Armando Martini Pietri, autor en Runrun

Armando Martini Pietri

Para hacer Gobierno no basta tenerlo, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Gobernar con burocracia oportunista, serviles poderes públicos, parientes y amigos, compinches, secuaces, cómplices y sinvergüenzas es teóricamente fácil, sin embargo, hay que controlarlos. Lo han hecho autócratas, tiranos, opresores y arbitrarios.

Hay diferentes regímenes autoritarios. Algunos con logros en desarrollo urbano o económico, otros con descomunales sufrimientos, derramamiento de sangre, presos y exiliados políticos, violaciones a los derechos humanos, torturas, muertos y desaparecidos. En esto coinciden con el régimen castromadurista en Venezuela. Sin embargo hay una diferencia importante: este no ha construido nada. El castrochavismo lo destruye todo, causando la caída total de obras de gran ingenio y riqueza, como el gigantesco complejo hidroeléctrico de Guayana, la industria petrolera y el intenso movimiento emprendedor de la iniciativa privada.

Para ello, han sido muy competentes en contratar y respaldar a los menos eficientes. El resultado está a la vista. Hoy Venezuela no solo es la nación más pobre del continente americano, sino que lleva años acogotada por la peor y más prolongada hiperinflación del mundo. Somos un país que pasó, en veinte años, de la tranquilidad con problemas a las dificultades aplastantes en un régimen que ha hecho de la represión y el embuste sus dos grandes líneas de acción.

Estamos agobiados por una deuda que tardaremos generaciones en honrar, limitados por servicios públicos colapsados, inmersos en el infortunio y la desnutrición, administrados por patrañeros que cínicos arrinconan la verdad y a quienes la expresan. Y, por si fuera poco, subyugados por una clase política que saquea sin miramientos y se niega tenazmente a rendir cuentas.

El mundo, con afrentosas excepciones, rechaza al régimen y sus poderes públicos, convertidos en complicados obstáculos para cualquier solución y en cambio, para vergüenza venezolana, reconoce formalmente a un interino designado por la oposición. ¿Qué garantía tendrán los inversionistas si sus países no reconocen al Poder Legislativo, cuyo respaldo requieren constitucionalmente?

No importa lo que termine de pasar en la mayor potencia del mundo, con un presidente que están echando con acciones vergonzosas de parte y parte, y un nuevo mandatario que comienza su período con plomo en el ala y una gran desconfianza popular. No incumbe lo que pase en Europa, con diferentes tendencias que coinciden en rechazar al régimen venezolano. Poco afecta lo que suceda en China, Rusia e Irán, países preocupados por sí mismos, lejanos, sin capacidad o interés real en lo pasa aquí. Son respaldos circunstanciales y por conveniencia.

El castrismo venezolano tiene control territorial atornillado con armas militares y policiales. Pero carece de legitimidad, prestigio, señorío y autoridad para ejercer un Gobierno respetado y éticamente obedecido.

Por eso, como se dice popularmente, “o corren o se encaraman”. Porque la incompetencia aliada con la ilegitimidad es un corrosivo veneno político. Y si creen que el nuevo inquilino de la Casa Blanca les va a componer la situación, deberían analizar con cuidado eso que llaman “seguridad de Estados Unidos”; estructuras oficiales que siguen considerando al narcotráfico, las alianzas con países de dudosa reputación y antiestadounidenses como amenazas. Amén de la intolerancia estadounidense a determinados delitos.

Los políticos tienen no ya la obligación, sino la responsabilidad histórica de constituir un cese de la usurpación y gobierno de transición estable, que represente a una amplia mayoría en condiciones de gobernar. Venezuela se encuentra ante una grave situación ética, política, económica, moral y social, que los repetidos fraudes electorales no han hecho sino consolidar.

Esta crisis general tiene dimensiones que se retroalimentan. Es profundo el aprieto de legitimidad política del régimen. También de los políticos a quienes compete resolver los problemas de la sociedad, pero que con su egoísmo, desconexión y estupideces de adolescentes, han devenido en problema. Es inminente dar un paso al frente, convocar la participación de los ciudadanos y fomentar la deliberación. Así como la transparencia, responsabilidad política y rendición de cuentas.

Gobernar no es pronunciar discursos pulcros y agraciados; ni difundir ideas falsas cuya mentira se comprueba sin esfuerzo. Gobernar es ejercer el arte de representar y administrar sin tener que inhabilitar, torturar, encarcelar y exiliar a quienes se oponen. Es imperativo recuperar la independencia de los poderes públicos. Ello, sumado al cumplimiento de la Constitución y leyes, es básico para generar confianza en la población. Pero de esto tan elemental es de lo que no dispone el régimen venezolano.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La Asamblea solitaria, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Así van a estar presididos por el que sirve para todo: psiquiatra, todero de oficios aprendidos a golpe de vivencias y no por sus estudios. Veterano de elecciones y sistemas electorales fraudulentos, vicepresidencias complacientes y serviciales, ministerios abúlicos y ahora líder de un parlamento despoblado, en soledad y rechazo casi universal. Acompañado de la vigilante atenta e intransigente vicepresidencia de especialidad carcelaria, conocedora en detalle y profundidad del submundo de los pranes y la delincuencia organizada.

Debatirán con obediencia y pocas posiciones encontradas en lo que el capricho castromadurista llama “Asamblea Nacional”. Oasis solitario de la perversión bribona, reconocido por una insignificante minoría, nacido de un proceso electoral sin participación, desértico, con la coincidencia de la aversión y antipatía mundial.

Te conozco, mascarita

Muy pocos fueron a ejercer el derecho a votar. Y el vacío de los ciudadanos demostró contrariedad, desacuerdo, rechazo a esta mentira que el castrismo venezolano organizó en busca de una legitimidad imposible. Y de voces que aprobaran, sumisos, sin discusiones, leyes que consideran necesarias para seguir con su fuga hacia adelante bajo un ajado disfraz revolucionario que ya no disfraza. Ya todos les dicen, ¡hasta Joe Biden!, “no me inventes historias que te conozco, mascarita”.

La ciudadanía, sólidamente unida como nunca en varios años, pero con el estorbo de los sordos selectivos y ciegos convenientes que continúan por su cuenta, conversando, comprobando fallas, testigos vivos del derrumbe devastador. Pero, con la pendeja tontería de dialogar convenios y pactos. Sin duda los habrá, es el estilo clásico del cohabitador encubierto buscando condiciones de la boca para afuera, cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres, para ir paulatinamente traicionando, desconociendo y mutando sin pudor ni rubor.

Que se vaya Maduro siempre fue beneficio interesado. Que los castro-maduristas con sanciones por delitos de lesa humanidad enfrenten la justicia y se mantengan sancionados, una incógnita que solo el tiempo esclarecerá. Y otros, disfrutando delicatessen, glorias y delicias del exilio bien pagado, lo han dicho públicamente. Lo que se está discutiendo -guste o no- es la transición con ellos, el 30A es un buen ejemplo, pero no la permanencia revolucionaria -historieta para bobos- con más de un chavista tentado, sea por evitar la cárcel, los problemas, el desprecio social y lo más importante, la pérdida del dinero robado. Absueltos por la parodia de la amnistía.

La revolución que apesta

En el mar la vida es más sabrosa, pero no en soledad y aun menos apabullados por el descrédito. Ante el mundo ya no son la “revolución bonita” que alardes de histerismo populista proclamaban; ahora son los rechazados, negados, apestados. Malos tiempos hasta para un psiquiatra irónico, hiriente, vengador, sancionado y negado por los venezolanos, como emblema de simulación y ruina.

2021 comenzó pareciendo, pero no será una prolongación del nefasto 2020; será un año de controversias, reacciones, decisiones. Ya estallan violencias y protestas en todo el país, solo que el régimen todavía controla, presiona, atemoriza, cierra medios -el último VPI- con acciones que a pesar de los flamantes autos nuevos nadie toma en serio, aunque sí con indignación.

El presidente usurpador vuelve a anunciar que este año será el de la recuperación. Para lo cual, de paso, reconoció que el Bolívar no solo vale cada día menos, sino que se ha convertido en un elemento etéreo que solo puede manejarse a través de la electrónica. Agoniza en una “nube” sin que podamos siguiera verle la cara y tocarlo.

Aunque parezca espejismo, la moneda nacional real, en transacciones informáticas y operaciones mano a mano en el comercio, es la divisa estadounidense, el odiado dólar; otra vergüenza de una revolución que nació muerta y se dice bolivariana del siglo XXI. Que ha sido siempre pura paja, embuste y palabrería, símbolo de fracaso, hambre y miseria.

Una muerta que no descansa en paz.

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Oposición ciudadana unida: ¡la nueva esperanza!, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

El rechazo y descredito del régimen castrocomunista, es innegable. La creciente furia ciudadana se manifiesta en reclamos diarios por lo elemental, además del no reconocimiento por el mundo libre y democrático. ¿Cómo prever a dónde vamos y qué sucederá? La única certeza es la incertidumbre. Por ello, habrá que tomar decisiones apremiantes, transcendentales, con la oposición ciudadana de protagonista. El estadista tiene como virtud la coherencia y el coraje. No significa estar libre de miedo, sino que, a pesar de él, continúa adelante, sin desánimo. Incluso cuando otros se desmoronan.

La clave: unidad de la oposición ciudadana

Para abrir perspectivas a la esperanza de un cambio radical es imperativo la unión de la oposición ciudadana. La unidad es un concepto inestimable para malbaratarlo en estratagemas politiqueras. Se construye alrededor de objetivos definidos, códigos de ética y conducta. De allí, lo absurdo, insensato e irresponsable para salir del régimen  mezclar a quienes se lo proponen con los que quieren sabotearlo; cohabitadores y cómplices del dislate castromadurista.

Afortunadamente, la ciudadana ha dejado de lado y en el olvido a los que entregaron los mejores momentos de la lucha por la libertad. La unidad es anhelo para rechazar al castrismo. No para convivir con él.

Quienes carecen de integridad política, moral, sin arraigo ciudadano, legitimidad o transparencia, jamás serán oposición real contra el abuso y arbitrariedad.

El denominador común debió ser, como sigue siendo y será, salir de la afrenta que nos apesadumbra. La relación con Cuba es simbiótica, una invasión consentida; por lo que es impresentable, inadmisible tanto por ética como viabilidad política, la idea de avenencia con quien esclaviza y produce miseria.

Venezuela desespera buscando alternativa, luego del provechoso fracaso del G4 e individualidades que la dirigieron por años. ¿Quién, cuándo, cómo, dónde aparecerá? No se sabe, pero está allí, surgirá y será invencible. Un líder debe poseer principios y valores, impulsar una plataforma donde participen los comprometidos con el desalojo del ultraje, excluyendo a coautores corruptos y colaboradores que pretenden unirse para perjudicar y boicotear.

Inspirar, luego del cese de la usurpación, un gobierno interino amplio, de los mejores, alejado del sectarismo, que rinda cuentas y se centre en elecciones libres. No la estulticia de una administración compartida, inconsulta e inaceptable. Planteando falsas soluciones con diálogos imposibles que continúan a espaldas del país y, lo peor, con el propósito de lograr un gobierno de emergencia nacional con participación de la ignominia que nos subyuga.  

Ya no es oposición dividida, enfrentada, es la unión ciudadana frente a la estrategia fracasada. La venezolanidad debe tener propósito de liberar y democratizar para desmontar el poder excesivo, opresor y corrupto. Jamás para compartirlo con la delincuencia. Lo que viene no será fácil para líderes y dirigentes. Deberán ponerse al lado de la ciudadanía abrumadoramente mayoritaria, o ser barridos por el huracán de libertad y democracia.

La libertad no convive con el totalitarismo

Los que la desean son analfabetas incapaces, solo que su soberbia los hace campeones del error. Aunque crean a los demás equivocados. La nómina del fracaso, mariscales de la derrota prometen ahora lo que nunca pretendieron cumplir. Felizmente, nadie les cree, han provocado su propio vacío, repleto de mediocridad, hipocresía y en su raquitismo socialista no comprenden que el problema es el comunismo.

Cuando experimentas adversidad, no te paralizas ni desesperas. Encuentras confianza, sigues adelante, te mantienes fiel, peleas y piensas en las otras personas además de ti. ¿Cómo predecir el futuro? Podría ser una noticia sorprendentemente buena. O una peor de la que podemos imaginar. Lo que sabemos, con cierta certeza, es lo que está bajo nuestro control, es lo que aportamos a la vida.

No podemos fallar en nuestros ideales, ceder principios o mercadear valores. Debemos presentarnos con valentía, ser lo mejor de nosotros. ¡Venezuela lo exige y los ciudadanos lo necesitan!

Errores y mentiras han llevado a un escenario desesperanzador. Ingenuo pensar que haciendo lo mismo se obtendrán resultados distintos. El escenario actual es de dispersión y desconfianza, por lo que debe conformarse una unidad ciudadana real de propósitos, liderazgo firme, incluyente, con líderes respetados que generen confianza, digan la verdad e inspiren futuro. Descartando a los asaltantes de las finanzas públicas, infiltrados y costeado opositores; diputados y dirigentes que cohabitan sin rubor ni pudor.

La dura realidad es que el cese de la usurpación ha sido neutralizado por imbéciles que, en su locura interesada y electorera, proponen prolongar la duración usurpadora, y, por lo tanto, la agonía de los venezolanos. Sin embargo, hay propuesta alternativa para lograr la liberación de Venezuela. Pero exige coordinar ayuda interna y externa en una estrategia sólida, un liderazgo confiable y apuntalada en el espíritu libertario e indoblegable del venezolano.

El país no puede ni debe limitarse a escoger entre la permanencia ilícita e indefinida, o la duración imprecisa interina. 

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Año nuevo, ¿vida nueva?, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Dice aquella canción de la orquesta Billo “Año nuevo, vida nueva”, y le seguían los sabrosos mosaicos que cantaban en coro, bailaban y aplaudían exaltados en celebraciones tanto en clubes como en casas.

¡Buenos tiempos de ilusiones y esperanzas! con despliegue de luces y cohetería. Antes y pasada la medianoche, los cielos se cubrían en un estallido deslumbrante, las alturas se transformaban en figuras resplandecientes abarrotadas de colores, observadas extasiados y fascinados, imposible perdérselas, acompañadas de abrazos con lágrimas de júbilo.

Hubo una época larga y prerrevolucionaria en la cual la noche de fin de año, e inicio del nuevo, era de jolgorio y alegría. Poco antes, se tarareaba aquella balada de Néstor Zavarce: “Faltan cinco pa’ las doce”… ¿cómo olvidarlo?

Hoy vivimos tiempos diferentes. De celebración comunista apagada y de socialismo afligido, con coronavirus que en vez de disminuir crece. Problemas y carencias a los que nos hemos venido acostumbrando. Quizás peor, nos hemos acostumbrado. Mucho defender ofertas estentóreas del comandante que abrió puertas a la corrupción, nombró y mantuvo un régimen con civiles y militares seleccionados por su obediencia, no por competencia. Y que devinieron en destructores de todo.

La propaganda se disfraza de fiesta

Años que se han sucedido empeorando en cada enero y cada diciembre con propaganda confeccionada para esconder la mentira, el saqueo, la destrucción. Para justificar con burbujas oscuras, mensajes que los venezolanos escuchan. Que quizá no creen, pero que terminan aceptando.

Estas navidades, a diferencia de las que recordamos, no han sido de alegría. El régimen evaporó las bulliciosas y alegres gaitas, villancicos y aguinaldos. Cada alcaldía se esmeraba en decorar calles y plazas con ornamentos especiales y luminarias. Los edificios residenciales y las casas se adornaban como si de una competencia se tratara. Así Venezuela demostraba que celebraba con entusiasmo y exaltación la Navidad. El nacimiento de Jesús y la llegada de un nuevo año cargado de sueños y propósitos. Los juramentos eran hermosos, nobles.

Al retumbo de las 12 campanadas se comían uvas, se sacaban las maletas a la calle por deseos de viajar, se consumían lentejas en la creencia popular de procurar porvenir. Y en las manos se sostenía dinero en efectivo -que hoy no hay- como simpática brujería para mejor remuneración.

El secuestro de la alegría

Fueron otros tiempos, de discusiones y polémicas, pero de buena vida. Cuando la Nochevieja se hacía peligrosa no tanto por la delincuencia como por los riesgos de imprudentes conductores que iban de casa en casa, visitando y bebiendo; en particular, los que se retrasaban y apretaban aceleradores para recibir “el cañonazo”. Y los que, cargados de licor se exponían a accidentes amaneciendo el primer sol del año. Noche comprometida por tragos, descuidos y amaneceres de “ratones” monumentales.

Nada de eso existe hoy. Aquellos eran gestos y actividades de un pueblo dispuesto a ser feliz, lo cual, -por ahora- no luce posible. No hay colas porque ya no hay diario vivir. Tenemos el deseo, pero no la esperanza de mejorar, de que el viejo año termine de largarse con todo lo malo para que el nuevo nos traiga bueno. Este año nuevo no traerá vida nueva, solo lo recibiremos y sufriremos. Porque quienes controlan el territorio solo saben darnos lo peor.

No habrá en 2021 vida nueva, excepto ajustes de lo que ya sufrimos. La ignominia está en el poder y reclama oportunidad de tener más y algunos quieren complacerlo. No habrá 2021 bueno, a menos que lo peor se considere novedad.

Todo feneció porque el socialismo castromadurista detesta esos símbolos de felicidad, porque triunfa eliminando los mejores recuerdos de la nación. Y cuando dice algo alusivo a las fiestas, suena como un palabreo fastidioso, vacío y mentiroso. Las navidades revolucionarias no se pueden disfrutar. Hay hambre, no hay medicinas, tampoco dinero y sí demasiada miseria.

Los que tienen secuestrada a Venezuela desvanecieron ilusiones, disiparon la fe, malbarataron la confianza y, por si fuera poco, no saben qué inventar para que los ciudadanos olviden la hecatombe.

¿Cómo hacer promesas para el 2021 si nadie cree que será menos malo que el que está a punto de morir?

Lamentablemente se macera un brete político de consecuencias impredecibles, sin poderes públicos autónomos y democráticos, solo continuismo absurdo, ilegitimo e ilegal. Venezuela vive una experiencia amarga que apesadumbra y entristece, se secuestró el futuro de generaciones y la modernidad de una nación. Asumirlo es trágico, doloroso y atormenta. El empobrecimiento y la ruina moral, social y económica es difícil de relatar, y casi imposible describir. Pero superaremos lo peor del presente y construiremos el país que merecemos. Eso sí, sin delincuentes forajidos ni cómplices encubridores.

Porque la esperanza es lo último que se pierde, según el viejo y prerrevolucionario refrán. Con ese destello de ilusión deseamos lo mejor en 2021. Que llegue un año con menos problemas, más tranquilidad, paz activa y no disimulo de la represión; que podamos finalmente ver la luz al final del túnel.

Tal vez lo mal que andan las cosas en estas afligidas y desconsoladas festividades, sea el chispazo para que vayan mejor en 2021.

¡Soñar no cuesta nada!

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¿Es posible un desastre mayor?, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

¿Es posible un desastre mayor? Siendo franco y vertical, sí. La catástrofe castrochavista todavía tiene tiempo, espacio y paciencia popular para crecer aun más. Si en 1998 producíamos 3 millones de barriles diarios de petróleo, y ahora con dificultad apenas llegamos a los 300.000, parte enviado a China para cancelar deudas y a Cuba para mantener al castrismo con sus veteranas perversidades y marramucias, perfectamente puede el madurismo conseguir a otro indocto todavía más eficiente. Solo tiene que llevar la producción a lo justo para que los chinos no demanden y el grupete que manda en La Habana siga engordando, incluyendo al largamente preparado Díaz-Canel, pelo blanco, guayabera fina y barriga burocrática.

Si el castrochavismo acabó con el complejo siderúrgico de Guayana, quedan todavía algunas instalaciones que pueden ser destartaladas. No tanto para venderlas, sino para aumentar la única industria que crece en Venezuela: la de la chatarra.

El régimen desapareció la agricultura y ahora importamos casi todo, con algunas siembras marginales por ahí. Ya desmantelada Agroisleña que ni por cambiarse el nombre a Agropatria se salvó, pueden perfectamente ser abandonados los campos a las lluvias y sequías, que no puede controlar ni destruir el régimen pero sí mirar para otro lado mientras los campos se resecan, el ganado muere y el pueblo sigue siendo engañado, esquilmado, con resignación y limosnas. Dádivas, cajas CLAP que a nadie sustenta, excepto el bolsillo de los bolichicos y enchufados de ambos universos.

Si el oro y otros minerales son necesarios para respaldar fortunas mal habidas y un cada día más escuálido Tesoro Nacional, bien pueden seguir mineros desharrapados de diversas nacionalidades sacando riqueza para beneplácito de sinvergüenzas oportunistas y negociados oscuros, cómplices, rameras y narcoguerrilleros, dueños de la zona que asolan, desertizan con mercurio y vuelven caca el ambiente.

Algunos lingotes irán al obediente Banco Central de Venezuela y de ahí a bóvedas ya no de Inglaterra, los ingleses se ponen fastidiosos con el asunto de las sanciones, sino a las cubanas, rusas y turcas. Más seguras, comprensivas y solidarias.

A propósito de las navidades

Venezuela se prepara para una Navidad complicada en lo moral, social, económico y político. Sin embargo, aunque pequeña e insuficiente, habrá celebración para quienes forman parte de la religión cristiana. Nos preparamos para el encuentro y buenos deseos en un ambiente de alegría y festividad similar en los países cristianos o donde existen comunidades cristianas.

Venezuela, Norteamérica, Europa desde las gélidas, organizadas y mesuradas monarquías del norte, hasta las concurridas y animadas playas mediterráneas; desde las revoltosas costas atlánticas y las vivarachas bulliciosas del Caribe hasta las lejanías del océano Pacífico y la interminable Rusia con sus eternidades siberianas siguen la fe cristiana, la rusa ortodoxa para más detalle. También en naciones de religiones dominantes radicales y con sistemas de gobierno ateas, como China, Japón, Vietnam y el Asia distante. Solo en los países musulmanes ponen trabas y dificultades a sus pequeñas comunidades cristianas -o las asesinan, como hacen los fanáticos criminales del llamado Estado Islámico.

Estas navidades deben ser cuidadosos, pero no insinceros cuando demos un abrazo y exclamemos ¡Feliz Navidad! ¿Quién puede creer que en 2021 las cosas irán mejor que en 2020?

La Asamblea Nacional surgida del fraude y no reconocida, no tiene fácil imponer el Estado comunal a un pueblo, tomando decisiones sin considerar que somos una nación y no una comuna. Para políticos que no inventan ni analizan, sino que obedecen y para los ocupados en tener planchados sus atuendos y llenos los bolsillos, será como seguir destruyendo a Venezuela sin molestar al imperialismo. ¡No es fácil, pero en eso andan!

Muchos pensarán en los cambios políticos, sociales y económicos que aspiran o esperan. No solo el creciente hastío de la población, chavistas incluidos, por los errores y terquedad pecaminosa de Maduro y su equipo, empeñados en “profundizar” un socialismo anticuado, obtuso e ineficiente; postrados en la trampa de un supuesto “legado de Chávez” que fue precisamente el que empujó a Venezuela a la desesperante calamidad actual.

Habrá los convencidos de que la oposición no podrá cambiar nada y el chavismo seguirá hundiendo aun más a Venezuela. Pero también, los convencidos, la mayoría optimista, que creen la oposición verdadera, la responsable, del coraje, valentía y coherencia, la que no es cómplice ni complaciente, que no cede sus principios ni pone en riego valores. Capaz de entender la trascendencia actual, con ciudadanos capacitados, dispuestos a unir experiencias y esfuerzos para cambiar radicalmente el fatídico rumbo castro-chavista-madurista.

Después de todo Navidad es natividad, nacimiento, renovación, evolución; es el despuntar de una nueva esperanza. Y la esperanza es alegría e ilusión, que deseamos a cada uno de ustedes.

¡Feliz Nochebuena Venezuela, y que Dios bendiga a sus ciudadanos!

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Contar para no perdernos, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Desde que nacemos no hay dos con la misma aptitud. Lo que sí podríamos tener es la misma actitud frente a la injusticia. No sirven las excusas para enterrar la cabeza como el avestruz frente a la inequidad y el desafuero. Provoca rabia observar cómo desarticulan la ciudadanía, despedazan la venezolanidad, desmiembran familias, nos hacen cuadritos la vida, amputan el tejido social. Nos arrebatan el presente y el futuro.

Algunos asumieron la tarea de documentar para la historia los aspectos oscuros y retorcidos del acontecer venezolano.

Entrevistas, programas, denuncias, crónicas, memorias de prisión y exilio deben mostrar al mundo sin dobleces las realidades ocultas tras la verdad oficial y el silencio obligado por la censura o autocensura impuesta por el natural miedo. Gracias a ellos y sus plumas hemos conocido a los criminales dueños de los poderes políticos o fácticos y, sobre todo, a las víctimas inermes, abandonadas, que conmueven de dolor e impotencia.

La mentira es su verdad

El punto de quiebre de Venezuela fue un teniente coronel que pretendió ser un líder intergaláctico, pero que es el epítome del fracaso: desde su insignificancia y mediocridad académica, pasando por querer ser un gran pelotero que no llegó ni siquiera a recogebates, hasta arruinar hasta lo intolerable la nación que juró convertir en “potencia”. Ese que simuló que le importaba la suerte del país, desnaturalizó la palabra inclusión porque lo que instauró fue un apartheid político y social. El mismo que se jactó de ir contra los corruptos, fue el que terminó destruyendo toda vida decente en Venezuela.

En la mentira no fracasó. Y desplegó su atraso, frustración, odio, y resentimiento para instaurar un régimen de cleptómanos, aduladores e incapaces. Mientras su gobierno corrompía a militares y a civiles acabados, a deslustrados y políticos cínicos y ambiciosos, el país al cual juraron servir caía en el abismo de la miseria. La indigencia y el deshonor se alzan como sus únicas y auténticas victorias. Porque hasta para reprimir y torturar Chávez y su ungido, Nicolás Maduro, necesitaron la depredadora asesoría de Cuba. Es el fracaso social y el triunfo de la tiranía.

La desvergüenza apoderada del poder, sus pipiolos parásitos, enchufados, mocosos vividores, oportunistas e interesados que estimulan la cohabitación le ha dado vueltas a la justicia hasta convertirla en arma emética contra el ciudadano.

¿En qué cabeza cabe que Alphonse Gabriel Capone introdujera querella criminal contra Eliot Ness e Intocables, y se la aceptaran? El colmo de la desfachatez. Y algunos en Venezuela pretenden hacerlo.  

Los venezolanos podemos ser ingenuos, pero no cobardes. No le temen a la muerte, solo al hambre, al desempleo y a la desesperanza. Sí somos un poco desorganizados, confianzudos, alegres, contadores de cuentos y chistes; pero al mismo tiempo ciudadanos responsables, orgullosos de ganarnos la vida con trabajo digno.

La corrupción se alimenta y fundamenta en la impunidad que procuran quienes la ejercen. Les importa poco llevarse por delante a quien sea con tal de conseguir su objetivo. Por lo civil, penal o militar todo está permitido. Y al ser sorprendidos en flagrancia, no se retractan de la transgresión; sino que más bien acusan a quienes señalaron sus tropelías. Eso les incomoda, molesta porque, en sus enfermas mentes e inconciencia, se consideran ciudadanos ejemplares. 

Contar contra la indecencia

Para minimizar la corrupción, se precisa más de un puñado de valientes que sin miedo de los mecanismos que inmorales utilizan, actúen contra colaboradores, cómplices, tontos útiles, políticos oportunistas y quienes hayan consentido cometer atropellos, excesos e injusticias. La sanción moral es un inicio. 

La vergüenza es sentirnos dirigidos por deshonestos, rodeados de ladrones que nos han llevado al límite, al ¡ya basta! Los venezolanos somos capaces de morir en defensa de una causa, lo hemos demostrado. Nuestra historia está llena de ejemplos. Y no existe mejor causa que la libertad para alcanzar una democracia perfectible. Los que gobiernan y sus cómplices se hacen poderosos acaudalados, pero no logran levantar nada por lo cual valga la pena morir, y por eso más que perecer son muertos en vida, zombis de la indecencia, bribonada y perversión. Disfruten mientras puedan su mediocre vida, pero al menos tengan el detalle de no hacerla pública.

Solidaridad y admiración para aquellos que, pese a estar sufriendo desde hace ya demasiado tiempo las injusticias que desde el poder se ejecutan, lo han hecho de pie, sin dejar amilanarse ni traicionar principios y valores; soportado de manera estoica la cruzada inquisitoria de las bandas que pactan cohabitación.

Nunca sobrará el homenaje a unos cuantos que, pese a las adversidades y a un régimen que todo lo corrompe y todo lo destruye con cálculo y saña, han sabido mantener la dignidad. Aunque en ello se les vaya la vida.

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La suerte está echada, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

¡Alea jacta est! exclamó Julio César cuando, tras regresar del combate en las Galias, decidió conquistar Roma. Cruzó el Rubicón, entonces prohibido, pero aquella ciudad ahogada en vicio, perversión y asfixiada en costos militares, anhelaba un dictador serio. ¡La suerte está echada! La frase, salvando las distancias, ocurrió este domingo de trampa electoral en Venezuela.

La revolución castrobolivariana cumple su hoja de ruta, mientras cándidos proponen flexibilizar sanciones y negociar elecciones.

No hay que ser iluminado para asegurar que la inmensa mayoría votó en contra del castrochavismo con el simple gesto de no ir a votar. No importa lo que anuncien, ni los chillidos amenazantes, extorsión, chantaje o recompensas prometidas. Estas “elecciones” de parodia caricaturesca, ridícula y sinsentido, resultaron un desierto de voluntades alimentado por el rechazo y hartazgo ciudadano.

El golpe enseña

La indignación se percibe en los chavistas que no son ladrones ni descarados sinvergüenzas, que los hay. Se convencieron, a golpe de hambre y humillaciones, de que han sido utilizados, engañados y maltratados. Y que el régimen les llama “pueblo” para disfrazar sus errores y compromisos abyectos con la tiranía castrocubana. Esa misma que en siete décadas no se ha preocupado siquiera por alimentar a sus ciudadanos. Y que siempre ha vivido de chulear a los demás.

Sufren la indecencia los chavistas de corazón. Lo comprueban después de veinte años y dos presidentes: el militar mediocre y megalómano, y el chofer de autobús reposero. Lo advierten tras la explotación a mansalva de las riquezas a manos de atracadores bolichicos, sinvergüenzas enchufados y demás alimañas. Como esos militares que atribuyen sus faltas al sabotaje que nunca comprueban. O ese otro infame que, bajo la bendición de un Chávez todopoderoso y arbitrario, aseguraba que PDVSA era roja rojita mientras una de las empresas más prestigiosas del mundo se le desmoronaba entre la corrupción y la ineptitud. Ese mismo que ahora, desde su refugio en Europa, pretende dar lecciones de respetabilidad.

Recibieron un país con posibilidades y día tras día lo esquilmaron y destruyeron con saña, hasta convertirlo en la ruina que es hoy. Entendieron que para cambiar la sociedad requerían destruir el aparato productivo. Y lo hicieron eficiencia y sin reparos. Crearon su propia cúpula empresarial para medrar hasta en los despojos. Pretenden una economía tipo China, dicen los necios proponentes.

Los chavistas de buena fe también se indignan cuando observan un país enfermo, miserable, con todas las puertas cerradas. Y un régimen con dos décadas en el poder que tiene el descaro de prometer que el próximo año se arreglará todo. ¿Quedará país para entonces?

¿Fanatismo ciego o ingenuidad infinita?

A estas alturas ser chavista, y aun más ser madurista, asquea hasta a aquellos que vieron en Chávez al nuevo Mesías. En la España -de Sánchez, Iglesias y Rodríguez Zapatero los llamarían “tonto del culo”, o sea, tonto de ya no más; ingenuo a carta cabal. Tanto, que fue a votar convencido de que la soledad de las mesas se debía a la excelente organización y rapidez del proceso.

Es el mismo chavomadurista que sablea a los amigos y culpa a las sanciones del “imperio” de su desempleo y de que deba andar mendigando. No puede aspirar a ser diputado, concejal o enchufado porque es tan tonto que siendo chavista no tiene amigos en las alturas. Pero empecinado y ciego, anti Estados Unidos, se enorgullece de no haber pisado Miami. Tampoco ha visitado La Habana ni mucho menos Moscú. Y suele confundir iraníes con libaneses.

Pide le “presten” para llevar a su casa, donde vive con su mamá. Pero madrugó y fue a votar tras explicarles a su madre y a un vecino que tuvo la gentileza de brindarle un café, que iba temprano no solo para ser de los primeros, sino por “deber de patria”. Y además “porque repartirán comida”. Después de sufragar y esperar, regresó cerca del mediodía sin lo ofrecido, pero firme en la esperanza. Listo para festejar “el triunfo”. No comerá hoy, pero el muy tonto esperará con ilusión la convocatoria al nuevo fraude, la de gobernadores y alcaldes.

Pero son pocos como él. Ya ni siquiera hay chavismo. Existe tiranía, un poder sustentado en las armas y el miedo, en una red de corrupción como nunca antes en la historia, en la impunidad y una absoluta falta de escrúpulos.

Comienza la nueva etapa, la consolidación de la revolución. Se avecinan tiempos aun más tenebrosos ante la imposición del Estado comunal y el proceso de islamización. La suerte está echada…

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Tristeza, rabia y preocupación, por Armando Martini Pietri

@ArmandoMartini

Los estados emocionales son tan básicos que, si nos detenemos a analizar nuestra experiencia, descubriremos que siempre nos encontramos experimentando algún sentimiento, es imposible no hacerlo. Cuando la tristeza, la rabia y la preocupación son intensos y habituales, afectan negativamente la calidad de vida. Y las emociones negativas constituyen uno de los principales factores de riesgo para contraer enfermedades físicas y mentales.

Pretender combatir sentimientos y sensaciones que generan sufrimiento con el propósito de desaparecerlos, es entrar en una batalla que no solo está perdida desde el inicio, sino que además se vuelve casi imposible acabarla porque es una beligerancia contra uno mismo.

Son tres palabras terribles, contundentes, altamente preocupantes, angustiosas. En ellas se resume lo que piensan y cómo se sienten los venezolanos hoy en día; es para inquietarse y, aun más, para deprimirse. Porque así no somos los venezolanos. O, al menos, no lo éramos.

Fuimos un país con problemas a los cuales les poníamos buena cara. Los enfrentábamos con humor, sonreíamos y echábamos adelante. Ricos, menos favorecidos, gerentes y obreros la vida no nos vencía, teníamos alternativas, posibilidades. Florecimos siempre en una nación de oportunidades y de ingenio. Se vivía la pobreza con honradez, en la decencia y bonhomía hasta su muerte; otros se las ingeniaban, emprendían iniciativas, se hacían prósperos sin estafar, robar o traficar. Era un país alegre, afable, de todos y para todos.

Hoy somos un pueblo decepcionado por promesas tan insistidas como incumplidas. Encaminados hacia una Navidad triste, llena de humillaciones, estafas y fraudes electorales; sin hallacas, pan de jamón ni esperanzas. Otra natividad y Noche Vieja que celebraremos como podamos, a riesgo, sin agrado ni gozo; alimentando tristeza, rabia y preocupación para la cual nadie nos da respuesta ni caminos a seguir.

No somos la Venezuela de los problemas por solucionar y coyunturas por aprovechar. Estamos divididos, rotos, fracturados, en la miseria, arruinados, desvencijados, canallamente escamoteados, engañados. Nadie rinde cuentas y la impunidad reina. Las respuestas brillan por su ausencia porque sectores cómplices, cohabitadores, convenientemente asociados son sostenedores de la perfidia, delincuencia y bajeza humana.

Pero aceptemos, nosotros lo buscamos. Nos dejamos engañar una vez más con el viejo perverso mito de que cualquiera iba a hacernos felices, empezando por venganzas y cabezas fritas en aceite, ese alguien que prometió hacer del bienestar una revolución.

El pueblo que apoyó a Rómulo Betancourt, impuso la democracia derrotando con valor personal, sabiduría y dándole un tatequieto a los izquierdosos enamorados del malévolo retorcido Fidel Castro, siempre empeñado en que fuéramos pobres para ser felices y justos.

La misma población confió en Rafael Caldera, ofreciendo un cambio que no definió. Luego respaldó a Carlos Andrés Pérez que prometió un mundo de maravillas y casi nos arruinó. Apuntaló a Luis Herrera que nos atiborró de refranes. Fue la misma ciudadanía que aceptó gobiernos a través de concubinas.

Volvió a apoyar a Caldera ya anciano, refunfuñando rencores y alardeando su soberbia tradicional; el mismo pueblo que despreció a los partidos políticos en decadencia y a un gobernador que aunque pedante, prepotente, había sido exitoso en su gobernar, para irse corriendo como manada entusiasta, ilusionada, llena de esperanza detrás de un militar derrotado. Un teniente coronel embelesado por ese monumental fraude que fue Fidel Castro, ese que logró que hablaran bien de él, pero que jamás se preocupó por alimentar a su gente.

A los seres humanos nos mueve el “instinto de la felicidad”. Es aquello que lleva a intentar evitar situaciones que generen sufrimiento, como tristeza, rabia y preocupación. Son sentimientos que se ven y viven como negativos; el instinto nos induce a combatirlos creyendo que así van a desaparecer. Pero triste es el desengaño: cuando creemos que debemos estar bien, tranquilos, ‘felices’, llega el sufrimiento porque nos damos cuenta de que los momentos de tranquilidad son pasajeros. Y muchas veces les siguen tiempos de dolor y sufrimiento.

Tenemos razón en sentir tristeza, rabia y estar preocupados. Porque seguimos siendo los mismos, pero con un engaño más. Y ahora, además, con amargura, desdicha y carestía. Lo esencial es descubrir que la tranquilidad o felicidad existirán en la medida que aprendamos a aceptar los momentos de preocupación, a comprender que, como el agua del río que pasa bajo el puente, nunca será permanente.  

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