Después de todos estos años o la madre de Frankenstein, por Isaac López* - Runrun
Después de todos estos años o la madre de Frankenstein, por Isaac López*
No hay posibilidad de mea culpa en un país de constante simulación, de constante refundación, de eterna juventud, de falsas reservas morales, de aprovechadores y cínicos. «El país de la alegría»

 

@YsaacLpez

Al recuerdo de mi primo Domingo Hidalgo López/ A la presencia de mi sobrino Felipe López Lugo, dedico

«Detrás de todos estos años, detrás del miedo y el dolor, vivimos añorando algo, algo que nunca más volvió. Detrás de los que no se fueron, detrás de los que ya no están, hay una foto de familia donde lloramos al final. (…) Tratando de mirar por el ojo de la aguja, tratando de vivir dentro de una misma burbuja, solos, solos…»

Yo cuento un país en ruinas. Un país que cree que fue mejor, feliz, pero que por culpa de la roja conspiración perdió el rumbo. La memoria es corta. El pueblo no siempre tiene la razón. De ayer medio me acuerdo, de anteayer no. Las noticias de indígenas cazados como chigüires, los tratos de la corrupción de amantes-secretarias privadas y de ministros destacados, los muchachitos disfrazados de Chávez, la muchedumbre feliz en los petrodólares de 2010 −profesores universitarios incluidos− mientras los bárbaros desmontaban la institucionalidad… Todo eso son inventos de las revistas.

Metáfora de los ciegos. Luz que no encontramos. En el espacio público nos vemos, nos mostramos. Un país de sabelotodos, de incontinentes verbales. De los que tienen todas las respuestas a los males del extravío. De gente que no sabe callarse la boca.

El país destemplado, con una moral y una ética sinuosas, de aceptación de canalladas. El profesor que toma fotografías a documentos únicos con flash sabiendo que eso acorta la vida de los materiales que deberían utilizar nuevas generaciones es tan criminal como aquellos que devastan fuentes de agua en el Arco Minero del Orinoco. Nada importa después que pase yo, nada importa después de que yo saque provecho.

El régimen juega a normalizar el caos. Unos seres en harapos escarban la basura de la esquina, mientras los bodegones rebosan de productos y de clientes. La oposición juega a liderar un nuevo reparto, a recoger las sobras del negocio. No puede con el dominio militar y pacta el reparto.

Los intelectuales −historiadores, politólogos, ilustres hombres del pensar− se dividen entre cuestiones de distinto rango. Según los intereses serán más o menos críticos. Favorecerán la adoración al liberalismo, la socialdemocracia, el fortalecimiento del libre acceso a las oportunidades…

Un país sin legados, sino con falsas herencias. Donde la reflexión se sustituye con la reacción aprovechadora.

Qué quieres que diga para que me pongas a salir en la televisión, para que me entrevistes, para que suene en tu emisora o me dejes escribir en tu revista.

Muchos de los que hasta ayer ocupaban cargos públicos, prestaban su pluma a elogiar a «el proceso» o erguían sus pechos orgullosos tras sus camisas rojas hoy se travisten de intelectuales críticos, de articulistas comprometidos con el cambio, de escritores anhelantes de la libertad. Payasos que juegan a que nadie los reconozca.

Circo y manicomio. Lugar de lágrimas y fiesta sin fin. Desorden. Bochinche. Las excrecencias se extienden en las aceras. Los zamuros parecen gallinas en su corral. Cloacas chorrean por toda la avenida. Todas las palabras son grosería. Denigración y atropello. Al fin ganaron, hablamos como ellos.

No hay posibilidad de mea culpa en un país de constante simulación, de constante refundación, de eterna juventud, de falsas reservas morales, de aprovechadores y cínicos. «El país de la alegría».

Hace poco murió en España la escritora Almudena Grandes, autora de la novela La madre de Frankenstein que cuenta los males de «la madre patria» a través de la historia de Aurora Rodríguez Carbelleida, quien mató a su hija de cuatro tiros y fue recluida en el manicomio de Ciempozuelos, donde pasó sus últimos días construyendo muñecas de trapo a las cuales pasaba horas mirando para transferirles su espíritu.

Así nosotros ante una geografía de hilachas, ante un cuero sin brillo, ante una parcela que no se enfrenta a sí misma en sus múltiples miserias. Pisadero de mulas empeñado en llamarse país.

El exilio no es el de Ángel Rama o Alfredo Zitarrosa, el de Tomás Eloy Martínez o Mario Benedetti, no. El exilio son los free cover en los solares de Orlando del Pollo Brito. Los otros destierros, las otras penas, tienen menos cobertura. Nadie quiere saber de ese sufrimiento, a menos que sirva para tirarle otra raya al tigre.

Como canta Carlos Varela: «Detrás de toda la nostalgia, de la mentira y la traición, detrás de toda la distancia, detrás de la separación (…) Detrás de todos estos años, detrás del miedo y el dolor, vivimos añorando algo, y descubrimos con desilusión: que no sirvió de nada, de nada, de nada… O casi nada que no es lo mismo, pero es igual».

28 de noviembre de 2021.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida

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