#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (III), por Elías Pino Iturrieta - Runrun
#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (III), por Elías Pino Iturrieta
La valoración de la civilidad en la formación de la república no puede partir de la descalificación de los protagonistas militares

 

@eliaspino

En dos artículos anteriores se trató de considerar al elemento militar como una creación fundamental de la historia de Venezuela, susceptible de advertirse como el aporte esencial de nuestra sociedad cuando comienza el siglo XIX. No solo porque se convierte en soporte de la Independencia de la nación frente al imperio español, único pilar en el cual se puede sostener un civilismo en pañales, sino también debido a que orienta y define la guerra en el continente meridional. No se pueden entender las guerras de independencia en Hispanoamérica, sin detenerse en la influencia de los hombres de armas creados en el regazo de nuestra sociedad.

Es materia suficiente para considerar de manera diversa el papel del militarismo, especialmente cuando se intenta, no sin fundamento, encontrarle mayor estima al papel de los civiles y del civilismo en la creación de la república. Pero esa valoración de elementos que se han subestimado −escritores, miembros de los parlamentos, figuras religiosas, padres de familia que ponen su carne en el asador, campesinos sacados de sus espacios naturales…− no puede partir de la descalificación de los protagonistas que, debido a sus esfuerzos y a sus sacrificios, ocuparon los espacios estelares de la cúpula. De allí el interés que ha movido el par escritos anteriores sobre la trascendencia del militarismo venezolano, que hasta ahora se han detenido en la Independencia.

Hoy quieren encontrar continuidad en otro elemento fundamental: la rectificación del proceso que ellos mismos habían encabezado.

El desmantelamiento de Colombia se debe, en mayor medida, a la influencia militar. El retorno a las fronteras de lo que entonces se llamaba “la antigua Venezuela” solo se puede realizar gracias a la influencia de los generales venezolanos que estaban descontentos con la administración dirigida desde Bogotá, y quienes sintonizan con el malestar de importantes sectores de Caracas y de otras poblaciones venezolanas que no soportan la supremacía reinosa.

El deseo de secesión, que no es un capricho aldeano, ni una traición a los ideales de la Patria Grande, sino un reclamo de la economía comarcal que no se consideraba amparada por la administración central, y la necesidad de los criollos de la región de librarse de los criollos del otro lado, todo comprensible cuando llega la paz, todo capaz de llegar a situaciones de ruptura sangrienta después de la derrota de los realistas, llega a su destino gracias a la presencia de ejércitos capaces de imponer su voluntad. Y aun de imponerse sobre las tropas del gobierno central en una probable guerra civil. Es una evidencia tan formidable que ni el mismo creador de Colombia, Simón Bolívar, se atreve a un enfrentamiento con sus colegas que fueron artífices de batallas fundamentales. Prefiere dejarlos hacer ya desde los tiempos de La Cosiata, inicio de la desobediencia comarcal.

El problema con la secesión que entonces triunfa, dirigida por oficiales de fama sólida como Páez, Mariño y Soublette, es que se la ha visto como una traición sin argumentos plausibles, como un zarpazo contra la obra de Bolívar. Pero, si se analiza como un reclamo fundamentado de un sector de la sociedad que se siente disminuido y controlado por unos “extranjeros”, y como la necesidad de asumir un proyecto económico que sembrara, por fin, los principios de un liberalismo que solo se conocía porque los periódicos hablaban de su existencia, surgiría una versión solvente de los hechos en la cual quedarían sus promotores como cabezas de una evolución constructiva.

Dado de que aquí se considera la ruptura con Colombia como un capítulo de lucidez y como el comienzo de una época de construcción capaz de colocar los fundamentos de una sociedad moderna y del republicanismo más adelantado de la época, el juicio sobre el servicio de los militares que lo promueven debe incluirse en el cuaderno de los inventarios positivos.

Pero lo que hacen esos hombres de armas después de deshacerse de Colombia es de una trascendencia indiscutible, sobre la cual se dirá lo fundamental en el próximo artículo que, como este y como los dos anteriores, mira al militarismo a través de un prisma inhabitual.