José Gregorio Hernández y la sociedad venezolana, por Elías Pino Iturrieta - Runrun
José Gregorio Hernández y la sociedad venezolana, por Elías Pino Iturrieta

Estatua del Dr. José Gregorio Hernández en su pueblo natal, Isnotú, estado Trujillo – Venezuela. En el fondo, las placas por “favores recibidos” de cientos de sus devotos. Foto Rjcastillo / Wikimedia Commons, 2013.

La beatificación de José Gregorio Hernández establece, en un vínculo antiguo e incuestionable, la conexión con el resorte emotivo que pueda sacar de la penumbra a la mayoría de la población necesitada. Una razón para levantarse de la camilla de los convalecientes.

 

@eliaspino

Hundida en uno de los peores momentos de su historia, Venezuela está cada vez más necesitada de alicientes. Cuando se habla de elementos que permitan la salida de un profundo agujero, la mirada busca hacia factores de naturaleza económica y hacia un arreglo político de urgencia. Con el auxilio de tales factores lo demás se dará por añadidura, se piensa habitualmente. Y se piensa así con razón, porque tales son los aspectos más evidentes de la realidad que pueden conducir a otros capítulos de la vida, más hospitalarios. Sin embargo, hay ingredientes de naturaleza afectiva que no consideramos cuando se trata de encontrar un salvavidas, pese a que pueden ser fundamentales.

El desarrollo material es esencial para salir de la crisis, pero existe un entramado de razones sentimentales que pueden abonar la parcela caracterizada hasta ahora por la esterilidad de sus frutos. Las motivaciones provenientes de la afectividad no se observan a simple vista, ni se pueden calcular con precisión matemática, pero pueden ser un motor capaz de insuflar dinamismo a escenarios caracterizados por la abulia. El orgullo arrinconado puede salir de la periferia de la sociedad para ubicarse en su centro, tras el propósito de enderezar pesadas cargas.

Es una cuestión de sensibilidad compartida, una prescripción de inexplicable procedencia que remueve la mentalidad de un conglomerado que de pronto se identifica con su lado constructivo, capaz de orientar una iluminación a través de la cual se descubre un atractivo paisaje donde antes solo se percibía lobreguez.

Dentro de tal perspectiva se quiere considerar ahora la beatificación de José Gregorio Hernández, por la conexión que puede establecer con la mayoría de la población necesitada de un resorte que la pueda sacar de la penumbra. Debido a un vínculo antiguo e incuestionable, que proviene de la primera mitad del siglo XX y se ha prolongado hasta hoy sin solución de continuidad, puede devolver la benéfica hinchazón de pertenecer a un conglomerado que no las tiene todas consigo, pero que de pronto encuentra una razón para levantarse de la camilla de los convalecientes.

¿De cuántos paisanos podemos hoy enorgullecernos, sin que exista el estorbo de las dudas? ¿Sobre cuál obra personal o particular existe consenso, es decir, abrumador consentimiento en torno a sus cualidades y a sobre cómo pueden influir positivamente en nuestras vidas? En una evolución alimentada por el contraste de las polémicas y por la actividad de individuos rodeados de desconfianzas, o asumidos como villanos; en una sociedad que ya ha encasillado en la memoria el catálogo de sus héroes desaparecidos y el desfile aún activo de un repertorio de individuos abyectos, o considerados como tales, llueve del cielo la legitimación de un bienaventurado.

Solo Simón Bolívar ha contado con la fe unánime de los venezolanos. Hay otras figuras de trascendencia a quienes se ha concedido el beneficio de una fe mayoritaria, pero únicamente el Libertador está en el pináculo del altar. Aparte del examen de contados historiadores, y de la liturgia tendenciosa que los políticos han promovido para su beneficio, nada ha impedido que ocupe el lugar más alto y menos objetado en el tabernáculo republicano.

Los demás son pigmeos, si se intenta una comparación. Ningún otro actor nacido entre nosotros ha sido objeto de una veneración capaz de resistir el paso del tiempo y las pasiones de los hombres, hasta la entrada de José Gregorio Hernández en la historia patria.

Un médico de nuestros días distinguido por las habilidades de su profesión y por su atención de los humildes, un personaje comprometido con el cumplimiento de su deber sin alardes, llega a una elevación capaz de provocar, no solo una atención mayoritaria, sino también el fervor de las multitudes.

De allí que estemos ante un suceso que se aleja de lo corriente para volverse excepcional, desde el punto de vista simbólico.

Ahora José Gregorio Hernández tiene un certificado oficial de virtud, un diploma proveniente de una autoridad suprema que garantiza la certeza de sus cualidades. La Iglesia avala su posesión de las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- en grado superlativo, pero también que las demostró durante su vida, ya sin duda, mediante el apego escrupuloso a la enseñanza de la Escritura y a la asiduidad de las plegarias devotas. Tales son los requisitos sobre los cuales se averigua desde la Edad Media para verificar los pasos de la santidad de los mortales.

El Médico de los Pobres se ha hecho acreedor de un reconocimiento por tales ejecutorias, debido a cuyo ejercicio puede convertirse en intercesor de favores ante la divinidad. El heroico ejercicio de las virtudes, atribuido a sus obras por los fieles antes de que obtuvieran crédito canónico, conduce a la posibilidad de obrar portentos por petición de quienes parten de su biografía para conseguirlos. Ahora esos portentos tan buscados, o por lo menos uno de ellos, han sido legitimados por la Congregación que examinó en la sede romana un voluminoso expediente sobre su vida. De lo cual se deduce, nada menos, que es o puede ser un puente que conduce a esferas metafísicas, un camino oficial para la obtención de las gracias especiales que en ocasiones concede Dios. 

José Gregorio Hernández no solo llega a los altares por el fervor o por la desesperación de los enfermos y los desvalidos que se han postrado ante su efigie, sino ahora por la autoridad de la Madre Iglesia encarnada por el papa desde la basílica de San Pedro.

El rostro de un venezolano, el porte laico de un paisano, la figura familiar de un médico de Isnotú, de un señor de corbata, chaleco y sombrero como el de las estampitas que llevaron como talismán en la cartera nuestras abuelas y nuestras madres de todos los rincones del mapa, será descubierto por Francisco ante la multitud congregada en la plaza de San Pedro.

Es evidente que el papa no mostrará la figura de un hombre solo, la imagen de un eremita del desierto, sino una representación o una hechura de la sociedad venezolana. Ya nuestro catolicismo contaba con la proclamación de tres beatas -María de San José, Candelaria de San José y Carmen Rendiles-, pero la certificación oficial de sus cualidades no se puede comparar con la que nos ocupa porque no impactó a la totalidad de la sociedad sino a individuos y a espacios de limitada proyección. Para las mayorías sus beatificaciones fueron un grato descubrimiento, una bienvenida sorpresa, el resultado de un empeño de tres congregaciones religiosas y de las comunidades en las cuales realizaron sus caridades y sus desprendimientos, que llegó a la meta sin que la sensibilidad de las mayorías le hubiera servido de prólogo.

En cambio, la beatificación de José Gegorio estuvo precedida por multitud de procesiones de las gentes sencillas del país y del vecindario latinoamericano, por miles de anécdotas sobre el desfile de sus milagros, por millones de velas encendidas, por novenas y jaculatorias de origen plebeyo, por su ubicación en altares pueblerinos y en cultos heterodoxos, por su entrada en expresiones del folklore, en el comercio de objetos religiosos y en la esfera de las artes plásticas, como ningún venezolano relacionado con el catolicismo hasta el día de hoy.

De lo cual se deduce, si concedemos trascendencia a los elementos simbólicos y a los ingredientes afectivos que influyen en la historia, que podemos estar ante un motivo capaz de ayudar a la sociedad a abandonar la oscura ciénaga en la que chapotea. No porque el popular beatificado obre el milagro que reclaman los pueblos para salir de un entuerto que no han sabido remendar, ni para dejar en las manos de una potencia sobrehumana lo que la indiferencia y los desaciertos de las mayorías han omitido, ni para servir de relevo a unos políticos apaleados y desconcertados, sino porque una iluminación que mana de las entrañas del país profundo habitualmente tiene la vocación de no pasar en vano.

Porque puede remover las fibras de unos hombrecitos que, según parece desde el borde del despeñadero, solo han permanecido en la vida para mostrar sus flaquezas.