Tras la perestroika bananera, por Alejandro Armas - Runrun
Tras la perestroika bananera, por Alejandro Armas

@AAAD25

Cuando comenzó, mencionarlo en público era un tabú. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, so riesgo de ser acusado por las Erinias tuiteras de edulcorar la catástrofe venezolana. Pero en la medida en que la cosa avanzaba y se hacía más y más evidente, la negación igualmente fue desapareciendo poco a poco.

Hoy muy pocos estarían dispuestos a cuestionar la afirmación de que el régimen chavista cambió su orientación en el terreno económico. El modelo cuasi estalinista de inspiración cubana silenciosamente fue reemplazado por algo que quizá aún no podamos entender lo suficiente como para ponerle un nombre que aluda a entes parecidos, pero que definitivamente constituye una ruptura con lo anterior. Así, los controles de precio dejaron de ser aplicados y los anaqueles volvieron a llenarse. El dólar se volvió moneda de uso común, con la tolerancia del régimen, primero tácita y después expresa.

Cuando salí de Venezuela para un periplo de dos años en el extranjero, no había ningún indicio de que esta metamorfosis se iba a dar. Pero cuando ya estaba lo suficientemente avanzada, ni siquiera había que estar en el país para notarla. Llevo más de un año sosteniendo que Miraflores, sin admitirlo en público, dejó de ver en La Habana su norte. La sustituyó por Moscú. Así, el cuasi estalinismo recetado por personajes tristes como Jorge Giordani y Alfredo Serrano fue suplantado poco a poco por un capitalismo oligárquico e iliberal. Con el tiempo, más personas se han hecho a esta idea (recomiendo el libro Viaje al poscomunismo, de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres). Algunos lo llaman la “perestroika bananera”.

Ahora bien, una vez que hemos aceptado que hubo un cambio, la pregunta lógicamente siguiente es por qué lo hubo. Al régimen desde un principio se le advirtió que el socialismo marxistoide y revolucionario sería una calamidad, pero su reacción siempre fue desestimar el peligro. Ni siquiera cuando el daño era escandalosamente obvio hubo un correctivo. Entonces, ¿por qué ahora o, mejor dicho, a partir de 2019?

Los politólogos Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith argumentan que, para un régimen autoritario que busque permanecer en el poder, la clave es disponer de dinero para distribuir entre un grupo selecto de individuos indispensables para mantener la estabilidad. Sin el apoyo de estos sujetos, seguir gobernando se vuelve inviable. Es lo que los autores llaman “coalición ganadora”, que no se limita necesariamente a las Fuerzas Armadas, pero que por lo general las incluye. Después de todo, son los militares los que pueden reprimir una revuelta popular de masas descontentas y sedientas de cambio. Dicha represión nunca es tarea agradable, así que solo con una compensación atractiva será llevada a cabo.

De manera que los regímenes autoritarios siempre necesitan recursos para repartir entre sus secuaces. Los fondos pueden venir de dos vías: impuestos y recursos naturales.

Aquellos Estados que son ricos en lo segundo son los que pueden albergar las dictaduras más brutales y crueles. Al controlar un bien cuya exportación brinda el dinero necesario para mantener una coalición ganadora, el gobierno no necesita riqueza ajena que gravar ni, por lo tanto, una población económicamente pujante. Las masas pueden ser condenadas a la miseria más abyecta sin que ello repercuta en el bolsillo de la coalición.

En cambio, los regímenes autoritarios que no pueden lucrarse de recursos naturales tienen que recurrir a la otra opción. Para ilustrar el punto, Bueno de Mesquita y Smith aluden con lujo de detalle al caso de Ghana bajo la dictadura de Jerry Rawlings. En una historia típica del África poscolonial, Rawlings era un joven oficial militar que tomó el poder mediante un golpe de Estado. Los primeros años de su mandato, a principios de los años ochenta del siglo pasado, estuvieron caracterizados por la detención, tortura y asesinato de cientos de detractores, la restricción de las libertades civiles y la mordaza a la prensa. El hambre cundió entre las masas. Sin embargo, el gobierno de Rawlings no terminó siendo otra larga dictadura africana más que terminara de manera tan violenta como sus orígenes, caso de Mobutu Sese Seko o Idi Amin Dada, entre muchos otros.

Como en la canción de Cheo Feliciano, Rawlings tenía un triste problema: el Estado que presidía se hallaba financieramente quebrado. Las políticas (oh, sorpresa) socialistas de su régimen no solamente fueron incapaces de mejorar las condiciones de vida de la población, sino que además no generaban fondos para satisfacer a la coalición ganadora. En vez de insistir con un dogma, Rawlings, como cualquier autócrata que se respeta entiende, puso su permanencia en el poder por encima de cualquier ideología. Había que reactivar el aparato productivo, así que… adiós al estatismo socialista. A mediados de los ochenta, Rawlings liberalizó la economía siguiendo pautas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Para finales de la década, la economía había mejorado considerablemente.

Rawlings se dio cuenta de que para estimular el mercado necesitaba aflojar su puño de hierro y permitir mayor libertad de asociación y expresión. Lo que tal vez no previó es que dicho relajamiento, así como la mejora en las condiciones de vida de un ciudadano común que ya no se enfocaba solo en sobrevivir, alentarían el surgimiento de una sociedad más exigente de sus derechos. El mandatario decidió eventualmente seguirles el juego, autorizar críticas a su gobierno y la reorganización de la disidencia. En 1992 se lanzó como candidato a elecciones presidenciales en las que participaron varios adversarios. Las ganó. En 1996 fue reelecto. Tras dos mandatos legitimados comicialmente, y en atención a los límites constitucionales, se retiró. Ghana es hoy una de las pocas democracias de África, con credenciales similares a los de Brasil o la India, según el Índice de Democracia de The Economist. Una democracia frágil, sin duda, pero democracia al fin. A los 73 años de edad, Jerry Rawlings murió en noviembre pasado, debido a problemas de salud quizá relacionados con la covid-19.

Volvamos a Venezuela. El chavismo por dos décadas pudo eludir las dificultades que atribularon a Rawlings. El maná de mene aseguró que la coalición ganadora tendría recursos. Pero la extracción de riqueza fue excesiva, no se alimentó a la gallina de los huevos de oro negro y Pdvsa quedó reducida a su lamentable situación actual. Las sanciones contra el petróleo venezolano y demás riquezas controladas por el régimen, como el oro, fueron la guinda del pastel.

En conclusión, por razones endógenas y exógenas, el modelo cuasi estalinista y filocubano se agotó.

El grifo de ingresos fue cerrado casi por completo, así que una nueva fuente se ha hecho necesaria. Ello nos lleva al peculiar levantamiento de controles, los vivas a la moneda “imperial” y la privatización de empresas tomadas por el Estado (en condiciones opacas, claro). Dicho de manera coloquial, hay que hacer plata… Para gravarla. No en balde, recientemente, Nicolás Maduro asomó la posibilidad de impuestos en dólares.

¿Significa todo lo anterior que solo debemos sentarnos a esperar que en Venezuela se repita la historia de Ghana? No. En primer lugar, aunque es poco probable que la perestroika bananera sea revertida, su alcance todavía es incierto. Para muestra la orden a las universidades privadas de no aumentar su matrícula. No hay reforma económica que restablezca el Estado de derecho, lo cual limita el potencial de crecimiento productivo, ya que no todos están dispuestos a invertir donde no hay garantías y la arbitrariedad reina.

Más importante aun, al cabo de dos años de giro económico, el chavismo no ha dado muestra alguna de seguir el ejemplo de Rawlings en lo político también (¿recuerdan a Héctor Rodríguez rechazando “sacar a la gente de la pobreza para que después aspiren [sic] ser escuálidos”?). Por el contrario, se sigue manipulando las reglas del juego electoral para garantizar la hegemonía del régimen, persiguiendo a opositores, acosando y cerrando medios de comunicación independientes y, para colmo de males, criminalizando a trabajadores humanitarios.

No está de más repetir que el nuevo norte del chavismo no está a orillas del Volta, sino del Volga. No está en África, sino en Rusia. Y, como fue examinado en esta columna, Vladimir Putin mejoró la economía de su país con respecto al pasado soviético y a los años de Boris Yeltsin, moviéndolo al mismo tiempo hacia una dirección más autoritaria.

Sea cual sea el desenlace, los tiempos han cambiado y es importante que así lo entienda todo aquel interesado en restaurar la democracia venezolana, empezando por la estratégicamente extraviada dirigencia opositora. Errar el diagnóstico solo producirá malos resultados.

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