José Luis Farías, autor en Runrun

José Luis Farias

Audacia versus el caradurismo de JR, por José Luis Farías
Aunque es demasiado obvia voy a decir esta sugerencia: hay que vetar la incorporación del “diplomático” como ellos vetaron a Vecchio

 

@fariasjoseluis

Sin ser precisamente un diplomático ni experto en negociaciones, espero me perdonen asomar algunas sugerencias sobre cómo responder el caradurismo de Jorge Rodríguez al proponer la incorporación de Alex Saab a la mesa de negociación instalada en México.

1. Aunque es demasiado obvia la voy a decir: hay que vetarla como ellos vetaron a Vecchio, pero mostrando los turbios negocios que involucran al sujeto y sus socios que hoy lo mantienen preso en Cabo Verde y a tiro de extradición

2. Desenmascarar la intención del régimen de patear la mesa de negociación con esta burda provocación.

3. Anunciar –e iniciar– un rápido proceso de entendimiento entre todos los factores de oposición para armar una plantilla de candidatos unitarios.

Sin embargo, como esta última propuesta parece imposible, toca a los ciudadanos profundizar la indignación necesaria, descubriendo mentiras, ambiciones y ausencia de voluntad unitaria en la cúpula opositora. Pues un giro drástico hacia la unidad sería la mejor respuesta: aceleraría acontecimientos y pondría al régimen contra las cuerdas.

Estamos a tiempo. Hasta el 22 de septiembre son las sustituciones de candidatos en el CNE. Después no digan que no se los dije.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El 11 de septiembre, la inutilidad del terror, la ira y la fuerza, por José Luis Farías
El costo de la «guerra contra el terror», por el 11 de septiembre, es 2 de billones de dólares y más de cien mil vidas humanas

 

@fariasjoseluis

A las 8:55 de la mañana de aquel martes, el repique del teléfono celular interrumpió mi modorra. Era el día de mi cumpleaños y en ese entonces la celebración –aún se podía– comenzaba con la semana. Entenderán por qué la llamada me sorprendió en la cama.

Creí que eran mis hijas para llenarme de alegría con sus felicitaciones, deseos y parabienes, pero todavía adormecido recordé que lo habían hecho a las 12 en punto de la noche, como solían.

Se trataba de mi buen amigo «negro Blanco», siempre entre los primeros en llamar, esta vez no para felicitarme sino para pedirme, con voz agitada y nerviosa, encender el televisor y enterarme de lo que sucedía en Nueva York.

Me pregunté en ese momento qué podía estar pasando tan lejos que fuera de mi interés y sin alcanzar a interrogarlo vino la respuesta:

Un avión acaba de estrellarse contra las Torres Gemelas.

Sin dar crédito a sus palabras, sintonicé CNN en español -su señal todavía era posible por acá- y pude ver de inmediato en repetición cómo un avión, que después supe era un Boeing 767, el vuelo 11 de American Airlines con 92 pasajeros a bordo y 32.500 litros de combustible en sus alas, viajando a 600 kilómetros por hora, se incrustaba entre los pisos 94 y 99 de la torre norte del World Trade Center, desatando una inmensa ola de polvo y una horrenda tormenta de fuego.

Era el primero de cuatro aviones secuestrados por 19 miembros de Al Qaeda para cometer un increíble acto de terrorismo en «pleno corazón del Imperio», según expresión posterior de su principal inspirador, por aquellos días un tal Osama Bin Laden.

A las 9:03, vi la transmisión en vivo de un segundo Boeing 767 de United Airlines estrellarse contra la torre sur. Poco después supe que a las 9:37 el vuelo 77 de American Airlines impactaba la fachada del edificio del Pentágono, en Washington, y que a las 10:03 el vuelo 93 de United Airlines se estrella en un campo de Shanksville, en Pensilvania.

¡Increíble! El más trágico atentado terrorista de la historia. Según datos de la Federal Emergency Management Agency (FEMA), en total murieron 2996 personas, incluyendo a los 19 secuestradores y a las 24 personas desaparecidas:

2606 muertos en el World Trade Center.

189 fallecidos en el Pentágono.

44 muertos en Pensilvania.

El susurro de Card y «el aparente ataque terrorista» de Bush

Días después, en mi afán por informarme de todo lo relacionado con el abominable atentado, pude leer en la crónica de William March, reportero del Tampa Bay Times, publicada el mismo 11 de septiembre, que: «El presidente George W. Bush se enteró del ataque al World Trade Center a las 9:07 a. m. de hoy mientras leía a 18 estudiantes de segundo grado en una escuela primaria de Sarasota para destacar un nuevo programa de lectura». No es ocioso el detalle: unos doce minutos después de mí y de millones de personas más.

La fotografía que acompañaba la crónica de March, por demás elocuente, reseñaba en su nota: «En esta foto del 11 de septiembre de 2001, durante una visita al Emma E. Booker, escuela primaria en Sarasota, el jefe de gabinete de la Casa Blanca, Andrew Card, le susurra al oído al presidente George W. Bush acerca del accidente aéreo en el World Trade Center. (AP/Doug Mills, File).

Refiere March que a las 9:30, Bush se acercó a la audiencia congregada en el centro educativo para dar una breve declaración:

–»Este es un momento muy difícil para Estados Unidos. Hoy hemos tenido una tragedia nacional. Dos aviones se estrellaron contra el World Trade Center en un aparente ataque terrorista en nuestro país».

Y dio cuenta de que el presidente informó que había hablado con el vicepresidente Dick Cheney, el director del FBI y el gobernador de Nueva York:

–He ordenado que todos los recursos del gobierno federal ayuden a las víctimas y sus familias, y que realicen una investigación a gran escala para perseguir y encontrar a las personas que cometieron este acto”.

Por último, Bush pidió un momento de silencio y cerró diciendo:

–Que Dios bendiga a las víctimas y sus familias, muchas gracias.

«La caravana presidencial partió inmediatamente de la escuela y lo llevó al aeropuerto internacional de Sarasota-Manatee. El presidente abordó el Air Force One y el avión partió a las 10:55 a. m.», narra Card.

Ya en Washington, el Bush desconcertado y de rostro sombrío de la escuela había tomado aire para elevar el tono en su segunda declaración del día:

–No se equivoquen, los Estados Unidos cazará y perseguirá a los responsables de estos actos cobardes.

«Incredulidad» e «ira inquebrantable»

Doce horas más tarde, desde la Casa Blanca, es el momento del discurso estructurado. Bush dispone de información para delinear con más claridad la respuesta de su gobierno. Va su breve discurso:

Buenas noches. Hoy, nuestros estimados ciudadanos, nuestro estilo de vida, nuestra misma libertad fueron atacados en una serie de actos terroristas deliberados y mortales. Las víctimas estaban en aviones o en sus oficinas; secretarias, hombres y mujeres de negocios, miembros de las fuerzas armadas y trabajadores federales; mamás y papás, amigos y vecinos. Miles de vidas fueron destruidas por actos de terror malvados y despreciables.

Las imágenes de los aviones que volaban hacia los edificios, de los incendios que ardían, del colapso de inmensas estructuras, nos han llenado de incredulidad, de una tristeza terrible y de una ira callada e inquebrantable. Se pretendió que estos actos de asesinatos masivos asustaran a nuestra nación, llevándola hacia el caos y la retirada. Pero han fracasado; nuestro país es fuerte.

Un gran pueblo ha sido llevado a defender a una gran nación. Los ataques terroristas pueden sacudir los cimientos de nuestros mayores edificios, pero no pueden tocar los cimientos de los Estados Unidos. Estos actos destrozaron acero, pero no pueden mellar el acero de la determinación estadounidense.

Estados Unidos fue blanco de un ataque porque somos el faro más brillante de la libertad y oportunidad en el mundo. Y nadie hará que esa luz deje de brillar.

Hoy, nuestra nación vio la maldad, lo peor de la naturaleza humana. Y reaccionamos con lo mejor de los Estados Unidos –con la audacia de nuestros trabajadores de rescate, con el cariño de los extraños y vecinos quienes acudieron a donar sangre y a ayudar en la manera en que pudieran.

Inmediatamente después del primer ataque, implementé los planes de respuesta a emergencias de nuestro gobierno. Nuestras fuerzas armadas son poderosas y están preparadas. Nuestros equipos de emergencia estaban trabajando en la Ciudad de Nueva York y en Washington, D.C., para ayudar con los esfuerzos de rescate locales.

Nuestra primera prioridad es llevar ayuda a aquellos que fueron heridos, y tomar todas las precauciones para proteger a nuestros ciudadanos en casa y por todo el mundo de más ataques.

Las funciones de nuestro gobierno continúan sin interrupción. Las agencias federales en Washington que hoy tuvieron que ser evacuadas volverán a abrir esta noche para el personal esencial, y estarán abiertas para operaciones mañana. Nuestras instituciones financieras permanecerán sólidas, y la economía estadounidense también estará lista para operaciones.

La búsqueda de aquellos que están detrás de estos actos malvados está en camino. He encauzado todos los recursos de nuestra inteligencia y nuestras comunidades que velan por el cumplimiento de la ley para encontrar a aquellos responsables y enjuiciarlos. No haremos distinción alguna entre los terroristas que cometieron estos actos y aquellos que los protejan.

Estoy muy agradecido a los miembros del Congreso que se me han unido en condenar firmemente estos ataques. Y en nombre del pueblo estadounidense, agradezco a los muchos líderes internacionales quienes han llamado a ofrecer su condolencia y asistencia.

Los Estados Unidos y nuestros amigos y aliados se unen con todos aquellos que quieren la paz y la seguridad en el mundo, y somos solidarios para ganar la guerra contra el terrorismo. Esta noche, pido sus oraciones por todos aquellos quienes se acongojan, por los niños cuyos mundos han sido deshechos, por todos aquellos cuya sensación de seguridad ha sido amenazada. Y rezo por que los consuele un poder superior a cualquiera de nosotros, el que se ha pronunciado a través de las eras en el Salmo 23: ‘Aunque camine por el valle de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno; porque Tú estás conmigo’.

Este es el día en que todos los estadounidenses estamos unidos por nuestra determinación a favor de la justicia y la paz. Estados Unidos ha aplastado a nuestros enemigos anteriormente, y volveremos a hacerlo esta vez. Ninguno de nosotros olvidará jamás este día. Seguimos hacia adelante para defender la libertad y todo lo que es justo y bueno en nuestro mundo.

Gracias. Buenas noches y que Dios bendiga a los Estados Unidos.»

«El bien contra el mal»

En sus declaraciones a la prensa del día 12 de septiembre, el presidente Bush dijo: «Los ataques deliberados y mortales que se produjeron ayer contra nuestro país fueron algo más que meros actos terroristas. Fueron actos de guerra”.

La respuesta del gobierno norteamericano ganó forma rápidamente dentro del esquema de valores absolutos: bueno y malo, blanco y negro con los que Bush veía al mundo.

El concepto fue presentado con concisión y claridad: “Estamos en una lucha monumental del bien contra el mal”.

Así, el anterior combate de su admirado Ronald Reagan contra el «imperio del mal» devino en la «Guerra contra el terror».

El 15 de septiembre, en su programa radial, Bush sentenció: «Quienes hacen la guerra contra los Estados Unidos han escogido su propia destrucción».

Advirtiendo:

La victoria contra el terrorismo no se logrará en una sola batalla, sino en una serie de acciones decisivas contra organizaciones de terroristas, y contra los que les dan asilo y los apoyan. Estamos planeando una campaña amplia y sostenida para asegurar a nuestro país y erradicar el mal del terrorismo.  Y estamos empeñados en ver este conflicto hasta su final».

«Nuestro duelo se ha convertido en ira y la ira en resolución»

Pero el anuncio definitivo de la «guerra contra el terror», la declaración formal del presidente George W. Bush, tras considerar que «el 11 de septiembre los enemigos de la libertad cometieron un acto de guerra contra nuestro país», fue el 20 de septiembre, en sesión conjunta del Congreso estadounidense.

En su discurso están los trazos generales de cómo concebía el conflicto que estaba por iniciar: “Esta noche estamos en un país consciente del peligro y llamado a defender la libertad. Nuestro duelo se ha convertido en ira y la ira en resolución».

Le habla al país, al mundo y a los terroristas:

Los estadounidenses se preguntan: ¿Cómo lucharemos y ganaremos esta guerra? Dedicaremos todos los recursos bajo nuestro poder (…) a la interferencia y derrota de la red global de terror.

Esta guerra no será como la guerra contra Irak hace una década, con una liberación decisiva del territorio y una conclusión rápida. No será igual a la guerra aérea sobre Kosovo hace dos años, donde no se utilizaron tropas terrestres y donde no se perdió un solo estadounidense en combate».

Bush preparaba al pueblo norteamericano para una guerra larga, como en efecto lo ha sido:

Nuestra reacción involucra mucho más que la retaliación instantánea y los ataques aislados. Los estadounidenses no deben esperar una batalla, sino una campaña larga, distinta a cualquier otra que hemos visto. Posiblemente incluya ataques dramáticos, que se puedan ver en la televisión, y operaciones encubiertas, que permanecerán secretas aún tras el éxito».

El resto del mundo no podía quedar fuera de la cruzada contra el terrorismo:

«Privaremos a los terroristas de financiamiento, pondremos a los unos contra los otros, los haremos ir de un lugar a otro, hasta que no haya refugio o descanso. Y perseguiremos a las naciones que ayuden o den refugio al terrorismo.

Toda nación, en toda región del mundo, ahora tiene que tomar una decisión. Están de nuestro lado, o están del lado de los terroristas. A partir de hoy, cualquier nación que continúe albergando o apoyando al terrorismo será considerada un régimen hostil por los Estados Unidos.

Nuestra nación ha sido advertida: No somos inmunes a los ataques. Tomaremos medidas defensivas contra el terrorismo para proteger a los estadounidenses».

«Los estadounidenses no deben morir…»

Como enseñanza para quienes por estas latitudes asientan sus esperanzas en una fuerza militar norteamericana o internacional que nos libere de la opresión, va la rotunda declaración del presidente Biden: «Los estadounidenses no deben morir en una guerra que los afganos no están dispuestos a luchar por sí mismos».

La peregrina idea de que los actos de fuerza aseguran soluciones estables es desmentida una vez más, quedando sujeta, si acaso, a circunstancias muy específicas que puedan hacerlas posibles.

«La difusión de valores e instituciones –asienta Eric Hobsbawm– así nunca puede materializarse por medio de la imposición súbita de unas fuerzas externas; a menos que en su punto de aplicación se den ya las condiciones capaces de adaptarlas al entorno y de hacer que se acepte su introducción». Y nos recuerda: «existen muy pocos atajos en la historia: una lección que el autor ha aprendido, entre otras razones, por haber vivido y reflexionado sobre buena parte del siglo pasado».

Veinte años después de «guerra contra el terror», según Los Ángeles Times, el costo es de 2 de billones de dólares y compromisos por 2 billones de dólares más por pagos en atención médica, discapacidad, entierros y otros costos para los aproximadamente 4 millones de veteranos de las guerras de Afganistán e Irak.

El costo humano en vidas, hasta abril de 2021, es de 2448 militares estadounidenses, 3846 contratistas estadounidenses, 66 000 militares y policías afganos, 1145 miembro de fuerzas aliadas, incluidas de la OTAN, 47 245 civiles afganos, 51 191 combatientes del Talibán, 444 trabajadores humanitarios y 72 periodistas.

El argumento humanitario para justificar la invasión armada, sustentado en la promesa de reconstruir el país y dotarlo de instituciones democráticas firmes y duraderas, tiene poderosos mentís en la realidad: en Afganistán la mortalidad infantil se redujo solo en 50 % y apenas un 37 % de las niñas aprendieron a leer.

Aaaahhh, la «Guerra contra el terror» se echó diez años para dar de baja, ahora sí, al «diabólico» Osama Bin Laden. Pero los talibanes han regresado al poder sembrando el terror, destruyendo inhumanamente todo el whisky y el vino que encuentran a su paso y lo peor: cubriendo el rostro de sus hermosas y sensuales hembras.

Al parecer se cierra una era de la seguridad nacional y la política exterior estadounidense dominadas por la ira…

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Libertad para Roland, por José Luis Farías
La exigencia por la libertad de Roland va primero al gobierno, está en sus manos, Roland es su rehén. Pero también a quienes en representación de la oposición se sientan en México

 

@fariasjoseluis

A Roland Carreño, el amigo, el compañero, el agudo comunicador social, el luchador incansable por la democracia; pero también el padre extraordinario, el hijo amoroso, el ser humano excepcional; en fin, a Roland a secas, al pana solidario y de fino humor, virtudes todas y más, que nadie que lo conozca le puede regatear, se le ha diagnosticado positivo en COVID-19.

Dado que cualquiera de los voceros del régimen pudiera decir, escurriendo el bulto con un ejercicio de cinismo, que Roland es uno más de los 341 314 venezolanos contagiados por la letal pandemia, admitidos oficialmente como tales al día de hoy, cabe recordar las particularidades en que el terrible virus ha atacado su afectada humanidad. Pues debido a esas circunstancias la vida de Roland está en vilo. Veamos.

Roland es un preso político que lleva ya casi 11 meses en las mazmorras del régimen, en un ambiente de insalubridad de lo peor. Sin que a la fecha se le pueda demostrar delito alguno que justifique tan prolongado e inhumano encierro, salvo el de oponerse con principios y coraje, democráticamente, al abuso y a la arbitrariedad de quienes ostentan el poder político en nuestro país.

Roland padece de continuas crisis hipertensivas y otras complicaciones crónicas de salud, de las cuales han dado cuenta medios de comunicación y redes sociales durante todo este extenso tiempo de cautiverio, que lo hacen más vulnerable y tornan su contagio aun más peligroso que los casos comunes del mismo.

Pero lo peor es que durante todo este tiempo de casi un año de cárcel, a Roland se le ha negado la atención médica correspondiente a su delicado estado de salud, sin que ninguno de sus carceleros, no me refiero a los policías que lo custodian sino a los que dieron la orden de apresarlo, muestren el menor signo de humanidad para con él.

Hasta la fecha, no han tenido éxito ninguna de las gestiones humanitarias para lograr su libertad. Todas han quedado en promesas incumplidas. La indolencia ha privado por encima de la bondad humana. Y la crueldad ha cerrado el paso a un gesto de humanidad.

La lamentable noticia sobre el complicado cuadro de salud de Roland y los peligros que ello entraña poniendo en riesgo su vida, nos ha llenado de angustia, nos ha consternado, pero de igual modo nos ha invitado a todos a elevar la voz y a movilizarnos exigiendo su libertad inmediata.

La exigencia por la libertad de Roland va primero al gobierno, está en sus manos, Roland es su rehén. Pero también a quienes en representación de la oposición se sientan en México, para que pidan al gobierno la inmediata liberación de Roland como muestra de buena voluntad de querer cumplir con el acuerdo parcial de ayuda humanitaria que acaban de firmar.

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Perú entre el retorno de la utopía arcaica y el sueño del pongo, por José Luis Farías
Negros nubarrones se vislumbran en Perú. La «utopía arcaica» de Pedro Castillo podría ser desgarradora si este se queda en «El sueño del pongo»

 

@fariasjoseluis

Cuatro días antes de darse un disparo en la sien el 28 de noviembre de 1969, José María Arguedas envió con Sybila, su esposa, un ejemplar de su novela Todas las sangres a Hugo Blanco, campesino y líder revolucionario de tendencia trotskista, a quien admiraba sin conocer personalmente, preso en el penal de la isla de El Frontón en Lima, acusado de matar a un policía.

Así lo refiere Mario Vargas Llosa en su libro La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Un texto dedicado a reseñar su vida, matizar sus libros y tratar de «describir, en su caso particular, la inmolación de un talento literario por razones éticas y políticas, fenómeno más que frecuente en los escritores —y no solo latinoamericanos—».

Embutido en sus creencias políticas revolucionarias, Arguedas se había convertido en el más respetado escritor del indigenismo peruano. Su principal obra, Los ríos profundos, junto con Redoble por Rancas de Manuel Scorza, sirvieron de anestesia literaria para muchos jóvenes en los años setenta, que encontraron una ficción más cercana al marxismo indigenista de José Carlos Mariátegui que las propuestas soviéticas del tipo Así se templó el acero, ganando el respeto del líder cuzqueño y haciendo recíproca su admiración.

El privilegio de conocer íntimamente «en sus miserias y grandezas» un país «escindido en dos mundos, dos lenguas, dos culturas, dos tradiciones históricas», que le dio una perspectiva mucho más amplia por encima de otros escritores, junto a su patética vida, «con traumas de infancia, que nunca llegó a superar y que dejan un reguero de motivos en toda su obra, sumados a crisis de adulto, que lo condujeron al suicidio», lo convirtieron en el escritor peruano «favorito» de Vargas Llosa, de «esos que uno lee y relee y llegan a constituir su familia espiritual» por encima de los «más grandes, como el Inca Garcilaso de la Vega o el poeta César Vallejo».

El obsequio de Arguedas fue agradecido por Hugo Blanco con una carta de respuesta en tono lírico donde le recordaba un mitin en la plaza del Cusco, con los campesinos gritando «¡Que mueran todos los gamonales!» mientras los «blanquitos» «se metían en sus huecos, igual que pericotes» que terminó profetizando: «Días más grandes llegarán; tú has de verlos».

Arguedas respondió el mismo día «Hermano Hugo, querido, corazón de piedra y de paloma» con texto propio de un revolucionario a otro revolucionario, exhibiendo sus credenciales políticas, «asegurando que, con excepción de uno solo (se refiere a César Lévano), ningún crítico entendió que la invasión de los indios colonos a la ciudad de Abancay descrita en Los ríos profundos prefiguraba «la sublevación» que sobrevendría en el Perú cuando llegara «ese hombre que la ilumine» y los haga «vencer el miedo, el horror que les tienen» a los gamonales. Dice haber llorado esperando la llegada de ese líder, que es Hugo Blanco: «¿No fuiste tú, tú mismo quien encabezó a esos “pulguientos” indios de hacienda de nuestro pueblo; de los asnos y los perros el más azotado, el escupido con el más sucio escupitajo? Convirtiendo a esos en el más valeroso de los valientes, ¿no aceraste su alma?», relata Vargas Llosa.

Diez años después, en plena “década perdida” latinoamericana, el indigenismo marxista renacería en el Perú sin los empeños intelectuales de Mariátegui, ni las calidades literarias de Arguedas y Scorza.

Pero sí más violento y dispuesto a disputar el poder en nombre de ese Perú “profundo” del que habían hablado los intelectuales con la insurgencia de los grupos terroristas Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru.

La consecuencia fue una extensa cadena de muertos que los cálculos más conservadores estiman en más de veinte mil en una extensa ola de violencia que no pareció tener fin hasta que, a mediados en 1992, la mano dura del régimen dictatorial de Alberto Fujimori logró derrotarlos militarmente y exhibir como una fiera enjaulada con su traje a rayas a un desconcertado e iracundo Abimael Guzmán, siniestro jefe del más fanático de aquellos movimientos extremistas.

Bastante lejos de lo que muchos creyeron, el indigenismo peruano, herencia del Inca Garcilaso, siguió vivo y coleando en sus catacumbas ya sin Mariátegui y Luis Valcárcel, sin Arguedas, con el “Presidente Gonzalo” encarcelado y el líder campesino Hugo Blanco envejecido.

Han transcurrido casi tres décadas desde que muchos dieron por concluido el indigenismo marxista peruano. Pero hoy Pedro Castillo, un modesto maestro de escuela, lo ha reivindicado vestido con traje azul discretamente bordado con motivos indígenas en el cuello, luciendo el tradicional sombrero chotano de paja y ala ancha, cuando al momento de recibir los símbolos del poder del Estado peruano como nuevo presidente de la república del Perú de manos de la presidenta del parlamento, María del Carmen Alba, dijo: “Yo no gobernaré desde la Casa de Pizarro”.

Se ha puesto en claro que la “utopía arcaica”, como calificó Vargas Llosa las «ficciones del indigenismo» de José María Arguedas, no se extinguió con el pistoletazo en la sien que este se autopropinó ante el espejo de un baño de la universidad.

La llegada al poder del indigenismo en el Perú de la mano de Pedro Castillo pudiera ser la prueba definitiva de la invalidez de esa narrativa en blanco y negro de la historia peruana.

Un sin matices de ningún tipo trató de reducir la realidad y la historia peruana a la explotación inmisericorde de parte del gamonal en contraste con la pureza del indio en la oposición de la sierra con la costa peruana.

Negros nubarrones se vislumbran en el futuro político del Perú que amenazan con extender y complicar la estabilidad de la nación, de no privar el entendimiento político.

La negación de la señora Keyko Fujimori a reconocer los resultados, en una postura que recuerda la absurda intransigencia de Trump en Estados Unidos; junto con una incontenible campaña de ataques desacreditando al nuevo gobierno mofándose del indigenismo son un mal signo.

Y si la postura del señor Pedro Castillo se queda en El Sueño del Pongo, un cuento recopilado en Cusco por José María Arguedas –que me recordara mi buen amigo Ricardo Ríos– en cuyo desenlace el amo lame el cuerpo del pongo embadurnado de excremento mientras él lame el del amo cubierto de miel, entonces tendríamos un Perú desgarrado que pudiera regresar a cruentos escenarios de violencia.

Ojalá y domine la sensatez que dé lugar al diálogo y la negociación que haga posible la recuperación del crecimiento económico del país. Y acelere la corrección de sus profundas desigualdades sociales que den soporte a un Estado eficiente capaz de asegurar la estabilidad política de la nación.

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Daniel Ortega en el Jardín de las Rosas, por José Luis Farías

El expresidente Jimmy Carter (izq.) le tiende la mano a Daniel Ortega en el Jardín de las Rosas, Casa Blanca. Foto Charles Tasnadi / AP, en Infobae

En materia de «democracia efectiva», Daniel Ortega ni se ha dado por enterado. En su afán por perpetuarse en el poder ha recurrido a la vieja práctica estalinista de acabar con sus opositores

 

@fariasjoseluis

Cuenta el escritor nicaragüense Sergio Ramírez en su libro Adiós muchachos que de camino a la sede de la OEA, el 24 de septiembre de 1979, Daniel Ortega, Alfonso Robelo y él convinieron parar primero en la Casa Blanca para atender una invitación del presidente Jimmy Carter.

El recibimiento fue en el «Jardín de las Rosas» de la sede del gobierno norteamericano ante un nutrido grupo de periodistas para ir luego a la «sala del gabinete, donde se sumaron a la reunión el vicepresidente Walter Mondale, el subsecretario de Estado Warren Christopher, Brzezinski, Henry Owen, Varon Vaky, Bob Pastor y el embajador en Managua, Pezzullo».

Evoca Ramírez que no puede decir «que hubiera un ambiente tenso, pero sí de escepticismo mutuo». Era natural, dado el clima existente con el triunfo reciente de la Revolución sandinista.

Carter dio inicio a la reunión tocando los temas que consideraba vitales en sus relaciones con Nicaragua: la no intervención en El Salvador, los derechos humanos, la democracia efectiva. Y más adelante se comprometió con una ayuda de 60 millones de dólares para la reconstrucción del país.

Sergio Ramírez recuerda que «no había para nosotros puntos de conflicto verbal con este discurso».

Pero Daniel Ortega «los pasó de largo al responder de primero y se centró, más bien, en un extenso alegato sobre la política de intervenciones e injerencias de Estados Unidos en Nicaragua.

Tras varios minutos Carter alzó la mano para interrumpirlo, y la mantuvo alzada mientras Daniel no se calló:

–Si usted no me hace responsable por lo que han hecho mis antecesores, yo no lo haré responsable por lo que han hecho los suyos -dijo y causó risas y cordialidades en los dos lados de la mesa.»

Era muy larga la lista de agravios norteamericanos contra Nicaragua, tal vez la más extensa cadena de abusos cometidas contra país latinoamericano alguno; y, por supuesto, Jimmy Carter no quería que se los endosaran por el hecho de ser en ese momento presidente de los Estados Unidos.

El primero, en 1855, había sido la invasión de William Walker, un aventurero de Tennessee, quien una vez en territorio nicaragüense decretó la esclavitud y el inglés como idioma oficial «amparado en una falange de filibusteros».

Y el más largo, una ocupación militar con el desembarco de marines en 1912 que se extendió hasta 1933 cuando decidieron marcharse, tras dejar a Anastasio Somoza como jefe de la Guardia Nacional creada por los Estados Unidos para perpetuar su control sobre el país.

Pero también era muy larga la lista de crímenes cometida por la tiranía de los Somoza, entronizada en el país por 42 años hasta el triunfo del sandinismo. Comenzando por el asesinato del propio Sandino, que tampoco Ortega estaba dispuesto a que le cargaran a su cuenta por el solo hecho de haber nacido en Nicaragua y ser en ese momento (1979) el jefe del gobierno de ese país.

De aquella reunión en la Casa Blanca han transcurrido 41 años. Y luego de los 12 años de los sandinistas en el gobierno y los paréntesis de Violeta Chamorro (1990-1997), Arnoldo Alemán (1997-2002) y Enrique Bolaños (2002-2007), Daniel Ortega ya lleva 15 años consecutivos en el poder, tiempo suficiente para redoblar los crímenes y concentrar más poder que cualquiera de sus antecesores.

En cuanto a la agenda planteada aquel día por Carter: solo queda el recuerdo de palabras empeñadas y no cumplidas de parte y parte.

El gobierno revolucionario de Nicaragua se metió hasta los tuétanos en fomentar la guerra civil de El Salvador, que estalló casi inmediatamente dejando más de 80.000 muertos. Mientras el gobierno norteamericano de Ronald Reagan, sucesor de Carter, se dedicó a financiar el ejército de los Contras en Nicaragua para intentar derrocar al gobierno sandinista, produciendo unas 50.000 víctimas.

La violación de derechos humanos no ha parado en Nicaragua. Durante el régimen de Ortega los homicidios políticos se cuentan por miles, la OACNUDH informó que solo en las protestas de 2018 la impunidad de los cuerpos represivos del régimen de Ortega acabó con más de 300 vidas y el Informe de la CIDH al cierre de 2020 da cuenta de 328 homicidios producto de la represión.

En materia de «democracia efectiva», Daniel Ortega ni se ha dado por enterado. En su afán por perpetuarse en el poder ha recurrido a la vieja práctica estalinista de acabar con sus opositores. Siete de sus competidores en las próximas elecciones presidenciales (Cristiana Chamorro, Arturo Cruz, Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro, Miguel Mora, Medardo Mairena y Noel José Vidaurre) han sido apresados por «traición a la patria» y otros dos (Daysi George West y Luis Fley) decidieron exilarse ante los peligros que corrían en Nicaragua.

¡Ah! y de los 60 millones de dólares, Sergio Ramírez dice que fue «un dinero que nunca llegó a ser desembolsado».

Tal vez era iluso pensar que en plena Guerra Fría aquel paseo por el «Jardín de las Rosas» de la Casa Blanca pudiera haber dejado algún resultado provechoso para la paz, la democracia y la libertad en la patria del poeta Rubén Darío, que es también, lamentablemente, la misma del sátrapa Daniel Ortega.

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¡Patria y Vida!, por José Luis Farías

@fariasjoseluis

El 8 de agosto de 1994, en un pequeño salón del Palacio de la Revolución de Cuba, Fidel Castro recibe a un individuo recién llegado de Miami, el Chino Alfredo Esquivel, viejo compinche de sus inicios gansteriles en la universidad de La Habana a finales de la década de los cuarenta del siglo XX.

Tres días antes del encuentro, el 5 de agosto, tras la intercepción por parte de las autoridades cubanas de cuatro embarcaciones que navegaban sin autorización hacia la costa de Estados Unidos repletas de gente huyendo de Cuba, «la población de La Habana acababa de escenificar el primer alzamiento de su historia. Había muertos, heridos y miles de detenidos».

El suceso había tomado por sorpresa a Castro, quien se vio obligado a hacerle frente en persona a los miles manifestantes en pleno malecón de La Habana para calmar las aguas revueltas por la profunda crisis económica del llamado «periodo especial».

Una vez instalados en el confort de aquel salón y luego de las cordialidades propias de dos antiguos camaradas con más de treinta años sin verse, Esquivel preguntó a Fidel qué estaba pasando en Cuba, haciendo mención de lo sucedido con el movimiento popular de 1956 de Budapest aplastado por los rusos.

De inmediato la pregunta del Chino abrió un breve diálogo relatado por el escritor cubano Norberto Fuentes en su obra La autobiografía de Fidel Castro, que registro de seguidas:

–No, Chino (…). No es Budapest. Y no te olvides que yo soy un veterano de El Bogotazo, respondió Castro con «descarnada autosuficiencia».

–Si, Guajiro. Pero allí estabas en la calle. Aquí estás en el palacio, ripostó el Chino.

–Pero hay algo que no cambia, Chino (…) no importa donde uno se encuentre. Que nadie muere en las vísperas, recordándole una añeja expresión familiar entre ambos.

–Coño, Guajiro

–Nadie

Ante el silencio del Chino, Castro terció la conversación

–Creo que hay un par de muertos, lo único que ha habido; y un muchacho al que le sacaron el ojo en una refriega; aunque sí hemos dado muchas patadas por el culo. No te preocupes. Todo está ya bajo control.

En septiembre, un mes después del Maleconazo, como se dio en llamar el alzamiento popular, estando en un evento de Pedagogía en La Habana, impulsado por mi desaparecido amigo Luis Bigott para contribuir solidariamente con miles de materiales educativos para el sistema educativo cubano devastado por los efectos del «periodo especial», un pequeño grupo de colegas educadores fuimos invitados a cenar al restaurante «1830» por un alto funcionario del Gobierno y del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en agradecimiento a nuestras donaciones educativas.

Sin saber la coincidencia, mi proverbial impertinencia me llevó a hacerle a aquel hombre la misma pregunta de Esquivel a Castro: ¿qué está pasando en Cuba?

El interpelado aceptó con seguridad la interrogante y pasó a extenderse con la arrogancia de los cubanos poderosos en un bla bla bla harto conocido: que si el imperialismo, que si el bloqueo, que si la contrarrevolución, que si la desestabilización, qué se yo.

El titubeo apareció fue al día siguiente, en su despacho. Hablando con un café cerrero de por medio, dejé caer otra de mis incómodas preguntas. Ahora sobre las medidas que se estarían tomando para atenuar las causas de la hambruna cuyos severos efectos había registrado en los cuerpos débiles y rostros macilentos de muchos amigos con apenas dos años sin verlos, desde mi último viaje a la isla en 1992; así como en muchos transeúntes nativos que deambulaban por las calles como zombis en busca de algún mendrugo.

La respuesta fue una explicación nada convincente sobre algunas tímidas medidas de presunta liberalización de la economía como la disminución de las restricciones a la circulación del dólar, incentivos al turismo y a las inversiones extranjeras.

Además de acciones de solidaridad de diverso signo como la que me había llevado a la isla y ciertas medidas que mi interlocutor calificó de «válvula de escape»: flexibilidad para la salida del país en «misiones» al exterior en busca de divisas en pequeñas cantidades, visible tolerancia a la prostitución y cierta distensión expresada en el lenguaje que sirviera de estímulo al incremento de las remesas; así, los cubanos residenciados en Miami dejaron de ser «gusanos» para ser llamados «hermanos» o de cualquier otra manera amigable.

Sin embargo, como había respondido Castro a Esquivel, todo estaba ya «bajo control». Y así parece haber permanecido hasta casi 27 años después, cuando el domingo 11 de julio de 2021 una marea humana se alzó por toda la geografía cubana, sin un detonante aparente como aquel de la detención de las embarcaciones de gente huyendo de la hambruna del «periodo especial».

Ahora hay de nuevo hambre con signos de hambruna que pudiera explicar los hechos, pero no del todo. En sesenta y tres años las penurias de Cuba solo se han amortiguado con base a los subsidios del exterior, primero de los soviéticos y luego del chavismo. De resto, el hambre ha reinado a sus anchas y la protesta popular masiva solo se ha producido en esas dos ocasiones.

Casi tres décadas han transcurrido para que se repitiera un suceso similar al Maleconazo. Aunque con algunas variantes significativas en cuanto al liderazgo del gobierno de la isla y la naturaleza y características de este último alzamiento popular que no por obvias debamos omitir.

Una entrevista a Norberto Fuentes para la prensa española, poco antes de la muerte de Fidel Castro, puede arrojar alguna luz sobre lo que hoy sucede en Cuba.

El periodista pregunta:

–Castro escribe en su testamento que deja «la intrascendencia». No parece importarle qué vaya a pasar tras su muerte.

Y tiene por respuesta lo que él presiente.

–A Fidel le importa un carajo quién venga después. Apostar a lo que vayan a hacer las generaciones posteriores es una estupidez, es un problema de las generaciones futuras. Lo que está diciendo es: «Yo les dejo esta papa caliente, yo he pasado cincuenta años con ella en la mano y ni me he quemado; y ustedes están vivos por la enorme habilidad con que yo he sabido manejar este negocio. Somos hoy una potencia política, Cuba cuenta en todos los foros y nadie nos puede pasar por alto».

En Cuba ya no está Fidel Castro y según me informan la figura de Raúl Castro es utilizada casi como la del Cid Campeador; en este caso para ganar la batalla del orden interno entre los diversos factores de poder, en especial el generalato cubano, que ha cobrado forma en los últimos años en la isla.

El mando aparente está en manos de Díaz-Canel, un personaje gris y bastante primitivo cuyas desesperadas órdenes represivas agitaron las aguas internas de la estructura de poder del régimen y el movimiento popular que se alzó ahora. No son los hambrientos de 1994 cuyo principal objetivo era huir de Cuba.

Al hambre de alimentos de hoy, se suma, con mucha nitidez, el hambre de libertad y democracia, no fuera del país sino dentro.

Con un giro creativo y sencillo del mensaje político, pero de gran significado y contundencia, el «¡Patria o muerte!” impuesto por Fidel y su Revolución, los cubanos del 11 de julio lo volvieron ingeniosamente ¡PATRIA Y VIDA!

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Revolución judicial o nueva purga en puerta?, por José Luis Farías

@fariasjoseluis

La sucesión está asociada, casi siempre, a conflictos entre los herederos, enfrentamientos que tienden a agravarse si el legado es el poder de un régimen tiránico sobre una nación.

A la muerte de Lenin, en 1924, se acentuó la pugna interna incubada en el régimen soviético que estallaría en el Politburó del Partido Bolchevique. Afirma Robert Conquest en El gran terror que «Trotsky, fue el primero, ante los hechos, el más peligroso de los oponentes de Stalin. Sobre él, concentraría Stalin, durante años, la totalidad del poder de su inmensa capacidad para la malicia política».

Salvando las distancias, a la muerte de Hugo Chávez la lucha no podía ser distinto. Están frescas las tensiones subyacentes en las imágenes de aquella noche decembrina en la que un Chávez meditabundo y triste (con Maduro a su izquierda y Diosdado a su derecha, la ubicación de ambos no parece haber sido casual), informaba al país la gravedad de su estado de salud y su deseo de que fuera Maduro quien le sucediera en el poder.

Los conflictos internos estallaron muy pronto en Venezuela con un ganador moliendo al resto.

Así como Stalin en los años siguientes daría cuenta de Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Rykov, y Tomsky, entre muchos otros; por acá, la purga política alentada por Maduro se rasparía a Rafael Ramírez, Jorge Giordani, Héctor Navarro, Miguel Rodríguez Torres, Cliver Alcalá Cordones y tantos otros.

Pero como la pelea no ha concluido, se mantiene el caso de algunos sobrevivientes políticos siendo el más notorio el de Diosdado Cabello.

Nicolás Maduro ha anunciado este lunes 22 de junio «la creación de una Comisión Especial para la conducción de la Revolución Judicial en todo el Sistema de Justicia venezolano», pomposo nombre para lo que desde muy lejos hiede a una decisión producto de las diferencias entre las facciones en pugna dentro del régimen.

Parece que estamos ante un capítulo más de la disputa Maduro vs. Diosdado, pues la quimera de un sistema de justicia digno de un país democrático se podría decir que comenzó a desvanecerse con la frustración de las actuaciones bienintencionadas de algunos, durante los primeros esfuerzos de la Constituyente de 1999, por sanear el sistema judicial de la mal llamada cuarta república.

Maduro sabe del poder acumulado por Diosdado en el mundo judicial, sobre todo después de aquel 24 de diciembre de 2015, cuando la Asamblea Nacional, bajo su control, secuestró definitivamente el principio de la separación de poderes con el nombramiento de una ristra de magistrados express.

El móvil exacto del anuncio de Maduro se desconoce, pero obviamente es de naturaleza política. Ora porque se acordó con Diosdado, ora porque necesita someterlo con miras al 2024, antes de que se le vuelva un problema mayor. E incluso hasta porque pueda tener pendiente algún ajuste de cuentas para algún salido del carril el 30 de abril.

De resto no pareciera existir otra motivación en Maduro que justifique semejante decisión de reestructuración del Poder Judicial venezolano. Los ciudadanos sabemos que el objetivo no es mejorar la administración de justicia.

De hacerse realidad el planteamiento, esta sería la quinta reforma que afectaría al Poder Judicial desde la llegada del chavismo en 1998. Todas las anteriores culminaron en «purgas» de cientos de jueces en todo el país, dirigidas a someter la justicia a los designios del ocupante del Palacio de Miraflores o a equilibrar el poder de las fuerzas internas del régimen, sustituyendo unas tribus judiciales por otras. 

Mientras tanto, la corrupción judicial se ha multiplicado exponencialmente, los retardos procesales se alargan al infinito y la justicia en general es un tentáculo más de la represión política.

El 31 de enero del año pasado, en el marco de la apertura del año judicial, con falsa autocrítica y mucha mordacidad hacia su adversario al interior del régimen, Maduro dejó caer las siguientes palabras: «Hay cosas que están mal y no es por culpa de Donald Trump (entonces presidente de Estados Unidos), es por culpa de nosotros (…) que nadie se sienta ofendido o triste, pero tenemos que cambiar muchas cosas».

Para de inmediato añadir: «Por eso me atrevo a proponer a la Asamblea Nacional Constituyente que asuma y nombre una alta comisión para hacer una reforma profunda del Poder Judicial venezolano y llevar a un cambio a todas las estructuras del Poder Judicial”, planteando además que Delcy Rodríguez se encargará de la misma.

El emplazamiento fue directo al presidente de la ANC, Diosdado Cabello, presente en el acto. Pero pasaron los días, semanas y meses sin que el interpelado se diera por enterado del pedido. ¿No quiso? ¿No le convino? ¿No llegaron a un acuerdo? Qué se yo. Lo cierto es que no hubo comisión y si la hubo nadie lo supo y nada hizo por mejorar la justicia en el país.

Así, la ANC desapareció con mucha pena, sin ápice de gloria y con un Diosdado disminuido ante Maduro e incluso ante Jorge y Delcy Rodríguez, que ya es bastante decir.

Aprovechando su ventaja circunstancial, Maduro ha vuelto de nuevo por sus fueros no solo anunciando la creación de la fulana comisión, sino que en vez de emplazar a Diosdado parece haberlo amarrado al designarlo presidente de la misma, ponerle de vicepresidente a la «Primera Combatiente», cual «grillo lecunero», a la pata para que no pueda ir muy lejos y al darle 60 días de plazo para realizar una «Revolución Judicial» que espera sea «profunda y acelerada».

Detrás de toda la jerigonza demagógica espetada por Maduro de «readecuar y actualizar todas las leyes para una justicia eficaz, a tiempo, y que Venezuela tenga un Estado robusto e instituciones que respondan», subyace la vieja disputa entre él como representante de la «falsa izquierda» y el representante de la «derecha endógena», como gustan llamarse amablemente unos a otros en la intimidad de sus séquitos.

Ya no está Hugo Chávez para «amarrarlos barriga con barriga» hasta que dejen de pelear y en el horizonte se vislumbra el problema de la candidatura presidencial del chavismo para 2024.

Si por falta de acuerdo -o por exceso del mismo- el candidato es Maduro, necesita tener lo más amarradito posible a Diosdado. Y si por las mismas razones, el candidato es Jorge Rodríguez, este seguramente exigió tenerlo también con la cabuya corta para hacerle más sereno el camino en su aspiración de relevar a Maduro en el mando. La cosa está que arde en el mundo rojo. No andan jugando carrito.

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Ser o no ser... he ahí el dilema, por José Luis Farías

@fariasjoseluis

«La tragedia de un hombre que no acierta a decidirse», fue la polémica entrada en off del Hamlet, de Laurence Olivier en 1948, tomada como lema para la publicidad de la película ganadora de tres óscares de la Academia, pero cuestionada porque «de entrada, Hamlet queda definido como un pusilánime». Y hay quienes consideran que el Hamlet de Shakespeare es más “sutil” y que el famoso escritor anglosajón, más que en el dilema, quiso poner el dedo en la inutilidad de las capacidades mentales y emocionales del príncipe frente a ese «algo huele podrido en Dinamarca», alertado por su amigo Horacio.

Pero escurriéndome de la tentación del cinéfilo al que le encantaría dar rienda suelta a discurrir sobre la magistral manera en que sir Olivier le da libertad a la palabra en la película, cuya producción acabó con el mito de que no era posible llevar a Shakespeare al cine con éxito, o como aficionado a Shakespeare para discernir sobre su más famosa obra, mi intención es más modesta pues no soy ni Juan Nuño ni mucho menos Harold Bloom para meterme en tales profundidades, así que voy a ir al grano del porqué comienzo mi ensayo con la discutida frase.

Me interesa es acercarme a «la tragedia de un hombre que no acierta a decidirse», porque ese hombre que resume Olivier incapaz de «decidirse» es un personaje con el que nos tropezamos a diario. Es el mismo que calcula todo, tal vez demasiado. Que no quiere dejar nada al albur. Pero no actúa. Que olvida que la esencia de la política es el riesgo. Y que desea cerrar los ojos para un buen día despertar con todo resuelto.

Es un hombre que reconocemos encerrado en su dilema con sus atormentados pensamientos íntimos, atrapado en sus cavilaciones y su sed de venganza, convencido del culpable de su drama sin necesidad de contratar una compañía de cómicos para representar una obra que recree la tragedia que lo consume y confirmar la culpabilidad del que todos sabemos culpable. Es un hombre sin la fuerza para reconocer el drama que no logra dominar ni comprender por más y que en la búsqueda de soluciones termina descubriendo que ha empeorado las cosas.

Ese hombre pudiera ser, distancias aparte, cualquiera de los líderes políticos de las fuerzas democráticas venezolanas que hoy son prisioneros de sus errores, incapaces de dar el paso de admitir sin tapujos el fracaso de su política del mantra.

Con frecuencia nos tropezamos con él en sus declaraciones públicas justificando con evasivas o explicaciones tortuosas su atrincheramiento en el fracaso. En determinados momentos lo hayamos en su pasar agachado, cabizbajo, desviando la mirada para que no descubramos la verdad en sus ojos. Hay veces en que lo descubrimos en las andanzas de algún mandadero, en los recados de sus ordenanzas poniendo a rodar su nombre subrepticiamente como para que no lo olviden a la hora en que le toque emerger a la luz pública. No cuesta nada imaginárselos en sus meditaciones, en sus soliloquios a lo Hamlet interrogándose: «¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas contra el océano del mal, y oponerse a él y que así cesen?». Para de inmediato responderse como el atormentado príncipe «Morir, dormir… Nada más; y decir así que con un sueño damos fin a las llagas del corazón y a todos los males, herencia de la carne, y decir: ven, consumación, yo te deseo. Morir, dormir, dormir… ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil!».

Salir del trance del fracaso político se encuentra con los barrotes de su soberbia y su arrogancia detrás de los cuales cree esconder el temor al reclamo airado de algún joven que le recuerda los centenares de muertos de la Salida I y II, que lo ataja con los millares de detenidos, torturados y exilados, de los trances de las ofertas incumplidas del menú de salidas rápidas (los «seis meses», el abandono de cargo, la destitución, el referéndum revocatorio, la consulta del 16J, el 30 de abril, Gedeón, los marines y, sobre todo, de la abstención paralizante). Pero al encontrarlo en cualquiera de sus modos de esconder lo que piensa, lo más sorprendente es cómo pese a admitir solapadamente el fracaso sigue incapaz de decidirse, Olivier dixit, frente al rosario de frases hechas («con delincuentes no se negocia», «esos criminales solo salen con la fuerza», «hay que obligar a la comunidad internacional», etc.) sembradas en una pequeña parte de la población por el extremismo opositor en provecho del tirano.

Es un hombre que no logra advertir lo dicho por el propio Hamlet: «La conciencia, así, hace a todos cobardes y, así, el natural color de la resolución se desvanece en tenues sombras del pensamiento; y así empresas de importancia, y de gran valía, llegan a torcer su rumbo al considerarse para nunca volver a merecer el nombre de la acción”.

Me interesa ese hombre no por el sujeto mismo -a quien le reconocemos su sacrificio- sino por las consecuencias de su indecisión que nos perjudica a todos. Por eso quiero alertarlo -sin desmeritarlo- de que su sufrimiento es menor al de todo el pueblo, sus años de cárcel son menos que los del pueblo en esta prisión llamada Venezuela, su duro exilio no es ni comparable a la diáspora de todo un pueblo desgajado de su suelo y su gente. Pero dejemos hasta aquí la odiosa comparación para ir a lo sustantivo: todo ese sacrificio debe servir para la meditación, para, aceptado el fracaso, corregir y asumir la ruta democrática y electoral como la vía para salir de esta tragedia. La historia de los grandes hombres está llena de sus errores, pero en ella destacan igualmente sus enmiendas oportunas, sus rectificaciones a tiempo que asumieron sin ambages, sin tantas vueltas. Eso justamente fue lo que los hizo grandes.

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