Víctor Maldonado C., autor en Runrun

Víctor Maldonado C.

Conócete a ti mismo, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

El socialismo del siglo XXI en su afán destruccionista necesita que los ciudadanos reneguemos de nuestra historia. Su objetivo no es que analicemos nuestros orígenes, sino que participemos en una carrera febril por despedazar nuestras raíces, destruir las razones de nuestro orgullo, desconocernos para facilitar el odio contra nosotros mismos y de esa forma, transformarnos en masa aturdida y sin referentes, para ser ellos los padrotes del “hombre nuevo”.

De allí que sea tan insistente el odio, irracional y ahistórico contra nuestras raíces españolas, sin dejarnos pensar que somos lo que somos porque fuimos parte de un imperio y de su suerte y que, llegado el momento, sobre esas bases intentamos fundar repúblicas, heredando para ello idioma, costumbres, cultura, religión y raza. No podíamos hacer ninguna otra cosa, ni ser algo sustancialmente diferente.

El odio edípico, propio de los socialistas del siglo XXI, solo es eso, resentimiento puesto al servicio de sus estrategias de dominación.

Nada más audaz que la ignorancia. Nada más peligroso que la barbarie puesta al servicio del mal. Somos venezolanos porque alguna vez llegó Colón al Golfo Triste, sorprendido por apreciar tanta belleza frente a la cual creyó incluso haberse topado con el paraíso terrenal. Nosotros vinimos con él, aquí lo recibimos, y como suele ocurrir, se planteó un crisol que se llamó descubrimiento y que asimiló estas tierras a un imperio espectacular, donde nunca se ocultaba el sol.

Que la estupidez con poder e impunidad se dedique a derribar las estatuas de Colón, y que esa misma estupidez crea que puede reescribir la historia e imponerla con la violencia de sus bayonetas, no hace que sus mentiras sean verdades, ni puede negar el que nosotros seamos la consecuencia de esa España del siglo XVI que tan bien caracterizó Rufino Blanco Fombona.

Esos conquistadores españoles del siglo XVI, los que aquí vinieron y de los cuales somos descendientes, nos inocularon su forma de ver al mundo y de dominarlo; venían con una psique muy de su época y de la región de donde venían, en la que se pueden identificar, a juicio de Blanco Fombona, “la virtud muy española del heroísmo”; pero también un exacerbado y anárquico individualismo. No en balde se aventuraban a zarpar desde el puerto de Sevilla para asumir la incertidumbre conquistadora de la desmesura donde no tenían la más remota idea de dónde comenzaba y dónde terminaba el nuevo continente.

Continúa relatando nuestro historiador que los que vinieron trajeron un estricto fanatismo religioso, “de una religiosidad carnicera”, dura y misionera, cuyo objetivo era expandir el reino de Dios tal y como ellos lo creían y vivían.

De ellos también heredamos ese fatalismo que nos hace ainstrumentales y muy incapaces del cálculo, la táctica y la estrategia.

Gustosos del azar, de ellos recibimos esa predisposición al todo o nada de los que apuestan su suerte a esa porción de la realidad no controlable, entregados a la buena o mala fortuna, expectantes irredentos del milagro que está por ocurrir porque ellos y nadie más merecen ser favorecidos por la displicente providencia.

Ninguna otra cosa les importaba que la empresa personal de hacerse ricos y con buen nombre al menor costo posible. Eso los hizo ajenos “a la curiosidad intelectual ante el espectáculo único de civilizaciones interesantísimas que veían desmoronarse”. No había ni hubo reflexión sino la constatación de obstáculos a vencer con los medios que tenían a la mano en su época.

Insiste Blanco Fombona que “ese anhelo de obtener fortuna con poco esfuerzo hace de los españoles (que también somos nosotros) desaforados jugadores y de la lotería arbitrio rentístico, lo que degeneró en ellos en feroz codicia, ante el espectáculo de riquezas insospechadas, y les despertó ese afán de lucro” que los inhabilitó para después fundar estados pacíficos y administraciones regulares en aquellos territorios que con tan insólito denuedo conquistaron”.

Muchas de esas trazas se aprecian aun hoy, con las metamorfosis del caso. El heroísmo se ha vuelto un complejo que se busca afanosamente compensar en esa alucinación que nos hace confundir militarismo y hombre fuerte con coraje cívico.

Pero allí está esa infatuación tan castiza para hacernos mella una y otra vez. El fanatismo religioso originario ha devenido en la tergiversación ideológica enarbolada por el falso héroe que reconocemos como si fuera original y verdadero en cualquier asesino de medio pelo como el patético caso del Ché, para no rebajarnos a proponer como ejemplo la genuflexión de los intelectuales ante la tétrica figura de Fidel, o el patetismo con el que se asume a Allende.

Fanáticos devenidos en guerrilleros, “buenos salvajes” transformados en “buenos revolucionarios” que cuando “conquistan” el poder se lucran hasta el saqueo, transformándose en ese instinto originario que desembarcó en 1492 y que nos rubricó fatalmente al mezclarse con la barbarie sanguinaria y también depredadora de los indígenas. Eso somos.

La izquierda latinoamericana, deseosa de una fundación civilizacional que haga el absoluto contraste, para dejar al ser humano abochornado y desasistido de cualquier referente, se aferró al mito del buen salvaje, que comenzó siendo una adulante y dulzona carta de presentación que enviaron los conquistadores a sus majestades católicas (una especie de presentación de resort en promoción), y que terminó siendo el argumento del resentimiento de los ilustrados.

Colón creyó conveniente decir que se consiguió con el paraíso y sus habitantes impolutos, ajenos al daño del pecado, incontaminados de la fricción civilizacional, el hombre en condiciones de testificar cómo éramos todos antes de la caída en la perdición de conocer lo bueno y lo malo. El hombre bueno que vivía sin carencias ni escasez, asombrados como estaban de ese territorio excesivo en todo, tan diferente al agotado territorio peninsular, víctima ya de tantas guerras y de tantos siglos.

Los ilustrados necesitaban hacer contraste. Ellos eran la sociedad civil corrupta. Pero podían volver a esa época de inocencia y extrema bondad propia de los pueblos pastores. Debían progresar hacia ese pasado idílico donde el hombre era bueno y sano “porque la enfermedad y los vicios son productos de la civilización” por demás injusta y amargamente dividida entre los que poseían todo y los que no poseían nada. ¿Qué mejor cosa que derrumbar estatuas y negar la historia para caer sin obstáculos en la alucinación del hombre nuevo, ese “buen salvaje” dulce y tierno que, sin embargo, nunca fuimos en ninguna época, porque de haberlo sido habríamos desaparecido víctimas de otros depredadores más sanguinarios? ¿En serio alguien cree que negando la conquista y nuestras raíces europeas vamos a crear mejores repúblicas? ¿En serio alguien cree que merecemos ser hijos de aztecas, incas, caribes o timoto-cuicas porque lucen ser menos sanguinarios que los españoles?

Carlos Rangel resuelve la disputa mítica en su libro Del buen salvaje al buen revolucionario. Ya dijimos que “el buen salvaje” es el producto de una propaganda que se mitificó gracias a la obcecación e intereses de la ilustración francesa. Pero nunca es poco esfuerzo remarcarlo, esta vez con las palabras del autor: “Es falso, insidioso y enervante postular que nuestro ser esencial se derive de las culturas precolombinas, y que la implantación de la cultura occidental en estos territorios a partir del descubrimiento y la colonización, sea el inicio de una curva descendiente en la fortuna de Latinoamérica y la alteración perversa de una situación imaginariamente auténtica, autóctona, feliz, libre, y su transformación en una situación falsa, alienada, desgraciada y dependiente”. Como si la caída del buen salvaje pudiera ser vengada solo por el buen revolucionario.

Buscando “restaurar” lo que nunca ocurrió, replanteamos en el siglo XXI la infructuosa búsqueda de El Dorado, que en este caso es ese hombre perdido y vencido que sin embargo era la suma de todas las virtudes imaginables. Eso nunca ocurrió. Lo que sí ocurrió y sigue ocurriendo es algo mucho más sencillo y simple de comprender: que seguimos siendo ese conquistador español del siglo XVI, acrisolado por el tiempo y las mezclas, pero que mantiene sus trazas en la búsqueda afanosa de sus propias utopías, que quiere lograr a cualquier precio, para garantizar eso que le resulta más importante que nada: su riqueza y su buen nombre al menor costo posible.

Lo paradójico es que el revolucionario del siglo XXI es la versión cuasi perfecta de los que vinieron aquí por primera vez en busca de fortuna.

Tumbando las estatuas se están negando ellos mismos y cometiendo la atrocidad de imponerse como mentira y ficción, pero con consecuencias devastadoras.

Tal vez la declaración de amor más preciosa que jamás se haya jurado se la hizo Rut a su suegra Noemí. Esta, habiendo enviudado y condoliéndose de su amarga suerte “porque la mano del Señor se había desatado contra ella”, dejó a sus dos nueras en la libertad de volver a su pueblo y a su Dios. Una de ellas partió, no sin lamentar la separación. Pero Rut se resistió y planteó una promesa que marcó su vida y su suerte: “No insistas en que te deje y me vuelva. A donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío; tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Solo la muerte podrá separarnos, y si no, que el Señor me castigue”. (Rut 1, 16-18). Viene al caso porque el himno de Rut es un compromiso con la realidad. Los latinoamericanos no tenemos pueblo a donde volver, ni Dios que canjear que los que recibimos como herencia civilizacional.

¿Acaso hemos dejado nosotros de ser hispanoamericanos para ser otra cosa? ¿A dónde nos volveríamos al dejar de ser lo que indefectiblemente somos? ¿Si este no es nuestro pueblo, entonces cuál es?

Conocer, comprender y reconciliarnos con la realidad es el único camino valedero para avanzar, con nuestros fardos, pero también con nuestros innegables méritos. Mientras tanto me consideraré heredero y consecuencia de un imperio que fuimos y de una república que alguna vez llegaremos a ser si despejamos el camino de los obstáculos siniestros que nos presentan las ficciones fantasmagóricas de un salvaje idealizado y de un revolucionario farsante.

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La dura experiencia del cambio, por Víctor Maldonado C.

“Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el SEÑOR”.  Salmos 34

 

@vjmc

¿Los venezolanos hemos aprendido? Luego de más de veinte años de borrascas y vientos en contra, seguro que sí. El saldo de experiencias nos ha transformado en algo totalmente diferente, no tanto por el crecimiento de nuestra virtud sino por el monto del trauma sufrido. Cientos de miles de muertos por violencia nos confrontaron con la ingrata sensación de reconocer que no somos tan pacíficos como siempre nos imaginamos, y que los fantasmas del cruento siglo XIX, con sus guerras civiles y sus insaciables ganas de matarnos, han mutado hasta ser lo que somos hoy, tal vez con las mismas justificaciones.

No hay país que pueda procesar tanto duelo, tanto dolor, sin que algo cambie en su esencia.

Pocos, muy pocos, pueden intentar siquiera narrar su vida sin que se entrometa el miedo, que se ha transformado en el leitmotiv de todas nuestras decisiones. El argumento es variopinto, así como nos torturan las sinrazones. Un robo, un secuestro, el caerle mal al malandro del barrio, el sentirse perseguido debido a las convicciones políticas, la joven que simplemente desapareció, las víctimas de eso que llaman “enfrentamiento con la autoridad”, lo cierto es que la vida se nos ha convertido en puro azar.

Los venezolanos compartimos, muy a nuestro pesar, una convicción universalmente compartida de que cualquier cosa nos puede suceder, como si todos jugáramos obsesivamente a la ruleta rusa, pero con todo el tambor del revolver cargado. Ya es un decir el advertirnos entre nosotros que cada uno tiene un número marcado en la espalda. Que a todos nos va a tocar, que tarde o temprano seremos engullidos por la voracidad depredadora del ecosistema criminal que necesita devorarnos sin compasión. Lo cierto es que la represión es ejercida sin atenuantes; y al final se nos impone la convicción, fatalmente ratificada por la realidad, de que no hay distancias entre el malandro y el policía, que ambas caras de la misma moneda responden a una lógica de sistema, que con intensa perversidad extiende su influencia más allá de lo razonable. Todos parecemos coincidir en que es cuestión de tiempo para que nuestra puerta sea tocada.

Porque tenemos miedo y nos sentimos abrumados por la inseguridad descubrimos que todo es relativo, que la vida no tiene más valor que la muerte, que el futuro no es un regalo sino un resultado y que el coraje tiene un buen maridaje con la astucia. Porque estamos tan confrontados con las fragilidades de la vida, redescubrimos la valentía. Los que decidimos quedarnos en este país a pesar de todas las calamidades, y los que se aventuraron a la soledad del extrañamiento, en partes iguales diseccionamos la experiencia cotidiana del arrojo. Dejamos atrás el espejismo de una comodidad que tenía fundamentos muy frágiles y comenzamos a encarar la vida.

Fuimos un país que vivió por muchos años la ilusión de una riqueza súbita, abundante y que parecía poder distribuirse como un derecho adquirido sin contraprestación alguna. Nos pretendíamos los privilegiados de toda América Latina, nos sentíamos con el derecho de mirar al resto como los desafortunados a los que había que ayudar, mientras nosotros exhibíamos el derroche como algo consustancial a nuestro papel en el mundo. Tanta obnubilación nos impidió presentir las embestidas inminentes de la pobreza, cada día más atroz, y el resentimiento de las clases medias que nunca comprendieron los porqués de ese rápido tránsito entre tenerlo todo y no tener demasiado. Ahora somos tan pobres como el país más arruinado de todo el hemisferio.

Bastaron veinte años de socialismo compulsivo para acabar con reservas, riquezas y recursos. Ahora somos el absurdo de un país fallido con cerca de un millón de kilómetros cuadrados de recursos inconmensurables.

Ya no somos el país petrolero, tampoco el energético, mucho menos el que bordeaba los confines de la soberanía alimentaria. Ahora somos apagones, escasez y hambre. Todo a la vez, como si la condena impuesta es vivir en nuestras propias ruinas para recordamos lo que fuimos pero que ya no somos.

Al miedo como rúbrica indeleble del totalitarismo se suma la ansiedad. No es solamente que la vida se reduce al azar primitivo de una situación decidida por la lógica de la fuerza, totalmente desamparados de cualquier expresión de justicia, no es solamente que tememos por la vida, sino que también vivimos sin certezas algunas sobre el futuro. No sabemos si al final del día tenemos servicio eléctrico, o si podremos reponer el gas, o si la COVID-19 se va a cebar en nuestras familias. No hay problema que tenga solución fácil. Todo carece de certezas y cada situación exige de cualquiera de nosotros un esfuerzo descomunal para salvar todos los obstáculos, reales y aparentes, que se hacen presentes para resolver lo que debería ser un procedimiento fluido y a favor. Ni el pasaporte, ni el entierro de nuestros seres queridos. Nuestros carceleros saben que el proceso de dominación requiere del miedo abrumador y de la angustia inatajable. Nadie puede escrutar el momento siguiente. Es como pedalear una bicicleta fija que no nos lleva a ningún lado.

Ahora los procesos y los resultados sí nos importan. Si en algún momento llegamos a creer que nada era lo suficientemente importante como para preocuparnos, ahora sabemos que el tiempo juega un rol determinante en nuestra suerte. Algunos se quejan de nuestra capacidad de adaptación, y de parecer tan distantes de las falsas soluciones que algunos nos proponen. El aprendizaje es brutal: nada que nos genere suspicacia sobre su capacidad para resolver efectivamente merece nuestra atención. El tiempo nuestro, ese que no merece seguir siendo inmolado en el altar de la inutilidad nos ha convertido en ciudadanos más exigentes, y más sobrios, expuestos al sufrimiento sin que por eso dejemos de trabajar y de cumplir con nuestras obligaciones. 

Rafael López Pedraza relaciona depresión con lentitud. Lento es el que recorre poco, sin que eso signifique inmovilidad. Otros, que dicen ir más rápido, lo hacen en sentido contrario a nuestros intereses. El miedo y la ansiedad nos han deprimido, pero solamente en el sentido de que ahora lo realmente valioso, es lo único que efectivamente podemos hacer, y son pequeñas cosas. De la manía que nos provocaba la riqueza súbita e irresponsable, pasamos a la experiencia de la sobriedad por corrección; pero ahora somos más conscientes de los detalles, esos que la velocidad impedía apreciar. Son tiempos para el recogimiento, la modestia y la excesiva escrupulosidad. Son tiempos de resistencia.

Pero una cosa es la sobriedad y la lentitud y otra muy diferente el terminar envilecidos y rastreros, aceptando cualquier cosa, dejando pasar cualquier desafuero, perdonando cualquier exabrupto. Por primera vez estamos atentos a esas pequeñas cosas que hacen la diferencia. Y de la temeridad hemos pasado al cálculo y a la reserva.

Sabemos que tenemos pocas fuerzas, y que el ecosistema criminal sigue depredando a los nuestros y haciendo pasar por aliados a los que son sus cómplices.

De allí la desafección brutal que ha sufrido la política y la dura transición que implica el deshacernos de lo anacrónico e inútil para dejar entrar aquello que es su alternativa. Son tiempos para esquilmar y dejar atrás lo excesivo.

Algunos han huido en desbandada hacia cualquier forma de evasión. Otros han preferido el exilio interno, esa ausencia patológica de toda lívido imaginable. Otros han sido víctimas del pánico y se han querido adentrar en las aguas profundas solo para entender que el poder grotesco de las olas los devuelve a la playa, revolcados y humillados por el vano intento. Pero hemos aprendido también que las miradas pueden alternarse entre la firme exigencia a la política, el severo juicio moral que nos merecen los traidores y la compasión de los que no soportan tanta presión.

Nos hemos humanizado. Y a pesar del sufrimiento y la crueldad de la que hemos sido objeto, hay algo presente en nuestra contemporaneidad que nos hace mejores. Ahora valoramos más la vida, porque se nos ha vuelto frágil y azarosa. Apreciamos lo que somos porque ya no tenemos que inventar otro mérito que el inmenso esfuerzo de seguir sobreviviendo al totalitarismo criminal que nos tiene como sus principales enemigos.

Ya no confiamos en la benevolencia de un tipo de gobierno que ofrece todo y que al final nos encadena a su fatal arbitrio. Somos víctimas seriales del estatismo y de su traición. Ahora, en medio de las ruinas de un país que fue emboscado y abatido, e insisto, traicionado por los que pasaban por ser “sus mejores”, tenemos más claro que lo mejor que nos puede pasar es intentar la fundación de una nueva relación donde el gobierno tenga un tamaño, un alcance y un poder totalmente limitados.

La pobreza atroz nos ha recordado lo ingeniosos que somos. Esa sagacidad que nos hace imbatibles y capaces de resolvernos con lo que tenemos a la mano. Si las condiciones son excelentes somos capaces de mandar cohetes a la luna. Y si son adversas vendemos bollos de carne y chicharrón con la sonrisa de siempre. Hemos enterrado a nuestras víctimas, nos hemos acostumbrado a la dispersión y al dolor compartido a la distancia. Lloramos y reímos desde el altavoz y hemos aprendido a rezar y a encomendar a la divina providencia de Dios a propios y ajenos, colocando nuestras manos en un celular y pidiendo por los que a través de las redes sociales piden a gritos compañía y ayuda.

Son tiempos para los pequeños gestos, aunque estemos tan débiles que en ellos se nos vaya la vida.

Son veinte años en los que, entre el yunque y el martillo, nos hemos forjado para la verdadera cooperación y la proximidad a pesar de las distancias. Y la lentitud, insisto, nos muestra lo maravilloso de lo esencial, la familia, los amigos, y la esperanza de los jóvenes, que todos los días buscan esas pequeñas razones para la realización del amor y la vigencia de la esperanza. 

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Poder impotente, Víctor Maldonado C.

La política ha intentado vender que es posible hacer la estatua perfecta sin dar un solo martillazo a la roca de mármol. Y eso, ya lo sabemos, es una gran estafa. Foto Brent Connelly / Pixabay

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Recién en la madrugada de hoy terminé de leer la novela de Robert Graves, Yo Claudio, que narra las peripecias del emperador romano que sucedió a Calígula y precedió a Nerón. Muy niño fue desechado por defectuoso. Muy joven se dedicó a la historia, lo único que le permitían hacer y que le proporcionaba placer. Y además a la historia antigua, para no comprometer su seguridad al tener que aludir a sus contemporáneos. En esa época recibió un consejo decisivo de uno de sus contertulios. “Vives una época peligrosa. Tu posición te hace frágil, en cualquier momento te van a matar, sobre todo si demuestras algún potencial o riqueza. Por eso te recomiendo que seas lo más tartamudo posible, que cojees con exageración y que vivas muy frugalmente. Solamente si demuestras ser más estúpido de lo que efectivamente eres, tendrás alguna posibilidad de sobrevivir”.

Esa recomendación no era fácil de cumplir. No solamente porque implicaba la decisión de toda una vida, sino porque Claudio no era estúpido, tenía autoestima, sabía que era despreciado por las apariencias, y probablemente tenía conciencia del caos en el que vivía, de todo lo que debía soportar y todas las cosas a las que debía renunciar. Pero lo hizo, y la jugada le salió razonablemente bien, porque salvó su vida y al final terminó gobernando por casi treinta años.

La historia de Claudio me hizo pensar en lo que refiere Tzvetan Todorov en la entrevista biográfica que realizó con Catherine Portevin. Cuando la periodista le preguntó por qué no había sido un combatiente anticomunista más activo, su respuesta, llena de sentido común, fue que “en un país totalitario, donde el poder lo controla todo, no se puede vivir sin hacer concesiones. Eso no existe”. Lo mismo hubiera podido decir Claudio y muchos de sus contemporáneos. También se lo hubiésemos podido oír a Cicerón que, sin embargo, era mucho más inflexible y por eso terminó asesinado por Augusto.

Lo digo porque algunos venezolanos que viven en el exterior se especializan en sobreexigir a los que aquí vivimos. Muchos de ellos incluso aluden a la cobardía social de los que no salen hoy mismo a quemar el país y oponerse al régimen, poniendo como ofrenda un cerro de nuevos muertos. La cosa no es tan fácil como se ve desde afuera, debidamente protegidos por la distancia.

Todorov lo resume así: “El terror, si es total, puede llegar a ser muy eficaz”. Los que aquí vivimos lo sabemos muy bien. Y los que están fuera confunden al ciudadano con el héroe epopéyico que tampoco ellos son.

Leyendo a James Hillman (Tipos de poder) se llega rápidamente a la conclusión de que el poder es capacidad de hacer. Su uso indebido, el ejercicio del poder sin virtud, permite que su titular allane derechos de los otros y sojuzgue a los demás, buscando una eficiencia que, de lograrse, puede ser muy peligrosa. Imaginemos solamente lo que puede ocurrir si el poder totalitario fuese capaz de alimentarnos a todos mediante las cajas CLAP, o ejercer ese biocontrol que pretende en tiempos de pandemia. Que no lo logre es una gran noticia. Así como la falta crónica de poder de las oposiciones es una constante maldición.

Las ineficiencias acaban con las pretensiones de mantener un poder sacrosanto. Todo poder tiene fisuras. Y en las experiencias totalitarias estas se plantean entre lo que dicen hacer y lo que efectivamente hacen. Entre la propaganda masiva que los sostienen y la disonancia que provocan cuando cada ciudadano cae en cuenta de que él no experimenta lo que le dicen que hacen. La realidad totalitaria es por eso desoladora.

Un líder inteligente se cebaría en las fisuras del totalitarismo y no en sus fortalezas, pero para eso debe tener primero una mejor capacidad diagnóstica.

Ahora bien, una cosa es observar un grado de ineficiencia relativo y creciente; y otra muy diferente que el poder resulte estéril y absolutamente inepto. Los venezolanos vivimos las dos versiones que se entreveran tanto en el régimen como en los que dicen oponérsele. El ecosistema de relaciones perversas es todas las cosas a la vez. Malo, muy malo para lo bueno, y bueno, muy bueno para lo malo. Recordemos a Max Weber cuando trataba de diferenciar el poder de la dominación, señalando que el primero se pretendía totalizante y arbitrario mientras que el segundo era enfocado y eficaz en lo que realmente quería conseguir. No pretendía ser omniabarcante, pero sí llegar a tener resultados en lo que se proponía. La dominación siempre es para lograr algo específico. Y aunque sea una frase de Perogrullo, lo cierto es que lo específico primero hay que especificarlo.

Aristóteles nos legó una aproximación a la eficiencia que puede resultar útil para comprender mejor por qué algunas demostraciones de poder son tan temerarias y por qué otros intentos resultan ser tan insustanciales. En sus textos dedicados a la física y a la metafísica trató de responder a la pregunta sobre las causas que posibilitan la acción. Y determinó que eran cuatro:

 La causa formal

La idea o principio arquetípico que rige un acontecimiento, porque para realizar algo primero tienes que imaginarlo.

 La causa material

La sustancia sobre la cual se trabaja y se produce el cambio. En política serían recursos (entre ellos el poder) y la sociedad (y por lo tanto la legitimidad o en su defecto la fuerza).

 La causa eficiente

Aquella que inicia un movimiento e inmediatamente propicia el cambio. John Locke asociaba esta causa a la voluntad manifiesta del líder que si quiere es capaz de iniciar, dirigir y detener acciones. Y la última que llamó…

La causa final

El propósito para el que dicho acontecimiento fue proyectado.

Si el ejemplo fuera lo que necesita Venezuela para superar esta debacle, lo ideal sería un propósito político en donde todos los “qué” aristotélicos estén debidamente integrados hasta lograr la alineación perfecta en la que un líder (causa eficiente) provoque la movilización de la sociedad y la comunidad internacional (causa material) logrando la destrucción del ecosistema criminal y totalitario que nos rige con el propósito de lograr nuestra liberación (causa final) teniendo presente como modelo una república de libertades y derechos que esté enfocada en lograr la prosperidad de todos a través de la realización de sus proyectos de vida (causa ideal). Sin embargo, hasta ahora no ha sido posible.

Y no ha sido posible por varias razones. La primera razón porque los liderazgos que hemos tenido en cada una de las etapas de la oposición se han desgastado entre la sinrazón y el despropósito.

Ninguno de ellos ha pasado la prueba del poder útil. Todos ellos han caído víctimas de la vanidad y de sus propios intereses. Han carecido de sabiduría, fortaleza y templanza, por lo que cada uno de ellos ha terminado siendo su propia mascarada. Todos han decepcionado en la misma medida que no se han propuesto servir a la causa sino el maximizar sus propios beneficios. Tampoco han sido cautos y reflexivos para diagnosticar el totalitarismo que debían enfrentar, y por eso finalmente fueron digeridos por el ecosistema que decían combatir.

La segunda razón es que nunca han podido superar positivamente la relación costo eficiencia en ninguna de las iniciativas que nos han propuesto. Apliquemos la fórmula física que determina que la potencia útil es igual a la energía aplicada a una iniciativa descontando la fricción (los obstáculos y dificultades). Esta ecuación nos permite comprender que, por mantener obsesivamente un déficit en el sentido de realidad, nunca hemos contado con una iniciativa capaz al menos de mover determinantemente la composición de fuerzas. Mucho ruido y pocas nueces podría llegar a ser el epitafio a la política de esta época. 

Poco foco, mucha dispersión, múltiples agendas, una capacidad infinita para sabotear el propósito, las delaciones sistemáticas, la presencia de infiltrados y la credibilidad puesta en agentes que trabajan para el bando contrario, han transformado en imposibilidad cualquier opción propuesta.

La fricción no es tanto la que provoca el régimen como la que propicia “el fuego amigo” que en realidad es enemigo infiltrado y convalidado por la candidez de las mayorías.

La verdad es que cuando hemos logrado definir y controlar la causa material de la lucha política, esta se ha dilapidado irresponsablemente. Si hubiese sido una roca de mármol, nunca hubiéramos logrado con ella una estatua con un mínimo de belleza. Malos diseños, pésimos cálculos, improvisaciones seriales, avances temerarios seguidos de retrocesos patéticos, la perversidad como parte de un supuesto ingenio político (la célebre viveza criolla) y la desgraciada inequidad en la división de los costos sociales, son un inventario incompleto de las razones por las que ahora no hay potencia útil que sea posible instrumentar en el corto plazo.

La tercera razón tiene que ver con la traición sistemática al propósito convenido. La experiencia del interinato, y su bamboleo constante, la incapacidad para mantener el curso estratégico, las ocurrencias seriales, las negociaciones al margen y el parecer tan vulnerables a las presiones y la corrupción políticas, nos dejan sin tener la posibilidad de contar con una causa final que nos permita saber que hay una ruta.

Ellos, que definieron el mantra y que lo vendieron a las primeras de cambio al mejor postor, al final nos han demostrado por todos los medios posibles que lo que decían que era, realmente no era. Porque al final se han convertido en su propio objetivo, en su propia razón de ser, donde pesa mucho más la expectativa de extender su mandato y mantener a toda costa el gobierno. Todo se trata de discriminar la realidad de la apariencia, y que no sigan vendiendo humo. Esa es una tarea pendiente.  

La cuarta razón es la ambigüedad del ideal. Entre otras cosas no hay tracción porque “no hay tierra prometida”. Muchos libros gruesos llamados planes, mucha prepotencia protoministerial, muchos preenchufados pero ninguna narrativa que enganche y entusiasme a la sociedad. Ninguna imagen. Ninguna propuesta por la que valga la pena luchar. Nada genuino, y tampoco un enunciado honesto de verdad sobre los costos en los que hay que incurrir. Son sus propios enemigos en términos de su marketing político.

La política ha intentado vender por todos los medios que es posible hacer la estatua perfecta sin dar un solo martillazo a la roca de mármol. Y eso, ya lo sabemos, es imposible, peor aun, es una gran estafa. Porque en las conversaciones íntimas que se dan entre los políticos siniestros hablan y desean que haya mortandad, que la gente salga a la calle para que las maten y las repriman, porque así ellos pueden hacer algo, y demostrar que lo que cobran lo valen. Ellos saben los costos, pero prefieren mentir al respecto porque aspiran a la negociación perfecta que tiene que ver con la ganancia política que provoca una oleada de represión. Hasta ahora esta jugada ha resultado imposible de instrumentar por el descrédito que cargan encima y por el terror totalitario que ejerce el ecosistema criminal.

Por la alineación perfecta de estas cuatro razones, un liderazgo desgastado en sus propias vanidades, el exceso de tracción que afecta definitivamente la potencia útil de la política, la traición sistemática al propósito convenido, y la ambigüedad persistente sobre el ideal, es que no obtenemos resultados en la lucha política. ¿Qué es lo que hay que renovar con urgencia? Aristóteles diría que hay que sustituir la causa eficiente promoviendo un nuevo liderazgo, que sepa responder por el bien de qué o de quienes se van a ejecutar las acciones en el porvenir. El liderazgo actual ya no puede ser la causa eficiente de nada.

Nietzsche diría que, para lograr un equilibrio perfecto entre utilidad, poder, eficiencia y transformación se requiere primero superar la indulgencia del statu quo con la perversidad y el fraude político. A nuestros efectos, hay que desterrar de la política “la costra nostra”. Segundo, dejar fuera del cálculo político la terrible impaciencia, que se traduce en una infamante codicia de resultados, aunque sean malos. Tercero, moderar al menos el deseo de poder sectario del que se sirven las élites para dejar fuera cualquier otra opción por buena que parezca, si esa opción pone en peligro su posición. Esto en términos prácticos significaría desalojar al G4 de la dirección política. Cuarto, dejar fuera el fanatismo que muta en sistemas de exclusión y muerte.

El poder es impotente si se aleja de la virtud, porque el poder no existe sin alguien que esté dispuesto a ejercerlo, esperemos que con propósito altruista.

Hasta ahora el abismo entre los líderes y las virtudes han transformado todo esfuerzo en algo inútil pero crecientemente costoso.

Tzvetan Todorov insiste en lograr armonizar una mezcla de liderazgo trascendental, que debería investir a los dirigentes, con la épica cotidiana de los individuos normales, que hacen lo debido para resistir y sobrevivir estas oscuras épocas totalitarias. No les puedes pedir a los ciudadanos normales que lleven adelante una epopeya trascendental, pero tampoco se debería tolerar un liderazgo sin capacidad de coraje y de tomar riesgos. Cada uno debería hacer lo suyo.

Si hubiera líderes comprometidos con ideales seguramente podrían dirigir y encauzar ese esfuerzo que cada uno de nosotros hace todos los días. Si esos líderes practicaran una moral de interrogaciones y todos los días se preguntaran ¿cómo hacemos para interrumpir el mal? rápidamente caerían en cuenta de que deben enfrentar un ecosistema perverso que encarna ese mal, y al cual deben renunciar con toda la fuerza de sus convicciones y combatir con todas las armas que estén a su disposición. Si no lo asumen como una lucha existencial, como sistemáticamente lo plantea Flor Izcaray, nunca producirán resultados. Interrumpir el mal que se expresa en el ecosistema criminal debería ser la consigna unívoca. Solamente así superaremos esta impotencia del tiempo perdido.

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Casitas de muñecas, por Víctor Maldonado C.

@vjmc

Los sistemas políticos tienen sus instituciones. Las democracias se encarnan en un conjunto de mediadores, de instancias intermedias que compiten para expresar lo mejor posible la voluntad de los ciudadanos. De todas ellas, las instituciones partidistas son las más determinantes porque aspiran al poder y pretenden imponer la implantación de ideales con objetivo político.

Los partidos políticos ofrecen a su feligresía cargos, acceso privilegiado a los centros donde se toman las decisiones, y también un ideal de sociedad por la que se comprometen a luchar.

Max Weber, al desarrollar su prominente Sociología del Estado, señala que la política es una empresa de los interesados. ¿A qué se refiere? A que la dedicación política es de tiempo completo, lo que deja fuera a buena parte de los ciudadanos cuyo deber cívico se limita a identificar cuál de las opciones partidistas representa mejor sus intereses. Solo una minoría, sostiene Weber, están interesados en la participación en el poder político, y son ellos los que crean, mediante reclutamiento voluntario, un séquito, un grupo de adherentes; se presentan ellos mismos o sus patrocinantes como candidatos electorales, reúnen dinero, y salen en busca de votos.

Los partidos políticos solamente tienen sentido en ambientes democráticos con condiciones de marco suficientemente sólidas como para que tenga sentido la competencia por el poder y representación, que nunca debería ser para el unanimismo, sino para lograr una mayoría que permita el intento de gobernar. En el transcurso son muchas las negociaciones que se deben acometer, y muchos los sapos que se deben tragar.

Pero tenemos un problema a la vista. En condiciones de franco deterioro democrático, o cuando las tiranías ejercen el poder totalitariamente hasta transformarse en un ecosistema criminal, el papel de los partidos se desdibuja hasta hacerse espectral.

Porque sin elecciones no hay una ruta legítima para la toma del poder. Y el esfuerzo consiste entonces en hacer todo lo posible para restaurar las condiciones democráticas. ¿Cómo se logra eso?

También Weber diría que a una organización solamente se le puede enfrentar con otra organización. Es iluso pensar que a un ecosistema narco criminal se le pueda vencer desde el diletantismo o el heroísmo personal. Nada más lejos que esa posibilidad. Por lo tanto, un político responsable tiene que valerse de una unidad social que, de manera continua y sistemática, sea capaz de producir resultados. O sea, no hay ninguna probabilidad de éxito para un político que no cuente con el respaldo de un partido. ¿Cuál es el producto de la acción política? ¿Cuáles son sus condiciones?

El producto de la empresa política, en el caso venezolano, es lograr un cuarteto de condiciones que permitan salir del atolladero totalitario: un partido político debe producir líderes con poder que sean capaces de decidir estrategias, que se transformen rápidamente en resultados. Hay una paradoja que debemos revisar: para alcanzar el poder necesitas acumular poder. ¿Cómo se acumula poder? Tiene que ver con atractivo, credibilidad, principios y trayectoria. Como ocurre en otros casos, un político tendrá poder en la misma medida que la gente reconozca que su papel puede ser determinante en la ocurrencia de un hecho político. Suena como el perro que se muerde la cola. Pero la verdad es que el poder trae más poder, y probablemente debamos reconocer que el principio de todo poder son los resultados.

Cuando los políticos viven y luchan en ambientes democráticos el principal resultado es ganar elecciones, o perderlas. Pero ¿qué resultados se pueden demostrar en ausencia de elecciones? La evidencia es mucho más compleja, y requiere que se haga más evidente lo que en otra situación se da por descontado. 

El político venezolano que trabaja en condiciones tan adversas tiene que ingeniárselas para tener impacto en la gente e influencia en la determinación de los resultados.

Y ambas cosas se retroalimentan mutuamente, por lo tanto, debe demostrarlas constantemente.

En el caso de los políticos el poder también es la capacidad para movilizar los recursos que necesita con el fin de lograr sus objetivos. Es muy importante diferenciar liderazgo de poder. Puedes ser muy popular y también muy incapaz. Puedes sumar simpatías, y sin embargo no tener capacidad alguna para transformar la realidad a tu favor. Una de las tragedias de la situación venezolana es que se privilegia la simpatía a la eficacia. Es lo que he llamado en otros artículos “la erotización del poder”.

En ambientes totalitarios el objetivo debe ser construir organizaciones políticas fuertes y vigorosas, con capacidad de contraste en la exhibición y defensa de sus ideas y propuestas, y también en su capacidad de realización. Analizar la taxonomía de los partidos venezolanos nos muestra que, en la mayor parte de los casos, no se cumplen las mínimas condiciones para conferir el estatus de organización a buena parte de ellos. Vamos a estar claros, son cascarones vacíos, actas constitutivas que se llevan bajo el brazo, sin liderazgo, sin poder, sin militancia, sin ideales, y sin eficacia.

Una organización política no es una casita de muñecas en la que aspirantes a políticos juegan con sus monigotes.

Un político serio y consistente es capaz de edificar instituciones, y en eso pone en juego su liderazgo. No compra un “sultanato político”, no exige prebendas ni privilegios fundacionales, no simula una trama organizacional.

Estatuye un partido, convoca a sus militantes, diseña los niveles estratégicos, respeta sus instancias deliberantes, valora y se somete a las decisiones tomadas, y a las instancias donde se deciden, usa los canales oficiales para comunicar a los diferentes niveles de su organización, reconoce y se vale de los mecanismos de retroalimentación y feedback, y al final no se permite la tentación de la soberbia, que entre otras cosas transforma al partido en el altavoz del líder, sino que asume el rol de ser el vocero del partido, de sus decisiones, de sus deliberaciones y de sus aspiraciones. Claro que para eso el político debe contar con un partido de verdad.

En ese juego constante de compensaciones mutuas que se dan entre la organización del partido y su líder principal, hay más de una tentación. El permitir la adulación como sistema preferencial de acceso; el crear clanes, grupos de amigos, y accesos privilegiados para la toma de decisiones, que comprometen al partido, pero que se toman fuera del partido. El desborde de las atribuciones de los grupos cercanos, y el manejo de los recursos, sin presupuesto, sin rendición efectiva de cuentas, y usándolos como mecanismo de coerción y veto de los que no se someten. Un buen líder no tiene problema alguno en respetar la institución y en entender que solo mediante un buen desempeño institucional podrá hacer la diferencia.

Los líderes políticos suelen ser ocurrentes. Se endiosan y creen que todo lo que se les pasa por la cabeza puede ser posible. Creen que deben producir una nueva idea todos los días, y por esa razón son sus principales enemigos de la lógica estratégica. Sus cercanos adulan y refuerzan esa distorsión de la realidad. Por más rocambolesca que sea una de esas ideas, los adulantes se revientan los sesos para conseguirle algún atributo positivo. Se constituye una corte que evita por todos los medios cualquier señalamiento disidente. Y se establece una moral de conveniencias, en la que lo único importante es que todos se sientan a gusto. Así, poco a poco, se van creando las condiciones para “el cesarismo autoritario”. La casita de muñecas está lista para jugar a la política.

Los partidos no son clubes de fans. O por lo menos, no deberían serlo. Nada más patético que una organización erotizada. Suelen ser peligrosas y más temprano que tarde, fuente de fiascos. En los partidos bien organizados hay normas, roles y sistemas de autoridad que se respetan. Cuando son verdaderamente democráticos (y esto no tiene que ver necesariamente con la cualidad del ambiente) tienen rituales de renovación de sus autoridades, y por supuesto, mecanismos de rendición de cuentas. Un dato: así como los líderes manejan sus partidos, de la misma forma pretenderán dirigir el gobierno, de tener oportunidad.

El caso venezolano es muy aleccionador. Los partidos no renuevan sus autoridades. No rinden cuentas. No suelen tener tolerancia democrática interna. Sus líderes son la primera y última palabra de todo lo que hacen.

Todos rinden un indebido culto a la personalidad, y toleran los equívocos de sus liderazgos a costa, incluso, de la suerte del país. Venezuela está sumida en un abismo del que no puede salir porque, entre otras cosas, vivimos y sufrimos una desgraciada guerra entre caudillos insensatos que han monopolizado los recursos del poder y cierran cualquier posibilidad a una opción distinta. Por más de una razón los ciudadanos se sienten abandonados y huérfanos de cualquier representación. La oferta política es irresponsable y demagógica. Nadie da explicaciones de por qué resulta ser así. Claro que tienen de su parte la excusa de vivir una época extrema.

Un partido político es más que un color y un lema. Es una organización, o por el contrario es nada más que una ficción de la que se valen algunos en el vano intento de tomar el poder. Porque vamos a estar claros, un político puede tener su casita de muñecas, pero con ficciones no se construyen realidades estables. Gobernar un país es cosa de muchos que se articulan. El peor pecado es el diletantismo. Y los partidos, entre otras cosas, proveen los cuadros con quienes armar rápidamente una estructura de gobierno. Los totalitarios siempre son un fiasco, entre otras cosas porque no se puede concentrar todo el poder sin llegar a corromperse y sin destrozar una época.

Quiero terminar citando al profesor Hugo Bravo (@HBravoJ): “El verdadero liderazgo se reconoce porque tiene claridad estratégica, capacidad para ejecutar y sobre todo entrega resultados. Es humilde para oír y corregir, tiene el coraje tanto para decir y honrar la verdad, como para sortear los avatares en la consecución de sus objetivos. El liderazgo es un proceso de ejemplo y persuasión, y será tan bueno como sea la calidad del que pretende liderar, como la de aquel que es liderado. No hay buenos líderes sin buenos seguidores, el trabajo se hace en equipo, y de acuerdo con los valores compartidos y vividos por todos”.

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Aturdidos y desilusionados, por Víctor Maldonado C.

“Cuando los hombres se quedan enjutos se ponen fuertes, como el acero”. Yerma, de Federico García Lorca

@vjmc

Son demasiados años. En algún momento perdimos la inocencia, y nos llenamos de presentimientos. Algunos lo intuyeron más temprano, y tomaron la decisión que más les convino. Otros apostaron y se quedaron tratando de descifrar a favor el acertijo del creciente totalitarismo. En este largo camino nunca nos acompañó la verdad. Los venezolanos hemos sido defraudados una y otra vez, hasta llegar a este aturdimiento que nos evita el pensar con claridad. Vivimos la época de las alucinaciones. Lo que creemos verdad es parte de un sistema de mentiras que nos asfixia.

En tal estado de conmoción es difícil pensar. O, mejor dicho, es difícil fijar la atención en algo que sea más trascendente que la propia supervivencia. Algo más metafísico que no enfermarse aun cuando se viva en condiciones donde todo conspira contra la salud.

¿Quién va a pensar en términos de polis cuando el que está al lado tiene que hacer todo lo posible para no claudicar?

Crecemos al revés, nos disminuimos con el paso del tiempo, a pesar de ser más los que estamos de acuerdo en que la batalla hay que darla alguna vez.

¿Pero quién garantiza que la batalla sea la última, y que de ganarla podamos salir de una trama que va más allá de sus actuales intérpretes? ¿Tenemos alternativa? ¿Son los otros el contraste que necesitamos? Nuestro principal adversario es la confusión y la propensión a las tinieblas. Solo aquí pensamos que los perversos pueden ser objeto de conversión radical. Solo nosotros les damos el beneficio de la duda a esta maraña de acuerdos implícitos que los hace a todos protagonistas de nuestro mal. El mal es estructural porque no tiene centro. Es un sistema de relaciones en donde todos se convalidan. Ellos creen que uno es la absolución del otro, pero no es verdad. Cada uno es la sentencia condenatoria del otro.

La gran consigna de la alcahuetería nacional es que “no todos son iguales”. Nunca hay dos que sean iguales. Están los que son responsables de la mala acción, pero en conjugación perfecta con los que desde la omisión permisiva respaldan la trama. Los que les dan soporte institucional porque se quedan en las instituciones que se han perdido en el camino de las confabulaciones.

A estas alturas, la omisión es tan criminal como quien actúa ominosamente.

No hay espectáculo que no tenga quien aplauda en el auditorio, y sin que detrás del escenario no maneje las tramoyas. Al final, el espectáculo del saqueo de los recursos del país y la servidumbre de los venezolanos es el resultado de una fuerza que se impone al resto. En eso consiste el régimen de facto.

No hemos salido de la opresión porque nuestros líderes, los que hemos tenido, han sido incapaces de tirar por la borda la pesada carga de compromisos que han entretejido con los suyos. Al final todos se han corrompido. Unos han perdido la integridad en el bolsillo. Otros han padecido la irreversible descomposición del carácter. A los efectos, el resultado es el mismo. Si fue ambición desmedida, concupiscencia extrema o el descontrol de la soberbia, da lo mismo, porque todos han caído en la tentación de la complicidad con el abismo. No hay heroísmo en toda esta simulación de la lucha. Solo esa esterilidad de la que todos sufren. Ninguno es capaz de hacer otra cosa que caminar en círculos alrededor de falsas soluciones.

Negar nuestra libertad es trabajar para la mentira. La mentira es una configuración del mal, tal vez la peor de todas. Es una entidad que poco a poco se ha impuesto hasta negarnos cualquier posibilidad de mantener invicta nuestra dignidad humana. Se nos niega la capacidad de esforzarnos en obtener lo que queremos para nosotros mismos. Se nos abate hasta sentir a plenitud la fuerza de los hechos que nos confina y nos limita al dolor cotidiano de no poder ser más que este esfuerzo titánico para mantener la cordura. Los que transan los tiempos de nuestra liberación son los operadores del mal.

La verdad es compleja, y escurridiza. Tratar de reducirla a una versión particularmente conveniente la transforma en un fraude argumental. Esa fue la tentación en la que cayó la directiva de la Conferencia Episcopal Venezolana en su última declaración.

Convocarnos al martirio inútil, pedir nuestra capitulación ante el altar de la idolatría electoralista, es hacer apología al mal. El mal también es futilidad. Es el pecado del falso testimonio. Es el desliz de creer que el hombre y su derecho natural a ser libre puede sobrevivir sin esperanza.

Todos tienen su versión. Ninguna de ellas es una convocatoria para la liberación. Somos un pueblo deslumbrado por las tinieblas, dirigidos por ciegos a ultranza. ¡Hay que esperar! dicen. ¿Esperar qué? ¿Después de veinte años tenemos que seguir esperando? ¿Y si hacemos un corte en este momento y hacemos un balance de responsabilidades? Aun en medio de tantas confusiones inducidas, una cosa deberíamos tener clara: veinte años con los mismos cometiendo los mismos exabruptos. ¿Eso no es acaso una señal de que deberíamos cambiar?

¿No les parece a ustedes que este circo ha tenido la impudicia de mantener el mismo reparto a pesar de la creciente desfachatez que demuestran todos?

Llevamos veinte años sin que haya alguien que tenga capacidad para hacer que las cosas pasen. Veinte años que han visto morir a muchos. Veinte años en los que son muchos los que se han ido, y muchos los que han desertado. Veinte años es mucha experiencia vital tirada a pérdida tratando de salir de este foso que con el tiempo se hace más profundo. Veinte años en los que nos han despojado de todo, y nos hemos acostumbrado a todo. Pero algunos seguimos creyendo que vale la pena ser libres. A algunos solamente nos quedan esos maltrechos jirones de esperanza.

Nuestros líderes están reñidos con la libertad. No la quieren para ellos. No la quieren para nosotros. El catecismo de la Iglesia católica define la libertad como “…el poder radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad.”

Luego de veinte años hay que hacer saldos. Son ellos los que han sustituido las razones por las conveniencias. Han renunciado a la estrategia para refugiarse en la falsa táctica de mantenernos movilizados para ir a ningún lado. Les falta robustez en la voluntad. Son estériles y baldíos. Sus deseos no empreñan, son “hombres de simiente podrida que encharcan la alegría de los campos” (Lorca). Les falta discernimiento para decidir con coraje lo debido. Prefieren traicionar a todo el país antes que renunciar al compadrazgo. Eso los convierte en crueles cancerberos, trabajando para un dios del que supuestamente abjuran, pero al que le rinden pleitesía. Ninguno de ellos puede mirarnos a los ojos y decir que nos ha cumplido.

No podemos lograr nuestra liberación si estamos conducidos por esclavos que reniegan de su propia condición de hombres libres. Los esclavos solo nos pueden guiar a más servidumbre. Juan Pablo II, papa y santo, en su encíclica El esplendor de la verdad nos da las claves: “…la libertad […] es el orden del espíritu, de la aprehensión inteligente, la reflexión racional y la voluntad orientada moralmente.”

Ninguna de las condiciones está presente. Por eso vivimos el fracaso tan contundente en cualquier intento de “posibilitar la convivencia y el crecimiento de toda una sociedad sana, próspera y en paz”. No son lo suficientemente libres para eso. Las conveniencias pequeñas, y los afanes propios de la soberbia son el ruido y el obstáculo que les impide realizar lo que han ofrecido. Pero, luego de veinte años, ya no quieren. Ellos ya han sido domesticados por el mal. Ellos perdieron su lucha existencial; y ahora quieren que todos la perdamos con ellos.  

El principal desafío de los ciudadanos es superar la oscuridad, cayendo en cuenta de que no podemos ser seguidores de los cómplices del mal. Que hacerlo nos hace incurrir en una falsa compasión con quienes no son de nuestro bando. Comencemos a romper con la red de nutrientes que hace prosperar a la mentira. Menos aplausos. Menos complicidades. Menos endosos automáticos, menos endiosamientos, y más interrogantes. Dudar es la consigna. Desconfiar es el método. Solamente así, sumaremos fuerza.

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Víctor Maldonado C. Ago 03, 2020 | Actualizado hace 3 meses
Camino de Oz, Víctor Maldonado C.

En El Mago de Oz “La niña estaba perdida, lejos de su hogar… Ya sabemos que el camino era largo, tortuoso y lleno de peripecias e incertidumbres. ¿Cuán largo era?”. Foto Lisa Runnels en Pixabay

@vjmc

Recientemente tuve una conversación con el buen amigo psiquiatra y antropólogo Luis José Uzcátegui. Hablábamos de la epidemia de desconfianza, la ausencia pertinaz de esa virtud cívica que nos transforma en seres solitarios y suspicaces. ¿Confiar en quién? ¿Confiar, por qué? fueron inmediatamente los temas de reflexión a los que derivamos. Yo me quedé pensando el tema, y de repente me vino una imagen, la vieja película El Mago de Oz, que data de 1939, hace ochenta y un años.

Confiar es “hacernos vulnerables” a los otros. Pero eso requiere lo que Weber llamaba “racionalidad”. Dicho de otra forma, para confiar hay que ser mutuamente predecibles, esa capacidad de cálculo que permite otorgarle probabilidad a la ocurrencia de una conducta, habiendo conjugado medios disponibles con finalidades que se consideran valiosas, en los márgenes no solo de lo probable, sino también de lo aceptable.

Lo que pasa en Venezuela es que no se puede confiar en nadie en la misma medida en que se hace imposible superar la trama de arbitrariedades que son propias de los regímenes totalitarios, y de las sociedades despojadas de todos los derechos y garantías, reducidas por lo tanto a una lucha por la sobrevivencia que al final todos saben que la van a perder.

Es cuestión de tiempo cuando todo se desvanece en el precario y fugaz imperio de las ganas.

En estas circunstancias, confiar es un riesgo que supera todas las probabilidades, porque en ausencia de esa racionalidad toda relación se envilece. ¿En quién vas a confiar? ¿Cuáles son las razones para hacerlo?

Ocurre que el venezolano está devastado en su disposición de confiar. Llevamos veinte años experimentando el sinsabor del que se siente engañado, defraudado, abusado en su buena fe. En la corta, pero intensa conversación, tanto Luis José como yo, tratábamos de hacer un inventario de las razones, pero dejábamos entrever nuestra preocupación porque la gente se siente demasiado lejos de un liderazgo que no les ha dado la talla. Las razones que están vigentes son para la desconfianza.

Experimentamos la desolación. No hay ruta, ni hay un Dios que camine delante de nosotros para guiarnos. No hay, no vemos, no sentimos ese vínculo providencial que “de día en una columna de nubes nos acompaña; de noche en una columna de fuego permanece para alumbrarnos” (Éxodo 13,22). Existe, y con razón, una sensación de abandono y de detención. No hay guías, tampoco camino.

La confianza hay que restaurarla, pero eso requiere que busquemos rápidamente aquel que en medio de los otros merezca ser el ungido. Para eso es necesario que se reensamblen en una sola persona tres características del liderazgo virtuoso:

1. la habilidad para comunicar y hacer lo que se debe hacer,

2. la benevolencia para compartir los pesares del camino sin desfallecer y sin cesar en las exigencias de seguir avanzando, y

3. la integridad para afianzarse en la verdad.

Eso que Aristóteles llamaba el logos, el pathos y el ethos. Si no se conjugan los tres, algo comienza a fallar hasta que la relación deja de tener sentido. Porque no hay que olvidar que la confianza es un vínculo que se debe cultivar y cuidar. No se puede dar por descontado. Tampoco se da por añadidura.

El Mago de Oz es un cuento infantil escrito por L. Frank Baum. En él se narran las peripecias de Dorothy, su perrito Toto, y tres compañeros de ruta, el espantapájaros carente de cerebro, el leñador de hojalata que no tenía un corazón, y el león cobarde falto de valor. La niña estaba perdida, lejos de su hogar, y su mascota era su único vínculo con sus querencias, a las que quería volver.

Todos los personajes se presentan como seres carentes y dependientes. Las circunstancias, entre otras cosas uno de esos tornados tan propios del medio oeste norteamericano, habían detonado un encuentro fortuito y una necesidad común. Ir hasta La Ciudad Esmeralda, donde regía un mago poderoso que podía resolver a favor lo que cada uno anhelaba para sí. Llegar no era fácil, pero Glinda, el hada buena del norte, le había dado los zapatos mágicos de rubí, y el dato de la ruta que debía recorrer: seguir el sendero de las baldosas amarillas.

Ya sabemos que el camino era largo, tortuoso y lleno de peripecias e incertidumbres. ¿Cuán largo era? ¿Qué obstáculos debían superar? ¿Qué iba a intentar la maléfica bruja del oeste? ¿Cómo iban a reaccionar los miembros del equipo? Y al final, ¿iban a conseguir lo que cada uno anhelaba?

Entre ellos acumulaban eso que se llama inteligencia emocional. Una buena capacidad para complementarse desde sus carencias (lo que uno no podía ser o hacer, tenía que esperarlo de los otros, en eso consiste la confianza), un buen desempeño ante las amenazas y las crisis que debieron afrontar, y entre todos, una apuesta a la perseverancia a pesar de las flaquezas y las dudas.

En el camino se fueron demostrando que eran capaces de calcular, idear estrategias, ser solidarios, apreciar a los otros, tener emociones, y demostrar valentía.

El espantapájaros no necesitaba cerebro porque pensaba, el leñador era capaz de tener sentimientos y actuar conforme a ellos, a pesar de no tener corazón, y el león había sido valiente y no había huido ante las amenazas porque tenía coraje. Fueron las circunstancias y las sinergias del equipo las que hicieron el milagro. En el cuento Dorothy es la líder que suma, invita al recorrer juntos, no desprecia a nadie, e insufla esperanza. Por eso era confiable, a pesar de que ofrecía una expectativa casi irrealizable. Y Toto siempre fue un perrito inquieto, que no se dejaba atrapar, un maestro de las evasiones, y un emblema de la lealtad. Siempre volvía a donde estaba su dueña.

El mago de Oz era un impostor. Todos le temían. Era para la ciudad la razón aparente, el quicio del orden social y la prosperidad de todos. Pero no era más que una puesta en escena de fuegos fatuos, sonidos rimbombantes y esa distancia mayestática que lo tornaba misterioso y todopoderoso. Sin embargo, era un viejito que había llegado hasta la ciudad porque era incapaz de manejar apropiadamente su globo aerostático. Y así como llegó se fue, sin poder devolver a Dorothy a su amada Kansas.

Las brujas malvadas tampoco eran tan poderosas como se asumían. Una de ellas murió aplastada por la casa de Dorothy cuando dando vueltas gracias al tornado aterrizó violentamente en un costado de Munchkinland, una ciudad de hombres muy pequeños. La otra, cuando quiso quemar al espantapájaros, desapareció ante el primer tobo de agua que la niña del cuento le echó sin querer.

El mal es sobredimensionado por nuestros propios temores. Eso no deberíamos olvidarlo nunca.

¿De qué se trata entonces? De confiar, sin esa prepotencia de los predestinados, sin los obstáculos de la adulancia, sin la duda que detiene, ni el excesivo análisis que paraliza. Hay que convocar al recorrido, tal vez sin conocerlo todo, pero teniendo un plan compartido, pretendiendo la buena fe de todos, eso sí, discriminando al que es compañero de ruta de los que son las brujas que entorpecen. En esa diferenciación reposa la virtud de la prudencia. Ser confiables es no errar al elegir a los que son amigos de los obvios adversarios.

Para confiar hay que recuperar la sensatez que siempre tuvo el espantapájaros, la compasión que nunca dejó de tener el hombre de hojalata, y el coraje que siempre tuvo el león “cobarde”. Juntos, ratificándonos mutuamente, podemos vencer esa sensación de impotencia que a veces nos aflige. Entre todos podemos demostrarnos que hasta las cosas más increíbles son posibles, teniendo presente que Dios es el guía de nuestros días y la lumbre de nuestras noches más oscuras, hasta que podamos recuperar ese hogar que damos por perdido: un país que mane libertad y prosperidad.

Que nada nos turbe.

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Política, poder, y realidad, por Víctor Maldonado C.

Ruinas de Maracaibo. Foto David Mark en Pixabay

@vjmc 

Comencemos por enunciar la tesis de este artículo: en un país devastado institucionalmente la política, el liderazgo, el poder y la realidad no confluyen necesariamente por el mismo cauce, ni hacen sinergia. Todo lo contrario, lucen a veces ausentes, pero siempre descoyuntadas, disociadas, y en algunos casos con definiciones y cursos de acción mutuamente excluyentes.

Si no estamos lo suficientemente claros sobre la situación política, si no hacemos una precisa composición de lugar, vivimos la paradoja y por lo tanto, no entendemos los porqués, no logramos atinar sobre las razones por las que es imposible salir de este atolladero, y a por qué cometemos la tontería de seguir cavando el foso aunque nuestro deseo sea salir del hueco.

Hay realidades que necesitan precisiones conceptuales. La política es una de ellas. Comprender esta situación paradójica requiere que partamos de algunos conceptos básicos.

 Comencemos por la política

Sin política el hombre se reduce a ser el depredador de sus semejantes, en una guerra sin fin que recude la vida a la miseria más abyecta. Manuel García Pelayo diría que “es vida humana objetivada”, producto de los esfuerzos de la civilización para superar las relaciones violentas por el uso indiscriminado de la fuerza.

Es una creación humana que sirve para arbitrar la convivencia entre los que son diferentes. Y forma parte de una articulación compleja, racional y lógica, de carácter sociocultural, por la cual se generan las condiciones de marco para alcanzar buena parte de los ideales del hombre.

¿Cuáles ideales? “El arte que trata de alcanzar la belleza, la ciencia en cuanto trata de alcanzar la verdad, el derecho en cuanto trata de alcanzar la justicia, la ética en cuanto trata de realizar el bien, la economía en cuanto pretende alcanzar lo útil, la religión en tanto pretende alcanzar la santidad”. La política es el encuadre y el contexto de los proyectos que asumen los hombres, entendiendo que para lograrlos requieren de unas mínimas condiciones que reglen la convivencia.

Hannah Arendt lo plantea así: “La política es imprescindible para la vida humana, tanto individual como socialmente. La misión y el fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio. Es ella quien hace posible al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines”.

Pero el concepto queda incompleto si no le agregamos otra categoría adicional. La política es una realidad social. Es un complejo de relaciones entre los hombres, que se desarrollan dentro de ciertas formas de carácter permanente a las que llamamos instituciones, y mediante determinados sistemas de la acción colectiva. Sin embargo, lo importante es que la política como realidad social es un esfuerzo precario que solamente se mantiene a través de las decisiones prudentes y acciones sensatas de los individuos.

No hay política sin políticos, y sin ciudadanos que sean sus contrapartes activas. La política es un hacer constante, expresado en una serie de decisiones y de actos que son asumidos y encarados por las personas.

El interés totalitario es devastar esta realidad social, acabando con la dinámica de la ciudadanía y decantando a los políticos.

A los primeros los degrada a condiciones de lucha por la más elemental sobrevivencia. A los segundos los invalida cuando transforma el rol en una inutilidad a los efectos del cambio deseado. Por eso los políticos terminan siendo en estos casos complacientes capataces de una realidad inescapable.

García Pelayo cierra diciendo que la política es “un proceso integrador de una pluralidad de hombres y de esfuerzos en una unidad de poder y de resultados, capaz de asegurar la convivencia pacífica hacia lo interno, y la existencia autónoma en relación con el exterior”. Y aquí formulamos la primera de varias interrogantes, ¿puede existir la política sin unidad de poder y sin resultados, sin políticos y sin ciudadanos? ¿Puede existir la política en ambiente signado por la antipolítica, o sea, determinado por la violencia, en ausencia de instituciones, sin las organizaciones que canalizan la acción colectiva?

El totalitarismo del siglo XXI, el sistema perverso de relaciones perversas que nos niega la condición de contrapartes habilitados, en esa misma medida reniega de la política.

El sentido de la política es la libertad, por lo tanto, un sistema de represión ilimitado, que ha desahuciado cualquier apelación a derechos y garantías, y trastocado todo acuerdo o relación social para asumirlos solamente como parodia, no puede proveer las condiciones mínimas para que se viva la política como vida humana objetivada.

Nosotros somos una ficción de ciudadanos. Lo somos, porque ni tenemos derechos reconocidos, ni podemos exigirlos a nadie. Los que aquí vivimos sabemos que dependemos de los mendrugos de una colosal operación de saqueo, y de la supuesta necesidad que todavía tiene el régimen de mantener las apariencias. Sin embargo, sabemos que de vidrieras, formas y propaganda conocen bastante los que necesitan ocultar la realidad.

La política no sobrevive sin apego a la verdad, sin estética y búsqueda afanosa de la belleza, sin preocupaciones éticas y sin el reconocimiento del ser humano como entidad trascendente.

En ausencia de política la vida y sus atributos humanos no tienen sentido. Tampoco el ejercicio del liderazgo, visto y asumido de la manera convencional. Por lo pronto, si esto es así, el papel crucial de los líderes no es otro que luchar hasta restaurar las condiciones para que haya política. Si no lo entienden, se vuelven triviales y anecdóticos. Contingentes y despreciables.

 Hablemos de liderazgo

Dankwart A. Rustow, en su estudio sobre liderismo, propone que el líder afortunado se basa en una congruencia latente entre las necesidades psíquicas del líder y las necesidades sociales de sus seguidores. A pesar de los excesos narcisistas de algunos políticos, lo cierto es que no hay líderes sin seguidores. Esa ligazón que ocurre entre ellos es compleja, y confluye en el acatamiento voluntario de las opciones que plantea el dirigente. Allí, el hábito, el interés y la devoción personal se conjugan para terminar legitimando aquello que ocurre.

La parte que no se cuenta es que, si bien es cierto se busca que no haya violencia, también lo es que no hay forma de liderazgo que excluya la coacción, que puede ser abiertamente extorsiva, pero que la mayoría de las veces transcurre por rumbos mucho más sutiles. Y aunque eso ocurra, cuando hay una relación carismática, los seguidores construyen una percepción sobre los alcances del líder que los ciega sobre sus verdaderas cualidades, y los medios que usan para lograr el pleno y total acatamiento.

Pero vamos a lo esencial: al líder, o le hacen caso, o no es líder.

Llamémoslo una referencia si quieren, un punto de vista, pero si ante sus llamados a asumir un curso de acción no hay una masa crítica dispuesta a tomar el riesgo, entonces no es líder. Recuerden la raíz etimológica: el que conduce, el que guía.

Cuando hay condiciones políticas apropiadas, se plantea una relación muy estrecha entre liderazgo y autoridad legítima. Algunos cuentan con autoridad formal sin tener liderazgo, y en ese caso son las instituciones, o la tradición, o ambas, las que apuntalan al que se siente con el derecho de mandar. Porque ese es otro atributo, el líder no es una impostura sino un agente social para lograr resultados. Un experto como Max Weber señaló lo estruendosas que suelen ser las revoluciones, su secular destruccionismo de las tradiciones y de las instituciones, y el vacío que provocan, que no deja otra opción que apelar al carisma para restaurar la autoridad legítima, o sea, para reponer la política.

Por eso mismo el socialismo del siglo XXI trabaja afanosamente para envilecer hasta el extremo los candidatos a líderes, para mostrarlos en su peor condición de impudicia, para anunciar el precio por el que se venden, y así denostarlos hasta crear una ausencia absoluta de alternativas de conducción.

Pero supongamos que sobreviva un líder que apueste a su carisma, igual tiene que mantener una tasa productiva de “milagros” para seguir vigente. Un líder que solamente tenga atractivo pero que es a-instrumental se desvanece rápidamente. Tiene que ser capaz de producir resultados en la misma línea de lo que plantea su discurso, o la propia inestabilidad de su autoridad carismática se lo llevará por el medio. Porque si bien es cierto que los momentos carismáticos son altamente emocionales y forjadores de compromiso, a la hora de la verdad (la verdad es la realidad) o hace, o queda como un hablador de pistoladas.

Por eso las preguntas de Rustow al respecto son cruciales: ¿Quién dirige a quién? Eso nos permite saber quién es el líder, porque tiene seguidores. Y la segunda es todavía más importante, ¿quién dirige a quién, desde dónde a dónde? Porque o tienes un curso estratégico y las capacidades para recorrerlo, o eso que dice ser liderazgo es solamente una frustrante ensoñación.

Finalmente, la necesidad de tener un líder es proporcional al desamparo de sus seguidores.

Más miserable y desestructurada la condición de la gente, más interesados estarán en identificar a un profeta que los saque del desierto y los conduzca a la tierra prometida. Y este mundo está lleno de falsos profetas. Por eso no hay tiempo que perder, ni posibilidad de esperar la mejor oportunidad.

Hasta ahora podemos decir que en Venezuela no tenemos política, y por lo tanto se necesita un liderazgo con carisma que insurja y restaure las condiciones para que tengamos política. El problema ha estado en que la dirigencia “política” nunca lo ha visto así, y por eso mismo ha sido revolcada una y otra vez. Pero ¿los venezolanos están más claros que sus dirigentes, o son parte del problema? Porque el escenario sigue ocupado por usurpadores con algo de respaldo social.

 El tercer concepto es el poder

Apelo a Talcott Parsons para enunciar que el poder es una capacidad que tiene un actor social para movilizar recursos en interés de lograr los objetivos que tiene planteados. Se refiere a la legitimidad social del proyecto, porque en ausencia de reconocimiento y respaldo social, nada es posible. La sociedad debe reconocerlo a él (me refiero al líder, como líder) y a su proyectos como válidos. Pero también se refiere al atractivo que es capaz de generar en el grupo de ciudadanos que se van a requerir para definir una organización con potencial y capacidades, los recursos financieros que se necesitan, y las facilidades de infraestructura que le son necesarias para tener éxito.

Para el sociólogo norteamericano el poder es capacidad organizacional legitimada por su atractivo, y por las facilidades que la sociedad está dispuesta de aportar al proyecto. El poder es una variable objetiva, cuya intensidad se mide en un continuo que va de menos a más, y que ranquea al líder y a sus oportunidades de ganar la partida. El poder es el dinero del sistema político. Si tienes más, puedes gastar más, si tienes menos, el consumo será más limitado.

El problema en la Venezuela totalitaria es que nadie tiene poder suficiente para derrocar un sistema de relaciones perversas del calado que tiene el socialismo del siglo XXI.

Además, el poder acumulado por las oposiciones se dilapida dentro de una lógica también perversa, rentista y demagógica, que es obsesivamente autorreferencial y nutre principalmente a los que se dedican a la política como fraude y parodia, pero no a la política y mucho menos a los ciudadanos. Su uso es onanista, sin finalidades específicas, y conchupante. Se usa para mantener privilegios propios y no para conseguir el cambio. El poder es usufructuado con severa amoralidad, fomenta las relaciones de complicidad, establece mafias, no está dispuesto al juego competitivo y apegado a reglas universales, condiciones que son inexcusables si se quiere realizar el cambio que ofrecen, pero que no están dispuestos a cumplir.

Pero volvamos a la línea principal de mi argumento. Liderazgo y poder no están debidamente acoyuntados. No solamente porque los montos de poder que se pueden recaudar para la causa son escuálidos, sino que está concentrado indebidamente por quienes no quieren hacer política. La situación es compleja. Hay varias oposiciones, ya lo sabemos. Las plegadas a las condiciones impuestas por la antipolítica, que solamente son capaces de reproducir un totalitarismo perverso, que tienen poder delegado pero limitado para el mero usufructo, incluso para demostraciones sensacionalistas de provocación, pero incapaces e indispuestas para intentar un cambio. Luego tenemos su némesis en liderazgos desafiantes, pero que no tienen poder ni claridad sobre los requisitos para generar el poder que necesitan.

Resulta trágico, pero hasta ahora no tenemos un ethos político, ni un liderazgo eficaz. Porque no tienen poder suficiente, y tampoco saben crearlo en las proporciones que se necesitan.

Esto ocurre porque los buenos líderes todavía tienen ligazones con los estafadores de la política, transfiriéndoles recursos de poder en el marco de una relación fagocigótica, propia de los parásitos. Por eso, si un líder se quiere dedicar a restaurar las condiciones de la política, tiene que hacer ruptura clara y precisa con el sistema perverso de relaciones perversas que se extiende a los que parecen ser, y no son, sus socios.

 ¿Y las encuestas?

En estos casos de ausencia extrema de condiciones de la política, no tienen ningún sentido, más allá de ser una herramienta para mantener la moral de los propios y la distancia de los ajenos. Con encuestas no se destruye un sistema perverso. Ni se gana el liderazgo y el poder que se necesitan para cambiar radicalmente las condiciones vigentes. Es una foto anómala y una proyección de las necesidades insatisfechas en un concierto de paradojas alucinantes. Si alguien cree que en medio de esta devastación una encuesta va a reflejar algo diferente a las imágenes de la desgracia, se está equivocando. Porque recuerden, un líder sin poder no pasa de ser una configuración espectral de nuestras propias carencias.

¿Y la realidad?

Es el concepto de cierre, porque nos permite sacar las conclusiones que anticipamos. Manuel García Pelayo nos propone un concepto de la realidad política. “Es aquello que existe en el tiempo y, a veces, en el espacio, y que, por sustentarse sobre sí mismo, es independiente de nuestra voluntad”. Hasta aquí lo dicho se puede resumir en “deseos no empreñan”. Pero sigamos. “Realidad es no solo lo que existe, sino lo que resiste”. A partir de allí hace un inventario de la realidad política que vale la pena compartir:

Realidad política son los fenómenos eminentemente políticos: procesos, normas e instituciones políticas, que en el caso venezolano han sido arrasados y sustituidos por lógicas mafiosas, términos oscuros y la vigencia del poder asociado unívocamente a la fuerza.

Realidad política son los fenómenos politizados: aquellos fenómenos no políticos que son capaces de condicionar la política (las redes sociales podrían ser un buen ejemplo), y aquellos fenómenos que son susceptibles de ser condicionados por la política (el arte en los regímenes totalitarios, la economía en los estados intervencionistas, la ciencia y los científicos en las experiencias comunistas).

Ya sabemos que la experiencia totalitaria es una distorsión absoluta de la realidad política.

Y que la realidad efectiva es devastada hasta lograr una condición de incapacidad estructural para instrumentar el cambio deseado, hasta el punto de que es capaz impedir incluso la narrativa clara y prístina de una alternativa instrumentable. De allí que se favorezca tanto la confusión y se financie el ruido y la saturación comunicacional.

Finalmente, ¿Qué es lo que tenemos?

Una realidad política que niega la política. Un liderazgo supuesto que tiene poder limitado. Un liderazgo real que no tiene poder, y que además se deja fagocitar por quienes no aportan poder, sino que absorben el escaso poder que tienen. Y una realidad que está allí, pero que no se reconoce en toda su complejidad. El político está alucinado, no pone el foco en la verdad, no entiende la dinámica del poder, no está al tanto de los requisitos del liderazgo que se necesita en estas circunstancias, y que no termina de comprender y asumir que su única vocación y dedicación debería ser insurgir para restaurar las condiciones de la política. Lo frustrante es que nadie quiere comerse las verdes. Nadie quiere bregar el cese de la usurpación. Y el régimen totalitario lo sabe, sonríe y sigue jugando.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

En busca del 5-J, por Víctor Maldonado C.

A Luis Barragán

@vjmc 

Doscientos nueve años y un inmenso vacío. Ese sería un epitafio perfecto para un país fallido. Es poco lo que se puede evocar de la declaración de independencia y de aquellas gestas gloriosas que se narran todavía hoy en tono peripatético e infatuado, cuando la realidad es otra. Si acaso hubo independencia, ahora mismo no somos libres. Si alguna vez tuvimos país, en la actualidad eso es poco menos que una nostalgia. Ahora somos más colonia bastarda que país libre.

Y el millón de kilómetros cuadrados que casi somos se lo disputan cualesquiera de las variopintas versiones de fuerza cuyo único interés es el saqueo y la depredación. Hemos vuelto al pavoroso año 1814, cuando las ciudades se vaciaron queriendo huir de Boves, esa tiranía hecha de resentimiento, y que iba montada a caballo para arrasar con todo.

Nuestro éxodo contemporáneo huye de lo mismo, de la reivindicación del odio, capaz de matarnos de hambre mientras suena al fondo la última versión de “patria querida”. La historia sirve para apreciar la secuencia que nos ha traído hasta aquí.

Ahora todo el tiempo del país transcurre encerrados en una terrible cuarentena que hiede a control social y a condicionamiento operante. El miedo a todo y a todos es la negación fisiológica de la libertad y la esperanza. Y no es que alguno piense que la pandemia sea eterna, como sí lo parece ser el control férreo que tiene el caos que nos aplasta bajo el imperativo ideológico tenaz del socialismo del siglo XXI.

La pandemia cesará, solo para indicarnos que no tenemos independencia alguna. Que vivimos la ruina y el fallido en la inmensa soledad de lo poco importante. Pero además lo experimentamos sabiendo que quienes deberían dirigirnos son tan fatuos y escasos, más aun que los que debieron improvisar un rol en aquellos tiempos de nuestra revolución germinal.

¿Acaso tuvo sentido?

Los venezolanos solemos perdernos en los recovecos de una historia mal contada, pero que nos ha acomplejado hasta el presente. Porque ¿cómo podemos volver a ser esos héroes magnánimos que arruinaron sus vidas y haciendas para parir la libertad de todo el continente? Peor aún ¿acaso lo fueron? ¿Hubo alguna vez esa coincidencia de semidioses esclarecidos que se dedicaron a la libertad? ¿Y si no fue así? ¿Si solo fueron intereses, emociones, envidias y desencuentros que al final se sintetizaron en un curso de acción posible, el más posible, el que aprovechó las circunstancias de la debilidad y la confusión de los borbones?

¿Qué pasa si en lugar de ser nosotros los protagonistas de nuestro destino, solamente fuimos la consecuencia de la capacidad rapaz y depredadora del “emperador de los franceses”, que puso de rodillas a una familia real venida a menos por las conjuras internas y el fétido manejo de la sucesión? ¿Y si los interinatos de aquellas épocas, las cortes y la regencia, lo hicieron tan mal que nos abrieron un espacio de justificación de los hechos cumplidos, tan incapaces que eran de comprender nada, víctimas de su propia contradicción, y si, de las brutales embestidas del ejército napoleónico?

¿Qué vamos a responder si llegamos a la conclusión de que para la época el imperio ya no era posible, y finalmente fuimos resultado y no causa, a pesar del guion que dijimos que interpretamos con esa solidez de las proclamas? ¿Y si solo fue una huida hacia ningún sitio? ¿Y cómo podemos justificar lo que después ocurrió? La primera república estaba condenada antes de nacer. ¿Por qué?

Mariano Picón Salas en su ensayo sobre Francisco de Miranda nos va relatando la trama. Para finales de 1810 los saldos eran agridulces. La Junta Suprema no había podido incorporar al movimiento autonomista a Maracaibo, Coro y Guayana. Ellas seguían como garantes del poder español. Divididos llegaron al 5 de julio, y por eso el documento fundamental de la nacionalidad fue suscrito por representantes de las provincias de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Mérida, Barcelona y Trujillo.

Un sitio, la capilla del seminario Santa Rosa de Lima. Una hora, 3:00 p. m. “Nosotros, reunidos en Congreso, queremos reafirmar nuestros derechos y autorizar el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía”. ¿Nosotros?

Al parecer pugnaban tres partidos, digamos que tres puntos de vista sobre las razones y alcances de la movida independentista. No había, por lo tanto, una antorcha de luz que los guiara hacia los senderos inefables de la unidad. Ni luz, ni música de fondo. Cada grupo tenía una apuesta que poco a poco iba a colocar sobre la única mesa posible. Tres partidos y “algunas individualidades sobresalientes y enérgicas como Rivas y Bolívar”, y de seguro, la de Francisco de Miranda.

El primer grupo estaba integrado por “los aristócratas autonomistas que querían aprovechar la excelente coyuntura de la guerra española para mandarse solos”. Picón Salas sigue escudriñando en las razones. “Su vigorosa patria potestad sobre hijos, esclavos, hatos de ganado, haciendas de cacao y tanques de añil, no encuentra otra restricción que la política. Ser poder político, así como ya son poder familiar y poder económico, es lo que en el fondo auspician. Hay buenos y malos hombres en esta primera ficción autonomista”. Como siempre, a un preclaro Martín Tovar Ponte se opondrá un tortuoso e integrante Marques de Casa León.

El segundo grupo estará formado por una juventud ilustrada, y embriagada con la lectura de los textos y autores de la revolución francesa. Estos “sienten, románticamente, el deseo de un cambio; abominan de todo lo viejo, ven en la revolución una maravillosa aventura cargada de sorpresas, y para escándalo de las antiguas familias y los prejuicios vigentes, cultivan la amistad de los pardos y gentes de color. Ellos serán el núcleo dirigente de la Sociedad Patriótica.

El tercer grupo es la reacción. Son los comerciantes y funcionarios españoles que se ven desplazados por el patriarcado criollo, demasiado cerca, y, por lo tanto, una imposición más interesada que el lejano rey. Ellos, y el pueblo mismo, preferían esa justicia y ley aplicadas en nombre del borbón, y no lo que se venía venir, “el ensoberbecido patricio criollo que subrayaba su altanera preeminencia”.

“En nombre de Dios, todopoderoso, nosotros los representantes…”. Así comienza la larga fundamentación encomendada al diputado Juan Germán Roscio y al secretario del congreso, Francisco Isnardi. España no puede seguir rigiendo debido al “trastorno, desorden y conquista que tiene ya disuelta a la nación española”.

No deja de considerarse una larga y exhaustiva lista de agravios, desencuentros y desplantes practicados por los gobiernos de España, que no les dejan ninguna otra alternativa que declarar solemnemente que las provincias unidas de Venezuela son, de hecho y de Derecho, estados libres, soberanos e independientes, creyendo y defendiendo la santa, católica y apostólica religión de Jesucristo, como el primero de los deberes.

El Diccionario de historia de Venezuela de la Fundación Polar señala que el manuscrito original se perdió. Cosas de la larga guerra. No se tiene el original que llevaba las firmas de los cuarenta y un diputados, el sello del congreso, la firma de secretario Isnardi y el decreto refrendatorio suscrito por los triunviros Mendoza, Escalona y Padrón.

Afortunadamente el texto había sido reproducido en El Publicista de Venezuela del 11 de julio de 1811, y en la Gaceta de Caracas del 16 de julio del mismo año. Los primeros cien años de independencia tuvieron como referencias esas fuentes. Pero en 1907 se consiguió en Valencia un libro de actas manuscrito del Congreso Constituyente de 1811-1812. Ese es el que está en el Salón Elíptico del Palacio Federal, que se abre solemnemente una vez al año.

Al llegar Chávez al poder, lo primero que hizo fue abrir el cofre y manipular el libro de actas. Las profanaciones siempre van contra los símbolos. El que haya sido él, debió advertirnos sobre la catástrofe que luego nos iba a venir por él.

Pero antes a alguien se le ocurrió que el mismo día de la independencia se celebrara también el día de la fuerza armada venezolana. Ese maridaje constante entre la ficción militar y una independencia que fue proclamada por civiles siempre ha atentado contra la comprensión de lo que somos, por una parte, y lo que nunca fuimos por la otra.

Buscando el 5 de julio caigo en cuenta de que todas nuestras efemérides se han perdido entre marchas militares, arengas marciales y esa visión epopéyica, ridícula y mentirosa que no nos pone a pensar en las fisuras de lo humano, que bien nos haría saber y reconocer para comprender esta inercia laberíntica que nos asola una y otra vez.

Los días previos fueron obviamente tensos. Tres partidos y dos puntos de vista. ¿Centralistas a favor de Caracas, o federales en desmedro de la fortaleza que iba a ser necesaria para enfrentar una guerra civil pavorosa, y la reacción de un imperio que no iba a quedarse de brazos cruzados? La decisión no fue la más conveniente. Y la república se perdió. Había quienes preferían hacer las cosas con calma, apostando a la progresividad. Bolívar respondía febrilmente que “vacilar es perdernos”. La sabiduría a veces no se lleva demasiado bien con el ímpetu. Miranda, diputado por El Pao, gracias a uno de los varios desplantes de la petulancia caraqueña, observaba con temor. Él quería la independencia, pero sabía de riesgos, y presentía el bochinche.

En el congreso, un arrollador discurso de Miranda a favor de la independencia fue respondido con una bofetada de Ramón Ignacio Méndez. Se fueron a las manos porque los argumentos en contra se habían agotado. La verdad es que declararon dejar de ser colonia española, pero no podían dejar de ser cultura colonial, esa que por más de trescientos años había regido sus vidas.

No es fácil dejar de ser a través de un acta. No es fácil dejar de ser, por más que la emoción del momento suscriba lo contrario.

Esta búsqueda nos confronta con algunos hallazgos: No fueron todos, no estaban claros, no estaban realmente unidos alrededor de un propósito unívoco, no previeron los costos. Fue una época de confusa agitación. El bochinche estaba a la vuelta de la esquina.

El resultado no podía ser otra que “la patria boba”. Una cosa era la declaración de la independencia, además suscrita con la prosa encendida de Roscio, y otra muy diferente encarar la realidad, que tuvo efectos telúricos para los que no estaban preparados los constituyentes.

Mariano Picón Salas lo describe maravillosamente: “la guerra había sido actividad ajena a aquellos patricios caraqueños que gozaron de un mundo tan próspero y pacífico como el de los últimos años del coloniaje. Los capitanes de milicia de la provincia venezolana apenas lucían su hermoso tricornio, su espadín diplomático, su casaca azul, su camisa de seda en las fiestas oficiales, además regidas por el más cortesano ceremonial”. Será la guerra de las primeras sorpresas con que tropezarán los magnates. La guerra y la necesidad de reconocer la capacidad de quien la tuviera, que no todo podía darse graciosamente por el merecimiento de un buen nombre, o por riqueza.

Dos mundos se enfrentaban fratricidamente. Por una parte, los privilegios que pretendían conducir lo que ignoraban. Por la otra, la experiencia comprobada de Miranda, que por pardo, tenía los días contados. Lo odiaban. Le envidiaban su trayectoria. No lo soportaban. Pero más allá de la inquina, del quítate tú para ponerme yo, de la pretensión de que fueran los demás los que pagaran los costos, lo cierto es que después de las proclamas, y más allá de los encendidos debates del congreso, la realidad se iba a imponer y a dar todas las lecciones que fueran necesarias.

El pretender que fue un momento idílico es totalmente falso. Seguían siendo colonia.

Culturalmente restringidos a sus propios fueros, tuvieron que ocurrir muchas cosas para que cayeran en cuenta que el desafío podía atropellarlos hasta dejarlos fuera de combate. Que podía ser más grande que ellos y lo que significaban. Y que nada ni nadie podían asegurarles nada. Que probablemente iban a perderlo todo, que el camino era largo, sangriento y extenuante. Pero, sobre todo, que las categorías con las que trataban de comprender al mundo no les iban a servir. Estaban inmersos en una revolución saturniana, ávida de devorar a sus perpetradores.

Lo cierto es que en los albores de esa primera experiencia de adultez republicana la acción política y militar de 1811 estaba atascada entre el problema regionalista, el de las castas, el problema hacendado, el miedo a la igualdad que en realidad pocos, muy pocos querían, la querella constitucional, y los costos de ese experimento que, invocando a Dios todopoderoso, llamaron independencia.

Desde nuestra época fundacional improvisamos, despreciamos la realidad tal y como es, creemos que los detalles que estorban a nuestros planes, ellos mismos se disuelven. Desde el principio el delirio se posesiona de nuestras decisiones.

A doscientos nueve años mi parecer es que queda poco de esa independencia proclamada. Pasaron cosas. No nos hemos reconciliado con nuestros propios mitos.

Bolívar fue también profanado, no solamente en sus huesos, peor aun, en su significado, quedando sumergido en la vorágine que nunca quiso ser. Su nombre pisoteado e igualado a la peor barbarie posible. Su legado escarnecido. Su pueblo diezmado.

¿No habrá llegado el momento de ofrendarle la paz y el silencio que nunca le hemos dado? Y nosotros ¿advertiremos que llevamos poco más de dos siglos sin encontrar el reposo de la libertad y la verdadera prosperidad, que solo producen repúblicas con instituciones fuertes y un apego irrestricto al derecho? ¿Seguiremos invocando los trágicos espectros del caudillismo, la violencia, el poder mal entendido, la corrupción y el populismo? ¿No tenemos acaso los mismos problemas de la época fundacional?

Mario Briceño Iragorry señaló alguna vez que Venezuela se debía a sí misma un mea culpa colectivo. Porque mientras no adoptemos una aptitud humilde y serena, no seremos capaces de tener la claridad requerida para entender nuestra función social. Yo coincido con el intelectual trujillano en que necesitamos abrirnos a un proceso de sinceridad y austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico y darnos las razones de nuestro desfigurado rostro presente. No podemos dejar de buscar la ocasión para que ese proceso, doloroso pero fructuoso, se dé alguna vez.

Mientras tanto yo seguiré buscando en el 5J los rastros perdidos de esa libertad que quiero y que no encuentro.

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