Víctor Maldonado C., autor en Runrun

Víctor Maldonado C.

Levántate, no temas, por Víctor Maldonado C.
Ese país que extrañamos y al que aspiramos comienza con nosotros y se funda desde nuestro ser y nuestro actuar. Somos nosotros el país que podemos ser, sobre la base de lo que hemos sido

 

@vjmc

A mi amigo Mingo

Al final nos corresponde “agarrar el toro por los cachos” y enfrentar con toda la serenidad que nos sea posible el balance de nuestras vidas. Nos hemos equivocado muchas veces. Hemos perdido tres décadas de lo mejor de nuestras vidas en el intento de corregir un error de aproximación a la política, somos el país latinoamericano con la migración forzada de consecuencias más atroces en lo que va de siglo, y hemos visto deshacerse una tras otra todas y cada una de nuestras ilusiones.

Los venezolanos somos un país de tristezas, aunque sonriamos. El peso es terrible. Hemos experimentado la despedida, la soledad, el abandono, la enfermedad, la muerte y la traición. Tragamos grueso, pero hemos comido basura. Y para colmo, en medio de esta pandemia, ni siquiera nos hemos podido despedir de nuestros seres queridos, que son despachados como si fueran paquetes de intocables. Estamos encerrados, el miedo se nos ha impuesto como mecanismo de dominación, sin que tengamos el consuelo de una política de vacunas para todos, incluso los más pobres, los más alejados, los que no tienen contacto con la modernidad.

Nuestras poetas comparten con nosotros versos de desgarre y la experiencia de una vida cotidiana consistente en la ardiente incertidumbre del pasar los días atentos al próximo apagón, los efectos de la lluvia siguiente, el calor sofocante, y el tratar de no pensar en nada, que nada nuevo ocurra, una enfermedad, una devaluación adicional, que no se dañe la nevera, que aguante el gas hasta la próxima bombona, que no suban la matrícula de las escuelas. Estamos en un remolino, aferrados a un tronco, tratando de bracear, intentando no ahogarnos.

Vamos a estar claros. Nosotros vivimos una realidad que provoca arrechera. Una vida que transcurre en dos raseros bipolares.

Un país que quiere pagar salario mínimo pero que cobra bienes y servicios en dólares. El país de las apariencias que pretende “hacerte una oferta de servicios” en bolívares, mientras eres testigo y cómplice obligado de cómo se cobra. ¿Ese es el país con dos sistemas que auspician los voceros empresariales? Y esto es solo un ejemplo de la bipolaridad enloquecedora que con la que nos torturan a diario. ¿Se hacen los locos? ¡Sí! Y eso da más arrechera.

Y al frente, en la orilla, bien a salvo, la política se burla. Se burlan porque no reconocen la tragedia del país, ni la inmensa inversión que todos hemos hecho en sobrevivir y mantener la cordura. Se burlan porque ellos son una dimensión discordante de nuestra realidad, sin vínculo con lo que nos está ocurriendo e ingeniando falsas soluciones a problemas que son de ellos, pero no de nosotros. Ellos viven la apariencia, por cierto, mal maquillada, y nosotros vivimos en carne viva. Ellos hablan un idioma de diálogos, negociaciones y ruta electoral. Son ellos los que juegan ese juego de bailar alrededor de las sillas, son ellos los que se paran, se sientan, se turnan y vuelven a jugar, mientras nosotros, aferrados al tronco, tratando de superar la turbulencia, los vemos, los oímos y los odiamos. Ellos son la traición venezolana, la práctica arquetipal del vivo, el individualismo prepotente y sobrado que igual piensa “que los demás se jodan, bien hecho” y trata de hacer negocio con eso. ¿Más jodidos? ¡Mejor para mí! Los bolichicos solo fueron la primera versión de la perversidad que se ha ensañado en nosotros.

Pero no perdamos el sentido original. Estamos hartos, nos sentimos defraudados, nos han violado con oprobio, estamos de muchas maneras constreñidos por las difíciles circunstancias, pero si volteamos a nuestro fragor histórico, no es la primera vez que nos toca respirar profundo y decidirnos a barajar la mano, comenzar de nuevo y seguir viviendo.

Estamos como las tardes que amenazan con el chaparrón inminente, en los dolores de parto, deseosos ya de comenzar una nueva etapa. Y deplorando el tiempo invertido en tanta piratería maliciosa interpretada por élites perversas y desconectadas de la suerte del país. Esas élites que se creen los únicos habitantes con derechos y que practican una narrativa tan refractaria a los otros, que somos nosotros.

¿Cómo hacerlo? El problema es que duele tanto como provoca un inmenso hastío. ¿Hasta cuándo, Señor, vamos a vivir el castigo del eterno comenzar? Duele, porque además nos humilla. Aburre, porque nos queda menos vida para desgastar. De allí que esta nueva oportunidad no la gastemos en espejismos. ¡Enseriemos nuestra vida!

Lo primero es procesar el duelo que llevamos entre pecho y espalda. Asumir el doloroso esfuerzo del “darnos cuenta” qué ha pasado con nuestra heredad.

Hacer contacto con la realidad y elaborar un inventario de pasivos y de activos vitales. ¿Qué ha pasado con nuestra vida? Busquemos datos e hitos referenciales.

a) Esto comenzó en 1992 con los golpes de Estado. Se consolida como proceso en 1998 y va agotando todas las reservas republicanas y democráticas hasta constituirse en un ecosistema criminal que reparte los roles a favor del totalitarismo.

b) Llevamos 29 años de turbulencia destructiva. Una generación completa se ha desgastado y descompuesto en el intento de cambiar la situación.

c) Estos 29 años han sido el escenario para calibrar a las élites políticas y económicas, que nos han resultado fallas en su compromiso con el país. Y más que fallas, erráticas, corruptas y traidoras.

d) Nos hemos quedado solos. Nadie va a venir a salvarnos, ni podemos contar con el liderazgo político nacional. No hay pudor alguno, porque cuando ellos se sientan en la mesa con la tiranía es para reforzarla y nunca para reivindicar nuestro derecho a la libertad. Son serviles y pusilánimes. Rastreros a cambio de una participación en el saqueo, único propósito transformado en el proyecto más consistente de nuestras élites.

e) En 29 años descubrimos una violencia creciente y experimentamos “la traición de Leviathan”. El sobrio monopolio de la violencia legítima se ha convertido en un bazar nacional de la violencia ejercida por los que no tienen empacho en disparar y matar. Mientras eso ocurre, se justifica cualquier cosa en aras de la revolución y de una igualdad mal digerida. Ahora sabemos que el Estado socialista no es garantía sino la causa raíz de nuestra servidumbre.

f) Ahora tenemos como residuo de tanta barbarie una economía mutada a un sistema sofisticado de lavado de dinero, mientras que la economía real agoniza o se reconfigura. Sin asegurar los factores de producción, en medio de la arbitrariedad, con leyes confiscatorias y el ojo del gobierno esperando cualquier caída para devorar lo productivo es poco probable que tengamos algo diferente a “buenos negocios conjuntos entre mafias y testaferros serviles”. Es una economía sin horizonte para invertir, y por lo tanto es una economía envilecida. Sin moneda, con el dólar como moneda default, y un sistema financiero que en modo condicional se atreve a innovar en servicios, pero que ha dejado al país de clases medias y bajas al margen. Aquí no hay crédito. Es una economía premoderna en pleno siglo XXI.

g) No hay servicios públicos, y no vale la pena abundar lo que ya sabemos, porque lo sufrimos.

h) Se ha desguazado la familia.

i) Se ha tirado a pérdida la educación y se ha pervertido el contenido educativo.

j) No hay instituciones autónomas sin una predisposición servil a hincarse ante el altar de la revolución.

k) No hay garantías judiciales, no hay justicia y no hay sistema judicial. Pero sí tenemos centenares de presos políticos, anónimos, cuyas familias están arruinadas psicológica y económicamente.

Y para colmo, como lo hemos dicho sin cansarnos de repetirlo, padecemos una dirigencia política que se entregó y exige de nosotros total complicidad en una trama que por donde se vea, solo les conviene a ellos. Por eso, y no por capricho, debemos transitar todas las fases de la ruptura. Porque o nos atrevemos a romper, o no nos salvamos. No habrá ninguna posibilidad mientras esas sean las condiciones de marco.

Como todo proceso de ruptura a la venezolana, en estos 29 años han sido muchas las veces en que hemos vuelto a confiar. Pero se acabó el tiempo de las oportunidades de remisión.

Debemos asumir con humildad y realismo que hemos sido víctimas de una gran estafa.

Una estafa alucinante. Con operaciones psicológicas sofisticadas, que nos aturden y no nos permiten saber quiénes son aliados de verdad y quiénes son parte del aparato del régimen. Es en esa zona gris donde nosotros dudamos. Por eso, no nos queda más que apelar al sentido de realidad y recordar la sentencia evangélica que, ante la duda, el único criterio razonable es insistir en que “por sus obras los conoceréis”, porque el discurso es engañoso en un ecosistema donde nadie juega a la integridad. Aquí se ha legitimado la mentira.

Pero romper no es suficiente. Quedan pendientes dos preguntas cruciales: ¿Cómo reconstituir la política? ¿Cómo reconstituir la república?

Debemos asumir nuestra responsabilidad. En el M2 de nuestro ejercicio ciudadano debemos hacer la diferencia, entendiendo que nos jugamos nuestra existencia y la vigencia de un país llamado Venezuela. Ese país que extrañamos y al que aspiramos comienza con nosotros y se funda desde nuestro ser y nuestro actuar. Somos nosotros el país que podemos ser, sobre la base de lo que hemos sido. Sin pretensiones epopéyicas. Sin ese heroísmo almibarado que nos legaron nuestros apologistas románticos. Me refiero a la batalla de nuestros abuelos y bisabuelos. De nuestros padres y de nosotros mismos. De nuestros vecinos, nuestro barrio o ciudad. Porque este país se ha hecho y mantenido por la fuerza demoledora de las pequeñas cosas, que han llegado a sumar grandezas.

No estamos peor, ni ha sido mayor el desastre por nuestra casi infinita capacidad de adaptación, porque una vez decididos no hay marcha atrás. No estamos peor porque nuestra fortaleza está asentada en algunos valores que no se mezclan con nuestros peores defectos. Somos trabajadores, aunque no lo creamos, no hemos abandonado metas que nos parecen valiosas, como la educación de nuestros hijos, o los emprendimientos indebidamente calificados como rebusques. No lo queremos reconocer, pero somos gente que anda y desanda caminos, desde la huida hacia Oriente, queriendo evitar los desmanes de Boves, el trajinar de los ejércitos libertadores, las migraciones internas del siglo XX, y más recientemente el doloroso proceso de migración y desplazamiento forzados, de nuevo por hambre, violencia y muerte. No nos quedamos esperando nuestra suerte. Nos movemos, así sea al alto costo de la separación.

Pero no estamos mejor porque nos embelesamos con la personalidad carismática, nos enamoramos del líder y les entregamos todas nuestras banderas y consignas. No estamos mejor porque la mala cara de la adaptación es la tolerancia, más allá de cualquier límite razonable, porque creemos que el país es bueno para la renta, y porque nunca nos ha importado demasiado cuál es el origen de la riqueza que exhiben con impudicia todos los que se encaraman en el ecosistema criminal. No estamos mejor porque no hay sanción moral contra los chanchullos. Y porque nos cuesta mucho la exigencia de normas y valores aplicados universalmente, sin la excepción del carnet, sin el privilegio del compadrazgo, sin las excepciones presumidas por la familia extensa, sin el afán de particularizarlo todo. No estamos mejor porque preferimos la impunidad de las logias propias (eso que yo llamo la “costra nostra”) al interés del país. No estamos mejor porque esos obstáculos lucen todavía infranqueables, porque tienen que ver con nosotros, con nuestra forma de pensar, nuestros modelos culturales, y porque todo esto tiene actores intencionales e interesados que juegan a nuestra confusión. Y desde la confusión a nuestra fatal servidumbre.

Esta “costra nostra” no requiere de ciudadanos sino de masa. Ni los del régimen, ni su oposición complaciente (opolaboracionista) pueden lidiar con la inquisición propia de los que actúan con libertad. Ellos quieren que seamos la misma montonera de nuestro largo y tortuoso siglo XIX y los “Juan Bimba” del siglo XX. Ellos quisieran que nosotros nos comportáramos como “buenos compañeritos” que se conforman con gorra y franela con los colores del partido, sin vocación de impugnación. Ellos nos tienen previstos como “carne de cañón” que paga represión, muerte, cárcel y violencia, para exhibir y apropiarse del martirio de nuestro pueblo.

Al pretendernos masa informe (de eso se trata el trapiche destruccionista llamado socialismo del siglo XXI, pero también tiene que ver con el populismo irredento) están confiando en algo que estamos dejando de ser. Por hartazgo y trauma, tal vez no por convicción, ya no queremos ser tan dóciles y confiados. Y ese precisamente es el foco de una nueva oportunidad, cueste lo que nos cueste.

Es muy duro, nos saca de la cancha que siempre hemos jugado, pero debemos recordar la esencia de nuestra vida en común. Solamente podemos salir del mal si transitamos este desierto aferrados a lo que sabemos que somos, rebelándonos ante nuestro presente, y teniendo claro el futuro que queremos para nosotros. Y comenzar esta reacción en cadena contra lo que nos está matando.

No busquemos más allá de nosotros mismos. El cambio de actitud comienza con nosotros. Teniendo presente que va a doler y costar el dejar atrás y el renunciar conscientemente a la causa raíz de nuestros males. Cada uno puede hacer el inventario propio. Pero que no falte un repudio explícito a dos dimensiones del mismo problema:

a) Hay que repudiar definitivamente al caudillismo y por lo tanto, debemos decidir, de una vez por todas, no ser nunca más parte de una montonera.

b) Hay que renunciar y prevenirse contra el compadrazgo, amiguismo y el compinchismo. Eso va a doler. Pero mientras no seamos capaces de diferenciar espacios, tiempos y contextos, mientras no seamos exigentes en las condiciones morales e institucionales de las relaciones entre nosotros, en tanto que ciudadanos, seguiremos abriendo la fosa donde terminará enterrado nuestro país.

Este gran desafío comienza con nosotros. No busquemos en el cielo una señal. Nosotros somos señal y advertencia. Y hay cosas que debemos hacer en el marco de nuestros pequeños confines. Y este esfuerzo tiene también indicadores de precisión. Yo los invito a completar el inventario. Pero que no quede fuera de la reflexión estas necesidades:

a) La necesidad de construir el país desde nuestra exigente mirada. Nosotros sabemos lo que queremos: decencia, oportunidades dignas, salud y educación, modernidad, libertad, seguridad y justicia. Sabemos lo que no deseamos más: destrucción, ruina, mentira, prepotencia, impunidad y servidumbre. Nosotros queremos congregar a nuestras familias y no la tragedia de la dispersión. No queremos un país donde el privilegio sea para los saqueadores. Queremos un país con una economía productiva y pujante. No queremos un país de mafias. Queremos un gobierno eficaz, pequeño, concentrado en hacer lo suyo, sin desbordes ni excesos. No queremos líderes eternos que abusan del poder encomendado para quedarse eternamente. Queremos alternancia en el poder, ejercido con límites y pudor republicano. ¿Lo podemos lograr? ¡Depende de si podemos romper con todo lo hecho para comenzar de nuevo!

b) Queremos una nueva clase de líderes, definidos bajo nuevos conceptos. Líder es aquel que comparte nuestras convicciones y dirige el camino. Que ni se vende, ni se prostituye, ni es adicto al poder para su propio lucro. El líder que queremos debe ser capaz de construir relaciones valiosas fundadas en la verdad. El líder que necesitamos tiene un proyecto de poder elaborado con integridad. No queremos líderes infatuados, con guardaespaldas y camionetas blindadas, que suben cerros para tomarse fotos, y que lo único que dan es la mano, pero no su compromiso.

c) Queremos una red de ciudadanos empoderados, con líderes que sepan trabajar coordinadamente. Porque no puede ser uno solo, providencialista y mandón, sino constructor de proyectos en común, con una hoja de ruta en el que todos comparten con equidad costos, ganancias y riesgos. No necesitamos “hombres fuertes”. Necesitamos líderes con fortaleza. No necesitamos conductores chabacanos, que transmiten una imagen sesgada del venezolano. Necesitamos líderes que modelen sobriedad y talante republicano. Tenemos que reencontrarnos con el país trabajador, frugal y esperanzado que hemos sido y que podemos volver a ser.

Pero el marco de aspiraciones luce incompleto si no proponemos un sentido. La gente pide afanosamente un qué hacer. Necesitan un encuadre y un contexto que les permita comenzar a construir oportunidades para un país que muchos quieren tirar a pérdida. Y eso supone superar dos caminos que nos regresan al abismo. El inmediatismo, y tratar de afectar lo que solamente son apariencias. El tiempo perdido es imputable a esa clase política falla y carente de sentido de la responsabilidad social. Que nos conformemos con ellos, porque son los que existen, nos condenan a perdernos de nuevo en el laberinto de la inefectividad.

El plano de las apariencias solo nos enreda en batallas espurias. Pretender que el problema es el pasaporte que no nos otorgan, los apagones o la usurpación masiva de todos los poderes públicos, nos pone a pelear con las representaciones de un ecosistema criminal que es mucho más complejo y que se ha encajado en nuestra vida precisamente porque estamos constantemente aturdidos por sus efectos. Pero ¡cuidado! esa es la propuesta de los voceros de los gremios empresariales. Algo así como encalar una pared podrida en sus cimientos. Quisieran ellos una “normalización de lo que hay”, para tener ellos más oportunidades. Quisieran ser parte de una gran burbuja, no tener que pensar, evitar el discernimiento, y tener acceso a lo que ellos consideran parte integrante de su prosperidad, sin importar el tamaño de la exclusión que con eso provocan. Todos ellos quieren su “Hotel Humboldt” o su archipiélago de islas exclusivas donde la cordialidad entre los que dicen ser adversarios públicos desmiente cualquier discurso aparentemente confrontador.

Ellos son tentadores y tentación del apaciguamiento, la resignación y la capitulación.

Por eso aplauden las mejorías infinitesimales, dicen que ahora llega el agua cada tres semanas, o que el documento de identidad lo entregan solo después de seis meses. La lucha para ellos es en el detalle reivindicador, sin impugnar la esencia. Lo de ellos es el gasoil, los aranceles, la voracidad fiscal, y la administración de la pandemia. ¿Y el fondo? Ellos se entregaron y ahora son mandarines informales del régimen ante el cual se hincaron.

Entonces, ¿qué hacer? La política que podemos y debemos hacer comienza por nosotros. En el libro de Jeremías hay un llamado que bien podría ser a nosotros: “Ciñe tus lomos, levántate y háblales. No temas, porque yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce, y pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte”. Por eso debemos centrarnos en la verdad y recuperar siete dimensiones de la lucha y la resistencia política.

La FE

Este conflicto es existencial. El mal se engríe y cree que puede desplazar al bien hasta dejarnos en tierra baldía. Por eso, esta nueva etapa política nos debe reconciliar con nuestra FE y desde nuestras convicciones comenzar a combatir la oscuridad. Por la fuerza de las convicciones debemos entender, asumir y confiar que Dios está con nosotros y puede con nosotros dirigirnos hacia la liberación. Dios con nosotros debería volver a ser nuestro estandarte. Y nosotros poder definir con mayor precisión las líneas divisorias entre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo inaceptable. Sin convicciones estamos perdidos en el remolino donde todo vale lo mismo. El mal nos quiere desencajados y desmoralizados. Nuestro deber es revitalizar nuestra FE, levantarnos y comenzar a recorrer el camino hacia la liberación.

LA FAMILIA

La familia es el último reducto que quieren destruir. No han podido, pero sus embestidas la han fracturado. Nos han hecho creer que nuestras familias ni funcionan ni son motivo de orgullo. Han relativizado la vida, expoliado la responsabilidad en la educación de nuestros hijos, sometido al hambre y obligados a la dispersión. Pero hay que reconstituir las familias como centro de la vida, los valores, la responsabilidad por los otros y la esperanza. El espacio de la infancia, la ternura y la protección de los que todavía son frágiles. El espacio de nuestros abuelos, que merecen esa vida en conjunto y el honrar el mandamiento que manda a velar por los padres. Me refiero a la de cada uno, sin filosofar sobre la de los demás. Es un llamado a tomar posesión de nuestros bastiones de resistencia, no dejarnos allanar ni vencer, y desde allí, levantarnos y comenzar a recorrer el camino de la liberación.

LA COMUNIDAD

La calle, el condominio, la urbanización, la escuela, la iglesia, las cercanías requieren de nuestra activa preocupación y ocupación. El país que queremos cambiar comienza en nuestra casa y se despliega por nuestras calles. Velar por lo común, practicar el respeto, ser constructivos y severos en la responsabilidad compartida, aportar lo acordado y celebrar la cotidianidad del orden que nosotros mismos nos proveemos forman parte de esa comunidad vida que nos hace participar de la luz que entre todos nos procuramos. Solo cuando la calle deje de ser ajena, estaremos preparados para fundar el país que queremos. Nadie más que nosotros va a protagonizar el cambio. Y en ese sentido la política nueva debe ser de abajo hacia arriba.

LA COMPASIÓN

El sufrimiento de los demás no nos puede ser ajeno. La militancia en la indiferencia nos ha resquebrajado las ligazones que todavía nos significan como comunidad política. La familia y la comunidad se deben realizar en la compasión que nos aúna y que da paso a la lealtad de proyectos colectivos. Es tener el coraje de mirar al otro que sufre para intentar atenuar las razones de su pesar. En un país asolado por un régimen que nos quiere destruir, dispersar y dañar en nuestra esencia, solo la práctica militante de la compasión nos puede devolver el propósito común que tenemos como nación.

LA EXPERIENCIA COMO PEDAGOGÍA POLÍTICA

Familia y comunidad deben ser los centros donde insistamos en la cultura de la explicación. Insistir en el valor de la verdad como el arma que nos protege de la farsa. Desentrañar las causas de nuestra servidumbre y conseguir caminos en común para resistir y vencer. Contrariar las mitologías socialistas y las promesas falsas y viles del populismo. Entender lo que nos ha ocurrido, asumir responsabilidades y costos, encarar la mentira, y soñar con todas las posibilidades de un país diferente, son parte del quehacer político que se nos impone. Asumir esta experiencia como aprendizaje y promesa de cambio. La política es comunicar para convencer y prepararnos para vencer. 

FOCO EN SALIR DE LA BANCARROTA MORAL

No se trata de quedarnos en la mera contemplación de nuestra fatal condición. Es una época de preparación y acondicionamiento para rescatar el país que nos han arrebatado. Por eso mismo debemos tener el coraje de romper y dejar atrás todos los que nos han traído hasta aquí. Y el compromiso de no volver a cometer los mismos errores. El país nuevo tiene que ser diferente al partidismo clientelar, a las macoyas de las élites pervertidas, al rentismo irresponsable, la violencia del “guapo y apoyado”, las infinitas tramas que se ingenian “los más vivos”. Por eso mismo, superar la quiebra requiere primero un repliegue para volver a la fe originaria, recuperar la familia, hacernos parte activa de la comunidad, practicar la compasión y comenzar a narrar esta época para comprenderla y tratar de salir de ella. Es nuestra bancarrota la que debemos superar.

ACCIÓN Y CAMBIO

Llegado el momento, actuar para institucionalizar los cambios. No antes, ni después. Y no ceder al cansancio, el facilismo y la displicencia. La política comienza hoy, contigo y entre los tuyos. Exponte a la experiencia del ser líder, estar con los tuyos para ser sal y luz, y con los demás siendo sal y luz. Luz en tu casa, luz en la calle. Porque todo tiene su momento, y la paciencia todo lo alcanza. Recuerda que más allá del temor y la turbación, ¡Solo Dios basta!

victormaldonadoc@gmail.com

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El silencio de Dios, por Víctor Maldonado C

@vjmc

¿En serio te has ido?

Los tiempos convulsos siempre son un regreso desolador y silencioso. Desandamos el camino y dejamos atrás esa época maravillosa donde creíamos posible deshacer nuestra servidumbre. La ruta hacia el nuevo y eterno comenzar se hace cada día más vergonzosa.

El fracaso es huérfano de explicaciones, pero la farsa esta allí y sigue montada, intentando todavía cobrar el espectáculo en el que caemos una y otra vez.

Ellos también nos gritan que, si somos tan poderosos como decimos, nos liberemos a nosotros mismos. Ellos se burlan. Ellos nos saben clavados en el duro madero de la imposibilidad hecha de miedo, hambre, tristeza y muerte. El aturdimiento es una pesadilla; no es solo este volver a la nada, es que no podemos escapar del laberinto. Tenemos los ojos incapacitados para ver la salida, porque tenemos sangre que nos nubla la mirada.

No somos los primeros. Nuestra historia está hecha de pueblos sometidos y seres decepcionados. Emaús es el regreso a la tristeza. El fin del acto. El desalojo de la sala. Emaús es desandar hacia esa soledad estructural que conjuramos por un breve tiempo. Dios es la euforia bulliciosa de la esperanza, es la esplendorosa algarabía que precedió al conticinio y la oscuridad de la noche. El bochorno del silencio abre las puertas a una verdad que es mucho más dura. Jesús murió. Y con su muerte acabaron estos tres años de parábolas, confrontaciones con el poder estatuido y milagros. Los ciegos, los sordos, los endemoniados ya no tendrán a quién acudir. Los leprosos volverán a sus escondrijos y nadie les devolverá la salud. Con su muerte en la cruz se acabó el delirio y nosotros volvemos a nuestro Emaús. Los que esperábamos la libertad de nuestro pueblo regresamos con las manos vacías y el corazón seco. No somos los primeros en cegarnos a la compañía auspiciosa de Dios al que sin embargo no ven, no sienten “porque ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo”. (Lc. 24,16)

¡Oh, mi patria, tan bella y perdida! ¡Oh, recuerdo tan querido y fatal! es también nuestra lamentación común a todos los pueblos y a todas las épocas donde pueblos enteros viven fuera de los confines de la libertad.

¿Qué hacemos con estos tres años? ¿Qué hacemos con los últimos veinte? ¿Qué significado le damos al perderlo todo? ¿No supimos lo que hacíamos? En eso consiste la pérdida de la cordura.

Experimentamos la posesión dionisíaca y creímos que la vida iba a transcurrir alrededor de esa orgía de fuego que nos atraía tanto. Hemos decidido ser polillas que aletean infructuosamente alrededor de la luz de los bombillos hasta que caemos desfallecidos en esas noches de lluvia intensa que dejan como única secuela los restos inútiles de un esfuerzo vano.

Perdona Señor nuestro constante extravío.

¡Qué necios y torpes para creer cuanto dijeron los profetas! (Lc. 24,25) No creímos. Entre otras cosas porque estamos cercados por los falsos profetas y las más perturbadoras profecías. Pensamos que era posible esa oferta tan atractiva de vivir la máxima felicidad posible sin esfuerzo productivo. Nos saqueamos las entrañas y dejamos a nuestros hijos sin heredad. Aplaudimos la diáspora y celebramos la fractura de las familias. Celebramos la presencia del “hombre fuerte” al frente. Idolatramos el militarismo subyacente. Apostamos a la salida fácil, al abrazo puñalero y la convivencia en paz con la bestia voraz.

Sin entender la confabulación ni apreciar que los mundos de la poesía son el empíreo y el delirio, nos creímos un San Francisco colectivo, capaces de domar a la bestia que delineó Rubén Darío. Esa bestia que es y somos, un rudo y torvo animal incapaz de la clemencia y que ha transformado el crimen en necesidad cotidiana. Esa creatura que actúa desde el temor y la maldad, que necesita sangre y vive del robo. Ese lobo que a la vez es y somos, con las fauces de furia, los ojos de mal. Ese animal que hizo fracasar la bondad de San Francisco; el lobo, el terrible lobo cuyo nombre es y ha sido siempre “poder total, ahora y perpetuamente en embestida guerrera contra nosotros que, a la vez, somos la mano temerosa que ofrece paz y la mordida tajante que devora. ¿Quién nos tratará con misericordia? ¿Quién nos perdonará? ¡No habrá invitación al Paraíso mientras no haya la valentía necesaria para reconocer la cruz que todos cargamos en nuestros hombros!

Lo crucificaron nuestros líderes. No fueron otros que los sumos sacerdotes y nuestros jefes los que lo entregaran para que lo condenaran a muerte. (Lc. 24,20). El camino hacia Emaús obliga a replantearlo todo. El alma vacía, pero pesada. El andar es misterioso. El sol parece huir hacia la noche de la que venimos. Vamos de regreso hacia la nada, solo con la compañía del poema de Gervasi. “Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: engendrador de vida, engendrador de muerte. El tiempo que levanta y desgasta columnas, y murmura en las olas milenarias del mar… Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre, el sudor de la frente, la mano sobre el hombro, el llanto en la memoria, todo queda cerrado por anillos de sombra”. Volvemos a Emaús como si fuéramos inmigrantes que venimos del destello.

“Dicen las mujeres que no lo consiguieron. Dicen que está vivo”. Lo quisieron tirar en ese depósito de cadáveres donde van a parar los ajusticiados del Gólgota. Un cuerpo más entre muchos. Desconocido y sin nombre, solo con las trazas del sufrimiento indecible, como si todo del mundo tuviera que agazaparse para esconder el crimen. Como ha pasado tantas veces. Como seguirá pasando.

El poder desguaza y busca escondrijos. El poder es cobarde.

Y la mirada nuestra que prefiere no ver ni encargarse. La mirada del descarte que prefiere no creer es también una renuncia culposa al poder de la compasión. Preferimos un mundo sin prójimos ni buenos samaritanos. Mejor la burla y el demérito. Mejor decir que son cosas de las mujeres alucinadas e incapaces de afrontar la verdad. Son ellas las que dicen incluso que “habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que Él está vivo” (Lc. 24,23). Mejor desmarcar la vida de la muerte y abandonar a la soledad al agonizante. Mejor evitar el ruido moral que llevó a Antígona a desafiar el extravío moral hasta la muerte misma. Mejor seguir de largo. El hijo no ve a la madre. La madre no ve al hijo. Es el descarte de la compasión y la normalización de la muerte como un acto meramente administrativo. Una decisión legal más. Un acto de eutanasia forzada que aborta toda mirada. ¿Qué es la buena muerte? Nadie responde.

Apuremos el paso que se hace tarde y el sol está en nuestras espaldas. Han pasado tres días y toda promesa, toda ilusión se ha venido agotando como una vela que ha alumbrado toda la noche. La oscuridad se impone. Y hace frío. Y tenemos hambre. Frío, hambre, oscuridad y miedo que todavía se percibe en ese monte que se transforma en el último andar, el paisaje fugaz desde donde puedes apreciar la crueldad y la injusticia. La cruz en alto te permite ver. Desde allí aprecias el campo de exterminio, el despropósito de los que van a los pueblos y a los barrios dispuestos a matar.

Puedes ver, compartir, sentir el pánico de esa mirada que luce aturdida mientras va procesando ese momento inminente de la ráfaga donde culminará todo. Puedes apreciar ese negro absoluto en que consiste el alma del asesino. Y la impostura del que decide y luego se lava las manos pretendiendo evadir la responsabilidad. Puedes observar a los impostores seriales, los perpetradores de las medias verdades, los arquitectos de la confusión, los cobardes, los seguidores fanatizados, los que solo son turba, los que se encumbran para someter al resto, los golilleros, y los que hacen un negocio descartando la vida de los demás. Lo ves todo y gritas desesperado que haya perdón para los que no saben lo que hacen.

¿Perdón sin entereza? Dura pregunta para quien ha venido a redimir pero que se somete a los designios divinos. ¿Perdonar al que ordenó y mató con sevicia e inutilidad? ¿Perdón para el delator que usó la mentira para que procediera el exterminio? ¿Perdón para el que encubrió el crimen con falsa justicia? ¿Perdón para el tibio y el errático? ¿Perdón para el que hizo de nuestra agonía un negocio? ¿Y si sabían lo que hacían? ¿Y si actuaron con sevicia? ¿No les toca a ellos el juicio severo que prometió el Señor cuando llegada la hora deba separar las ovejas de las cabras? ¿No reclamará acaso la indiferencia ante el hambre y sed de justicia, y la falta de compasión con el inmigrante, el desnudo, el enfermo y el encarcelado? ¿No reclamará acaso el abandono del otro a la hora de la muerte y la potestad diabólica de pretenderse amos de la historia al abortar una vida en transcurso? ¿No fuiste tú mismo el que dijo que había “fuego eterno preparado para ellos” (Mt. 25,41)?”. ¡Señor, perdona nuestra incapacidad para vivir con tu justicia!

La garganta seca. La sed que nos reduce al ansia constante en la búsqueda de una conformidad con los mínimos. Si tan solo hubiera durado un poco más. Si lo hubiésemos sabido a tiempo no sería tan larga la noche ni tan frío nuestro destino. Sed y ganas de vida. Garganta seca porque nuestros clamores se pierden en este ocaso de la esperanza que no recibe ninguna otra respuesta que este regresar tan amargo.

La vuelta del tiempo perdido. La necesidad de desentendernos y negar lo hecho para comenzar de nuevo la búsqueda afanosa de esa pequeña luz que se nos niega en esta reclusión cuyos barrotes son la oscuridad, el silencio, la represión y la muerte. Sed de fraternidad. Deseo de claridad. Ganas de futuro. Si tan solo pudiéramos replicar ese resplandor propio de tu mirada rebosante de verdad, vida y paz. Sed de ti y de tus significados. Vida y no muerte.

Paz y no conflicto. Verdad y no esta mentira continuada en la que el mal se aprovecha de la mirada tenue del ocaso en el que nos hemos convertido.

Sed de amaneceres que no concluyan con el abatimiento de la noche que se despliega en nuestros corazones como puñalada. Sed de serenidad y confianza. Mi garganta está seca por la desconfianza y la confusión. Tengo sed y voy de regreso hacia un vacío que no creo merecer. Si estuvieras aquí, caminando con nosotros, pero no estás, no te siento. Meribá es de nuevo tentación y exigencia en medio de las tinieblas que me obligan a palpar en el vacío. Tengo sed. ¿Está o no está con nosotros el Señor? (Ex. 17, 1-7).

¿Será este mi último andar? ¿No será preferible que me siente en cualquier roca y en lugar de transitar hacia la nada vea pasar a los otros, ciegos como yo, ansiosos de sol como yo, desguazados como yo? ¿Y si eres Tú el que pasa y no te puedo reconocer? Tengo los ojos cerrados al anhelo. Vengo del vértigo de tu gracia y ahora siento el desvanecimiento que me produce tu ausencia. Te vi repartir el pan, calmar las aguas furiosas, caminar sobre el lago, y pronunciar tus bienaventuranzas. Sentí tu mano amorosa y me dejé encandilar con tu mirada. Pude leer tus trazos en la arena. Te vi amar intensamente nuestras fragilidades. Sentí tu santa indignación. Tuve miedo cada vez que te exponías al linchamiento. Y no pude. No pude con ese mediodía tenebroso en el que el sol evitó ser testigo de tu muerte. No pude ver la lanza enterrada en tu costado. Cerré los ojos. Sentí soledad y me abrumó la nada en la que se tradujo mi pensamiento en pausa. Todo había acabado y nada parecía recobrar el sentido. ¿Acaso te entendí? ¿Eras o no eras el Mesías? ¿Por qué permites que seamos el reclamo injusto del mal que pretende cribarnos como trigo? ¿Por qué me siento fallo y desprovisto de fe? No soy yo el que te quiere negar, pero ¿adónde te fuiste?, ¿por qué no te pude seguir? No avanzo, arrastro mis pasos, Emaús ya se asoma. Sin embargo rezo y deseo con el poco aliento que me queda. Lloro y pido tu compañía, “quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va de caída” (Lc. 24, 29). ¿Será eso mucho pedir? No puedo soportar el peso de tu ausencia, ni el vacío helador en el corazón que se hace cada vez más grande, tan grande que me aplasta el desandar una ruta cargando tanta vergüenza, angustia y miedo. Me siento devastado en mi desesperación, aunque te pienso, pero con dolor. ¿Sigues aquí o tu partida significará el silencio eterno y esta soledad perpetua en la que me estoy estrenando? Al abrir la puerta de mi casa sabré que todo está consumado. ¿Y ahora qué?

Solo en tus manos recuperaremos la esperanza y le encontraremos el significado pleno al sendero de Emaús. ¿A dónde fuiste? No te ocultes de nuestra mirada ni te vayas demasiado lejos. Déjame ver al menos el horizonte donde tú al final te encuentras para yo poder seguir tu ruta. Déjame verte y ofrecerte morada, compartir el pan y tal vez quitar la niebla que evita que te reconozca. Tú que eres verdad, integridad, justicia, bondad, valentía, mansedumbre y coraje, déjame hacer de ti mi vida y testimonio. Ábreme los ojos y déjame reposar mi cabeza en tu pecho, sentir tu respiración y llenarme de tu gracia. Toma mis manos Señor, hazme llevadero el camino, no te alejes tanto como para que no puedas escuchar mi clamor. Toma mis manos Señor, evita mi caída, sálvame de la negación, dame certezas y restaura mi esperanza. Toma mis manos Señor y compensa mi cansancio, subsana mi debilidad y transforma en fuerzas mi desgano. Guíame hacia ti y convierte mi Emaús en avance todo mis retrocesos. Sálvame de la tormenta y condúceme Tú en esta larga noche donde solamente a través de ti recupero el sentido. Guíame hacia la luz y dame fuerzas para asumir que “ningún hombre es libre, si los otros no lo son también”. Señor, en esta larga noche, te encomiendo mi espíritu, protege a los míos, bendice a mi país, regrésanos del exilio y concédenos una nueva época donde tus bendiciones caigan abundantes sobre nosotros. No nos castigues con tu silencio. Recorre con nosotros el camino y lidera nuestras luchas.

victormaldonadoc@gmail.com

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Carta abierta al político desconocido, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

Me atrevo a escribirte y designarte de alguna manera. “Político desconocido” es una calificación que podría tener muchas acepciones. La primera es la más obvia pues es la que alude al hecho de que todavía no sé quién eres. Pero no es solamente por eso que te llamo así. Hay otro significado que se mezcla y que no puedo dejar de mencionar, no te reconozco porque hace rato que la dedicación a la política se ha envilecido hasta hacerla extraña a los ojos de los ciudadanos. ¿Si no eres político, entonces qué eres? Por ahora no vamos a aventurarnos a una respuesta apresurada. Aunque prometo que al final del texto tal vez tenga algún criterio que quiera compartirlo contigo.

Si tuviera que comenzar por una pregunta, esa no sería otra que preguntarte por el país. Pero no aspiro a que me respondas con uno de esos informes que, en el peor de los casos, llenas de estadísticas a las que les falta correlación y alguna determinación causal. Me refiero más bien a una conjura.

Te pregunto por el país para recordarte que la política deja de tener sentido si no tiene como referente algo más que tus propias aspiraciones.

Me refiero al país que has perdido, que se ha alejado de tus preocupaciones y que ahora luce nada más como una excusa para mantener tu estatus. ¿Y el país? debería de ser para ti esa trompeta que te convoca a una realidad un poco más amplia que el cálculo chiquito, ese que te ronda como falsa conciencia cuando actúas con criterio de cerebro reptiliano, calculando cómo quedas tú ante cada giro de la situación.

Como no tiene sentido hablar en el vacío nos vamos a referir al caso venezolano. Vamos para veintitrés años de una derrota tras otra. Como bien sabes, en política el que gana se lo lleva todo. Los segundos puestos resultan vergonzosos. Pero en nuestro caso hay un elemento que hace peor toda la trama de esta época. El país institucional fue desguazado. Y la tendencia nunca fue otra que instaurar un socialismo totalitario, una versión aun más escalofriante de lo peor del castro-comunismo.

Fuiste ciego ante las evidencias, o te faltaron cojones (perdona lo escatológico) para asumir lo que venía. Decidiste acampar en el campo yermo de libertades y derechos y esperar a que cayera el maná del cielo. Asumiste la ruta electoral, perdiste cada oportunidad, decidiste comprar a granel toda la argumentación provista por el régimen y te atrincheraste en unas cuantas gobernaciones y alcaldías.

La confianza que el país depositó en ustedes fue derrochada con cada oportunidad en la que aflojaron. Me refiero a cuando dejaron de cumplir con lo prometido o jugaron a dos bandas, diciendo una cosa al país y haciendo otra muy diferente.

Por cierto, eso lo tomaron como costumbre, y así pervirtieron toda relación con los ciudadanos. En el fondo, escenificar la política, decir los discursos que convienen, adular al populacho y en simultáneo tener las mejores relaciones posibles con un ecosistema criminal voraz y depredador, terminó por engullirlos. No vale la pena aludir a hechos y circunstancias concretas que todo el mundo conoce.

Tampoco insistir en la corrupción en la que han caído y el daño que les ha provocado el tener como excusa la emergencia y la supuesta persecución para no rendir cuentas, ni presentar un plan, ni siquiera para dar excusas razonables. Ni siquiera por falso decoro intentaron presentar un argumento que vaya más allá de ese gemir falsario que invocan cada vez que dicen haber dejado el pellejo en la lucha. A mí, en lo particular, me gustaría más eficacia en los resultados, y superar tanto esfuerzo chucuto y esa sospechosa insistencia en hacernos recorrer el mismo camino que nos conduce al mismo barranco.

Lo cierto es que ahora tenemos que lidiar con el peligroso vacío político. Vale la pena intentar definir mejor el concepto. Me refiero a la muy peculiar situación en la cual lo que se ha intentado hasta ahora no funciona y lo nuevo que podría funcionar todavía no ha aparecido. Y eso envuelve no solo a las estrategias fallidas sino al elenco del fracaso que las ha protagonizado. Te incluye a ti.

El vacío tiene como indicadores concretos la desafección y el hastío que en este momento muestra la sociedad, que decidió vivir al margen.

También se representa el vacío en que nadie los ve a ustedes como parte de ninguna fórmula salvífica. Nadie imagina que la solución a la que ellos aspiran sea provista por ustedes. Ni mejoras en la libertad política ni en el bienestar social pasa por lo que ustedes hagan o dejen de hacer. El vacío es también un abismo de desencuentros, similar a esa gran sima que impide el encuentro o comunicación entre los que están en el seno de Abraham y los que sufren el lugar de los tormentos.

Es un vacío de legitimidad que ya no tiene ni origen ni desempeño a los cuales aferrarse. La gente sabe que a ustedes se les agotó el tiempo y las oportunidades y está a la expectativa de cualquier oferta diferente. El vacío es peligroso porque es el espacio propicio para los oportunistas, los demagogos y los falsos profetas. Pero esa amenaza no es condición suficiente para seguir intentando lo mismo con los mismos. Al fin y al cabo, veintidós años es tiempo suficiente para el veredicto: fallos en peso y tamaño, tibios y mediocres, pendencieros, pero no valientes, y totalmente ainstrumentales.

El vacío es de sentido y de propósitos. La política y los políticos han abandonado los porqués trascendentales y hecho absolutamente vanos tanto los esfuerzos como los sufrimientos de millones de venezolanos. ¿Vale la pena acaso arriesgar algo si ustedes son los directores de una orquesta desafinada, atonal, de desertores de la decencia y de farsantes del coraje? La política carece de metas y se mantiene en un “mientras tanto” que ya no satisface, porque los tiempos de Dios, que son los de la realidad concreta, son cada día más veloces y arrebatan vida y capacidades al hombre histórico que todos somos, condenados a la pobreza, el miedo y la precariedad de una existencia desgastada en este deshacer.

¿Cuál es la intencionalidad del hacer político en este momento? Lo que dejan colar es un grito muy deshonesto de rendición que recuerda al sagaz “compañeros, por ahora no hemos podido cumplir con las metas que teníamos planteadas”. Solo que ustedes ni siquiera lanzan el “por ahora” que resultó tan funesto en la boca del demagogo. Ustedes se hincan y en la posición más cómoda posible se entregan a esa violación ritual en la que sacrifican a todo el país. No hay trascendencia alguna en esa declaración de convivencia descarada en la que comparten lecho tiranos y tiranizados, víctimas y victimarios, violadores y violados. Ustedes se quebraron en la esencia del alma.

Son conciencias resquebrajadas e irrecuperables. Es difícil esperar algo más de ustedes, entre otras cosas porque tampoco les queda pudor.

El vacío también es de propósito. Y en este caso la culpa es absoluta de parte de quienes han dirigido fallidamente la lucha. Porque ustedes quieren dar por visto todo este sufrimiento. Los cientos de miles de muertos por violencia. Los que han sido víctimas de las ejecuciones sumarias practicadas por los cuerpos represivos.

Los que se suicidaron al ver que no podían salir de la trampa. Los que han padecido hambre, los que han sido golpeados por la injusticia, los presos y los presos políticos, víctimas de una ausencia absoluta de derechos y garantías. Los que decidieron irse porque a su puerta llamaba la desolación. Las familias destruidas en el transcurso. Los niños abandonados, sin educación y sin mañana. Las universidades devastadas. Las industrias saqueadas. El vacío de propósito que ustedes pretenden al pasar la página y al tratar de convivir con el mal, nos niega el derecho a darle sentido a todo este sufrimiento colectivo. Ustedes tienen las almas rotas.

Porque no se trata solamente de formar parte de los afortunados que tal vez sobrevivan. Es poder gritar un ¡nunca más! que sirva de consigna y amuleto a las generaciones por venir. Es escribir la historia con adjudicación de responsabilidades. Es tener claro quien lo hizo mal y quien intentó hacerlo bien. Pero a ustedes les falta honestidad para ir más allá del sinsentido del acuerdo concupiscente y de la ominosa declaración de que están fatalmente condenados a ser la comparsa del falso realismo que impone un compartir obsceno que los transforma en meretrices de una tiranía que cabalga un ecosistema criminal siempre dispuesto a asimilarlos a ustedes. Por eso el vacío es de sentido, de propósito y de coraje moral.

Insisto, el vacío es un constructo que implica el dejarlos de ver. El abandonar sus caminos. El no sentirlos como necesarios. El comprender el fraude implícito en un mensaje que ha perdido valor. El asumir con dolor que ustedes malversaron tiempos y oportunidades. Que se vendieron ustedes, y que ahora también quieren vender la verdad, para encubrir al mal, para volverlos “ángeles de luz” a aquellos que merecerían una eternidad de oscuridad, llanto y crujir de dientes.

Creo que me equivoqué al pedirles alguna vez que concretaran una estrategia de liberación. Para los efectos de la libertad, el signo de toda acción promovida por ustedes es la improvisación, pero para mantener el statu quo, todo parece cuadrar perfectamente, tanto que es casi imposible imaginar que el fracaso sea producto de mera incapacidad. Las delaciones y la imposibilidad de adelantar ningún curso de acción sin que el primero en conocerlo sea el régimen son las medidas de las tuberías subterráneas que comunican y permiten el flujo de una relación que no se reconoce públicamente, dada la necesidad de mantener esa ilusión de que el totalitarismo no es tal, porque sigue habiendo lucha política.

Empero la coreografía está agotada, y los guiones ya los conoce todo el mundo. Combaten sin hacerse demasiado daño. Les toman rehenes sin que corran demasiado peligro. Lo he dicho otras veces, esta coreografía de “lucha libre” donde toda la confrontación es espectáculo de simulación solo conserva su sentido si mantiene buenos niveles de credibilidad aparente. Esa época ya pasó.

Ustedes se han hecho acompañar de una sociedad civil cuyas expresiones han sido penetradas y vencidas por la complicidad, el origen de los recursos que manejan y las ganas de no dejar de morder tajantemente el trozo de poder correspondiente. Entre ellas y ustedes no hay ni debates ni exigencias. Una lamentable comparsa que asiente y consiente todos los garabatos que se intentan.

El Frente Amplio, la última consulta “popular”, el desgaste de las organizaciones de los empresarios, las universidades e incluso la iglesia, todos lucen aferrados a un salvavidas sin poder evitar el naufragio.

No hay una referencia al país sino al ustedes, como si ceder, negociar y unirse sean los únicos verbos de la política buena. Han tratado de recitar un catecismo “apendejeado” donde el perdón no exige ni contrición, ni enmienda, ni penitencia.

En el caso de los dirigentes de los empresarios, “botaron tierrita” y rompieron filas. Encabezan una negociación ineficaz hacia una situación imposible. Ellos sueñan reconectarse dentro de la lógica de un país y todas las modalidades de hacer empresa, la cubana, sin duda la más lambucia, la rusa que es la más mafiosa, la china que es la más despiadada, y otras que mejor es no nombrarlas. Ellos son parte de ese repertorio del fiasco en el que han desempeñado todos los papeles posibles, desde el bufón hasta el tirano, con el aplauso de quienes esperan que sigan siendo los benefactores indulgentes y alcahuetas de lo que ustedes se inventan.

Por eso, si les preguntamos a los venezolanos, la mayoría estaría muy de acuerdo en cerrar el teatro y clausurar el vodevil que ustedes no se cansan de interpretar. Por eso vivimos la época del vacío. Un país buscando nuevos intérpretes, agobiado de la farsa y a la expectativa de un obrar que los salve del péndulo cuyos extremos son la tragedia y la farsa.

¿Y la libertad qué? Sigue siendo una tarea pendiente que requerirá de los ciudadanos una revisión existencial, incluida la reflexión sobre el que hacer y un nuevo hacer. El tiempo perdido solo servirá para aprender. Tal vez la consigna más sana sea que “volvamos a comenzar nosotros, mientras ustedes se hunden en el mar del olvido”.

Ustedes no son políticos. Son embaucadores que se juegan al país en cada dado que lanzan irresponsablemente.

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Víctor Maldonado C. Mar 03, 2021 | Actualizado hace 2 años
Epílogo, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

La muerte siempre llega demasiado temprano y, como lo advierte el evangelio, hay que estar atentos y en vela, porque no sabemos el día ni la hora. Y no se trata de vivir el tiempo presente como si no existiera ni pasado ni futuro. Pero sí de aprovechar cada momento para agradecer la inmensa suerte de contar con la presencia del otro, ese que nos complemente y nos da sentido.

Cuando yo nací ya mi hermana vivía hacía unos ocho años. Abrí los ojos y ella ya estaba allí, ejerciendo de hermana mayor y tratando de lidiar con un hermanito tremendo y más que curioso. El vacío del dolor bloquea muchos recuerdos. Tal vez porque nunca estuve preparado para una separación tan abrupta. Nadie se prepara para organizar el recuerdo y llegado el momento queda solamente un algo indescriptible que cuesta mucho dolor darle forma.

La recuerdo joven, bella y alegre. La vi enamorarse y vivir la emoción de esa primera canción de amor que hizo suya. También fue mía de muchas maneras. Yo era el niño que invadía su espacio, jugaba con su ropa que me servía de capas de Superman o el Zorro, y recuerdo también la irritación que le provocaba mi irrefrenable curiosidad. El amor entre hermanos es indescriptible e incondicional.

Recuerdo el muchacho de La Candelaria que, guitarra en mano, le dedicaba Palabras de amor. Y cómo siempre supe que esa era la canción fundacional. Y cómo en mi duelo, entre sollozos, llamé a Soledad Bravo para decirle cuánto me unía a ella, en mi intenso dolor por la pérdida, que la canción de mi hermana era de las primeras que ella interpretó.

Sin dudas era la niña de los ojos de mi papá. La amaba con locura y una insuperable lealtad. Ella le correspondió con la misma moneda y lo acompañó con insuperable ternura hasta el mismo momento de su muerte. Así era ella. Médico al fin, tenía en los genes ese amar desde la disposición sin condiciones a estar presente y encargarse de esos momentos difíciles. Amaba con el ejemplo.

Yo aprendí a amarla con necesidad. Ella era la que siempre me dio seguridades cuando necesitaba aprender que el mundo iba más allá de la casa. Recuerdo la tristeza y la rasgadura emocional que significó para mí aquella tarde que se fue para Valencia a estudiar Medicina. Una tristeza terrible, una desolación insoportable, porque al fin y al cabo sabía que no iba a volver a la casa, y que me tocaba a mí encarar la realidad sin su asidero, sin saber que ella estaba allí para atajarme. Mi hermana menor y yo quedábamos “huérfanos de hermana mayor”.

Crecimos. Ella se casó y también viví con cercanía su apoteosis conyugal y el dolor de la traición. Supe de su soledad y sus silencios. Tuve conciencia de los inmensos esfuerzos emocionales para terminar sus estudios de Medicina y lidiar con sus dos hijos, que estaban siendo criados por mi papá y mi mamá, que hicieron equipo perfecto para compensarla en lo que podían. Mientras tanto yo estaba en mis propias turbulencias. Pero yo sabía, siempre supe, que ella estaba allí, y ella podía saber que yo estaba siempre disponible para ella. Mis dos sobrinos, sus hijos. Yo soy su tío. Los amo.

Me gusta la música de los 70´s porque era su música y yo ejercí de acompañante obligado a sus fiestas de adolescente. Me llevaban, no sé cómo me soportaban, probablemente porque era una condición no negociable si quería salir con su novio de la época. Entonces yo también soy su música.

Yo no puedo definir este tipo de amor fraterno. Solamente puedo decir que está hilvanado de esa presunción de que nunca vas a caer al vacío, nunca te vas a quedar sin respuestas, nunca vas a estar totalmente solo, nunca vas a ser totalmente imperfecto porque se supone que allí va a estar esa hermana que todo lo resuelve, que todo lo tolera, que todo lo da por bueno.

Y es que Miriam era nuestra médico. Era la memoria de las vacunas de nuestros hijos. La que de inmediato respondía a cualquier consulta. La red de soluciones a mano. Y la compañera insustituible en cada operación u hospitalización. Ella era la traductora de mis angustias. Ella estuvo en el nacimiento de mis dos hijos. Ella me avisó que mi hijo menor, con horas de nacido, debía ir de inmediato a terapia intensiva. Ella respondió que no se iba a morir, aunque sus ojos denotaban esa preocupación, pero también ese compromiso de hacer todo lo posible para que ese no fuera el resultado. Ella me atajaba todos los miedos.

Ella y yo cuidamos a mi mamá. Ella se encargó de la agonía de mi papá. Y para mí era indestructible, eterna, infalible, infaltable. La pandemia marcó una distancia física que ella misma decidió para evitar toda posibilidad de contagio de mi mamá. En 2020 solamente la vi dos veces. Llegaba a mi casa y no entraba. Una de esas veces se aventuró al patio y desde allí le hizo la visita a mi mamá. Luego nos dejamos de tontería y le dije que viniera cuando quisiera.

La última vez que vino a casa se fue llorando. Yo no la vi porque decidí dormir una larga siesta. Sentí cuando llegó y cuando se fue. Pero ella era mi ficha invencible. No pasaba nada. La llamé y le pregunté por qué se había ido llorando. Me dijo que le dolían las despedidas.

Yo no estaba preparado. La mañana de un sábado de octubre me dice mi esposa “vístete, que Miriam se cayó y hay que llevarla a la clínica”. Mi hijo mayor, mi esposa y yo nos fuimos de inmediato a su casa. Yo creía que era un detalle menor. Llegué y la vi en el piso y comencé a bromear con ella, “pero chica, mueve un pie”. Ella me oía y sonreía, pero no se movía.

La verdad se fue desplegando. Y me tocó reconocer que la batalla estaba perdida de antemano. Y que solo me correspondía honrar toda una vida de amar desde la presencia en los momentos más difíciles. Ella acompañó a mi padre en su agonía, y ahora yo debía estar allí. Cada minuto lo invertí en decirle que la amaba. Una y otra vez le dije que la quería y que la encomendaba a Dios. Mientras tanto ella daba la batalla que sabía perdida. Era médico y probablemente sabía que había perdido su cuerpo. Había perdido la voz, trataba de decirme algo. Le pedí que no lo hiciera. Que yo no le entendía. Que se lo dijera a mi esposa. Que yo solamente quería decirle que yo estaba allí, que la amaba. Y rezaba con ella, para que Dios tuviera compasión.

La última vez que la vi viva fue cuando sus hijos conversaron con ella desde el teléfono del médico tratante. Uno en Perú y otro en Australia, le dijeron que la amaban tanto, pero que no podían estar allí. Ella entendió, sonrió, y se llenó de paz. Todavía me quedé con ella y le dije, vamos a rezar. Y rezamos. Mientras yo la bendecía caí en cuenta todo lo que se parecía a mi papá. Su mirada y su respiración agitada me insinuaron el final cercano. Al final pedimos que Dios hiciera su voluntad.

¿Cómo explicarle a mi mamá que Miriam había muerto? ¿Cómo avisarles a sus hijos? Su muerte me destrozó. Dejé de escribir. Y me enfermé. Y me sentí desolado, pero incapaz de gritar al cielo y preguntar las razones. No hay respuestas a los por qué. Solo un “hágase tu voluntad” y la esperanza de contar con fortaleza para seguir adelante.

Han pasado ya cuatro meses y es hora de restaurar el camino, sabiéndonos más solos, más frágiles. Nada será igual. Lo cierto es que la historia terminó como comenzó. Un par de hermanos juntos hasta el momento preciso en que no hay más ruta que recorrer y es imposible postergar la despedida.

La verdad es que estos tiempos que nos ha tocado vivir nos ha arrebatado muchas cosas. Pero nunca nos podrá quitar el inmenso privilegio de amar y ser amados. Mi hermana Miriam y yo recorrimos la vida cincuenta y ocho años, muy poco. Y no me conformo con su recuerdo. Ni me resigno a su silencio. Una sola vez he soñado con ella. Vestía un rojo sangre, destellante. Le pregunté cómo estaba. Me respondió que estaba bien. Eso fue todo. La vida es complicada, pero vale la pena vivirla.

Por eso, con humildad elevo mi oración y le pido a Dios que siga haciendo su voluntad entre nosotros, nos mire con compasión y nos de fuerzas para seguir adelante.

27/2/2021

victormaldonadoc@gmail.com

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Conócete a ti mismo, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

El socialismo del siglo XXI en su afán destruccionista necesita que los ciudadanos reneguemos de nuestra historia. Su objetivo no es que analicemos nuestros orígenes, sino que participemos en una carrera febril por despedazar nuestras raíces, destruir las razones de nuestro orgullo, desconocernos para facilitar el odio contra nosotros mismos y de esa forma, transformarnos en masa aturdida y sin referentes, para ser ellos los padrotes del “hombre nuevo”.

De allí que sea tan insistente el odio, irracional y ahistórico contra nuestras raíces españolas, sin dejarnos pensar que somos lo que somos porque fuimos parte de un imperio y de su suerte y que, llegado el momento, sobre esas bases intentamos fundar repúblicas, heredando para ello idioma, costumbres, cultura, religión y raza. No podíamos hacer ninguna otra cosa, ni ser algo sustancialmente diferente.

El odio edípico, propio de los socialistas del siglo XXI, solo es eso, resentimiento puesto al servicio de sus estrategias de dominación.

Nada más audaz que la ignorancia. Nada más peligroso que la barbarie puesta al servicio del mal. Somos venezolanos porque alguna vez llegó Colón al Golfo Triste, sorprendido por apreciar tanta belleza frente a la cual creyó incluso haberse topado con el paraíso terrenal. Nosotros vinimos con él, aquí lo recibimos, y como suele ocurrir, se planteó un crisol que se llamó descubrimiento y que asimiló estas tierras a un imperio espectacular, donde nunca se ocultaba el sol.

Que la estupidez con poder e impunidad se dedique a derribar las estatuas de Colón, y que esa misma estupidez crea que puede reescribir la historia e imponerla con la violencia de sus bayonetas, no hace que sus mentiras sean verdades, ni puede negar el que nosotros seamos la consecuencia de esa España del siglo XVI que tan bien caracterizó Rufino Blanco Fombona.

Esos conquistadores españoles del siglo XVI, los que aquí vinieron y de los cuales somos descendientes, nos inocularon su forma de ver al mundo y de dominarlo; venían con una psique muy de su época y de la región de donde venían, en la que se pueden identificar, a juicio de Blanco Fombona, “la virtud muy española del heroísmo”; pero también un exacerbado y anárquico individualismo. No en balde se aventuraban a zarpar desde el puerto de Sevilla para asumir la incertidumbre conquistadora de la desmesura donde no tenían la más remota idea de dónde comenzaba y dónde terminaba el nuevo continente.

Continúa relatando nuestro historiador que los que vinieron trajeron un estricto fanatismo religioso, “de una religiosidad carnicera”, dura y misionera, cuyo objetivo era expandir el reino de Dios tal y como ellos lo creían y vivían.

De ellos también heredamos ese fatalismo que nos hace ainstrumentales y muy incapaces del cálculo, la táctica y la estrategia.

Gustosos del azar, de ellos recibimos esa predisposición al todo o nada de los que apuestan su suerte a esa porción de la realidad no controlable, entregados a la buena o mala fortuna, expectantes irredentos del milagro que está por ocurrir porque ellos y nadie más merecen ser favorecidos por la displicente providencia.

Ninguna otra cosa les importaba que la empresa personal de hacerse ricos y con buen nombre al menor costo posible. Eso los hizo ajenos “a la curiosidad intelectual ante el espectáculo único de civilizaciones interesantísimas que veían desmoronarse”. No había ni hubo reflexión sino la constatación de obstáculos a vencer con los medios que tenían a la mano en su época.

Insiste Blanco Fombona que “ese anhelo de obtener fortuna con poco esfuerzo hace de los españoles (que también somos nosotros) desaforados jugadores y de la lotería arbitrio rentístico, lo que degeneró en ellos en feroz codicia, ante el espectáculo de riquezas insospechadas, y les despertó ese afán de lucro” que los inhabilitó para después fundar estados pacíficos y administraciones regulares en aquellos territorios que con tan insólito denuedo conquistaron”.

Muchas de esas trazas se aprecian aun hoy, con las metamorfosis del caso. El heroísmo se ha vuelto un complejo que se busca afanosamente compensar en esa alucinación que nos hace confundir militarismo y hombre fuerte con coraje cívico.

Pero allí está esa infatuación tan castiza para hacernos mella una y otra vez. El fanatismo religioso originario ha devenido en la tergiversación ideológica enarbolada por el falso héroe que reconocemos como si fuera original y verdadero en cualquier asesino de medio pelo como el patético caso del Ché, para no rebajarnos a proponer como ejemplo la genuflexión de los intelectuales ante la tétrica figura de Fidel, o el patetismo con el que se asume a Allende.

Fanáticos devenidos en guerrilleros, “buenos salvajes” transformados en “buenos revolucionarios” que cuando “conquistan” el poder se lucran hasta el saqueo, transformándose en ese instinto originario que desembarcó en 1492 y que nos rubricó fatalmente al mezclarse con la barbarie sanguinaria y también depredadora de los indígenas. Eso somos.

La izquierda latinoamericana, deseosa de una fundación civilizacional que haga el absoluto contraste, para dejar al ser humano abochornado y desasistido de cualquier referente, se aferró al mito del buen salvaje, que comenzó siendo una adulante y dulzona carta de presentación que enviaron los conquistadores a sus majestades católicas (una especie de presentación de resort en promoción), y que terminó siendo el argumento del resentimiento de los ilustrados.

Colón creyó conveniente decir que se consiguió con el paraíso y sus habitantes impolutos, ajenos al daño del pecado, incontaminados de la fricción civilizacional, el hombre en condiciones de testificar cómo éramos todos antes de la caída en la perdición de conocer lo bueno y lo malo. El hombre bueno que vivía sin carencias ni escasez, asombrados como estaban de ese territorio excesivo en todo, tan diferente al agotado territorio peninsular, víctima ya de tantas guerras y de tantos siglos.

Los ilustrados necesitaban hacer contraste. Ellos eran la sociedad civil corrupta. Pero podían volver a esa época de inocencia y extrema bondad propia de los pueblos pastores. Debían progresar hacia ese pasado idílico donde el hombre era bueno y sano “porque la enfermedad y los vicios son productos de la civilización” por demás injusta y amargamente dividida entre los que poseían todo y los que no poseían nada. ¿Qué mejor cosa que derrumbar estatuas y negar la historia para caer sin obstáculos en la alucinación del hombre nuevo, ese “buen salvaje” dulce y tierno que, sin embargo, nunca fuimos en ninguna época, porque de haberlo sido habríamos desaparecido víctimas de otros depredadores más sanguinarios? ¿En serio alguien cree que negando la conquista y nuestras raíces europeas vamos a crear mejores repúblicas? ¿En serio alguien cree que merecemos ser hijos de aztecas, incas, caribes o timoto-cuicas porque lucen ser menos sanguinarios que los españoles?

Carlos Rangel resuelve la disputa mítica en su libro Del buen salvaje al buen revolucionario. Ya dijimos que “el buen salvaje” es el producto de una propaganda que se mitificó gracias a la obcecación e intereses de la ilustración francesa. Pero nunca es poco esfuerzo remarcarlo, esta vez con las palabras del autor: “Es falso, insidioso y enervante postular que nuestro ser esencial se derive de las culturas precolombinas, y que la implantación de la cultura occidental en estos territorios a partir del descubrimiento y la colonización, sea el inicio de una curva descendiente en la fortuna de Latinoamérica y la alteración perversa de una situación imaginariamente auténtica, autóctona, feliz, libre, y su transformación en una situación falsa, alienada, desgraciada y dependiente”. Como si la caída del buen salvaje pudiera ser vengada solo por el buen revolucionario.

Buscando “restaurar” lo que nunca ocurrió, replanteamos en el siglo XXI la infructuosa búsqueda de El Dorado, que en este caso es ese hombre perdido y vencido que sin embargo era la suma de todas las virtudes imaginables. Eso nunca ocurrió. Lo que sí ocurrió y sigue ocurriendo es algo mucho más sencillo y simple de comprender: que seguimos siendo ese conquistador español del siglo XVI, acrisolado por el tiempo y las mezclas, pero que mantiene sus trazas en la búsqueda afanosa de sus propias utopías, que quiere lograr a cualquier precio, para garantizar eso que le resulta más importante que nada: su riqueza y su buen nombre al menor costo posible.

Lo paradójico es que el revolucionario del siglo XXI es la versión cuasi perfecta de los que vinieron aquí por primera vez en busca de fortuna.

Tumbando las estatuas se están negando ellos mismos y cometiendo la atrocidad de imponerse como mentira y ficción, pero con consecuencias devastadoras.

Tal vez la declaración de amor más preciosa que jamás se haya jurado se la hizo Rut a su suegra Noemí. Esta, habiendo enviudado y condoliéndose de su amarga suerte “porque la mano del Señor se había desatado contra ella”, dejó a sus dos nueras en la libertad de volver a su pueblo y a su Dios. Una de ellas partió, no sin lamentar la separación. Pero Rut se resistió y planteó una promesa que marcó su vida y su suerte: “No insistas en que te deje y me vuelva. A donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío; tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Solo la muerte podrá separarnos, y si no, que el Señor me castigue”. (Rut 1, 16-18). Viene al caso porque el himno de Rut es un compromiso con la realidad. Los latinoamericanos no tenemos pueblo a donde volver, ni Dios que canjear que los que recibimos como herencia civilizacional.

¿Acaso hemos dejado nosotros de ser hispanoamericanos para ser otra cosa? ¿A dónde nos volveríamos al dejar de ser lo que indefectiblemente somos? ¿Si este no es nuestro pueblo, entonces cuál es?

Conocer, comprender y reconciliarnos con la realidad es el único camino valedero para avanzar, con nuestros fardos, pero también con nuestros innegables méritos. Mientras tanto me consideraré heredero y consecuencia de un imperio que fuimos y de una república que alguna vez llegaremos a ser si despejamos el camino de los obstáculos siniestros que nos presentan las ficciones fantasmagóricas de un salvaje idealizado y de un revolucionario farsante.

victormaldonadoc@gmail.com

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La dura experiencia del cambio, por Víctor Maldonado C.

“Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el SEÑOR”.  Salmos 34

 

@vjmc

¿Los venezolanos hemos aprendido? Luego de más de veinte años de borrascas y vientos en contra, seguro que sí. El saldo de experiencias nos ha transformado en algo totalmente diferente, no tanto por el crecimiento de nuestra virtud sino por el monto del trauma sufrido. Cientos de miles de muertos por violencia nos confrontaron con la ingrata sensación de reconocer que no somos tan pacíficos como siempre nos imaginamos, y que los fantasmas del cruento siglo XIX, con sus guerras civiles y sus insaciables ganas de matarnos, han mutado hasta ser lo que somos hoy, tal vez con las mismas justificaciones.

No hay país que pueda procesar tanto duelo, tanto dolor, sin que algo cambie en su esencia.

Pocos, muy pocos, pueden intentar siquiera narrar su vida sin que se entrometa el miedo, que se ha transformado en el leitmotiv de todas nuestras decisiones. El argumento es variopinto, así como nos torturan las sinrazones. Un robo, un secuestro, el caerle mal al malandro del barrio, el sentirse perseguido debido a las convicciones políticas, la joven que simplemente desapareció, las víctimas de eso que llaman “enfrentamiento con la autoridad”, lo cierto es que la vida se nos ha convertido en puro azar.

Los venezolanos compartimos, muy a nuestro pesar, una convicción universalmente compartida de que cualquier cosa nos puede suceder, como si todos jugáramos obsesivamente a la ruleta rusa, pero con todo el tambor del revolver cargado. Ya es un decir el advertirnos entre nosotros que cada uno tiene un número marcado en la espalda. Que a todos nos va a tocar, que tarde o temprano seremos engullidos por la voracidad depredadora del ecosistema criminal que necesita devorarnos sin compasión. Lo cierto es que la represión es ejercida sin atenuantes; y al final se nos impone la convicción, fatalmente ratificada por la realidad, de que no hay distancias entre el malandro y el policía, que ambas caras de la misma moneda responden a una lógica de sistema, que con intensa perversidad extiende su influencia más allá de lo razonable. Todos parecemos coincidir en que es cuestión de tiempo para que nuestra puerta sea tocada.

Porque tenemos miedo y nos sentimos abrumados por la inseguridad descubrimos que todo es relativo, que la vida no tiene más valor que la muerte, que el futuro no es un regalo sino un resultado y que el coraje tiene un buen maridaje con la astucia. Porque estamos tan confrontados con las fragilidades de la vida, redescubrimos la valentía. Los que decidimos quedarnos en este país a pesar de todas las calamidades, y los que se aventuraron a la soledad del extrañamiento, en partes iguales diseccionamos la experiencia cotidiana del arrojo. Dejamos atrás el espejismo de una comodidad que tenía fundamentos muy frágiles y comenzamos a encarar la vida.

Fuimos un país que vivió por muchos años la ilusión de una riqueza súbita, abundante y que parecía poder distribuirse como un derecho adquirido sin contraprestación alguna. Nos pretendíamos los privilegiados de toda América Latina, nos sentíamos con el derecho de mirar al resto como los desafortunados a los que había que ayudar, mientras nosotros exhibíamos el derroche como algo consustancial a nuestro papel en el mundo. Tanta obnubilación nos impidió presentir las embestidas inminentes de la pobreza, cada día más atroz, y el resentimiento de las clases medias que nunca comprendieron los porqués de ese rápido tránsito entre tenerlo todo y no tener demasiado. Ahora somos tan pobres como el país más arruinado de todo el hemisferio.

Bastaron veinte años de socialismo compulsivo para acabar con reservas, riquezas y recursos. Ahora somos el absurdo de un país fallido con cerca de un millón de kilómetros cuadrados de recursos inconmensurables.

Ya no somos el país petrolero, tampoco el energético, mucho menos el que bordeaba los confines de la soberanía alimentaria. Ahora somos apagones, escasez y hambre. Todo a la vez, como si la condena impuesta es vivir en nuestras propias ruinas para recordamos lo que fuimos pero que ya no somos.

Al miedo como rúbrica indeleble del totalitarismo se suma la ansiedad. No es solamente que la vida se reduce al azar primitivo de una situación decidida por la lógica de la fuerza, totalmente desamparados de cualquier expresión de justicia, no es solamente que tememos por la vida, sino que también vivimos sin certezas algunas sobre el futuro. No sabemos si al final del día tenemos servicio eléctrico, o si podremos reponer el gas, o si la COVID-19 se va a cebar en nuestras familias. No hay problema que tenga solución fácil. Todo carece de certezas y cada situación exige de cualquiera de nosotros un esfuerzo descomunal para salvar todos los obstáculos, reales y aparentes, que se hacen presentes para resolver lo que debería ser un procedimiento fluido y a favor. Ni el pasaporte, ni el entierro de nuestros seres queridos. Nuestros carceleros saben que el proceso de dominación requiere del miedo abrumador y de la angustia inatajable. Nadie puede escrutar el momento siguiente. Es como pedalear una bicicleta fija que no nos lleva a ningún lado.

Ahora los procesos y los resultados sí nos importan. Si en algún momento llegamos a creer que nada era lo suficientemente importante como para preocuparnos, ahora sabemos que el tiempo juega un rol determinante en nuestra suerte. Algunos se quejan de nuestra capacidad de adaptación, y de parecer tan distantes de las falsas soluciones que algunos nos proponen. El aprendizaje es brutal: nada que nos genere suspicacia sobre su capacidad para resolver efectivamente merece nuestra atención. El tiempo nuestro, ese que no merece seguir siendo inmolado en el altar de la inutilidad nos ha convertido en ciudadanos más exigentes, y más sobrios, expuestos al sufrimiento sin que por eso dejemos de trabajar y de cumplir con nuestras obligaciones. 

Rafael López Pedraza relaciona depresión con lentitud. Lento es el que recorre poco, sin que eso signifique inmovilidad. Otros, que dicen ir más rápido, lo hacen en sentido contrario a nuestros intereses. El miedo y la ansiedad nos han deprimido, pero solamente en el sentido de que ahora lo realmente valioso, es lo único que efectivamente podemos hacer, y son pequeñas cosas. De la manía que nos provocaba la riqueza súbita e irresponsable, pasamos a la experiencia de la sobriedad por corrección; pero ahora somos más conscientes de los detalles, esos que la velocidad impedía apreciar. Son tiempos para el recogimiento, la modestia y la excesiva escrupulosidad. Son tiempos de resistencia.

Pero una cosa es la sobriedad y la lentitud y otra muy diferente el terminar envilecidos y rastreros, aceptando cualquier cosa, dejando pasar cualquier desafuero, perdonando cualquier exabrupto. Por primera vez estamos atentos a esas pequeñas cosas que hacen la diferencia. Y de la temeridad hemos pasado al cálculo y a la reserva.

Sabemos que tenemos pocas fuerzas, y que el ecosistema criminal sigue depredando a los nuestros y haciendo pasar por aliados a los que son sus cómplices.

De allí la desafección brutal que ha sufrido la política y la dura transición que implica el deshacernos de lo anacrónico e inútil para dejar entrar aquello que es su alternativa. Son tiempos para esquilmar y dejar atrás lo excesivo.

Algunos han huido en desbandada hacia cualquier forma de evasión. Otros han preferido el exilio interno, esa ausencia patológica de toda lívido imaginable. Otros han sido víctimas del pánico y se han querido adentrar en las aguas profundas solo para entender que el poder grotesco de las olas los devuelve a la playa, revolcados y humillados por el vano intento. Pero hemos aprendido también que las miradas pueden alternarse entre la firme exigencia a la política, el severo juicio moral que nos merecen los traidores y la compasión de los que no soportan tanta presión.

Nos hemos humanizado. Y a pesar del sufrimiento y la crueldad de la que hemos sido objeto, hay algo presente en nuestra contemporaneidad que nos hace mejores. Ahora valoramos más la vida, porque se nos ha vuelto frágil y azarosa. Apreciamos lo que somos porque ya no tenemos que inventar otro mérito que el inmenso esfuerzo de seguir sobreviviendo al totalitarismo criminal que nos tiene como sus principales enemigos.

Ya no confiamos en la benevolencia de un tipo de gobierno que ofrece todo y que al final nos encadena a su fatal arbitrio. Somos víctimas seriales del estatismo y de su traición. Ahora, en medio de las ruinas de un país que fue emboscado y abatido, e insisto, traicionado por los que pasaban por ser “sus mejores”, tenemos más claro que lo mejor que nos puede pasar es intentar la fundación de una nueva relación donde el gobierno tenga un tamaño, un alcance y un poder totalmente limitados.

La pobreza atroz nos ha recordado lo ingeniosos que somos. Esa sagacidad que nos hace imbatibles y capaces de resolvernos con lo que tenemos a la mano. Si las condiciones son excelentes somos capaces de mandar cohetes a la luna. Y si son adversas vendemos bollos de carne y chicharrón con la sonrisa de siempre. Hemos enterrado a nuestras víctimas, nos hemos acostumbrado a la dispersión y al dolor compartido a la distancia. Lloramos y reímos desde el altavoz y hemos aprendido a rezar y a encomendar a la divina providencia de Dios a propios y ajenos, colocando nuestras manos en un celular y pidiendo por los que a través de las redes sociales piden a gritos compañía y ayuda.

Son tiempos para los pequeños gestos, aunque estemos tan débiles que en ellos se nos vaya la vida.

Son veinte años en los que, entre el yunque y el martillo, nos hemos forjado para la verdadera cooperación y la proximidad a pesar de las distancias. Y la lentitud, insisto, nos muestra lo maravilloso de lo esencial, la familia, los amigos, y la esperanza de los jóvenes, que todos los días buscan esas pequeñas razones para la realización del amor y la vigencia de la esperanza. 

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Poder impotente, Víctor Maldonado C.

La política ha intentado vender que es posible hacer la estatua perfecta sin dar un solo martillazo a la roca de mármol. Y eso, ya lo sabemos, es una gran estafa. Foto Brent Connelly / Pixabay

@vjmc

Recién en la madrugada de hoy terminé de leer la novela de Robert Graves, Yo Claudio, que narra las peripecias del emperador romano que sucedió a Calígula y precedió a Nerón. Muy niño fue desechado por defectuoso. Muy joven se dedicó a la historia, lo único que le permitían hacer y que le proporcionaba placer. Y además a la historia antigua, para no comprometer su seguridad al tener que aludir a sus contemporáneos. En esa época recibió un consejo decisivo de uno de sus contertulios. “Vives una época peligrosa. Tu posición te hace frágil, en cualquier momento te van a matar, sobre todo si demuestras algún potencial o riqueza. Por eso te recomiendo que seas lo más tartamudo posible, que cojees con exageración y que vivas muy frugalmente. Solamente si demuestras ser más estúpido de lo que efectivamente eres, tendrás alguna posibilidad de sobrevivir”.

Esa recomendación no era fácil de cumplir. No solamente porque implicaba la decisión de toda una vida, sino porque Claudio no era estúpido, tenía autoestima, sabía que era despreciado por las apariencias, y probablemente tenía conciencia del caos en el que vivía, de todo lo que debía soportar y todas las cosas a las que debía renunciar. Pero lo hizo, y la jugada le salió razonablemente bien, porque salvó su vida y al final terminó gobernando por casi treinta años.

La historia de Claudio me hizo pensar en lo que refiere Tzvetan Todorov en la entrevista biográfica que realizó con Catherine Portevin. Cuando la periodista le preguntó por qué no había sido un combatiente anticomunista más activo, su respuesta, llena de sentido común, fue que “en un país totalitario, donde el poder lo controla todo, no se puede vivir sin hacer concesiones. Eso no existe”. Lo mismo hubiera podido decir Claudio y muchos de sus contemporáneos. También se lo hubiésemos podido oír a Cicerón que, sin embargo, era mucho más inflexible y por eso terminó asesinado por Augusto.

Lo digo porque algunos venezolanos que viven en el exterior se especializan en sobreexigir a los que aquí vivimos. Muchos de ellos incluso aluden a la cobardía social de los que no salen hoy mismo a quemar el país y oponerse al régimen, poniendo como ofrenda un cerro de nuevos muertos. La cosa no es tan fácil como se ve desde afuera, debidamente protegidos por la distancia.

Todorov lo resume así: “El terror, si es total, puede llegar a ser muy eficaz”. Los que aquí vivimos lo sabemos muy bien. Y los que están fuera confunden al ciudadano con el héroe epopéyico que tampoco ellos son.

Leyendo a James Hillman (Tipos de poder) se llega rápidamente a la conclusión de que el poder es capacidad de hacer. Su uso indebido, el ejercicio del poder sin virtud, permite que su titular allane derechos de los otros y sojuzgue a los demás, buscando una eficiencia que, de lograrse, puede ser muy peligrosa. Imaginemos solamente lo que puede ocurrir si el poder totalitario fuese capaz de alimentarnos a todos mediante las cajas CLAP, o ejercer ese biocontrol que pretende en tiempos de pandemia. Que no lo logre es una gran noticia. Así como la falta crónica de poder de las oposiciones es una constante maldición.

Las ineficiencias acaban con las pretensiones de mantener un poder sacrosanto. Todo poder tiene fisuras. Y en las experiencias totalitarias estas se plantean entre lo que dicen hacer y lo que efectivamente hacen. Entre la propaganda masiva que los sostienen y la disonancia que provocan cuando cada ciudadano cae en cuenta de que él no experimenta lo que le dicen que hacen. La realidad totalitaria es por eso desoladora.

Un líder inteligente se cebaría en las fisuras del totalitarismo y no en sus fortalezas, pero para eso debe tener primero una mejor capacidad diagnóstica.

Ahora bien, una cosa es observar un grado de ineficiencia relativo y creciente; y otra muy diferente que el poder resulte estéril y absolutamente inepto. Los venezolanos vivimos las dos versiones que se entreveran tanto en el régimen como en los que dicen oponérsele. El ecosistema de relaciones perversas es todas las cosas a la vez. Malo, muy malo para lo bueno, y bueno, muy bueno para lo malo. Recordemos a Max Weber cuando trataba de diferenciar el poder de la dominación, señalando que el primero se pretendía totalizante y arbitrario mientras que el segundo era enfocado y eficaz en lo que realmente quería conseguir. No pretendía ser omniabarcante, pero sí llegar a tener resultados en lo que se proponía. La dominación siempre es para lograr algo específico. Y aunque sea una frase de Perogrullo, lo cierto es que lo específico primero hay que especificarlo.

Aristóteles nos legó una aproximación a la eficiencia que puede resultar útil para comprender mejor por qué algunas demostraciones de poder son tan temerarias y por qué otros intentos resultan ser tan insustanciales. En sus textos dedicados a la física y a la metafísica trató de responder a la pregunta sobre las causas que posibilitan la acción. Y determinó que eran cuatro:

 La causa formal

La idea o principio arquetípico que rige un acontecimiento, porque para realizar algo primero tienes que imaginarlo.

 La causa material

La sustancia sobre la cual se trabaja y se produce el cambio. En política serían recursos (entre ellos el poder) y la sociedad (y por lo tanto la legitimidad o en su defecto la fuerza).

 La causa eficiente

Aquella que inicia un movimiento e inmediatamente propicia el cambio. John Locke asociaba esta causa a la voluntad manifiesta del líder que si quiere es capaz de iniciar, dirigir y detener acciones. Y la última que llamó…

La causa final

El propósito para el que dicho acontecimiento fue proyectado.

Si el ejemplo fuera lo que necesita Venezuela para superar esta debacle, lo ideal sería un propósito político en donde todos los “qué” aristotélicos estén debidamente integrados hasta lograr la alineación perfecta en la que un líder (causa eficiente) provoque la movilización de la sociedad y la comunidad internacional (causa material) logrando la destrucción del ecosistema criminal y totalitario que nos rige con el propósito de lograr nuestra liberación (causa final) teniendo presente como modelo una república de libertades y derechos que esté enfocada en lograr la prosperidad de todos a través de la realización de sus proyectos de vida (causa ideal). Sin embargo, hasta ahora no ha sido posible.

Y no ha sido posible por varias razones. La primera razón porque los liderazgos que hemos tenido en cada una de las etapas de la oposición se han desgastado entre la sinrazón y el despropósito.

Ninguno de ellos ha pasado la prueba del poder útil. Todos ellos han caído víctimas de la vanidad y de sus propios intereses. Han carecido de sabiduría, fortaleza y templanza, por lo que cada uno de ellos ha terminado siendo su propia mascarada. Todos han decepcionado en la misma medida que no se han propuesto servir a la causa sino el maximizar sus propios beneficios. Tampoco han sido cautos y reflexivos para diagnosticar el totalitarismo que debían enfrentar, y por eso finalmente fueron digeridos por el ecosistema que decían combatir.

La segunda razón es que nunca han podido superar positivamente la relación costo eficiencia en ninguna de las iniciativas que nos han propuesto. Apliquemos la fórmula física que determina que la potencia útil es igual a la energía aplicada a una iniciativa descontando la fricción (los obstáculos y dificultades). Esta ecuación nos permite comprender que, por mantener obsesivamente un déficit en el sentido de realidad, nunca hemos contado con una iniciativa capaz al menos de mover determinantemente la composición de fuerzas. Mucho ruido y pocas nueces podría llegar a ser el epitafio a la política de esta época. 

Poco foco, mucha dispersión, múltiples agendas, una capacidad infinita para sabotear el propósito, las delaciones sistemáticas, la presencia de infiltrados y la credibilidad puesta en agentes que trabajan para el bando contrario, han transformado en imposibilidad cualquier opción propuesta.

La fricción no es tanto la que provoca el régimen como la que propicia “el fuego amigo” que en realidad es enemigo infiltrado y convalidado por la candidez de las mayorías.

La verdad es que cuando hemos logrado definir y controlar la causa material de la lucha política, esta se ha dilapidado irresponsablemente. Si hubiese sido una roca de mármol, nunca hubiéramos logrado con ella una estatua con un mínimo de belleza. Malos diseños, pésimos cálculos, improvisaciones seriales, avances temerarios seguidos de retrocesos patéticos, la perversidad como parte de un supuesto ingenio político (la célebre viveza criolla) y la desgraciada inequidad en la división de los costos sociales, son un inventario incompleto de las razones por las que ahora no hay potencia útil que sea posible instrumentar en el corto plazo.

La tercera razón tiene que ver con la traición sistemática al propósito convenido. La experiencia del interinato, y su bamboleo constante, la incapacidad para mantener el curso estratégico, las ocurrencias seriales, las negociaciones al margen y el parecer tan vulnerables a las presiones y la corrupción políticas, nos dejan sin tener la posibilidad de contar con una causa final que nos permita saber que hay una ruta.

Ellos, que definieron el mantra y que lo vendieron a las primeras de cambio al mejor postor, al final nos han demostrado por todos los medios posibles que lo que decían que era, realmente no era. Porque al final se han convertido en su propio objetivo, en su propia razón de ser, donde pesa mucho más la expectativa de extender su mandato y mantener a toda costa el gobierno. Todo se trata de discriminar la realidad de la apariencia, y que no sigan vendiendo humo. Esa es una tarea pendiente.  

La cuarta razón es la ambigüedad del ideal. Entre otras cosas no hay tracción porque “no hay tierra prometida”. Muchos libros gruesos llamados planes, mucha prepotencia protoministerial, muchos preenchufados pero ninguna narrativa que enganche y entusiasme a la sociedad. Ninguna imagen. Ninguna propuesta por la que valga la pena luchar. Nada genuino, y tampoco un enunciado honesto de verdad sobre los costos en los que hay que incurrir. Son sus propios enemigos en términos de su marketing político.

La política ha intentado vender por todos los medios que es posible hacer la estatua perfecta sin dar un solo martillazo a la roca de mármol. Y eso, ya lo sabemos, es imposible, peor aun, es una gran estafa. Porque en las conversaciones íntimas que se dan entre los políticos siniestros hablan y desean que haya mortandad, que la gente salga a la calle para que las maten y las repriman, porque así ellos pueden hacer algo, y demostrar que lo que cobran lo valen. Ellos saben los costos, pero prefieren mentir al respecto porque aspiran a la negociación perfecta que tiene que ver con la ganancia política que provoca una oleada de represión. Hasta ahora esta jugada ha resultado imposible de instrumentar por el descrédito que cargan encima y por el terror totalitario que ejerce el ecosistema criminal.

Por la alineación perfecta de estas cuatro razones, un liderazgo desgastado en sus propias vanidades, el exceso de tracción que afecta definitivamente la potencia útil de la política, la traición sistemática al propósito convenido, y la ambigüedad persistente sobre el ideal, es que no obtenemos resultados en la lucha política. ¿Qué es lo que hay que renovar con urgencia? Aristóteles diría que hay que sustituir la causa eficiente promoviendo un nuevo liderazgo, que sepa responder por el bien de qué o de quienes se van a ejecutar las acciones en el porvenir. El liderazgo actual ya no puede ser la causa eficiente de nada.

Nietzsche diría que, para lograr un equilibrio perfecto entre utilidad, poder, eficiencia y transformación se requiere primero superar la indulgencia del statu quo con la perversidad y el fraude político. A nuestros efectos, hay que desterrar de la política “la costra nostra”. Segundo, dejar fuera del cálculo político la terrible impaciencia, que se traduce en una infamante codicia de resultados, aunque sean malos. Tercero, moderar al menos el deseo de poder sectario del que se sirven las élites para dejar fuera cualquier otra opción por buena que parezca, si esa opción pone en peligro su posición. Esto en términos prácticos significaría desalojar al G4 de la dirección política. Cuarto, dejar fuera el fanatismo que muta en sistemas de exclusión y muerte.

El poder es impotente si se aleja de la virtud, porque el poder no existe sin alguien que esté dispuesto a ejercerlo, esperemos que con propósito altruista.

Hasta ahora el abismo entre los líderes y las virtudes han transformado todo esfuerzo en algo inútil pero crecientemente costoso.

Tzvetan Todorov insiste en lograr armonizar una mezcla de liderazgo trascendental, que debería investir a los dirigentes, con la épica cotidiana de los individuos normales, que hacen lo debido para resistir y sobrevivir estas oscuras épocas totalitarias. No les puedes pedir a los ciudadanos normales que lleven adelante una epopeya trascendental, pero tampoco se debería tolerar un liderazgo sin capacidad de coraje y de tomar riesgos. Cada uno debería hacer lo suyo.

Si hubiera líderes comprometidos con ideales seguramente podrían dirigir y encauzar ese esfuerzo que cada uno de nosotros hace todos los días. Si esos líderes practicaran una moral de interrogaciones y todos los días se preguntaran ¿cómo hacemos para interrumpir el mal? rápidamente caerían en cuenta de que deben enfrentar un ecosistema perverso que encarna ese mal, y al cual deben renunciar con toda la fuerza de sus convicciones y combatir con todas las armas que estén a su disposición. Si no lo asumen como una lucha existencial, como sistemáticamente lo plantea Flor Izcaray, nunca producirán resultados. Interrumpir el mal que se expresa en el ecosistema criminal debería ser la consigna unívoca. Solamente así superaremos esta impotencia del tiempo perdido.

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Casitas de muñecas, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

Los sistemas políticos tienen sus instituciones. Las democracias se encarnan en un conjunto de mediadores, de instancias intermedias que compiten para expresar lo mejor posible la voluntad de los ciudadanos. De todas ellas, las instituciones partidistas son las más determinantes porque aspiran al poder y pretenden imponer la implantación de ideales con objetivo político.

Los partidos políticos ofrecen a su feligresía cargos, acceso privilegiado a los centros donde se toman las decisiones, y también un ideal de sociedad por la que se comprometen a luchar.

Max Weber, al desarrollar su prominente Sociología del Estado, señala que la política es una empresa de los interesados. ¿A qué se refiere? A que la dedicación política es de tiempo completo, lo que deja fuera a buena parte de los ciudadanos cuyo deber cívico se limita a identificar cuál de las opciones partidistas representa mejor sus intereses. Solo una minoría, sostiene Weber, están interesados en la participación en el poder político, y son ellos los que crean, mediante reclutamiento voluntario, un séquito, un grupo de adherentes; se presentan ellos mismos o sus patrocinantes como candidatos electorales, reúnen dinero, y salen en busca de votos.

Los partidos políticos solamente tienen sentido en ambientes democráticos con condiciones de marco suficientemente sólidas como para que tenga sentido la competencia por el poder y representación, que nunca debería ser para el unanimismo, sino para lograr una mayoría que permita el intento de gobernar. En el transcurso son muchas las negociaciones que se deben acometer, y muchos los sapos que se deben tragar.

Pero tenemos un problema a la vista. En condiciones de franco deterioro democrático, o cuando las tiranías ejercen el poder totalitariamente hasta transformarse en un ecosistema criminal, el papel de los partidos se desdibuja hasta hacerse espectral.

Porque sin elecciones no hay una ruta legítima para la toma del poder. Y el esfuerzo consiste entonces en hacer todo lo posible para restaurar las condiciones democráticas. ¿Cómo se logra eso?

También Weber diría que a una organización solamente se le puede enfrentar con otra organización. Es iluso pensar que a un ecosistema narco criminal se le pueda vencer desde el diletantismo o el heroísmo personal. Nada más lejos que esa posibilidad. Por lo tanto, un político responsable tiene que valerse de una unidad social que, de manera continua y sistemática, sea capaz de producir resultados. O sea, no hay ninguna probabilidad de éxito para un político que no cuente con el respaldo de un partido. ¿Cuál es el producto de la acción política? ¿Cuáles son sus condiciones?

El producto de la empresa política, en el caso venezolano, es lograr un cuarteto de condiciones que permitan salir del atolladero totalitario: un partido político debe producir líderes con poder que sean capaces de decidir estrategias, que se transformen rápidamente en resultados. Hay una paradoja que debemos revisar: para alcanzar el poder necesitas acumular poder. ¿Cómo se acumula poder? Tiene que ver con atractivo, credibilidad, principios y trayectoria. Como ocurre en otros casos, un político tendrá poder en la misma medida que la gente reconozca que su papel puede ser determinante en la ocurrencia de un hecho político. Suena como el perro que se muerde la cola. Pero la verdad es que el poder trae más poder, y probablemente debamos reconocer que el principio de todo poder son los resultados.

Cuando los políticos viven y luchan en ambientes democráticos el principal resultado es ganar elecciones, o perderlas. Pero ¿qué resultados se pueden demostrar en ausencia de elecciones? La evidencia es mucho más compleja, y requiere que se haga más evidente lo que en otra situación se da por descontado. 

El político venezolano que trabaja en condiciones tan adversas tiene que ingeniárselas para tener impacto en la gente e influencia en la determinación de los resultados.

Y ambas cosas se retroalimentan mutuamente, por lo tanto, debe demostrarlas constantemente.

En el caso de los políticos el poder también es la capacidad para movilizar los recursos que necesita con el fin de lograr sus objetivos. Es muy importante diferenciar liderazgo de poder. Puedes ser muy popular y también muy incapaz. Puedes sumar simpatías, y sin embargo no tener capacidad alguna para transformar la realidad a tu favor. Una de las tragedias de la situación venezolana es que se privilegia la simpatía a la eficacia. Es lo que he llamado en otros artículos “la erotización del poder”.

En ambientes totalitarios el objetivo debe ser construir organizaciones políticas fuertes y vigorosas, con capacidad de contraste en la exhibición y defensa de sus ideas y propuestas, y también en su capacidad de realización. Analizar la taxonomía de los partidos venezolanos nos muestra que, en la mayor parte de los casos, no se cumplen las mínimas condiciones para conferir el estatus de organización a buena parte de ellos. Vamos a estar claros, son cascarones vacíos, actas constitutivas que se llevan bajo el brazo, sin liderazgo, sin poder, sin militancia, sin ideales, y sin eficacia.

Una organización política no es una casita de muñecas en la que aspirantes a políticos juegan con sus monigotes.

Un político serio y consistente es capaz de edificar instituciones, y en eso pone en juego su liderazgo. No compra un “sultanato político”, no exige prebendas ni privilegios fundacionales, no simula una trama organizacional.

Estatuye un partido, convoca a sus militantes, diseña los niveles estratégicos, respeta sus instancias deliberantes, valora y se somete a las decisiones tomadas, y a las instancias donde se deciden, usa los canales oficiales para comunicar a los diferentes niveles de su organización, reconoce y se vale de los mecanismos de retroalimentación y feedback, y al final no se permite la tentación de la soberbia, que entre otras cosas transforma al partido en el altavoz del líder, sino que asume el rol de ser el vocero del partido, de sus decisiones, de sus deliberaciones y de sus aspiraciones. Claro que para eso el político debe contar con un partido de verdad.

En ese juego constante de compensaciones mutuas que se dan entre la organización del partido y su líder principal, hay más de una tentación. El permitir la adulación como sistema preferencial de acceso; el crear clanes, grupos de amigos, y accesos privilegiados para la toma de decisiones, que comprometen al partido, pero que se toman fuera del partido. El desborde de las atribuciones de los grupos cercanos, y el manejo de los recursos, sin presupuesto, sin rendición efectiva de cuentas, y usándolos como mecanismo de coerción y veto de los que no se someten. Un buen líder no tiene problema alguno en respetar la institución y en entender que solo mediante un buen desempeño institucional podrá hacer la diferencia.

Los líderes políticos suelen ser ocurrentes. Se endiosan y creen que todo lo que se les pasa por la cabeza puede ser posible. Creen que deben producir una nueva idea todos los días, y por esa razón son sus principales enemigos de la lógica estratégica. Sus cercanos adulan y refuerzan esa distorsión de la realidad. Por más rocambolesca que sea una de esas ideas, los adulantes se revientan los sesos para conseguirle algún atributo positivo. Se constituye una corte que evita por todos los medios cualquier señalamiento disidente. Y se establece una moral de conveniencias, en la que lo único importante es que todos se sientan a gusto. Así, poco a poco, se van creando las condiciones para “el cesarismo autoritario”. La casita de muñecas está lista para jugar a la política.

Los partidos no son clubes de fans. O por lo menos, no deberían serlo. Nada más patético que una organización erotizada. Suelen ser peligrosas y más temprano que tarde, fuente de fiascos. En los partidos bien organizados hay normas, roles y sistemas de autoridad que se respetan. Cuando son verdaderamente democráticos (y esto no tiene que ver necesariamente con la cualidad del ambiente) tienen rituales de renovación de sus autoridades, y por supuesto, mecanismos de rendición de cuentas. Un dato: así como los líderes manejan sus partidos, de la misma forma pretenderán dirigir el gobierno, de tener oportunidad.

El caso venezolano es muy aleccionador. Los partidos no renuevan sus autoridades. No rinden cuentas. No suelen tener tolerancia democrática interna. Sus líderes son la primera y última palabra de todo lo que hacen.

Todos rinden un indebido culto a la personalidad, y toleran los equívocos de sus liderazgos a costa, incluso, de la suerte del país. Venezuela está sumida en un abismo del que no puede salir porque, entre otras cosas, vivimos y sufrimos una desgraciada guerra entre caudillos insensatos que han monopolizado los recursos del poder y cierran cualquier posibilidad a una opción distinta. Por más de una razón los ciudadanos se sienten abandonados y huérfanos de cualquier representación. La oferta política es irresponsable y demagógica. Nadie da explicaciones de por qué resulta ser así. Claro que tienen de su parte la excusa de vivir una época extrema.

Un partido político es más que un color y un lema. Es una organización, o por el contrario es nada más que una ficción de la que se valen algunos en el vano intento de tomar el poder. Porque vamos a estar claros, un político puede tener su casita de muñecas, pero con ficciones no se construyen realidades estables. Gobernar un país es cosa de muchos que se articulan. El peor pecado es el diletantismo. Y los partidos, entre otras cosas, proveen los cuadros con quienes armar rápidamente una estructura de gobierno. Los totalitarios siempre son un fiasco, entre otras cosas porque no se puede concentrar todo el poder sin llegar a corromperse y sin destrozar una época.

Quiero terminar citando al profesor Hugo Bravo (@HBravoJ): “El verdadero liderazgo se reconoce porque tiene claridad estratégica, capacidad para ejecutar y sobre todo entrega resultados. Es humilde para oír y corregir, tiene el coraje tanto para decir y honrar la verdad, como para sortear los avatares en la consecución de sus objetivos. El liderazgo es un proceso de ejemplo y persuasión, y será tan bueno como sea la calidad del que pretende liderar, como la de aquel que es liderado. No hay buenos líderes sin buenos seguidores, el trabajo se hace en equipo, y de acuerdo con los valores compartidos y vividos por todos”.

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