al candidato del MAS con Manuel Felipe Sierra y el dueño del diario La Mañana, el empresario y ganadero Atilio Yánez Essis.

Se reseña la actividad en la cual se presentaron grupos culturales, películas e interpretaciones de canciones de protesta. Un numeroso público se concentró en la Plaza Falcón de Coro, donde Rangel entre otros asuntos señaló:

“… es necesario dotar al país de un gobierno barato y eficaz. Hay que acabar con los ladrones y peculadores, hay que acabar con el bonche en la administración pública. Hay que crear industrias capaces de generar empleo. Ese gobierno barato, eficaz, yo lo prometo, y prometo que quien meta las manos en el tesoro público, quien trafique desde el poder recibirá su castigo con todo el peso de la ley.”

“Los venezolanos deben proponerse un cambio de sistema económico. Deben poner en práctica la decisión popular de cambiar las estructuras sociales. Mientras los medios de producción estén en manos de quince grupos económicos que dominan monopólicamente la economía nacional no puede haber desarrollo y la miseria y el desempleo se extenderán en el país. Hay que crear la propiedad social sobre esos medios de producción, expropiando esa gran riqueza para volcarla a favor del pueblo en beneficios sociales.”

Rangel hizo severas críticas al ventajismo oficial en la campaña electoral, al funcionamiento del gobierno, y se mostró contrario a la enmienda constitucional que propiciaba la exclusión de Marcos Pérez Jiménez de participar en los sufragios. Pidió libertad para los presos políticos e indicó que su política era la única que en el campo de la oposición estaba creciendo (La Mañana, Coro, 21 de octubre de 1972, p. 1). En el rechazo a excluir al exdictador de la justa electoral coincidían los dos abanderados de la izquierda.

¿Han cambiado sustancialmente las formas políticas en Venezuela en los últimos cincuenta años? ¿Son distintos los manejos de quienes ostentaban y ostentan el poder y quienes hacían y hacen oposición?

Si usted cree que hemos cambiado mucho en medio siglo de historia venezolana, si usted cree que la modernidad y la nueva política son los signos del debate venezolano, sería bueno repasara los testimonios del devenir reciente del país. Los discursos de cara al público de nuestro liderazgo. De ayer a esta mañana.

Isaac López

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

isaac lopez

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