Hugo Chávez, nuestro Chernóbil - Runrun
Sebastián de la Nuez Jun 12, 2020 | Actualizado hace 2 semanas
Hugo Chávez, nuestro Chernóbil

Соломуха. Chernobil. La piese bleu. Mona Lisa de Antonio Maria (Antonmaria (2009). Foto en Wikimedia Commons.

@sdelanuez 

La catástrofe de Chernóbil fue en abril de 1986 y ya hacia finales de mayo empezaron a llegar al Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús (o Bielorrusia) productos del “área de los treinta kilómetros” para su examen. Marat Kojánov, ex ingeniero jefe de ese Instituto, le da su testimonio a la periodista Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura, que ella recoge, entre muchos otros, en el libro Voces de Chernóbil.

Era la única institución en la república capacitada, por sus profesionales y por sus equipos, para realizar ese trabajo. Les llevaban vísceras de animales salvajes y domésticos; los científicos, desde los primeros momentos, se dieron cuenta de que lo que les llegaba no era carne sino residuos radiactivos. Pero en la zona seguían pastando rebaños y las fábricas lecheras continuaban produciendo leche. No era leche sino veneno radiactivo; se vendía en las tiendas bajo la marca Rogachov como si nada, y cuando la gente se dio cuenta del contenido, dejó de comprarla. Luego apareció la misma leche en botes sin etiqueta. “Se engañaba a la gente, y la engañaba el Estado”, cuenta Marat. El Instituto funcionaba bajo un esquema militar, sus profesionales escribían informes sin parar (“sin parar”, recalca Marat) pero sus resultados no se podían divulgar “para no provocar el pánico”. Si lo hacían, les podían privar de su título e, incluso, del carné del partido, lo que al parecer era aun más grave.

Hace 34 años, 1 mes, 2 semanas, 3 días (al día de hoy 12 de junio) de ese doloroso hito. 

En estos días, un equipo de Televisión Española fue enviado a Pekín para hacer un reportaje sobre los 31 años de la masacre de Tiananmén, la plaza de las manifestaciones estudiantiles que se ensangrentó, pidiendo democracia, en la noche entre el 3 y el 4 de junio de 1989. La reportera y su camarógrafo fueron aventados por guardias. No les dejaron fotografiar ni hacer tomas del sitio… ¡31 años después!

Así pueden registrarse ocultamientos, borrones, omisiones, silenciamientos en regímenes que se han parecido históricamente y continúan pareciéndose entre sí. Si uno se pone a buscar testimonios de cubanos en el exilio, tendrá mucho material que sigue el camino de Chernóbil y Tiananmén.

Los pueblos no pueden olvidar, deben preservar su memoria y actuar en consecuencia de ella. Los pueblos deben mantenerse en pie, nunca acostumbrarse a la anormalidad de una tiranía.

En 2020, en diciembre, se cumplen 22 años desde que el pueblo venezolano cometió el terrible error de votar, en las penúltimas elecciones democráticas que hubo en el país, por Hugo Chávez. Ejercitar la memoria mantiene la visión clara, los pueblos olvidadizos son pueblos fracasados, viven dándose golpes contra la misma piedra. Venezuela no debe olvidar el fenómeno Hugo Chávez, “un sentimiento nacional”, como rezaba su eslogan de campaña en 1998. Su huella sigue y domina, pero cuando esa huella termine de esfumarse o quemarse en alguna pira, más todavía deberá ejercitarse la memoria. Que la gente recuerde, piense y hable, que se transmita de generación en generación: Chávez asesinó no solo por omisión, por inercia, por abrir las puertas de la impunidad y esperar, tranquilo, a que una buena parte de la sociedad se aterrorizara; sino porque se lo propuso con premeditación y alevosía.

Falta escribir un epitafio allá en el tinglado que montaron en el Museo Histórico Militar, algo así: “Aquí yace nuestro Chernóbil caribeño, quien hizo lo que hizo con el solo apoyo de un micrófono, su herramienta principal de poder. Desde que lo tuvo delante, en mala hora, tuvo a la vez la intuición para manipularlo. No fue comunista ni fascista, sino un micrófono con radiactividad. Delante del micrófono, más un café y unos apuntes en el escritorio, quizás un dulce de lechosa, enviaba, payaso irresponsable y resentido, partículas contaminantes en forma de palabras. Los contadores Geiger no alertaron, no lo suficiente al menos”.

Suficiente.

La mescolanza de sus peroratas lo define y retrata. Un ejemplo: en una alocución maratónica de 2001, desde Margarita, habló en el término de una hora (es decir, apenas un segmento de su monólogo) de Chile, Andrés Bello, Páez, Miranda, Bolívar, el Cabito, Cristo, los curas, Aristóbulo Istúriz candidato a la CTV,  los adecos buenos y los adecos malos… Con Miranda se comparaba. “Miranda terminó traicionado luego de la derrota de San Mateo; capituló en San Mateo pero era un por ahora, yo también tuve que decirlo porque, si no, era responsable de la muerte de doscientos o quién sabe cuántos muchachos”, dijo. Es decir, dejaba de ser responsable de esas muertes del 4F al darles un sentido superior, de compromiso con la “revolución” que vendría tarde o temprano, a las víctimas que le habían seguido en la asonada. Comparó su voluntad con la del precursor pues, como a él, se le presentaba cada día de su vida un obstáculo, una prueba, para hacerlo desistir de su idea (revolucionaria, por supuesto), para tratar de derrotarlo. “Eso tiene que ver con el fuego sagrado”, dijo, pletórico.

Uno escucha ahora eso, de hace 19 años, y es una ridiculez hueca, un batiburrillo de alucinado charlatán; es increíble que ese discurso haya sido exitoso.

Y de repente exclamó, en medio de todo: “¡Tengan cuidado con las sotanas…!”, riéndose de su propia gracia, divertido, sabiendo que el país entero lo escuchaba (y si no lo escuchaba, ya se enteraría); con él, rieron quienes estaban cerca, su séquito de focas. Agregó, acto seguido, que respetaba mucho a los curas, porque saben ustedes, ¿ah?, ¡hay muchos curas revolucionarios!

Y esta perla:

—Si Cristo, o Crista, estuviera hoy aquí, y no sentado, sino hablando, alentando, andaría con una antorcha por todos lados.

Como Cristo no estaba exactamente en el lugar, sino él, él era quien llevaba la bendita antorcha por todos lados. Solo había que sumar dos más dos.

Todo eso, toda esa catarata mitómana, ridícula y revanchista en sus cápsulas de odio, ocultando los casos de corrupción que saltaban ya por todas partes en 2001, incluso de su propio padre en Barinas, cuando fue gobernador. Ocultamiento, opacidad, “para no provocar el pánico”, como dirían los jefes de Marat.

Eso fue Chávez, el Chernóbil con una verruga en la sien: una catástrofe para Venezuela, una que no cede todavía.

Claro que las catástrofes no son comparables entre sí, cada cual encierra una tragedia específica, algunas resultarán a la postre más letales para la humanidad que otras. Sin embargo, el daño que causan es siempre comparable, puesto que pertenecen al mismo género de la desdicha humana: aquel cuyas consecuencias resultan imprevisibles aunque su desencadenamiento sí pueda ser vislumbrado. La de Chávez se vio venir, claramente. Cualquier científico de la URSS que se tomase en serio su trabajo debió haberse imaginado, al menos, algo cercano a Chernóbil. Chernóbil y Chávez comparten ese anunciamiento previo y, además, una misma actitud del poder, o de los poderes internos y externos, al desatarse: el silencio cómplice que permitirá más muerte, más destrucción. El silencio despiadado, muchas veces encerrado en formas diplomáticas.  

Una vez le pregunté al profesor Juan Carlos Rey por qué Chávez habría dejado a Maduro en el trono. “Eso mismo me lo pregunto yo”, contestó. Y luego aventuró que tal vez lo eligió al no poder confiar en nadie más; por ser, simplemente, el menos peligroso. Maduro nunca le haría sombra ni conspiraría contra él. O puede que haya sido una sugerencia cubana, ya que se había formado políticamente allí.

Como sea que haya sido, Chávez es Chernóbil, y Maduro, la leche marca Rogachov.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es